Isabel Seton, la biografía: 26 – «Cae la flor, germina el grano…»

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

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Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Entonces oí la voz del Señor que me decía:
-¿A quién enviaré?, ¿quién será mi mensajero? Yo respondí:
Yo respondí:
«Aquí me tienes, envíame»
Is. 6,8

La pequeña Rebeca murió a los 13 años. Guillermo y Ricardo seguirán siendo para su madre motivo de preocupaciones inagotables. La comunidad de San José, al menos, está ahora bien asentada. Experimenta un crecimiento que no se hubiera atrevido a esperar en el curso de los años 1809-1810. Prueba, es­ta carta dirigida por la Madre Seton a Antonio Filicchi, en septiembre de 1818. Todo va muy bien para la religión. El arzobispo no hubiera creído nunca que la fe se habría desarrollado tan sólo la mitad de lo que es en realidad, si no lo hubiera constatado por sí mismo. Y le aseguro que de haber una segunda casa tan grande como la que tenemos, pronto la hubiésemos hecho llenar de Hermanas y de niñas. Nos vemos obligadas a rechazar constantemente alumnas, por falta de lugar.

En realidad, hacía ya más de tres años que una nueva tormenta amenazaba descargar sobre el apacible valle.

El arzobispo de Baltimore, del que habla la misiva, no es otro que el Sr. Ma­réchal, quien, desde diciembre de 1817, ha sucedido en la sede metropolitana a Mons. Neale. El Sr. Maréchal no tenía 50 años el día de su nombramiento. Es uno de los primeros Sulpicianos franceses llegados a Maryland, en 1792. Durante diez años, fue profesor en Santa María de Baltimore. Los nueve años siguientes, de 1803 a 1812, los pasa en Francia. Luego es enviado de nuevo a América. Es un hombre de valía al que la Santa Sede no ha dudado confiar la sucesión de Mons. Carroll. El Sr. Maréchal sigue marcado del espíritu de San Sulpicio mucho más que sus cohermanos que no han dejado los Estados Unidos desde hace más de veinte años. Hijo del Sr. Emery, sabe cómo había proyectado, en el comienzo, su superior el apostolado de los Sulpicianos en el Nuevo Mundo.

Ellos habían ido allá para establecer seminarios, para formar clérigos. Ahora bien, en este plano preciso, los resultados habían sido decepcionantes. Los diez primeros años de esfuerzo en Santa María de Baltimore, de 1791 a 1801, habían acabado en tres ordenaciones sacerdotales. El Sr. Emery pensaba seriamente, en consecuencia, cerrar pura y simplemente la casa de Baltimore y mandar vol­ver a Francia a todos los Sulpicianos de Maryland.

Un primer grupo, efectivamente, fue llamado en 1802. De ese grupo formaba parte el Sr. Maréchal. El no puede sino confirmar al Sr. Emery el fracaso de la obra sulpiciana en América. A decir verdad, el fracasa no es más que aparente. El Sr. Emery, que jamás ha ido personalmente a los Estados Unidos, cree deber suyo suspender definitivamente la experiencia que allí se ha intentado. Pero en 1804, el Papa Pío VII se encuentra en París, sumado que llega de coronar al emperador en Natre-Dame. El Sr. Emery le ve, le habla. Puesto al corriente de los hechos de Baltimore, el Soberano Pontífice no deja de expresar al superior de San Sulpicio su deseo explícito de ver permanecer a los Sulpicianos en Maryland. El Sr. Emery no puede más que inclinarse.

Quedaría con todo un problema. ¿En qué medida era menester privar las casas de Francia de sujetos de valía para enviarlos a América? Ahora bien, mientras se continúan preguntando en París e Isy-les-Moulineaux sobre la opor tunidad de los sacrificios de una fundación extranjera, que no parecía muy llamada a convertirse en un plantel de vocaciones sacerdotales, los misioneros que se en­contraban en el lugar descubrían, personalmente, la necesidad primordial de es­tablecer, ante todo, de crear de alguna manera, un ambiente auténticamente cató­lico en un país que no la era. Es en tal ambiente donde podrían germinar, desarrollarse, extenderse, en un futuro más o menos lejano, las vocaciones sacer­dotales que era prematuro esperar numerosas en los primeros años del siglo XIX. Entre los que juzgaban así la situación con realismo, el Sr. Dubois estaba a la vanguardia. Sacerdote misionero por temperamento y por vocación, guiado por las circunstancias, más que por atractivo personal, a vivir varios años dentro de la Compañía de San Sulpicia, el Sr. Dubois había llegado hacia las años 1814-1815 a hacer del pueblo de Emmitsburg lo que llamaríamos hay un pueblo piloto. La vida de los habitantes católicos del Valle era, en resumen, la vida de la misma Iglesia con la diversidad de sus dones, de sus actividades, en la unidad de un mismo espíritu.

Dos parroquias dispensaban a los fieles del pequeño vecindario, cuyos dominios se extendían a veces bastante lejos, la palabra de Dios y los sacramentas. Un estable­cimiento escolar permitía a los muchachos proseguir sus estudios en el lugar, mientras que la reputación del colegio del Monte Santa María atraía un número impor­tante de pensionistas. Una carta del Sr. Bruté de Rémur, escrita el 17 de diciembre de 1815 da la lista de los sesenta y tres internos. Doce externos se aprovechaban de la misma enseñanza. Frente al edificio del colegio se eleva el Seminario Menor, donde veinte muchachos, se preparan, ese mismo año, para la vida sacerdotal.

La comunidad de las Hermanas de San José, a la otra parte del «Tom’s Creek», asegura a las muchachas una educación religiosa y profana. White House abriga, a la vez, la primera comunidad religiosa americana, el primer pensionado católica femenina, la primera escuela parroquial de los Estados Unidas. Las Hijas de la Madre Seton, por otra parte, aseguran prácticamente dentro del pueblo to­das las obras de misericordia: visitas de los pobres, cuidado de los enfermos a domicilio, sin contar los servicios que ellas prestan en el colegio, en el seminario, asegurando tanto la enfermería como la lencería de los alumnos, pues las Herma­nas me parecen convenir para los pequeños, escribe el Sr. Dubois en 1816.

Por ser diferente de los resultados esperados por el Sr. Emery, y, verosímil­mente por el Sr. Maréchal, que parece haber hecho suya la posición del superior de París, el éxito obtenido en Emmitsburg por el Sr. Dubois es un éxito magnífico. Realista como es, el Sr. Dubois siente, a la vez, la importancia de la ex­periencia realizada en el Valle, y el peso de una tarea gigantesca y diversa de la que asume casi toda la responsabilidad. Ha pedido refuerzos y cree natural ob­tenerlos de los señores de San Sulpicio. Ahora bien, uno solo entre sus hermanos ha entrado plenamente en sus miras. Uno solo ha tomado conciencia de la im­portancia de la obra que se realiza en Emmitsburg, obra de pionero que descon­cierta a los demás sulpicianos por su originalidad misma, pues ha hecho saltar los dos marcos previstos de antemano. Ese hombre es el Sr. Bruté de Rémur. El 11 de noviembre de 1811, el Sr. Bruté de Rémur, profesor entonces en Bal­timore, escribe a sus superiores de París para advertirles que hay falta de perso­nal en Emmitsburg. No podemos destacar a nadie de aquí para ayudar allí al Sr. Dubois, cuya extrema actividad no puede por sí solo, con sus jóvenes maes­tros, para todo el bien que se podría hacer; no puede con más que una parte de sus cuidados cuyo resto agotan dos congregaciones -que es preciso aducir siempre por parroquias-, la casa de las Hermanas y sus numerosas pensionistas.

