La permanencia del Sr. Odín en América había durado doce años, y cuando salió de allí, a fines de 1833, su aferte le llamaba sin duda a Francia, pero dejando en los Esta dos Unidos su corazón de apóstol. Aquella tierra, en la cual había pasado privaciones, pobreza, enfermedades, era también donde había explayado mejor su celo apostólico. Dios le había llevado allí.
Nada diremos de la visita que hizo a su familia, que fue como de paso. En Lyón halló a sus antiguos maestros. El Sr. Gardette continuaba siendo Superior; su vejez’ no le quitaba nada de su amor a la Regla. El Sr. Challetón había sido elegido Vicario general de la diócesis; el Sr. Duplay y el Sr. de Nabit continuaban en su puesto, alegrándose al ver de nuevo un discípulo tan digno de ellos, porque la carta del Ilmo. Sr. Rosatti, de la cual era portador, expresaba suficientemente el aprecio que hacían en América del Seminarista de San Ireneo, hecho Misionero Lazarista (Paúl): «El Sr. Odín ha trabajado con un celo infatigable y con mucho fruto —escribía el Ilmo. Sr. Rosatti— no solamente en la educación de nuestros seminaristas y de los alumnos de nuestro Colegio de Barrens, al frente del cual ha estado mucho tiempo, sino también en el ministerio y en la conversión de nuestros hermanos extraviados. Me acompañó a Baltimore y asistió a nuestro segundo Concilio provincial en calidad de teólogo, donde mereció y obtuvo el aprecio de todos; ha sido el encargado de llevar las actas y los decretos de nuestro Concilio a Roma para sujetarlos al juicio del Padre Santo. Confieso, señor (Challetón), que a usted en particular debo el haber obtenido ese excelente sujeto y otros muchos que trabajan con el mismo celo en la salvación de las almas; de lo cual doy este testimonio con gran consuelo de la mía«.
De Lyón el Sr. Odín se dirige a Italia: baja por el Ródano, se detiene en Valence, donde predica en la Catedral y en el Seminario menor; en Aviñón, donde visita a su hermana, Religiosa de San Carlos; en Marsella, para tomar el vapor que sale para Génova. En Génova admira de paso, en la Casa de sus Hermanos Lazaristas o Paúles, la posición vistosa de la ciudad, el esplendor de los monumentos, y se encamina a Roma.
En Roma, el Papa Gregorio XVI le recibe bondadosamente, y sobre todo el Cardenal Fesch, Arzobispo de Lyón, le da grandes muestras de benevolencia. De las manos del Cardenal recibió la confirmación, en 1813; poco después el Cardenal Fesch, siguiendo los destinos de su sobrino, había venido desterrado a Roma a guardar su púrpura cardenalicia y a pasar su trabajosa vejez.
Las cartas del Sr. Odín nos dan la idea exacta de su estancia en Roma:
«Empiezo a respirar un poco después que llegué a Roma. He empleado todos mis instantes en redactar relaciones sobre el estado de la Iglesia de América, para la Santa Sede y para la propaganda. Al presente está casi todo terminado. La Sagrada Congregación de la Propaganda ha aprobado los decretos del Concilio de Baltimore, y los ha encontrado llenos de sabiduría. Alaba mucho la prudencia y el celo de los Obispos. He visto al Papa tres veces, y me ha hablado largo tiempo de nuestra América, y desea mucho que nos dediquemos a la misión de los salvajes. No puede usted imaginarse la bondad con que acoge a los que se presentan a él. Se le puede hablar con toda la franqueza que se tiene con un padre y con un amigo».
Ese es verdaderamente el Pontífice que la historia ha dibujado, el cual une una sencillez del todo paternal a una solicitud inteligente de todas las necesidades de la Iglesia católica.
En este momento pesan dificultades de todo género sobre su gobierno: por una parte las naciones heréticas y cismáticas, como Prusia y Rusia, emplean toda clase de armas para perseguir a la Iglesia católica de las provincias rhinianas de la Polonia; por otra parte, Francia está todavía agitada por las publicaciones de Lamennais, que lleva hasta el último exceso su amor a la libertad y su confianza en sus propias luces.
