Isabel Seton, la biografía: 06 – Los veleros, no volverán más

Francisco Javier Fernández ChentoIsabel Ana Bayley SetonLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Marie-Dominique Poinsenet · Año publicación original: 1977.
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Pasmaos, habitantes de la costa,
mercaderes de Sión,
cuyos mandatarios recorrían la mar,
por
las aguas inmensas.
Is 23, 2

En enero de 1799, Isabel Sadler, volvió de Europa a América. Este retorno debería ser, para Betty, una razón de alegría. En realidad la mujer piensa, con tristeza, que en adelante no le será más fácil ver a su amiga, que cuando estaba en Europa. Y la razón que la privará de estos encuentros, largo tiempo deseados, es precisamente una de las que hubieran debido favorecerlos y sellar para siem­pre la amistad de las dos jóvenes mujeres. Emma Bayley, la primera de las hijas nacidas del segundo matrimonio del doctor, es novia de Guillermo Craig, cuya familia está emparentada con los Sadler. Una situación, como la del hogar de su padre, prohíbe a Betty, desde hace años, todo paso que podría ponerla en la presencia de su madrasta. Y es evidente que, si el salón de los Sadler se abre a la familia Craig, Emma y su madre, lo frecuentarán asiduamente. En tales con­diciones, es Isabel quien deberá retirarse discretamente, sabiendo demasiado bien que, actuando de otra manera, irá en contra de la voluntad formal del señor Bayley. Mi padre -dice confidencialmente, no sin tristeza- persiste en su re­solución de que yo no acepte una reconciliación con la señora B.

La desunión del doctor y su esposa, consumada desde entonces y públicamen­te conocida, no deja de crear de un golpe a la joven prometida un embrollo de dificultades sobre el que Betty emite un juicio lúcido y doloroso: Mi pobre Emma está en una situación imposible y su matrimonio, pienso yo, no tendrá lugar tan pronto como ella lo desearía.

Por otra parte, dos de los hermanos de Emma, manifiestan señales inequívo­cas de inestabilidad, dando a su padre serias inquietudes. Mi padre tiene nuevas causas de abatimiento que me hacen temblar -escribe Isabel, en marzo de 1799-. Lo que ella no escribe, lo que ella no puede escribir, pero que desgarra su corazón filialmente apasionado, es cuál sea en concreta la reacción de aquél, a quien ella admira, con justo título, en tantos otros puntos, frente a la situación en que se encuentra ahora el hogar que él ha fundado. Cuán desilusionada y casi inhumana aquella reflexión lanzada por él espontáneamente sobre el papel: «Sta­ten Island? Sí, es más que posible… » Lo que equivale a decir, vida en la esta­ción de la cuarentena, y por tanto, recuperación definitiva de mi libertad irrevo­cable, deserción del hogar. «Pero, me gusta detener mi pensamiento sobre el ri­dícula de mi vida. Lo que sería para otro una fuente de aflicciones, sin consuelo posible, lo que heriría el corazón de la mayor parte de la gente, me parece a mí un motivo de diversión» Matter of amusement, dice el texto original, y uno du­da entre dos traducciones: «Todo eso me importa un pito». O bien: «Ante todo eso, deja que me ría».

Pero el hombre que traza estas líneas es un hombre de valía, un hombre que, en el ejercicio de su profesión, no vacila en ir hasta el cabo de sus fuerzas, del don de sí mismo, en exponer su vida, a sabiendas, para salvar la vida de los otros. Una reflexión anotada, en nuestros días, por un médico y un psicólogo, el Dr. Nodet, parece aplicarse exactamente al caso del Dr. Bayley, y dar cuenta de la paradoja de su vida. Con un tacto seguro, el especialista del siglo XX, denuncia abiertamente «el error del médico que, dedicado siempre a sus enfermos y a sus publicaciones, olvidara dar a su mujer y a sus niños la presencia y el tiempo que ellos esperan de él. La desgracia es para todos -concluye- individuo y grupo».

¿Cómo no iba a ser sensible Betty a este drama familiar, que se representa tan cerca de ella, y en el que prácticamente, ella nada puede? ¿Cómo, por otra parte, esclarecida por las maniobras de aquellos que están tan próximos, a aquellos a quienes sigue amando, no iba a buscar ella cimentar el edificio de su pro­pio hogar? ¿Debía ella pagar el rescate, con un olvido de sí total y diario?