Al año siguiente, es el Sr. Bruté de Rémur a quien se envía a la Montaña. Entre él y el Sr. Dubois se establece una amistad profunda. Ambos vibran con la misma longitud de onda. Una sola disonancia, con todo: El Sr. Bruté de Rémur estima que no es decoroso que las hijas de la Madre Seton sean destinadas a empleos que les obliguen a penetrar en los edificios del colegio y del seminario. Desea ver al Sr. Dubois adoptar una solución en este punto más conforme a los usos de la vieja Europa, bien que -dice- yo amo a las Hermanas y las reve­rencio con un sentimiento que es el vuestro mismo; y concluye: El cielo y sus co­razones es para mí un único pensamiento.

Durante su viaje a Francia, en el curso del verano de 1815, redacta con destino a sus superiores de París, el Sr. Duclaux y el Sr. Garnier, una memoria sobre el estado de las obras de Emmitsburg.

…El Sr. Dubois tiene todo el cuidado temporal y literario del Seminario y del colegio de Emmitsburg, y, en mi ausencia, el espiritual. Tiene, además, todo el cuidado temporal, literario y espiritual del establecimiento de las Hijas de la Caridad y de sus pensionistas, a tres cuartos de legua del seminario. Tiene, en buena parte, ahora, el cuidado de la parroquia formada en torno a los establecimientos. Sería largo detallar sus cargas y difícil hacer comprender todo su peso -en cuanto a lo temporal sólo dos grandes fincas- los aprovisionamientos de toda especie de «dos casas» que pasan conjuntamente de doscientas veinte personas, situadas lejos de las grandes ciudades. La correspondencia de tantas familias. El trabajo de las cuentas con aquéllas que las llevan en las «dos casas»…, etc. Luego el orden de «dos casas» por comenzar, treinta y cinco religiosas que meter en regla, y Dios sólo conoce el trabajo de este excelente hombre.

…El Sr. Hickey, que le ha sido dado, se ocupa de los estudios, de las clases superiores, está encargado especialmente de lo de fuera, de los enfermos, de los catecismos…, etc. El Sr. Bruté de Rémur hacía lo que hace el Sr. Hickey y tenía además el cuidado de los clérigos, una veintena, que a su salida, ha cogido en sus manos el Sr. Dubois mismo…

Ahora bien, a su regreso de París en 1815, no solamente no ha obtenido el Sr. Bruté nuevos refuerzos para Emmitsburg, sino que se ve personalmente desig­nado para reanudar su tarea en Baltimore en calidad de rector del colegio y del Seminario Santa María. Prácticamente, ni el Sr. Duclaux ni el Sr. Garnier, que reciben del Sr. Tessier y del Sr. Maréchal cartas que hacen valer razones opues­tas, toman en consideración la obra realizada por el Sr. Dubois en la montaña. Ellos no perciben su importancia. Puede, además, que la legendaria «imaginación» del Sr. Bruté de Rémur, le haya hecho un mal servicio, en la ocurrencia, anie sus superiores de Francia.

El mismo tiene que explicarse, sin embargo, sobre esa tendencia de carácter que él reconoce, que juzga y de la que desconfía. Esa que yo llamo semiexalta­ción -había explicado él al Sr. Duclaux, el 16 de noviembre de 1814- puede tener su utilidad y está más metida en quicios de prudencia de lo que se piensa. Gracias al Señor, procede mucho más por hechos y datos positivos, que lo que ha de creer mi manera rápida de hablar y de imaginar, desde mis cuatro años de América, después de tantos pensamientos y vivas impresiones que se han suce­dido y se suceden diariamente en mí. Instintivo, apasionado, generoso, el Sr. Bru­té tiene dificultad, él también, de plegarse al reglamenta de San Sulpicio. Lo im­previsto, constante de una vida misionera, las iniciativas que ella requiere sin que haya siempre tiempo de notificarlas, sobre su oportunidad, a los superiores mayores, que residen allende el océano, le frenan menos que las obligaciones de una regla que busca todavía, por otra parte, su modo de adaptación a los países extranjeros.

Sea de esto lo que fuere, el requerimiento de los Sulpicianos de Emmitsburg, fue acogido con una negativa. El Sr. Duclaux y el Sr. Garnier estiman que ase­gurando el personal del establecimiento de Baltimore hacen bastantes sacrificios para que se les pida más. Que si el Sr. Dubois no puede bastar en Emmitsburg, donde por otra parte ha contraído deudas inquietantes cuya responsabilidad en­dosa ahora a la Compañía, que se cierre pura y simplemente, la casa del Monte Santa María, y que el debate quede cerrado. ¿No tiene el Sr. Dubois un joven vicario, desde septiembre de 1814, en la persona de Juan Hickey? Ese joven sulpiciano era en realidad, como lo señala el Sr. Bruté «el primer alumno que llega a ser un buen sacerdote». Había sido enviado a la Montaña inmediatamente después de su ordenación. La Madre Seton que le había conocido de estudiante, había tomado en seguida a pechos estimular el celo, a su parecer demasiado poco efectivo, del Sr. Hickey. Prueba, el hecho siguiente que la Madre relata con por­menores en una carta dirigida al Sr. Bruté de Rémur en 1815:

Le he echado una ducha, de la que se ha de acordar, al Rvdo. Hickey. Ayer estaba la iglesia llena hasta reventar y se encontraban allí un buen número de forasteros… Pues bien, ante toda aquella gente, el tímido predicador predicó un sermón de pena. La Madre Seton no se privó de hacérselo notar. Y vuelve a des­cribir la escena tan espontáneamente como se desarrolló. Juan Hickey, habiendo celebrado la misa de comunidad en White House, se apresta a empezar su desa­yuno que le acaban de servir en el locutorio. Pero la Madre se presenta. Sin am­bages le dice lo que piensa al joven vicario, sobre el sermón de la víspera. El se excusa: ¿Vale verdaderamente molestarse por eso? Vehemente, ella replica: -¡Cómo! ¡Es justamente lo que me disgusta, señor!

¿Cómo puede un sacerdote no tener cuidado de expandir en las almas el fue­go que Cristo vino a encender, y en el que quiere ver abrasarse el mundo entero? ¿No es responsable un sacerdote, cuando habla, del honor de Dios? Si el Rvdo. Htickey no es capaz, cuando es joven, de tomarse el trabajo de preparar sus ser­mones, ¿qué hará cuando sea viejo?

Bajo el sermoneo, Juan Hickey agacha la cabeza sobre el plato. La Madre Seton le mira. El siente pesar sobre él una mirada llena de reproches. Trata de justificarse. ¡Ha orado antes de subir al púlpito!

-La oración… ¿Es que la oración…?

-La oración, ¡de acuerdo!, le corta su interlocutora. ¡Pero también la pre­paración de los sermones!

