I: LOS CUATRO VOTOS TAL COMO LOS DESCRIBE SAN VICENTE: (pobreza) (I)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Robert Maloney · Year of first publication: 1993 · Source: CEME.
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vocaIgual que hicieron los fundadores de muchas congregaciones, san Vicente veía los votos como «armas» ofensivas y defensivas:
«Nuestro Señor vino al mundo para reinstaurar el señorío de su Padre sobre las almas, rescatándolas para ello del demonio, que las había raptado con engaño astuto a través del deseo incontrolado de riqueza, de honra y de placer. Pareció conveniente a este dulcísimo Salvador luchar contra su adversario con armas opuestas, es decir, con la pobreza, castidad y obediencia, lo que hizo hasta morir».
Para diseñar estas «armas» san Vicente echó mano de la larga tradición histórica de la Iglesia, en particular tal como la encontró en la regla escrita por san Ignacio para la compañía de Jesús’. Por supuesto que él añadió sus retoques propios para adaptar sus «armas» a las circunstancias históricas de la Francia del siglo XVII y al estilo propio de la congregación que quería fundar. En concreto, sabía que los miembros de su compañía vivían en un mundo en el que la tentación de las riquezas, de una «cómoda» vida clerical, era muy fuerte. El mismo había sentido esta tentación, y había caído en ella, en su vida juvenil, lo que hizo tratando de conseguir un cómodo beneficio con el que mantenerse a sí mismo y a su familia. Vio también que en la Francia del siglo XVII vivir el celibato con fidelidad no era cosa fácil. Aunque había excelentes modelos entre los obispos reformadores y el clero de su tiempo, la práctica del celibato de otros muchos era desastrosa. También la autoridad, la romana y la francesa, estaba a la defensiva. El episcopado necesitaba una reforma profunda; pocos obispos residían en sus diócesis». Por otro lado, las autoridades civiles interferían con frecuencia contra lo que querían hacer algunos obispos y la misma Roma. La atmósfera general en Francia, sobre todo durante la controversia jansenista, estaba llena de quejas contra las fuerzas ultramontanas. Por último, y tal vez como más importante, san Vicente veía con pena que muchos que comenzaban a hacer obras buenas entre los pobres no perseveraban en ello. Sentía en consecuencia la urgente necesidad de «fuerzas armadas», por usar su analogía.
Fue por todo esto por lo que el 22 de setiembre de 1655 recibió san Vicente, después de una larga lucha, la aprobación papal para que los miembros de su congregación pronunciaran los votos de pobreza, castidad, obediencia y estabilidad sin dejar de ser miembros del clero secular, pero exentos de la autoridad del ordinario de lugar, excepto en los trabajos propios de su misión». Sólo el papa y el superior general podían dispensar de estos votos al despedir a alguno de la congregación. San Vicente confiaba en que, a través de los votos, sus misioneros renovarían y profundizarían su entrega a Dios para el servicio de los pobres», y que en tiempo de crisis cobrarían fuerzas al recordar que se habían ofrecido de por vida para ese servicio.
Al reflexionar sobre los votos, así como sobre otros aspectos de la congregación, es importante darse cuenta de que lo que san Vicente dijo y escribió es sólo parte de lo que en realidad enseñó. Su práctica modifica su teoría’. De hecho a veces lo que hacía ofrecía un fuerte contraste con su palabra oral o escrita. Aludiré a esas diferencias a lo largo de este capítulo cuando sea oportuno.
Más abajo presentaré lo que san Vicente enseñó acerca del sentido de los votos a través de palabras, escritos y hechos. No voy a intentar defender afirmaciones o prácticas que tal vez parezcan extrañas al lector de hoy, excepto en alguna ocasión para describir el contexto histórico que hacía a su enseñanza inteligible en su tiempo. Igual que cualquier lector debe hacer adaptaciones al leer a Shakespeare, Descartes, Pascal o Cervantes (todos ellos contemporáneos de san Vicente), así también se debe hacer un esfuerzo para entender a san Vicente en su situación, y esforzarse para dar con el verdadero sentido de lo que enseñó, antes que rechazarlo con demasiada ligereza como anticuado. La tercera parte de este capítulo intentará recuperar el sentido de la enseñanza de san Vicente para el mundo de hoy.