A pesar del tormento que le causan actualmente los negocios comerciales de su marido, a pesar de una tarea como la suya en casa, donde los hijos, pequeños y grandes, devoran, minuto a minuto, su tiempo, Isabel no olvida que Guillermo debe encontrar siempre en Stane Street, desde que empuja la puerta, una morada acogedora, comidas dispuestas a la hora, una mujer que le espera sonriente, v calma, coma en los días en que ella era la joven esposa de Wall Street, sin pre­ocupaciones, sin trabajo, cuyo único papel, consistía en aguardar solícita la vuelta de su marido, y estar disponible a sus menores deseos. Desde hace tiempo estoy habituada a ceder por afecto a Guillermo.

Y no obstante, en adelante, ella ya no conoce momentos de solaz. Es nece­sario contar no sólo con la tarea de cada día, sino con lo imprevisto, que obliga a cambiar bruscamente el ritmo de la vida, a asumir nuevas ocupaciones domésticas. Los hijos, uno tras otro han cogido las enfermedades clásicas, que los de­tienen en cama, durante días, a veces dentro de un aislamiento draconiano para evitar a los otros ser contagiados a su vez. Complicaciones que sólo las madres de familia numerosa saben lo que ellas suponen en concreto. Porque es preciso que la vida de todo el hogar continúe, a pesar de todo, su marcha normalmen­te. Y cuando es un chiquitín quien reclama cuidados incesantes que exigen junto a él una presencia continua, es necesario de veras que la mamá escoja, o ponerse ella misma también en cuarentena, o quedarse con los otros. Pero deberá en este caso tomar de su cuenta la labor casera que aseguraba la persona inmovilizada dentro de la pieza de los niños, convertida en enfermería. Todas estas molestias, pequeñas y grandes, pero que se multiplicarán como a placer en Stone Street, Betty las experimenta en esta primavera de 1799.

Cuando llegan las vacaciones de Pascua, gracias a Dios, anginas, paperas y sarampiones se han acabado. Pero los dos muchachos y las dos muchachas que vuelven del colegio, como buenos americanos en pequeño que son, han estado muy lejos de faltar a la tradición establecida ya, entre los escolares de Estados Unidos: traen con ellos para la temporada de vacaciones, unos camaradas o amigas. De la noche a la mañana la casa, toda lo espaciosa que es, está para estallar. Resuena, de la mañana a la tarde, con gritos, cantos, carreras y perse­cuciones, con galopadas que hacen vibrar las paredes, crujir la madera de las escaleras… Es una de esas bonitas agitaciones de las que se regocijan las ma­más, porque son índice cierto del buen estado de la salud general, pero de las que desean, al minuto, verse libres un momento para entregarse en paz a su ocupación.

Betty no tendría ciertamente idea, por lo que a ella se refiere, de poner sordi­na a esa alegre barahúnda, aún cuando despierta a los chiquitines, aún cuando sea para ella el preludio de un trabajo suplementario, ¡aunque no fuera más que la preparación de incontables tartinas de merienda! Pero le es necesario con­tar con la salud de Guillermo, con la salud de Rebeca, tocada como su hermano de la tuberculosis, tan rápidamente extenuados ambos, y por quienes se está siempre sobre aviso.

