Isabel Seton, la biografía: 11 – Últimos días, primera fusión de los corazones

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
Tiempo de lectura estimado:

Aunque el Señor os dé el pan del asedio
y el agua de la opresión,
tu Maestro no se ocultará ya:
con tus ojos verás al que te instruye,
con tus oídos percibirás
una palabra a tu espalda: «Ese es el camino, seguidlo
ya os vayáis a derecha o a izquierda.
Is 30, 20-21

Por desconcertante que sea, en efecto, el encadenamiento de las causas se­gundas que han conducido a los Seton hasta este límite de sufrimiento y de soledad, encerrados como están cual verdaderos prisioneros en las «carceri» de San Leopoldo, viene a ser evidente -contemplando tal secuencia de aconteci­mientos a la luz de la fe- que sus treinta días de reclusión inhumana son para Isabel y Guillermo unos auténticos días de gracia. Es además una especie de reti­ro preparatorio que Dios les ha preparado, tanto al uno como al otro. Para él, será la última preparación para el encuentro definitivo con el Señor. Para ella, el encaminamiento inmediato hacia un descubrimiento cuyo precio no tiene pro­porción con ninguna medida humana. El diario nos revela también las etapas de esta preparación, de este encaminamiento y nos permite entrever las delica­dezas divinas imbricadas, día a día, en las causas segundas más descaminadas.

25 de noviembre -¡Ah, qué bueno es el Señor que fortalece mi pobre alma! -anotó Isabel-. Ella se encuentra tan manca para curar, para aliviar a aquel a quien ama, a aquél por cuya salud ha dejado a sus cuatro hijos más pequeños, su casa, su país… Todo lo que puedo darle es quina, leche y píldoras de opio que él toma con calma, por deber, sin que parezca conservar esperanza. Cuando desfallece en mí la naturaleza, me siento incapaz de mirarle con rostro alegre, escondo mi cabeza sobre la silla, al lado de su lecho, y él cree que rezo. Y rezo, en efecto, pues la oración es todo mi alivio. Sin ella, yo le sería de muy poca utilidad. Noche y día él me llama su vida, su alma, su muy QUERIDA, su todo.

Sobre las puertas están pegados unos cartelitos que indican cuántos días han pasado allí los pensionistas y la tablilla tiene marcado de arriba a abajo: diez, veinte, treinta, cuarenta días… Yo no apunto los nuestros, con la confianza de que están apuntados allá arriba. ¡El sólo sabe mejor lo que nos conviene! Querido, querido Guillermo, puedo sugerirle algunas veces por unos instantes, que le sería dulce morir. El dice siempre: «¡Padre mío y Dios mío, que se haga tu voluntad!… ¿Qué sería de nosotros, si no conociéramos a Dios, si no le amásemos, si no gustáramos sus consuelos, si no pudiésemos asir la esperanza portadora de ale­gría que El ha puesto ante nosotros y si no encontráramos nuestras delicias en el estudio de su Palabra bendita y de su verdad?»

«29 de noviembre… He explicado nuestro TE DEUM a la pequeña Ana, Ella me ha dicho: Hay algo que me inquieta, mamá. Cristo ha dicho que los que quieren reinar con El deben sufrir con El. Si yo muriera ahora ¿a dónde iría?, porque todavía no he sufrido».

Falta de óptica todavía, sin duda, que subrayar de paso, pues es el amor con que se acepta el sufrimiento, en conformidad con la voluntad divina, el que es rico en mérito, y no en modo alguno el sufrimiento que, tomado en sí mismo, sigue siendo un mal. La niña, arrastrada por la estela maternal de cuya generosi­dad participa de día en día así como de sus desviaciones, afectada, además, en su sensibilidad por el estado de salud de su padre y la atmósfera deprimente del lazareto, sueña en soportar pacientemente una enfermedad a fin de poder inten­tar -dice ella- agradar al Señor.

Con una observación exacta -esta vez- su madre pone las cosas en su punto: -Pero, Ana mía, tú le agradas todos los días, cuando me ayudas en mis dificultades.

-¿Es verdad, mamá? ¡Gracias, Dios mío! ¡Gracias, Dios mío! -grita alegre­mente la chiquilla.

En torno al fuego que atiza el viejo Luis han tomado asiento los tres: el pa­dre, la madre, la hija. Para los tres quiere Isabel un ambiente de alegría, y hoy es en el profeta Isaías donde ella busca el mensaje de esperanza de que tienen tanta necesidad.

«Se alegrará el desierto y el páramo,
exultará y florecerá la estepa,
dará flor como el narciso,
desbordará de gozo y alegría…
La gloria del Líbano le es dada,
la belleza del Carmelo y del Sarón;
se verá la gloria del Señor,
la belleza de nuestro Dios.
Fortaleced las manos fatigadas,
afirmad las rodillas vacilantes,
decid a los corazones turbados:
¡Animo, no temáis!
¡Mirad, es nuestro Dios
que viene a salvaros…! …
Los rescatados del Señor volverán,
llegarán con clamores de júbilo,
dicha eterna transfigurará su rostro, alegría y júbilo
les acompañarán, dolor y llanto se acabarán» (Is 35).

Ya pueden las olas desencadenadas batir con gran ruido bajo la ventana mal ajustada, ya puede el viento ulular y bramar en torno:

«Más que la voz de las aguas caudalosas
más potente que el mar en oleaje
es potente el Señor en las alturas»
(Sal 93, 4)
y su paz invade al enfermo mismo.

