Inculturación del carisma vicenciano: Comunidad en la Congregación de la Misión

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la Misión, Formación VicencianaLeave a Comment

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Autor: José Antonio Ubillús Lamadrid, C.M. · Año publicación original: 1996.
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Desde hace algunos años, las congregaciones religiosas y las sociedades de vida apostólica, como la nuestra, se cuestionan seriamente sobre lo que realmente significa que sean comunidades internacionales. Entre los desafíos más generales que las han llevado a este cuestionamiento están:

En primer lugar, la toma de conciencia que surge en muchas regiones del mundo sobre la propia identidad cultural ha motivado a ciertas comunidades religiosas a plantearse serios interrogantes acerca de la opresión y dominación que ejercen algunos grupos dentro de las congregaciones en razón de las diferencias de raza (racismo), clase (clasismo), cultura (hegemonía), edad (antigüedad), capacidad físico-mental (competencia), religión… etc.

En segundo lugar, muchas de estas comunidades, con raíces históricas en el primer mundo y la mayoría de sus miembros en éste, están recibiendo del tercer mundo la mayor parte de sus vocaciones. Este fenómeno es nuevo para la internacionalidad y exige afrontarse con espíritu evangélico e inteligencia.

En tercer lugar, se acentúa cada vez más una crítica a la autosuficiencia de la cultura occidental cristiana, de la Iglesia, de las congregaciones religiosas y por supuesto, aunque cada vez en menor escala, de los misioneros.

Todo esto ha llevado a considerar que la internacionalidad ya no significa una simple presencia física al interior de las comunidades religiosas y de las diferentes naciones del mundo. Esta necesita «ad intra» de la interculturalidad1 y «ad extra» de la inculturación2 para ir respondiendo a los desafíos que acabamos de anotar.

La CARTA A LOS HERMANOS de nuestra XXXVII Asamblea General, Roma, 25.07.92, decía, entre otras cosas, acerca de las comunidades renovadas, lo siguiente: «La diversidad de situaciones que viven nuestras comunidades, el carácter internacional de algunas de ellas, en las misiones ad gentes sobre todo, la variedad de nuestras actividades misioneras, y a lo que se añaden las diferencias de edad, de formación y de mentalidad, constituyen ciertamente una riqueza, pero conlleva también la dispersión y el aislamiento». Por consiguiente, es urgente que busquemos, como lo tienen que hacer las demás congregaciones, respuestas a nivel personal, a nivel de comunidad local y, en consecuencia, a nivel de toda la Congregación para hacer posibles la interculturalidad y la inculturación.

I. A nivel personal

En este nivel hay tres exigencias que a mi modo de ver son fundamentales para lograr una comunidad internacional interculturada e inculturada:

1. Descubrimiento

Debo tratar de conocer el mundo interno y externo que me rodea y aceptar que éste es más grande que mi propio mundo. Debo estar abierto a nuevos descubrimientos, vale decir, a nuevas formas de poder expresarme, de hacer las cosas, de ver e interpretar la realidad que me rodea. Un verdadero descubrimiento jamás debe ser una compensación para encubrir las imperfecciones que experimento en mi. El espíritu de descubrimiento se fortalecerá a medida que me capacito para el intercambio y me adapta al mundo que me circunda. Es un proceso que jamás termina, o sea, descubro y reacciono, me adapto según necesidad y luego descubro nuevos aspectos de esa realidad. Si rechazo o no puedo reaccionar a adaptarme, entonces el descubrimiento se interrumpe y la vida se vuelve estática.

2. Desapego

Para que el proceso de descubrimiento sea concreto y verdadero debe haber un desasirse y un adquirir. En ciertas ocasiones debo ir dejando cosas para tener libertad de adquirir otras más valiosas e importantes para mi vida de misionero y ministro que aquellas que creo necesarias y cuyo valor tal vez jamás he cuestionado. Dejar y adquirir forman parte de un sano crecimiento humano. El desprendimiento está en relación a la prioridad entre realidades igualmente válidas. Establezco prioridades sobre la base de aquello que mejorará mi vida y mi ministerio, teniendo en cuenta el contexto de mi compromiso.

