Hno. Coadjutor Jaime Vidal Giménez (1873-1950)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CREDITS
Author: Francisco Amengual · Year of first publication: 1949 · Source: Anales Barcelona.
Estimated Reading Time:

Biografias PaúlesNació el Hermano Vidal en Igualada (Barcelona) el 16 de diciembre de 1873, y entró en el Seminario Interno, de Madrid, el 6 de marzo de 1891, emitiendo los santos votos en la misma Casa el 7 de marzo de 1893. En 1914 estaba en la Casa de Cádiz, y al año siguiente, 13 de noviembre de 1915, ve cumplido su deseo de pasar a la Provincia de Bar-celona, En 1917, lo encontrarnos en Bellpuig, de donde pasa a Figueras en 1918 (agosto). La Cruzada de 1936 lo halla pasando unos días de descanso en la Casa de Mallorca. Cuando termina la guerra, no vuelve a Figueras, sino que queda destinado en Mallorca hasta su muerte.
No hay que confundir este H. Jaime Vidal con su hermano carnal, de nombre José, que fue también coadjutor y uno de los que fueron a fundar la Casa de Bellpuig, de donde pasó a Espluga y Mallorca, saliendo después de la Congregación. Nota de la Redacción.
Habló en primer lugar el H. Tomás MercadaI, y dijo haber observado que nuestro finado era muy amante de las cosas de la Congregaci6n. Que se alegró mucho cuando le destinaron a acompañar a los misioneros en las misiones de esta isla de Mallorca. Que en ellas fue ejemplar para los fieles y muy servicial y atento con los misioneros. Que des-empeñó en casa con el mayor interés los oficios de cocinero y encargado de la ropa. Y a todo esto, que se le veía en estos últimos años de Mallorca verdaderamente piadoso entretenido con sus frecuentes visitas al Santísimo o con su Rosario.
El Padre que repitió después, insistió también en los mismos o parecidos conceptos.
Habló por último el P. Superior, destacando en particular su espíritu de piedad orientado especialmente hacia el Sacramento y la devoción a la Virgen. Durante su enfermedad bastaba insinuarle:
¿Rezamos el Rosario, Hermano?
Si, Padre.
¿Comulgarámañana?
Sí, Padre.
Otras veces era él mismo que pedía la Comunión. Su devoción a la Virgen se puso de manifiesto en su delirio cuando se le oyó cantar y repetir muchas veces el «Venid y vamos todos…» y otras cosas siempre buenas y piadosas. Llamó la atención (como hizo notar antes el P. Bons) la santa conformidad y serena atención con que recibió los santos sacramentos, pidiendo perdón a la Comunidad con mucha entereza. Fruto también de su piedad era sin duda el no manifestar desagrado ni queja, ni siquiera hablar casi de su enfermedad a pesar de lo mucho que estoy cierto sufría.
Su espíritu de regularidad y obediencia. Murió a los 77 años y se levantó a las cuatro hasta un año antes de morir, y esto porque le ordenaron que no se levantase. Con todo, se levantaba para la primera Misa y comulgaba todos los días. A causa de su vejez y achaques, se le dijo que no saliera de casa y ya no volvió a salir más, a no ser con un expreso pedido en cada caso. Nunca le oí replicar a las órdenes, reconvenciones o indicaciones del Superior. Bien, Padre—solía decir—, está bien, ya lo haremos así.
Su espíritu de pobreza en la que creo era ejemplar a pesar de gustarle ir bien arreglado, sin exageración. En su habitación no tenía casi nada, sólo lo indispensable. Necesitó un día una bata y él mismo, de acuerdo con su Superior, buscose la tela, bien ordinaria por cierto, arreglóla y fuése después con toda inocencia y sencillez a una de las casas de nuestras Hermanas, y le pregunta a la Superiora, Sor Ana, qué le parecía, y si la podían acabar de arreglar, que creo esa solamente planchársela algún tanto.
En materia de castidad, era intachable.
Poco antes de su muerte, para que fuera mejor atendido, fue llevado a un cuarto de pago del hospital, regido por nuestras buenas Hermanas. Nosotros, con toda la caridad, no podríamos haberle atendido como merecía y como lo fue allí. Varias veces me demostró el enfermo su gratitud por esta medida, y las Hermanas, al decirles yo a veces cuánto sentía la molestia que con ello les dábamos, me cortaban en seguida: «Oh, Padre, no diga usted esto. El H.° debe continuar aquí hasta que Dios disponga de él para la vida o para la muerte». Y lo cuidaron hasta el fin como a un verdadero hermano. Dios se lo pague.
En la mañana del día de su muerte (7 de enero) estuvimos Ios dos repitiendo el «Jesús, José y María…», que él iba rezando con gran fervor. Pedía perdón de todas sus deficiencias y besaba con amor el crucifijo y recibía con fe la absolución, dándose perfecta cuenta de todo. Poco después, mientras se le perdían en los labios las palabras del «Jesús, José y María…» fue quedándose sin sentidos, y como a las tres de la tarde, se lo llevó el Señor a la paz de los justas.
FRANCISCO AMENGUAL, C. M.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *