Historia general de la C.M., hasta el año 1720 (67. Carta dogmática del sr. Bonnet)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Claude Joseph Lacour, C.M. · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1731.

Fue escrita por el Sr. Claude Joseph Lacour quien murió siendo Superior de la casa de la Congregación de la Misión de Sens el 29 de junio de 1731 en el priorato de San Georges de Marolles, donde fue enterrado. El manuscrito de l’Histoire générale de la Congrégation de la Mission de Claude-Joseph LACOUR cm, (Notice, Annales CM. t. 62, p. 137), se conserva en los Archivos de la Congregación de París. Ha sido publicado por el Señor Alfred MILON en los Annales de la CM., tomos 62 a 67. El texto ha sido recuperado y numerado por John RYBOLT cm. y un equipo, 1999- 2001. Algunos pasajes delicados habían sido omitidos en la edición de los Anales. Se han vuelto a introducir en conformidad con el original.


Tiempo de lectura estimado:
San Vicente de Paúl
San Vicente de Paúl

LXVII. Carta dogmática del sr. Bonnet.

Se ha podido observar en las preguntas hechas por la asamblea general y las respuestas del superior general que se esperaban para preservar a los jóvenes alumnos en los estudios internos de toda novedad , de la que las mentes parecen tan susceptibles en este tiempo, que el general escribió una carta circular sobre este tema. El sr. Bonnet estando no solamente dotado de un talento para poner bien por escrito y enunciar bien, pero sabiendo también perfectamente su teología, compuso pues una larga carta, tomándose para ello algunos días para retirarse a Pantin. Envió esta carta a las casas, con fecha en Pantin, 20 de junio de 1711. Se propone explicar dos cosas: a saber las razones que tiene la CM de alejarse absolutamente de toda clase de novedades, y cuáles son las principales cosas sobre las que se debe estar en guardia para evitar hasta las menores sospechas.

Los motivos son la Escritura, que ordena interrogar a sus padres y a los ancianos, para aprender de ellos la verdad y prohíbe escuchar a los innovadores, aunque se digan inspirados de Dios, hagan milagros si fuera posible para probarlo; lo que los Padres han explicado no sólo de la idolatría sino también de todo error contrario a la pureza de la fe y esto después de san Pablo que incluye hasta un ángel del cielo, si se pudiese hacer, que predicara otro evangelio. Se ha de conservar el depósito evitando las novedades profanas de las palabras y vigilar, como explica san Vicente de Lérins, contra los ladrones, y los enemigos que no dejarán al encontrar a los guardas dormidos de sembrar la cizaña. Tertuliano en su libro de las prescripciones refutó todas las herejías ya nacidas y por nacer en lo futuro con este único principio, que fueron nuevas, dando así lugar a sus autores a preguntarles cuándo nacieron y de dónde salieron. San Cipriano y algunos otros obispos entendiendo mal una tradición de la validez del bautismo conferido por los herejes, fueron rectificados por el papa san Esteban, por esta importante máxima, de que no se debe innovar en la Iglesia.

El mismo San Agustín refutó a los maniqueos, mostrándoles que el amor a la novedad, lejos de hacerles más santos y más prudentes que los otros, les ha metido por el contrario en confusiones, de las que no pudieron salir. El general observa de igual modo que cuando en los antiguos concilios se reunieron para condenar a los primeros herejes, como Arrio en Nicea, Nestorio en Éfeso, Eutiques en Calcedonia, estas santas asambleas conducidas por Espíritu Santo se apoyan siempre en la fe de los antiguos para reglar la creencia de los fieles, sin proponer nunca nuevos dogmas, es que por lo general todas las discusiones sucedidas en la Iglesia en cuestión de religión se terminaron de esta manera, aferrándose a la antigüedad para conservar por este medio las costumbres de los padres, sin dar nunca a la posteridad ninguna invención propia; parecidamente los papas, cuando se llevaron cuestiones a su tribunal, como Cirilo, Celestino, etc. A lo cual el general añade que la CM una de las menores y más pequeña parte de este gran cuerpo místico de la iglesia ha estado siempre animada por el mismo espíritu. Siempre unidos a la antigüedad, rechazando toda novedad, de modo especial la que ha dado tanto ruido en el último siglo, el sr. Vicente ha dejado una regla bien clara C. 12, s: 7. Se preocupó todo lo que pudo para curar de este mal a ciertas personas y para preservar a la CM como se indica en las dos ediciones de su vida, por eso prohibió dictar escritos en los seminarios, y obligó a explicar a aquellos doctores comúnmente aprobados. Los generales sus sucesores han caminado fielmente tras sus huellas. El sr. Jolly, cuando los errores de los Quietistas hicieron ruido en Roma y en París, temiendo que esta gangrena se filtrara en la Co, prohibió con toda energía incluso antes de que la condenara la Santa Sede, esta manera de oración. Y la asamblea de 1685 encontró su carta sobre este tema tan hermosa que hizo de ella un decreto particular, confirmándola, se la envió a todas las casas en 1687. La carta del cardenal Cibo a los obispos de Italia contra los últimos errores y poco después el decreto de condena de Molinos, y de Malaval, a los que unió cartas particulares, vio no sólo el peligro evidente de corrupción de la fe y de las costumbres sino también la menor sospecha de novedad, o de demasiada libertad en la crítica, y cuando el sr. Dupin autor de la Bibliohèque des Pères se hubo retirado, envió esta pieza a las casas de la CM, ordenando poner los libros de este doctor con los demás prohibidos. El sr. Pierron hizo otro tanto; envió a las casas la condena del libro de las Máximos des saints y del famoso Cas de consience, conducta que fue aprobada por la asamblea general de 1703. El sr. Bonnet concluyó observando que hasta hoy no se ha descuidado nada para preservar a la CM de los infinitos males que le atraería el amor a la novedad; la asamblea en la que había sido elegido le había dado orden de escribir esta carta para testimoniar que ella está hoy, en este aspecto, en las mismas disposiciones en las que Dios la ha puesto desde la Cuna.

