III
Mientras le fue posible empleaba todo el tiempo que le quedaba instruyéndose con la lectura de algún autor ascético, principalmente del P. Granada, o bien repasaba la Moral, no teniendo inclinación a ninguna lectura curiosa de ningún género. En los años en que misionó, ya sea en Guissona, ya también en el arzobispado de Toledo, se aplicaba a aprender y echar las pláticas con todo esmero al pie de la letra, para lo cual las tenía perfectamente aprendidas de memoria a fuerza de estudiarlas. Lo manoseadas y manchadas que las tenía prueba lo mucho que había trabajado para aprenderlas y repasarlas.
El respeto que tenía a todo lo del servicio de Dios hacía que fuese tan celoso de la observancia de las rúbricas y ceremonias, que no cesaba de encargar esa obediencia a seminaristas, y él las observaba con toda exactitud Cuando hacía de maestro de ceremonias, avisaba a los que faltaban a ellas; y cuando celebraba solemnemente, o hacia de diácono o de subdiácono, jamás dejaba de preguntar al maestro de ceremonias si había observado en él alguna falta, recibiendo con agrado cualquier aviso o advertencia que le hiciese sobre esa materia. Este mismo celo le movía, aun después de haber quedado ya ciego, a avisar á los nuestros de alguna falta que observase en ellos, por ejemplo, de decir en vozalta lo que la rúbrica manda decir en voz baja, y viceversa. También a los externos avisaba de lo mismo cuando le parecía que así lo exigía la gloria de Dios y, por otra parte, eran personas con quienes podía tomarse esa confianza. En una ocasión paseaba por el Prado acompañado de un Hermano; y encontrándose con un señor eclesiástico de los más caracterizados en Madrid, dijo al Hermano que se apartase un poco porque quería hablar con aquel señor en particular, y avisó al mencionado eclesiástico de que en la Misa decía en voz alta algunas cosas que deben decirse en voz baja. El eclesiástico, que le tenía veneración, recibió muy bien la advertencia.
Al seminarista que tenía el oficio de sacristán, y aun a todos los seminaristas, recomendaba el mismo respeto á las cosas santas, como los ornamentos, los vasos sagrados, las reliquias, etc., y reprendía con fuerza y rigor cualquiera irreverencia en el lugar sagrado, como el andar con precipitación en la iglesia ó capilla, pasar por delante del Santísimo sin hacer genuflexión, ó haciéndola de medio lado o sin llegar á tocar el suelo con la rodilla. De todo esto le podíamos tomar por modelo. «La postura que guardaba en los lugares santos,—escribe un testigo ocular que le observó muy de cerca, —no sabría yo describirla; sólo diré que era una postura muy particular, que revelaba un profundo respeto y atención á Dios. No podía yo mirarle nunca sin acordarme de San Vicente, a quien me parecía ver en el Sr. Borja». La misma impresión causaba en todos, especialmente cuando le veían en el altar.
Esta devoción hacia Dios, y particularmente los misterios de la Redención, era tan tierna que a veces llegaba a manifestarse de un modo extraordinario. En una ocasión, en tiempo de ejercicios espirituales de los seminaristas después de Pascua, queriendo hablar del beneficio de la Redención, puso por tema las palabras del Apóstol: Jam non estis vestri; empti enim estis pretio magno; pero estaba tan conmovido que a la segunda o tercera palabra prorrumpió en tan deshecho llanto que, hechos sus ojos dos ríos de lágrimas, le fue imposible decir nada más. En otra ocasión semejante, y queriendo también hablar del mismo misterio, lo hizo con tanto fervor y unción, con tanta ternura y devoción, que al mismo tiempo que inflamaba los corazones de los que le oían, él mismo parecía encenderse más y más y elevarse del suelo, cual paja leve, hacia lo alto. «Todos, en efecto, por unos momentos creíamos ver á un cuerpo que, elevado en el aire, no tocaba el suelo». Palabras de un testigo ocular.
