El Sr. Joseph Brunet nació en Riom, pequeña ciudad de la diócesis de Clermont , en 1597; había sido ordenado sacerdote en 1623, y vino 4 años después, en 1627, a unirse a los tres sacerdotes que, el año anterior, se habían dado a san Vicente como Padre.
En los documentos que nos quedan no encontramos casi nada a cuenta del Sr. Brunet. San Vicente habla de él tres veces en su correspondencia.
Le encontramos en 163- y 1635 en compañía del Sr. de la Salle trabajando con éxito en el Bordelais.
Más tarde se dirigió con el Sr. Blatiron a la diócesis de Alet, con gran contento de Mons. Pavillon . Fue a finales de 1639, a petición expresa del obispo de Alet quien los había visto trabajando en varias misiones donde él había trabajado con ellos. San Vicente se los dio al prelado a quien quería como a un hijo, con la idea de los grandes servicios que recibiría su diócesis con ello, pues eran dos excelentes operarios. Trabajaron en efecto con gran fruto. Una carta que les escribió san Vicente, en 1640, muestra cuáles eran sus disposiciones:
«9 de octubre de 1640.
«Todo cuanto me escribís sobre vuestros ejercicios me consuela, y me hace ver la suerte que es tener una buena conducta y un gran ejemplo ante los ojos. Disfrutadlo bien, Señor, in nomine Domini. Aspirad de continuo y sin descanso en formaros en este modelo y os convertiréis cada vez más en un buen misionero. Acodaos siempre que en la vida espiritual se da escasa importancia a los comienzos, se mira al progreso y al fin. Judas había comenzado bien, pero acabó mal, y san Pablo acabó bien, aunque hubiera comenzado mal. La perfección consiste en la perseverancia invariable en la adquisición de las virtudes y el adelanto en ellas, ya que, en el camino de Dios, no adelantar es retroceder; a causa de que el hombre no sigue en el mismo estado, y que los predestinados, según el Espíritu Santo, ibunt de virtute in virtutem. Pues bien, el medio para ello, Señor, es el continuo reconocimiento de las misericordias y bondades de Dios sobre nosotros, con el continuo y frecuente miedo a hacerse indigno y desmerecer. ; ser fiel a sus pequeños ejercicios, en particular a los de la oración, de la presencia de Dios, de los exámenes, de la lectura espiritual, y hacer cada día algunos actos de caridad, de mortificación y de sencillez.
«Espero, Señor, que el uso exacto de estas cosas nos convertirá al fin en buenos misioneros y según el corazón de Dios…»
No obstante, a pesar de los servicios prestados por los misioneros, el obispo de Alet, que debía ser más tarde uno de los más ardientes defensores del jansenismo, comenzaba ya a no verlos con buenos ojos, pues ellos estaban lejos de [149] dejarse llevar a las doctrinas nuevas. Dieron a conocer su pena a su excelente Padre que les escribió el 19 de setiembre de 1641:
«…Dios mío, qué consuelo ha recibido mi alma por todo lo que el Sr. d’Horgny, me ha dicho y escrito de vos; qué más, igualmente me he sentido afligido por vuestra indisposición y el trabajo que tenéis en algunos encuentros con la persona que sabéis. En nombre de Dios, Señor, cuidad de vuestra pobre vida, contentaos con consumirla poco a poco por el amor divino; no es vuestra, es del autor de la vida, por el amor de quien la debéis conservar hasta que él os la pida; a no ser que se presente la ocasión de de entregarla como un buen sacerdote, de edad de ochenta años, a quien acaban de martirizar en Inglaterra, con un suplicio cruel; le arrancaban el cuero (¿) a medio estrangular, y al decirle antes de ejecutarle que si quería renunciar a su religión le perdonarían la vida, respondió que si tuviera mil, las daría todas voluntariamente por el amor de Jesucristo, por quien moría. Os digo esto con lágrimas en los ojos, a la vista de la felicidad de este santo sacerdote y del afecto que me queda en mi miserable despojo, etc. …»
Por último, después de tres años de servicios prestados, san Vicente llamó a sus misioneros a finales de octubre de 164. Ante esta noticia, el obispo de Alet escribió a san Vicente. Si no había sido siempre benévolo para con los misioneros, en el momento de separarse de ellos, les hizo justicia y se excusó incluso por las faltas de que había podido ser culpable respecto de ellos. Ésta es su carta:
«Yo no he recibido de vos más que una sola carta después de seis o siete días, que hace mención de vuestra orden, en lo que se refiere a la marcha de los Srs. Brunet y Blatiron para Roma, lo que han cumplido después de todo puntualmente. Os aseguro, Señor, que he sufrido por ello, al verme privado de tan excelentes operarios en un momento en que más los necesitaba. Pero la Providencia, al verlos dispuestos para el bien de la Iglesia universal, yo me someto de todo corazón. Por lo demás, Señor, os agradezco muy humildemente por habérmelos prestado hasta el presente, y os suplico que me perdonéis las faltas que yo haya cometido con respecto a ellos, y mi escasa fidelidad a la promesa que os hice de dejarles vivir en la exacta observancia de sus reglas».
El Sr. Blatirón fue enviado a Génova, para dirigir la misión de esta ciudad. Allí llegó con el Sr. Brunet, quien continuó con el mismo celo y el mismo éxito su ministerio apostólico en Italia.
En las frecuentes cartas que recibía de Génova, san Vicente se enteraba felizmente de la bendición que el cielo concedía a los trabajos de sus hijos. Y comunicaba estas noticias interesantes a la Compañía.
El Sr. Brunet tenía su parte en estos trabajos. Permaneció en Génova hasta finales del año 1648.
He escrito al Sr. Blatiron, decía san Vicente al Sr. Martín, el 22 de mayo de 1648, para que retenga todavía al Sr. Brunet, aunque lo necesitemos mucho en otra parte.
Pero él sobrevivió un año apenas, ya que a primeros de agosto (6 de agosto de 1649) san Vicente escribió al Sr. Portail que se hallaba en Marsella:
«Os escribo tan afligido como no lo estaba hace tiempo. Acabo de enterarme de la pérdida que hemos tenido del bueno del Sr. Brunet, este buen operario del Señor, este generoso amigo de los pobres y esta lumbrera de la Compañía.»
Este hermoso elogio nos hace echar más de menos la pérdida de los documentos que nos habrían dado a conocer a este excelente misionero. Había trabajado veintidós años en la Compañía.