Pues si la oración es esencial, primordial, jamás dispensa ella del deber de estado. El hecho, por mínimo que sea, es revelador, tanto del interés que la Ma­dre Seton tomaba en la vida espiritual de Emmitsburg como de la falta de experiencia de la que daba pruebas el nuevo sacerdote americano, apenas salido del seminario. Con toda evidencia él no podía mantener junto al Sr. Dubois el puesto que había ocupado el Sr. Bruté de Rémur. Mons. Carroll, quizás, hu­biera insistido para que le fuese dada una ayuda efectiva a un pionero como el párroco de Emmitsburg. El Sr. Maréchal que no es todavía más que uno de los profesores de Baltimore persiste en considerar la experiencia de Emmitsburg como un fracaso. El Sr. Tessier envió momentáneamente al Valle un ecónomo de mano dura, el Sr. Harent. Su ruda firmeza no ha sido inútil, escribe el Sr. Maréchal al Sr. Garnier, el 28 de marzo de 1816. Emmitsburg -prosigue él- no va tan bien. Esa casa está en deuda de 6.000 dólares, que el Sr. llubois ha contraído sucesiva­mente. Es con seguridad un excelente sacerdote y trabajador. Sin embargo, a me­nos que su celo no sea reglado eficazmente, puede abrir otro abismo. Es de toda necesidad que ese colegio sea reducido lo antes posible a un seminario menor puramente eclesiástico sin vínculo durable con las religiosas y la parroquia.

Por su lado, -el Sr. Dubois trata de defender su posición. El cierre del colegio del Monte Santa María no puede hacerse sin un desconcierto que las hijas de la Madre Seton serían las primeras en padecer. ¿Es fácil encontrar un sacerdote capaz igualmente de conducir una comunidad religiosa y una parroquia? -pre­gunta él al Sr. Garnier, el 18 de abril de 1816-. ¿Podrá ese sacerdote, encarga­do de dos parroquias, prestar una atención suficiente a esas buenas hijas que ha­biendo dejado todo por los consuelos de la religión, encontrarían bien duro ser privadas de ellos?

No es, sin embargo, que el Sr. Dubois se considere como el fundador de la comunidad, o que quiera ejercer por su parte una influencia cualquiera. El tiene que precisar su pensamiento a este respecto:

Deseo más que nadie del mundo ser librado de la carga de las Hermanas, pero no veo otra esperanza que la de unirlas a alguna otra sociedad para tener su cuidado. Si el Sr. Superior lo aprueba, trataré de ponerme en correspondencia con el superior de los Sacerdotes de la Misión para ver si será posible unificar las Hermanas de aquí y las de Francia, y obtener a la vez misma un superior y director que, después de haber pasado un año o dos aquí, para aprender la len­gua, se encargaría de este establecimiento. Tendría muchas otras reflexiones que hacer sobre este artículo pero el tiempo no me lo permite. Y traza para sus supe­riores un breve resumen de la tarea a la que debe hacer frente: Desde hace un mes, apenas dejo el confesonario; el día de San José, treinta primeras comuniones en casa de las Hermanas, confesiones generales por consiguiente; retiro para las niñas, cuatro o cinco novicias también que preparar; confesiones generales de veinticinco niños, aquí. Comunión pascual de toda la parroquia, el seminario y los niños.

El Sr. Bruté de Rémur, coma se podría prever, aboga por el Sr. Dubois y pretende poner todo en obra para defenderle. Las cambios de cartas se multipli­can tanto entre Baltimore y Emmitsburg, unos verdaderos volúmenes, asegura el Sr. Maréchal, como entre París y el Maryland. El nombramiento del Sr. Maréchal para la sede metropolitana de Baltimore, en 1817, no apacigua en absoluto la diferencia. Por el contrario, en el curso de los meses de febrero-marzo de 1819, las posiciones se endurecen penosamente. Para obtener la supresión del estable­cimiento del Monte Santa María, Mons. Maréchal anticipa los dos argumentos que le parecen los más válidos: de una parte, el seminario menor de Emmitsburg que se ha convertido casi enteramente en un colegio seglar no responde ya a un fin determinado como el de la Compañía de San Sulpicio. Por otra parte, las construcciones proseguidas sin descanso par el Sr. Dubois, le han conducido a una deuda enorme cuyas proporciones espantarán al Sr. Harent, el ecónomo que el Sr. Tessier ha enviado temporalmente al Valle. Y sin embargo, el Sr. Dubois ha llegado al cabo de persuadir al Sr. Bruté de que se haría más bien en Emmits­burg, donde, además del cuidado del Seminario, podría ocuparse de la dirección de las religiosas y de su pequeña parroquia. La cabeza de éste se ha calentado hasta el punto de haber marchado para ir a juntarse con el Sr. Dubois…

La carta en la que el Sr. Maréchal hace estas precisiones al Sr. Duclaux está fechada -el 5 de marzo. Otra misiva escrita dos semanas antes, el 17 de febrero, bien pudo llegar a Francia en el mismo barco. El Sr. Dubois defiende en ella la causa de Emmitsburg y trata de justificar la conducta del Sr. Bruté de Rémur. El busca poner las cosas en su punto, con calma y lucidez:

Cómo pueden conocer nuestros superiores la verdad y juzgar sanamente -pre­gunta él con razón- si los miembros de la Compañía, sobre todo aquellos que están a la cabeza de un establecimiento no pueden abrirse libremente a ellos y decir cuál es su visión de las cosas? ¿No es fácil verificar si sus advertencias se basan en los hechos? En cuanto a las opiniones, seguramente ninguno de nosotros debe ser creído bajo su palabra, somos todos falibles. Toca a nuestros superiores pesar nuestras razones. Si las razones de una y otra parte se balancean, toca a ellos suspender su juicio, hasta que la experiencia venga en su ayuda para apre­ciar a los hombres y mediarlos.

La tristeza de tal razonamiento no puede dejar de llamar la atención del Sr. Garnier, pues, prácticamente él añade el suyo. El había respondido precisa­mente, el 15 de septiembre de 1818, a una carta bastante poco amena que le había dirigido el Sr. Babad: Nos es difícil determinar nada a una tan grande distancia, ignorantes de muchas circunstancias que serían necesarias para un juicio sólido. Bien que suspendiendo su juicio no podría, el Sr. Garnier, resolver la cuestión de manera satisfactoria a la vez para los Sulpicianos de Baltimore y los de Emmitsburg.Y, sin duda, las dificultades de comunicación de la época no facilitaban la solución del problema cuyos datos seguían siendo complejos y delicados. Ingenuo de aquel que se figure que tales enfrentamientos son excep­cionales entre los que, y las que, con todo su ser, se quieren enteramente al ser­vicio del Reino de Dios. Nada más revelador de los límites humanos que estas incomprensiones que oponen sobre un mismo sujeto dos concepciones de apos­tolado, dos formas de ver, dos talantes, válidos de una y otra parte, según una óptica demasiado corta, sin embargo, para permitir la conciliación. Todas las épocas y todos los países han conocido esos dolorosos conflictos. No son efecto ni de una época, ni de una latitud: son efecto de la naturaleza humana. Escan­dalizarse por eso sería una ingenuidad. Sería también pueril pensar que la buena fe y las intenciones rectas bastarían siempre para conjurarlos. «Somos todos fali­bles», reconocía justamente el Sr. Dubois…; y ¿quién, entonces, podría, finalmen­te, jactarse de estar en posesión de todos los datos de un problema tan novedoso como la vida y de estar en situación de resolverlo con una perfecta imparcialidad. La Iglesia ha tenido siempre conciencia de la complejidad de los problemas de apostolado, que son dinámicos y no estáticos, jamás idénticos, aunque siempre semejantes en un aspecto, reconociendo, por otra parte, que en solo el plano humano, muchos de entre ellos no encontraron sino raramente una solución adecuada.