-Papá -suplica ahora la pequeña Ana-, papá, ¡léenos el último capítulo del Apocalipsis!

Con una voz emocionada, vibrante, cuyas inflexiones conmueven el corazón de Betty, Guillermo relee, a su vez, las palabras de Juan, el discípulo bienamado, evocando la Jerusalén celeste, el lugar del reposo, de la luz, de la paz eterna.

Entonces el Angel me mostró el río de la Vida, límpido como el cristal, que manaba del trono de Dios y del Cordero… El trono de Dios y del Cordero se alzará en la ciudad y sus servidores le prestarán servicio, le verán cara a cara y llevarán su nombre en la frente. No habrá ya noche. Pasarán sin lámpara o sol para alumbrarse, porque el Señor irradiará sobre ellos su luz y reinarán por los siglos de los siglos.

…El Espíritu y la esposa dicen: «¡Ven!». Diga el que escucha: «¡Ven!».

Quien tenga sed, que se acerque;
quien la desee, coja de balde el agua viva
(Ap 22).

Cosa admirable, Guillermo es ahora capaz de gustar tal mensaje. No queda, sin embargo, tan lejos el tiempo en que las discretas insinuaciones de Isabel ha­cían nacer en sus labios una sonrisa escéptica, suscitando incluso, a veces, par su parte, una reflexión burlona y desengañada. El, sin duda, está lejos de moverse en el dominio sobrenatural con la soltura de aquélla que, desde el primer día de su unión, había querido verle marchar hacia Dios con el ardor, con la alegría que ella tenía. El no atreve aún a entregarse sin reticencias a Aquél que, aun­que de manera desconcertante, pero absolutamente segura, no cesa de perseguirle. El sabe, sin embargo, ahora, que la Fe es su único recurso.

En todos los momentos de la vida, ¿a quién tenemos que podamos recurrir, si no es nuestro Redentor? Pero, cuando el alma está a punto de dejar este mun­do, es preciso que ella se agarre a El con una fuerza todavía mayor. Si no, ¿a dónde asirse? Querido Guillermo -prosigue el diario de Isabel- no te vuelves hacia tu Dios bajo el golpe del terror. Tú te has esforzado en servirle mucho antes que llegara esta prueba. ¿Por qué, pues, no mirarle como al Padre que conoce las intenciones, las disposiciones diversas de sus hijos, y acogerá con bondad -graciously, dice el texto, en expresión difícilmente traducible- a los que van a El por el camino que El mismo ha fijado para ellos. Tú dices que tu única esperanza es Cristo. Y ¿de qué otra esperanza tenemos necesidad?

Con el extrema despojamiento a donde Dios le ha conducido, Guillermo hace un retorno lúcido sobre su vida pasada y es para reconocer, finalmente, que la misericordia del Señor le ha perseguido incansablemente. Confidencias íntimas y luminosas de las que Betty consigna con amor cada una de las palabras. Dice que las primeras resonancias de las llamadas evangélicas que había per­cibido le llegaron por nuestro querido Hobart, cuando en uno de sus sermones insistía él sobre aquella pregunta: ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si llega a perder su alma? De vuelta a casa se hizo las siguientes refle­xiones: «Yo trabajo y trabajo, y ¿para qué? Lo que gano me conduce día tras día a la destrucción de mi ser, cuerpo y alma. ¡Yo vivo sin Dios en el mundo, y moriré como un miserable!».

El Sr. F. D., con quien jamás había tenido relaciones de negocios, le ofre­ció asociarse con él en una empresa que había montado. El negocio prosperó más allá de lo que habían esperado. El Sr. F. D. le dijo en el momento de comenzar­la: «Voy a decirle una cosa: estoy desde hace mucho tiempo en los negocios; habiendo empezado muy pobremente, he podido construir una casa, luego otra. De modo general, siempre he tenido éxito en lo que he emprendido, y atribuyo todos esos éxitos al hecho de que, sea que se trate de grandes o de pequeñas cosas, pido siempre la bendición de Dios sobre ellas, y ¡hago gran caso de esa bendición para el resultado de mis empresas!». Guillermo me dice: «Quedé heri­do de vergüenza y de tristeza (oyendo aquello), pues, personalmente, me había comportado como un pagano, de cara a Dios».

Tales son los dos hechos que considera -dice él- como dos avisos gracias a los cuales salió de su indiferencia, y no puede hablar de ello sin que se le llenen los ojos de lágrimas. ¡Oh, las promesas que hace, si le place a Dios dejar­le la vida!

Así pues, la ruina, el luto, la enfermedad y, ahora, la insoportable reclusión del lazareto, todo ello no era sino el camino de amor por el que Dios guiaba paso a paso al marido de Isabel, como un padre a su hijo, a fin de que por el despojamiento radical de toda alegría humana, de toda esperanza humana, des­cubriera, por fin, otra alegría, otra esperanza. ¿Era pagar demasiado caro tal gracia? Isabel piensa que no. Su corazón de carne, aunque dolorosamente destro­zado, está lejos de quedar insensible. Pero su fe, viviente, le permite remontarse de un aletazo por encima del abismo del dolor y de angustia donde zozobra su dicha humana, como las dos pequeñas gaviotas blancas que contempla volar aquel jueves, 1 de diciembre. Ellas emprenden su vuelo hacia el oeste, hacia Mi HOGAR, hacia mis amores. Pero no, no es esa su ruta: está arriba, es el cielo hacia donde toman su impulso, el cielo hacia donde yo misma intentaba hacer volar mi alma. El ángel de la Paz la encontró allí, de él recibió ella la unción de amor y de fuerza, que hace cesar toda imaginación vana, que la conduce derechamente a su Salvador y a su Dios. ¡TE DEVM LAUDAMUS!

