Isabel Seton, la biografía: 07 – Tenía necesidad de amar hasta el infinito…

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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En mi juventud antes de mis viajes
buscaba abiertamente la sabiduría en la oración.
A la puerta del santuario la apreciaba,
y hasta mi último día la proseguiré.
Como un racimo que madura en su flor,
mi corazón ponía su alegría en ella.

La nueva mansión donde Guillermo e Isabel acababan de instalarse con sus cuatro hijos, a los que se juntaban también Rebeca y Cecilia Seton, se encontra­ba en el barrio de The Battery «situado, como explica St. John de Créve Coeur, al extremo accidental de la isla sobre la que se levanta Nueva York. Esa forti­ficación, que es enormemente extensa, sirve de paseo público y ofrece al espec­tador un panorama maravilloso».

Es evidente que la bancarrota de que han sido víctimas, no ha reducido a los Seton a la pobreza, como ellos se habían temido por un momento. La digna actitud de Guillermo, las sólidas amistades que su padre se había ganado, el comportamiento de Betty, debieron merecerles, en este crítico período, una eficaz ayuda financiera. Tal vez el abuelo Curson, de Baltimore, y muy cerca de ellos, el Dr. Bayley, vinieron discretamente en su apoyo. Es posible también que, una vez hecha la liquidación de los negocios, una vez efectuado el desmembramiento de la sociedad «Seton, Maitland y Cía», Guillermo aceptara las ofertas que le habían sido hechas unos meses antes por amigos seguros.

Sea de esto lo que fuere, lo cierto es que, en el mes de mayo de 1801, la familia Seton está instalada en una casa de tres pisos, de un confort muy real. Betty ha hecho descubrir pronto las ventajas abiertamente apreciables que com­porta: vista sobre la ría, los muelles, el puerto. Desde las ventanas de la facha­da la mirada puede pasarse, más allá de la bahía, sobre la inmensidad del mar.

El jardín público ofrece, a dos pasos, su césped, sus árboles, sus macizos de flores, sus alamedas y sus rotondas donde los niños podrán entretenerse con corazón alegre respirando a pleno pulmón el aire vigorizante ampliamente. Ellos encontrarán allí también, -¡oh qué dicha!-, un puesto de helados, mientras que será un solaz para sus padres seguir, sin salir de su lado, los conciertos de violín y de canto coral que se dan en el parque regularmente. El piano de Betty, además le ha seguido a su nueva morada, una prueba más de que la ruina mate­rial ha sido bastante limitada.

A decir verdad, lo que ha entrañado para Guillermo y los suyos el desastre financiero, ha sido una ruptura sin apelación con toda una parte de la sociedad mundana de Nueva York. Ha sido forzoso para los Seton reducir su tren de vida, sin duda, pero más aún aceptar la pérdida de todas las prerrogativas reservadas a las familias que persistían, a pesar de las tendencias democráticas del joven estado, considerándose como la aristocracia omnipotente de la ciudad. El revés de fortuna que habían enjugado les proscribía en adelante de aquella porción de la sociedad neoyorquina.

De semejante desgracia, y desde el primer instante, Betty había sacado alegre­mente su partido. Creo que la mayor dicha en esta vida, es estar libre de las preocupaciones y de los compromisos de eso que se llama mundo. El mundo, para mí es MI FAMILIA, y voy a ganar en cambio tener ahora la posibilidad de ocuparme en paz de lo que representan mis tesoros. Seton, personalmente, no podrá nunca ser más esclavo de lo que ha sido… En cuanto al porvenir que per­manecía, sin embargo, cargado de incertidumbre, mientras el padre de familia no encontrase una nueva situación para permitirle extinguir sus deudas y hacer vivir a los suyos, Isabel lo había remitido sin condiciones a Aquél que jamás había defraudado su esperanza.

Cuando organiza su nuevo hogar de State Street, no tiene los veintiséis años cumplidos. Los duros momentos que han seguido para ella al feliz desarrollo de los primeros años de su matrimonio, la han madurado prematuramente. A fin de «hacer frente» en unas circunstancias que han abatido a más de una mujer, para sostener el ánimo de su marido, tomando sobre ella la mayor parte de las preocupaciones familiares, sin olvidar además la educación de sus hijos, ni la de los hermanos y hermanas de Guillermo, ha desplegado una energía poco común, reveladora de una fuerza real de la que ha sido imposible que en su entorno no se tomara conciencia. Guillermo mismo se complace en decir que él puede apoyarse en ella, como se apoya uno en el tronco vigoroso de una encina.

Ella no ha conservado menos, con toda su vitalidad, la jovialidad de un tem­peramento espontáneo y el ardor apasionado de una joven americana, nacida en los días entusiastas de la declaración de Independencia. En los momentos más sombríos, sus cartas están esmaltadas de rasgos de humor que descubren la son­risa espontánea, como palabras vibrantes de una emoción apenas contenida. El sufrimiento no puede ni paralizar ni agotar una naturaleza apasionada como la suya: la enriquece más bien, obligándola a dar toda su medida. Porque hay en Isabel una necesidad de absoluto, una sed de infinito, que ningún obstáculo hu­mano podría contener. Naturalmente hubiera hecho suya, sin duda, aquella frase de Teresa de Lisieux: «Tenía necesidad de amar hasta el infinito». No hay más que hojear sus notas personales a su correspondencia para convencerse de ello. Admirar a medias, amar a medias, darse a medias, no le es posible.

Si deseos y pensamientos bastaran, sin la ayuda de la pluma, para redactar una carta, habrías recibido de mí varios millares al menos, estas seis últimas semanas, declara a Julia Scott. Hasta formando parte de la hora romántica que impera entonces, tanto en el Nuevo Mundo como en el Antiguo, sería revelador anotar las expresiones por las que Betty quiere de alguna manera explicitar la absoluto de su afecto, de su amor: Eres, querida, de un precio inestimable para el corazón de tu Isabel, afirmará en otra ocasión a la misma amiga.

La misma delicadeza ante Isa Sadler: Me parece que es mi suerte ser tu ami­ga en la tierra, confesará en el momento en que Isa acaba de perder a su marido de manera brutal e inesperada.

Pero, es preciso subrayar que, por fuertes que sean en ella las protestas de amistad, jamás serán inferiores a las pruebas tangibles por las que Betty es capaz de testimoniar tal amistad.

Esa misma pasión del don de sí se encuentra en un grado eminente dentro de su amor conyugal. Aun a veces, las palabras empleadas respecto a ese amor tienen algo de excesivo, cuando, bajo- el golpe de tal o tal acontecimiento, la joven mujer deja estallar al exterior la intensidad de sus sentimientos íntimos. Hablando de su marido, cuya salud la inquieta, escribe que él es su TODO, y su pluma, espontáneamente, ha subrayado ese TODO. Con el mismo ardor afirma: El 20 de abril, es el cumpleaños de aquel de quien recibo TODO. Me parece, dirá además, que la vida de mi Guillermo y mi vida no hacen más que una. A Rebeca no ha dudado en afirmarle que si Guillermo sucumbiera por siempre a la fiebre amarilla, de seguro que ella no le sobreviviría. Gusta de lla­marle con un pleonasmo emocionante: ¡Mi Guillermo mío! y cuando se trata de él, su pluma, explicará ella, corre rápida sobre el papel, porque es dulce cantar el bien de aquellos a quienes amamos.

Y por afecto a aquel a quien ama, no retrocede ante ninguna tarea, ninguna fatiga, aunque tuviera que dejar allí su salud. Su vida conyugal está tejida de delicadezas incesantes, donde el sacrificio y el amor se entreveran hasta tal punta, que llega a ser algo natural para Guillermo ver siempre a su esposa «ceder por afecto a él».

Tan intenso, aunque en otro plano, el afecto apasionadamente filial que Isabel ha profesado siempre a su padre, que nada, jamás, ha podido quebrantar, que el amor conyugal y el amor maternal han sabido dejar intacto. Es una mujer joven, dichosa en su hogar, es una madre cuyo corazón desborda de amor con sus dos hijos mayores, que deja escapar ese grito espontáneo, eco del verso de Racine, reproduciendo su mismo son de sencillez verdadera: ¡Y a mi querido papá, no le he visto todavía hoy! Más chocante la confesión que hace a su propio pa­dre, en una nota apresuradamente escrita en la primavera de 1801: En verdad, me veo a veces obligada a alejar de mi espíritu el pensamiento que tengo de ti, como se hace con el del cielo, cuando un deseo excesivo de poseerlo llega a ser una rémora en nuestra marcha hacia El.

Esta referencia espontánea a las realidades espirituales, en estas líneas donde se expresa la fuerza de un afecto puramente humano, es significativo. Lo es tan­to más, cuanto que jamás ha podido Betty dialogar con su padre, cuando se trata de verdades divinas y de la búsqueda de Dios que ella prosigue solitaria, desde su tierna infancia.

