III. LA RECUPERACIÓN DE LOS CUATRO VOTOS VICENCIANOS (pobreza) (VII)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Robert Maloney · Year of first publication: 1993 · Source: CEME.
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voca3. Pobreza
Hacia una comprensión moderna
a) En la Iglesia conciliar y posconciliar tal vez no haya habido un tema más repetido que la llamada a una pobreza evangélica. En respuesta a Cristo la Iglesia quiere ser la Iglesia de los pobres. Lo mismo se puede decir de la congregación. La carta de adviento del superior general para 1989 lo expresa con mucha fuerza: «La Iglesia es la Iglesia de los pobres, y los pobres constituyen su opción preferencial. La opción por los pobres es fundamental para la congregación, pues inspiró el nacimiento de la compañía y será la fuente de su vitalidad presente y futura. Si la Iglesia es impensable sin esta referencia a los pobres (igual que la misión de Jesús y el todo del mensaje evangélico), debe decirse lo mismo de la congregación, pues la razón de nuestra existencia en la Iglesia es el continuar la misión de Cristo evangelizador de los pobres».
El «Programa para la formación vicenciana en el seminario mayor», siguiendo el ejemplo de san Vicente, apela de inmediato al testimonio de Cristo, al hablar de la pobreza. Dice que hacemos voto de:
.. pobreza, que nos identifica con Cristo, pobre y humilde, nos hace libres para compartir la vida de los pobres y para dedicar lo que somos y lo que tenemos a su servicio, pues ellos son nuestra herencia, y nuestros bienes son patrimonio de los pobres.
b) Pero aunque la llamada a una vida de pobreza evangélica, lo mismo en la Iglesia que en la congregación, es clara y nítida, muchos sienten que el encontrar modos concretos de responder a esa llamada no es nada fácil, lo que a veces produce frustración. Señalaría que una de las razones de esta dificultad, aparte de razones de educación y de las tentaciones de la «sociedad afluente», es la complejidad del concepto de «pobreza evangélica». Los evangelios, los documentos conciliares, y nuestras propias Constituciones señalan varios de los aspectos de la pobreza. Y aunque eso es un signo de la riqueza del concepto, hace también difícil el hablar de la pobreza unívocamente. Adviértanse, por ejemplo, los siguientes aspectos de la pobreza tal como aparecen en las Constituciones:
2. La pobreza de espíritu está en el corazón mismo del evangelio. Es la primera de las bienaventuranzas y el fundamento de la espiritualidad del Nuevo Testamento. Es la actitud de los pobres de Israel, entre los que María es la primera. Es la humildad de los que reconocen su total dependencia de Dios, de los que tienen sed de El, de los que escuchan con ansiedad sus palabras. Es reconocer nuestra naturaleza de creaturas. Ve la vida como un don, y se dirige con gratitud a Dios, el padre de todos los dones. Es un desprendimiento que nunca confunde al don con el Dador. Es ser libre para no tener. En su sentido más profundo es una renuncia a toda forma de riqueza, incluyendo el poder y el prestigio. Es un reconocimiento de nuestro ser de pecadores y de nuestra necesidad de conversión y de redención permanente. Es el prerequisito para ser evangelizado. En el ministro del Señor la pobreza es del todo indispensable si ha de dejarse evangelizar por los pobres
La pobreza de hecho, según enseña la experiencia, está estrechamente relacionada con la pobreza de espíritu. Para crecer en la verdadera pobreza de espíritu el seguidor de Jesús debe cultivar una actitud muy especial hacia los bienes materiales, y debe en cierto sentido considerarlos como una extensión de su propio cuerpo. Sus bienes materiales, igual que su cuerpo, deben ser medios para llegar a su prójimo. Deben ser signos de su amor»’. Si se desprende de ellos muestra con ello que ha entregado su persona y el amor de Dios que lleva en sí mismo. Si se los guarda, le aislarán del mundo y le separarán del reino de Dios. Por esta razón la sabiduría de las comunidades religiosas ha incluido siempre recomendaciones para vivir una vida sencilla, sobre todo en relación a casas, habitaciones, vestido, alimentos, viajes y diversiones’.