3. Morir a sí mismo

El proceso de interculturación e inculturación me coloca en la verdad y en la experiencia del Misterio Pascual. Habrá muerte cuando acepte la responsabilidad de internacionalidad, de interculturalidad y de inculturación. Esquivar la muerte, huir de la cruz, se vuelve expresión de egocentrismo, de obstinación en querer andar a solas el propio camino, lo que no es otra cosa que orgullo. El desafío está en creer y vivir que «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo, pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Es entonces cuando habrá Pascua.

II. A nivel de comunidad local

También a nivel de comunidad local considero que hay tres exigencias para lograr que ésta se interculture e inculture:

1. Vivir «ad intra» en la diversidad cultural: Interculturalidad

Hoy más que nunca empezamos a tener en la Congregación comunidades locales pluriculturales y plurinacionales. La diversidad de culturas en la comunidad local nunca puede ser un hecho intrascendente. Mientras no se le de importancia, puede generar confusión y ambigüedad. Se hace necesario el diálogo para una clara comunicación y un

sano intercambio personal. El desafío está en aceptar realmente las ricas diferencias existentes en una comunidad local. Pero es posible que las diferencias queden sin orientación degenerando en divisiones, y entonces perdamos el tiempo en interpretar erróneamente conductas o expresiones o en asignar motivaciones que nada tienen que ver con la intención real de la persona. El desafío exige que los integrantes de la comunidad estén dispuestos a compartir mutuamente sus sentimientos, confiar, escuchar y comprender a distintos niveles. De otro modo, nuestros esfuerzos de vivir la diversidad serán un barniz y no se llegará a una verdadera vida comunitaria interculturada.

2. Asimilar «ad extra» la cultura: Inculturación

No debemos permanecer aislados del contexto cultural en el que vivimos y trabajamos como si no fuese digno de tenerse en cuenta. Nuestra presencia en el pueblo nos debe llevar no solo a la inserción y a una opción preferencial por los pobres, sino también asumir la riqueza más íntima y profunda que yace en el alma de los pueblos: la cultura, legado de las influencias de toda suerte de identidades que a lo largo de milenios se han asentado en los espacios de la geografía continental.

Gracias a los trabajos de los antropólogos en sociedades no occidentales hemos podido saber que la cultura no es un simple refinamiento añadido al propio ser, ni una herencia valiosa pero inaccesible de tradiciones sino fundamentalmente un «diseño de vida» fruto de la construcción y reconstrucción histórica de un determinado colectivo.

Si la cultura es básicamente un «diseño de vida», el escenario al que hay que acudir para estudiarla no es el centro académico, el museo o la página cultural del periódico sino la vida cotidiana de la gente.

La vida cotidiana remite, por tanto, a las relaciones básicas de cada uno: la relación con la naturaleza, con los otros hombres (sociedad), con uno mismo y, finalmente, con el quehacer de sentido. La vida cotidiana, por referirnos a relaciones, nos habla también del mundo afectivo y valorativo: de ternuras, de afectos y desafectos, de angustias y de gozos. Es también el lugar de especificación de lo que se asume como valores.

La vida cotidiana de las personas, en tanto, experiencia intersubjetiva, configura también sus «espacios», sus «ritos» y hasta sus «instituciones». Hay espacios privilegiados como son la familia, el trabajo, el barrio, el mercado. Hay ritos propios de la vida cotidiana: la comida, el viaje, la compra del día o de la semana… etc.

Inculturación nos sitúa en una dinámica hacia adentro («in») de la cultura. Se distingue, por tanto, de la aculturación (que remite a una pérdida de identidad cultural), de la interculturalidad (que se refiere a las relaciones que pueden establecer entre sí las culturas) y a la misma inserción (proceso que nos identifica con los pobres). Esta última es condición para la inculturación. Pero ésta no se agota ahí. Ya insertos en la cultura, hay que inculturar el Evangelio, es decir, hay que releer la experiencia de fe desde los marcos socio-culturales de un colectivo determinado a fin de que la Palabra de Dios pueda convertirse en mensaje pertinente para dicho colectivo.

