José Antonio Borja (1790-1894) (Capítulo II)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

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Author: Desconocido · Year of first publication: 1893 · Source: Anales Españoles, Tomo I, (1893) y Tomo II (1894).
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II

Todos cuantos conocieron al Sr. Borja se expresaban con estas o parecidas palabras: «El Sr. Borja es un hombre santo, es un hombre de Dios; se irá al cielo con zapatillas y todo». Todos sacaban esta consecuencia de tratarle, aunque hiele por poco tiempo. No sólo todos los Misioneros y todas las Hijas de la Caridad de España, sino también los extraños, ya eclesiásticos, ya seglares, y los Misioneros de otras naciones que acaso, pasando por Madrid, sólo le habían visto unos días, y tal vez no más que unas horas, todos solían preguntar : «Y el Sr. Borja, ¿cómo está? Y añadían: «Haciéndose, sin duda, cada día más santo».  El difunto señor Etienne, después que le vio con ocasión de su viaje a Madrid en 1856, no sabía con qué palabras encarecer la buena opinión de santidad que de él había formado. Muchos eclesiásticos preguntaban si vivía aún aquel anciano que tanto les había edificado cuando hicieron ejercicios para ordenarse.

El nombre del Sr. Borja se había hecho célebre, no cierta­mente por otra razón ni bajo ningún otro concepto que el deun santo hombre, porque nada tenía de particular en cualquier otro concepto. Esta opinión tan general y tan constante en todos los que le conocieron y trataron no podía dejar de fundarse en alguna realidad, porque una que una que una que otra persona bien puede equivocar fácilmente las cosas y tomar por realidad lo que no es más que apariencia; pero que todos se equivocaran, y que nadie cayese en la cuenta y se desengañase, sino que todos perseverasen en el mismo error por más de cincuenta años, aumentándose con los años la opinión de su santidad, eso no hubiera sido posible á no es­tar la opinión fundada en hechos bien averiguados.

La primera cosa que impresionaba en su favor era la sencillez, que parecía en él natural, y que había perfecciona­do con la fe viva con que miraba todas las cosas y con la consiguiente práctica de la pureza de intención. En la con­versación no entendía nada en lo que llaman diplomacia, es decir, que no sabía disfrazar el pensamiento y detestaba la disimulación. Llamaba las cosas por sus nombres, y exhor­taba a todos a que hablasen de esa manera. «Hemos de de­cir las cosas como las tenemos en el pensamiento; al pan le hemos de llamar pan, y al vino, vino». Este era su parecer, y como consecuencia legítima, los ejemplos y las comparacio­nes que traía para explicar las cosas eran tan naturales y lo pintaba todo con colores tan vivos, que encantaba. Lo que decía, aunque fuese profundo, lo hacía tan claro que todos lo comprendían, y era fácil retener en la memoria las verda­des que manifestaba. Por eso son muy célebres entre las Hijas de la Caridad las conferencias que les dirigía. También entre nosotros hablaba del mismo modo, y cuando el Supe­rior le llamaba para repetir la oración o para hablar en nues­tras conferencias, todos nos disponíamos a oirle, no sólo con gusto, sino con avidez, con respeto y veneración.

Es cosa notable que al propio tiempo que su extremada sencillez á veces nos hacía sonreír, siempre nos edificaba y nos movía a devoción; porque si bien sus expresiones no te­nían nada de elegancia postiza, eran los pensamientos tan sólidos, claros y adaptados a las circunstancias y a las perso­nas, y lo decía todo con tanto fervor y tan de corazón, que nos penetraba a todos hasta lo íntimo de nuestras almas. El tono de voz y  la energía con que decía y a veces recalcaba las cosas, todo en él hablaba y contribuía a dar cierto aire de originalidad, aun a las cosas, en sí mismas ordinarias.