¡Notable coincidencia! Es aquel 1 de diciembre de 1803, en la pieza húmeda y desnuda, junto a su marido moribundo, cuando Isabel, contemplando de nuevo en espíritu los años de su adolescencia y las misericordias con que Dios la ha prevenido siempre, vuelve a trazar en una página donde la espontaneidad de los recuerdos y la frescura de la descripción van parejas con la delicadeza del aná­lisis psicológico más matizado, la maravilla del descubrimiento que le fue dado hacer a los 15 años.

Un día, durante el año 1789, mientras mi padre estaba en Inglaterra, bella mañana de mayo, con el corazón ligero y lleno de alegría salté a un carro que iba al bosque… Había allí un castaño, espesa hierba verde y la sombra del árbol y el calor del sol… Yo estaba allí con el corazón inocente, tanto cuanto un co­razón de niña pudo serlo jamás, llenándome de amor por Dios y de admiración por sus obras. Me vino al pensamiento que mi padre que se hallaba tan lejos de mí en aquel momento no podía tener cuidado de mí, pero que Dios era mi Padre, mi todo. Me puse a cantar himnos, bien alto en los bosques. Reía, habla­ba conmigo misma, admirando la bondad de Aquél que me levantaba tan por encima de mí misma, que me hacía superar toda tristeza. Me senté para sabo­rear aquella paz del cielo. Estoy persuadida de que una hora de alegría de esa clase hace avanzar diez años en la vida espiritual.

Ahora, en esta obscura y fría jornada de invierno, tan lejos de su país, tan desprovista de todo, le parece –confiesa ella- experimentar de nuevo la emo­ción que hacía vibrar en aquel entonces todo su ser, aquel día soleado de prima vera, cuando todo en ella, como en torno a ella, a pesar de la ausencia momen­tánea de su padre, sólo era alegría y armonía.

Por qué tal evocación en tal momento, sino precisamente porque, una vez más, le place al Señor visitarla y susurrarle como a los apóstoles en lucha con la tempestad y la tormenta: «¡Soy yo, no temáis!» (Mt 14, 27). También ahora. en el lazareto de Liorna, la invade la misma paz y la misma certidumbre.

¡Me sentí con un corazón tan apaciguado, tan pleno de amor por Dios, con tal confianza, con tal esperanza en El! -anotó ella para Rebeca-. Día vendrá en que las tempestades de esta vida hayan pasado y quede por siempre la alegría de una primavera sin nubes. Además, tú lo ves, como sabes ya que es verdad, cuando se tiene a Dios por compañía, no hay ya prisión cercada de muros altor, defendida con cerrojos. Nada de tristezas tampoco en el alma que está en Su presencia, aunque se vea acosada de preocupaciones por hoy, de inquietudes por mañana. Jamás podré estar lo bastante agradecida por tal libertad de espíritu.

Isabel está íntimamente convencida de ello: ahí reside su única fuerza. Pero es una fuerza que está muy por encima de las pobres fuerzas suyas. Y es de esa fuerza divina donde saca ella el coraje incesante, no solamente para hacerse junto a Guillermo su veladora atenta y preveniente, sino para elevarle día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto, por encima de su sufrimiento y ansiedad hasta los horizontes eternos que la fe que ha vuelto a encontrar le permite, al fin, presentir.

A menudo, cuando me oye recitar los salmos en los que resplandece el triunfo de Dios, cuando me oye leer los versículos donde san Pablo proclama con toda su alma su fe en Cristo, esas palabras vienen a ser hasta tal punto vivientes y pacificadoras para su propia alma que las hace suyas a su vez, y todas nuestras penas se cambian, entonces, en alegría. ¡Oh, que pueda amar yo de veras a mi Dios! ¡Que todas las potencias de mi alma se esfuercen por contentarle! Nada, de no ser una voz angélica, será jamás capaz de expresar lo que El ha hecho, lo que El hace constantemente por mí. ¡Mientras tenga vida, mientras tenga ser, dejadme cantar, en el tiempo y en la eternidad, las alabanzas de mi Dios!

Elevarse hacia Dios, permanecer en su presencia ¿no es, por otra parte, para la joven mujer, volver a encontrar a los que ella ama y de los que está material­mente separada por tan grande distancia? Ahí está también uno de los pensa­mientos que le son más queridos y sobre el cual vuelve el diario más veces.

Una cosa está en mi poder -escribe ella el 2 de diciembre-, aunque la comunión con aquellos a los que quiere mi alma no deja de estar fuera de mi alcance en otro sentido ¿qué es, en efecto, lo que me puede privar de esa comunión? ¡Podemos volver a encontrarnos en espíritu! A las cinco de la tarde aquí, es mediodía allí. A las cinco, pues, de rodillas en un rincón, puedo pasar, tranquila, el tiempo que ellos pasan, personalmente, junto al altar. Y si en las circunstancias presentes no podemos recibir la copa de la salvación en una tierra extranjera, podemos, no obstante, participar en ella con nuestra intención, y la bendición de Cristo nos será dada. Así que la copa de acción de gracias suplirá, en cierta medida al menos, a aquella copa cuya realidad hace el objeto de mi más caro deseo. Y, acordándose de las palabras del Apóstol, añade: ¿qué puede, pues, separarnos del amor de Aquél que permanecerá igualmente en nosotros por amor?

