(Madrid, 16.09.1994). Hoy se ha celebrado en la Basílica de la Milagrosa, la Misa de funeral por P. José María Alcácer, en la que han concelebrado más de 50 sacerdotes, llegados de las diversas casas de la Provincia de Madrid, de las Provincias de Salamanca y Zaragoza y varios Misioneros que trabajan en los cinco Continentes reunidos en Madrid. También han asistido numerosas Hijas de la Caridad y admiradores del finado. El P. José María Alcácer había cumplido los 95 años y estaba en plena posesión de sus facultades mentales y artísticas.
«Nació en Aldaya (Valencia). Desde niño estudió piano y composición en el Conservatorio de Valencia. A los 15 años, en reñidas oposiciones, obtuvo la beca y plaza de organista en el Seminario Diocesano de Valencia. Tres años más tarde ingresó en la Congregación de la Misión. A lo largo de los nueve años siguientes alternó los estudios de filosofía y teología de la carrera sacerdotal con los estudios de la carrera musical. Esta última la inició en Madrid y la completó, después de ser ordenado sacerdote, en los Conservatorios de San Sebastián, Valencia, Roma y otra vez en Madrid. Entre sus obras publicadas, además de sus numerosos cantos, himnos, orfeones y misas, destacan el «Cancionero Religioso», «El Cancionero Polifónico» y «El Salterio». Una ingente obra suya, inédita, aunque totalmente acabada, es la «Ofrenda Lírica Litúrgica», compuesta por un total de diez y seis volúmenes. En 1990, la Santa Sede premió su fecundo trabajo en el campo de la música sagrada otorgándole la Gran Cruz «Pro Ecclesia et Pontifice». Todos los que le han tratado convienen en que la vida y la música del P. Alcácer han sido para Dios y que como buen misionero ha muerto «con las armas en la mano».
Homilía en la Misa de Funeral del Padre José María Alcácer
Raimundo Benzal
Queridos Padres, queridas Hermanas y fieles.
Muchos de nosotros tenemos la intuición de que nos encontramos ante la ida al Padre de un hombre bueno, un sacerdote ejemplar, un paúl fiel y un excelente virtuoso de la música… Es más, quienes le hemos conocido de cerca no tenemos miedo a emplear para él el adjetivo de «santo».
Quienes presenciamos los últimos momentos de la vida del P. José María Alcácer hemos visto hecho realidad el significado de las palabras de san Pablo «morir para el Señor» (Rom 14,8). Morir para el Señor, es ofrecer de un golpe la vida entera, esa vida que cada día, hora y minutos se le ha entregado. Eso hacía el P. Alcácer, poner en las manos del Padre la plenitud de sus 95 años de vida. Bien podía decir con san Pablo. «He servido al Señor» (Hch. 20,19), y bien podía responder Aquel a quién había servido: «Siervo bueno y fiel pasa al banquete de tu Señor» (Mt. 25,21).
Es lógico, que quién ha muerto para el Señor haya vivido para Él. La muerte de Cristo, que se entregó para darnos vida, nos ayuda a profundizar en el verdadero sentido de nuestra vida, que es ponerla a su servicio.
Podemos decir, sin ser presuntuosos, que el P. Alcácer lo puso todo al servicio del Señor: su persona, su ministerio sacerdotal vivido con gozo, sus clases de solfeo, armonía y piano, sus estudios en los conservatorios de Valencia, Madrid, San Sebastián y Roma, su licenciatura en Canto Gregoriano. Toda su inspiración y formación musical, casi exclusivamente religiosa, fue para el Señor. Los fieles que le han tenido como confesor o director espiritual, los padres que le tuvimos como profesor o director del coro del estudiantado en Cuenca o Salamanca, como cohermano en la Comunidad y organista en esta Basílica, creo que podemos decir: el P. Alcácer vivió para el Señor.
Jesús nos ha dicho en el evangelio: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré» (Mt. 25,21). El creyente encuentra en Dios su descanso, su paz, su consuelo. Pero eso no lo saben todos. Solamente a los pequeños y sencillos el Señor les revela este secreto: la vida tiene sentido si Dios está presente en ella. La vida para el que cree de verdad, no se pierde, sólo se cambia, es un paso de la vida provisional a la vida para siempre, es llegar al gozo eterno, a la resurrección.
Todo ésto lo creía el P. Alcácer y lo expresó bellamente en la música del versículo «Dales, Señor, el descanso eterno».
La vida del P. Alcácer ha sido un ejemplo para todo cristiano, para quién se ha consagrado al Señor y para nosostros, los sacerdotes. De las muchas lecciones que de ella se desprende he escogido tres:
Hombre de Dios y contemplativo
«La oración, — dice San Vicente de Paúl a los misioneros — es un gran libro para el predicador, por medio de ella podrá sacar las verdades divinas del Verbo Eterno, que es fuente, para repartirlas después entre el pueblo» (E.S. VII, 140). El misionero, lleno de Dios, transmite después al pueblo lo que ha contemplado. Difícilmente podrá dar a saborear la sabiduría, la bondad y la misericordia de Dios si no las ha gustado. El P. Alcácer asimiló estas enseñanzas de San Vicente y las trasladó al campo de la música de la que se sirvió para evangelizar.
