En estos días, al comenzar el nuevo año, nos deseamos toda clase de bendiciones y gracias. Se entrecruzan, en estos deseos nuestros, sentimientos mezcla de tradición, ritos, buenos deseos y también oración. Nos deseamos paz, fraternidad, concordia, entendimiento, en definitiva nos deseamos la felicidad y toda clase de dones. Entre todos estos dones que diariamente recibimos de Dios merece destacarse hoy el don de la paz. No es un don palpable como la salud u otros bienes materiales. Es un don más delicado y espiritual, pero los contiene a todos. Y debemos preferirlo a todos.
Sí, nos deseamos las bendiciones de Dios, pues Dios quiere ser para nosotros bendición, quiere bendecirnos con su paz, su gracia y su amor. Quiere ser para nosotros «don total, entrega hasta el extremo» y su nombre es Jesús. Jesús es nuestra salvación, es el sentido de nuestra vida. Pedimos la paz, no una paz cualquiera, sino la paz de Jesucristo, la paz síntesis de todos los bienes y conjunción de muchas virtudes. No es fácil conseguir la paz plena, por eso la pedimos como la mejor bendición de Dios. La paz que nos ofrece Jesucristo nos curará todas nuestras heridas, será el árbitro de nuestras limitaciones y nos dará fuerza para vencernos a nosotros mismos. Cuando Dios nos da su paz sentimos una alegría que nos desborda y una seguridad imperturbable, sentimos que algo muy grande se nos ha regalado, como una salvación definitiva; sabemos que no hay nada que temer, estamos bien guardados por Dios.
La paz que Dios nos ofrece en Jesucristo, es el conjunto de gracias que nos liberan y nos salvan, Jesucristo es el corazón del mensaje evangélico, es paz y reconciliación para todos; pero la paz que nos trajo Jesucristo no se ha implantado en nuestro mundo. Vemos la paz rota en muchos momentos y situaciones de la vida y en muchos lugares de la tierra. ¿Cómo podemos hablar de paz cuando existe tanta violencia? ¿Cómo hablar de paz cuando no acabamos de contar las víctimas de tanto genocidio, tanta guerra, tanto terrorismo, tantas masacres? ¿Cómo hablar de paz mientras un solo niño muera de hambre? Y por otra parte, ¿cómo hablar de paz si entre nosotros existen rivalidades, envidias, ofensas y no nos queremos lo suficiente?
La paz era el don más deseado en el pueblo de Dios. Toda bendición y todo saludo iba relacionado con la paz; venía a ser un ideal de felicidad, de armonía, de salvación; paz que apuntaba a la que llegaría en los tiempos mesiánicos, que se daría la mano con la justicia y la santidad. Por eso se expresaban así los israelitas: «Desead la paz a Jerusalén: vivan seguros los que te aman, haya paz dentro de tus muros, seguridad en tus palacios. Por mis hermanos y compañeros voy a decir: la paz contigo» (Sal 121, 6-8; cf Sal 84, 9). Y pensando en el Mesías oraban: «Que los montes traigan paz y los collados justicia… Que en sus días florezca la justicia y la paz hasta que falte la luna» (Sal 71, 3.7; cf Lc 1, 74-75). Por eso, cuando llega el Mesías, los ángeles entonan un himno triunfal: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres amigos de Dios».
Necesitamos ser instrumentos de la paz del Señor y de la paternidad divina en nuestras comunidades. No podemos ser portadores de paz si no la vivimos dentro. La verdad es que en nuestras comunidades nos llevamos bien. Se vive la entrega, la generosidad y la preocupación por las otras Hermanas, debemos reconocer que esto es así, porque nos hará mucho bien. Como humanos que somos, siempre podemos crecer en todo. Siempre podemos crecer en esa finura de espíritu que nos haga cada día más atentos para no pasar nunca sin darnos cuenta del sufrimiento o la preocupación de la Hermana que está a nuestro lado. Hemos de seguir construyendo nuestra comunidad como una realidad viva donde reinan la concordia y el entendimiento. Que nuestras comunidades sean cenáculos y remansos de paz, amor y servicio entre todas las que comparten una vida y una misión común. Hacer presente cada día con más nitidez el reino de Dios en nuestras vidas individual y comunitariamente. Así estaremos preparados y dispuestos para ser instrumentos de paz en nuestros ambientes y en la misión que el Señor nos encomiende.
Queremos la paz. No una paz cualquiera, sino la paz de Jesucristo, la que es síntesis de todos los bienes y conjunción de muchas virtudes. No es fácil conseguir la paz plena; por eso la pedimos como la mejor bendición de Dios. Hemos de pedir la paz para cada uno de nosotros. A veces no somos personas pacíficas y pacificadoras, no vivimos con paz ni podemos transmitirla. Aprendamos a aceptarnos a nosotros mismos para no vivir desasosiegos, complejos y envidias. Hemos de aceptar nuestras propias limitaciones para no vivir llenos de frustraciones. Pidamos aceptarnos, querernos y querer la persona que somos nosotros mismos y que Dios también quiere. Aún tenemos en nosotros gestos violentos. Se nos escapa la palabra fuerte, el gesto destemplado. Aún no hemos limado suficientemente nuestras agresividades. Nos falta mansedumbre; nos falta dominio de nuestros malos instintos. No nos faltan resentimientos, rechazos internos, ofensas no perdonadas, rencores no extinguidos. La paz de Cristo nos curará todas estas heridas; será el árbitro en el juego de nuestras pasiones y nos dará fuerza para vencernos a nosotros mismos.
Dios, en este año, nos ofrece la paz, «la paz de Dios que supera todo conocimiento» (Fil 4, 7). Es una paz toda gracia, toda bendición y salvación. Paz que brota desde dentro de nuestro corazón, paz que debe ser objeto constante de nuestra meditación y reflexión, paz que brota del perdón que Dios nos ofrece y nos otorga, paz que nos regala Dios y nos trae nuestro Salvador Jesucristo y que nosotros debemos cultivar constantemente. Dios en Cristo Jesús no sólo nos ofrece su paz, se hace paz para nosotros y nos alienta a ser en nuestro mundo instrumentos de su paz. No debemos guardar la paz que Dios nos da, debemos comunicarla, transmitirla, debe crecer y extenderse. Si yo he experimentado la paz en mi corazón debo contagiarla. Quien ha encontrado la paz debe darla a conocer. Dichosos los pacíficos, dichosos los que se esfuerzan por extender la paz, dichosos los que se empeñan en ser personas de paz, constructores de paz y oran por la paz.
I- Personas de paz
El nacimiento de Jesús, su presencia en nuestra vida, es la expresión más grande de la solidaridad de Dios con el hombre; Dios entra en la historia humana para amar desde dentro, para liberarla de sus límites y de sus miserias, de estos límites y de estas miserias que no nos dejan vivir, que nos quitan la paz y nos hacen infecundos. Desde entonces sólo un camino conduce a la verdadera felicidad, a la verdadera paz, a la verdadera alegría: la que nace de la justicia. Hacerse como él, solidarios con los más pobres, hacerse solidarios con los que sufren y padecen, hacerse solidarios con todos los marginados de la tierra, hacerse solidarios de todos los desheredados del mundo, ver el rostro de Cristo en el hambriento, encarcelado, el aterido de frío, el enfermo incurable… y oír las palabras de Jesús, «tuve hambre y me diste de comer…», es ser instrumentos de paz, personas de paz, y la justicia y la paz que Dios trae al mundo con el nacimiento de Jesús permanecerá con nosotros siempre.
Decimos: «año nuevo, vida nueva». Queremos ser personas nuevas, personas renovadas. Queremos tener una vida que nos satisfaga de verdad. Vida en plenitud. Realidad que nos ilusione y transforme, que nos llene de gozo y felicidad a nosotros e ilusione a los que nos rodean. Jesús lo hace posible. ¿Qué nos grita la vida? ¿La alegría del servicio? ¿La alegría de la fe y el amor de Dios? ¿Qué hacer? ¿Cómo ser instrumentos de la paz y la bendición de Dios para nuestro mundo, para nuestra sociedad, en este año que comenzamos? ¿Cómo poner perdón, amor y misericordia en tanto odio y fanatismo? ¿Cómo poner unión, verdad, luz, alegría y felicidad en medio de tantas discordias, tanta injusticia, tanta tristeza, tanta oscuridad? En definitiva, ¿cómo ser nosotros instrumentos de la paz de Dios en nuestro mundo, en este nuevo año que comenzamos? Quitemos todo aquello que no sea vida en nosotros, todo lo que no sea vida entregada en el servicio. Empeñémonos en rejuvenecer nuestro corazón, nuestra mente, nuestro deseo de servir.