No podemos resistir a la inclinación de dar aquí un ejemplo de esa especie de elocuencia propia suya. Hablaba un día. A las Hijas de la Caridad, y les decía que debíamos desconfiar de nosotros mismos y no aferrarnos a nuestro propio juicio, porque de otro modo nos expondríamos a errar e incurrir en grandes peligros, porque somos todos ciegos espi­ritualmente y necesitamos de ser guiados, y ponía la siguiente comparación: «Supongamos, por ejemplo, que yo que soy ciego me paseo solo por la huerta en donde está el pozo de la noria, y un Hermano me dice con mucha caridad: «Señor Borja, no vaya Ud. por ahí, que está el pozo de la noria y puede Ud. caer en él»; mas yo, sober­bio y presuntuoso, sin hacer caso del aviso que han tenido la caridad de darme, continuo paseándome por donde se me antoja. Y ¿qué sucede sino lo que había de suceder? Que me caigo en el pozo y no tengo otro remedio sino gritar con todas mis fuerzas: ¡Hermano Miguel! ¡Hermano Segundo! ; Hermano Marcos!, acúdanme y sáquenme de este peligro de ahogarme. Alguno que me ha oído tiene la caridad de sacarme, y me dice después, y con mucha razón: «Pero, señor Borja, ¿por qué no ha hecho Ud. caso de lo que le he dicho, que no anduviese solo por ahí? ¿No comprende que usted está ciego y expuesto a caer en el pozo? Otra vez no venga Ud. por aquí sin ser acompañado, no sea que le vuelva á suceder lo mismo.» Hermanas mías, no obren por capricho; hagan lo que se les manda y evitarán muchos peligros».

Cuando predicaba a los externos no cambiaba de esti­lo y aunque al principio causaba extrañeza y hasta provocaba a risa, después rendía y subyugaba los corazones.  Esto sucedió en algunas ocasiones. En 1832 se dieron por primera vez, los ejercicios a los ordenandos en la Casa entonces nueva de Madrid, y parece que el Sr. Borja presidía las lecturas y también les  dirigió algunas pláticas. Como tenía un acento catalán muy cerrado y una voz poco melodiosa los ordenandos, que suelen ser gente alegre, y entre los cua­les hay por lo regular hombres de talento y mucha instrucción, comenzaron a reírse; pero luego se sintieron movidos por su misma sencillez a respetarle y a escucharle con ve­neración y edificación, como ellos mismos lo declararon des­pués a otro Misionero. Lo mismo sucedía cuando predicaba los ejercicios a los socios de las Conferencias de San Vi­cente de Paúl, quedando éstos muy complacidos y edifi­cados.

En nuestras recreaciones diarias contribuía tanto a la san­ta alegría que en ellas suele reinar, que parecía el alma de la recreación, de modo que en los últimos tiempos de su vida solíamos decir: «¿Cómo haremos cuando nos llegue a faltar el Sr. Borja?» Sabía una multitud de anécdotas, historias y cuentecillos que solía contar con tanta sencillez y tanta gra­cia, que se las oíamos repetir con gusto aunque ya las supiéramos de memoria. Hasta en el modo de contarlos, además de su sencillez, patentizaba también la veracidad y rectitud de su espíritu, porque lo contaba todo siempre del mismo modo, sin añadir ni quitar una palabra. Se puede decir que era inimitable, porque no siempre hubiera parecido bien en boca de otro lo que en la suya sólo manifestaba la inocencia y el candor de su corazón, que no tenía más malicia que el de un niño.

Después de la sencillez, la virtud que más resplandecía en el Sr. Borja era la humildad. Consiste esta virtud en tener de nosotros mismos un bajo concepto, en alegrarnos de ser teni­dos en poco y en atribuir a Dios toda la gloria. Según esto, el Sr. Borja poseía esta preciosa virtud en grado muy aven­tajado, porque tenía de sí mismo un concepto tan bajo que apenas podría ser más bajo. Hablando de sí decía que se avergonzaba de sí mismo. Algunas veces decía: «Cuando irle considero delante de Dios, la cara se me cae de vergüenza.» No dejaba escapar ocasión de humillarse, y así, para dar a entender que sus padres eran pobres, decía que cuando muchacho dormía con un hermano suyo en la misma cama; que iba a recoger estiércol por las calles y por los caminos; que en Tarragona estaba en el Seminario en clase de pobre, y que tenía que arreglarse con algunos compañeros para pro- tirarse y prepararse la comida. Contaba también que, sin­tiéndose llamado a dejar el mundo y a entrar en religión, se dirigió a un convento de franciscanos para pedir el santo há­bito. «El Guardián, — decía él, — y otros dos religiosos que le acompañaban hablaron en secreto un rato, y luego me di­jeron que no me podían admitir; y es que conocerían mi tor­peza y dirían para sí: éste no sirve para nada sino para co­mer».