Asumir otra cultura, por consiguiente, es una exigencia que implica muchos aspectos de nuestra vida. Hay dos caminos que nos ayudan de un modo especial asumirla: lengua y cosmovisión. La inculturación exige, por una parte, aprender la lengua del pueblo, lenguaje verbal y simbólico; por otra parte, conocer su cosmovisión: la mentalidad o sentido no sólo de las palabras, sino también del comportamiento, de los gestos e incluso de las perspectivas.

Las comunidades locales deben ir más allá de una simple «adaptación» cultural. El desafío está en buscar una verdadera inculturación y no sólo tolerar las prácticas culturales del pueblo o seguir importando nuestras propias prácticas, lo cual en definitiva no exige mayor esfuerzo. Asumir otra cultura no es una tarea simple. Supone conocerla y amarla, pero también desafiarla, ya que somos enviados para ser pastores y profetas al interior de las mismas. Al respecto, cito lo que escribe un teólogo hispano-peruano:

«La inculturación está de moda, ciertamente. Pero existe toda una revolución de pensamiento, una metanoia. Todo esfuerzo por el cambio de las formas, lenguaje, alimentación, estilo de vivienda, etc., de no estar alentado por una profunda actitud contemplativa a lo que Dios me pide desde más allá de la apariencia de cada realidad concreta, se convierte generalmente en mero «folklorismo». Encontramos con frecuencia aspirantes, novicios y profesos jóvenes que han sido arrancados en sus raíces por la influencia de la espiritualidad urbana, y a quienes se trata tardíamente de volver a vivir artificialmente lo mismo que formaba parte connatural en ellos y que siguen viviendo sus familias. Y, al final, sumamos una deformación a otra». (GARCÍA, Joaquín: «La comunidad religiosa local, fuente de renovación» en Boletín CRP, 1 (1996), Pág. 2).

Hay congregaciones, ¿también la nuestra?, presentes en un determinado lugar más de un siglo en las que no siente ni el más leve roce o influencia del entorno social, privando a las comunidades locales de las riquezas infinitas que el Señor ha puesto en los distintos pueblos que han ido haciendo allí su historia durante milenios. Esto puede ser una explicación de la disminución de vocaciones, ya que indirectamente solamente aceptamos aquellas que no producen la zozobra de la transformación y son dóciles a nuestros estilos y normas.

Si en lo local nacimos por iniciativa de nuestros progenitores, desde lo local seremos renovados en el Espíritu, y volveremos a dar a nuestra congregación y a la Iglesia el carácter variado y multicolor de nuestras vivencias espirituales más profundas.

«Nuestras teologías, escribe también Joaquín García, son centralizadas, las normas proceden de los núcleos de los sistemas jerárquicos, y nos sentimos en el último extremo responsables de su «adaptación» a nuestras condiciones específicas. Mas no es ese el camino y el sentido de lo que quiere decir el documento de Santo domingo cuando nos habla de «inculturar el Evangelio». No se trata sin embargo de una disyuntiva sino de un equilibrio en el enfoque de un cambio en la direccionalidad del proceso en sentido inverso de abajo arriba, desde la periferia al centro. La riqueza más extraordinaria para mantener la identidad propia en el marco de una cantidad inagotable de posibilidades desde espiritualidades inspiradas en espiritualidades culturales humanas con carácter ecuménico y abierto. La letra (uniformidad) mata; el espíritu (diversidad) vivifica. Incluso en el caso de que la diversidad pueda hacer que surjan por necesidad otras formas jurídicas inspiradas en la misma raíz, produciendo crisis de crecimiento con frecuencia desgarradoras. ¿Por qué pensar que somos los únicos, que somos eternos, como la iglesia, y no aceptar que haya formas de vida consagrada (de vida comunitaria local) inimaginablemente inéditas hasta ahora no experimentadas?» (Ibid. Pág. 3).