Ahora bien, ella pone en esta búsqueda el mismo fervor apasionado, con que abre ella todo afecto, toda amistad, todo amor humanos. Y sin duda es en el contacto de tal ardor cómo Rebeca ha tomado conciencia tanto de su gracia personal, como de las exigencias que requiere la búsqueda auténtica de Dios. Ahora, Isabel y Rebeca vibran de consuelo escuchando la palabra cálida, con­vencida, entrañable del Rvdo. Hobart, que acaba de ser nombrado vicario del Rvdo. Moore en la iglesia de La Trinidad. Desde su nombramiento el joven pas­tor de veinticinco años ha electrizado a la parroquia. Sin embargo, no es su pres­tancia lo que atrae las miradas. Pequeño de estatura, usando gruesos lentes, no tiene encantos exteriores, y con todo, ejerce, desde las primeras semanas en su ministerio, una atracción manifiesta sobre la juventud femenina. Se repite con envidia que ha logrado un buen matrimonio, tomando por esposa a la hija del Rvdo. Chandler, detalle que impresiona necesariamente a Isabel ya que en pre­sencia del Rvdo. Chandler se habían casado sus padres en 1769.

Enrique Hobart no es solamente un marido digno en todos los aspectos de ser citado como modelo a los fieles de la parroquia. Casado, no cesa sin embargo, de rodear de cuidados y de afecto devoto a su anciana madre enferma a la que ha tomado a su cargo. El se atrae, haciendo esto, la elogiosa admiración de todas las madres de familia de Nueva York. Se dice también que es un hermano ideal, un amigo incomparable. Destaca incontestablemente, por sus dotes naturales, so­bre los demás ministros de La Trinidad. Intelectual, cultivado, que sabe ocupar su puesto, tanto en un salón como en el púlpito de la iglesia, es recibido gusto­samente en el hogar de los Seton. Llega a ser rápidamente un familiar. Es, para Guillermo, un amigo de valor, en el plano únicamente humano.

Para Betty y para Rebeca, el Rvdo. Hobart es, sin duda, también ese hom­bre encantador con quien es un verdadero placer proseguir una conversación, pero más aún el ministro de la Palabra divina. Por este título, él toma a los ojos de ellas un valor único, que, sin esfumar las cualidades humanas, las tras­ciende. Por nada en el mundo, Betty y Rebeca faltarían ahora a la predicación del domingo, asegurada normalmente por el Rvdo. Hobart en la iglesia de La Tri­nidad. Si una u otra se ven obligadas ocasionalmente a abstenerse de ella, no es sin sentir profundamente el sacrificio. Prueba, esta nota escrita por Isabel a su cuñada cierto sábado de 1801: Me encuentro agitada. Guillermo dice tantas cosas respecto a mi intención de ir mañana a los oficios… Dice que no podemos ir en coche, que eso es una locura, que las calles están casi intransitables, etc. Yo creo, también, que vale más que vaya yo tranquilamente con él, y, si el tiempo no nos trae una verdadera tormenta, que me acerque a verte en seguida. No es necesario que te veas privada de eso, si yo debo serlo…

Es evidente que para una y otra, es una alegría oír hablar de Dios con la convicción que aporta a su sermón dominical el nuevo vicario. El entusiasmo ardiente y juvenil de ellas, no deja de recordar, en cierto aspecto, el de Teresa Martín y de su hermana Celina, comentando, en el Belvédére de los Buissonets, en Lisieux, las conferencias del abate Arminjon sobre «el fin del mundo presen­te, y los misterios de la vida futura». Por primera vez, al parecer, las dos jóvenes episcopalianas, escuchan a un obispo de su religión hablar de experiencias de vida espiritual que ya son las suyas. Y, no obstante, ellas estaban habituadas, la una y la otra hacía largos años a la asistencia al culto dominical, asegurado en cada una de las parroquias protestantes de Nueva York. Desde hace mucho tiempo, ambas están familiarizadas con la lectura de la Biblia. Se puede pensar, con todo, que ciertas verdades sobrenaturales, jamás les habían sido expuestas.