Sentimos que al pasar los años somos más débiles, experimentamos más palpablemente la caducidad de las cosas, nuestra propia finitud. Pero Jesús nos regala minutos cargados de plenitud y de vida, días y años sin término, henchidos de eternidad. No nos fijemos en el «baso de barro» que nos transporta, fijémonos en la vida que nos brota desde dentro. Fijémonos que cada año vivimos más intensamente, cada año somos más, porque cada año estamos más llenos de resurrección y de vida. Si captamos la voz de Dios Padre que nos dice que nos quiere y nos espera, que cuenta con nosotros, si sentimos deseos de hacer nuestras las alegrías y esperanzas de todos y de compartir los sufrimientos y tristezas de los demás, es porque la vida brota en nosotros joven y fuerte. Y si tenemos afán de crecer, de superarnos, de hacer más, de darnos más, vivimos en plenitud de vida, estamos siendo personas de paz, porque estos son los signos de la vida resucitada, de la eterna juventud de Cristo Jesús.
Cuando Dios nos da la paz nos entran ganas de perdonar a los demás y a nosotros mismos. Sentimos misericordia y ternura hacia los otros, hacia todos, hacia todo. Sentimos la necesidad de llevar un poco de paz a los que hoy van a encontrarse con nosotros. Deseamos que nuestras miradas, gestos, palabras, nuestro aire y estilo de vida pacifiquen, deseamos ser pequeños instrumentos de paz en las manos del Señor.
Empezar un nuevo año implica perdón y reconciliación. Dios nos perdona y nosotros perdonamos. El perdón que nosotros recibimos de Dios debemos extenderlo a aquellos que han podido ofendernos, «que nuestro enojo no dure más allá de la puesta del sol» (Ef 4, 26). La grandeza se manifiesta en el perdón, que no quiere decir permisividad ni olvido ni participar del mal que se haya ocasionado. Perdón quiere decir generosidad, oferta de gracia, esperanza de renovación. El perdón ofrecido es un camino claro hacia la paz y el entendimiento. ¡Cuánto ganarían nuestras comunidades si cada uno de sus miembros nos ofreciéramos inmediatamente el perdón cuando nos hemos enfadado y ofendido!
Nuestro compromiso para el nuevo año no es una lista de buenos propósitos; sí asegurar algún cambio de actitud o de renovación en nuestras mejores actitudes de fe, de docilidad, de entrega, de verdadero amor y caridad. Pensemos qué podemos hacer mejor, a quién más podemos ofrecer nuestra mano generosa y amistosa, qué más podemos compartir, en qué más nos podemos superar, a quién más debemos perdonar, a quien más podemos amar, amar más, cómo podemos amarnos mejor a nosotros mismos.
La paz de Jesucristo es un don de toda su vida entregada a nosotros, es una paz que nace del hombre libre y solidario, que no teme ni ambiciona, que no tiene enemigos ni esclavos. Es una paz que se identifica con él que nace pobre y humilde, con sus manos abiertas y con mensajes de gracia, que muere en la cruz desarmado y despojado, ofreciendo su perdón y abriendo bien los brazos para acoger a todos los pueblos, uniéndolos y dando muerte a la enemistad. En él aparece «la bondad y gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres» (Tit 3, 4; 2, 11).
«Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán hijos de Dios» (Mt 5, 9). Si vivimos esta bienaventuranza, si somos pacíficos, si pedimos la paz, la paz verdadera, la que es don de Dios, la que nos trajo Jesús, pidámosla con fuerza porque nos hace mucha falta. Si queremos vivir la paz, hemos de reconciliarnos con nosotros mismos. Si no nos perdonamos, si existen disensiones y divisiones en nosotros mismos, no podemos llevar la paz a nadie. Si no estamos reconciliados con nosotros mismos, solo podemos transmitir angustia. Hemos de ser tolerantes con nosotros mismos, aunque nunca seamos conformistas. Hemos de ser comprensivos, compasivos con nosotros y los demás. Si somos pacíficos, ha de dolernos tanta guerra y todo tipo de violencia. Y no sólo las guerras y las masacres, sino los insultos, los odios, las enemistades… Que no nos resignemos a ningún tipo de violencia. Si queremos trabajar por la paz, ser personas de paz, no violentos, creamos en la fuerza de la paz, neguémonos a utilizar las armas, ningún tipo de armas, materiales o psicológicas, que no queramos matar al enemigo, sino convertirle en amigo, que prefiramos morir antes que matar, pero tampoco dejas que maten, y nunca ser cobardes.
Trabajar por ser persona de paz en la justicia. No puede haber paz sino trabajamos contra la opresión y la miseria, contra la pobreza; mientras haya hambre y miseria, hay una guerra abierta, no declarada, cuyas víctimas se cuentan por millones. Acercarnos al pobre, no sólo para compartir y acompañar en su proceso liberador. Acercarse al pobre es empezar a vivir la solidaridad. Luchar por el pobre es optar por el progreso de todos los hombres y de todo hombre. Evangelizar a los pobres es desactivar todo un sistema bélico contra la paz. La extrema pobreza amenaza realmente la paz porque socava la dignidad del hombre, constituye un serio atentado al valor de la vida y perjudica gravemente el desarrollo pacífico de la sociedad.
Seamos personas que ofrecen paz, que dan paz a todos los hombres, con la mejor voluntad, como lo hizo Dios en la venida de su Hijo para que miremos a todos con amor. Que nos brote el perdón espontáneamente. Que nuestro corazón desborde de ternura y misericordia para todos. La paz de Cristo ha llegado a nuestros corazones. Que la hagamos llegar a todo el mundo. Ser cada día más sensibles a los problemas de los demás, más cercanos a todos, cercanos a los más pobres, más comprensivos, comprometidos en busca de la paz; dispuestos a sembrarla en todo el mundo.
Dediquemos este año a vivir el amor, la caridad. Qué iniciativas ofrecemos y qué signos proponemos, tanto a nivel individual como comunitario, para ser instrumentos de verdadera paz. El amor, la caridad, significa perdón, significa comunicación de bienes, significa servicio, significa entregarnos totalmente a los más pobres, significa compromiso liberador, significa lucha contra la injusticia, significa misericordia, significa comunión. ¿Podemos vivir este año con más amor, más caridad, más paz?
II. Construir la paz
No es nada fácil construir la paz, porque la paz no sólo es don de Dios, sino tarea que Dios nos pone para conseguir en la comunidad, en el servicio a los pobres, en nuestra sociedad… Después de todo este tiempo, la paz que trajo Cristo no se ha impuesto. Vemos la paz con mil llagas y heridas, rota en mil lugares de nuestro planeta. ¿Cómo construir la paz mientras rivalizamos, nos envidiamos, nos ofendemos y nos queremos menos de lo debido?
La paz exige prudencia y paciencia, humildad y respeto, tacto y amor. Hay muchos caminos que son contrarios a la paz: la competitividad, la codicia, la violencia, en cualquiera de sus formas. ¿Cómo puede florecer la paz en nuestra tierra si arrasamos con las armas cuanto se nos opone o se pone por delante, incluso la naturaleza que nos cría y nos sostiene? Hemos de agradecer el don de la paz que nos trajo Jesús, pedir perdón por nuestras luchas, rencillas y disensiones, pedir perdón por nuestros conformismos y dejaciones, por nuestros miedos a comprometernos, por dejar hacer y dejar morir, por no ser defensores, constructores y apóstoles de la paz. Se nos pide denunciar la violencia de la sociedad, de sistemas opresores, de leyes injustas; hemos de trabajar por la paz en nuestro entorno y ambiente, para vivir la cultura de la paz.