El día de Viernes Santo, en el acto de la adoración de la Cruz y al oír el canto del Crux fidelis, estaba tan lleno de devoción y de ternura que derramaba copiosas lágrimas; y esto se observó, no solamente un año, sino por muchos años, y lo veían, no solamente algunas personas, sino que toda la Comunidad era testigo.
Lo mismo sucedía muchas veces en la celebración del sacrificio de la Misa; de modo que el que tenía la dicha de ayudársela veía las lágrimas que corrían de sus ojos y oía los tiernos suspiros que exhalaba su corazón. Con ocasión de la procesión del Santísimo el día del Corpus Christi, también su corazón se enardecía y se derretía en lágrimas. Cuando iba en la procesión, parecía un serafín encendido. Tan fervoroso, tan modesto y cantando, y aunque su voz no era muy armoniosa, sin embargo, todos quedábamos sumamente edificados, y algunos decían: «iQuién pudiera tener el fervor ile él tiene!» Siendo ya viejo y ciego, como no podía ir en la procesión, se quedaba en el coro; pero se veía que su corazón seguía a nuestro Señor, y cuando la procesión entraba de nuevo en la iglesia, en su semblante y en su actitud se conocía la santa alegría que inundaba su corazón. «Hoy, —decía algunas veces en recreación,—hoy D. Ceferino (era el organista) se ha esmerado mucho. ¡Qué cosas tan preciosas sacaba del instrumento! ¡Sea todo para gloria de nuestro Señor sacramentado!»
En otros ejercicios, también del Seminario, hablando sobre la parábola del hijo pródigo, tomó por texto las palabras del padre del hijo pródigo: Adducite vitulum saginatum…, et manducemus et opulemur, apropiándolas a la divina Eucaristía, y habló de una manera tan extraordinaria que todos cuantos le oímos, — dice uno de ellos, — decíamos que jamás habíamos oído hablar tan bien de este divino misterio. Hablando de éstas, y en general de todas sus pláticas, dice otro testigo: «Siempre he dicho y creído que ni oí ni espero oír pláticas que más impresión me hayan causado ó puedan causar, y eso que las oía con la mayor hilaridad, por no decir riéndome, no despreciando la palabra de Dios, sino quedando prendado de la sencillez del predicador, así en el lenguaje como en su plan, comparaciones, ejemplos, etc., etc. »
La misma intensa devoción al santísimo Sacramento hacía que oyese cuantas Misas podía. Especialmente en los últimos años de su vida, cuando por el temblor de las manos ya no podía celebrar, se subía á la tribuna que de la casita junto al Noviciado de las Hijas de la Caridad da a la iglesia de las mismas, siempre que sabía que había Misa á hora desacostumbrada. Lo mismo solía hacer cuando llegaba alguno de viaje ycelebraba en nuestro oratorio. Además, aprovechaba muy bien la oportunidad que su estado le procuraba de poder pasar largos ratos en compañía de Jesús en la divina Eucaristía, ya sea en la tribuna antes mencionada, ya en nuestro oratorio. Para saciar la sed y hambre que de eso tenía se encerraba á solas con nuestro Señor, y allí, de rodillas, desfogaba su devoción hablando familiarmente con su divina Majestad, diciéndole cosas muy tiernas y sabrosas en voz alta; pero era cuando estaba o creía estar solo, porque en presencia de alguno se abstenía de toda manifestación exterior extraordinaria. Sucedió, sin embargo, que alguna vez se creyó estar solo en el oratorio, y no fue así. Entonces el que tenía la dicha de no ser advertido no perdía la ocasión de robarle piadosamente el secreto y gozaba de un espectáculo digno de envidiarse, pues veía su rostro tan iluminado que parecía estar arrobado, y oía de su boca palabras encendidas; pero era menester mucho cuidado de no hacer el menor ruido, porque si solamente oía crujir un banco, por lo cual sospechase que tenía algún testigo, cesaba en el instante toda muestra de particular ternura.
