LXIX. Procedimientos para la beatificación del sr. Vicente
Uno de los asuntos que más le importaban al superior general e interesaban más a la CM era la empresa de la beatificación del sr. Vicente de lo que ya hemos hablado. El difunto sr. Wáter había nombrado al sr. de Ces procurador para recoger los informes sobre la vida y las virtudes de este venerado servidor de Dios, y disponer así las cosas para el proceso de la beatificación, como informaba por su carta del 1º de enero de 1705, añadiendo que si hubiera alguien en los lugares donde están situadas las casas que conociera algo y quisiera dar certificados de una manera jurídica, había que escribir al sr. de Ces; señalaba además que los misioneros que estaban por entonces en China, por intercesión del sr. Vicente, habían obtenido la curación de tres enfermos casi desesperados, mandándoles decir unas oraciones y dándoles a beber ciertos licores en los que habían hecho mojar ropa empapada de su sangre. El sr. Wáter tuvo a bien luego sustituir al sr. de Cès en este oficio por el sr. Couty, superior de la casa de Narbona, quien para ello fue a Roma en 1710 para continuar el proceso. Fue bien recibido y el carácter de su espíritu agradó a S. A. R. el gran duque de Toscana y en la curia de Roma que siempre ha pasado por la más desligada y la más apropiada para reconocer la delicadeza del genio de los que se presentan. Se mandó imprimir allí por orden de N. S. P. el Papa todos los testimonios auténticos, las postulaciones y los certificados que habían escrito a Su Santidad los Reyes, los Cardenales, los Arzobispos, los Obispos, los grandes Señores y Magistrados tanto del reino de Francia como de los demás Estados. Los primeros procedimientos se realizaron con mucha diligencia, el primer decreto solemne emanado de la Sagrada Congregación de los Ritos, a la que perene el juicio de este asunto, apareció antes de finales de 1710. Por el cual declaraba que había constancia de la reputación de santidad, virtudes y milagros del Venerable servidor de Dios Vicente-de-Paúl, y que se podía seguir adelante. En esto consisten los preliminares de la beatificación de los santos; después de lo cual se trataba de probar la heroicidad de las virtudes y los milagros.
El sr. Bonnet dio esta agradable noticia a la CM en su carta del primero de enero de 1711, añadiendo que la primera de estas cosas estaba testificada por un gran número de testigos, y que la segunda dependía más de Dios que de los hombres; no obstante que había lugar a esperar que el asunto no fallaría por ese lado, viendo que se había informado de muchas curaciones milagrosas muy bien probadas y que por otra parte la voluntad de Dios acostumbra a manifestarse en cuanto al culto público de sus santos, cuando la Iglesia está ocupada actualmente en examinar la santidad de su vida para tributarles los honores sagrados de la religión. A nosotros toca, añade él, renovar nuestro fervor y nuestra confianza en la intercesión de nuestro padre, e inspirar semejantes sentimientos en aquellos con quienes vivimos, sobre todo a los eclesiásticos en los seminarios y a las pobres gentes de los campos en las misiones. El sr. Bonnet no era entonces más que el Vicario general y creyó no tener suficiente autoridad para obligar a las casas a contribuir a los gastos necesarios de este asunto en Curia de Roma, que se sabe que son importantes. Pero elegido luego general proveyó a ellos escribiendo a todas las casas con fecha del 22 de enero de 1712, y decidió lo que cada una aportaría todos los años hasta la conclusión del asunto.
