Habiendo llegado el Cardenal Wisemán a Londres en el año 1850, época en la cual plugo a Dios Nuestro Señor restablecer la jerarquía católica en Inglaterra, desde luego este granPrelado tomó muy a pechos el alivio, mayormente espiritual de los pobres, que en algunos barrios de aquella gran ciudad estaban muy abandonados. Por tanto, buscó varias Órdenes religiosas para que le ayudasen; pero éstas, por una u otra razón, todas se excusaron. En esto, algunas piadosas señoras que se ocupaban en empresas de caridad y religión le propusieron que llamara a las Hijas de la Caridad; apoyando con insistencia este proyecto el Reverendo Padre (después Cardenal Manning), reciente fundador de la Congregación de los oblatos de San Carlos.
Preguntábase si sería posible que las Hermanas se presentaran en público con sus propios hábitos, pues estaba prohibido en Londres el hábito eclesiástico; y aunque esta prohibición no afectaba a las Religiosas, éstas no se atrevían a salir con los propios, por temor de exponerse a los insultos de los protestantes, pues entonces aún estaba el espíritu público muy predispuesto contra los católicos. Con todo, se había conseguido fundar las Hijas de la Caridad en Sheffield, y, por consiguiente, ¿por qué no establecerlas también en Londres?
Accedió el Cardenal y las señoras, principalmente lady Georgiana Fullerton, pidiendo al Superior General, que a la sazón era el Sr. Etienne, tres Hijas de la Caridad para comenzar en Londres las obras de su Instituto. Después de algunas negociaciones fue aceptada la fundación, y el 22 de Junio de 1859 llegaron a Londres dos Hermanas, a saber: Sor María Chatelain y Sor Vicenta Farrell. Con esto quedó satisfecha lady Georgiana y muy contenta; y tal vez, no sin algún miedo del efecto que esta aparición causaría, fue en persona a la estación a recibirlas y llevarlas en su coche a su misma casa.
Mas parece que aquellas buenas señoras no disponían de habitación conveniente para las Hermanas; así que una de ellas, que recientemente se había convertido, les ofreció una casa que había alquilado en una calle pobre de Westminster, situada en un arrabal de los más pobres y miserables.
Había puesto en esta casa un lavadero para dar trabajo a las mujeres pobres de la vecindad, y así las Hermanas quedaron instaladas en la parte desocupada, bien que sólo provisionalmente. En la misma tarde de su llegada, una joven, que era maestra de la escuela católica de la Parroquia, se ofreció para llevarlas a la iglesia a fin de asistir a la bendición; pero apenas las dos tocas habían salido a la calle, agrupóse una multitud dando gritos de amenaza; mas felizmente se presentaron algunos soldados que las defendieron, y escoltándolas las acompañaron hasta la iglesia, donde aguardaron hasta su salida, y ellas, bajo la misma escolta, volvieron a su casita muy contentas. Estos valientes soldados ejercían aquel acto de protección en reconocimiento a las Hermanas, a quienes habían visto cuidar de los soldados enfermos, durante la guerra de Crimea, teniéndose por muy felices en poder prestarles este socorro. Frecuentemente fueron protegidas por un Oficial de policía contra la chusma de chiquillos que les tiraban piedras y lodo, gritando: Papist Nuns (Monjas papistas), etc. Pero poco a poco fueron conociendo aquellos miserables que, si las Hermanas eran católicas, no hacían daño alguno, antes por el contrario, hacían bien a todos; al fin se desvanecieron las preocupaciones, y las Hermanas pudieron transitar libremente por las calles.
Es digno de notarse que Sor Chatelain, que había tenido que sufrir los gritos y burlas, las piedras y el lodo, hace cerca de cuarenta años, y que había recibido la misión de poner los primeros fundamentos de las obras de San Vicente en Londres, tuvo el consuelo de ver todas estas obras en su mayor desarrollo, y multiplicadas las casas de nuestras Hermanas, y las Hijas de la Caridad respetadas en todas partes, Estos recuerdos causaban profunda impresión en muchos el día de su entierro; formaban una larga procesión que desfilaba a través de las mismas calles de Westtninster, que seguía el blanco féretro que contenía lo que de ella quedaba sobre la tierra: marchaban las Hermanas de cuatro en cuatro, seguidas de los huérfanos, de los niños de la escuela y de una multitud de pobres, muchos de los cuales derramaban abundantes lágrimas. ¡Qué contraste con aquel otro día inolvidable en que las dos pobres Hermanas volvían a su pobre casita y se preguntaban, sin duda, cómo podrían aparecer de nuevo en las calles de este Londres que tan mal las había acogido!