Al presentarse en Barcelona para pedir ser admitido en la Congregación, no ocultó nada de sus defectos, y particular­mente el que tenía en la vista, que era extremadamente corta, practicando en esto al mismo tiempo la sencillez y la hu­mildad.

En los ejercicios que, como hemos dicho, se dieron a los Ordenandos en 1832, el Emmo. Sr. Cardenal Inguanzo, arzobispo de Toledo, prohibió que persona alguna de fuera de casa hablase con los ejercitantes. Sucedió que un día se presentó el Excmo. Sr. Marqués de Santa Cruz deseando hablar  un ordenando; y como aconteció que el Superior no se  hallase en casa, ni otro sacerdote más antiguo de vocación que el sr. Borja, a éste se dirigió el portero. El Sr. Borja, que ignoraría la orden terminante del Sr. Arzobispo, dio permiso para que el señor Marqués viera al ordenando, y en cuanto llegó el Superior le dio cuenta de lo ocurrido. Este le contestó que había hecho mal en contravenir a órdenes del Prelado. El Sr. Borja, queriendo reparar el error involuntario con un acto de humildad, pidió y obtuvo,  aunque con dificultad, que se le permitiera ir a casa del  señor Marqués para manifestarle la repulsa que había recibido  y rogarle que no volviese a hablar con dicho ordenando. Fue, pues, acompañado de un sacerdote, por quien después se supo que, llegando a presencia de aquel personaje, le habló en estos términos: «Señor Marqués, aquí tiene usted en su presencia un Misionero muy orgulloso indigno de pertenecer a la Congregación. Yo no soy más que un hombre obscuro e inútil, y, sin embargo, cuando Ud. vino a visitar a un ordenando, yo, echándolas de Superior, me propasé permitiéndole a Ud. la visita, contra lo dispuesto por el se­ñor Arzobispo. Le suplico a Ud. que perdone mi atrevimien­to». El Marqués quedó admirado, y al día siguiente, yendo a visitar al Superior, le refirió lo ocurrido, añadiendo que nunca había hablado con hombre más humilde.

En otra ocasión, por aquel mismo tiempo, entre otros or­denandos compareció uno acompañado de cuatro o cinco seglares que, burlando la vigilancia del portero, se subieron con grande algazara á los corredores y dieron con el Sr. Bor­ja, quien con buenos modos les manifestó que debían retirarse porque la entrada estaba prohibida a los que no fuesen orde­nandos. Uno de los seglares, llevando a mal la advertencia, insolentemente le contestó: «Y quién es Ud. y qué cargo ejer­ce para prohibirnos la entrada?» A lo que el Sr. Borja, sin darse por ofendido, contestó: «Yo no soy nada, y me ocupo en barrer y limpiar los excusados». Los seglares, confusos al oír tan humilde respuesta, se retiraron.

En eso que decía que se ocupaba en barrer y limpiar los excusados no hablaba ni hiperbólica ni figuradamente, sino muy propiamente y en sentido literal, porque entre otros actos de humildad que solía practicar, ése era frecuente. Como maestro de novicios, tenía que distribuir los oficios, y a veces, cuando nombraba a algún seminarista para los más repugnantes, iba con él al lugar del oficio, y en su presencia hacía él mismo las cosas para enseñarle el modo de cumplir con aquel deber. Escogía siempre para sí lo más re­pugnante a la naturaleza. Por ejemplo, algunas veces, des­pués que se habían limpiado los vasos inmundos, los hacía reunir todos, y si entre ellos había alguno viejo ése escogía para su uso. Por el mismo espíritu de humildad y de pobreza, cuando iba a tomar el desayuno, buscaba en el cesto de los mendrugos los peores y menos apetecibles.

