Imitadores de Cristo en su amor universal (III)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Miguel Pérez Flores · Year of first publication: 1996 · Source: CEME.
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RAZONES PARA VIVIR CASTAMENTE

Nuestro Señor nos hizo ver claramente cuánto estimaba la castidad (RC, IV, 1)

42.- Los motivos que san Vicente ofreció para estimar y practicar la castidad están inspirados en la conducta de Jesús.

Nuestro Salvador nos hizo ver claramente cuánto estimaba la castidad, y cuán ardientemente deseaba introducirla en los corazones, en el hecho de haber elegido nacer, por obra del Espíritu Santo y al margen de las leyes naturales de una virgen sin tacha (RC IV, 1).

43.- Esta primera motivación resulta hoy extraña porque el nacer según las leyes de la naturaleza, ¿tiene algo contra la castidad? El nacimiento de Jesús, lle­vado a cabo por leyes extraordinarias ¿condena de alguna manera el nacimiento de los demás humanos, incluso el de su Madre, pura desde el primer instante de su concepción, pero concebida como las demás personas? San Vicente repitió varias veces este pensamiento cuando se dirigió a los Padres y a las Hermanas, y lo comentó. En una de sus explicaciones, añadió esta consideración: Hemos de decir que tiene que haber algo grande en esta virtud, ya que el santo de los san­tos rompió el orden de la naturaleza para ser concebido y nacer de una forma que demuestra lo mucho que apreciaba la castidad (XI, 680)

44.- El pensamiento de san Vicente sólo se puede entender si se parte de la concepción pesimista que se tenía de la naturaleza humana y de muchas de sus leyes e instituciones, entre ellas, la institución matrimonial y las leyes de la concepción de la persona humana y, por supuesto, el uso del matrimonio que, según varios santos Padres, únicamente se justificaba por razón de la prole. Santo Tomás reaccionó contra este modo de pensar, pero no logró limpiar definitivamente el pensamiento o los sentimientos cristianos contrarios al matrimonio. Autores recien­tes siguen condenando cierto maniqueísmo que existe todavía en la mentalidad cristiana. El hecho es que la presunta fetidez del acto carnal ha marcado con fuer­za la literatura sobre la cuestión sexual, contribuyendo a un característico e inme­recido menosprecio del matrimonio, presentado casi únicamente como medio para satisfacer sin pecado los apetitos carnales, y haciendo del celibato una exaltación del hombre espiritual, que vive a la manera de los ángeles, al margen de los impul­sos carnales.

2º. Tenía tal horror al vicio opuesto que, aunque permitió que se le imputa­ran en falso los peores crímenes, para quedar saturado de infamia según sus deseos, no se lee, sin embargo, en el Evangelio, que fuese tachado, no diré ya de la acusación, sino ni siquiera de la menor sospecha de impureza (RC IV, 1).

45.- El segundo motivo, a la luz del ejemplo del Señor, es el haber consen­tido que le llamaran de todo, menos impuro, ni siquiera que hubieran sospechado nada de él en esta materia, ni sus contrincantes, ni sus discípulos. Hubo extrañe­za por parte de los discípulos cuando vieron a Jesús que hablaba con la samari­tana. Nadie le preguntó: ¡Qué quieres o qué hablas con el ella? (cf. Jn 4, 27). Hubo también extrañeza por parte del fariseo Simón cuando presenció en su pro­pia casa la escena de la mujer pecadora que besó los pies de Jesús, los ungió y secó con sus cabellos. ¡Si éste fuera profeta sabría quién y qué clase de mujer es ésta! (Lc 7, 39). En el Evangelio, vemos que Jesús se relacionó con otras mujeres, con Marta y María (cf. Lc 10, 39), con María Magdalena (cf. Lc 8, 2), con las mujeres que lo asistieron en los viajes apostólicos (cf. Lc 8, 3), con la pecadora a la que perdonó su adulterio y la defendió de sus acusadores (cf. Jn 8, 3). Para san Vicente, todos estos gestos fueron tan claros que ni los enemigos de Jesús pudie­ron sospechar nada malo. La fuerza del argumento está precisamente en esta vigi­lancia de Jesús, que no consintió le tildaran nada contra la castidad, y consintió, en cambio, que en otros aspectos lo ultrajasen sin medida.