3. El compartir con los pobres es uno de los temas centrales del Nuevo Testamento. «Vende lo que tienes y dalo a los pobres», dice Jesús en los evangelios sinópticos (cf. Mt 19, 21; Mc 10, 21; Lc 18, 22). De manera aún más impresionante en el capítulo 25 de Mateo Jesús proclama que el criterio fundamental para el juicio final es si hemos o no hemos compartido de hecho con los pobres cuando tenían hambre, o sed, o estaban sin casa, desnudos, presos (Mt 25, 31-46). La solidaridad real con los pobres manifestada en hacer llegar a ellos el amor de Dios con cosas concretas es el signo auténtico de la fe y la caridad cristiana (cf. St 2, 14-26; 1 Jn 3, 17). Por supuesto que todo esto es fundamental en la tradición vicenciana. La Iglesia y la congregación nos llaman a compartir no sólo nuestros bienes materiales con los pobres sino a participar también de alguna manera en su condición, trabajar en el mundo de los pobres, enfrentarse con ellos a la injusticia, trabajar no sólo por ellos sino también con ellos, «de modo que el pobre sea agente, y no ya un objeto, de evangelización».
4. La comunidad de bienes recibe mucho relieve en el libro de los Hechos cuando Lucas describe el ideal de la comunidad cristiana. Los miembros de la comunidad, igual que Jesús y los apóstoles (cf. Jn 13, 29), tienen todas las cosas en común. Lucas describe una comunidad fervorosa y solícita en la que nadie pasa necesidad, pues los que tenían mucho vendían sus bienes para satisfacer las necesidades de otros. La pobreza como «comunidad de bienes» tiene consecuencias concretas tales como hacer presupuestos y dar cuentas del uso de los bienes.
5. La ley universal del trabajo’ obliga a los miembros de la comunidad igual que obliga a los pobres. De hecho Jesús intenta enseñar a sus seguidores, sobre todo a los jefes de la comunidad, una actitud de siervos (cf. Jn 13, 12-16; Lc 22, 25-27; Mt 25-28; Mc 10, 42-45; Flp 2, 5) Su trabajo debe ser uno de los signos de su amor. En las comunidades religiosas ese amor se ha mostrado muy a menudo en su trabajo continuo en escuelas, hospitales, orfanatorios, así como en la predicación, la visita a los enfermos, y atendiendo a las otras muchas necesidades de los pobres.
6. El testimonio evangélico de los que simplemente viven en solidaridad con los pobres ha recibido un gran relieve en nuestros documentos propios así como en los de la Iglesia en general220. De hecho, sobre todo en este tiempo en que la sociedad pone tanto énfasis en la prosperidad material, llama mucho la atención cuando alguien renuncia a sus posesiones para servir a los pobres y se contenta con poco para vivir. Esta es una de las señales del reino que también hoy fascina al observador honrado.
El pedir permiso ha sido tradicionalmente un aspecto del voto de pobreza, aunque se puede también ver como algo que está en los límites de la pobreza y de la obediencia. Esta tradición, que se encuentra en todas las comunidades religiosas, tiene dos raíces: a) el reconocer que formamos una comunidad de bienes, y que por eso debemos someter las decisiones importantes acerca del uso de aquellos bienes a la comunidad misma (en la persona de sus superiores); b) el reconocer que somos pecadores y tenemos la tendencia a querer siempre más, y que por ello mismo debemos someter nuestro propio juicio al de la comunidad cuando podría haber peligro de autoengaño.