La iglesia episcopaliana, esa iglesia autónoma de los Estados Unidos, nacida en América, al mismo tiempo que la independencia política, había salido del an­glicanismo y, en consecuencia, dependía estrechamente del calvinismo. Pues bien, una de las notas de la religión reformada es esencialmente el subjetivismo, ya que la negación de los dogmas garantizados por el magisterio de la Iglesia Católica, abre la puerta a toda interpretación personal de la revelación. «En el interior de la iglesia de Inglaterra, escribe el padre Congar, o. p., existen ten­dencias opuestas, sin que pueda ser de otra manera. Allí son posibles el sí y el no, allí cohabitan sobre los mismos sujetos, en unos puntos que, como la divini­dad, o el nacimiento virginal, o la resurrección de Cristo, interesan evidentemen­te a la substancia de la fe»

Es en medio de tales fluctuaciones en la enseñanza religiosa donde, desde siempre, sedienta de verdad divina, Isabel busca el camino recto, el que puede conducirle a Dios de manera rápida y certera. ¿Cómo asombrarse, entonces, de que ese deseo la haya arrastrado a veces, por la fuerza misma de su vehemencia, hacia senderos torcidos, y que haya sido deslumbrada por la luz fugitiva del re­flejo de verdad con que se ilumina a menudo, aunque sea en medio de errores in­contestables, tal sistema filosófico, tal doctrina religiosa?

Cuando Isa Sadler vuelve a Francia, al comienzo del año 1799, ofrece a su amiga las obras completas de Juan Jacobo Rousseau. Estas obras conocían en­tonces en Francia, una popularidad extraordinaria. Para las jóvenes americanas, imbuidas de libertad y de independencia, las ideas de Rousseau, en su novedad misma y en su paradoja, no dejaban de tener atractivo. El autor, por otra parte, era un calvinista, cuya religiosidad fundada lo más a menudo sobre la emoción y el sentimiento, no repugnaba en absoluto al espíritu ecléctico de la iglesia episcopaliana. Isa y Betty, eran capaces, además, de gustar las cualidades lite­rarias de una lengua que ambas poseían perfectamente hasta en sus menores detalles.

Había más, todavía: aquella comunión con la naturaleza, que había sido siem­pre para Betty, un trampolín desde donde su espíritu se elevaba naturalmente hacia las cosas divinas, es una de las dominantes de las páginas más bellas de los «Ensueños de un deambulante solitario». ¿No es precisamente en esa comu­nión con la naturaleza donde Rausseau pretende encontrar justamente, «el con­suelo, la esperanza y la paz»? Sin duda, sus teorías están lejos de ser ortodoxas. Ello no impide que un reflejo de la verdad llegue a veces a iluminar furtivamen­te alguno de sus textos: cree en Dios, cree en la Providencia y la proclama, alta­mente, afirmando que para volver a ser bueno, «es necesario encontrar a Dios en sí». Religiosidad, sin embargo, más bien que religión, donde la experiencia sub­jetiva o la emoción personal reemplazan la adhesión que supondrá siempre la experiencia mística verdadera. Pero una manera de considerar las cosas sobre este plano, como la de Rousseau, no tenía nada que pudiera de hecho chocar con una conciencia protestante. ¡Muy al contrario!

Así, Betty, devorando literalmente los volúmenes traídos de Francia, se figura por un momento que ha encontrado, al fin, el guía que esperaba, que deseaba. Hasta que no llega a las ideas expresadas en el «Emilio», sobre la educación, no despierta en ella un eco profundo. Seguramente, la negación práctica del pecado original y las secuelas dejadas por él en todos los hijos de Adán, es el error ca­pital, que no puede sino viciar las conclusiones del «Emilio». Resta que no to­do es falso, que no todo es condenado en la obra pedagógica de un hombre que quiere oponer a la doma formalista, una educación basada, ante todo, en la confianza.

Frente al temperamento difícil de la pequeña Ana María, de quien Betty confiesa, con toda franqueza, que tenía de su madre un carácter de los más in­domables, María Post, la tía de la niña, que había compartido durante un verano la residencia de los. Seton, se mostraba partidaria de las represiones violentasa, del azote, en particular. Isabel había tenido siempre sobre esta cuestión otras maneras de ver. ¿No encontraba en la obra pedagógica del calvinista francés, aquí y allí, ideas que concordaban con las suyas?

No se puede silenciar, en toda caso, el verdadero encandilamiento que se apodera de la joven mujer, respecto a las obras de Rousseau: llega a ser para ella «el querido J. J. «.