Si optamos por ser pacíficos, pacifiquemos por medio del diálogo, la tolerancia, el perdón, la amistad. Trabajemos por la comprensión y la reconciliación. Si queremos la paz, construyámosla. Si queremos la paz, hagamos todo lo que podamos para vivirla. Si queremos trabajar por la paz, hemos de denunciar la violencia, incluso la violencia estructural, origen de tantas guerras. Resistamos a los violentos. No queremos la paz de los vencidos. Si somos personas pacíficas combatamos la injusticia causa de muchas violencias. No queremos una paz alienante. Si somos pacíficos, defendamos la libertad, porque no queremos la paz sin dignidad, la paz de los esclavos. Si somos pacíficos, vivamos en el amor, hagámonos voluntarios de la solidaridad. Estos servicios generosos son las mejores piedras para construir la ciudad de los hijos de Dios. Si somos pacíficos, seamos ecologistas, defendamos la paz con la naturaleza, liberándola del yugo de la explotación y la contaminación. Todo esto implica vivir siempre con tolerancia y amor.
Cuando nos llenamos de la paz de Jesucristo también nosotros podemos irradiarla con nuestras actitudes, podremos sembrarla con palabras y gestos. El pacífico es hijo de Dios. Los hijos de los hombres son agresivos y violentos, siembran discordias y divisiones, preparan armas cada vez más temibles. A los hijos de Dios se les distinguen enseguida porque son acogedores y dialogantes, son amistosos y cordiales, liman aristas y ven el lado bueno de las cosas, sus manos siempre están abiertas, no han aprendido a cerrarlas. Son, en verdad, hijos de la paz, hijos del amor, hijos de Dios.
El trabajo por la paz es duro y permanente. El trabajador de la paz nunca está en paro. La tarea empieza en el corazón humano, nuestro más próximo campo de batalla. Pasa por la familia, la comunidad, que tantas veces oculta actitudes belicosas, distantes, intolerantes. Se debe llegar a todas las plataformas del tejido social, donde se dan tantas situaciones agresivas e injustas, y a las relaciones entre regiones y pueblos, para condenar todo tipo de racismo o xenofobia, de explotación y terror.
Hoy se nos pide iniciar la revolución de los pacíficos, para que desaparezcan todas las armas y se conviertan en instrumentos para generar bienestar para todo ser humano. Se nos pide que aprendamos a respetarnos y a descubrir los valores de cada persona y de cada pueblo, a utilizar nuestros bienes solamente para el progreso, a defender de verdad la vida, la naturaleza, la belleza…, esta sería la revolución blanca de la paz. ¡Que no tengamos que esperar otro milenio para construir la paz, porque nuestro tiempo tiene mal aspecto! No hemos de ser pesimistas. Es verdad que se nos impone por todas partes una cultura de violencia, pero también existe un clamor por la paz como nunca, que no puede ser acallado. Que sigan gritando los pacíficos, aunque parezcan locos. Que sigan multiplicándose los profetas de la paz, los testigos y artífices de la paz. Que sigan resonando las bienaventuranzas de nuestro Señor Jesucristo.
Se nos pide cultivar la paz, sembrarla, construirla, acogerla en nuestra mente y en vuestro corazón. Hemos de aceptar que en nosotros quedan muchas cosas que pacificar. No hemos logrado la armonía interior necesaria. Aún existen muchos sentimientos o resentimientos que nos desequilibran, muchos prejuicios que nos violentan. ¿No nos sorprendemos muchas veces con pensamientos y deseos muy violentos que se exteriorizan en nuestro lenguaje?
Hemos de construir la paz en nuestro entorno, en nuestro servicio a los pobres, en nuestras comunidades, en todas nuestras relaciones. El talante y el ejemplo pacifican. En ocasiones se nos pide una palabra, un consejo, una reprensión, una mediación. Puedes poner un poco más de serenidad en las discusiones, un poco más de objetividad en los juicios, un poco más de realismo en las apreciaciones, un poco más de amor en todos los encuentros; y a veces basta con un saber relativizar, con un poco más de humor y de gracia. Emprender el camino de dar pequeños pasos.
Construir la paz en nuestro mundo, nuestra sociedad, no es nada fácil, nos parece empresa imposible. Hemos de actuar con paciencia y a largo plazo. Aprender que no podemos trabajar solos, tendremos que mirar a otros constructores de paz, integrarnos con ellos en organizaciones de paz y solidaridad, unirnos a las campañas en favor de la paz y la justicia. Son cosas que no dependen sólo de nosotros, pero que también dependen de nosotros. Podemos ir haciendo conciencia y mentalizar a los demás con nuestras palabras y actuaciones. También desde la base se puede influir en la marcha del mundo, sobre todo cuando la base conecta con el viento del Espíritu. Todos hemos de ser protagonistas en la construcción del mundo nuevo, más solidario y pacífico.
