Jean Le Vacher (1619-1683) (Parte segunda)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1898 · Source: Notices, III.
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XIV. — El Sr. Le Vacher vuelve al consulado

Antes de su partida, el Cónsul devolvió los sellos al Sr. Le Vacher. Éste los rechazó en primer lugar, esperando ser expulsado a su vez; pero el bey no odiaba por el momento más que al Sr. Husson y, solicitado además por los comerciantes, le otorgó la investidura del consulado hasta que Luis XIV tuviera a bien darle un sucesor. Luis XIV quería ante todo una reparación. Escribió al Gran Señor para quejarse de la injuria que el bey de Túnez le había hecho en la persona de su cónsul. Las negociaciones se prolongaron y no se llegó a nada. El Sr. Le Vacher conservó así el consulado diez años, y a su cargo de Misionero debió añadir el de Cónsul de Túnez. La primera hubiera bastado para abrumarle; ya que, desde hacía algunos años, se había complicado considerablemente.

XV.— Vicario apostólico

En 1651 1652, había sido nombrado Vicario apostólico de Túnez. En esta calidad, aprobaba a todos los sacerdotes de esta ciudad, libres o esclavos, mientras que su hermano Philippe ejercía los mismos derechos en Argel; daba a los simples fieles todos los permisos, todas las dispensas de matrimonio o las demás, todas las absoluciones reservadas; tenía derecho y deber de inspección y de visita cuasi episcopal en toda la extensión de su jurisdicción, y podía incluso conferir en ella el sacramento de la confirmación, era el párroco o sacerdote propio de todos los católicos y el superior particular de la casa de los Misioneros.

XVI. — Apostolado con los sacerdotes y los religiosos cautivos.

Su primera atención se dirigió a los sacerdotes y religiosos esclavos. Escogió a algunos de los de su casa, bajo su responsabilidad y les buscó el vestido y el vivir; cuando no podía soportar los cargos, al menos para librarlos de sus rudos y viles trabajos, pagaba a sus patrones la luna, es decir la tasa mensual, y los aprobaba para el servicio en las mazmorras. Los laicos esclavos le ayudaban ellos mismos a pagar esta contribución con el fin de honrar a los ministros de Dios, y devolverles la libertad de oración y de sus funciones espirituales. Pero ay, esta libertad los condujo a menudo al desorden y al escándalo. Más libres, en efecto, en el seno de la esclavitud que bajo los ojos de sus superiores religiosos o eclesiásticos, caían en un libertinaje tal, que los cristianos se desanimaban, que muchos incluso perdieron la fe, y se pasaron al islamismo. Por otro lado, los turcos triunfaban  con estos desórdenes, cuando ellos no estaban obligados a condenar a las cadenas a tal malhechor sacerdote cuyo desenfreno los espantaba a ellos mismos.

Era hora de parar una licencia así, odiosa en todas partes, fatal a la fe en esta tierra musulmana, y fue uno de los más importantes servicios que el Sr. Le Vacher y sucesores prestaron a la religión en estas regiones; en esto no tenían más que seguir las sabias instrucciones de san Vicente.

El ejemplo de las virtudes apostólicas del Sr. Jean Le Vacher fue primero para estos sacerdotes y religiosos culpables una predicación que los dispuso favorablemente; luego entró en relación directa con ellos, les habló con la fuerza y la unción que había aprendido de san Vicente, hizo sabias ordenanzas que publicó en el nombre y por autoridad de la Santa Sede, hasta usó a veces contra los más obstinados, pero con discreción y prudencia, censuras eclesiásticas, y con este temperamento de severidad y de dulzura, logró establecer entre ellos la santa disciplina. Los ministros de Dios no fueron ya para los infieles una ocasión de blasfemar su santo nombre ni para los cristianos una piedra de escándalo.

XVII. — Apostolado en las macerías

Para conocer el mal y las necesidades más apremiantes, visitaba las mazmorras, recorría las macerías o granjas de campo: las de la Cantara, de la Couromvaille, de la Tabourne, de la Gaudienne o de los Sept-Ruisseaux, de la Morlochia, y muchas más le veían venir por turno. Distancias de diez y doce leguas que andar a pie, por un desierto árido, montes que no parecían accesibles más que a los leones, y sobre los que estas granjas estaban a veces situadas como nidos de águilas, un sol brillante, nada espantaba ni detenía su celo y su intrepidez. Qué necesidad, en efecto,  no tenían de sus auxilios unos pobres que, excluidos la mayor parte de su vida del comercio de las ciudades, estaban privados desde hacía quince o veinte años de los divinos misterios, y a veces, lejos de toda predicación y de todo culto, habían perdido hasta el sentido religioso. Con algo de dinero entregado a los patronos o a los guardianes de los esclavos, compraba el permiso de reunirlos, de instruirlos, de consolarlos, de volverlos a la fe o de confirmarlos en ella. Acabada la misión adornaba lo más decente posible uno de sus establos, les decía la santa misa, daba la comunión, empleaba lo que le quedaba de dinero en el ágape final y en limosnas hechas a los más necesitados; luego todos se abrazaban y si no volvían a verse más, se daban cita en el cielo.