Querida, querida Rebeca -prosigue ella dos días más tarde- cuántas veces mantuvimos el fuego, por la noche, como lo hago ahora, yo sola. Yo sola, repite, luego, como recobrándose: Mi Biblia, los comentarios, el libro de Tomás de Kempis -que sería pues, la «Imitación de Jesucristo»- he ahí mi alegría tangible y continua… En cuanto a lo invisible, ¡oh, la compañía es numerosa!

Parece, efectivamente, según sus confidencias, que Dios se complace en sos­tenerla con unas consolaciones sensibles que, actualmente, le son grandemente necesarias. La devoción que ha tenido siempre hacia los ángeles viene a serle en su soledad una gran confortación. Ella es consciente de su presencia, de su ayuda eficaz. Ella conversa con ellos como habla con sus amigos de la tierra y eso le es una fuente de dicha sensible. Sin embargo -y es lo que ella subraya muy exactamente- esas alegrías íntimas no le son dadas sino cuando todo está calmado en ella, y después que ha pasado -dice ella- una o dos horas con el rey David o el profeta Isaías, o que se ha sentido animada por la lectura de los comentarios de la Biblia. Y concluye: Pienso que esas horas he de estimarlas, en el más allá, como las más preciosas de mi vida.

Entonces, la gratitud hinche de nuevo su corazón: le es preciso expresarse con exclamaciones ardientes que no le es posible contener. ¡Oh, Dios mío y Padre mío! ¡Es El quien, por la voz consoladora de su Palabra, fortalece el alma en la esperanza, para librarla incluso durante las horas en que las preocupacio­nes la quebrantan, fortificándola y asegurándola por la continua experiencia de su bondad plena de misericordia, dándole en El una nueva vida, en el momento mismo en que ella está consumida de sufrimiento y de penas, nutriéndola, guiándola y bendiciéndola a través de cada una de las etapas de su peregrinación te­rrestre; conduciéndola de tal suerte que su Voluntad sea su guía hacia la dicha temporal y la gloria eterna! ¿Cómo podrán, desde este momento, la fidelidad más incansable, la sumisión más gozosa, la resignación más humilde expresar jamás suficientemente mi amor, mi alegría, mi acción de gracias, mi alabanza?

A quien se asombrase de tal expresión de alegría espiritual en medio de tal acumulación de despojamiento, de sufrimiento, de ansiedad, se le podría respon­der con estas líneas de san Juan de la Cruz:

«… Nuestro Señor nos dice en san Mateo: «Mi yugo es suave y mi carga liviana», la cruz es la cruz; porque si el hombre se decide a someterse a llevar esa cruz -que es determinarse de veras a querer encontrar y llevar trabajo en todas las cosas por Dios- en todas ellas hallará grande alivio y suavidad, para andar ese camino así, desnudo de todo, sin querer nada».

Asimismo el Señor, que conoce nuestra debilidad, sabe proporcionar, al co­mienzo de la áspera subida, las dulzuras de una consolación divina, bien necesaria entonces a nuestra fragilidad.

«Es pues de saber que el alma, después que determinadamente se convierte a servir a Dios, ordinariamente la va Dios criando en espíritu y regalando, al modo que la amorosa madre hace al niño tierno, al cual al calor de sus pechos le alimenta, y con leche sabrosa y manjar blanda y dulce le cría, y en sus brazos le trae y le regala».

Así parece actuar el Señor respecto a Isabel. Una experiencia íntima le per­mite ser consciente de su presencia divina y paternal en las horas más obscuras de su estancia en el lazareto. Pues ella está sola con la pequeña Ana, junto a Guillermo, aquel día terrible del 5 de diciembre, cuando parece que ha llegado la última hora de su marido. El Dr. Tutilli ha sido formal en su veredicto. De no ser una nueva expectoración, el enfermo no tiene más que para unas horas.

El Capitano se aterroriza: ¿Va a quedarse sola la Signora Seton, puede que­dar ella sola, en tales condiciones? Pero ella, comenta así el terror del Capitán: ¿Qué tenía que temer? ¿QUÉ HABÍA QUE TEMER?… ¡Veamos! ¿Estaba yo sola? ¡Oh Padre querido, lleno de bondad!, ¿podría estar yo sola si me agarro bien fuerte a Ti por una oración y una acción de gracias continuas? Oración por Guillermo. Y luego, alegría, maravilla y consuelos de sentirme desde ahora cierta de esto: ¡lo que había esperado yo con tanta ternura parecía pues, a la hora de la prueba, sobrepasar lo que yo podía concebir! ¡Oh, que me oiga El, mi Dios, que me oiga en medio mismo de las más grandes pruebas, El a quien debo esta fuerza y esta confianza que parecerían, en efecto, si se considerase todo el contexto humano, estar muy por encima de lo que un ser humano tiene dere­cho a aguardar e incluso a esperar! Pero ¿quién puede describir las consolaciones divinas?

El Rvdo. Hall, capellán protestante de la fábrica inglesa de Liorna ha sido autorizado para penetrar en la pieza del lazareto donde reposa Guillermo des­pués de la crisis que ha estado a punto de llevársele. Visita muy corta. Seguirán otras, promete el pastor. Imposible ocultar a la pequeña Ana sea lo que fuere de la enfermedad de su padre. Si Guillermo muere allí, ella estará presente en su agonía. Pero la frescura y la transparencia de su alma de niña le permiten entrar como a pie llano en las realidades sobrenaturales. La muerte, para ella, es tan simple, al fin: es una puerta que se abre al paraíso, a la Jerusalén celestial cuya descripción dada por san Juan en el Apocalipsis conoce ella casi de memoria.