Los Cardenales, a su vez, se muestran muy benévolos. El Sr. Odín trata con el Cardenal Lambruschini y con el Cardenal Pacca, que le reciben con indecible bondad.
«Si paso una semana —dice él— sin ir a visitar al Cardenal Fesch, me lo reprende. Yo le estoy muy reconocido, porque se ha dignado trazarme él mismo la marcha que debía seguir en mis diferentes peticiones o relaciones«.
El Sr. Odín visita en Roma a una noble desterrada que, por su fidelidad decidida a sus reyes, se había asociado a la calaverada caballeresca de la Vendée que inquietó un momento el gobierno de Luis Felipe.
«Tuve la ventaja de hacerme conocer de la señora de la Rochejacquelin, a quien el Sr. Challetón le había escrito para recomendarme a su piadosa solicitud por las Misiones. Esta señora despliega un celo admirable por la propagación de la fe, y tendría a gran dicha en allegarme algunos recursos para pagar el pasaje de los sujetos que deben acompañarme, y ¡cuánto no haría ella por sí misma a no tener secuestrados sus bienes!«
Luego sale de Roma para ir ‘á Nápoles; en pocas palabras describe la hermosura de su golfo, la riqueza artística de sus monumentos, la dulce y tranquila existencia de aquel pueblo, que vivía sin cuidado bajo el gobierno paternal de sus reyes. No pensaba estar allí más que dos semanas, pero los intereses de su misión le detuvieron en la ciudad más de lo que había pensado:
«Mi viaje a Italia será más largo de lo que creía. Los negocios aquí se llevan con una lentitud que es imposible concebir sin haberla experi mentado. Yo me apresuro lo más posible; pero sería necesario dejarlo todo a medio concluir si quisiera volver a Francia dentro de pocos meses Mi viaje será muy útil para nuestra Misión de América. Tengo mucho hecho, y espero que todo saldrá bien, según desea mi Sr. Obispo. Me propongo pasar el invierno próximo en Francia, porque no será posible embarcarme antes de la primavera«. (Carta a su madre, Mayo de 1834).
Halló en Roma un Sacerdote francés de la diócesis de Gap, muy instruido, profesor de Teología, que deseando ir a las Misiones y no pudiendo obtener el permiso de su Obispo, había ido allí para obtener la autorización del Padre Santo, y el Sr. Odín logra que se embarque en Liorna para la Misión de Missouri. Entretanto, su piedad se consolida con la vista del milagro de San Jenaro, que refiere en estos términos: «En esta semana he sido testigo de un gran milagro que se renueva dos veces cada año desde hace quince siglos por lo menos. En la Catedral de Nápoles se conserva la sangre de San Jenaro, mártir. El día de su fiesta, a esa sangre, que se guarda en una redomilla, la llevan en procesión. Apenas han empezado a hacer alguna oración, cuando se pone a hervir. Ese prodigio se renueva durante la octava, con admiración de un inmenso gentío que acude a bandadas para presenciarlo«.
En otra ocasión escribe:
«Os envío una pequeña estampa de una gran Santa, cuyo reciente culto se extiende rápidamente en todas las partes del mundo, y por cuya intercesión se obran todos los días los más extraordinarios milagros; se cree que padeció el martirio a la edad de quince o diez y seis años, reinando Diocleciano. Su cuerpo fue hallado en el año de 1805 en las Catacumbas de Roma, y el año de 1825 fue trasladado cerca de Nápoles a una iglesia, a la cual todos los días se dirigen centenares de personas para venerarlo.
«He tenido la dicha de celebrar la santa Misa en el alta, donde descansan las reliquias de aquella joven heroína. Estoy seguro que recibirá usted muchos favores por su intercesión si la invoca con confianza y piedad. Recen todas las noches con la familia tres Padrenuestros, Avemarías y Gloriapatris en su honor. Cuando nos veamos les daré reliquias de la Santa.