¡No importa, es la primavera! La estación de la esperanza que Betty ha ama­do siempre con un amor de predilección. Afuera, las yemas revientan, las flores se abren, los pajaritos gorjean. Dentro de casa, los niños, ellos también, hacer estallar su alegría de vivir. Ningún enfermo entre ellos en este momento. ¿Qué más hay que desear? Sonriente, siempre, la joven mujer, continúa haciendo frente. Acabadas las vacaciones de Pascua, la casa recobra su calma, al menos por unas semanas. El 19 de julio, después de un mes de dilación y de ansiedad, Em­ma Bayley ve el fin de una larga espera: toma por esposo a Guillermo Craig. Betty puede asistir a su boda, dentro de un clima de alegría ficticia, donde cada uno de los invitados se esfuerza por desempeñar el panel que se le ha impuesto. Y luego, es necesario pensar en las vacaciones de verano. Betty sueña que sería bueno para los niños dejar Nueva York, deseando que la familia no tenga que amontonarse una vez más en la minúscula quinta de Cragdon. Guillermo ha emprendido los pasos necesarios para encontrar una propiedad que parezca res­ponder a todo lo que se puede soñar. Una dificultad, sin embargo, surge en el momento de las negociaciones. El señor Seton se obstina, negándose entonces a proseguir todo trato. Ruda decepción para la madre de familia: ¿qué hará ella, de los ocho niños durante los meses de fuerte calor? Forzoso le hubiera sido aceptar la solución de Cragdon, de no haberle llegado providencialmente una invitación de Isabel Sadler, que le permitirá, al menos, tomar un momento de verdadero descanso con los niños más pequeños. No duda en aceptar la oferta de su amiga, y acude a la casa de campo que Isabel posee en Staten Island. De no ser por la situación familiar de su padre, hubiera podido permanecer allí todo el verano. Pero la joven pareja Craig está también invitada. A su llegada, Betty deberá partir. Rebeca, ha debido, por prescripción médica, proyectar una estancia mucho más prolongada lejos de Nueva York. Ella parte con Cecilia a la casa de su media hermana, que había tomado por esposo al señor Vining, y que estaba ya viuda. En la playa, junto a su amiga Isabel, Betty ve a los pequeños divertirse en torno suyo, bronceándose y fortificándose al sol. La joven mujer no resiste al placer de pintar al vivo un pequeño cuadro en obsequio a su cuñada: Ricksy está toda bronceado, y, cada vez que sale, levanta sus bracitos hacia los árboles diciendo: «Do… do…» ¡con tanto placer, con tanta sorpresa! Si el viento le azota en plena cara cierra sus ojitos y se echa a reír como tiene costumbre de hacerlo cuando se corre a su encuentro.

Felices jornadas que pasan demasiado rápidas. Con los mayores que han vuel­to del colegio, Betty se llega hasta Cragdon por segunda vez. ¡Es aún mejor que nada! Corre más de un rumor que siembra el espanto. La fiebre amarilla está de nuevo en la ciudad de Nueva York.

¿Cuándo, pues, tomará la vida su curso normal? ¿Van a renacer las dificul­tades de todos los lados a la vez? Guillermo debe hacer ahora un viaje a Balti­more donde su abuelo Curson desea hablarle de negocios. Porque la situación de la firma «Seton, Maitland y Cía» no parece querer ponerse en pie, antes al con­trario. Y ese viaje de Guillermo espanta a Betty. En Filadelfia, posta obligatoria para la diligencia, la fiebre amarilla -dicen- hace también estragos. La pre­sencia de Isabel Sadler apacigua, con todo, a Betty durante el viaje temido. Guillermo vuelve. Ha atravesado el peligro sin daño. Pera desde ahora él deberá trasladarse a Nueva York a diario. Rebeca recibirá pronta unas líneas angustio­sas de Isabel.

Mi Guillermo va todos los días a la ciudad, y está más expuesto que muchos otros que han encontrado allí la muerte. Que él escape, depende de esa MISERI­CORDIA que jamás nos ha faltado y tengo buenas razones de bendecir todos los días de mi vida. Si él no escapa, es más que probable que tú y yo no nos veamos más, porque jamás podría sobrevivir a eso.