Ana es un tesoro -anota su madre, con fecha del 12 de diciembre-. Ayer, leía ella el relato del encarcelamiento de Juan el Bautista.

Sí, papá -explica ella-, Herodes le metió en prisión, pero la Srta. Hero­días le dio la libertad.

-No, mi querida, ella le hizo cortar la cabeza.

¡Y bien! sí, papá, ella le hizo salir de la prisión y ¡le envió a casa de Dios! «Hija de mi corazón» -añade Isabel.

Guillermo, que no ha sucumbido a la crisis del 5 de diciembre, sigue, pues, buenamente su camino… Cinco días más y se acabó nuestra cuarentena -dice el diario del 13 de diciembre-. Un apartamento nos aguarda en Pisa, a las orillas del Arno. ¡Y yo que tenía poco ha la cabeza llena de poéticas visiones res­pecto a ese famoso río! Pero ya no hay lugar desde ahora para visiones de ese género. No, ahora no veo más que una sola cosa: Nadie vio jamás a mi Guillermo sin concederle el título de hombre amable. Pero viéndole elevado ahora hasta llegar a ser un cristiano pacífico, humilde, que se abandona a la voluntad de Dios con una paciencia que parece más que humana, con una fe tan firme que haría honor a la piedad más digna de ese nombre, hay en ello una dicha que se concede solamente a la pobre madrecita de familia privada de toda otra dicha, en las circunstancias actuales.

Ni los sufrimientos, ni la debilidad, ni la angustia -¡y de esto jamás estuvo libre un instante!- son capaces de impedirle seguir cada día con la oración, con los Salmos, y generalmente con largos ratos de lectura de la Escritura Santa. Si va un poquito mejor, su atención se hace más viva. Si va menos bien, su deseo llega a ser más ansioso de no perder un instante. Y, aparte de aquel día que creí­mos ser el último suyo, jamás ha dejado una sola jornada de marchar por ese camino, desde que estos muros de piedra se cerraron sobre nosotros, el 19 de noviembre.

El llega hasta repetir muy a menudo que ESTE PERÍODO de su vida -sea que viva sea que muera- lo considerará siempre como un período bendito, el único tiempo que no ha sido perdido para él.

La serenidad de Guillermo tan exigente poco ha, tan amigo de sus gustos, atrae la admiración de Betty. ¡Ni una queja! ¡Ni una murmuración! Una ex­clamación, a veces, y una mirada a lo alto, es todo. El mal, sin embargo, sigue su curso con una rapidez fulminante. Los accesos de tos desgarran el pecho del enfermo hasta el punto de que tiene dificultad en recobrar su respiración. Pro­longados escalofríos le sacuden y le dejan extenuado. A menudo, me habla de sus seres queridos, pero más aún de la reunión en una familia que será la del cielo.

Así pues, Dios concedía a Isabel aquella unión de su alma con la de Gui­llermo que ella había reclamado con ansias tan ardientes. Ante tal gracia, el sacrificio mismo con que el Señor se la hace pagar se encuentra reducido a un segun­do plano. Una alegría más profunda que la prueba que la asedia la hace cantar incluso junto al lecho de agonía de aquél a quien ella quiere con amor extremo, pero para quien su amor, justamente, ha deseado siempre, ha esperado siempre la dicha de la vida eterna, sin la que toda otra dicha no puede contar.

Cuando doy gracias a Dios por haberme creado, por haberme protegido, lo hago con un ardor de sentimiento que jamás había conocido aún hasta este día. Me abandono a El sólo en lo concerniente a Guillermo, en cuanto al alma y en cuanto al cuerpo; consolar y endulzar sus horas de prueba, de sufrimiento y ago­tamiento, lo que, junto a Dios, he llegado a hacer sola; hacerle oír las notas gozosas de la esperanza y del triunfa cristianos que él escucha por el hecho del amor especial que siente por mí, con más satisfacción si soy yo quien las repito, porque él me atribuye su mayor parte; oírle declarar, mientras pronuncia el nom­bre de su Redentor, que soy yo la primera que le ha hecho conocer la dulzura de ese nombre… ¡Oh, aún cuando estuviera en el calabozo de este lazareto, bendeciría todavía a mi Dios, le alabaría todavía por estos días de retiro y de separación del mundo, que han permitido nos hayan sido dados el tiempo y la posibilidad para que se acabase una obra hasta tal punto bendital

Hay un hecho: cuanto más se abate el agotamiento sobre el cuerpo del en­fermo, tanto más parece encontrar su alma la paz, la serenidad, la confianza. El jueves 15 de diciembre, Isabel anota también en su diario: Guillermo, se siente -dice él- como una persona que hubiese sido guiada hasta la luz después de largos años de obscuridad. La Escritura Santa era para él, entonces, le ley de Dios, y, de hecho, la santa ley, pero él no percibía en qué medida le concernía, personalmente; él no sabía por experiencia que ella era la fue.tte de la VIDA eterna.