Hemos hablado de Santa Filomena, a la cual el Cura de Ars, en Francia, hizo popular por medio del culto que le tributó, y que inspiró a los muchos peregrinos que iban a visitarla«.
Después de esas piadosas y consoladoras noticias, el Sr. Odín habla con amor de su Misión. En lugar de permanecer quince días solamente en Nápoles, como decía en su carta`de Abril, le vemos todavía allí en Agosto, habiendo entretanto recogido siete mil francos con que pagar el viaje de seis Misioneros para América.
Vuelto a Roma, pone término a sus asuntos con la Propaganda, y Gregorio XVI derrama lágrimas de ternura al dar su bendición a aquellos nuevos Misioneros: «¡Id —les dice— y sobre todo, predicad a los pobres salvajes!» «Me hizo el presente —añade el Sr. Odín en la carta de la cual sacamos este pasaje— de una hermosa medalla de plata, y me dio más de trescientos francos de su patrimonio particular. Como se hallaba con una deuda de cerca de cincuenta millones, le fue imposible hacer por mí lo que habría querido. El año que viene nos procurará un importante socorro«.
Volviendo a tomar su camino para Florencia, a la cual saludaba invocando los recuerdos de San Francisco de Asís, visita a Nuestra Señora de Loreto, pasa por Perusa, Pisa, Génova y para en Turín. Allí organizó, con el concurso de sus hermanos, los Lazaristas, o Paúles, una Obra para sus Misiones de América.
El recuerdo del Sr. de Andreis se conservaba perfectamente en Turín, y de aquí provenían las simpatías que en contraban en la común opinión las cristiandades de los Estados Unidos. a este propósito reproduciremos aquí el llamamiento que hizo el Sr. Odín, y que el Arzobispo de la ciudad aprobó con entusiasmo:
«Más allá —dijo— de los mares que separan la Europa del Nuevo Mundo, en la parte más retirada de los Estados Unidos, se halla una inmensa diócesis, que abraza los Estados de Illinois del Misuri y los territorios del Arkansas y del Oregón, hasta las riberas del Océano Pacífico. Aquellos parajes, ocho veces más dilatados que la Francia, contienen un gran número de habitantes que aumenta de día en día con una rapidez asombrosa. Allí se hallan al presente todos los salvajes, en otro tiempo dispersos en las diversas partes de la América. El Gobierno de los Estados Unidos les ha señalado para asilo el territorio que está al Oeste del Mississipí. Aquellos pobres habitantes de los bosques piden continuamente «ropas negras„ para aprender a conocer a Dios que los crió, y que se les instruya en las artes de la civilización. ¿Pero cómo podrían treinta y ocho sacerdotes que componen todo el Clero de aquella diócesis, y que están ya encargados de la dirección de un Seminario, de dos colegios y de nueve conventos, administrar los socorros de nuestra santa Religión a tantos miles de habitantes esparcidos en tan vasta extensión de país? ¡Y cuántos hombres mueren todos los días sin haber sido ni siquiera bautizados! El Ilmo. Sr. Rosatti, a quien está confiado el cuidado de aquella interesante diócesis, viéndose en la imposibilidad de socorrer las necesidades espirituales de tantos pueblos, que le piden sin cesar el pan de la palabra de vida eterna, me envió a Europa para buscar operarios evangélicos para aquella importante porción de la viña del Señor. Muchos sacerdotes celosos están ya dispuestos a dejar a sus padres y a su patria para ir a buscar en medio de los bosques a aquellos pobres pueblos abandonado. Pero los gastos del viaje son considerables, la erección de capillas y casas de escuela exigirá grandes expensas, y no tenemos otros recursos que la caridad bienhechora de los fieles de Europa ¡Ah! si un día el divino Juez llamará bondadosamente a los que le habrán aliviado en la persona del indigente, del cautivo y del huérfano, ¡qué recompensa no dará a los que hubieren procurado medios de salvación a tantas almas redimidas con el valor de su preciosa sangre!