En el libro titulado Méditation du Pater, el P. Pablo María de la Croix, O.C.D., escribe respecto a la tercera petición del Padrenuestro, estas líneas que proyectan sobre tales conflictos una apacible luz:

Todos somos, por uno u otro título, seres «en situación». Existen otros junto a nosotros y es menester que se haga también la voluntad de ellos. Ella no lo podrá sin pisar muy a menudo sobre la nuestra y limitarla más cada vez. A medida que la edad llega, la voluntad de Dios se manifiesta a nosotros con las múl­tiples exigencias que entraña con ella la vida común, bajo cualquier forma que se nos imponga: familiar, social, religiosa. Si es vano esperar que podamos sacar de ello todo nuestro partido, al menos deberemos aceptar que la voluntad de Dios se manifiesta a nosotros por el dragomán de los hombres y que la obediencia a las imposiciones nos parezca, sin duda, siempre más onerosa, pues no podemos nosotros hacer prevalecer siempre nuestras ilusiones sobre su sabiduría, y menos sobre la pureza de los móviles, que, tan a menudo, les hace actuar. Sola la fe puede darnos la fuerza, viendo en ellos los representantes de Dios, para hacer su voluntad, haciendo la de ellos 1.La ida del Sr. Bruté de Rémur de Emmits­burg, sería, con toda evidencia, una pérdida sensible para el seminario Santa Ma­ría, tanto más que, casi al mismo tiempo, el Sr. Harent, es llamado bruscamente por Dios. He aquí, pues, «la casa de Baltimore en una dificultad extrema» como lo señala Mons. Maréchal el 5 de marzo de 1819. Es exacto.

Con una exactitud también rigurosa, el Sr. Dubois podía afirmar, por su par­te, el 17 de febrero precedente, bajo la amenaza del cierre del establecimiento del Monte Santa María: Sin embargo, la alarma se extendió por el vecindario

y sirvió para hacernos sentir que teníamos amigos y obligaciones. Destruir el establecimiento sin necesidad era defraudar su confianza.

En realidad, cuando en junio de 1819 llega a la Montaña, la decisión de los Superiores que han optado por la supresión del colegio y del seminario de Emmits­burg, suscita allí una ola de indignación. Emmitsburg había llegado a ser, efectivamente, para los católicos de Maryland, y de más lejos, un verdadero polo de atracción. Unos colonos se habían establecido allí a causa de la irradiación espi­ritual de la que el pueblo se había convertido en centro. Toda la población se conmueve. Los habitantes se conciertan y a fin de conjurar lo que consideran como una catástrofe, deciden saldar ellos mismos el montón de las deudas con­traídas por el Sr. Dubois, por el bien del país. Este gesto espontáneo de ayuda fraternal, comunitaria, manifiesto de la voluntad formal de las habitantes de Emmitsburg de no dejar destruir una obra a la que ellos atribuían tanto precio, ataba prácticamente las manos del arzobispo de Baltimore. Mons. Maréchal se vio constreñido a ceder y a hacer anular la decisión de los señores Garnier y Tessier. El Sr. Bruté de Rémur permanecería en Emmitsburg. La apertura esco­lar tuvo lugar normalmente. El debate quedaba cerrado.

Con fecha del 14 de abril de 1820, el Sr. Dubais daba cuenta al Sr. Garnier del nuevo desarrollo que tomaba el establecimiento del Monte de Santa María: …El jardín está ya casi terminado y sólo tiene necesidad de abono. El patio está nivelado y plantado ya de árboles. La granja ha sido rematada y cubierta como nueva. La finca se mejora cada día. En general, el orden, la piedad y el contento reina dentro de toda mi servidumbre. Soy deudor de todos estos consuelos al celo y la virtud de las buenas Hermanas de la Caridad cuyo orden, limpieza, econo­mía y sobre todo piedad y vigilancia sobre los criados, y el buen ejemplo, están por encima de todo elogio. Por lo demás, concluye la misma, hubiéramos podido poner en manos del arzobispo las dos congregaciones (es decir, las dos parroquias de San José y de Santa María) a las que se hubiera visto muy apurado para pro­veer. Pero conocemos demasiado el espíritu de San Sulpicio -insiste el Sr. Du­bois- para dejar perecer las almas ante nuestros ojos.

Así pues, por una y otra parte, el espíritu de San Sulpicio era lo que no ha­bían cesado de invocar los antagonistas para obtener de sus superiores la deci­sión que, según la óptica de cada uno, acabaría en un resultado diametralmente opuesto. Tal vez, la obra de Emmitsburg era demasiado diferente de las obras propias de la Compañía de San Sulpicio, en la época al menos, para conservar con ella otros vínculos que los de la amistad. En 1824, el Sr. Dubois y el Sr. Bru­té de Rémur juzgarán preferible recuperar su libertad frente a San Sulpicio, con el consentimiento de sus superiores de París. En 1826, el Sr. Dubois llegará a ser obispo de Nueva York. En 1833, el Sr. Bruté de Rémur será elegido por la Santa Sede para fundar, en Indiana, la nueva diócesis de Vincennes de la que será el primer titular.

La obra que Dios quería en la villa de Emmitsburg sería bastante sólida para entonces. Todo, finalmente había, concurrido a preparar en el Valle la re­sidencia de las Hermanas de la Caridad. Germinaba la bellota que había sido enterrada en la primavera de 1809. Cual los grandes robles de troncos pujantes de donde surgían las fuertes ramas, la obra de la Madre Seton, se desarrollaría en adelante, sin que ninguna tormenta pudiera abatirla o poner siquiera obs­táculos a su crecimiento.

La salud de la Madre Seton -había afirmado el Sr. Dubois unos días des­pués de la muerte de Rebeca- no ha quedado alterada. En realidad, a partir del otoño de 1816, el estado de salud de la superiora de las Hermanas de San José ya no cesará de inquietar a su entorno inmediato. A los 43 años, Isabel sabía que estaba en su ocaso. No teme la muerte, ya que la muerte es solo el paso de esta vida terrestre a la vida eterna. Riéndose ella misma de su viejo armazón en­fundado en viejos chales y franelas no deja de proseguir menos, día tras día, en la Casa Blanca, su tarea junto a las Hermanas y las niñas, de no verse momen­táneamente obligada a guardar la habitación. De esta inacción forzosa, ella no se turba. Ella no ha podido ignorar el conflicto que, amenazando durante tres años, la existencia del colegio y del seminario del Monte Santa María, ha ame­nazado su obra misma. Tal vez era menester que ella conociera todavía esa ame­naza para que fuera purificado en ella todo apego humano, y que llegara col] ello a abandonarse a Dios, del todo, sin condiciones.