3º. Los apóstoles y discípulos… dejaron a sus esposas para seguirlo… (XI, 680).

46.- Otro motivo fue el impacto del celibato de Jesús y su recomendación de que el que no deja a su mujer no es digno de él (cf. Lc 14, 26). Surgió en la pri­mera Iglesia la llamada a la castidad perfecta como estado de vida. Los apóstoles y discípulos que tenían esposa, la dejaron para seguirlo y las mujeres dejaron a sus maridos; muchos de los primeros cristianos hicieron lo mismo y no trataban con sus mujeres en el uso del matrimonio…. Después vinieron los Padres del desierto… los monasterios. En una palabra, surgió la profesión de la castidad consagrada como un estado de vida cristiana. La Compañía y sus miembros deben practicar la castidad… Vamos por todo el mundo predicando la castidad e inculcándosela al pueblo. ¡Qué importante es que nosotros tengamos una gran castidad! (cf. XI, 670-681). Para san Vicente, la Compañía ha sentido el atractivo del celibato de Jesús por el reino de los cielos, como lo sintieron tantos cristianos desde los orí­genes del cristianismo hasta ahora.

4º. Mandamiento de Dios, promesa hecha a Dios, el mal que puede sobre­venir a la Congregación: La Misión está perdida (cf. XI, 91, 127).

47.- En la conferencia del 13 de noviembre de 1654, muy resumida por el Hermano Robineau, dio como razones: el mandamiento de Dios, se los hemos pro­metido, se comete un doble pecado, el misionero debe tratar con personas de uno y otro sexo (cf. XI, 92). En la del 30 de julio la razón que dio fue el mal que sobre­vendría a la Misión. La Misión está perdida (XI, 127).

5º. Es muy de desear que la Congregación se inflame con un deseo muy vivo de la adquisición de esta virtud (RC IV, 1).

48.- San Vicente dedujo dos consecuencias del ejemplo de Jesús, una a nivel general: Es muy de desear que la Congregación se inflame con un deseo muy vivo de la adquisición de esta virtud y que profese el practicarla con toda perfección siempre y en todo lugar, y otra a nivel personal: Todos, pues, nos esforzaremos por aplicar toda reserva, diligencia y precaución necesarias para mantener fielmente la castidad de alma y de cuerpo. Ambas consecuencias quedan reforzadas por la constatación de un hecho evidente: Esto debemos tenerlo tanto más en cuenta, cuan­to que los trabajos de la Misión nos obligan a un trato muy estrecho, casi continuo, con seglares de ambos sexos. San Vicente dirigió al Señor una oración: Señor, con­cédenos la gracia de que ni la Compañía en general, ni ninguno de sus miembros en particular, caiga jamás en el vicio contrario, ni de cerca, ni de lejos. (XI, 680).

49.- En todas estas motivaciones, se nota el sentido pastoral que para san Vicente tenía la práctica de la castidad: Todos, pues, nos esforzaremos por apli­car toda reserva, diligencia y precaución necesarias para mantener fielmente la castidad de alma y cuerpo (RC IV, 1). La sola sospecha, aunque sea del todo injus­ta, haría más daño a la Congregación y a sus ministros que otros males que se nos puedan imputar en falso (RC IV, 4).

 

50.- Las motivaciones alegadas por san Vicente suscitan varias cuestiones:

¿En qué fuentes se inspiró san Vicente?

