Nuestra casa de Saint-Cyr perdió también el 23 de noviembre de 1737 a uno de sus buenos misioneros en la persona del Sr. Jean-Baptiste Didier, nacido en Guillestre, cerca de Mont-Dauphin, diócesis de Embrun, el 26 de junio 1704, y recibido en el seminario de San Lázaro en París, el 17 de junio 1725. Algunos discursos que escuchó sobre las funciones de la Congregación le hicieron concebir el deseo de entrar en ella. Con este plan emprendió el viaje de Provenza para instruirse más especialmente con algunos misioneros sobre la natura y las obligaciones del estado que Dios le había inspirado abrazar. Entonces, no le dio pena dejar el mundo.
Enviado a los Inválidos tras sus estudios, demostró un gran celo por la salvación de los soldados, mucha caridad con sus cohermanos y una ternura singular con los enfermos. Visitaba asiduamente a los que tenían enfermedades contagiosas, no solamente cuando le correspondía hacerlo, sino también iba de buena gana para descargar a sus cohermanos a los que encantado de ahorrarles a sus expensas los peligros de enfermedad y de muerte que se corren en estas obras de misericordia. Uno de estos cohermanos atacado de una enfermedad muy desagradable, el Sr. Didier viendo que le agradaban sus servicios, se encerró valientemente con él, y por el movimiento de una verdadera caridad se entregó con la mejor gracia del mundo al peligro evidente de perder la vida, para conservarla, si hubiera sido posible, a su cohermano enfermo, y no le dejó hasta después de prestarle los últimos deberes.
Algún tiempo después, sintiéndose atraído por las misiones, obtuvo del difunto Sr. Bonnet , superior general, ser dedicado a ellas . Para esto fue enviado a Saint-Cyr, donde aha ejercido esye santo empleo con mucho celo. Su gran placer era dar el catecismo a los niños los quería y ellos le querían. Su instrucción era tan importante, que apenas acabar de comer corría volando hacia ellos; tenía una gracia especial para disponer a un gran número de ellos a la primera comunión. Hacía también mucho bien en el confesionario: es el ejercicio al que se dedicaba más. Estaba muy contento de que los mayores pecadores le tomaran por confesor; le sacaba siempre partido, y ellos no se retiraban nunca descontentos, aunque él observara las para con ellos exactas pero santas reglas de la Iglesia. Nada escapaba a su celo. No hay detalles que no haya tenido con los que acudían a la Misión de las parroquias circunvecinas, tomaba todas las mejores medidas para tomarse el tiempo de oírlos, sin perjuicio de los demás; sacrificaba de buena gana el tiempo destinado a su descanso. » Me molestaría mucho, decía alguna vez, de no obrar así con esta pobre gente, están en grandes penas, y tienen grandes necesidades «. Las gracias que acompañaban sus cuidados por la salvación de las almas eran tan sensibles, que en muchas misiones, los pueblos le llamaban con complacencia el buen Misionero. Habrían podido llamarle el hombre de paz, ya que en todas partes llevaba este espíritu, endulzándolo todo, pacificándolo todo, y terminando con mucho celo y destreza los diferendos que se encontraban dentro y fuera. Así animado con los frutos de su ministerio y arrastrado por la inclinación dominante de aliviar a sus hermanos, se entregaba a un trabajo de los más activos y de los más asiduos: hasta llegar a temer que este ardor y esta continuidad hayan sido la causa de su enfermedad.
Empleaba la mayor parte de su patrimonio en hacer limosnas. Poco antes de su muerte las ha hecho bastante considerables a una familia noble del Perche, donde había dado la Misión, y en los alrededores de Dreux a otra pobre familia calvinista, cuya abjuración había conseguido con sus cohermanos. Es universalmente llorado; los misioneros, las damas y las señoritas de la real c asa de Saint-Cyr, las personas del pueblo, los pueblos de los lugares donde ha dado misión, todos en una palabra hablan muy bien de él, y su memoria está en ellos como bendición. Hay motivos para esperar que Dios no lo haya encontrado menos agradable a sus ojos. – Anciennes Relations, p. 182