Podemos hacer más bien permaneciendo en Dios, que con las especulaciones más celosas -anotó ella-. Mucha gente, en este mundo, pasa su tiempo calen­tando planes, defendiendo su opinión, pero qué pocos hay que busquen construir en Dios, guardar silencio como nuestro Jesús.

Permanece atenta no obstante, a la obra que se prosigue en el Valle. Ella que tanto hubiera querido que uno de sus hijos fuera sacerdote, rodea a Juan Hickey de una solicitud que con ser sobrenatural, no deja de ser menos maternal. Incluso bajo los, reproches justificados que él se atraerá más de una vez, el joven sulpiciano no se equivoca en ello. Además, lo que dicta a la Madre sus amonestaciones es un sentido muy cierto de la grandeza sacerdotal. ¡Oh, qué Dueño y qué Padre! Ambos le servimos, usted con gloriosa embajada, yo con mi humilde pequeña misión. ¡Cuán dichosos podemos ser en su servicio! -escribe ella al joven sacerdote.

El 18 de junio de 1819, en un período de descanso físico, ella le envía estas líneas una vez más: Estoy mucho mejor. Como no puedo, al parecer, morir de una forma, trato de morir de otra y de mantener mi sendero recto hacia Dios solo. Mi pequeña lección de hoy: permanecer en la simplicidad y en la calma, tratando de orientar cada pequeña acción hacia su Voluntad, y luego, alabar y amar tanto a través de las nubes como a la luz del sol, es todo mi anhelo, toda mi solicitud. Sam (el diablo) traba de tiempo en tiempo batalla, pero nuestro Bienamado se mantiene detrás de la muralla y guarda al maligno a distancia.

En el mes de agosto de 1818, Samuel Cooper fue ordenado sacerdote en Baltimore, por Mons. Maréchal que le envió inmediatamente a Emmitsburg. Su llegada a la Montaña despertó en el alma de la Madre Seton grandes esperanzas para el bien del pueblo. Dinámico y generoso como es, se puede esperar mucho del convertido que ha proseguido durante diez años sus estudios de filosofía y de teología en el seminario de Santa María. Las Hermanas de San José tienen, poi otra parte, frente al Sr. Cooper, una deuda de gratitud que no pueden olvidar. Donante magnánimo, no ha limitado sus larguezas a la compra de Fleming Farms y de esa posesión que continúa asegurando a la Comunidad y a las alumnas del pensionado la mayor parte de su subsistencia. El ha llegado, en bien de casos, a encargar expedir al Valle barriles y cajones de avituallamiento, fardos de tela. A decir verdad, sus dones siguen siendo fantásticos como su temperamento. Que el Sr. Cooper haya sido siempre un sujeto fácil para sus cohermanos del se­minario o para sus superiores sería mucho decir: se le han pasado, no obstante, sus excentricidades, en consideración a su edad, al medio de procedencia, a sus cualidades también, que, con expresarse a menudo de forma original, no son menos auténticas. Que hubiese sido elevado al sacerdocio aquel verano de 1818, es una prueba de la confianza que él supo inspirar, a pesar de todo, al arzobispo de Baltimore.

El Sr. Cooper llega, sin embargo, a Emmitsburg, con unas ideas bien fijas sobre la forma de comportarse en su ministerio. Ahora bien, los parroquianos de Emmitsburg no son todos, lejos de ello, unos santos canonizables. En el apacible Valle, ha comenzada a hacer estragos el alcoholismo. Es menester tener en cuenta ese vicio, decide el Sr. Cooper. Y preconiza los medios enérgicos, eficaces sin duda dentro de la cristiandad europea de los primeros siglos, pero exaspe­rantes y ridículos, dentro de una población americana, al día siguiente de la gue­rra de Independencia.

Me parece -escribe el hirviente vicario a su arzobispo, el 15 de marzo de 1819- que si todos los que dan escándalo público fueran obligados a arrodillarse o a mantenerse de pie o enviados a un rincón cualquiera de la iglesia, siendo leídos públicamente sus nombres, esto produciría un efecto saludable. Mons. Ma­réchal secundando al Sr. Dubois, obliga al Sr. Cooper a atenerse a la pastoral vigente, a usar de su paciencia hacia sus ovejas. Sin tener en cuenta de los avisos reiterados de su párroco, de su obispo, el Sr. Cooper prosigue la batalla entablada, amenaza, truena, fustiga. Este proceder levanta contra él a los parroquianos que quiere conducir a1 redil, corriendo encima el riesgo, por su falta de mesura, de arrojar el descrédito sobre el clero católico y sobre los sulpicianos franceses.

En resumen, sin haber concluido el primer año de su ministerio en Emmits­burg, recibe de Mons. Maréchal la orden de irse a otra parte con la turbulencia de su celo indiscreto. Se marcha a Augusta, en Georgia, de Georgia a Norfolk, en Virginia. Finalmente, después de una serie de desplazamientos y de viajes, entre ellos una peregrinación a Tierra Santa, volverá a encontrar en Francia a Mons. de Cheverus, hecho obispo de Burdeos, y le asistirá en sus últimos mo­mentos., en 1836.

El Sr. Dubois, sin embargo, deplora la pérdida de un auxiliar cuya ayuda más discreta hubiera sido valiosa. El Sr. Bruté de Rémur y la Madre Seton se entristecen de ver que la falta de equilibrio compromete en el Sr. Cooper una acción apostólica que su generosidad esencial permitiría esperar fructuosa. Por su lado, no obstante, el Sr. Bruté confiesa a veces a la Madre Seton que sueña con dejar el Valle por un campo de apostolado más vasto. Las misiones de

Al fin de septiembre de 1818, un nuevo grupo de Hermanas dejó Emmitsburg para asegurar en Filadelfia la dirección de una escuela libre alemana.

Cuando en julio de 1819, encontró su afortunada solución la diferencia que oponía los sulpicianos de Baltimore a los de Emmitsburg, Isabel se apresura a dar parte a su hijo Guillermo tanto del duro alerta que ha conocido como dei resultado que permite a los Señores Dubois y Bruté proseguir su apostolado fe­cundo en el Valle. Para la comunidad de San José, su salida hubiese sido efec­tivamente desastrosa. Ayuda espiritual y gerencia de la posesión han sido ase­guradas hasta ahora por las sulpicianos residentes en Emmitsburg. Una verda­dera colaboración está establecida igualmente entre las dos casas de educación, fructuosa para la una como para la otra. Un buen número de muchachos del Monte Santa María han sido preparados para su primera comunión por la Ma­dre Seton. Adolescentes, vuelven voluntariamente a buscar junto a ella el conse­jo maternal de que sienten necesidad, el esclarecimiento femenino que sólo ella es capaz de darles a propósito de sus problemas.

Entre los nombres de los pensionistas inscritos en el colegio del Monte Santa María para el año escolar 1815-1816, figura en tercer lugar el de Jerónimo Bo­naparte. Su padre había sido creado rey de Westfalia por el emperador y como él era un bisnieto de Carlos Carroll, su tío, Napoleón, había aceptado ver al mucha­cho proseguir su educación en América. Así, el niño se encontraba lejos de las cortes de Europa a la hora en que su padre intentaba anular el matrimonio del que él había nacido.