Mientras Guillermo prosigue sus idas y venidas, pasando indemne en me­dio del peligra que él roza, poco a poco la epidemia terrible cede, una vez más, con el fin de los calores húmedos. En noviembre Betty puede volver a Stone Street. Pero no le es permitido hacerse ilusión sobre la catástrofe en que va a sumergirse, después de apenas seis años de existencia, la firma «Seton, Maitland y Cía». Para los navíos mercantes que portan pabellón americano, no hay garantía ninguna en los mares. Inspeccionados, despojados, los barcos de gran tonelaje, si es que no quieren correr el riesgo de verse hundir, barcos y mercancías per­manecen bloqueados en los puertos extranjeros, consecuencia desastrosa e injus­ta de la política francesa. Los veleros fletados por los Seton, salvo tres raras excepciones, no volverán más al puerto americano. Los correos que se suceden no traen a Guillermo y a Betty más que trágicas y lastimosas noticias, bien de Londres, bien de Hamburgo. ¿Era, por otra parte, el socio de los Seton, hombre íntegro y recto? No lo parece. Las letras de crédito llegan a Nueva York a un ritmo alocado, y sin embargo, desde Londres el Sr. Maitland suspende todos los pagos. En cuanto a contar con la ayuda eficaz de su hijo, Jaime, asociado igualmente al negocio, sería una ilusión que ni siquiera raza Guillermo. El joven marido se reveló desde su matrimonio como un ruin hombre de negocios, un marido lamentable, un pobre tipo que bebe, turbando la vida de su hogar, hacien­do a su mujer tan desgraciada como es posible.

No es posible contar más con Jaime Seton, el hermano de Guillermo, aso­ciado con el mismo título que su hermano mayor a la firma comercial. Jaime adopta, en este período de crisis, una actitud incomprensible, es lo menos que se puede decir. Frente a este desastre financiero, frente a una ruina que no alcanza solamente a los socios, sino a los accionistas, Guillermo Seton estaría solo hacien­do frente, si no estuviera Betty a su lado, tensando toda su energía para impedir a su marido hundirse bajo el golpe que le llega.

Si los corazones se ensombrecieran al mismo tiempo que las fortunas, con­fiesa ella, eso haría mucho mal a los negocios… Su corazón, gracias a Dios, per­manece en vela. Maitland ha hecho detener los pagos en Londres -escribe ella a Rebeca- y estamos obligados a hacer otro tanto aquí. Para Guillermo es una situación cruel. Aunque tiene personalmente todo el consuelo que un hombre pue­de tener en tales circunstancias, a saber: que tal estado de cosas no es imputable a su imprudencia particular, que en nada se le puede censurar; te puedes, con todo, imaginar el abatimiento y ansiedad que eso nos trae a todos… Jairne (Seton) perdió casi la cabeza, pero después de haber examinado lo que hay de ello, encuentra menos motivos de temor de los que pensaba en un principio. En todo caso, el parecer unánime de todos los amigos de Guillermo, de los directores de banco que han sido consultados, es que debe suspender todas las devolucio­nes. Si nuestra familia conoció la tristeza el invierno pasado, este invierno conoce algo peor. ¡Sólo el cielo sabe cuándo tendrán fin nuestras dificultades!

Impresionable como es, Guillermo pasa consecutivamente por alternativas de depresión, obsesionado por el espectro de la ruina total, incluso de la prisión, y por sobresaltos de esperanza: las noticias recibidas desde Londres, son tan bre­ves y vagas, que tal vez, toda no va tan mal como se cree en Nueva York.

Guillermo no tiene ciertamente el equilibrio y la energía de Betty. A sus cam­bios de humor la joven mujer trata de adaptarse del modo mejor, dispuesta a ceder siempre, a tomar sobre ella la parte más pesada de la carga común. Ella quería, por los niños al menos, que el día de Navidad fuera un día de paz, de alegría. El Dr. Bayley y María Post han invitado a los Seton a ir a pasar la fiesta con ellos, pero Guillermo se obstina, y niega toda salida. Que Isabel vaya a casa de su hermana, puesto que se lo ha prometido; él se quedará en Stone Street con los niños. El puso tanta insistencia en su negativa que marché con la muerte en el alma dejándole coma él lo quería, debe confesar ella.

El primero de año es más apacible. Guillermo, al menos, no ha rechazado la presencia de su «mujercita». En secreto y común acuerdo no soltarán palabra ese día sobre las dificultades que les roían. Ese solo silencio, y esas horas de intimidad son para Betty un rayito de sol en medio de la tormenta que les ame­naza sin tregua. Ella explicará: No fue ese el día más triste del año que he pa­sado en Nueva York, parque allí donde haya afecto mutuo y esperanza, hay mucho.

El año 1800 comienza con la espera, llena de ansiedad, de un desenlace que no sucederá sin trastornar la situación de los Seton. Betty lo sabe. ¿Pero no ha tomado ella por regla de conducta no atormentarse antes de los acontecimien­tos futuros que no dependen de su voluntad? Más vale guardar intactas su energía, su paciencia, sus fuerzas, para encajar mejor los golpes que desde ahora van a sucederse a un ritmo acelerado.