En ciertas ocasiones, no se comprende que haya podido con toda la tarea. Habiéndose llevado una peste a todos los sacerdotes esclavos, se multiplicó para decir el domingo tantas misas como mazmorras había, confesó a los esclavos y a los mercaderes asustados, de suerte que de medianoche a la una de la tarde estuvo siempre en el altar o en el confesionario.   Fue él quien estableció la costumbre tan conmovedora de reunir en la casa consular dos veces al año, en Navidad y en Pascua. [626] en una comida celebrada en común, a todos los franceses esclavos. Esos días al menos, estos infortunados se olvidaban de su triste condición en una tierra extranjera.

En algunas circunstancias, se dedicó eficazmente al intercambio de los esclavos contra los moros detenidos en Francia. Nos limitaremos al hecho siguiente. Un piloto de Provenza habiendo apresado a algunos turcos en el mar, los condujo a Marsella, donde fueron encerrados en prisiones. Entre ellos se hallaba un criado del bey de Túnez, al  que él prefería. El bey testigo del ascendiente que el Sr. Le Vacher había sabido captarse sobre todos los que se relacionaban con él, no dudó que si se empleaba en la liberación de su criado, se le concedería la libertad. Llamó al Misionero y le rogó que interviniera con sus buenos tratos, prometiéndole en cambio muchos jóvenes esclavos cristianos. Una propuesta más agradable no podía hacerse a este digno sacerdote, y prometió al bey traerle al que reclamaba. Sin tardar más, escribió al Sr. Alméras, entonces superior general de la Congregación, quien, feliz de secundar la caridad de su digno hijo, transmitió al superior de Marsella el aviso de comprar otro esclavo que pudiera sustituir en las galeras de Francia al doméstico del bey. El Sr. Le Vacher, al entregar a su criado al bey, obtuvo en compensación varios jóvenes pertenecientes casi todos a familias muy estimables.

Los niños de ambos sexos, como más expuestos a ser pervertidos por las promesas, las solicitaciones, los malos tratos de los turcos, fueron constantemente el objeto de una solicitud especial por su parte; se entregaba con un celo apostólico a su pronta liberación, solicitando el rescate a sus padres, y aplicándoles las limosnas que recibía de Francia, junto con una gran parte de cuanto estaba a su disposición.

Otro objeto de su solicitud, en Túnez y sobre todo en sus excursiones, era el bautizo de los niños en peligro de muerte; a este efecto tenía costumbre de llevar siempre consigo una pequeña botella llena de agua.

Vicario apostólico y Misionero, el Sr. Le Vacher no se olvidaba que se debía a todos los esclavos cristianos, sin distinción de rango y de fortuna. Sin embargo, abrazándolos a todos en su caridad, sabía conciliar su deber con las consideraciones que merecen ciertas infortunadas excepcionales; de ahí, las atenciones y los procedimientos de los que echó mano respecto de varios nobles cautivos, entre otros frente a los Srs. de Tonerre, de Romilly, de Coulombières, de Ranzé, de Martin y otros gentilhombres franceses, caballeros de Malta, en número de siete, sorprendidos por corsarios, a su regreso a la isla de Malta de un viaje que acababan de hacer.

XVIII. — Limosnas y buenas obras

No se puede explicar cómo el Sr. Le Vacher, con los flacos auxilios que recibía de Francia (1.500 fr.) y las escasas rentas que le procuraba el consulado (2.000 a 3.000 libras) podía ser suficiente para sus buenas obras y a las cargas inherentes a su posición. No será inútil  recordar las principales aquí: limosnas individuales y colectivas a los esclavos; rescate frecuente de cautivos o complemento de su rescate; adelantos hechos para su liberación sobre promesas de una liquidación, sin efecto con bastante frecuencia; gastos de  viajes  emprendidos para el interés espiritual de los cautivos; presentes  a sus patronos para tener libre acceso a estos desdichados; afrentas de toda clase experimentadas por parte de los turcos, y del gobierno del país; gratificaciones en metálico y en natural, ofertas para obtener la protección de sus encomendados y lograr la justicia que les era debida; presentes obligados a la entrada en cargo de los principales miembros del Diván; gastos de cancillería, de representación y de recepciones; socorros de toda especie entregados a los sacerdotes y a los religiosos cautivos. Los gastos del Sr. Le Vacher no se quedaron ahí. Al conocer la posición comprometida en que se hallaban su hermano Philippe y el hermano Barreau, en Argelia, se impuso el sacrificio de 1 200 escudos para socorrerlos. De ahí, la necesidad en que se vio de recurrir muchas veces a bolsas extranjeras mediante empréstitos; pero tuvo el consuelo, antes de dejar el puesto, no sólo de hacer frente a todas estas obligaciones con sus economías la sabiduría que presidía toda su conducta, sino también de llevar a Francia  a varios cautivos rescatados con sus gastos.