Esta devoción tan ardiente a los sagrados misterios de la Redención y de la Eucaristía la alimentaba nuestro señor Borja con la lectura y la meditación. Su autor más favorito era el P. Granada, y entre sus obras la de los Frutos del árbol de la Cruz, que, mientras pudo leer, leía con frecuencia, y procuraba que le leyesen cuando ya había perdido la vista. Horas enteras estaba escuchando con mucha atención y afán; hubo días en que un Hermano le leyó por espacio de tres horas, y, sin embargo, aprovechaba toda otra ocasión; y cuando algún sacerdote se hallaba desocupado, le rogaba y agradecía mucho que le hiciese un rato más de lectura. Parece que sabía de memoria las obras del P. Granada, pues sabía cuándo iba á concluir el capítulo, lo cual admiraba á los que le leían. A veces también citaba, no sólo breves sentencias, sino hasta largos trozos de dichas obras, cosa que admiraba, tanto más cuanto que, según decía, tenía mala memoria.
Observaba perfectamente las santas reglas, de modo que varias personas que vivieron muchos años en su compañía aseguran que jamás le notaron una falta voluntaria contra ellas. A los actos de Comunidad acudía el primero, y siendo viejo y ciego se encaminaba con tiempo y antes que tocasen la campana hacia la capilla ó lugar en donde se había dehacer el acto, para estar allí puntual a la hora. En la recreación, si le avisaba alguno de que se llegaba ya el fin de ella, respondía: «Dios se lo pague; me voy a la capilla».
Apreciaba mucho y recomendaba con instancia la regla del silencio, y se regocijaba en ver que era observada en la Casa. «Esta mañana,—decía una vez,— me ha causado mucha alegría ver que se guardaba bien el silencio en el refectorio mientras tomaba el desayuno, pues por el ruido de las pisadas conocía yo que había muchos desayunándose y ni una palabra se oía. Bendito sea Dios, que hay para alabar á su divina Majestad».
El mismo se barría el aposento, aun cuando estaba medio ciego. También se hacía la cama aun después de hallarse ciego, si bien es verdad que eso consistía en extender la ropa por encima, como ya hemos dicho en otro lugar. Esto lo hacía, no sólo por observar la regla, sino también por espíritu de humildad y de mortificación. De humildad, porque se reputaba por indigno de que le sirviesen; y de caridad, por no cansar a nadie. Por el mismo espíritu no exigía jamás que le guiasen por la casa cuando ya estaba ciego, y aun lo rehusaba con buen modo, prefiriendo ir á tientas con un bastón. En todo caso nunca consentía que le llevasen por la mano. Cuando perdía el tino y no sabía en dónde se hallaba, sólo admitía que le volviesen a poner en camino, y luego daba las gracias por el favor con su acostumbrada fórmula: «Dios se lo pague». También daba las gracias por cualquier favor que recibiese, por insignificante que fuese, y cualquiera que fuese la persona, sacerdote, clérigo o hermano.
Asistía a todas las horas canónicas con la Comunidad, lo mismo después que antes de haber perdido la vista, rezando en voz clara y pronunciando distintamente todo lo que tocaba al lado del coro en que se encontraba, y se dolía siempre que le parecía que se rezaba con demasiada prisa. Mientras le fue posible hizo siempre uso del breviario, fijando los ojos en él, sin fiarse de la memoria, aunque lo supiese perfectamente. Ejemplo digno de alabanza y de imitación, con lo que se evitarían muchas equivocaciones y otras faltas que fácilmente se cometen cuando se reza de memoria.
Ese amor al orden y a la regularidad le hacían muy celoso de la observancia de las rúbricas y ceremonias, no con tentándose con observar lo que está positivamente mandado, sino esmerándose en guardar hasta lo más minucioso de lo que se nos enseña en el manual de ceremonias propio de la Congregación, que nuestros antiguos Misioneros nos legaron y que se ha conservado desde el Sr. Almerás hasta nuestros días. «A los sacerdotes seculares bástales, —decía—atenerse a lo que está mandado; pero nosotros debemos hacer más y ser exactos en lo que es de costumbre en la Congregación». Por la misma razón se deleitaba cuando oía una Misa bien cantada, o las Vísperas ó cualquier otra cosa de liturgia cantada en canto llano; pero el canto figurado le desagradaba mucho, porque no le parecía conforme con el espíritu de nuestra Congregación.