Ojalá, pues, les sea posible a los buenos cristianos, que desean mucho la gloria de Dios y la salvación de las almas, interesarse en esa buena obra! La más pequeña ofrenda será recibida con una cordial gratitud, y el pobre salvaje, convertido y enseñado, rogará en su solitaria cabaña al Dios de toda misericordia que derrame sus dones y sus favores sobre los que habrán contribuido a procurarle ministros del verdadero Dios, a quien ellos llaman el Gran Espíritu.
A fin de dar una ligera idea de las, disposiciones favorables de los salvajes para entrar en el gremio de la Iglesia católica, referiré la historia de la conversión de un anciano, jefe de la tribu de los Schawanons, a quien tuve la dicha de bautizar, hace poco tiempo, a la edad de setenta años. De vuelta de un corto viaje, hallé a la ribera de un río muchos salvajes que se acercaron a mí apresuradamente y me tomaron la mano, exclamando: «Bienvenido, Ropa-negra: nos alegramos mucho de haberte hallado; ven con nosotros, nuestro jefe está muy enfermo, y se alegrará de verte». En seguida me trasladé junto al buen anciano, al que hallé tendido sobre una cama de cortezas y a prueba de los más recios dolores. Había sido envenenado por un salvaje enemigo.—¿Conque te hallas muy enfermo, hermano mío?— le dije dirigiéndome a él.—Sí, Ropa-negra — me respondió.—¿Piensas morirte ?–¡ Así lo creo!–Seguramente gustarás mucho de ir a la hermosa casa del Gran Espíritu, cuando se termine tu vida?—¡ Ah! sin duda, porque yo– amo mucho al Gran Espíritu.—Pero tú no puedes ir allí si yo no derramo agua sobre tu cabeza. — Pues bien, Ropa-negra, derrama el agua sobre mi cabeza». Comencé a instruirle sobre lo principales misterios de la fe, y de tanto en tanto le preguntaba si creía las grandes verdades que le explicaba.—»Las creo—me respondió—porque tú eres la Ropa- negra».
„Aquellos pobres indios tienen tan grande horror a la mentira, que no creen que una persona a quien aprecian, jamás pueda engañarlos, y así es fácil inculcarles los motivos de credibilidad que confirman nuestra santa Religión. El día siguiente pregunté al enfermo si se acordaba todavía de las instrucciones que ya había recibido.
— Siempre he pensado en el Gran Espíritu — me respondió; — no tardes en derramar el agua sobre mi cabeza, porque me parece largo el tiempo que tardo en ser su hijo.
Como había sido envenenado, temí mucho no pudiera resolverse a perdonar. El salvaje nunca olvida un beneficio que haya recibido, pero también le cuesta mucho el perdonar una injuria. Tomé, pues, el Crucifijo y le hice ver cuánto había padecido el Gran Espiritu, haciéndole presente que sus propios hijos le habían hecho padecer todos aquellos males y les había perdonado, pero exigía que todos los hombres, cuando habían recibido alguna injuria, se perdonasen mutuamente, pues de otro modo jamás les admitiría en su hermosa Casa.
— Pues así lo quiere el Gran Espíritu — me dijo el salvaje, — yo perdono también. Y prohibió a sus hijos tomasen venganza del mal que había recibido. Semejantes disposiciones me obligaron a concederle el objeto de sus deseos. Al ver que me preparaba para administrarle el Bautismo, se levantó, a pesar de sus grandes padecimientos, tomó por sí mismo el Crucifijo en sus manos, y en todo el tiempo que duró la ceremonia sus ojos, bañados en lágrimas, unas veces se fijaban sobre esa adorable enseña de nuestra Redención, otras se dirigían al Cielo. Cuatro días después de aquel feliz momento murió con los sentimientos de la más viva y tierna piedad.
Un juez y su esposa, a quienes había llamado para que fuesen padrinos, no pudieron contener sus lágrimas al ver aquel pobre salvaje tan penetrado de las gracias que el Cielo le concedía.