Mi querida madre -escribía a la superiora de San José el niño exilado- ­desearía mucho obtener un «Agnus Dei» antes de volver a casa, a fin de ser preservado de los peligros que van a rodearme… Yo le guardaré como un recuerdo de bondad y de amor hacia su hijito que pensará siempre en usted con respeto y con amor y con gratitud también, sobre todo si puedo tener un «Agnus Dei» del que usted me hiciese regalo.

Al dorso del papel sobre el que el muchacho ha formulado ingenuamente su petición, la Madre Seton escribió unas líneas de respuesta: querido Jerónimo, es un gran placer para mí enviarte este «Agnus Dei»… Yo pido ardientemente a Nuestro Señor que te conserve en las gracias que El te ha dado con tanta ter­nura, cuida tú mismo de no perderlas. Ruega por mí y yo rogaré por ti. Tu amiga de verdad. E.A.S.

Se hubiera quedado completamente atónito entonces, el pequeño Jerónimo, si alzando un instante el velo del porvenir, le hubieran anunciado que el nombre de la que él llamaba my dear mother, y que no era a sus ojos más que una direc tora de escuela muy buena, sería un día objeto de una gloria más grande, más durable, más universal de la de su tío Napoleón, ese hombre que hacía ahora estremecer toda la vieja Europa de locas esperanzas o de oscuros terrores.

Si no con toda la discreción deseable, sí con cierta lucidez, el Sr. Babad que presiente algo de esa gloria futura prometida a la fundadora de las Hermanas de la Caridad americana, le pide sin embargo autorización para escribir su vida después de su muerte. Pues su muerte -piensa él- es inminente. Han pasado diez años, su obra se afirma. Solamente deseo ya para usted una feliz muerte. Me gustaría mucho verla antes de que muera, pero preveo que el superior no me permitirá ir a Emmitsburg en el estado actual de las cosas… En cuanto me en­tere de su muerte, diré la misa por el reposo de su alma. Si halla gracia, como espero, no me olvide ante Aquél que ha hecho tanto caso de usted aquí abajo.

Sin negar la esperanza de una muerte próxima, Isabel suplica que se la deje en paz en lo concerniente a la redacción de su vida. No ignora ella, por otra parte, que se ha de ir por cierto más allá de su permiso, si ella lo deniega. ¿No se ha publicado ya, sin saberlo ella, en Nueva Jersey, su diario íntimo de Liorna? Aquellas páginas todo espontáneas, que ella destinaba únicamente a Rebeca Se­ton su cuñada, habían circulado, no obstante, entre los miembros de la familia. Algunos hubieran deseado conocer los detalles de la última enfermedad y de la muerte de Guillermo Magee Seton. ¿Cómo negarles aquellas hojas de un diario escrito día a día en Liorna y en Pisa? Pero jamás había soñado Isabel que aquel diario, que era también el de su alma, aquél donde ella relataba su descubrimien­to del catolicismo saldría de un círculo de íntimos. Que tal indiscreción hubiera llegado a producirse, la había afectado dolorosamente. Pues aunque el editor no había citado el nombre de las personas en causa, tanto el contexto histórico como las referencias geográficas eran demasiado transparentes para permitir e1 menor equívoco. Sin destruir nada de lo que había escrito, la Madre Seton pide simplemente, que se la deje acabar en el silencio su vida terrestre. Mons. Carroll murió en 1815. Y el Sr. Nagot al año siguiente. Guillermo Bayley, uno de los medio hermanos de Isabel y Juan Wilkes acaban, a su vez, de desaparecer. ¿Acaso ha llegado para ella la hora de ir a juntárseles? ¿No ha terminado su tarea, rea­lizado la obra que plugo el Señor confiarle?

La Casa Blanca abriga, al presente, casi cien personas: dieciséis religiosas, dos postulantes y cincuenta y siete pensionistas, sin contar las externas. Mons. Ma­réchal que ha llegado al lugar en otoño de 1818, para darse cuenta del estado de las cosas, se declara satisfecho. Los establecimientos confiados a las Hermanas de San José, en Baltimore como en Filadelfia, conocen también ellos un feliz desarrollo. Desde que el Sr. Dubois y el Sr. Bruté de Rémur están en la Montaña el futuro de White House no plantea, por el momento, ningún serio problema. De no ser el pensamiento de sus hijos, Guillermo y Ricardo, nada vendría a tur­bar en la Madre Seton la perspectiva de un final próximo, es decir, de un co­mienzo nuevo, de una vida eterna. Una tos persistente, momentos de fatiga tales que toda su energía no es capaz de dominar a veces, la dificultad de alimentarse normalmente, alertan seriamente a su hija Kate y a toda la comunidad, en el curso del invierno de 1818-1819. Mi madre está muy enferma -escribe Catalina a Julia Scott-. Mons. de Cheverus prevenido, encuentra tiempo para escribir unas líneas con destino a la fundadora: No la compadezco. La envidio por correr hacia el abrazo de Aquél que es amor. Para cuando llegue la primavera, confundiendo los temores de su entorno, la Madre va a encontrar un retorno de vida. Ella es la primera en asombrarse. Mientras las demás se alegran, ella se lamenta de ver prolongada su vida terrestre. Y el Sr. Bruté de Rémur la reconforta: Resígnese -le recomienda él-, vele, prepárese, hágalo bien, sea agradecida por todo; bendiga su voluntad, humillese de no estar suficientemente presta.,. Servirá más tiempo a Aquél que ama…

Entonces ella se pone de nuevo a vivir como se vuelve a reanudar un servicio. En la medida en que sus fuerzas se lo permiten, preside de nuevo la oración en común, las comidas en el refectorio, la recreación de comunidad, reanudando asimismo cierta actividad junto a las niñas. Rodea de su simpatía a la Sra. Cha­tard durante los momentos de inquietud que le causa el mal estado de salud del doctor. Quisiera decirle tantas cosas, pero no le digo nada. Usted sabe que nadie más que su E.A.S., puede sentir y compartir sus penas y sus consuelos.

A1 Sr. Bruté de Rémur que se topa con las dificultades, con las incompren­siones, le recuerda, muy simplemente, los consejos que ella ha recibido de él. Usted ha hecho para mí tan luminosa la GRACIA DEI, MOMENTO PRESENTE que le soy deudora, tal vez, de mi salud misma, porque esa luz me ha evitado faltas, pecados. En unas notas personales, ella escribe en la misma perspectiva: Nuestra desdicha es no conformarnos con las intenciones de Dios en cuanto a la manera como el quiere ser glorificado. Lo que le agrada, nos desagrada. El quiere que marchemos por el camino del sufrimiento y nosotros deseamos marchar por el de la acción. Nosotros deseamos dar, más bien que recibir y no buscamos puramente SU VOLUNTAD.