La paz debemos desearla, debemos trabajarla, debemos construirla día a día y con los más mínimos detalles, con pequeñas actuaciones. Los hijos de Dios son precisamente los pacíficos, los que favorecen la reconciliación, los que ponen mansedumbre donde hay violencia, perdón donde hay venganza, amor, mucho amor, en todas las relaciones humanas. Se trata de una exigencia humana y cristiana. Es una idea necesaria, es una idea imperativa, una idea inspiradora. Ella polariza, las aspiraciones humanas, los esfuerzos y las esperanzas. Es movimiento, crecimiento, trabajo, esfuerzo, conquista.
Para vivir la paz hemos de potenciar el diálogo. El diálogo es la fuerza pacificadora más importante que poseemos. El diálogo supera prejuicios, rompe barreras mentales, vence las incomprensiones, modera las ideologías, desvirtúa los fanatismos y hace posible el entendimiento de las personas. El diálogo es una de las armas más importantes para construir la paz. También hemos de ofrecer el perdón y buscar la reconciliación. La paz se busca en la verdad y el amor. Todo el que ama está dispuesto a perdonar y enterrar resentimientos. Si quieres la paz, olvida y perdona.
¿Qué podemos hacer para construir la paz, ser instrumentos de paz y reconciliación? Realicemos gestos sencillos que nos ayuden a vivir unidos y superar diferencias, construir la paz día a día, acto a acto para que seamos no personas que sólo hablan de paz, sino personas que construyen la paz con cada uno de sus actos. Trabajemos juntos para construir la paz, sin protagonismos, sino como humildes servidores de la paz, servidores esforzados, dialogantes, humildes, unos servidores que piden y ofrecen ayuda, unos servidores que valoran los esfuerzos de todos, unos servidores capaces de colaborar con todos.
III. Orar por la paz
Nos damos cuenta que no vivimos la paz, no somos instrumentos de paz y reconciliación. Nuestra sociedad tiene comportamientos agresivos que distancian la paz. La paz de Jesucristo es algo muy delicado y exigente; por eso ahora pedimos a Jesucristo que conceda al mundo y a esta sociedad nuestra su paz, paz que es alegría, equilibrio, respeto, libertad y amor. Y pedimos que haga de nosotros instrumentos de su paz; que sepamos llevar a nuestros ambientes un poco de serenidad y buen juicio, que la palabra sea adecuada, el gesto confiado, el talante alegre, el trato amistoso, que no amemos la fuerza, sino que seamos fuertes en el amor.
Ser instrumentos de paz, instrumentos de la paz de Dios en nuestro mundo, en nuestro servicio, en nuestras comunidades, nos exige comenzar el año orando por la paz. Rogar al Señor por la paz y la justicia con una oración que brote de lo más hondo de nuestro ser. Una oración confiada y comprometida. Confiamos que Dios todo lo puede hacer nuevo, todo lo puede transformar. Estamos en las manos de Dios. Una oración comprometida porque Dios sigue llenándonos de sus dones. Los talentos que él nos ha dado tienen que estar en activo, tienen que producir al ciento por uno, porque el mundo nuevo está todavía por hacer. Nuestro compromiso en este año es seguir realizando la obra de Dios. Continuar lo que Jesús vino a hacer a la tierra: pasar por la vida haciendo el bien, curando, liberando, resucitando, sembrando amor para que el Reino de Dios sea cada vez una realidad más tangible en nuestro mundo.
Siempre es tiempo oportuno para orar por la paz y para comprometernos con la paz. ¿Será un don inalcanzable? ¿No será posible que nos veamos algún día libres de guerras y de violencias? Cierto, será imposible mientras no desaparezcan las verdaderas causas de los conflictos. Vivamos la justicia porque la injusticia es la peor de las armas. Preparemos la paz tendiendo puentes y no construyamos muros. Paz desde la libertad y no una paz obligada, prepara la participación porque no puede haber una paz impuesta, prepara la verdad porque la mentira y la paz no pueden vivir juntas, prepara la solidaridad porque el compartir desactiva las armas, prepara la capacidad de perdón porque desarma al enemigo, prepara la oración porque la paz, sobre todo es don de Dios y hemos de pedírsela insistentemente, sin desfallecer.