Añade como razón que toda afectación de novedad no tiene más que estas otras fuentes la curiosidad, la ligereza y el orgullo del espíritu echado a perder por el pecado, que cuando se profundiza se hallan en él más brillantes falsos que verdad sólida, no basándose de ordinario más que en la temeridad y la obstinación, variando a cada momento de campo según el capricho o el interés de sus secuaces, y habiendo sido sus efectos siempre muy perniciosos, como un prurito insaciable de saber, una osadía conmovedora por minar los fundamentos de la ciencia humana y divina, los escándalos, las herejías y cismas en la iglesia, las muertes, carnicerías, guerras intestinas, y revoluciones en el estado, si no se tiene cuidado en reprimir a tiempo estos funestos principios, por otro lado, la CM tiene razones particulares para temer toda novedad, para conservarse por este medio en la pureza de la fe y de las costumbres y en la exactitud de la disciplina para desempeñar con fruto sus dos principales funciones de las misiones y de los seminarios, de otra forma estaría en peligro de envenenar las fuentes puras de la doctrina católica en los seminarios y de corromper la pureza de las costumbres en las misiones, y para servir finalmente siempre de buena edificación, como lo ha sido hasta ahora ante la gente de bien.

Llegando al detalle que el general se ha propuesto como segundo objeto en esta carta, comienza a deplorar la desdicha de tanta gente de este siglo, que se figuran un mérito aparente de dar en las novedades, en lugar de lo grande que ha sido siempre al oponerse según sus fuerzas, en el lugar donde uno se encuentra, defendiendo la fe antigua por la autoridad de la escritura, al revés de como los herejes se han servido de ella a su capricho. Los dogmas de la iglesia son inmutables sin que podamos añadir o cambiar o explicarlos tan sólo un poco, y lo mismo la moral como fundada en la ley natural y divina, fuera del alcance del capricho de los hombres, sin que tenga lugar la codicia humana de cambiar sus máximas y corromper su sentido. De otra forma todo quedaría pronto sometido a la licencia y al error. La disciplina por el contrario depende del genio y del gusto de los hombres, diferentes según los diferentes lugares donde nacen y habitan, así ella está sujeta al cambio, como se ve que las ceremonias y la administración de los sacramentos han variado en diferentes tiempos y diversos lugares, a menos que una costumbre laudable esté ya bien establecida por un prolongado uso, y por entonces apenas pueda cambiar sin confusión, según la advertencia de S. Agustín en su carta a Enero.

Estos principios deben servir de fundamento para regular los estudios dedicándose con empeño a ciencias sólidas y necesarias a su estado, en las que se ha de pensar en entender bien la escritura y para ello servirse de los padres, no pudiendo apenas tener éxito de otro modo en la inteligencia de los libros santos, y haciendo buenos estudios de teología. Para no equivocarse en el sentido de la escritura y la elección de las tradiciones, entregarse sobre todo a la teología moral, ya por su propia conducta, ya por la de los demás. En los seminarios y en las misiones se han de seguir las reales leyes de la caridad establecidas en el Evangelio, explicadas por los Apóstoles y los santos Padres; y si no se tiene tiempo de leerlos, escoger el menos de entre los casuistas a los que han defendido mejor su decisión sobre la Escritura y los Padres. Evitar cuidadosamente la relajación perniciosa que corrompe las costumbres de los fieles y la severidad a ultranza que desespera a los pecadores y los aleja del buen uso de los sacramentos. Abstenerse de las ciencias curiosas que están de moda y tienen por costumbre dar alguna reputación en el mundo a los que son inteligentes. Para los que están en misiones, que es la función más noble del instituto, deben dirigir todos sus estudios tanto a predicar sólidamente, sencillamente, patéticamente, y al alcance del pobre pueblo según el método dejado a la CM por el sr. Vicente, como a oír confesiones con seguridad para su propia conciencia y utilidad, para los penitentes que se dirigen a ellos. Los educadores y directores de seminarios se entregarán a formar a los jóvenes clérigos para la vida interior y espiritual a fin de que lleguen a ser hombres de oración y bien mortificados, como también a instruirlos en todas las ciencias necesarias para realizar bien las funciones que lleva consigo el ministerio pastoral. Todo otro estudio que no tienda de alguna manera a uno de estos fines no le conviene a un sacerdote de la Misión, quien al dedicarse a ello contra la orden de Dios perdería el tiempo y daría cuenta de ello un día.