Debido a ese mismo afán de cumplir todo lo mandado y ordenado, a la letra cuando le era posible y conforme con el espíritu cuando á la letra era imposible, mientras pudo celebrar el santo sacrificio de la Misa, cumplía como sacerdote con lo que a esa categoría se manda respecto á los sufragios por los difuntos de la Congregación, ofreciendo por ellos Ias Misas; pero cuando ya no podía celebrar no por eso se vio dispensado de la obligación, sino que cumplió con ella como si fuera Hermano coadjutor, y así decía al Hermano que le ¡asistía: «Hermanito, yo también tengo que rezar los Rosarios yofrecer las comuniones lo mismo que Ud. por las Almas de nuestros difuntos».
De esa idea de que ya se debía considerar como Hermano coadjutor, sacaba nuestro Sr. Borja otra consecuencia que concordaba perfectamente con sus sentimientos de humildad, caridad y celo por la salvación de las almas; y era que,
va que no podía de otra manera, estaba obligado a trabajar por ese objeto con oraciones, ejemplos y mortificaciones. Por esouna vez entre otras dijo al Hermano coadjutor que lo sacaba a paseo: «Hermano N., vamos por las calles más públicas y hasta la Puerta del Sol, y vayamos con tanta modestia y recogimiento que sea un sermón para los que nos vean».
Y con ser tan celoso como todos veíamos que lo era, su humildad le hacía acusarse en público de que no tenía sino una grande insensibilidad para la gloria de Dios y la salvación de las almas.
Como director del Seminario interno mostró mucha vigilancia en el desempeño de tan importante cargo. Se aplicaba a conocer el carácter, genio y disposición de cada uno, para guiarle como mejor conviniese e inspirarle el espíritu de nuestro santo estado. En las conferencias que les hacía bajaba muy al particular, y les inculcaba la observancia de todas las reglas. En las recreaciones y en los paseos no perdía ocasión de enfervorizarlos contándoles ejemplos de la vida de San Vicente, de otros santos y de antiguos Misioneros que había conocido y que habían dejado en pos de sí un suave olor de santidad. No contento con esas exhortaciones a todos en general, de cuando en cuando llamaba a su aposento á alguno en particular y le enseñaba el modo práctico de hacer la oración y meditación. Los sábados, por la tarde, después de oídas sus confesiones, solía llamar a algunos, principalmente de los recién entrados en el Seminario, no juntos, sino uno por uno; los recibía en pie con el manual de meditaciones en la mano, y lleno de fervor les decía estas ó parecidas palabras: «¡Hombre, hombre!, estaba yo leyendo la meditación sobre el Evangelio de la Dominica de mañana. Oiga usted lo que dice Jesucristo; y leía. ¡Cuánta doctrina,— proseguía,— encierran estas palabras! Léalas Ud. hoy y medítelas mañana, y no le cabrá el corazón en el pecho. Con esto sólo hay para meditar quince decenas de años. Esta frase le era familiar y favorita.
Entre las cosas que más les encomendaba era el mutuo sufrimiento de las imperfecciones, y prefería a todas las demás esta especie de mortificación y penitencia. Este pensamiento lo epilogaba en estas palabras: Vita communis Crux. También decía a veces: «Castidad sin caridad, lámpara sin aceite».
El 1o de Julio del año 1834, que era jueves, salió a paseo por la mañana, como de costumbre, con los seminaristas. En todo el paseo no habló sino de la caridad fraterna y del mutuo sufrimiento; parecía que no podía pensar en otra cosa. Los seminaristas extrañaban que tanto insistiese en eso; pero de vuelta a casa supieron el motivo y la novedad que había. Por la tarde, reunidos de nuevo los seminaristas como para ir a paseo, el Sr. Borja les anunció que los Superiores habían decidido que el día siguiente á medio día partiesen para Barcelona, no por Zaragoza, sino por Valencia, y aquella misma tarde se sacaron pasaportes, como entonces se exigía. Como en aquella época no había ferrocarriles ni aun diligencias por aquella vía, el viaje hasta Valencia se había de hacer en galeras aceleradas, que recorrían unas diez leguas por día, y nuestro buen maestro de novicios consideraba necesario prevenir contra el espíritu de división y de discordia á los cinco novicios que iban á estar solos, sin nadie que los gobernase, por espacio de tantos días.