Pérdida de un navío que acaba de hundirse después de haber dejado el puerto de Amsterdam, equipado de un importante cargamento. Actitud cada vez menos neta del señor Maitland, el principal socio de Londres. Es el momento en el que Guillermo declina todas las proposiciones de los amigos que le ofrecen anticipar­le fondos. El mes de junio de 1800 debe señalar el fin del contrato de la socie­dad «Seton, Maitland y Cía»: antes que correr el riesgo de nuevas decepciones con un socio cuya rectitud no es segura parece preferible a Guillermo enfrentar­se totalmente solo, hasta el fin. Porque si no tiene la envergadura de su padre en lo concerniente a negocios, de lo que verosímilmente se ha aprovechado su socio londinense, Guillermo Magee Seton es un hombre de una rectitud absoluta. No solamente ha decidido salir de este asunto, salvando su honor perfectamente, sino que quiere en cuanto esté en su poder detener la ruina de todos los que le han dado su confianza y cuyos intereses están en juego, como los suyos, en este desastre financiero. Llegará, si es necesario, a poner en venta sus bienes perso­nales, casas, muebles., objetos de valor, para evitar las reivindicaciones material­mente justificadas de sus acreedores. Pero, mientras Guillermo y Betty se atreven a mirar de frente semejante eventualidad, cuál no es su dolorosa sorpresa al saber que, en este mismo tiempo, Jaime Seton, socio con el mismo título que su her­mano mayor en la empresa comercial que se hunde en la quiebra, acaba de pre­sentarse como adquisidor de un inmueble de tres pisos dentro del barrio más adinerado de Nueva York. Es duro para un hombre leal verse prácticamente abandonado, a la hora del naufragio, por aquellos mismos con quienes, desde casi seis años, ha puesto en común todos los intereses materiales de los que de­pende la vida de los suyos.

Semejante deserción de sus socios exaspera a Guillermo. El sobresalto de indignación que ella le provoca se traduce en él en una determinación inexorable: aunque deba soportar lo que él más teme: la pobreza de los suyos, la prisión infamante para su persona, no fallará al menos en el honor. Su grandeza de alma, en tales circunstancias, atrae la admiración de sus amigos, de Isabel sobre todo. Noche y día -escribe ella- domingo y días de semana, para él siempre hay trabajo. Y añade, no sin legítimo orgullo: Jamás ningún mortal ha soportado los reveses de la fortuna y todo lo que ellos extrañan con tanta- firmeza, con tanta paciencia como mi marido.

A decir verdad, es ella quien desde hace meses le arrastra, por el olvido de sí, por su entrega de cada minuto, hacia tal actitud de desinterés, de grandeza de al­ma heroica.

Ella se obliga a iniciarse, cueste lo que cueste, en unos problemas que hasta la muerte de su suegro le eran completamente extraños. Se inclina incansable­mente sobre todos los papeles de negocios, queriendo ponerse al corriente de los menores detalles, a fin de servir al mismo tiempo de ayuda más eficaz a su espo­so. Mi conocimiento de todos los PEROS, de todos los POR QUÉS, me hace una compañera más útil para él, y soy ahora de hecho su sola compañía. Stone, Ogden y todos las otros se han marchado, así que yo soy verdaderamente TODOpara él. El complot se estrecha; de Maitland, ni una sola línea de explicación, pero las facturas de los Seton y todas las que deberían ser endosadas por Maitland, denegadas y devueltas… He ahí lo que da a los negocios un aspecto que nada tiene de alentador y que hace prever el porvenir dentro de una perspectiva tan grave que yo no puedo detener en él mi pensamiento.