De una manera general, se puede decir que san Vicente se inspiró en el Evangelio, según se leía en su tiempo, en los santos Padres y en los escritores ecle­siásticos. Ya dijimos cómo san Vicente proyecta en la primera razón, dada en las Reglas Comunes, la mentalidad maniquea, contraria a la santidad del matrimonio y a la rectitud y santidad del uso del mismo. Llama la atención que el motivo segun­do, basado en la opción de Cristo de nacer de una manera extraordinaria por obra del Espíritu Santo, san Vicente repita lo que un escritor espiritual había publi­cado en un libro muy leído en los años anteriores al concilio Vaticano II, el libro del P. Alfonso Rodríguez, S.J., titulado Ejercicio de perfección y virtudes cristianas. En efecto, cuando este autor propone las razones para practicar la castidad dice: Es tanto lo que agrada a Dios esta virtud que haciéndose el Hijo de Dios, hombre, y habiendo de nacer de mujer, quiso nacer de madre virgen y consagrada con voto de castidad, como notan los santos.

2º. ¿Qué valor tienen las motivaciones alegadas por san Vicente?

Hoy difícilmente convence esta razón de la concepción virginal de Jesús, para amar y apreciar la castidad. Además de las razones culturales antes expues­tas, falla al considerar el matrimonio como algo de segundo orden, creando cate­gorías que no tienen fundamento alguno en el plan de Dios. La virginidad y el matrimonio son, como hemos dicho, dos realidades distintas y que no hay porqué compararlas. Y si se las compara, más que contraponerlas debiera ser para com­prender mejor lo propio de cada una, como algunos santos Padres hicieron que, para comprender mejor la virginidad, estudiaron la teología del matrimonio y para comprender mejor el matrimonio, estudiaron profundamente y desde la fe la Vir­ginidad.

MEDIOS QUE OFRECE SAN VICENTE PARA SER FIELES A LA CASTIDAD

Todos, pues, nos esforzaremos para mantener…. la castidad de alma y de cuerpo. (RC, IV, 1).

51.- Como hombre experimentado y práctico, san Vicente ofrece abundan­cia de medios, tanto en las Reglas Comunes como en las conferencias y en la correspondencia, para practicar la castidad. Los medios indicados por san Vicen­te están conformes con toda la tradición ascética espiritual de la Iglesia, desde los Padres del desierto hasta los fundadores más cercanos a san Vicente.

1. La humildad

Nadie presuma de su castidad (cf. RC IV, 2) Probablemente, presumir de ser casto es un peligro que viene denunciándose desde hace siglos. El decreto «Per­fectae Caritatis», siguiendo a muchos fundadores y a muchos autores espirituales, se lo recuerda a los religiosos de hoy: Es necesario, pues, que los religiosos… con­fiados en el auxilio de Dios, no presuman de sus propias fuerzas y practiquen la mortificación y guarda de los sentidos. San Vicente aconseja no presumir de la castidad, cuando ofrece otros medios, v.g.: la mortificación de los sentidos inte­riores y exteriores y el cuidado en el trato, con las mujeres (cf. RC IV, 2). Sobre el valor actual de la humildad y de la no presunción no se puede dudar. Mucho menos, cuando la debilidad del hombre sigue siendo la misma, y los acosos cul­turales y sociales contra la castidad son, si cabe, más fuertes que en otras épocas. Pero tampoco debemos estar tan inseguros de nosotros mismos, hasta el punto de no vivir con naturalidad y de no ser capaces de enfrentarse con cierta confianza, ante las posibles tentaciones y estímulos que se presentan en la vida.

2. La guarda de los sentidos internos y externos

Para san Vicente, el control, la disciplina, y el dominio de los sentidos son necesarios, principalmente, el dominio del sentido de la vista. Es casi seguro que san Vicente recordó el consejo de san Gregorio: No conviene mirar lo que no es lícito desear, porque os llevarán las cosas tras sí. San Vicente menciona en una de sus con­ferencias la historia de David que, por haber visto a una mujer, cometió adulterio y homicidio (cf. 2S 11, 2). En la misma conferencia a los misioneros, narra un dato que considera de experiencia común: Los que habéis confesado por las aldeas, e incluso en la ciudad, sabéis que muchas personas aprenden lo que es la impureza, viendo y oyendo a los saltimbanquis, a esos comediantes, que representan acciones deshonestas y tienen malas conversaciones. ¡Qué peligroso es todo esto! Y conclu­ye: Hay que guardar la vista, el oído y los demás sentidos exteriores (XI, 82).