Practicaba también la humildad en no decir jamás nada que le pudiese conciliar la estimación de los demás, y si al­guno le alababa era ingenioso para luego desviar la conver­sación. En cierta ocasión una persona muy considerada en Madrid, y de los principales miembros de las Conferencias de SanVicente de Paúl, le dijo algunas palabras que redundaban en su alabanza, y él, con mucha destreza, comenzó a hablar del gran bien que producen las Conferencias. ¡Cuantas veces procuramos nosotros hacerle hablar de cuando fue Superior en Guisona y en Reus, sin que jamás le pudiésemos mancar una sola palabra! De modo que, si en él hubiera consistido, ni siquiera se sabría que había sido Superior.

Cuando hablaba de sí era regularmente para humillarse y vilipendiarse a sí mismo, dándose los nombres más injuriososy afrentosos, como, por ejemplo, de escandaloso, desobediente, viejo chocho y loco, regalón, indigno de vivir en Congregación, que no ganaba el pan que comía, que me­cía que le echasen a la calle, que le encerrasen en una cár­cel. Decía que era ladrón porque había robado á su madre Cuando muchacho; y aunque es sabido que no fue más que unoscuartos, cosa que no pasaba de travesura propia de aquella edad, él lo exageraba para que le despreciasen. Aña­did queen una ocasión, también siendo muchacho, había tirado una piedra á su hermano, de modo que si le hubiese dado en cierta parte de la cabeza habría podido quedar en el sitio, y que en tal caso hubiera merecido que le ahorcaran. La desobediencia a su madre consistía en que a veces, cuando le mandaba hacer algo, él contestaba: «Que lo haga Teresa»  echando la carga sobre su hermana. También de­ que había obrado según la máxima: «para comer yo, para trabajar los demás». Un hombre que sentía tan bajamente de sí y que tanto se esforzaba en persuadir á los demás que no merecía sino el desprecio de todo el mundo, no dejaría de aceptar las humi­llaciones que le sobreviniesen. En cierta ocasión el Superior, que era también Visitador, dio a entender delante de los se­minaristas que no aprobaba algo que él había dispuesto, y esto parecía llenarle de alegría, recibiendo aquella especie de repulsa con un aire tan risueño y lleno de satisfacción como el más ambicioso hubiera recibido alabanzas y señales de aprecio y aprobación. Un seminarista, estando haciendo la comunicación con él, le dijo que sentía contra él cierta aver­sión, a lo que el Sr. Borja no contestó nada porque sin duda así convenía al seminarista; pero se conocía que no sólo no se resintió, sino que desde aquel día le pareció al mismo se­minarista que le trataba aún con más bondad y condescen­dencia que anteriormente. Estando ya casi ciego, tropezó un día con otro que era ciego del todo; y éste, lleno de cólera, le dijo muchos improperios, amenazándole con palabras gro­seras, á lo que nuestro Sr. Borja no contestó sino pidiéndole perdón por el mal que acaso, aunque tan involuntariamen­te, le hubiese ocasionado. Por la misma razón pedía perdón por cualquiera cosa en que se figurase haber ofendido o desedificado al prójimo, fuese éste sacerdote, clérigo o hermano coadjutor.

A tanta humildad no podía menos de acompañar la man­sedumbre, que también poseyó en grado muy subido; y es de advertir que esto era en él tanto más admirable cuanto que no le venía por naturaleza, sino que la había conquista­do por fuerza haciendo heroica violencia a su natural, que era vivo, colérico e impetuoso. Ese natural le duró toda su vida, permitiéndolo así Dios sin duda para ejercicio de su virtud y tal vez para conservarle en la santa humildad. Eso no lo habría nadie sospechado si de cuando en cuando no hubiesen aparecido señales de que, aunque su natural estaba bien mortificado, no estaba aún del todo muerto. Los mo­vimientos de ira que en él se levantaban eran de los que se  llaman primo primi , no llegando nunca a los segundos. Al instante los reprimía y se componía de modo que a veces ni aun aquellos con quienes hablaba lo advertían. Pasando ya de ochenta años de edad, por estar enteramente ciego, se le ponía en el plato aquella porción de alimento que parecía conveniente; una vez, porque se le puso más de lo que él quería, se sintió asaltado de un movimiento de ira que sólo se conoció porque la mano, que habitualmente le temblaba, en aquel momento le tembló de un modo más notable. Con­cluida la comida y ya en la recreación, uno de los sacerdo­tes le dijo: «¿Qué tenía Ud. hace poco que le temblaba tan­to la mano?» A lo que contestó, apoyando mucho y recal­a ando las palabras: «Porque soy hombre». Sólo por ahí com­prendimos que se había incomodado un instante. Fuera de osos momentos, era de una suavidad y amabilidad tal que todos salían prendados de su conversación.