La casa de San Lázaro, decía, había cubierto hasta el momento la mayor parte de los gastos ya hechos, con algo que se había recibido de 38 casas de Francia, las cuales en esto habían seguido su devoción sin que las otras diecinueve del reino, ni las de Italia con la reserva de dos, ni tampoco de Polonia hubieran aportado nada. Declara que esta imposición empezaría a partir del 1º de enero de 1711, y no dejaba de señalar motivos para comprometer a las casas en aportar voluntariamente la suma anual que les fijaba. Se trata, dice, de nuestro padre, a quien no podríamos demostrar suficientemente nuestro agradecimiento. Su beatificación es para nosotros un asunto de los más interesantes para la gloria de Dios y para nuestra renovación en el espíritu y las virtudes de la Misión. El gasto que habrá que hacer para ello no lo igualará. Serán los mismos que se hicieron para la beatificación de los demás santos. Ya estamos por decirlo así en vísperas de la decisión de este magno acontecimiento. Se ve bien que habla para animar a la gente, pues no se ignoraba que en Roma se va despacio en este punto. Como en cualquiera otro, sólo hemos gastado hasta ahora unas quince mil quinientas libras, y no creo que lo que queda por hacer vaya a costar otro tanto. Sin embargo, se vio obligado a suprimir luego esta cotización. El asunto yendo para largo, carga de misiones por un lado y por otro los gastos del seminario de renovación. Varios particulares, continúa, de dentro y de fuera de la Co, contribuyeron al gasto precedente; espero que sigan haciéndolo con mayor voluntad para el que viene. Que les vaya bien para poder decir antes de morir durante muchos años públicamente: Beate pater Vincenti, ora pro nobis. Aquí se ve el corazón del sr. Bonnet que se expande en un tema donde se hallaba ocupado y que esperaba verlo avanzar rápido. El sr. Couty, de regreso de Roma, asistió a la asamblea general de 1711, en la que fue elegido tercer asistente del general, quien, según el decreto de la misma asamblea, debía estar cerca de su persona; pero la beatificación del sr. Vicente parecía demasiado importante para no dar lugar a explicar este decreto en favor de este asunto. Como se sabía que el sr Couty estaba más en situación de trabajar en él más que otro, fue a embarcarse en Marsella por San Juan de 1712 y llegó por mar a Génova, de donde se dirigió por tierra a Roma. El sr. Bonnet le encargó a su partida que le avisara cuando, una vez llegado, hubiera explorado la situación, cuánto tiempo poco más o menos podría durar el asunto. Le hizo esperar que en cinco o seis años podría acabarse, y que tal vez iría más rápido, en vista de que las grandes obras hechas por el siervo de Dios, sus virtudes heroicas y sus milagros estaban más que probados por los testimonios auténticos pedidos por la Congregación de los Ritos; de tal forma que sería una de las causas más hermosas que se hubieran presentado hacía mucho tiempo a este tribunal, N. S. P. el Papa y los Cardenales estando ya prevenidos de estima y admiración hacia este gran servidor de Dios. De esto escribía el sr. Bonnet en su carta del 1º de enero de 1713.
Su tumba se había abierto en París desde el mes de febrero del año anterior, en presencia de los comisarios apostólicos, que eran Mons. el cardenal de Noailles y los obispos de Rosalie y de Tulle, el antiguo, los dos íntimos amigos de la CM; éste era el señor Humbert Ancelin quien, habiendo dejado su obispado, se retiró a San Lázaro y allí hizo que se construyera, en un extremo del cercado, un hermoso apartamento, donde se alojó hasta su muerte. El sr. Couty se encontró también en esta ceremonia con algunos otros misioneros, obligados todos a guardar el secreto. Se la había fijado para el 12 de de febrero, pero la enfermedad y luego la muerte de la Señora la Delfina, y luego la de Mons. Delfín que siguió muy de cerca a su esposa, impidieron al cardenal de Noailles llegar ese día, como lo señalaba el sr. Dusaray en una carta; añadía en otra, de fecha el 24 de marzo de 1712, que los procesos verbales debían cerrarse, después de los cuales todos cuantos habían estado en la apertura de la tumba podrían decir lo que habían visto; él mismo se hallaba allí y lo relató en una tercera carta en estos términos: Cuando se abrió el féretro del sr. Vicente, se le encontró totalmente entero con su sotana y sus medias; sólo se habían consumido sus ojos y la nariz; yo le conté dieciocho dientes, nuevo por arriba y también por abajo. Como no quisieron sacarlo del ataúd por temor a que los huesos se dislocasen, y sin tocar su sotana, no se pudieron ver bien todas las partes del cuerpo que aparecían estar todavía en carne y huesos; se levantó tan sólo una paleta del estómago, que habían abierto cuando le sacaron el corazón y las entrañas. Los que se acercaron más y veían mejor que yo, el sr. Dusary, autor de este relato, tuvo siempre la vista muy baja, aseguran que vieron el hígado todavía muy bermejo; yo manejé la mano y la mano derecha que es de huesos y carne, pero seca con las uñas. Lo que es completamente cierto es que los gusanos no han entrado nunca en su féretro, ya que la sotana parecía húmeda y untosa sin tener ningún olor y era tan fuerte como cuando la pusieron en el féretro de plomo. El médico y el cirujano que hicieron su proceso verbal del estado del cuerpo y lo examinaron con cuidado todo, dijeron que no se podía conservar en este estado naturalmente, al cabo de cincuenta años.
Sin embargo el sr. Couty no encontró en Roma tanta diligencia como había hecho esperar al escribir al general, aunque se hubiera declarado bien hecho y válido todo el proceso realizado por la autoridad apostólica, desde el 1º de julio de 1713. En la beatificación de San Francisco de Sales hubo que volver a empezar; de manera que el asunto no podía ya fallar por defecto de formalidad. El referido sr. Couty no falló en dedicarse lo mejor que pudo a preparar materiales, para probar la heroicidad de las virtudes y la verdad de los milagros, para hacerlos juzgar el uno y el otro en dos congregaciones, como lo escribió el sr. Bonnrt el 1º de enero de 1714. Pero todo ello se prolongó y no hubo nada que decir en la carta del 1º de enero del año siguiente l715. Desde el 22 de estos mismos meses y año, la CM se celebraba en Roma, sobre la heroicidad de las virtudes, sin que hubiera nada que pudiera hacer dudar del éxito. Esta CM se llama antepreparatoria y los consultores pedían algunos escritos del sr. Vicente que se los enviaran. Se había hecho esperar que la segunda, llamada preparatoria, se reuniría una año después y luego la 3ª para entregar el decreto de esta heroicidad como decía el sr. Bonnet del 1º de enero de 1716, que comenzaba sin embargo a no jactarse tanto por la brevedad de esta gestión. Esto va algo despacio, decía, ¿qué hacer? Hay que armarse de paciencia, con mucha mayor gana que otros que comenzaron mucho antes que nosotros y hemos adelantado más. La última asamblea del clero acaba de entregarnos una carta muy urgente para acelerar este proceso, que necesita más oraciones a Dios que recomendaciones ante los hombres.
El general apareció entristecido por esta duración. Y escribió a las casas el 31 de marzo de 1716, publicando y fijando cierta contribución a cada casa para la beatificación del sr. Vicente, los tiempos son ahora tan difíciles y las casas tan pobres para la mayor parte que se las ven y se las desean para corresponder; que por eso, con el parecer de su consejo, había reducido esta contribución a la suma anual de tres mil cien libras que se destinarían no ya a la beatificación del sr. Vicente, sino a la subsistencia de los que hicieran el seminario de renovación. Las esperanzas no parecían haber mejorado al comienzo de 1717, escribiendo que el asunto seguía su marcha, que se habón enviado los escritos del Siervo de Dios, que se estaban examinando, y que hasta entonces no había ocurrido ningún incidente desagradable. Se sabe que el artículo del Jansenismo y las relaciones del sr. Vicente con el abate de San Cyrán de las que se produjeron ciertos hechos daban algunas impresiones a la mente de los consultores. El padre general de los Jesuitas no había querido dar testimonios sobre la santidad del servidor de Dios, y el Padre Daubanton, célebre Jesuita que trabajó en Roma por la beatificación del Padre Régis que llevó a cabo, decía del sr. Vicente que a la verdad parecía haber vivido santamente, pero que en su vida no había milagros. El 1º de enero de 1718, el sr. Bonnet advirtió a la CM que después de esperar largo tiempo, se había tenido en Roma, el 18 de diciembre pasado, una segunda CM la que se reconoció unánimemente que el sr. Vicente poseyó las virtudes cristianas en un grado heroico y, que de 14 consejeros, no hubo más que dos que suspendieron sus sufragios, hasta que fuesen informados de los dos asuntos temporales a los que se sentía cómodo en satisfacer por piezas auténticas irrefragables.
Al año siguiente el general no tuvo otra cosa que decir sobre este asunto, sino que el sr. Couty seguía ocupado en preparar los materiales de la última CM, sobre la heroicidad de las virtudes. Esta causa, añade, es más asunto de Dios que nuestro. Hay que pedir sin cesar que la lleve a buen término para su mayor gloria y mayor bien de la Iglesia y de la CM. No habló más en lo sucesivo y el asunto se quedó ahí. Las turbulencias acaecidas en la Iglesia con motivo de la Constitución, y el descontento que se tuvo en Roma por la Iglesia de París, de la que es arzobispo el cardenal de Noailles, fueron en parte la causa por lo que se cree. A principios del año 1720, Mons. el cardenal de la Trémoille, arzobispo de Cambrai, tratando por entonces en Roma los asuntos de Francia, dirigió para su diócesis un mandato en el que, aceptando esta Constitución, decía haber oído decir al Santo Padre, por su propia boca, que no había pretendido con esta Bula lanzar ningún ataque a todo lo que enseña la escuela de Santo Tomás, ni a ningún otro punto de doctrina ni de disciplina que se encuentre contestado entre los doctores católicos; sobre lo cual el sr. Couty que se hallaba en Roma, honrado por la estima de su Eminencia, creyó que el cardenal de Noailles podría dirigir un mandato igual y recibir así esta Bula, la cual no le producía dolor más que por que él juzgaba que se podrían cometer fácilmente abusos por querer atacar o al Tomismo, o a la severidad de la moral cristiana, o a las libertades de la iglesia de Francia.
El sr. Couty salió de Roma con esperanzas de hacer que gustase en París este expediente, llevando una copia del mandato de Mons. de Cambrai, el propio Papa, gozoso de encontrar alguna vía de acomodo, le dio mil escudos para el viaje; pero mientras estaba de camino, el cardenal de la Trémoille se murió a los pocos días, muy llorado en la Curia romana. El sr. Couty no interrumpió su ruta a París donde se quedó varios meses. El asunto del acomodo se negoció; el cardenal de Noailles aceptó la Bula, haciendo mención del cuerpo de doctrina que había compuesto para la explicación de las Proposiciones en cuestión, igual que los 40 prelados aceptantes, de tiempos del Rey Luis XIV, habían unido explicaciones de su proceder. El Rey cristianísimo dio cartas patentes que incluían mandato de aceptar dicha Bula según todas estas explicaciones; pero diversas personas en Francia no se acomodaron a este temperamento. Cuando se publicaron las cartas de Su Majestad, el sr. Couty reemprendió el camino de Roma, no por el Piamonte, como de ordinario. Estando cerrado este camino por el Rey de Sicilia que mandaba guardar la entrada por miedo al contagio que asolaba la provincia, sino por Alemania y el Tirol, aunque la ruta fuese mucho más larga. Pensaba volver a emprender el principal asunto por el que estaba en Roma; pero ocurrió que N.S.P. el Papa falleció el 19 de marzo de 1721; su sucesor, con el nombre de Inocencio XIII, no ha hecho nada aún por la beatificación del sr. Vicente; así que todo el mundo a esperar a esta 3ª Congregación para pronunciarse sobre la heroicidad de sus virtudes.