Este discurso nos lleva a la exigencia de descentralizar nuestra reflexión espiritual y ser capaces de formular permanentemente desde nuestra práctica, desde la cultura en la que vivimos, desde el pueblo al que escuchamos, ideas, propuestas de vida que puedan ser compartidas en la mesa común con las de otros lugares y circunstancias.

3. Amar al pueblo

Sea cual fuere la tarea que una comunidad deba realizar cuando vive y trabaja en un contexto cultural particular, la mayor prioridad es la de amar al pueblo. Sin amor no es posible una verdadera inculturación, no es posible un anuncio profético del Evangelio, no es posible continuar la misión de Jesús. El desafío está en abrazar al pueblo como medio de nuestra salvación y no como objeto de nuestro ministerio; es construir comunidades en medio del pueblo y con el pueblo, conscientes de que en el mismo pueblo están en germen las semillas del Verbo.

4. Comunicar la propia identidad y carisma

La comunidad debe ser clara en lo que concierne a su identidad y carisma. Debe anunciarlos e invitar a otros a seguir al Señor por su intermedio. Debe, por otra parte, ser capaz de identificar los dones que aporta a la cultura y de qué modo la cultura ayuda a que estos dones florezcan, aun cuando cuestione y desafíe ciertos aspectos de esa misma cultura. Esto supone que la comunidad está lo suficientemente actualizada en cuanto al conocimiento y comprensión de su identidad y carisma.

III. Algunos alcances teológicos-espirituales

1. Nuestra vocación misionera es también una vocación para la vida de comunidad, pero la comunidad vicenciana es para la misión. Tal fue la intuición original de San Vicente: «Nuestra pequeña Compañía se ha instituido para ir de aldea en aldea» (Coste I, 550- 562). La comunión fraterna puede y debe ser, por tanto, fuente de energía para la misión entre los diversos pueblos y culturas (Cf. Líneas de acción para la Congregación de la Misión 1986-1992, p. 8).

2. Debemos encarnar el Evangelio en cada una de las culturas de nuestros pueblos en unidad inseparable con la opción por los pobres, pues seguimos a Jesús Evangelizador de los pobres que asumió todo lo humano en la cultura del pueblo, realizando la misión liberadora que el Padre le confío. El es nuestra inspiración, fuerza y camino. La experiencia de seguirlo en la historia debe ser siempre motivación del ser y actuar de cada comunidad.

3. Dios misericordioso y gratuito se nos ha revelado con rostro de cada una de las culturas. Es Dios que se incultura y se manifiesta sobre todo desde los «excluídos» y «gentiles«. Este Dios se nos ha mostrado en su Hijo encarnado que nos invita a seguirlo en pobreza y debilidad, en kénosis y cruz, con la alegría y la esperanza de la Pascua, viva en nuestros pueblos.

4. Dejémonos llevar por el Espíritu en la novedad de vivir de Dios en la espiritualidad de cada cultura. Contemplemos a Dios ya presente en ellas. Sepamos tener la paciencia de Dios para acompañar el camino del pueblo, que requiere sabiduría y paciencia evangélicas, apertura total, respeto humilde, pobreza y libertad de espíritu. La Palabra de Dios y la oración compartida en lo cotidiano nos revelarán un nuevo camino espiritual en las culturas que fecundará la espiritualidad de nuestro carisma vicentino.

Bibliografia

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Para el trabajo en grupos

  1. ¿Qué pasos se han dado en tu provincia con respecto a la interculturalidad y la inculturación de la vida comunitaria?
  2. ¿Qué perspectivas al respecto planteas para el futuro de la vida comunitaria en la Congregación de la Misión?
  1. INTERCULTURALIDAD: Proceso de influencia recíproca entre dos culturas o más
  2. INCULTURACIÓN: Es el proceso de evangelización a través del cual el mensaje evangélico se inserta gradualmente en una cultura y el Evangelio va siendo vivido, cada vez más, desde las características propias de esa cultura.

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