8. También ha sido un elemento en nuestra tradición la tensión entre la pobreza absoluta y lo que se necesita para el apostolado’. Para trabajar bien por los pobres las comunidades a veces necesitan coches, computadoras, máquinas avanzadas de rayos X o scanners, etc. Ya en su día admitía san Vicente que, en cuanto comunidad apostólica, la congregación debía usar los medios de su tiempo para servir a los pobres y formar el clero. Por supuesto que esto no crea una tensión, pero exige un juicio prudente, capaz de distinguir entre lo que realmente promueve los fines apostólicos de la congregación de lo que no es más que un cómodo lujo.
De la misma manera suele haber a veces tensión entre la pobreza y las necesidades de la comunidad. Hoy, por ejemplo, el dar a los aspirantes la educación que necesitan para el futuro es muy costoso, pero puede que sea un gasto del todo necesario. Del mismo modo, el proveer para el futuro de los ancianos en sus necesidades de saludo en seguridad social, o en seguros médicos, puede ser también costoso, pero es imprescindible.
He mencionado los ocho aspectos de la pobreza evangélica descritos para señalar la complejidad así como la riqueza de lo que incluye nuestro compromiso implícito en el voto. Existe una tendencia en tiempos complicados a buscar soluciones simplistas. Alguien podría por ejemplo pensar, sin matizarlo, que la «pobreza de espíritu», o el «pedir permiso», o el «compartir» es lo que realmente importa. Pero hay que resistir esta tentación con toda fuerza. Lo que hay que hacer más bien, si queremos ser fieles al evangelio, a los documentos de la Iglesia, y a nuestras Constituciones, es encontrar modos variados de vivir la pobreza evangélica en varios niveles. Un examen de conciencia sincero debe tener en cuenta todos los puntos vistos arriba.
El asunto se hace todavía más complejo cuando se examina la cuestión de la pobreza comunitaria, como hizo san Vicente, y el uso apropiado de los bienes de toda la congregación, de las provincias, o de las comunidades locales por la promoción de la justicia y de la caridad.
c) Dos ideas, ambas muy repetidas en los documentos modernos de la Iglesia, podrían ayudar a centrar nuestra mirada en la pobreza evangélica: 1) solidaridad; 2) comunión.
Muchas de las ideas de san Vicente en relación con el voto de pobreza se podrían agrupar bajo el concepto de solidaridad: solidaridad con los pobres y solidaridad con nuestros hermanos de congregación en el trabajo por los pobres. La solidaridad con los pobres exige que compartamos con ellos lo que tenemos, que nos unamos a ellos para enfrentar y trabajar por cambiar las estructuras sociales que les oprimen, que suframos algo del aguijón de la pobreza: «Sólo quien es pobre de corazón, quien se esfuerza por seguir a Cristo pobre, puede ser la fuente de una solidaridad auténtica y un verdadero desprendimiento», dicen unas recientes Directivas para la Formación. La solidaridad con nuestros hermanos de comunidad pide que tomemos juntos decisiones sobre el uso de los recursos de la comunidad, y que juntos como un equipo, cumpliendo cada uno su cometido, guardemos la ley universal del trabajo en servicio de los pobres.
La comunión nos lleva a «tener un solo corazón y una sola alma», y a «poseer todo en común». La encíclica Sollicitudo rei socialis en una afirmación que recuerda a san Vicente, dice que el modelo de la comunión es la Trinidad. La comunión es el alma de la vocación de la Iglesia en cuanto sacramento. Igual que la vida de la Trinidad, e igual que la vida que unía a Jesús y a sus primeros discípulos, la comunión tiende hacia afuera, y recibe a los más abandonados con el amor preferencial. En este aspecto la comunión verdadera con Dios es el alma de la pobreza de espíritu, y la verdadera comunión con los pobres es la base para compartir sus necesidades y sus sufrimientos. El testimonio de la Congregación en el mundo depende de ambas.