Tu J. J., confiesa a la Sra. Sadler, ha revelado unas ideas que desde hace mu­cho tiempo anidaban en mí. Verdaderamente, es al autor al que acudiré siempre en los momentos de tristeza, porque, leyéndolo, me olvido de mí misma y cada uno de sus pensamientos me deja la impresión más consoladora. Espero que ambas saboreemos a menudo su compañía. E insiste: no pasa media hora sin que vaya a buscar los tres volúmenes del Emilio. Les he leído con placer… Pero lo que la hace vibrar más profundamente, ella misma lo subraya, son las ideas religiosas que cree descubrir allí. A esta lectura encantadora, ella consa­gra entonces dos horas, de día y de noche, semejante en esto también a Teresa de Ávila, que, de jovencita, se dejaba embriagar por las novelas de caballería en donde las hazañas magníficas y extraordinarias que descubría hacían latir su co­razón, ávido de otra grandeza. Así, Isabel Seton, a los 24, 25 años cree encon­trar en las obras del filósofo francés una respuesta a su búsqueda de intimidad divina. Pero la ardiente castellana aprenderá poco a poco que la vocación de todo bautizado constituye una llamada a una gloria que transciende toda gloria y toda grandeza humanas. Y la vibrante americana comprenderá algún día que la paz de Dios, fruto de una unión auténtica con El, en la fe, «sobrepasa a toda inteligencia, está por encima de todo sentimiento» (Fil 4, 7), porque «el ojo no ha visto, ni ha percibido el oído, ni ha llegado al corazón del hombre todo lo que Dios ha preparado para aquellos que le aman» (Corintios 2, 9). Durante el verano de 1799, Isabel permanece, sin embargo, literalmente bajo el encanto de los escritos de Rousseau. Mi Guillermo persiste en su resolución de partir para Baltimore, escribe a Isa. Yo no puedo estar abandonada, completamente sola y si el querido J. J. y tú permanecéis junto a mí, me deberé hacer un reproche que todavía jamás he tenido ocasión de dirigirme: el de estar contenta en la ausencia de Guillermo.

No nos parece, con todo, que tal pasión por Juan Jacobo Rousseau haya sido otra cosa que una llamarada efímera, un atractivo pasajero en el que la sensibilidad ha tomado mucha más parte, que el corazón, en el sentido pasca­liano de la palabra. Por mínimo que sea, el centelleo de la verdad que, de aquí o de allá, ilumina una obra sujeta por otra parte a precauciones, ha fascinado a la joven mujer por un breve momento, pero aquel encandilamiento, no la ha enfilado necesariamente por un sendero de perdición. Hay historiadores que han querido ver en esta lectura apasionada de las obras de Rousseau, una falta mayor de la juventud de Isabel. En sus últimos años, ella misma, es verdad, juzgó con severidad el incidente, influenciada sin duda por el rigor de los sacerdotes fran­ceses de la época, demasiado inclinados a ver en la obra de los filósofos del siglo XVIII, el fermento más importante de la Revolución, a la vez antirreligiosa y antimonárquica que les había desterrado de su país.

He experimentado, confiesa la madre Seton, el fatal influjo de las obras de Rousseau y hubo un tiempo en que ellas representaban para mí la devoción del domingo. Ofuscada como estaba por el brillo de su elocuencia seductora, cuántas noches pasé de falso .solaz, cuántos días de placer engañador, dentro del encanto falaz que allí encontraba.

Es cierto, con toda justicia, que Rousseau no podía dar a las aspiraciones íntimas de Isabel una respuesta válida. Ella hubo de darse cuenta sin tardar, puesto que no trata más de él en sus notas o en correspondencia de los años posteriores.

Más profunda y más durable había de ser la influencia del Rvdo. Hobart. ¿Cuál era exactamente la parte de verdades reveladas que comportaban las pre­dicaciones dominicales del joven vicario de la Trinidad? Es difícil incluso hacer se una idea de ello. i. Tenía él una facilidad de locución superior a la de los otros ministros de la parroquia, a incluso de la ciudad, que permitía coger el hilo de su pensamiento? O bien, una vida espiritual personal, profunda, apoyada en es­tudios filosóficos, le permitía presentar con mayor objetividad las verdades que llamamos nosotros dogmas de fe? Si la convicción que él aporta a su enseñanza religiosa no debe al parecer ser cuestionada, queda, sin embargo, que él no ha recibido la gracia sacerdotal. Ministro de la Palabra él no es, no lo puede ser, en el sentido que nosotros lo entendemos, ministro de los sacramentos.

