El Sr. Jean-Jacques de la Valette nació de padres nobles en la diócesis de Saint-Flour, en Auvergne, el año 1640. Le hicieron dar una sólida educación y le enviaron a las academias, para prepararle a la profesión de las armas, que él abrazó; después de algunas campañas que hizo como voluntario, fue nombrado capitán de una compañía. Dios le había dotado desde su más tierna juventud de los dones de su amor; por eso no se dejó arrastrar en medio del torrente de las vanidades de este mundo. Supo aliar tan bien el valor con la piedad y las armas espirituales con las armas corporales, que guardó siempre inviablemente los preceptos divinos tan bien como las reglas del arte militar, donde la Providencia le había metido. Como llevaba en el corazón la semilla del celo y del espíritu apostólico que Dios debía hacer florecer un día, no se contentaba con observar para sí la ley del Señor, sino que se esforzaba por hacer caminar por esta vía a los soldados de su compañía; y su ejemplo era tan eficaz que se los distinguía de los demás por su porte. No obstante, qué difícil es, a pesar de los cuidados que aporta un capitán, que el soldado no se deje arrastrar a los daños, de los que viene a sufrir el campesino, tan pronto como el Sr. de la Valette se daba cuenta, se apresuraba, llevado por su conciencia delicada, a compensar a los que habían sufrido. En todas partes lo hacía, dejando a todo el mundo admirado. Esta conducta, tan rara entre las personas de su profesión y verdaderamente ejemplar, hacía más impresión en los espíritus que los sermones del más austero predicador; como hubo grandes santos que han tomado el hábito de caballero para insinuar la virtud más acertadamente en el espíritu de algunas almas a las que quieren convertir, así Dios quiso revestir a este Misionero con el hábito del soldado a fin de que su ejemplo tuviera más fuerza y llegara más a los corazones, Por eso, aunque la muerte se le haya adelantado y le haya impedido satisfacer su deseo de anunciar la palabra de Dios y procurar la salvación de la pobre gente del campo, se puede contar con justicia las campañas que ha hecho como otras tantas misiones.
§ 2.
El Señor quiso recompensar la fidelidad del del Sr. de la Valette en un empleo en el que era fácil ofenderle llamándole a un estado más perfecto, y le hizo oír interiormente la voz que le llamaba en medio del ruido y del tumulto de las armas. Nuestro piadoso caballero no fue sordo a los movimientos de la gracia y reconoció pronto que era llamado a una milicia más perfecta. Resolvió pues retirarse del servicio y dedicarse por entero a Dios en el estado eclesiástico. Entró pues en el seminario de Saint-Flour y se dedicó con ardor al estudio de la teología, luego recibió las sagradas órdenes con todo el fervor y la pureza de intención de que era capaz. Durante su permanencia en el seminario, fue el ejemplo de los que le rodeaban y verificó bien esta palabra que «los que tienen el alma bien hecha, hacen el bien en todas partes, sea la que sea su condición». Pero cuando el Sr. de la Valette, habituado a informarse con seriedad sobre sus deberes, llegó a conocer las graves obligaciones del sacerdocio y las dificultades de cumplirlo en medio de las incertidumbres del siglo, resolvió retirarse a una comunidad en la que pudiera dedicarse únicamente a Dios y al servicio del prójimo. Después de examinar la cosa delante de Dios y puestos los ojos en las diferentes órdenes de la Iglesia, se fijó en nuestro Instituto, que conocía además por sus relaciones con nuestros cohermanos, directores del seminario de Saint-Flour. Se dirigió pues con estas miras a París para lograr ser recibido en nuestra casa de San Lázaro, hacia el 15 de marzo de 1688, hizo su retiro y tuvo por director al Sr. de la Salle. Dios le confirmó más y más en su plan abriéndole el camino según sus deseos. A los treinta y ocho años, y salud poco robusta, tenía cualidades que compensaban con mucho su débil complexión; por ello no le pusieron ninguna dificultad para recibirle.
§ 3.