¡Qué dicha hubiese sido, para el hogar, si Guillermo hubiera hecho tal des­cubrimiento al comienzo de su vida conyugal! Pero que lo haya hecho al menos antes de comparecer ante su Redentor ¿no es una de esas misericordias infinitas que quiere celebrar por siempre el Salmista: «Por siempre yo cantaré las mise­ricordias del Señor»? (Sal 88, 1).

En un sitio encantador de la ciudad de Pisa, cerca de las riberas del Arno, aguarda a los Seton el apartamento confortable, casi lujoso, que los Felicchi han hecho preparar. Hace un mes ellos se hubiesen trasladado allá con alegría. ¡Pero ahora! ¿Estaría aún Guillermo en situación de soportar el corto viaje que les es preciso emprender para trasladarse de Liorna a Pisa? Seis leguas que recorrer en coche, en uno de esos coches de la época que, aunque con buena suspensión tal vez, no dejaban de rodar sobre ruedas con llantas de madera y tenían que acomodarse a carreteras a menudo pedregosas.

El lunes 17 de diciembre, Isabel está en pie desde el alba, reuniendo toda su energía, confiándose de nuevo a la Providencia divina para toda eventua­lidad. No es ya cuestión hoy, para dejar el lazareto, de volver a tomar el mar como habían sido obligados a hacerlo los Seton por medida de prudencia, para ganar San Leopoldo, el mes precedente. Se abre por el lado del arrabal de la ciudad la puerta forrada de hierro que les deja pasar, libres al fin. Bien abriga­do, Guillermo se deja transportar, sentado sobre las manos entrecruzadas de dos hombres que le levantan sin dificultad, mientras Isabel, regulando su paso por el de ellos, sostiene la cabeza del enfermo. Un tropel de curiosos, expansivos y locuaces, observa en el exterior el miserable cortejo. «¡Oh pobrecito! ¡pobrecito!». Cosa extraña, frente a aquel hombre tan enfermo, incapaz de franquear solo tan pequeña distancia, ninguna ha tenido ya miedo de un posible contagio. El mes pasado, cuando la tisis tenía en él un estado menos peligroso, Guillermo Seton era considerado como un apestado o como un leproso. Hoy, el temor se ha desvanecido. ¿No había pasado la cuarentena? ¡La cuarentena! Especie de pa­labra mágica que tranquilizaba los espíritus sin alejar el peligro. Guillermo Seton no murió ciertamente de la fiebre amarilla. Pero ¿quién sabrá, no obstante, ja­más cómo había penetrado, sin saberlo nadie, la terrible enfermedad en la ciudad de Liorna que creía asegurada su protección en los espesos muros de su laza­reto? Un hecho histórico es cierto: en 1804, el puerto toscano había de ser asolado por una violenta epidemia de fiebre amarilla.

Sin embargo, los viajeros han tomado asiento con Guy Carleton en -el coche de los Filicchi. Bien recostado en los cojines, Guillermo respira con más facilidad. Una sonrisa dichosa distiende su rostro enjuto de pómulos demasiado encendidos. ¡Hele ahí, pues, salido del lazareto! ¡Hele en su maravilloso país de Toscana! El aire es suave, a pesar de la estación. Isabel se asombra y se regocija. La ruta es bella y serpentea por la campiña con valles de tonos suaves donde se funden el amarillo tenue de una tierra mullida y fértil, el gris claro y el ocre dorado de las viviendas, donde los oscuros cipreses se yerguen, gráciles y rectos, hacia el cielo azul. Cuanto más se aproximan a Pisa, más se anima la mirada de Guiller­mo y traduce el placer que experimenta. ¡He ahí los viejos palacios de piedra de puertas labradas, el bautisterio, la catedral y la célebre torre inclinada!

El coche se interna por las calles estrechas, enlodadas también, y se para ante una casa de aspecto agradable, muy cerca del río. Ahí está la mansión de los Seton ¡Padre mío y Dios mío! -murmura Isabel- ¡Padre mío y Dios mío! Una capilla se alza a unas pasos de allí, pequeña joya de arquitectura, construida en el transcurso de los siglos XVI y XVII por los habitantes de Pisa, para que estuviera en ella la urna de una preciosa reliquia, una espina de la corona incrustada, en otro tiempo, en la cabeza del Redentor por los soldados romanos. Igualmente Luis IX, con una idéntica intención, había hecho construir en París la Sainte­Chapelle. Pero Sancta María della Spina es también para los marineros toscanos lo que para los marineros franceses un lugar de peregrinación adonde les gusta acudir a confiar a la Señora sus viajes y sus pescas, adonde llevan sus exvotos, expresión de su agradecimiento por la protección concedida en 1a hora del peligro.

Sin duda columbró Isabel el edificio de mármol blanco, que había de levan­tarse además por encima del lecho del Arno al final del siglo XIX. Ella no tiene tiempo para detener en él su mirada. Es necesario instalar a Guillermo, a Ana María. Es preciso asegurarse de que han sido traídos todos los equipajes que permanecían en The Shepherdess, hace exactamente un mes. ¡Tantas cosas que no había creído necesario llevar allá, habían hecho falta en el lazareto! Aquí, no obstante, ¿qué podía faltar materialmente hablando? Comodidad refinada, casi lujosa, disposición artística de los muebles, de las colgaduras, de las chucherías inútiles y encantadoras… ¡Qué contraste con aquella habitación, que había sido la de los Seton durante las últimas semanas! Guillermo posa dichoso su mirada sobre cada uno de los objetos. Encuentra allí el ambiente de la casa adinerada, a gran tren de vida, cual fue la de su juventud, y está lejos de quedar insensible a ello. Guy Carleton habla de Liorna, hay tantas cosas que enseñar a Guillermo. Pero quiere, a su vez, que se le ponga al corriente de todo lo que ha pasado en Nueva York, desde los cinco años que hace que no ha vuelto por allí. Se ha­bla de los hermanos y de las hermanas de Ana María que han quedado allí: Bill, Ricksy, Catalina y Rebeca… Son unos niños encantadores, despiertos, que son la alegría de sus padres. Solamente la nena última les preocupa a causa de su salud delicada. ¡Con cuánta impaciencia esperan el correo de Estados Unidos que les traerá noticias de la niña, enferma justamente en el momento de su partida!