Para Isabel no hay sacramento de Penitencia. No ha habido para ella, de hecho, sacramento de Matrimonio. Los adeptos de la Iglesia Episcopaliana, si­guiendo en esto la «Institución» de Calvino han reducido a dos los siete sacra­mentos reconocidos por la Iglesia Católica. No admiten, por su parte, más que el Bautismo y la Cena. Incluso es preciso señalar que si la palabra «sacramento» subsiste, ella encierra una realidad completamente diferente de la que nosotros le damos. Para nosotros los sacramentos son medios, canales, por los que la gracia de Cristo se nos comunica verdaderamente v realmente. Para los calvinistas, no son sino «signos, concomitancia sensible, testimonios de que Dios opera en be­neficio nuestro tal o tal acción relativa a nuestra salvación: revestirnos de Jesu­cristo, dársenos en alimento. Son pues, menos que «medios» de la operación sal­vadora, un acompañamiento sensible, una representación de lo que opera, un complemento, y una confirmación de nuestra fe».

Tal es, pues, para Isabel y Rebeca el «sacramento» de la Cena, el que ellas llaman simplemente «sacramento». Nada de presencia real en la iglesia a donde ellas acuden cada domingo con verdadera avidez. Pero se les ha enseñado, y el Rvdo. Hobart, según parece, a juzgar por el comportamiento de sus parroquianas, es de los que lo enseña con más convicción -«que ellas encontrarán con ocasión de la celebración exterior del «sacramento», una presencia en ellas puramente espiritual y para la fe»-. Se podría decir, concluye respecto a este tema el Padre Congar, que «según el calvinismo no hay presencia real de Cristo en la Eucaristía, sino que la hay en el comulgante». De esta comunión espiritual, Betty y Rebeca están literalmente hambrientas. Les sucede, una vez terminado el culto, quedarse las últimas en el templo para obtener del sacristán que les dé lo que resta del pan y del vino a fin de consumirlo y renovar así en ellas, esa comunión espiritual. O bien, corren incluso de una a otra iglesia, durante la jornada del domingo, a fin de recibir «el sacramento» tantas veces como les es posible. Y cuando, por la tarde del domingo, ven volverse a cerrar la puerta de todos los templos para toda la semana, les parece a ambas que un gran vacío helado las penetra: «¡Ya nada más, hasta el domingo próximo!».

Por eso, tres años más tarde, cuando Isabel se encuentra en Italia, no podrá privarse de señalar intencionadamente a Rebeca el asombro mezclado de envidia que le hace experimentar la visita a las iglesias católicas de Liorna y de Florencia, allí donde, como dicen los católicos, Dios está presente en su santo Sacramento… Piensa, confesará además, en lo que debe ser para ellos ese consuelo: ¡ellos van a misa cada mañana!

Y, desde el año 1801, es tan grande el amor al «sacramento», el respeto al «sacramento» tal como se le propone su Iglesia, que Isabel ha tomado, de acuer­da con Rebeca, la resolución de no aceptar ninguna ocasión de distracción profana los domingos que han podido participar en él. A esta resolución, sin embargo, Rebeca se mostró una vez infiel. Severamente, aunque con gran cariño, Betty le dirige estas palabras: Lo que ha sucedido será, así lo espero, para mi queridísima hermana una lección de la que se acordará toda su vida. Una lec­ción que le enseñará a no violar jamás esa regla estricta: no dejar la casa, bajo ningún pretexto, el domingo del «sacramento»; y decir rotundamente a quien pudiera hacer una pregunta a este respecto, que hay en ello una regla para ti. Eso nunca podrá ser o parecer una falta de cortesía.

La influencia del Rev. Hobart parece marcar igualmente a las dos cuñadas en el sentido del don de sí mismas auténtico, de una disponibilidad permanente frente a todo servicio que les sea demandado. Juntas, efectúan el aprendizaje de la verdadera compasión. Les parecería indispensable, hasta monstruoso, no com­partir con los desheredados de toda clase lo que poseen ellas mismas, así en el plano espiritual como en el material. Dos frases pegadas sin transición, en los Dear Remembrances, son características: «Sociedad de las Viudas», que podría­mos traducir en lenguaje moderno: Asociación en favor de las viudas económi­camente débiles… sorpresa ante el contraste continuo de todos los beneficios que había recibido y las miserias que veía, y no obstante, dispuesta siempre a abandonar (mi riqueza personal)…

Y ¿qué decir de aquella misiva dirigida desde Staten Island, durante el vera­no de 1801, mientras la fiebre amarilla diezma los contingentes de emigrantes que arriban incesantemente al puerto de Nueva York?