En medio de estas ansiedades, ella espera para el verano un nuevo bebé. ¿Dónde están los días de antaño, cuando la feliz mamá, preparaba con amor, con el espíritu libre, con el corazón en fiesta la canastilla del primer hijo cuya venida aguardaba? Ahora le es necesario, ante todo, tiempo para ocuparse del vestuario de todos los que están a su cargo: Eduardo, Samuel, María, Carlota, Enriqueta, Cecilia crecen. Ana María, Bill, Ricardo, igualmente… Es preciso alargar los vestidos, cortar otros pantalones, hacer nuevos jerseys de cuello alto. Y no olvi­dar, sin embargo, el fastidioso trabajo que impone la correspondencia de negocios, frente a la cual Betty no quiere que Guillermo se encuentre solo.

Ella confiesa, a Julia Scott, que, desde hace dos meses se resiente de un dolor en la espalda a lo largo de la jornada, un dolor en el costado durante cada una de sus noches, sin que el mal le deje una hora de tregua. Es para añadir, no obstante: Tengo confianza de que la tormenta se alejará, pero verdaderamente los momentos que estamos pasando, son unos momentos duros.

Quizás, finalmente, la espera del desenlace, con todos los azares que repre­senta, es aún más dura de lo que va a ser el desenlace mismo: la bancarrota abiertamente declarada de la sociedad «Seton, Maitland y Cía» que será cosa hecha antes de acabarse el año 1800.

Entre tanto, si el Dr. Bayley no puede venir en ayuda del marido de Betty, en la medida que él desearía, va a poner al menos a su disposición la casa que ocupa en Staten Island, la residencia oficial del encargado de sanidad, situada detrás del Lazareto de Tompkinsville. Porque ya ni siquiera es cuestión de pro­yectar una estancia en Cragdon: la casita de campo ha sido puesta en venta y ya no les pertenece. De esta estancia en Staten Island, junto a su padre, Betty se alegra sencillamente.

Con toda, escudado en la experiencia precedente, que había faltado poco para costar la vida a su hija, cuando el nacimiento de Ricardo, el doctor exige que Isabel tome sola, ante todo, dos buenas semanas de descanso absoluto en

Long Island. El 24 de mayo viene a buscar a sus tres nietos. Rebeca vuelta a Nueva York, desde el comienzo del mes guardará la casa de Stone Street con María. Porque María, puesta como los mayores de los Seton, al corriente de la ruina próxima y sin apelación, ha tomado conciencia de la situación de los suyos, con una madurez que Betty no ha subestimado. Por sí misma, la adolescente ha renunciado a proseguir los estudios comenzados, juzgando que su puesto estaba desde ahora junto a Rebeca para mantener la casa, ayudar a la educación de los más pequeños. Rebeca había dudado, personalmente, subscribir el deseo de su joven hermana. Con firmeza Betty la urge a animar, por el contrario, la actitud generosa de la adolescente: María desea mucho estar contigo y es una buena cosa. Es preciso mi querida Rebeca que mires por ti, sin pactar con la sensibilidad de María, porque es cosa necesaria para su felicidad futura que su espíritu sea aguerrido. Trata de enseñarla a poner su mirada objetiva sobre los acontecimientos de la vida, acontecimientos dirigidos por un Protector lleno de justicia y de misericordia, que ordena todo lo que nos acontece, en su tiempo, en su lugar, y quiere a menudo utilizar esas pruebas, y esas decepciones, como un medio para volver el alma hacia El, Fuente y Confortación para todos los que padecen.

En el mes de junio, Betty vino a reunirse en Staten Island con su pequeña familia. Está en excelente forma. El 28, trae al mundo una hijita, Catalina, en tan buenas condiciones, que ocho días más tarde circula por la casa. Betty está hecha de tal modo, que, en medio de las más grandes pruebas, sabe aprovecharse sin reservas de los oasis refrescantes y quietos que le procura la Providencia. Tompkinsville es uno de esos puertos de paz, de ahí que acoja con alegría la proposición que le hace su padre de prolongar allí su estancia.

La decisión está tomada, escribe el 26 de julio a Julia Scott, quedaremos aquí todo el verano. Es cierto que si yo tuviera que hacer una elección en la creación entera, no podría desear una situación más agradable, unas piezas más deliciosas, con un balcón, además, en forma de terraza, desde donde la vista se extiende a lo lejos sobre el mar, más allá de Hook. Seton pasa conmigo cuatro días por semana, y mi padre deja muy raramente la casa, solamente para hacer la visita médica de los navíos.