XIX.— Tratado con Túnez.— Dificultades.— Pérdida del consulado

La negociación abierta por el señor de Bricard, con motivo de los esclavos e interrumpida por la muerte de Agi-Mohamed, fue recuperada, en 1665, bajo su sucesor Agi-Mustapha. Si bien el nuevo bey se asustaba por los éxitos del duque de Beaufort que acababa de vencer a la flota argelina a la vista de Túnez, las bases del tratado pasaron por muchas dificultades, sobre todo en la cuestión de la liberación de los esclavos. El Sr. Le Vecher sirvió de mediador entre el bey y el duque de Beaufort.

Una nota, hallada en nuestros archivos, sobre el tratado, nos dice que el Sr. Jean Le Vacher «tuvo el arte de sufrir durante esta negociación, en la que trabajó mucho, fue preso y encadenado, milagrosamente liberado».

Fue en el curso de esta negociación cuando el señor Demollin, gentilhombre de la reina, encargado por la corte de Francia de llevar la ratificación del tratado de paz, declaró al Sr. Le Vacher que, por las órdenes formales del misnistro, designaba para reemplazarle al señor Durand. El buen sacerdote no continuó por eso menos, leemos en su vida que fue escrita poico después de su muerte, tener para el representante del rey todas las señales de deferencia que le demostraba anteriormente. No se le vio el menor  resentimiento, ni siquiera la más ligera frialdad; al contrario, le asistió con sus consejos con respeto y cordialidad, diciéndole con afabilidad y modestia lo que debía hacer  y el modo de tratar con los turcos. Por último, con su destreza y su acierto, le sacó más de una vez de grandes peligros. De esta manera se despojó a la Congregación de un consulado que la Sra. duquesa de Aiguillon le había comprado a fin de procurar a los Misioneros más medios de socorrer a los pobres esclavos cristianos, sin que el precio se haya devuelto jamás.

XX.— Regreso a Francia. — San-Lázaro

Antes de dirigirse a Marsella adonde le llamaba el Superior general, el Sr. Le Vacher, para no dejar sin socorro a los pobres esclavos, objeto de su solicitud constante, rescató a dos capuchinos para el servicio de las mazmorras   –Los capuchinos habían sido establecidos en 1638 en la isla de Tabarque para el servicio de la familia Camélinée y despedidos  en 1651. En 1666, el Sr. Le Vacher ocupó el lugar de los Padres capuchinos. Fue en 1672 cuando la Sagrada Congregación de la Propaganda los estableció en Túnez con el título de misioneros apostólicos. En 1683, lograron un prefecto apostólico de su orden.-con las limosnas cuya libre disposición él tenía y con el dinero que le pertenecía, liberó también a cantidad de esclavos, hombres y niños a los que conducía a Francia, como leemos en el relato del Sr. Dupuich, superior de la casa de Marsella. Dejó también algunos auxilios a los esclavos de las mazmorras y a algunas personas de quienes sabía que se encontraban en necesidad. No conocemos el día de su partida de Túnez: sabemos nada más que no tardó en conformarse a las órdenes del Sr. Alméras y que llegó a Marsella el 6 de agosto de 1666. Pero se comprende mejor de lo que se pudiera decir lo que le costó a su corazón separarse de sus queridos maestros a los que quería tiernamente, y a quienes había prodigado, durante cerca de veinte años, los desvelos más asiduos, en medio de las más rudas [630] pruebas, sin cesar renacientes. Estos queridos cautivos, que habían apreciado tanto su tierna compasión y sentido los efectos de su caridad, se quedaron inconsolables en su partida. Dirigieron al Señor las oraciones más fervientes por el pronto regreso de su padre, como lo habían hecho cuando habían sido amenazados de verle irse por la peste; esta vez, su bienhechor, su amigo,, su padre, les fue quitado para siempre.

La noticia de su próxima llegada a París produjo en San Lázaro una viva emoción; todos los Misioneros se tenían por dichosos por estar a punto de ver a este hombre que acababa de pasar cerca de veinte años en las funciones más penosas del apostolado, y en medio de las mayores dificultades. El Sr. Le Vacher se presentó en San Lázaro como lo que había sido en Túnez, el hombre de Dios siempre dispuesto a toda clase de buenas obras, listo para servir de modelo por la regularidad a los más fervientes Misioneros.

No se habrá encontrado raro que en razón de sus largas fatigas, se hubiera permitido, al menos en los primeros días de su estancia en San Lázaro, algunas pequeñas suavidades; nada de eso. Desde su entrada en la casa y hasta su salida,  procuró  no tomarse ninguna libertad por poco contraria a esta uniformidad que tan poderosamente contribuye al buen espíritu de una comunidad; tan sólo, con la autorización de su superior, continuó las prácticas de mortificación cuya costumbre había contraído en Berbería.