Pronto llegó una tercera Hermana a aumentar la reducida Comunidad, y pocos días después de la instalación se presentó la primera postulanta. Esta postulanta, que actualmente está de Superiora en una casa importante, nos ha comunicado algunas minuciosidades acerca de los primeros días de su vida de Comunidad.
Parece que la casa del número 22 de Yorkstreet era todo lo que es posible pensar, ó mejor, lo que no se puede imaginar de incomodidad, de pobreza y aun de suciedad. Probablemente las señoras no habían tenido intención de poner en ella a las Hermanas, viéndose, después de muchos pasos, obligadas a tomarla por falta de otra mejor; y pensando que no merecía la pena de hacer en ella las reparaciones necesarias, se la había simplemente provisto de los muebles puramente precisos: algunas pobres camas, una ó dos mesas y algunas sillas, que había que trasladar de unos aposentos a otros. Lo más sencillo era la provisión de la cocina; pues para hacer el puchero no había sino una sola cazuela, en la cual se echaba un pedazo de carne para que se cociera ó no, según el capricho del fuego, pises nadie podía entretenerse en guisos, porque las Hermanas estaban muy ocupadas en otras cosas. Para cenar se tenían que contentar muchas veces con una sopa de avena. Las señoras iban frecuentemente a visitarlas, y parece que manifestaban por ellas mucho interés; se esmeraban por llevar a cabo las obras que se propusieran, y en proveer de recursos para los pobres; pero nadie se acordaba de las necesidades de las mismas Hermanas. La culpa se la tenían ellas, porque siempre se mostraban alegres y contentas, ni pedían cosa alguna, y probablemente por esta causa nadie sospechaba que padeciesen muchas privaciones.
Además de estas había otras muchas incomodidades, y no era la menor que las mujeres pobres que iban a trabajar al lavadero recorrían todo el interior de la casa; pues además de no tener sobre ellas las Hermanas autoridad alguna, no había más puertas que la de entrada. Otra clase de habitantes había, además, en aquella pobre casa: estaba materialmente repleta de legiones de chinches, que durante mucho tiempo habían sido los únicos dueños de aquella vivienda, y por lo mismo, dura había de ser y repugnante para las Hermanas la guerra de exterminio que les habían declarado.
No obstante todas estas dificultades, ellas se aplicaron con denuedo a trabajar. Primeramente se comenzó por las visitas a los pobres y la instrucción religiosa de los niños y de los convertidos.
La patente de fundación de la Asociación de Hijas de María data del 16 de Septiembre de 1859, lo cual prueba que se apresuraron a establecerla, lo mismo que la de los Santos Ángeles para los niños más jovencitos. Se alquiló una espaciosa sala encima de una cuadra, a la que se subía por una especie de escalera, y se puso un comedor, acudiendo desde los primeros días las madres que llevaban sus pequeños para ser cuidados desde la mañana hasta la tarde. Poco después se encargaron las Hermanas de algunos pobrecitos niños abandonados.
La postulanta misma, que fue testigo de estos principios, se acuerda todavía de la primera fiesta de San Vicente, en 1859; Su Emcia. el Cardenal Wisemán se dignó ir a celebrar la santa Misa en el reducido oratorio de la casa en que Nuestro Señor tomaba parte en la pobreza de sus esposas. Después de medio día, Ladi Georgiana y Mademoiselle Taylor, que después ha sido fundadora de una Comunidad religiosa, fueron a felicitar a las Hermanas, y para asociarse a la fiesta tomaron una taza de thé bajo un árbol muy negro y marchitado, que era el único adorno del patio de la casa. La postulanta estaba muy ufana por llevar en sus brazos el primer niño de aquel Asilo, el cual sin duda era el objeto de la admiración de aquellas buenas señoras.