Los muchachos están guapos de encanto. Ricardo es delicioso, de una finura maravillosa. Está alto; su desarrollo físico es extraordinario para su edad. Will se parece más a su abuelo Seton: es más voluntarioso y más petulante que nunca. Ana es siempre «la pequeña Ana»; está muy bien, pero sigue pequeña y me­nuda para sus cinco años, teniendo siempre la misma forma de volverse, de mirar al suelo, o más bien de lado, que es la de los niñitos del campo. Su carácter ha mejorado mucho, y pienso que está dotada por encima de la media, por más que me entristezca decir que su madre no ha sido capaz de desarrollar sus dones tanto como ellos lo merecen. ¡Pero estoy para ponerme a ello y muy seriamente! En cuanto a nuestra deliciosa pepona, tendrías deseo, estoy segura de ello, de ocuparte de ella, y lo mismísimo de ser su madrina, porque una chiquitina más calma y más tranquila, seríamos incapaces de imaginárnosla. Seton bien puede quedarse en contemplación ante la pequeña Kate: no hace más que dormir y no hace ninguno de esos visajes arrugados que hacen generalmente los bebés de un mes. Te vas a poner a decir, como mi padre, ¡que somos todos unas maravillas!

Rebeca, desgraciadamente, no pudo acercarse a Staten lsland. Le fue nece­sario responder a la llamada de su hermana Isa, para ayudarla a mantener su hogar, a educar a sus niños y, sobre todo, a sostener su ánimo… Entre Betty y Rebeca se intercambian cartas, al menos, con una nota muy especial, una nota espiritual que las domina por completo. Materialmente separadas, las dos cu­ñadas se han fijado horas comunes de oración, en que sus almas tengan su en­cuentro en Dios. A tales citas ni la una ni la otra querría substraerse, cuales­quiera que sean sus ocupaciones. Han comprendido que son para ellas una fuente de fuerzas y de serenidad de las que ellas harían mal en privarse. Con la pequeña Kate en sus brazos, admirando el espectáculo magnífico del océano, Betty habitualmente recorre a grandes pasos la terraza a la hora del crepúsculo, dejando a su alma dilatarse en acción de gracias, por lo que Dios le ha dejado de bueno. Catalina Dupleix, por otra parte, anuncia su retorno a los Estados Unidos, y previene que trae para Kit un vestido de bautismo de encaje de Irlan­da. Todas las tardes -se apresura a responderle Isabel- cantamos «la canción del marinero» y ¿quién sabe? ¡Quizás un ángel custodio vuela en torno a nuestra Dué tomando parte en nuestro coro!

Una fugitiva esperanza levanta, por unos días, a Guillermo Seton y a los suyos. Uno de los navíos mercantes acaba de arribar a Nueva York, después de una travesía sin obstáculo. No es necesario más, dentro de las circunstancias presentes, para hacer estallar una alegría que no tendrá ¡ay!, otro amanecer. En Tompkinsville, se tiene la ilusión de haber vuelto a los días sin nubes en que se festejaba alegremente la entrada y salida regulares de los grandes veleros. Betty informa sin tardanza a Rebeca: Hemos conocido un momento de placer de los que no nos llegan más a menudo. Tú te hubieras alegrado aquí tanto como me alegré yo misma, hasta el punto de que a fuerza de servir tazas de té, a razón de cincuenta por día, durante tres días seguidos, me dio un calambre en el brazo.

La llegada del navío y de su cargamento, si proporcionó un ligero alivio, no resolvió prácticamente ninguno de los problemas mayores de la quiebra en curso. Y poco a poco Guillermo reabsorbe la ansiedad. Ya que lo ha intentado todo, ¿qué puede hacer en adelante, sino resignarse y mirar el porvenir lo más objeti­vamente posible? Los acreedores europeos de Seton o más exactamente de Mait­land, le han concedido dos años para saldar la deuda contraída, pero, hasta el momento, nada ha entrado en caja. Guillermo, afortunadamente, parece haber tomado su partido y no habla sino poco de sus negocios. Lo que experimenta es otra cosa.