XXI. — Argelia

Este celoso misionero no podía estar mucho tiempo en la soledad de San Lázaro. Las necesidades imperiosas de la Iglesia de Argel reclamaban a un hombre de una experiencia consumada, de una prudencia rara y de una caridad sin límites; la divina Providencia parecía haberlo preparado en la persona del Sr. Jean Le Vacher. Aparte de su hermano, el Sr. Philippe Le Vacher, obligado por los asuntos de su misión a volver a Francia en 1667, y que había pasado cerca de nueve años en esta misión, todos los demás sacerdotes de la Misión , sacrificados en algunos meses por la peste, no habían podido organizar casi nada; y desde la muerte del Sr. Huguier, en abril de 1663, el estado de hostilidad  de la regencia de Argel con Francia no permitía al Sr. Alméras enviar a un sacerdote allí, Aunque la paz se hubiera concluido el 26 de mayo de 1666, existía aún tanta incertidumbre sobre su mantenimiento que la prudencia obligaba a diferir por algún tiempo la partida del Misionero.

Hasta comienzos de 1668 no recibió el Sr. Jean Le Vacher del superior general de la Misión  la orden de dirigirse a su nuevo puesto. A varios cohermanos,  que le preguntaban si no sentía pena al volver entre esos bárbaros, respondió: Si viera por un lado el camino del cielo abierto y que to tuviese permiso de ir, y por otro el de Argel, tomaría más bien este último por la caridad que yo sé que hay por ejercitar, entre estos infieles, hacia los pobres esclavos, siendo como cierto que es incluso el camino más seguro de ir al cielo».

Llegado a Toulon, al comienzo de mayo de 1668, el Sr. Le Vacher se embarcó, el 12, en el navío del caballero de Tourville, que fondeó en el puerto de Arge, a la vista del cañón de esta ciudad, el 23 del mismo mes.

«Tan pronto como hubieron fondeado, escribía el 9 de junio al Sr. Alméras, se envió la chalupa del barco a avisar al guarda de puerto, y nuestro hermano Dubourdieu que desempeñaba las funciones de cónsul, de nuestra llegada, a fin de que uno y otro previniesen al pacha y a Agi Aga, jefe del Divan, y mandasen que, cuando nuestro navío saludara a la ciudad con cinco cañonazos, las fortalezas respondieran con tres disparos; lo que fue ejecutado, al día siguiente de mañana, de esta manera, con un desagrado sensible del cónsul inglés y de todos los mercaderes de esa nación que residen en esta ciudad. El jueves, nuestro hermano Dubourdieu habiendo llegado al barco con su intérprete y el guarda puerto, se hizo acercar el barco a la ciudad y, después de echar el ancla, saludado a la ciudad con cinco cañonazos, la cual me respondió con tres, desembarqué, acompañado de algunos oficiales del navío, de nuestro hermano Dubourdieu y de su intérprete. Una vez llegados a la ciudad, nos presentamos a ver al Agi Aga en el Divan, donde se hallaba con la mayor parte de sus oficiales, luego fuimos a visitar al Pacha, quien nos recibió, nos invitó a café y sorbete, que es el manjar delicioso de los turcos; de allí nos dirigimos a la residencia donde ví a un buen religioso de la Merced, llamado Padre Audoir,  -Este Padre, e1 18 de julio de 1666, había escrito al Sr. Alméras a propósito del Sr. Le Vacher.-  que vivía desde hacía varios años con nuestro hermano Dubourdieu».

XXII. — Vicario apostólico de Argelia y Túnez

El Sr. Le Vacher llegó a Argel con los títulos de Vicario general de Cartago y de Vicario apostólico de Argel y de Túnez; los vemos mencionados en el mandamiento enviado a esta última ciudad para el jubileo de 1677. Fue el primero cuya jurisdicción se extendió a las regencias de Argel y de Túnez. Desde 1668, hasta finales del siglo dieciocho, el Superior de los Sacerdotes de la Misión en Argel fue Vicario apostólico de las dos regencias, y en esta calidad puesto bajo la protección del rey de Francia.

Cuando la Congregación de la Misión no tuvo ya miembros más que en Argel, el Misionero Vicario Apostólico estableció un Pro-Vicario. Así en Túnez, en 1676, el Sr. Jean Le Vacher nombró su Vicario al reverendo Padre Crisóstomo, de Génova, capuchino, que había sido encargado por la Propaganda de la misión de Túnez, a condición de recibir los poderes, como a su compañero, del Vicario apostólico de Argel; esto se practicó hasta el año 1705, en que la Sagrada Congregación de la Propaganda otorgó inmediatamente las facultades. Los capuchinos no tardaron en prevalecerse para sustraerse a la autoridad del Vicario apostólico de Argel; por cierto, que fueron acusados en Roma; pero no se dejó de otorgar los poderes que les eran necesarios, y no se ve que en lo sucesivo hayan vuelto a la práctica anterior.

XXIII. — Apostolado con los sacerdotes.

La triste posición de los sacerdotes seculares y regulares fijó en un principio la atención del Vicario apostólico, desde su entrada en Argel. Lleno de celo por el honor del sacerdocio, pensó (9 de febrero de 1670) en interesar, a favor de los sacerdotes esclavos, a los eclesiásticos miembros de la Conferencia de los martes de San Lázaro, persuadido que la exposición a sus miserias  los llevaría a hacerles llegar algún auxilio.