Uno de los primeros amigos de las Hermanas fue el Reverendo Padre Manning, entonces Superior de los oblatos de San Carlos, que acababa de fundar en Londres. Este verdaderamente santo Sacerdote, después Cardenal Manning, iba con frecuencia a celebrar la santa Misa a la casa de las Hermanas, y fue también su confesor. Era tan pequeño el oratorio, que las Hermanas que aguardaban a las que se confesaban debían estar en la escalera. El Cardenal siempre se manifestó amigo de las Hijas de la Caridad durante su larga vida. Por espacio de más de veinte años, nunca ha dejado de ir a darles la bendición en la fiesta de San Vicente, cuando ya no eran dos señoras solas, sino que la capilla se encontraba llena de una multitud de amigos, y en lugar de un niño se habían sucedido algunos centenares de ellos.
Pero ya es tiempo que volvamos al año 1859, en el que se presentó otra, segunda postulanta. Era una joven de veinticuatro años, acostumbrada a todas las comodidades de una vida regalada y con cualidades propias para agradar al mundo; mas en medio de tantas privaciones a que se encontraban sujetas, se manifestaba tan alegre, que el piadoso Sr. Manning, creyéndola algo revoltosa, preguntaba a la Hermana Chatelain con alguna inquietud si pensaba conservarla. Felizmente la buena Sor Chatelain la supo apreciar en lo que había de ser, pues aquella joven postulanta era nuestra buena Sor Robinsón, que durante muchos años ha cumplido con el oficio de una buena Superiora. Murió el día de la fiesta de la Inmaculada Concepción del año 1896, dejando muy edificantes recuerdos.
En fin, habiendo ya las señoras hallado y alquilado una casa conveniente, se trasladaron a ella las Hermanas, abandonando la de Yorkstreet el 11 de Julio de 186o. Desde entonces subió su número hasta cinco ó seis, y sus obras tomaron algún mayor desarrollo. Se comenzó por recibir algunos huérfanos y se abrió una clasecita para instruir a las niñas de mediana edad, para que no estuviesen expuestas a acudir a las escuelas protestantes. Por este tiempo tuvo principio también una obra muy importante; era una escuela nocturna para los jóvenes, y también para los hombres de las clases bajas, y acudían gustosos a aprender a leer, escribir, y sobre todo recibían sólida instrucción religiosa; muchos de ellos no sabían absolutamente nada. No se comprende cómo esos hombres tan pobres y groseros se manifestaban tan dóciles como los niños para con las Hermanas. Esta obra, que siempre se ha continuado, ha producido y sigue produciendo mucho bien.
Sor Chatelain fue muy estimada desde su llegada a Londres, no solamente por las señoras, sino también por los eclesiásticos y cuantos tuvieron ocasión de tratarla. Aunque en esta época apenas podía decir cuatro palabras en inglés, su aire de recogimiento, su humildad, y sobre todo su mucha caridad y abnegación por los pobres, le habían merecido la estima y respeto de todos.
Todavía la situación de las Hermanas en Londres era muy precaria y nada había sólidamente establecido. La casa de Parksireet había sido alquilada por las señoras para tres años; pero siendo reducido el local, las obras no podían adquirir el desenvolvimiento que era de desear, a lo que también se oponía la inseguridad de los recursos. Pero Dios Nuestro Señor se dignó bendecir las obras de San Vicente, escogiendo para esto su instrumento. En efecto, si las obras de las Hermanas en Londres han recibido verdadera estabilidad, es debido en gran parte a la señorita Catalina Eyston, que, bajo el nombre de Sor Agustina, ha pasado muchos años en Comunidad; humilde, sencilla y servicial, consiguiendo ocultar sus limosnas de tal modo, que casi nadie ha tenido de ellas conocimiento.