Después de permanecer en el seminario o noviciado, donde fue un modelo de edificación, le enviaron a la parroquia de Versalles. Allí, se entregó con tanto fervor y humildad a las funciones de la parroquia, que su actuación no era de un hombre que comienza, sino de una persona consumada en los ejercicios de la caridad; estaba legos de mirar como una humillación ser empleado en los trabajos más humildes, y el recuerdo de lo que había sido en el mundo no era capaz de producirle ningún disgusto. Este pensamiento, por el contrario, era para él un poderoso aguijón, que le animaba a abrazar con gozo los actos más penoso y más humillantes; ya que, decía él, yo he hecho tanto por el rey de la tierra, ¿haría jamás demasiado por el rey del cielo? Se sentía de tal manera lleno de la grandeza del rey a quien servía, que contaba por nada la pena que se daba y aspiraba siempre a trabajar con más ardor; pero la debilidad de su temperamento no se correspondía con la grandeza de sus ánimos y de su celo, y pronto, sucumbiendo al trabajo, cayó enfermo. Es eso una dura prueba para quien aspira a darse; pero como el Sr. de la Valette se entregaba al servicio del prójimo, más para cumplir la voluntad de Dios que para gozar del placer de servir a los demás, recibió la enfermedad con una entera resignación y encerró la amplitud de sus deseos apostólicos en los estrechos límites de la paciencia. Fue entonces cuando se reconoció la solidez de su virtud y la fuerza de su amor por el Señor; el verdadero amor, en efecto, consiste en recibir, o la salud, o la enfermedad con una igual sumisión a la voluntad de Dios. Este virtuoso sacerdote dio también en esta ocasión una prueba señalada de su obediencia y de su desprendimiento por la vida. el médico que venía a verle creyó que se debía sangrarle; en cuanto a él, él se contentó con dar a entender que sabía por experiencia qué contrario era para él este medio, y que le llevaría infaliblemente a la tumba. No hizo, en esta circunstancia, otra cosa que cumplir un deber que se debía a sí mismo, y viendo que se insistía en esta intención, ofreció alegremente su brazo, prefiriendo a una larga vida el mérito de morir por obediencia. En efecto, el mal empeoró, y sus días probablemente se abreviaron. Las fuerzas de este buen sacerdote disminuyendo a ojos vistas, se le trasladó a San Lázaro con la esperanza de que el buen aire pudiera restablecerle, pero era demasiado tarde. Su enfermedad que era el escorbuto, sobrepasó todos los remedios, pero no sobrepasó la paciencia del pobre experimentado; siguió siempre en una paz y una tranquilidad de espíritu admirables. En lugar de servir de carga a los que venían a visitarle, era el primero en distraerlos, en animarlos y en hacerles todos los pequeños servicios que podía. Estaba tan poco inquieto por su incomodidad, que no hablaba de ella sino para dar gloria a Dios y se quejaba tiernamente a Nuestro Señor porque se había quedado con las espinas y a él no le había dejado más que las rosas. Se inquietaba mucho más por las conferencias que se habían tenido, por las circunstancias que podían sobrevenir al seminario, por las lecturas del refectorio, que de su curación y de su salud, y no hablaba de su enfermedad con los médicos más que como de un hecho indiferente, sino sólo buscando continuamente las cosas del cielo. Notemos también que una recreación le procuraba una fuerza y un alivio que no le proporcionaban la alimentación y las medicinas; la alegría de su alma era tan grande, que su cuerpo, enfermo y débil, se sentía obligado a tomar parte. Bien lejos de esta idea de ciertos enfermos, que tratan de recrearse y olvidarse de su mal en conversaciones inútiles, el Sr. de la Valette estaba persuadido de que la palabra de Dios podía traer sola el contento al alma y, la víspera misma de su muerte, rogó a uno de los hermanos que se acercara a su lecho para que le comunicara el asunto de la oración que había sido leído. Por último Dios, habiéndole probado lo suficiente y juzgado digno de él, le llamó a mejor vida, el 29 de marzo de 1689, once meses después de haber sido recibido en la Congregación. Su carrera, la verdad, no había sido larga; pero lo poco del camino recorrido, lo hizo con tanto fervor y ánimos que ha merecido la recompensa de los que han caminado largo tiempo por los caminos del Señor. Es del número de aquellos operarios que no trabajan más que una hora en la viña, pero que igualan a los otros por el amor y el ardor de su celo. –Ms.; archives de la Mission.