El interés que el Sr. Le Vacher ponía en los eclesiásticos, su bondad en a cogerlos, la dulzura de su procedimientos le conciliaban por su parte el afecto y la confianza más completa; de manera que, habiéndolos aliviado corporalmente, le resultaba más fácil llevarlos a esta regularidad de vida que se tiene derecho a esperar de los ministros de Dios tres veces santo, y sin la que el nombre de Dios, como se expresa un profeta, es blasfemado con demasiada frecuencia entre las naciones. Les hizo aceptar un reglamento que contribuyó poderosamente a renovarlos en el espíritu de su santa vocación.

XXIV. — Apostolado entre los esclavos

Proveyendo a los templos materiales del Señor de todo lo que era necesario al ejercicio decente del culto divino, y llamando a los eclesiásticos a la santidad de vida, el Vicario Apostólico estaba lejos de descuidar a los pobres esclavos cristianos; veía en ellos  a miembros sufrientes de su divino Maestro, y se hacía el servidor de todos, para ganarlos a todos a Jesucristo. Todo lo que tenía estaba a su disposición; les sacrificaba su tiempo, sus recursos, sus fuerzas, su vida entera; su casa estaba siempre abierta a todo el mundo. Los pobres eran bienvenidos en ella; y, cuanto más desdichados eran, más también era objeto de su benevolencia y de su ternura, tratando de despedirlos contentos y fortalecidos; no habría podido sufrir que un pobre se hubiera marchado sin recibir un alivio a su miseria. Por la noche, reconfortaba con una distribución de pan y de vino a los que estaban abrumados por el cansancio en los trabajos excesivos a los que se los sometía. Esta sola distribución cotidiana, hecha a numerosos necesitados, representaba, al fin de año, una suma muy considerable.

Cuando las galeras iban de recorrido, lo que sucedía con frecuencia, daba a los pobres esclavos biscuits, queso y otros víveres, porque los patronos de las barcas no les daban alimento ninguno los dos o tres primeros días que seguían a su salida del puerto; a menudo tuvo también que darles en un día las cosas más indispensables para la vida, a doscientas o trescientas personas. Era sobre todo en el periodo de la peste, tan frecuente en Berbería, cuando su tierna solicitud por los pobres enfermos redoblaba el cuidado y la previsión. Cuando la plaga comenzaba a manifestarse, alquilaba, como lo había hecho en Túnez, una casa o dos, que amueblaba con todo lo que era necesario para recibir a los esclavos qu estaban infectados. Le sucedió recibir a herejes, y éstos, impresionados por su misericordiosa caridad, se mostraron a menudo dóciles a la voz de la gracia y volvieron al seno de la Iglesia. Unía a esta ambulancia a un sacerdote celoso, a un cirujano y a un cristiano esclavo para servirlos. En los años en que no encontraba casa para alquilar para los apestados, establecía, como ocurrió en 1682, en su casa un dispensario, donde venían a cuidarse los pobres atacados de contagio. Para atender a tantas miserias, las rentas de la casa y del consulado andaban lejos de ser suficientes, y menos cuando el Sr. Le Vacher se hallaba frecuentemente en la necesidad de hacer rescates para sustraer a la apostasía y al libertinaje de los turcos a niños, mujeres y hasta hombres. Recurría entonces a las Damas de la Caridad de París.

Pagando constante y generosamente con su persona en los tiempos de la peste, el Vicario apostólico cayó muchas veces víctima de la plaga, y en los primeros tiempos de su estancia en Argel tuvo las piernas muy inflamadas y cubiertas de úlceras. Su amor al sufrimiento, que le hacía parecerse más a su divino Maestro, le hizo prohibir al cónsul avisar a su superior de estas debilidades y de las dificultades que ponían en el ejercicio de sus funciones. El hermano Dubourdieu, dócil a las indicaciones del Sr.Le Vacher, no dijo nada a París, sino que se limitó  a avisar al superior de la casa de Marsella; no obstante, al cabo de algún tiempo, le entraron remordimientos por su silencio respecto del Superior general, y se lo contó al Sr Alméras.

Testigos de una entrega tan absoluta en todo lo que les interesaba, los pobres cautivos se esforzaban por su parte en corresponder  a los cuidados caritativos del Vicario apostólico, aprovechando los medios de santificación que se les ofrecían tan liberalmente. Era en efecto un gran consuelo para el pastor ver la facilidad con que estos esclavos se entregaban a las instrucciones, frecuentaban los sacramentos y apreciaban el favor de oír con frecuencia la santa misa. Otro motivo de alegría bien dulce para el vicario apostólico, era  el regreso a la verdadera fe de sus hermanos extraviados.

La Cofradía del Monte Carmelo fue establecida en la mazmorra de la Aduana, el 24 de marzo de1672 La de Saint-Roch., en la mazmorra del Serebin  (Chilibi), el 31 de agosto de 1679. La de las almas del purgatorio se encontraba en la mazmorra del Serebin; fue aprobada el 2º de febrero de 1683, el año mismo del martirio del Sr. Le Vacher. La finalidad de esta asociación era procurar alivio a las almas de los esclavos fallecidos en Berbería. Los cohermanos debían hacer la santa comunión una vez al mes y en las principales fiestas. El día delos Muertos, había misa mayor y sermón. Sublime comercio entre los cautivos de la Iglesia militante y de la Iglesia sufriente, aspirando a la común libertad de los hijos de Dios. Algunos años más tarde, la Cofradía del Sagrado corazón fue erigida por una bulla de Benedicto XIV y establecida en todas las prisiones, como más apropiada que las otras a la posición de los esclavos, ya que los ejercicios propios de esta asociación tenían lugar el viernes, el único día libre que tenían los cautivos.