¡Rebeca! ¡No puedo dormir! Estoy obsesionada con el pensamiento de los moribundos y de los muertos, de todos los niñitos que expiran en los brazos de sus madres cuyo pecho no tiene una gota de leche para amamantarlos. ¡No es imaginación! Es la realidad de lo que me rodea. Mi padre dice que, jamás hasta ahora, se había visto esto. Dice que hay actualmente doce bebés que van a morir de hambre, ya que solo se pueden alimentar de la leche materna y sus madres no pueden dársela ya, a consecuencia de la miseria de ellas, que han estado enfermas largo tiempo, en el barco, sin alimento, sin aire, sin ropa de repuesto. ¡Oh Padre misericordioso, con qué gusto les daría a cada uno un turno de la toma de Kit si se me permitiera actuar a mi guisa! Pero, Rebeca, ellos tienen en el cielo un «Provisor» que endulzará los dolores que sufren los inocentes. Mi padre deja la casa desde muy temprano por la mañana, para ir a llevar a las víctimas todos los alivios posibles… Mi ventana está abierta y cualquiera que sea el lugar a donde va mi mirada allí veo luces… Se levantan tiendas en el patio de la casa de convalecencia. Ha sido necesario levantar otra, una grande, para alargar el espacio del depósito de cadáveres…

Betty sabe que su cuñada es capaz de compadecerse con ella, a la vista de tan dolorosa hecatombe. Parece que en aquella época resuenan efectivamente en el corazón de ambas las palabras del Apóstol: Caritas Christi urget nos: La caridad de Cristo nos apremia (2 Cor 5, 14).

Ni formalismo, ni paternalismo en la diligencia que ellas ponen por descu­brir en la ciudad las verdaderas miserias, físicas o morales, y en tratar de ali­viarlas. Una caridad auténtica, eficaz, las arrastra hasta tal punto que su comportamiento acaba por atraer la atención sobre sus personas. ¡No se ven ellas otorgar por algunos de sus amigos el título absolutamente insólito de Hermanas de la Caridad Protestantes! A decir verdad, el sentido profundo del vocablo se les escapa a los que se lo aplican porque la noción misma de vida religiosa as extraña para la Iglesia Episcopaliana. Tal vez los americanos hayan oído hablar de la madre María de la Encarnación, la Ursulina de Tours venida de Francia al Canadá, de eso hacía ya un siglo y medio, para educar e instruir a los niños de los indígenas como a los de los colonos franceses. Sin duda, el nombre de Margarita Bourgeoys, que fundó en la misma época la Congregación de Nuestra Señora, en Montreal, no era desconocida en Estados Unidos. Pero desde que se ne­gó a juntarse a las colonias inglesas que luchaban por la independencia, el Canadá, quedó separado de los Estados Unidos por una frontera moral más severa y más inatacable que toda frontera política. Y, si es verdad que la constitución de la nueva república «ha garantizado, en principio, la libertad religiosa y el libre ejer­cicio del culto» para todas las confesiones sin distinción, no es menos evidente que los ciudadanos americanos pretenden mantenerse aparte de toda influencia extranjera, comprendido en ello, el plano religioso. El anglicanismo y el «papis­mo» malamente asociado en su espíritu suscitan en ellos en esta época un mismo temor, una misma repulsión. ¡Aquí, había señalado Hector St. John de Créve Coeur, aquí no hay familias aristocráticas, cortes, reyes, ni obispos, ningún poder oculto que da una potencia real a algunos!La única «religiosa» que han cono­cido entonces, en Nueva York, era una estatua de cera que iban a ver al museo de Greenwich Street, como una de las curiosidades más raras. Es fácil imaginar en tales condiciones, la extrañeza del título de Hermanas de la Caridad Protestantes que se habían atraído Isabel y Rebeca.

Hay una cosa no menos digna de notarse: mientras Rebeca defendía habitual­mente la intimidad espiritual que la unía a Betty como un bien personal y se­creto, Betty siente, por el contrario, la necesidad de ensanchar el círculo de tal amistad. Hasta le falta a este respecto cierta discreción. Su deseo de com­partir con otros los bienes espirituales que ella consideraba, con justo título, como esenciales, se mezcla, a veces, a una impaciencia intempestiva de la que adolecen a menudo los neófitos.