Como última advertencia preliminar (advertencia que se repetirá a menudo al examinar cada voto) diré que para entender el sentido de los votos vicencianos es fundamental que se les vea como orientados a la misión. Para san Vicente los votos no son en modo alguno me-ramente un asunto de piedad personal. Son «armas» para equipar al misionero con el fin de servir a los pobres con celo y con perseverancia. Aunque san Vicente hablaba, como lo hacía Jesús, a sus seguidores también del mérito personal («atesorar para el cielo») que adquirirían por vivir los votos, veía los votos, en un nivel mucho más profundo, como una manera de seguir a Cristo con una mayor fidelidad en la misión confiada por el Padre de anunciar el evangelio a los pobres.
Después de estas observaciones previas podemos ahora formular de una manera concreta, y luego examinar, la pregunta fundamental de la que trata la primera parte de este capítulo: después de oír a san Vicente ¿qué es lo que exactamente pensaban los 130 sacerdotes, 44 clérigos y 52 hermanos coadjutores que eran miembros de la congregación el 27 de setiembre de 1660 cuando reflexionaban sobre los votos de la compañía?

1. Pobreza:
Su enseñanza
San Vicente ve la vida de pobreza evangélica como totalmente necesaria en una congregación dedicada a la evangelización de los pobres’. Sin ella la congregación dejaría de existir. La pobreza es la piedra fundamental. Usando una vez más expresiones de guerra denomina a la pobreza «la fortaleza inexpugnable» dentro de la que la congregación estará siempre segura. Para animar a sus hermanos a vivirla, les pone delante el ejemplo de Jesús, de sus apóstoles, y de los primeros cristianos, y les recuerda que en el evangelio de Mateo Jesús la presenta como la primera de las bienaventuranzas y la condición necesaria para la perfección.
Les anima también a tener un sólido amor afectivo por la pobreza y también a ponerla en práctica. Pero ofrece un delicado equilibrio a tener en cuenta en la práctica. San Vicente admite sin rodeos que, por razón del trabajo misionero, no podrán vivir la pobreza de manera radical como lo hacen las órdenes mendicantes. Pero aun así las cosas que tengan por necesidad (su comida, sus habitaciones, sus camas) deben ser parecidas a las que tiene un pobre. Deben estar dispuestos a sufrir al menos algunos efectos de la pobreza.
Lo básico, dice san Vicente a los sacerdotes y hermanos, es que sea común el uso de todas las cosas. Si tienen bienes pueden mantener su derecho de propiedad sobre ellos aun después de pronunciar los votos. Pueden también heredar de sus padres. Si dejan la compañía esa propiedad es suya. Pueden además dejarla en testamento a quien quieran. Pero mientras sean miembros de la congregación no pueden usarla, ni tampoco los réditos o ganancias que procedan de ella, sin el permiso de los superiores; aun en ese caso, deben emplearlas en obras buenas.
San Vicente ve con claridad que la práctica de la pobreza hará libres a sus hermanos, pues estarán dispuestos a ir a cualquier parte, hacer cualquier cosa, afrontar todas las dificultades si no están apegados a nada . Sin esta virtud no perseverarán en la compañía. Como sucedió en el caso de Judas, la avaricia es la raíz de todos los vicios. En un nivel más profundo, si han de ser verdaderamente libres deben renunciar no sólo a los bienes materiales sino a toda otra atadura. Deben, además, renunciarse a sí mismos. Esta renuncia no debe ser meramente externa; debe proceder del corazón. De ahí brotará una verdadera paz de alma.
No le preocupa a san Vicente sólo la pobreza individual, sino también la pobreza de la compañía y en consecuencia la libertad de ésta. Escribe a Jacques Chiroye, superior de la casa de Luçon, en 1650: «En nombre de Dios, preocupémonos más de extender el reino de Jesucristo que de nuestras posesiones. Si cuidamos de sus negocios, él cuidará de los nuestros.
