LXXVII. La asamblea sexenal de 1717
No hemos hablado todavía de la asamblea sexenal que se tuvo, según las constituciones, seis años después de la elevación de sr. Bonnet al generalato. Informó a la CM sobre ella, en carta del 1º de enero de 1717, en estos términos: este año, Dios mediante, celebraremos nuestra asamblea sexenal, el 1º de julio, para examinar si se necesita tener una general o no. Con ocasión de esta asamblea sexenal, las provincias han seguido enviando al superior general sus dificultades que no puede solucionar el visitador. Se proponen en la asamblea provincial; pero como hay muchas que se pueden resolver con facilidad o que lo han sido ya por los decretos precedentes, no se selecciona más que un número reducido que piden la respuesta del general. Añade: Siendo todo esto de gran importancia para el bien de la Co, debe ser recomendado a Dios en las oraciones y santos sacrificios. Esta asamblea no impedirá el seminario de renovación que comenzará como de ordinario.
Los visitadores recibieron órdenes de mandar celebrar su asamblea provincial y de advertir a los superiores, con el fin de escoger un tiempo conveniente para la de su casa. Un diputado de cada provincia de Francia se dirigió luego a París; no hubo ninguno de la provincia de Polonia; el superior de Turín fue diputado por la de Lombardía, y el de Macerata por la provincia romana. Los Italianos querían una asamblea general, pero se juzgó que no era necesaria. No se dijo la razón principal: es de suponer sin embargo que querían verse obligados a explicarse sobre la constitución Unigenitus. Debiendo tener lugar esta asamblea en la ciudad de París, cuyo arzobispo era recurrente, no se sabe cuáles fueron las dificultades propuestas por las diferentes provincias o de Francia o extranjeras. Tan sólo se sabe las que presentó la provincia de Lyon. Se había hablado en su asamblea de la tasa por el seminario de renovación, que parecía incomodar un poco a las casas, ya bastante cargadas con un plus de directores de dicho seminario, que no parecían a mucha gente, que por allí habían pasado bastante experimentados, ni bastante propios para contentar en este empleo a casas que con fundaciones generales habían aceptado particulares sin aumentar ni los operarios ni las funciones de las quejas que se oían en varios lugares, por la escasa atención en observar el voto de pobreza.
El general respondió a estas dificultades que la tasa del seminario de renovación solamente era de 3100 libras para mantener a doce sacerdotes, tres hermanos y un criado, durante seis meses, dotar a la casa de ropa, muebles y hacer las reparaciones; que de esta tasa de las diez casas que componen la provincia de Lyon, no se pagaban más que cuatrocientas cincuenta libras; era fácil de ver que no se la debía considerar como sobrecargada; que se aprovecharían todos los avisos dados en diferentes provincias para hacer que el seminario fuera útil, para el que se escogían como directores a los mejores individuos de la CM, sin que fuese necesario que el segundo fuera tan obligatorio e impuesto como el primero; que no se podía determinar en general si una casa ya fundada para misiones podía seguir aceptando funciones particulares, lo cual dependía del estado de las fundaciones y de otras circunstancias que no se pueden prever todas a la vez. Pero que sería más prudente y más seguro para las casas que se hallaran en este caso proponerle sus dudas, y que las respondería con mayor solidez, como se había hecho ya en la casa de Annecy. No existía quizás más que ésa en la provincia que se encontrara con esta dificultad y de la cual había lo suficiente que aprender sobre la obligación del voto de pobreza, para el conocimiento de este voto en general, para las limitaciones que los papas Alejandro VII y Clemente X habían añadido al de la CM, en las cartas de los superiores generales, luego de las asambleas etc. Que si una vez leídos estos documentos, quedaban dudas sobre el sentido del decreto de la asamblea celebrada en 1695, habría que proponerlo en la próxima asamblea general.
Las demás dificultades particulares fueron propuestas por la misma asamblea provincial de Lyon, y el sr. Bonnet respondió de la misma forma, a saber que se debía poner cuidado en hacer aprender a los seminaristas internos el canto, ceremonias y rúbricas. Porque las casas particulares se quejaban, que se les enviaban para los oficios a jóvenes poco formados; que las retribuciones de misas formaban parte del bien de la comunidad, por eso los particulares no pueden apropiárselo según esta máxima, eius est fructus cuyus est arbor (el fruto es del dueño del árbol ); que en los ejercicios de los seminaristas externos había que ocuparles durante media hora después de las comidas, sin dejarles hacer nada, a menos que tengan alguna conversación juntos, antes de las rúbricas y ceremonias, que hacía tiempo que se había enviado a las provincias un consuetudinario general, sobre el que los de los lugares había sido elegidos diputados a la asamblea, no viendo suficiente uniformidad, la importaban a falta de este consuetudinario; que los superiores y los directores no debían tocar el reglamento de las misiones por miedo a introducir algo de su cabeza; que se enviaría este reglamento después de recibirlo firmado, y reformado si fuera preciso; que los superiores y los demás no deben apartarse en los viajes por curiosidad, que se tardaba y era difícil recibir misioneros salidos de la CM, o colocados en el exterior, que de otra forma sería demasiado; que todavía no se ha hallado la comodidad de dar un sacerdote por acompañante a los visitadores. Pedían uno, principalmente para servirles de consejo, que se cambiaban los súbditos conservando cierto medio, algunos se quejaban que en eso los había demasiado fáciles, otros por el contrario que eran difíciles, pero que eso apenas tenía que ver con una asamblea provincial. El sr. Bonnet replicaba a aquellos que así se habían querido meter en lo que pertenece a su oficio, que el día de la vocación se tomaba del de la entrada en el seminario, y no de la emisión de los votos; que las penitencias no se imponían en general, sino que se aplicaban en particular a los que las habían merecido, por faltas contra el voto de pobreza, u otras notables. Lo que se pedía, cómo había que castigar tales faltas.
El sr. Bonnet continúa respondiendo que no se podría presumir que los superiores fueran infieles al secreto de la comunicación, ni que los visitadores quisieran mancillar las casas con sus ordenanzas, algunos diputados habían creído que ciertas ordenanzas eran demasiado fuertes, y presentaban a los particulares como más defectuosos de lo que eran. Es cosa de los superiores y visitadores impedir las cartas furtivas, y retener las indiscretas. No conviene cambiar nada de la forma de los hábitos, y los superiores no deben tolerar que se manden hacer calzas de medias rodadas. Deben también vigilar para que los misioneros empleen los cuatro meses de descanso en estudiar la moral, componer sermones según el método de la Misión, dar conferencias sobre casos, y tener por honroso dar el catecismo a los niños siguiendo el ejemplo de Nuestro Señor, que no lo había desdeñado. Igualmente los que educan a la juventud en el seminario interno, y los estudios deben aplicarse a formarlos en el fervor, en la virtud, en la oración, en el recogimiento, y en todo lo que se necesita para edificar. Se ha de decir otro tanto de los hermanos coadjutores, los cuales tienen costumbre de ser tales como se les hace. Se ve por estas respuestas que habían sido las propuestas de la asamblea de la provincia de Lyon, y lo que sus diputados habían creído necesario que se aclarara, y explicara por el general.