La señora Tot, propietaria del apartamento, se revela como una mujer en­cantadora en los pequeños cuidados para con aquellos que pueden creerse sus huéspedes. Relajamiento de esta primera noche. Suavidad. Sosiego. ¿No habría sido pues el terrible mes del lazareto una de esas pesadillas nocturnas que disipa la luz del día naciente? La tarde de aquel lunes 19 de diciembre había sido buena. ¡Guillermo se acostó, esa noche, tan feliz! Pero apenas estaba Isabel a punto de acostarse también, cuando una llamada angustiosa la hace saltar junta al lecho de su marido. La engañosa euforia de la jornada pasada no era más que un recuerdo. La realidad, implacable, se impone brutalmente al espíritu de la joven mujer. Comienza la última crisis, la que le anunció el Dr. Tutilli. Gui­llermo no tiene más que unos días de vida, unas horas, tal vez.

Y sin embargo, después de una noche de duermevela, el enfermo pretende dar, aquel miércoles, un paseo en coche. ¡Imprudencia ceder a tal capricho!, asegura el médico. ¡Imprudencia más temible aún oponerse al deseo de un hombre como Guillermo! ¿Qué hacer? Contentarle al menos… Se le baja, se le instala. Los caballos marchan a medio trote. No han pasado cinco minutos sin que haya que volver bridas, regresar a casa, hacer acostar al enfermo agotado.

El jueves se siente mejor. Oscilaciones normales de los últimos días de un tuberculoso. E1 viernes, quiere pasearse otra vez. Marchan en coche con la Sra. de Tot. Nada de vuelta precipitada. El aire fresco y suave ¿devolvería verdaderamente un poco de vida a aquel hombre de 35 años, cuyo ser físico entera lucha contra la muerte con una tenaz energía? Cruel ilusión. El sábado, no pue­de dejar el lecho ni un solo instante. El sufrimiento le consume, pero permanece lúcido. «Puede -dice él en el decurso de la noche- durar hasta mañana». Habla de sus seres queridos… Se pone a dar gracias a Dios que le ha dado tiempo de reflexionar, que le ha dado encontrar tan grandes consuelos tanto en la lectura de los Libros Santos como en la oración. Isabel le hace tomar un poco de láuda­no, en pequeñísima dosis, para permitirle reposar. El se adormece. La noche avanza. Es la noche de Navidad. Cuando se despierta, cerca de media noche, se inquieta de ver a Isabel, en vela, a su lado. ¿Por qué no está ella acostada y dor­mida?… No, no, mi amor, pues las reflexiones más dulces me mantienen des­pierta. El día de Navidad ha comenzado. El día del nacimiento aquí abajo de nues­tro querido Redentor es el día -tú lo sabes bien- que abrió para nosotros la puerta de la vida eterna.

Sí, él lo sabe. ¡Oh, cuánto desearía ahora, antes de irse hacia esa otra vida, recibir el «sacramento». ¿El «sacramento»? Es necesario -dice Isabel- hacer todo lo que está en nuestro poder. Ella toma un vaso, vierte un poco de vino en él, recita con fe unos pasajes de los salmos y las oraciones que había señalado en su libro «a la espera de un instante tan feliz». En sus manos, eleva la copa de acción de gracias, presentándola en seguida a las manos temblorosas de Guiller­mo. Pues bien -anotó ella, siempre con destino a Rebeca- hemos tomado la copa de acción de gracias, desechando lejos de nosotros las tristezas, volviendo nuestras miradas hacia las alegrías de la eternidad. En ese mismo momento, triun­fa su alegría, porque ella siente que esa alegría, sobrenatural, ha llegado a ser para Guillermo la gran realidad. No parece, por otra parte, que haya sido esta la única ocasión en que se haya creído autorizada para «preparar la copa del Se­ñor». Unas breves líneas de los Dear Remembrances parecen rememorar un recuerdo idéntico:

pobre insensata, nada de sacramento el domingo – – –

con el mayor respeto, de rodillas detrás de la puerta de la biblioteca, he bebido la pequeña copa de vino, y lágrimas para expresar lo que desearía tanto – – – Estas pocas palabras, demasiado lacónicas, en verdad, se sitúan sin ninguna explicación, sin ninguna transición siquiera, en medio de la evocación de los últimos preparativos realizados en Nueva York antes de la salida para Liorna. Cuando el capitán O’Brien viene, en el decurso de la jornada de Navidad, a hacer una corta visita a su pasajero del mes precedente, Guillermo le pide con toda claridad que tenga a bien conducir a su mujer junto a los suyos, cuando The Shepherdess haga vela hacia América. Se la confía, ya que él… Tal presencia de espíritu, semejante requerimiento dirigido ante ella al Capitán del buque, des­concierta a Isabel más allá de toda medida.