Sus anticipaciones junto a Julia Scott serán bastante imprudentes y corre­rán riesgo por un momento de producir una herida en una amistad tan profunda, sin embargo. Más flexible se muestra en este dominio Catalina Dupleix. Ha vuelto de Irlanda deprimida físicamente, acabada moralmente. Entre ella y su mari­do, el rudo capitán de barco, hay una excesiva incompatibilidad para que se pueda esperar que una vida conyugal feliz se desarrolle jamás en el hogar. Betty piensa que tan dolorosos despojos pueden ser para su amiga una especie de lla­mada hacia Dios. La invita a compartir con ella y Rebeca la alegría sobrenatural que han descubierto, como el tesoro escondido del Evangelio. Rebeca, de pri­meras, protesta contra lo que parece ser la violación de una intimidad excepcio­nal. Delicadamente Betty la tranquiliza: Tú puedes, amor mío, compartir con Dué la amistad que me das como con cualquier otra a quien un mismo lazo une con Aquél que es nuestro Amigo común y nuestro Guardián, Hazlo gustosamente, querida mía, sin tener ese temor que sentimos cuando se trata de compartir los afectos anudados solamente por la tierra.

Semejante razonamiento basta para convencer a Rebeca. Entre las tres ami­gas, una misma vivencia de las cosas divinas, un mismo deseo de disponibilidad, trenzan día tras día un vínculo de una solidez única. De buenas a primeras, Isabel ha tomado, en cierto modo, la dirección de la pequeña comunidad. Cata­lina y Rebeca le dan su confianza, dichosas de encontrar en ella un apoyo se­guro, un corazón abierto a sus propias necesidades, comprensivo y bueno. Es fácil imaginar los coloquios espirituales que reúnen a las tres, en la primavera de 1801, en la casa de Staten Street. A veces la puerta del salón se entreabre y asoma una cara infantil: es Ana María, Bill, o Ricksv. Su madre no se cuida de despedirlos. Silenciosamente, ellos escuchan un momento. Los niños entran más fácilmente de lo que se cree en el dominio espiritual. Puede caer en su co­razón una semilla que germinará sin ruido, y mucho tiempo después dará su fruto.

Bill, sólo tiene entonces cinco años. Y he ahí que una mañana, despertán­dose en su camita, grita de repente, deformando un poco las palabras, en su lenguaje infantil: «¡Querido Enrique Hobart, quisiera que hicierais un sermón para mí!». Su madre se estremeció. Aquellas palabras, confiesa ella me hicieron lanzar un largo suspiro, un profundo suspiro…, ¡si fuese un presagio! Que su Guillermín habría de ser un día ministro de la Palabra de Dios. ¡Qué magnífica esperanza! Sí, si Dios quisiera… ¿Y es que Dios no puede darnos mucho más todavía de lo que nosotros esperamos? Guillermo Seton no será ministro de la Iglesia Episcopaliana. Pero uno de sus hijos, Roberto, que nacerá en 1839, el 28 de agosto, como su abuela, será ordenado sacerdote de la Iglesia Católica y llegará a ser rector de San José, en Jersey City. El será también el primero de los sacerdotes americanos en ser elevado a la prelatura romana.

Que Dios es efectivamente capaz de llenarnos más allá de nuestros deseos, Isabel lo presiente desde aquel período de su vida, en que tan a menudo todavía buscaba a tientas «la verdadera luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo», (Jn 1, 9). Prueba, la meditación que escribía, el año aquel, igno­rando a la vez tanto las nuevas pruebas que pronto iban a triturarla como el chorro de gracias que vendría a colmarla.

¿No beberemos el cáliz que nuestra Padre nos ha dado? Salvador bendito, por la amargura de tus sufrimientos, podemos valorar la fuerza de tu amor. Es­tamos seguros de tu bondad y de tu misericordia. no quieres llamarnos deliberadamente a sufrir. Tú nos has prometido que, si somos fieles, todas las cosas concurrirán para nuestro bien. Así pues si Tú lo hay ordenado de esta suerte, bienvenidos sean para nosotras desengañas y pobreza; bienvenidas enfermedades y sufrimientos; ¡bienvenidas, incluso, humillaciones, desprecios y calumnias! Si hay aquí un sendero áspero y lleno de abrojos es aquél en el que Tú te compro­metiste el primero. Allí donde vemos la huella de tus pasos, nosotros no podemos lamentarnos. Durante este tiempo, Tú nos sostendrás con los consuelos de tu gracia; adonde seamos reducidos, Tú puedes compensarnos de cualquier sufri­miento temporal, con la posesión de aquella paz que el mundo no puede dar ni arrebatar.

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