¿Acaso en sus largas horas de oración no escuchaba ya las melodías que después pasaba al pentagrama? ¿De dónde sacó inspiración para ponerle música a los salmos sino después de la meditación asidua de los mismos? ¿Quién es capaz de ordenar tan perfectamente las siete notas musicales para elevar el alma a Dios, sino aquél que antes la ha unido a él?
Si San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Jesús se sirvieron de la poesía para comunicarnos la intimidad del alma con Dios, el P. Alcácer escogió la música para transmitirnos la dicha del alma que vive en Dios.
Como ejemplo, os diría que su profunda piedad no le permitía asistir o acompañar, solamente, una acción litúrgica. Participaba de corazón y con los gestos externos de quién está celebrando la fe. Su delicadeza le llevaba a apartarse del teclado y arrodillarse ante el Señor.
Pero, el ser hombre de Dios no le impedía ser profundamente humano. Su recogimiento externo no le limitaba para ver lo que pasaba a su alrededor. Si algún cohermano presentaba signos de limitación física, preguntaba enseguida qué le pasaba… Y mientras persistía el signo externo preguntaba con interes y delicadeza: «¿ya está usted mejor?».
Trabajador infatigable
San Vicente de Paúl nos recordaba a los misioneros: «La iglesia es una mies que requiere obreros que trabajen» (XI, 733-734). Todos conocemos que ni la edad avanzada, ni los achaques corporales, impidieron al Santo desarrollar los trabajos que había emprendido. Y aconsejaba: a Dios hay que amarle con «el sudor del rostro y el cansancio de nuestras manos» (XI, 733).
Hay que decir que el P. Alcácer hizo suyas las palabras de San Vicente y se esforzó por hacerlas vida. Su trabajo era expresión del amor a Dios a quién alababa con su música y de amor a los hombres. Trabajo no siempre fácil, y aceptado, en ocasiones, por obediencia. ¿Quién se imagina al P. Alcácer con su dificultad para expresarse explicando moral y metafísica?… Pues él lo hizo.
Ha sido su trabajo entregado, generoso, ofrecido, sin quejas. Su presencia puntual junto al órgano en los actos de culto, al piano componiendo. Nunca consintió que la crudeza del invierno, o la insistencia de las Hermanas, le cambiaran su temprano horario de capellanía. Acudía fielmente a celebrar la eucaristía en la Residencia de Santa Catalina, cooperando en las obligaciones pastorales de la Comunidad, a sus 95 años, como uno más. No se ha dejado jubilar. Ha muerto con las «armas en la mano…».
También debo subrayar que siempre se sintió a gusto entre vosotras las Hijas de la Caridad. Muchas habéis trabajado con él en la interpretación de su música, o bien habéis acudido a él como sacerdote.
Hijo fiel de María
Las Reglas Comunes que San Vicente dio a la Congregación de la Misión invitan al misionero a tener devoción a la Virgen y a imitar sus virtudes.
Con toda seguridad muchos misioneros han observado esta regla, y la observan en el presente. El P. Alcácer ha sido uno de ellos. Cuando se trasladaba de un espacio a otro de la Comunidad o su mente no estaba ocupada en la música, aprovechaba para alabar a María. No le importaba desplegar su rosario y caminar al paso de las «Ave María». Cinco misterios del rosario de rodillas, recogido, meditando las escenas evangélicas que se recuerdan. Momentos de gozo, de dolor y gloria de la Virgen que él supo transportar a su música. ¿Quién no ha sentido pena de Nuestra Señora cantando. «Al llorar tus amarguras Santa Madre del Dolor» o «Estaba al pie de la Cruz?».
Si alguna virtud de la Virgen le cautivó fue su humildad. Méritos sobrados tenía para ostentar su condición de músico genial, organista exquisito, director competente, pero siempre rehuyó el prestigio y la alabanza. Ante las felicitaciones sólo respondía con una sonrisa amable. No fue el músico inquieto por estar en las portadas o en el candelero, sino el siervo que quiso agradar al Señor. Bien podía decir con el salmista: «Para ti es mí música Señor» (Salm 100,1).
En un mundo post moderno de individualismo, egoísmo y hedonismo, el P. Alcácer se nos presenta como un alma grande, abierta a Dios y a los hermanos, con actitudes ejemplares y proféticas.
El principio elemental de psicología de que nadie pasa por la vida de los otros sin cambiarlos, tiene una perfecta concreción en el P. Alcácer. Ante él nadie podía permanecer indiferente. Con sus actitudes trasparentes de sacerdote y paúl ha sido memoria para sus coetáneos, interrogante y sorpresa para los mas jóvenes y sugerencia evangélica para todos.
El P. Alcácer ha terminado su carrera y «ha recibido la corona de gloria que no se marchita» (2 Tm 2,7). Ahora descansa en los brazos del Padre, mientras el coro de Padres Paúles e Hijas de la Caridad que le precedieron en el signo de la fe, acompañados de los ángeles le cantan: «Dichoso el varón que en la ley del Señor, en el amor, puso sus delicias» (Salm 1).