Incapaz de tomar ni un bocado, ella permanece en adelante junto a su lecho, toda la noche, todo el día siguiente, toda la noche otra vez. Ahora Guillermo no sólo acepta la muerte sino que la desea. Las palabras se agolpan a veces. en sus labios: ¿Qué desea yo? Deseo estar en el cielo. ¡Ruega, ruega por mi alma! En otros momentos, dentro de una semiinconsciencia, se deja llevar por las diva­gaciones de una imaginación de la que ya no es dueño. Ha comprado –dice ­en Londres un billete de lotería a nombre de Betty. ¡Y es ella, sí, ella, Betty, la que ha ganado el premio gordo! El puede ya partir tranquilo: todas sus deudas están canceladas, todas… Llama gimiendo: ¡Querida mujer mía! ¡Hijitos míos! Afirma su certeza de ser recibido pronto por su Redentor. En su delirio, cree ver a la última de sus hijas, la pequeña Bec, que le espera y que, sonriente, le tiende los brazos. Desea que Ana María parta también con él al paraíso.

La madre ha tenido que alejar a la hija de la habitación del agonizante. Ella permanece sola junto al moribundo. Ora. Vela. La noche del 26 al 27 transcu­rre con una lentitud desesperante. Por un instante, la joven mujer, agotada de velar y de angustia, se adormece con la cabeza apoyada sobre la silla junto a la que está arrodillada. Y es para ver, en sueños, un ángel de pequeña estatura que le presenta una hoja de papel blanco en la que él ha escrito el nombre de Jesús. Ella se despierta, se recobra, luego se duerme otra vez. En sus reminiscencias del Apocalipsis, sin duda, cree sentir junto a sí los aleteos de un águila negra cuya sombra se extiende en torno. Y en cuanto despierta evoca el versículo sosegante del salmo 22: «Aún cuando pasara por un barranco de oscuridad y muerte, yo nada temería, pues el Señor está conmigo… «.

¡Cristo Jesús mío, ten piedad de mí! ¡Y acógeme! ¡Cristo Jesús mío…! La oración del moribundo acaba en un murmullo apenas perceptible. Isabel aún en­cuentra fuerza para repetir: Tú sabes bien, amor mío, que vas hacia tu Redentor. Una señal de cabeza, una mirada hacia el cielo, es la última respuesta de Guiller­mo. El alba se eleva, indecisa. El alba de un día de invierno. A las siete y cuar­to, Guillermo rendía su alma a Dios. ¡Trueque bendito, tan ardientemente desea­do!, que le daba pasar de este mundo al otro. Su alma fue liberada -anota tam­bién Isabel después de haber consignado el fin de su marido, con sus menores detalles- y la mía lo fue al mismo tiempo de una agonía vecina a la muerte.

Ella toma entonces a la pequeña Ana entre sus brazos, y ambas se arrodillan. ¿No era menester «dar gracias al Padre celestial por haber librado al que ellas querían de su miserable estado, y por la gozosa seguridad que se les da de que, por nuestro bendito Redentor, él ha entrada en la Vida»?

Sólo entonces, Isabel abre la puerta del apartamento y anuncia al personal aterrado que todo ha concluido. Una ola de pánico se desploma sobre la casa. ¡El contagio! Dos mujeres consienten, a pesar de todo, en ayudar a Isabel para rendir a su marido los últimos servicios, los últimos deberes.

Sentía -confesará ella- que yo había hecho verdaderamente todo, todo lo que el más tierno amor y el deber podían hacer…

Desde hace una semana, no se ha acostado. Apenas ha tomado un poco de alimento los últimos días. Pero todavía no es para ella el momento de reposar. Ni el de la soledad deseada.

La inhumación de los difuntos se efectuaba entonces, en Toscana, a las vein­ticuatro horas, a lo más, del óbito. Precaución una vez más, precaución siempre contra un contagio posible… No obstante, si el cuerpo del señor Seton pudiera ser trasladado, antes de anochecer, hasta el depósito contiguo al cementerio pro­testante de Liorna, las autoridades civiles considerarían como respetadas las con­signas administrativas. El entierro del extranjero podría tener lugar al día siguien­te por la mañana, de forma conveniente. A todo ese programa, Isabel da su con­sentimiento. ¡Oh qué día! ¡Cerrarle los ojos! ¡Hacerle su último aseo! Luego ro­dar en coche; estar obligada a ver una docena de personas en mi habitación, hasta la noche.

Los americanos y los ingleses que habitan en Liorna han querido rodear a la joven viuda en el Templa protestante y luego en el cementerio donde tienen lu­gar las exequias al final de la mañana. El señor Tomás Hall asegura el servicio, según el rito de la confesión episcopaliana. Entonces caen las paletadas de tierra de los sepultureros con un ruido sordo sobre el ataúd de madera donde reposan los restos mortales de Guillermo Magee Seton, ciudadano americano, fallecido el 27 de diciembre de 1903, en la ciudad de Pisa, a la edad de 35 años.

En todo esto -subrayará también Isabel- no es necesario insistir en la mi­sericordia de mi querido Señor, en la experiencia reconfortante de su presencia. Pues lo que he pasado, ninguna fuerza humana sería capaz de .soportarlo. A1 límite de sus fuerzas, con el corazón oprimido, ella no cesa de repetir: Dios mía, Tú eres mi Dios. Yo estoy sola en el mundo contigo y mis pequeños; pero Tú eres mi Padre y doblemente el suyo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.