Efectivamente en ella crece cada vez más ese culto de la voluntad divina, cuyo sentido ha querido inculcar eminentemente, desde el primer instante de su cargo, a sus hijas. ¿No es conformarse a esa voluntad siempre desbordante & amor respecto a nosotros -aun cuando ?parece lo contrario a nuestra forma de ver- por lo que Isabel se ha esforzado durante toda su vida en sentir y hacer frente? Sería esclarecedor subrayar simplemente a través de sus escritos, notas, diarios, correspondencia, el número de veces en que tal expresión Voluntad de Dios viene a su pluma. Cuando Guillermo Magee estaba muriendo en el la­zareto de Liorna -tal coma ella lo confesaba al Capitano- sólo el pensamiento de la voluntad de Dios la guardaba de la desesperación y de la rebeldía. Esa misma voluntad la había guiado, sostenido, en medio de las oscuridades, de las contradicciones y de las dudas, hasta su profesión de fe católica. Ella había sido su luz y su guía seguro, durante los duros años que habían precedido a su llegada a Baltimore. Ella había sido su fuerza y su refugio en el momento que le habían sido quitadas Anina y Rebeca. Y esa voluntad la ha conducido finalmente, por unos caminos que jamás hubiera descubierto ella misma, hasta el Valle de Em­mitsburg, desde donde su mirada está fija ahora en la eternidad bienaventurada, que la atrae cada vez más fuertemente.

En las páginas de un cuaderno de notas, quiso Isabel escribir de su mano, los Dear Remembrances «Dulces recuerdos -sería tal INGRATITUD morir sin ha­berlos consignado». Las letras de la palabra «ingratitud», dos veces mayores que las de las otras palabras, se destacan del título para dar al vocablo un relieve sin­gular. En veinticinco páginas, que ciertamente no han sido escritas sin interrup­ción, Isabel pasa revista a una parte de los hechos más importantes, de su vida, desde 1778 hasta 1811.

¿Cuando redactó ella estas notas? Nada, en la redacción misma, lo precisa. Fue ciertamente antes de 1819. Les fue añadida una simple nota, pegada a la última hoja del cuaderno, once líneas con una escritura muy apretada. Especie de conclusión, o mejor de intersección entre el tiempo y la eternidad.

Eternidad… ¿en qué luz la contemplaremos (-si es que pensamos en tales bagatelas en la compañía de Dios y en el coro de los bienaventurados-), qué pensaremos de las pruebas y de las preocupaciones que teníamos antaño sobre la tierra? ¡Oh qué nonada total!

que los que lloran sean los que no lloran

– los que se alegran como los que no se alegran – los que reciben como los que no poseen

– este mundo pasa …

¡Eternidad! esa voz que debe ser percibida en todas partes. ¡Eternidad!

Tal sentido de la eternidad no había impedido, sin embargo, a Isabel Seton, ser en el tiempo, una asombrosa realizadora. Así sucede con los santos que, bus­cando, ante todo, el Reino de Dios, siguiendo la enseñanza de Cristo, se revelan los más eficaces de los hombres. Un realismo de buena ley mantuvo siempre a Isabel al abrigo de los milagros, alejada también del conformismo cuyo peligro señalaba ella al Sr. Bruté, respecto a su hermana María Post. Un buen sentido práctico le permitía edificar su obra sobre bases sólidas, de acuerdo con las exi­gencias, las necesidades, las aspiraciones de «aquel rincón de la tierra» donde Dios la había hecho nacer. En lucha con las dificultades más diversas, las más angus­tiosas a veces, ella dio prueba siempre de un robusto optimismo, siempre presta, a reaccionar después de los fracasos, o de las caídas inevitables, revelándose capaz de hacer frente -para usar su expresión- a la situación más desconcertante. Eficiente -como diríamos hoy- supo acuñar en realizaciones concretas, prác­ticas, durables, los impulsos más íntimos de su alma. Pues su amor a Dios no quiere pagarse de palabras. Al servicio de ese amor, ella puso todas sus fuerzas vivas. Pero esta acción misma, no es en ella expresión de una necesidad de acti­vidad humana. Es la expansión de una auténtica contemplación. Desde que Isa­bel descubrió en la presencia eucarística la fuente de vida, que salta hasta la vida eterna, esa es la fuente única, de donde deja ella desbordar, fluir a chorros en torno suyo la caridad. «Contemplata alüs tradere», dice Santo Tomás de Aquino con una fórmula lapidaria, que sigue siendo verdadera para todos y para cada uno de los santos.

Qué dichosos seríamos, si creyéramos lo que ellos creen: que poseen a Dios en el sacramento…, escribía ella en 1804. Qué dichosa sería de soportar cualquier prueba de la vida, con la consolación de hablar de corazón a corazón con El en su tabernáculo y la certidumbre de encontrarlo en las iglesias. Esa dicha, esa se­guridad, Dios se la había dado. Su vida entera se había encontrado irradiada de ella, transformada. Desde el 25 de marzo de 1805, cada una de las fiestas de la Anunciación es para ella una fiesta única. 25 de marzo de 1817 -anota ella todavía doce años más tarde-, aniversario de mi primera comunión. Cada una de las ceremonias de primera comunión en White House, sobre todo cuando se le daba la alegría de preparar ella misma a los niños, reanima y reaviva su íntima dicha. Hemos tenido quince primeras comuniones dentro de una paz y una sim­plicidad maravillosas -escribe ella a la Sra. Chatard el 31 de diciembre de 1819. La eucaristía llegó a ser para ella, realmente, el todo de su vida, en espera de la vida eterna.

Una evolución se opera, sin embargo, hasta en lo concerniente al «sacramen­to». Parece que Dios, para darse más a ella, la despoja, cada vez más de todo aporte sensible que la había inundado en el momento del gran descubrimiento,

y conducido hacia una fe tanto más profunda y más pura, cuanto más decantada de todo lo que es solamente humano. Dos cartas destinadas al Sr. Bruté de Rémur, a cuatro años de intervalo, dan una idea del trabajo de purificación, de desnu­damiento que se prosigue en ella. Arideces, angustias incluso, y sin embargo, in­vencible determinación de ser fiel hasta la muerte.

Es posible, por otra parte, que su educación primera, calvinista, habiéndola tan sólo predispuesto en demasía en un plano psicológico a dejarse impregnar, sin saberlo de un humor de jansenismo, no sea ajena a los terrores que la sobrecogen, a veces en cuanto a su salvación eterna. Ella los amplifica, al menos, exi­giendo por este hecho de Isabel un acto de fe y de abandono más grande. Así es como lo hace notar san Juan de la Cruz, cuando a pesar mismo de la aridez espiritual, la prueba espiritual está reforzada por una deficiencia de temperamen­to; ella no deja, sin embargo, de producir la purificación de las tendencias natura­les, ya que esas tendencias «están privadas de todo lo que es causa de alegría, y su único anhelo tiende hacia Dios».