Como el mayor enemigo de la unión y cordialidad suele ser el amor propio, por eso el Sr. Borja procuraba inculcar la mortificación del propio juicio y de la propia voluntad, humillando a los seminaristas y contradiciendo a sus inclinaciones. Así, por ejemplo, cuando les veía remisos en los ejercicios corporales, les decía: «Miren Uds. que no hemos venido aquí para holgar, sino para trabajar, y Uds. andan muy perezosos». Cuando, por el contrario, ellos parecían más afanosos, iba y los reprendía diciendo: «¡Hombres de Dios!, ¿qué disipación es ésa? Miren que sin recogimiento no se puede conservar la devoción». Cuando notaba en ellos inclinación a una cosa les mandaba lo contrario hará quebrantar el arrimo a su propia voluntad. Así, por ejemplo, a la vuelta del paseo, si veía que deseaban pasearse, mandaba sentar, y si querían sentarse, los hacía pasear. Verdad es que algunas veces resultaba lo contrario de lo que él pretendía, porque queriendo ellos una cosa y sabiendo su costumbre, le pedían lo contrario de lo que deseaban, y conseguían lo que verdaderamente apetecían. De lo cual se infiere que no conviene seguir siempre un mismo sistema en eso de probar la virtud ajena.
Tenía un don especial para calmar las inquietudes de espíritu en sus dirigidos. Uno que había andado turbado por mucho tiempo, salió un día tan contento de su presencia que no sabía cómo encarecer el favor que en eso le había hecho. Aunque la rigidez con que dirigía el Seminario inspiraba cierto respeto y aun temor, no por eso inspiraba menos confianza, porque no dudaban ni de su capacidad práctica, ni mucho menos de la rectitud de sus intenciones, ni de la perfecta imparcialidad de sus decisiones. Cuando se le hacía alguna pregunta, aunque fuese de cosa de poca importancia, siempre reflexionaba un poco antes de contestar, y a veces alzaba los ojos al cielo como para pedir el socorro de la divina luz y acertar.
Muchas otras cosas pudieran decirse de este insigne varón, cuyas virtudes le granjearon el aprecio universal de cuantos le conocieron, aunque no le tratasen más que de paso; cuya fama de santidad no disminuyó, antes creció con el correr de los años. Por espacio de más de medio siglo fue el modelo de los Misioneros, y estimado de miles de Hijas de la Caridad que en ese período habitaron en la Casa central de las mismas. Tiempo era de que recibiese la bien merecida recompensa de tantas virtudes, tantas buenas obras, tantos méritos. Pasaba ya de ochenta y cuatro años de edad, cuando en el otoño de 1874 sintió síntomas de la última enfermedad. Todos los esfuerzos del arte de curar no podían prolongar una vida tan preciosa más allá de los términos constituidos por la divina voluntad. Dios le quiso probar por última vez permitiendo que se le renovasen con mayor intensidad los temores y los escrúpulos; pero esa prueba no duró sino unos días porque perdiendo las fuerzas intelectuales más aprisa aún que las corporales, no tardó en hallarse fuera de todo peligro y aun de todo padecimiento físico propiamente tal, habiendo perdido enteramente el uso de la razón, sin la cual, así como ya no hay acto humano, así se puede decir que no hay padecimiento humano. En este estado vivió aún algunos días, hasta que el 8 de Diciembre, a eso de las cinco y media de la tarde, entregó su bella alma al Criador.
Su muerte fue sentida de cuantos le conocían, especialmente de los Misioneros y de las Hijas de la Caridad. Todos, sin embargo, se consolaban con la dulce esperanza de que si perdían en la tierra un modelo de santidad, en cambio ganaban un nuevo abogado que se interesaría por ellos en el cielo.D