Al llegar el fin de octubre, es necesario decir adiós al Dr. Bayley, volver a Nueva York. El padre de Isabel ve con melancolía alejarse a su hija y a sus nietos. Confiesa que esos cuatro meses han sido para él un verdadero refrigerio, un baño de vida familiar auténtica y de vida cristiana. Elogio bien elocuente, dentro de su sobriedad, del clima que Betty ha sabido hacer florecer en su propio hogar. Qué importan entonces, que, al mismo tiempo, las malas lenguas cuchi­cheen que es una vergüenza para un oficial de sanidad, olvidar a su mujer y a sus otros hijos, mientras que recibe en su residencia de Tompkinsville a la mujer y a los hijos de Guillermo Seton?

La pequeña Kate es bautizada el 19 de noviembre. Esta larga dilación no ha sido del agrado de Isabel. Pero, una vez más, ella ha debido plegarse a las circunstancias, hasta en lo que le llega más al corazón. Menos de tres semanas más tarde, son las formalidades humillantes y penosas de la liquidación de los bienes. Es preciso resignarse a ver cómo los tasadores oficiales establecen el in­ventario de todos los bienes, muebles e inmuebles de la familia. Con su mano, Isabel ayuda a preparar las listas pedidas. Ella está al lado de su marido en 1,1 momento en que, terminado todo, el hombre de negocios debe entregar al liqui­dador con un gesto simbólico, las llaves de la casa comercial, de la que se ve jurídicamente desposeído.

La vida seguirá su curso, no obstante, en Stone Street, durante varios meses, con su cortejo de alegrías menudas y de gruesas preocupaciones. Personal re­ducido al mínimo, gastos mesurados. ¡No importa!, los niños están allí: Betty quiere que su educación prosiga dentro de una atmósfera de paz y de confianza que ella estima, con justo título, indispensable para su equilibrio. Con el mismo ardor que el invierno precedente, se entrega a su doble tarea de educadora y profesora. En este plano, al menos, le está permitido alegrarse plenamente. Aun­que Ana María no tenga más que seis años, está casi tan avanzada en su programa escolar como Cecilia, su tía, varios años mayor. Bill, que está en sus cinco años, aprende ya sus lecciones. Sabe decir las ciudades principales de América, las partes del mundo, recita de memoria cortos poemas y, seriamente, enuncia los primeros mandamientos de Dios. Ricardo no quiere quedarse atrás y repite habi­tualmente detrás de su hermano todo lo que sus dos años y medio le permiten comprender o retener.

En febrero, no obstante, es preciso que Rebeca tome temporalmente el puesto de su cuñada, llamada a la cabecera de María Wilkes, una amiga de su familia, que está muriéndose en Nueva York mismo, a pesar de los cuidados que le pro diga el Dr. Bayley. Isabel no hace más que breves apariciones en su hogar, cada día, en las horas prescritas de las tomas de Kate a quien ella amamanta. Una entrega tan sencillamente fiel gana para siempre a Betty la amistad del marido de la moribunda. Juan Wilkes tratará de probarle, un día, el reconocimiento que guarda por su parte.

Una vez vuelta Betty a su casa, toca a Rebeca el turno de ir a llevar auxilio, de nuevo, a su hermana Isa que esta primavera de 1801 espera un nacimiento inminente. Es tal vez la penuria de los jóvenes Maitland que Guillermo y Betty no dudan en gravar su propio presupuesto, a fin de permitir a Rebeca pagar discretamente las notas del panadero y del lechero que Isa no podría siquiera satisfacer entonces. Es un hecho: jamás Rebeca y Betty se niegan ante un ser­vicio que prestar, por gravoso que sea. Y helas ahora inclinadas ambas, ante ‘.a cuna de Kate, cuyo estado de salud, durante varios días, deja temer lo peor. Alerta vivo, pero pasajero. Gracias a Dios, el bebé está restablecido, por comple­to, cuando llega el mes de maya, y con él el vencimiento del plazo que va a obligar a los Seton a dejar al nuevo propietario la querida mansión familiar d:, Stone Street. Desde hace ya unos meses, Carlota y María quedan a cargo de su hermano Jaime. Ayudada por Rebeca y Mammy Huller, Betty termina las male­tas y vigila a los de las mudanzas que transportan aquellos muebles que se han podido conservar. Para la joven mujer, acaba de cerrarse una etapa más.

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