Hacia una práctica en el mundo de hoy
Presentaré, como un punto de partida para hacer concreta la práctica de la pobreza hoy, una serie de imperativos basados en nuestra tradición vicenciana:
1. Sé pobre de espíritu. Reconoce que tienes necesidad de la palabra de Dios y de su amor salvador. Escucha a todos atentamente y con humildad. Déjate evangelizar por los pobres.
2. Aprende a ver todo lo que es vida como un don. Comparte con generosidad ese don con otros: tu tiempo, tu servicio, tus bienes. Cultiva el desprendimiento dando libremente.
3. Sé pobre de hecho. Acepta algunas de las privaciones que sufren los pobres, sobre todo en relación a la vivienda, alimentación, y comodidades materiales.
4. Come lo que te pongan delante. No te quejes de la comida. Bebe con moderación.
5. Vive un estilo de vida sobrio. Que tu habitación, tu ropa, tus diversiones sean en verdad sobrios.
6. Da con generosidad a los pobres de tus propiedades personales; anima a la comunidad a hacer lo mismo de sus dineros invertidos. Resiste a la tentación de «capitalizar» tu dinero.
7. Examínate con frecuencia sobre cómo vives y cómo trabajas; si usas con frecuencia los bienes de la compañía en tu favor, o si los compartes generosamente con otros, sobre todo con los pobres.
8. Entrega con corazón alegre a la comunidad lo que ganes, sin quedarte nada, para que haya una verdadera comunidad de bienes.
9. Pide con humildad los permisos necesarios, para luchar contra la tendencia a ser adquisitivo que tenemos todos. Pero haz de tu vida de pobreza algo más que el limitarse a conseguir permisos para tener cosas.
10. Sé sobrio en adquirir cosas. Practica el sentido ascético y resiste a la presión consumista de «tener para tener».
11. Muéstrate dispuesto a trabajar duro, lo mismo en las ocupaciones diarias de la vida común que en la pastoral. Desarrolla una «actitud de siervo».
Añadiré una última palabra, breve, sobre la pobreza comunitaria, un tema que exige más atención de la que podemos darle aquí. Dos de los mejores teólogos del siglo XX han ofrecido ideas en fuerte contraste acerca de la pobreza comunitaria. Pero aunque son muy divergentes ambas ideas dan mucha luz sobre el difícil tema.
Yves Congar escribió una vez que las comunidades no pueden, y que ni siquiera deben, practicar la pobreza evangélica radical a que están llamados los individuos’. Como se vio arriba, las comunidades tienen la responsabilidad de preparar a sus jóvenes, cosa hoy día muy costosa. Tienen también la obligación de cuidar de sus ancianos, asunto éste que en algunos países supone grandes gastos. Por supuesto que las comunidades deben afrontar estas y otras obligaciones con generosidad y con responsabilidad.
Por otro lado, Karl Rahner escribió una vez que es imposible ser pobre en una comunidad rica. Cuando las comunidades tienen demasiado dinero acaban con frecuencia gastándolo en su propia comodidad. Lo que a otros podría parecer un lujo les parece a esas comunidades una necesidad a su alcance. En este ambiente, es difícil incluso para el miembro más sincero, el vivir una vida de pobreza evangélica.
Sabiendo esto, algunos proyectos comunitarios y provinciales determinan que una cierta proporción de los ingresos comunitarios (a veces el diez por ciento) se dé a los pobres.
Pero aún se puede hacer más en el nivel provincial. Permítaseme sugerir que se determinen en las provincias normas para el uso responsable de los bienes de la congregación. Por supuesto que hay que hacer cálculos razonables acerca de cuánto dinero necesita una pro-vincia para hacer sus trabajos, educar a sus miembros presentes y futuros, y cuidar de los enfermos y ancianos. Pero una vez que esas sumas se han reservado e invertido sabiamente, nuestras normas deberían determinar la mejor manera de dedicar nuestros bienes para mayor bien de los pobres. Se podría aplicar a esos dineros el famoso axioma de san Ambrosio: «No estás haciendo un regalo al pobre. Le estás dando lo que es suyo».

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