Orar por la paz siempre. No sólo tenemos que trabajar por la paz, hemos de pedirla, orar para que Dios nos envíe la paz. Pedimos la paz invocando el nombre de Jesús, que es nuestra Paz. Pedimos que Dios nos conceda entrañas de misericordia, ser humildes, compasivos, serviciales y solidarios. Ir al encuentro del pobre, acercarnos al que sufre para ayudarlo. Pedimos crecer en unidad para que la paz de Jesucristo nos acompañe todos los días de nuestra vida. Que el rostro de Cristo-Paz ilumine el camino de los hombres, que sea nuestro camino, que hagamos el camino juntos, alegres y solidarios, que al final de todos nuestros caminos encontramos siempre el descanso y el gozo de la paz, que florezca la justicia en todos los rincones de la tierra.
Pedimos el don maravilloso de la paz. Sentimos la necesidad de pedirla, porque los hombres no acabamos de dar con ella. Si queremos la paz, lo primero que debemos hacer es pedirla; Cristo es precisamente el príncipe de la paz. Ya, en su nacimiento, los ángeles deseaban la paz para todos los hombres. Era como el regalo que Jesús nos traía desde el cielo. Si queremos la paz, pidámosla con toda el alma. Tampoco estaría mal suplicar la intercesión de María, a la que invocamos como «reina de la paz». Ella ayuda siempre a sus hijos a vivir reconciliados y pacificados. ¿Qué sentirá María cuando nos ve riñendo, siempre marcando distancias y llenos de recelos?
Le pedimos a María este don sagrado, tan necesario de la paz, le decimos: María, madre de Dios, pacificada y pacificadora, de ojos misericordiosos, servidora total, lluvia de gracias, alcánzanos la gracia de la paz. Tú, que uniste en tu vientre al cielo y a la tierra, une a todos los pueblos con los lazos de la comprensión y la solidaridad. Tú, que eres madre de todos los hombres, ayúdanos a vernos y a tratarnos como hermanos, sin ningún tipo de distinción. Tú, que fuiste al encuentro del pobre y anunciaste su liberación, enséñanos a acercarnos y a defender a todos los que sufren injusticias, a los pobres y marginados. Madre de la solidaridad, enséñanos a ser vasos comunicantes. Si surgen rencillas, malentendidos entre nosotros, que una mirada o una palabra tuya nos devuelvan la capacidad de entendernos. Propicia nuestros diálogos, favorece nuestros encuentros, anima nuestra cooperación, potencia nuestra comunión. Restaura los vestidos rotos de la Iglesia y del mundo. Pedimos, María, que no te canses de restablecer la unidad que nos lleve a construir la paz, tú eres la Madre y Virgen del corazón limpio, estrella y abrazo para todos. Te pedimos, pues, María, que nos ayudes a ser portadores de paz. Dios se fijó en María, se fijó en ella y le dio la paz. Ahora ella no hace otra cosa que transmitir en sus ojos la mirada pacífica de Dios. Sea así también nuestra mirada.
Os deseo a todas la paz, pero una paz que no nos deje en paz. Una paz que no nos deje tranquilos y satisfechos, una paz que no nos deje descansar, una paz que es un fuego en las entrañas y que nos lanza a transformar las estructuras injustas que aún quedan en nuestra sociedad, para que la paz se sostenga sobre la base sólida de la justicia y del amor. Nuestra oración se eleve al Señor, en este comienzo del año, con las palabras con que el sacerdote nos bendice en la Eucaristía del primer día del año: «El Dios, fuente y origen de toda bendición, nos conceda su gracia, derrame sobre nosotros la abundancia de sus bendiciones y os proteja durante este año que hoy comenzamos. Él nos mantenga íntegros en la fe, inconmovibles en la esperanza y, en medio de las dificultades, perseverantes hasta el fin en la caridad. Él nos conceda un feliz y próspero año nuevo, escuche siempre nuestras súplicas y nos lleve a la vida eterna»