Cuando las señoras se preguntaban cómo encontrar medios con que atender a las obras de nuestras Hermanas y asegurar el porvenir, ofrecióseles esta buena señorita, no sólo con su fortuna, sino también con su persona. Ya no era joven, y había pasado sus treinta y cuatro años entre los contentos y goces en que pasan sus días tranquilamente las familias distinguidas de Inglaterra; durante muchos años había gobernado el palacio de su hermano y hecho mucho bien a su alrededor; pero conoció que Dios pedía más de ella, y así, impulsada por la gracia, entró en el postulantado.
Encontró la casa todavía tan pobre, que no había silla para ella, debiendo sentarse sobre un tarugo, que era trasladado de la sala de Comunidad al refectorio.
Dió en seguida, no solamente cuanto necesitaba la casa de Parkstreet, sino también una considerable suma para comprar un terreno, donde se comenzó a construir una casa. El 3 de Mayo tomaron posesión de ella las Hermanas con algunos niños, aunque todavía no estaba completamente terminada. Bien pronto aumentó el número de huérfanos, subiendo hasta más de ciento, y se organizaron las obras de San Vicente, es decir, la visita a los pobres de dos grandes Parroquias; la cuna de expósitos y un asilo para huérfanos; las clases de día y de la noche; la instrucción religiosa para los nuevamente convertidos, y otras diversas asociaciones. Poco después se instaló un horno para durante el invierno, con que se suministraba pan y sopa a centenares de pobres, hombres y mujeres. Habiendo recibido ya el hábito Sor Eyston, fue enviada primeramente a Bolonia, desde donde pasó después a Londres, a la Casa de la Caridad de Carlisle Place, donde manifestó mucha solicitud en servir a los pobres. Su humildad igualaba a su caridad; acogía, según se le iban presentando, toda clase de trabajos, grandes y pequeños; en fin, su vida no era sino un continuo sacrificio por los pobres. Murió en Febrero de 1895, dejando un gran vacío en la reducida familia de Carlisle Place.
Aunque las casas que tan humildemente comenzaran seguían sosteniéndose, no era, sin embargo, sin alguna dificultad; la de Carlisle Place ha sido siempre la Casa de la Providencia, puesto que, sin contar con ninguna clase de fondos, subsiste de día en día. El Cardenal Manning dijo en cierta ocasión a Sor Chatelain: — No tengan ustedes miedo, porque son muy ricas, pues tienen en su favor la Providencia, y su bondad no les abandonará jamás.
Nuestro R. P. Etienne tuvo siempre un interés particular por la fundación de Londres. Ya en 1863 fue a visitar las Hermanas. Puede imaginarse cuál sería el contento con que fue recibido, de Sor Chatelain sobre todo, que profesaba profunda veneración a este buen Padre, con cuyas cartas había sido alentada en todas sus dificultades. Todas estas preciosas cartas mandó romperlas esta digna Superiora por humildad y despego antes de su muerte, excepto una, en la cual se leen estas líneas:—»Sí, muy cara Hermana, preséntase en la Gran Bretaña una Misión muy preciosa, y la Compañía está llamada a producir en ella un bien inmenso; pero es con la condición de proceder con prudencia y juicio, y, en particular, de fundarlo todo según el espíritu de San Vicente».
El contenido de esta carta, escrita en 1867, se ha realizado admirablemente, pues que, desde este tiempo, se han fundado en el Reino Unido cerca de cincuenta casas, y ha sido del agrado de Dios servirse de instrumentos tan débiles para llevar a cabo muchas obras que contribuyen poderosamente a su mayor gloria y al bien de las almas.
Después que la Hermana que él envió para echar los fundamentos de sus obras en ese país, la muy digna Sor Chatelain, ha pasado ya al descanso eterno, es muy justo con fesar que en todo se gobernó por los consejos que le daba el P. Etienne; llevada de su humildad, de su alejamiento del espíritu del mundo, y señaladamente de su amor a los pobres, todo lo ha hecho y encaminado según el espíritu de San Vicente.







One Comment on “Inicios de las Hijas de la Caridad en Londres”
¿Están directamente relacionados con las Hermanas de la Caridad (Madre Teresa de Calcuta)?
¿Reciben personas voluntarias que quieran ayudar a las personas necesitadas?