Eso no quita que, cuando tenía que reprender a alguno siendo director del Seminario, lo hiciese con mucha entereza usando a veces de palabras bastante fuertes, según lo re­quería el caso, a lo que le movía el ardiente celo que tenía de la gloria de Dios y de la santificación de las almas, princi­palmente de aquellas que tenía a su cuidado y bajo su di­lección; pero todos estaban persuadidos de que jamás obraba por genio ni por prevención alguna contra nadie.

Otra virtud que en él brillaba con admirable resplandor era la mortificación. Jamás se quejaba de nadie ni de nada. La comida, el vestido, el aposento y todo lo demás, era siemprepara él demasiado bueno. En la casa de la calle del Duque de Osuna tenía en el Seminario un aposento pequeño, con mala luz y dos puertas. La cama no la movía nunca, y a hacerla sólo igualaba la ropa por encina. De esto y de ser la casa vieja, resultó que se criaron en el lecho tanta multitud de insectos que causó admiración cómo había po­dido sufrir por largo tiempo la incomodidad que suelen oca­sionar. En el verano, en la Casa de Madrid, se solía servir gazpacho por la noche, lo que él con gracia llamaba sopa fría, y otras veces sopa de clueca. Parece que no le sentaba bien en el estómago, y por eso había dispuesto el Supe­rior que en aquellos días se le sirviese la sopa ordinaria, lo que también se hacía con algunos otros por la misma razón. El Sr. Borja sentía que se le tuviese esa atención, y no se pu­do avenir á ello sino cuando supo que no era él solo con quien se hacía. Aun así no dejaba pasar ocasión de humi­llarse; por eso, cuando hablaba delante de la Comunidad, de­cía que era inmortificado y regalón porque no quería comer sopa fría.

A los seminaristas enseñaba lo que, sin duda , él practi­caba, a saber: que uno puede hacer muchos actos de morti­ficación en el día si sabe irse a la mano, mortificando aquí los ojos, allá los oídos, sufriendo sin quejarse el frío, el ca­lor, el hambre, la sed, el cansancio, escogiendo entre dos cosas la que a uno menos le agrada, y así de las demás co­sas; y decía que desde las cuatro de la mañana hasta la ora­ción, en solo aquella media hora podía uno hacer cincuenta actos de mortificación. Recomendaba mucho esa especie de mortificaciones que no quebrantan los huesos y para las cua­les no se necesita pedir licencia. También exhortaba a usar del cilicio y de la disciplina, y enseñaba a los seminaristas el modo de servirse de esos instrumentos de penitencia de ma­nera que mortificando el cuerpo no perjudicasen a la salud.

A la mortificación exterior juntaba la interior, que es como el alma de aquélla. No de otro modo se comprende que, siendo de un temperamento bilioso, se mostrase siempre tan afable y bondadoso como se mostraba, violentado así cons­tantemente la natural propensión. La ceguera con que Dios lo quiso probar le dio también ocasión de rendirse entera­mente á la divina voluntad, sin jamás lamentarse de eso ni de ninguna de las muchas incomodidades que tanto la ce­guera como la avanzada edad a que llegó le acarreaban. A es­tas pruebas hay que añadir otra más dura aún, con que tam­bién Dios le hizo ejercer la paciencia. Esta prueba fue la de la inquietud de espíritu que le resultaba de los escrúpulos. Padeció esa especie de martirio por muchos años y hasta po­cos días antes de morir, queriendo, sin duda, Dios acabar de purificar su alma por ese medio.