XXV. — El consulado de Argel

La organización de esta pobre iglesia de Argel, los cuidados incesantes dados a los eclesiásticos y a los esclavos, la dirección de las iglesias de Túnez, de Salé, de Trípoli, no fueron solamente el objeto de la solicitud del Sr. Le Vacher; estaba también en el Consejo del Cónsul; y, en esta calidad hubo de ocuparse de un gran número de asuntos civiles y comerciales que el defecto de entente entre los gobiernos de Francia y de Argel hacían más delicados de tratar todavía. A pesar de estas dificultades, el Sr. Le Vacher supo siempre imprimir al hermano  Dubourdieu una dirección que, salvaguardando el honor y los intereses de Francia, le concilió la estima y la confianza de las Potencias de Argel hasta el momento en que éstas, cediendo a un capricho desconsiderado le forzaron a retirarse a los barcos franceses en estación en el puerto. El Dey y el Divan quisieron reparar la injusticia de sus procederes; era demasiado tarde. Las potencias echaron de menos siempre al hermano Dubourdieu formulando  instancias, pocos años después, para verle de nuevo representar a Francia.

XXVI. — Bombardeo de Argel

Luis XIV, por entonces en el apogeo de su gloria, resolvió atacar a los argelinos con el fin de asegurar la libertad del comercio. La flota apareció ante esta ciudad hacia finales de agosto de 1682.

Cediendo a los rumores y a la exasperación de la multitud, el dey mandó enarbolar la bandera blanca en la terraza de su palacio  y envió, el 4 por la tarde, al Sr. Le Vacher, Vicario apostólico, cónsul de Francia, a hacer propuestas de arreglo. Duquesne al saber que el cónsul venía para tratar de la paz, se negó a oírle y mandó decir a los corsarios que le acompañaban que si tenían alguna propuesta que someterle, debían presentarse ellos mismos a bordo. Entonces el sr. Le Vacher le pidió que suspendiera al menos un bombardeo que hundía la ciudad en la consternación; más de cincuenta casas habían sido derribadas, se contaba ya con quinientos muertos. Duquesne no creyó tener que cesar un ataque cuyos primeros resultados habían sido tan afortunados, y a la noche siguiente sus galeotas ocuparon sus puestos. Esta vez, se lanzaron bombas al puerto, para destruir los navíos que encerraba.

Pero hallándose avanzada la estación y el mal tiempo amenazando cada vez más, Duquesne emprendió la ruta Toulon.

El 20 de junio del año siguiente, Duquesne reapareció ante Argel. El 28 de junio, el bombardeo volvió a empezar. Un gran número de mujeres desoladas fueron a ver al pacha, al dey y a los principales oficiales. La milicia y la población se sublevaron contra Baba-Hassein y todos gritaron que había que pedir la paz al general de la flota del emperador de Francia. Se mandó salir en una chalupa, con pabellón blanco a un elegido, amigo particular de Baba-Hassein, y a un intérprete, y obligaron al Sr. Le Vacher a acompañarlos. Llegaron sobre las nueve de la mañana a bordo del navío almirante. El marqués Duquesne les mando decir que no abordaran y que si tenían algo que decir que fueran a popa de su navío y que se les hablaría desde la galería. Allí fueron y el Sr. Le Vacher dijo que era un enviado de Baba.Hassein,  del Divan y de la milicia de Argel, que desearían hablar al general. Les preguntó qué querían. El Deputado respondió que venía para pedir la paz y para saber en qué condiciones la quería otorgar. Duquesne, que sabía por una larga experiencia con qué poca fidelidad se comunican al Divan las respuestas molestas por sus deputados y sus intérpretes, no quiso responder más que por escrito, y exigió, ante todo, la libertad de todos los esclavos. Declaró al intérprete que no quería otra respuesta sino la ejecución  de lo que pedía, sin lo cual no había paz que esperar.

Dos horas después, regresó el deputado con el pabellón blanco y trajo una carta del Sr. Le Vacher. Pero el marqués Duquesne no quiso recibirla y le respondió que podía volverse ya que se trataba de ejecutar lo que le había sido declarado por escrito, y no de capitular.

El mismo deputado volvió también hacia las siete de la tarde y suplicó a Duquesne, de parte de Baba-Hassein y del Diván, que no dejara caer bombas la noche siguiente; añadió que se reunía a los esclavos franceses dispersos por varios lugares, para situarlos entre al alcance de los que serían enviados para recibirlos. El marqués no aceptó esta condición, y el deputado debió prometerle que serían traídos  al día siguiente antes de mediodía. El marqués declaró entonces que no lanzaría bombas la noche siguiente y, a petición del deputado, mandó tirar un cañonazo para hacérselo saber a los de Argel.