Para prevenir el mal gusto de la novedad y el prurito de saberlo todo, el sr. Bonnet quiere que en los comienzos en los estudios de filosofía se ajusten a los pensamientos comunes de la filosofía de Aristóteles más apropiada a la manera con que los doctores de las escuelas cristianas han tratado la teología y que se continúe enseñando en los estudios internos de la CM la filosofía de Barbay como la más propia de todas las que se han impreso hasta el presente y la teología de Grandin, famoso profesor de la Sorbona, muy alejado de todas las novedades modernas, cuya Escolástica ya estaba impresa y la Moral lo estuvo muy pronto. En cuanto a los seminarios externos, acudir a los obispos quienes son los jueces naturales de la doctrina de su diócesis a los cuales hay que obedecer en lo que concierne a las funciones del ministerio eclesiástico, a menos que abusen visiblemente de su autoridad, queriendo mandar enseñar libros evidentemente malos o condenados por la Santa Sede, lo que no sucede; y convenir con ellos en algún autor impreso que no sea sospechoso ni de jansenismo, ni de otro error para el dogma, ni de relajación para la moral; por encima de todo ser prudente y sabio en las palabras que se dicen, las explicaciones que se dan en clase, las conversaciones familiares, etc.; no decir nada nunca que pueda dañar a la persona, mucho menos hablar desfavorablemente de las Comunidades que sirven útilmente a la Iglesia tachándolas o de error en la fe o de relajación en la moral, poniéndose así en peligro de excitar la envidia, el enfriamiento y hasta quizás el resentimiento de aquellos de quienes se hubiera hablado mal, que luego se hacen pasar por Jansenistas. No usar menos circunspección en la conducta leyendo libros o entablando relación con gentes sospechosas de jansenismo, adelantando proposiciones que puedan tender a estos errores, o no teniendo suficiente conformidad con las decisiones de la Santa Sede, así de lo demás como señalaban las actas de una asamblea provincial de la CM que el sr. Bonnet insertó en su carta siguiendo el deseo de la asamblea. Acababa luego rogando que se preste atención a todas estas cosas, y que se advierta si alguien llegara a dar algún motivo de queja en esta materia.

Hay que convenir que se ve erudición en esta carta, que está bien compuesta y que se entra muy bien en los detalles de las cosas que un misionero debe observar según el espíritu de la CM. Las discusiones hicieron más ruido que nunca después, cuando la bula de N. S. P. el Papa Clemente XI, que condena ciento una proposiciones del padre Quesnel, apareció en 1713.

Todo el mundo sabe los ruidos que esta Constitución suscitó en la Iglesia y cuántos prelados hubo en Francia que se negaron a aceptarla. El sr. Bonnet no juzgó oportuno imitar a sus predecesores y enviar esta bula a las casas con una carta circular para instruir a toda la CM; no podía prudentemente dar este paso, hallándose en la diócesis de París, donde Mons. el cardenal había publicado un mandato de no aceptar esta bula, bajo pena de censura; y es totalmente inoportuno que los autores del Supplément de la Gazette de la Hollande, alegando ciertos hechos o dudosos, o al menos exagerados, quisieron hacer pasar a este suprior general por un hombre que se entendía con los reclamantes y tuvo alguna doctrina sospechosa en materia de obediencia y de sumisión debida a la Iglesia, como si la única política y sobre todo el asunto de la beatificación del sr. Vicente, actualmente pendiente de la curia de Roma, le hubiera impedido declararse.

El sr. Bonnet, no contento con haber instruido así a la CM con esta larga carta, quiso además poner a salvo la antigua sencillez que se había guardado en los sermones de misión, al no permitir servirse de otro método de predicar. Esto es lo que comunica en su carta del 1º de enero de 1712: Nuestra última asamblea se quejó de que los jóvenes sacerdotes predican a veces en misión piezas poco conformes con la capacidad de la pobre gente de los campos y muy alejadas de la sencillez y del método en la CM por el sr. Vicente, nos hemos dedicado durante casi tres meses, con nuestros asistentes y Misioneros de los más antiguos que han estado en misiones mucho tiempo, a revisar y resumir unas cincuenta piezas de misión según el método y el estilo propio de la CM; esperamos hacerlas poner enseguida en limpio y enviarlas luego a las casas donde los jóvenes sacerdotes podrán seguir este modelo y hasta predicarlas, para trabajar útilmente si no están componiendo por su cuenta las suyas. Esta obra no estará sin duda en su mejor estado último de perfección, sin embargo será sólida y proporcionada al fin que se busca. El sr. Bonnet no tardó en enviar estas muestras. Se ve que emprendió primeramente cantidad de cosas y más que los otros Generales. Algunos creyeron que había en sus sermones o pláticas mucho lugar a la especulación cosa que no parece tener su origen en gente que haya trabajado mucho tiempo en las misiones del campo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.