Pero nada manifiesta mejor la perfecta mortificación in­terior que la pronta, absoluta y ciega obediencia de volun­tad y de entendimiento, en la que nuestro venerado señor Borja fue perfecto dechado. Para él la voz de la autoridad era la voz de Dios, y sin buscar pretextos para eximirse ni hacer comentario alguno, ejecutaba pura y sencillamente lo ordenado. Buena prueba de esto es lo que hizo en 1856, en aquellos días tristes que no quisiéramos siquiera recor­dar. Habían llegado las cosas a tal punto, que el Superior general creyó que no se podía mantener su autoridad en España sino disolviendo el Seminario o Noviciado de Ma­drid, y fue ordenado al Sr. Borja que anunciase esta decisión á los seminaristas. La Congregación apenas acababa de res­tablecerse y contaba ya 26 seminaristas de bonete, entre los cuales había cuatro sacerdotes. Estos eran la esperanza de la Provincia. El Sr. Borja amaba en extremo la Congrega­ción, la Provincia y en particular a los novicios. Declarar que estaba disuelto el Seminario, era declarar que la Provincia entraba de nuevo en agonía. El Sr. Borja ciertamente com­prendería muy bien todo esto, y, sin embargo, obedece cie­gamente, y una noche, en la capilla del Seminario, después de leído el tercer punto de meditación, leyó él mismo el in­dicado documento, que llenó de consternación a los seminaristas y arrancó lágrimas a muchos.

A este acto de obediencia siguió otro no menos heroico, pues creyendo en esto cumplir la voluntad del Superior ge­neral, dejó la Comunidad, que él tanto amaba y en que era tan amado y estimado, y se fue a vivir con un eclesiástico muy bueno y que apreciaba mucho á la Congregación, per­maneciendo en su compañía hasta que, cerciorado sin duda de la intención del referido Superior general, y por su orden, volvió a ponerse al frente del Seminario. Sólo los que cono­cieron a nuestro venerable difunto y están al tanto de las circunstancias a que aludimos, pueden apreciar el valor de estos actos de obediencia.

También en 1868 nos dio un admirable ejemplo de obe­diencia, no menos que de humildad. La revolución había estallado; las Religiones y Congregaciones habían sido supri­midas en toda España. La Comunidad de Madrid se trasla­daba a Francia en casi su totalidad; el Sr. Borja, viejo, de­crépito y ciego, no sabíamos cómo iba a quedar en Madrid; un hermano suyo le había brindado con su casa, y él mismo se mostraba dispuesto y hasta parecía un poco deseoso de irse a vivir con su hermano hasta ver en qué pararían las cosas. El Superior delibera, titubea y por fin acepta lo que el Sr. Borja propone, sin duda para sacar de apuros al Su­perior. Pero éste por la noche, reflexionando mejor sobre el caso, decide que no se mueva de Madrid, sino que sea tras­ladado á la casita junto al Noviciado de las Hijas de la Ca­ridad. Al día siguiente se le notifica la nueva decisión, y él la recibe con la acostumbrada paz y alegría, sin hablar más del asunto sino para humillarse, según su costumbre, di­ciendo que era tan malo que había pensado irse á vivir en el mundo. Fue, pues, a la casita, en donde continuó por es­pacio de ocho años, edificando á todos con sus ejemplos y atrayendo las gracias de Dios con su tierna devoción.

Esta devoción era en el Sr. Borja no menos tierna y afec­tuosa que sólida y verdadera. Fundábase en el conocimien­to de Dios y en la meditación de los misterios de la reden­ción del mundo, y producía en él la firme y constante resolución de evitar el mal y practicar el bien. Los que le trataron más íntimamente aseguran que no se le observaba pecado alguno, ni aun venial. «Siempre reconocí en él, —dice uno de ellos,— una voluntad tan resuelta a la práctica de todo lo bueno y fuga de lo malo, que en los ocho años que con viví nunca pude observar en su conducta el menor peca­do venial ni falta alguna contra las santas Reglas». Tenía pormáxima, y la inculcaba con tesón, que todo el bien consiste en la práctica, repitiendo aquellas bien sabidas pa­labras: Totum opus nostrum in operatione consistit. No po­día tolerar aquella falsa devoción que se contenta con bue­nas palabras: «Hemos venido a la Congregación para traba­jar, decía, y no para ser unos perezosos y haraganes». Eso lo predicaba con el ejemplo más que con las palabras, porque no estaba un momento ocioso.

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