Todo nos anuncia que la mies es abundante; pero ¡ay! desprovistos de recursos, nos es imposible activar la obra de Dios como lo deseamos. Una vez más acudo a la cari dad de los fieles en favor de aquella Iglesia naciente. Peregrinos sobre una tierra extranjera, pronto la dejaremos, sin llevarnos más que nuestras obras. Nos alegraremos de un ligero sacrificio hecho para ganar almas a Jesucristo. ¡Qué consuelo para nosotros, en la hora de la muerte, el pensar que hasta en los bosques del Nuevo Mundo millares de nuevos cristianos nos bendicen como a sus bienhechores y llaman sobre nosotros la misericordia divina!.
La estancia del Sr. Odín en Italia había durado cerca de un año, pero había sido coronada de muy felices resultados. «Puede ser escribía que atraviese los mares con doce o quince eclesiásticos animados del deseo de trabajar en la salvación de aquellos lejanos pueblos. He hallado corazones caritativos, y con la ayuda de la divina Providencia he llegado a recoger bastante dinero para pagar el viaje de todos estos nuevos Misioneros». (13 de Enero de 1835, Turín.)
Entre las noticias que recibió de América venía la de la muerte del Arzobispo de Baltimore. Era un Sacerdote de San Sulpicio, emigrado en tiempo de la Revolución, que había desplegado en servicio de la Iglesia naciente su ciencia y su celo por espacio de cuarenta años. Italia es para el Sr. Odín un país encantador; parece que está deslumbrado por una visión de la belleza artística y del esplendor de su cielo y de sus horizontes. Sin embargo, a sus ojos no hay nada que se pueda comparar con el país de sus misiones. «¡Oh, qué largos me parecen los días estando ausente de mi amada América! ¡Cuánto se retarda el momento de ver de nuevo aquella tierra de adopción!» En ninguna cláusula de las cartas que hemos citado relativas a sus misiones se le escapa a nuestro viajero expresión alguna de la admiración que le ocasionara el contemplar los desconocidos encantos de aquella naturaleza virgen, ni la menor descripción de aquellas noches de una incomparable dulzura, o de aquellos inmensos bosques, en los cuales todo es maravilloso. El Sr. Odín no cuidó en América más que del ministerio. Parecía no tener un momento que pudiera quitar al continuo trabajo de la salvación de las almas. En Italia admiró algunas bellezas, y en Suiza, país que atravesó algunos meses después, se permite disfrutar de la vista de las nieves resplandecientes con varios tintes bajo los rayos del sol, y los tranquilos valles y el calado pintoresco del lago Lemán.
Antes de continuar en Francia sus colectas y sus viajes, pasó algunos días en la soledad de la Gran Cartuja. La vida entretenida y agitada que lleva, no es lo que se podría temer a primera vista. El espíritu de piedad le anima siempre: En cualquier parte que halle una casa de nuestro Instituto, se retira a ella y asiste a todos los actos de Comunidad. El levantarse a las cuatro, prescrito y recomendado con tanta insistencia por San Vicente, esa primera acción del día la practica en todas las casas de Italia, como la practicaba en América, en el Seminario de Barrens y en las misiones. El Sr. Odín es fiel a todas las prescripciones de la Regla, y el Lazarista, en él, queda siempre subordinado al apóstol, con lo cual sigue bien custodiada su vida religiosa.
Desde.la Gran Cartuja pasa a Lyón, y por espacio de muchos meses continúa excitando la caridad de los fieles y el ardor apostólico de la juventud eclesiástica. Sus cartas no nos dan a conocer más que algunos nombres del itinerario: Roanne, Mácon, Auxerre y París.
En Septiembre de 1835 hállase en el Havre pronto a atravesar de nuevo el Atlántico, haciendo frente a nuevos deberes y a los nuevos peligros sobre aquella tierra de América, a la cual saluda con amor y la que vivamente reclama su celo.