La primera de estas cartas es de 1815:

Como ve no le digo ni palabra de mi pobre horizonte interior. El pobre pe­queño átomo en la oscuridad, las nubes y las miserias incesantes, continuando su marcha como un autómata en la ronda maravillosa de las gracias -un triste mes, el que acaba de pasar, y luego encima comienza con el mismo embruteci­miento, con la misma laxitud del alma y del cuerpo. La comunión misma no es más que un momento de mayor misericordia en este estado de embotamiento y de abandono, QUERIENDO TODO Y NO PIDIENDO NADA, pues, después de haber pedido tanto y recibido tanto, ¡permanecer aún tanto tiempo esta misma pobre cosa sin fe! Pobre, pobre alma, ¿cuándo tendrá esto fin? Axí yace el nudo de la incertidumbre TERRIBLE. Miro por el lado del pequeño cementerio de los bos­ques, arriba, hacia la bóveda luminosa del cielo -todo es silencio. ¡Pobre, po­bre alma!

La segunda carta es de 1819: Colocada para escribir ante una mesa que se encuentra justo enfrente de la puerta de la capilla, mirando al tabernáculo, el alma le pregunta si no está allí, verdaderamente, un mártir de todos los días. Yo amo y yo vivo, y amo y vivo en un estado de descuartizamiento indescripti­ble. Mi ser y mi existencia son una realidad, es verdad, ya que yo medito, yo oro, yo comulgo, yo dirijo la comunidad, y hago todo esto con regularidad, abandono

y simplicidad de corazón, pero no obstante, no soy yo quien lo hace, es una espe­cie de automatismo, admitido sin duda por el Padre todo compasivo, pero eso procede de una fuente distinta de aquélla de donde viene el móvil de nuestros actos. En la meditación, la oración y la comunión, me encuentro sin alma, con los seres que me rodean, amándolos como los amo, me encuentro sin alma, yo sé que El está presente en el tabernáculo, pero yo no lo veo, yo no le siento; mil amenazas de muerte podrían estar pendientes sobre mi cabeza para constreñir­me a negar su Presencia allí, y yo las sufriría todas antes de negar esa Presencia un solo instante… Y sin embargo, me parece que El no está allí para mí, y ayer, cuando durante unos minutos yo sentía su Presencia, sólo era para hacerme com­prender tanto que el infierno se encontraba bajo mis pies, como cuán terrible sería su juicio.

Sensible o no sensible a su corazón, la presencia de Cristo en la eucaristía no seguía siendo menos, en Isabel, el punto hacia el que su vida estaba eterna­mente polarizada. Su fe la hace ver en María, precisamente, el primer tabernáculo del Verbo encarnado. Ella gusta de saludarla como Madre de Jesús, como llena de gracia. Amamos y honramos a Jesús cuando la amamos y la honramos a ella -escribe en 1817-. María -dice también a sus hijas- es la primera Hija de la Caridad sobre la tierra.

Nutrida desde su infancia de la Santa Escritura, comenta espontáneamente por escrito los textos de San Pablo de los que gusta alimentarse. Cual una cade­na de eslabones bien soldados, todo nos viene de Dios y todo nos lleva de nuevo a Dios.

Eslabón por eslabón, la cadena bendita…

Un SOLO CUERPO en Cristo, El la cabeza, nosotros los miembros. Un SOLO ESPÍRITU difundido por el Espíritu Santo en todos nosotros. Una SOLA ESPERANZA, El en el cielo y para la eternidad.

Una SOLA FE, por su Palabra y su Iglesia.

Un SOLO BAUTISMO y la participación de sus sacramentos.

Un SOLO Dios, nuestro amado Señor, nuestro Padre… y nosotros sus hijos. El solo a través de todo y en todo, ¿quién podrá escapar a ese vínculo de unidad, de paz y de amor?

Oh alma mía, sigue sujeta, eslabón por eslabón a su amor, fuerte cual la muerte, el fuego y el infierno, como lo dice la palabra sagrada.

…Oh nuestro Señor Jesús, cuán grande es el mérito de esa SANGRE que res­cata abundantemente el mundo entero, rescataría un millón de otros y rescataría a los demonios mismos si fueran capaces de penitencia y salvación como yo. Sí, Señor, aun mismo si tus rayos me aplastaran, aun mismo si tu diluvio me englutiera, aún esperaría que, destruyendo mi cuerpo, salvarías mi alma.

Cualquiera que sea la tendencia que intenta arrastrarla a veces todavía hacia un temor demasiado humano, enloquecedor, siempre la confianza acaba por triun­far, en un abandono filial, acto de fe magnífico. Su estado de salud, por otra parte, le vale, desde 1818, el privilegio de poder comulgar cada día, y eso le sirve de alegría profunda. Ella afirma a Antonio Filicchi el 18 de abril de 1820: Trato de hacer de cada una de mis respiraciones una incesante acción de gracias.

Ella repite su dicha de vivir bajo el mismo techo que Cristo presente bajo las especies sacramentales: Al levantarme cada mañana, al acostarme por la noche, ¡tan cerca del tabernáculo!

Hasta el final, ella se complace en repetir a Antonio su gratitud fiel, siempre tan viva, «pues ella le es deudora de su FE BENDITA».

¡Quién, en efecto, hubiera podido pensar, cuando la joven mujer se embar­caba el 2 de octubre de 1803, a bordo de «La Pastora» qué consecuencias im­previstas debía tener para ella aquel viaje a Europa! Los años no han agotado, en su corazón, la admiración que suscita en ella el misterio de los caminos divi­nos -que no son nuestros caminos, como lo dice el profeta Isaías- ni el re­conocimiento para con aquellos que han sido respecto a ella los instrumentos del Señor. Unas semanas antes de su muerte, con una escritura casi ilegible, ex­presará todavía a su amigo de Toscana su gratitud:

¡Si tan sólo pudieras saber lo que ha resultado de aquel sucio vil granito de mostaza que, por la mano de Dios plantaste en América! El número de huérfanos alimentados y vestidos oficialmente y oficiosamente también…

El sucio granito de mostaza -como lo llama Isabel- está llamado en reali­dad, a hacerse aquel árbol del que habla el Evangelio «en cuyas ramas vienen a cobijarse los pájaros del cielo» (Mt 13, 32). Por vasta que sea la tierra de América de Norte a Sur, de Este a Oeste recogerá sus beneficios.

Hablando un día con sus nietos de su tía abuela, a quien no habían conocida, Samuel Seton no dudará afirmarles que la fundadora de las Hermanas de la Ca­ridad de América había sido en su país «una especie de Juan Bautista». En realidad, ella preparó magníficamente, por espacio de dieciséis años, los caminos tanto a la expansión como al desarrollo del catolicismo en los Estados Unidos. Cuando escribía en mayo de 1810, verosímilmente a los Filicchi, la Madre Seton parecía haber tenido, con todo, una especie de presentimiento del papel que estaba llamado a representar su instituto:

Nuestro santo arzobispo -Mons. Carroll- es muy devoto de nuestro esta­blecimiento y eso me consuela en toda dificultad y en todo obstáculo. Todos los miembros del clero de América lo sostienen con sus oraciones y hay mucha esperanza de que sea el germen de un inmenso bien que se va a hacer. Tú debes admirar cómo nuestro Señor ha escogido a una mujer tal como yo para ser su cabeza, pero tú sabes bien que El gusta de manifestar su fuerza en la debilidad y su sabiduría en la ignorancia. ¡Que su santo nombre sea siempre adorado! Es en el humilde, pobre, débil, donde El se complace en multiplicar sus mayores misericordias, a fin de presentarlas como señales para animar a los pobres pe­cadores.

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