Él no estaba convencido de que, como todas las virtudes, se podía adquirir la pobreza a través de actos repetidos. En las Reglas Comunes enumera una serie de prácticas concretas que él creía servirían para mantener vivo el espíritu de pobreza en la congregación:
– cosas como la comida, ropa, libros, muebles deben ser para el uso común; los superiores las distribuirán a cada uno según su necesidad;
– nadie poseerá nada sin conocimiento del superior, y todos deben estar dispuestos a dejar lo que poseen a órdenes del superior;
– no deben usar las cosas que poseen como si fueran propias;
– ni darán o recibirán nada, ni las prestarán, ni las llevarán de una casa a otra sin el permiso del superior;
– no cuidarán con negligencia de las cosas que tienen ni las dejarán deteriorarse;
– no tendrán cosas superfluas o curiosas;
– evitarán hasta la apariencia de que son propietarios; no cerrarán con llave sus habitaciones, ni tendrán nada en ellas encerrado bajo llave excepto con permiso expreso del superior.
Las tentaciones contra la pobreza pueden revestirse de razones espirituales; por ello las Reglas prohíben a los cohermanos el desear beneficios o dignidades eclesiásticas, que podían ser fuente de gran enriquecimiento’. Si cayeran en ese deseo san Vicente creía que la congregación se desmantelaría rápidamente, con miembros entrando y saliendo de ella con facilidad.
La dimensión misionera del voto de pobreza es la principal para Vicente. El tenía la convicción de que si nos apegamos a las cosas materiales «entonces podemos decir adiós al trabajo de la Misión y a la Misión misma, pues dejará de existir. La Providencia es la ga-rantía verdadera de nuestro futuro, no los bienes materiales
La práctica modifica a la teoría
Pero, como sucede a menudo en san Vicente, su práctica modifica a su teoría. El era un hombre con gran sentido común y mucha sabiduría práctica, que él aplicaba a los casos que surgían.
Aunque animaba con energía a los miembros de la congregación a vivir un estilo de vida sobrio, quería a la vez que los superiores fueran atentos en atender a las necesidades de los miembros de la comunidad. En una carta encantadora dice a Antonio Colee, superior en Toul: «Tengo oído que el pan de su casa no está bien hecho. Por favor, que lo haga un panadero, si es que puede encontrarlo, pues tener buen pan es lo más importante. También es cosa buena cambiar el menú algunas veces… para aliviar el cansancio de la pobre natu-raleza, que se cansa de ver lo mismo todo el tiempo». Al dar unos consejos a Antonio Durand, que acaba de ser nombrado superior en Agde, le insta a que sea muy cuidadoso con los asuntos económicos, y añade: «Cuando el Hijo de Dios envió a sus apóstoles, las primeras veces les recomendaba que no llevaran nada de dinero. Pero más adelante, según crecía el número de discípulos, se decidió por tener un administrador en el grupo, quien estaba encargado no sólo de alimentar a los pobres, sino también de atender a las necesidades del grupo».
Sabía que las reglas y leyes han de aplicarse a la mayor parte de los casos, pero no a todos y cada uno, y por ello estaba muy dispuesto a hacer excepciones razonables, sobre todo si se cumplía el fin que pretendía la ley. Aunque prohibe en las Reglas el aceptar beneficios,
en alguna ocasión no tuvo empacho en aceptarlos, beneficios y otras clases de ingresos, algunos de ellos onerosos, siempre que se tratara de conseguir fondos para fundar una misión sobre una base sólida. Su preocupación por el bienestar material de la compañía era tan grande que alguna vez le llevó a obrar en contra de las máximas evangélicas. «Me duele mucho, por razones que puede usted imaginar, el ir en contra del consejo de Nuestro Señor, que no quería que sus seguidores emprendieran acciones legales», escribe al señor Desbordes, abogado del Parlamento de París, «y si lo hemos hecho ha sido porque yo no podía en conciencia renunciar a algo adquirido tan legítimamente, propiedad de la comunidad de la que soy responsable».

 

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