En otro lugar, san Vicente vuelve sobre este mismo tema y se ve lo que piensa porque opone clara­mente la concepción virginal a la concepción carnal (cf. XI, 682). De todas maneras, contemplada la castidad consagrada en las nuevas perspectivas, es decir, como virtud que potencia el amor, que expresa el amor, como «fuente de fecundidad espiritual», la consideración que ofrece san Vicente nos permite recoger la reflexión contenida en la Instrucción sobre los votos de las Hijas de la Caridad, aun­que su pensamiento no fuera en esa dirección.

3. La templanza en el comer y en el beber

Porque la falta de templanza es madre y nodriza de la impureza, seremos sobrios en el comer, nos contentaremos en lo posible con alimentos comunes, y beberemos el vino bien mezclado con agua (cf. RC, IV, 3). La mentalidad actual sobre la comida y bebida no es la misma que la del tiempo de san Vicente. Según parece, en aquella época se comía mucho. Hoy, en cambio, cuidamos más de lo que comemos y bebemos, en la cantidad y en la calidad. La dieta preocupa al mundo en el cual vivimos, el mundo de la abundancia, del bienestar. De todas maneras, la templanza no trata sólo de moderar la abundancia, sino el modo y la calidad del comer y del beber. Es posible también, hoy, la conexión entre la falta de temperancia y los peligros contra la castidad, dicho de otra manera, la tem­planza sigue siendo medio de conservar la castidad.

4. El trabajo para evitar la ociosidad

San Vicente calificó la ociosidad, siguiendo la tradición, como la madrastra de todas las virtudes (RC IV, 5). La ociosidad siempre es mala, pero, sobre todo, en las personas que por su manera de ser se han hecho inútiles para el trabajo. Justo es decir que hoy existe una concepción más favorable del trabajo, sea de la natu­raleza que sea, se estima el trabajo aun durante la edad de la jubilación. La sensi­bilidad actual está en contra de los vagos y maleantes, parásitos del sudor ajeno, cansados de no hacer nada, como denunció san Pablo a algunos cristianos de Tesa­lónica (cf. 2Ts 3, 1 1). Pero pueden existir ociosos en las comunidades religiosas y semejantes, a las que se las ha acusado de no aprovechar bien el vigor físico y espi­ritual de sus miembros y el caudal de trabajo existente en los mismos. Pero no debe­mos caer en lo contrario, es decir, en el excesivo trabajo. Está suficientemente demostrado que la sobrecarga corporal y espiritual, puede dar lugar a la debilidad y fragilidad de toda la persona, creando desequilibrios psicológicos, campo abona­do para crear preocupaciones y angustias en el campo de la castidad. Hoy, sin excepción alguna, se aconseja no someterse al excesivo trabajo, para evitar posibles desequilibrios psicológicos. El magisterio de la Iglesia hace referencia a los medios humanos entre los cuales hay que contar la moderación en el trabajo, el descanso, la justa relajación, el cuidado de la salud física, la higiene corporal y espiritual.

5. La oración

La oración a nuestro Señor y a la santísima Virgen es para san Vicente un gran mediopara ser fieles a la castidad. A un padre le escribió: No hay por qué extrañarse de las tentaciones que Vd. sufre; es un ejercicio que Dios le envía para humillarlo y para inspirarle temor; pero tenga confianza en él. Le basta con su gra­cia, con tal que huya de las ocasiones, que le manifieste su fidelidad y que reco­nozca su pobreza y la necesidad que tiene de su ayuda. Acostúmbrese a llevar su corazón en las sagradas llagas de Jesucristo, siempre que se vea asaltado por esas impurezas; hay allí un asilo inaccesible al enemigo (VIII, 445).

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