Al día siguiente 29, los turcos trajeron ciento cuarenta y un esclavos a la hora que habían prometido; el mismo deputado los acompañaba y dio seguridad de que se reunía a todos los demás esclavos franceses y a todos los que habían sido hechos prisioneros bajo la bandera de Francia, para enviarlos sin demora. Pidió, de parte de Baba-Hassein, la libertad de los Reys y de los Argelinos que habían sido presos en el buque que el caballero de Lhéry había capturado en su ruta.

El 30, trajeron a ciento veinticuatro esclavos más, y el 1º de julio a ciento cincuenta y dos. El deputado hizo nuevas instancias en el nombre de Baba-Hassein, para obtener al menos la libertad de los Reys; el marqués se la concedió al fin, declarándole que los soltaba en consideración de Baba-Hassein a quien quería hacer este presente sin consecuencia. En los primeros días de julio, hubo entrega de rehenes recíprocos.

El Sr. Le Vacher fue llamado por el dey a llevar a los rehenes; Duquesne recibió sin ninguna de las ceremonias debidas a sus funciones al cónsul quien, no pudiendo sostenerse de pie, no tuvo otro asiento que la culata de un cañón; Duquesne ardió en cólera hasta decirle: «Sois más turco que cristiano. –Soy sacerdote», respondió sencillamente el Sr. Le Vacher. El Misionero era sacerdote, es cierto, pero era también cónsul, y Duquesne, aunque protestante, habría debido tener más consideraciones para el representante del Rey. Una vez que el Sr. Le Vacher hubiera sido maltratado de esa guisa por el jefe, los oficiales, a su ejemplo, no se lo perdonaron.

Los días siguientes, los argelinos continuaron llevando a otros esclavos hasta nueve. No quedaba ya ningún esclavo francés en Argel; el número de los esclavos liberados llegaba a quinientos cuarenta y seis. La paz parecía pues algo seguro, ya que la querían una parte y otra; no se trataba ya más que de entenderse sobre los artículos del tratado. Sin embargo se llegaba a una ruptura clamorosa, y la guerra, por un instante suspendida, iba a volver a empezar con un furor nuevo.

XXVII. — Muerte del Sr. Le Vacher

El pueblo, tan ardiente por la paz cuando las bombas amenazaban la ciudad, se olvidó pronto de todos sus terrores y, furioso al ver que le habían quitado a sus esclavos sin darle siquiera la esperanza de una indemnización, pareció muy dispuesto a alzarse para la guerra, como acababa de hacerlo para la paz. Esta disposición puso a Baba-Hassein en un gran apuro por motivo de las 500 000 libras que Duquesne reclamaba, como compensación de arresto realizado de sus compatriotas. Después de varias conversaciones, que no llegaron a ningún resultado por la imposibilidad en que se hallaba Baba-Hassein de lograr convencer a la milicia en la indemnización, el almirante Mezzomorte, a quien el bey había liberado como rehén, y que quería a todo precio salir de la posición en que se hallaba, convenció a Duquesne para que le dejara ir a tierra. «En una hora, le dijo, yo haré más que Baba-Hassein en quince días. Duquesne, no comprendiendo el doble sentido de sus palabras, le concedió el favor que pedía. En el momento en que abandonaba el buque francés, tocó la mano del almirante, prometiéndole pronto sus noticias. Apenas de regreso a la ciudad, se fue a los cafés, recorrió los grupos de los Genízaros, reanimó su descontento y sopló por todas partes el fuego de la revuelta. Los Genízaros se dividieron pronto en pequeños grupos por la ciudad, y por la noche a las diez, Baba-Hassein, que volvía a casa, caía herido de cuatro disparos. Mezzomorte fue elegido con unánime votación.

Duquesne, creyendo todavía en las disposiciones favorables de Mezzomorte, le envió cumplidos y, a petición suya, también las condiciones de la paz.

Dos días pasaron sin que el almirante francés recibiera respuesta, seguro entonces de que  no había nada que esperar de las negociaciones, izó de nuevo el pabellón rojo, lo que acompañó con dos cañonazos con bala; los argelinos respondieron con un número de disparos parecido y a su vez izaron el pabellón de guerra. Al enviar al rehén francés, Mezzomorte le declaró que, si se continuaba bombardeando, mandaría poner en la boca del cañón a todos los franceses que se encontraban en Argel. Esta nueva apertura de las hostilidades al poder dar a la guerra un carácter de encarnizamiento que no había tenido, Duquesne juzgó prudente poner al abrigo de todo peligro a la población que ocupaba los establecimientos de la Calle; envió pues allí cuatro galeras, que regresaron poco después, cargadas de cuatrocientas veinte personas.

La noche que siguió a esta declaración de guerra, Duquesne mandó volver al ataque, y fue con nuevo vigor: independientemente de las bombas ordinarias, ordenó esta vez lanzar sobre la ciudad carcasas incendiarias. Los morteros fueron servidos con la mayor actividad, y cada noche, se tiraban hasta trescientas bombas; pronto incluso, haciendo gala de una osadía extrema, los franceses acordelaron de día  la mitad de las galiotas bajo el cañón del enemigo y, tirando sin parar, no dejaron ningún descanso a los infieles. Les hicieron de esta manera experimentar pérdidas tanto más crueles porque la población, que se retiraba por la noche al campo, volvía por la mañana a la ciudad. Por su parte los cordarios continuaban dirigiendo sobre las galiotas un fuego de los más vivos, pero que causaba poco daño.

Sin embargo los corsarios adquirían un poco de experiencia; por la noche, encendían fuegos que servían para dirigir sus tiros, y en cada ataque, los franceses experimentaban algunas pérdidas en oficiales y en soldados. Pero pronto los medios ordinarios de defensa no les bastaron ya a los argelinos. Dejando por fin estallar este furor y esta barbarie, que pareció formar siempre el fondo de su carácter, dieron a la guerra un rostro nuevo. Un renegado inglés viendo ropa que se ponía a secar en la plataforma de la casa del cónsul, le denunció enseguida a Mezzomorte  como dando una señal al ejército del Rey para tirar las bombas el dey mandó al punto que fueran a prenderle y que le pusieran en la boca de un cañón, feliz de satisfacer así una animosidad que guardaba desde hacía mucho tiempo contra el Vicario apostólico. La ocasión de este rencor nos fue revelada por una carta que el Sr. Montmasson escribió de Argel, el 20 de octubre de 1686, a la hermana Mathurine Guérin, Superiora de las Hijas de la Caridad. Mezzomorte, en una de sus excursiones, antes de la guerra, había tomado a un joven de Mallorca de una gran belleza, y quiso abusar de ella varias veces a la fuerza; el Sr. Le Vacher, que se enteró en secreto, trasladándose al momento a la casa de Baba-Hassein, entonces yerno del dey, le presentó sus quejas contra Mezzomorte. Éste recibió tal reprimenda que no quiso perdonar nunca esta denuncia al Sr. Le Vacher y, una vez que llegó a ser dey, aprovechó enseguida la ocasión de hacerle experimentar todo su resentimiento. La orden dada de llevar al Sr. Le Vacher fue ejecutada en el mismo instante y su casa entregada al pillaje; pero como el cónsul no podía caminar, se le puso a hombros de un portador y le transportaron así a la casa del bey (otro relato dice que fue llevado en su silla); no hallándolo, estos enloquecidos, conociendo las intenciones de su amo, condujeron, dice un escritor del tiempo, a esta víctima inocente a la muerte, que ellos querían hacer sufrir sin ninguna formalidad; pues habiéndole llevado al malecón, de espaldas al mar, le pusieron en la boca de un cañón.

«No morirás, le dijo el comandante del pelotón, si quieres enarbolar el turbante. –Guárdate el turbante, le replicó el generoso Misionero, y que perezca contigo; sábete que soy cristiano y que un papa como yo, no teme a la muerte. Aborrezco la falsa ley de Mahoma y no reconozco más que la religión católica, apostólica y romana, la única verdadera, de la que hago profesión y por cuya  defensa estoy preparado a derramar hasta la última gota de mi sangre». Como los turcos le tenían  por hombre de piedad de una dulzura y de una caridad sin igual, ninguno de ellos quiso dar fuego al cañón. Un momento tan precioso no le fue inútil, aprovechó para unirse más a su Señor y a su Dios por actos de fe, de esperanza y de caridad, deseando de buena gana la disolución de su cuerpo para entregar su alma en manos de su Creador. Como había varios judíos presentes en este triste espectáculo, quisieron forzarles a encender la mecha: todos se negaron constantemente. Un desdichado renegado más cruel que todos los demás se encargó de la ejecución, y le dio fuego; pero en ese instante mismo, se le paralizó el brazo como castigo de la justicia divina; ; nunca volvió a usarlo y se convirtió en fábula y burla de todos estos bárbaros. El cañón reventó y ya no ha vuelto a estar en servicio. Le he visto, este cañón, dice el Sr. Poissant en sus Memorias, es una gruesa y larga culebrina, todavía está cerca del puerto. Un telón de alquitrán, aplicado a la llama y atado por debajo, oculta a los ignorantes el reventón y el porqué. Una vez disparado, se vio salir del agua donde cayeron las partes del cuerpo del Sr. Le Vacher una columna de fuego que se elevó en el aire, permitiéndolo a sí Dios para glorificar a su servidor». Los restos de su cuerpo y de sus hábitos fueron recogidos por cristianos que los conservaron como preciosas reliquias; hubo incluso turcos que quisieron hacer lo mismo, para recordar al hombre cuyas virtudes y rara prudencia los habían impresionado en su vida.

Así voló, el 1º de julio de 1683, al seño del Señor esta alma generosa y tan bienhechora, después de pasar treinta y seis años aliviando a los pobres cristianos esclavos de Túnez y de Argel, y cerca de veinte años en sostener el honor de su Rey, a quien representaba en esta tierra bárbara. –Vida ms.; y Memorias de la Congr. de la Misión, Argelia.

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