LI. Carta circular después de la asamblea de 1697
Siguió la norma de las precedentes, rogando al superior general que informara a la CM en una carta circular (21º cuaderno) sobre sus resoluciones en diversos temas menos importantes, y el sr. Pierron escribió una con fecha del 21 de septiembre de 1697, donde dijo: Ya saben ustedes el éxito que quiso Dios dar a nuestra asamblea general. Cómo por la gracia terminó en paz y tranquilidad que se podría esperar. En ella se ha examinado en particular según lo que prescriben las constituciones, si la CM estaba en decadencia o en peligro de decaer de su espíritu, y en qué. Siguiendo las memorias que los cuatro diputados de la asamblea para hacer este examen han recibido de las provincias, de las casas y de algunos particulares, han observado varias cosas en que la CM tiene necesidad de recuperarse. 1º ha habido quejas de que no tienen las deferencias ni la obediencia para los superiores quienes por su parte pueden dar lugar a ello, dando prueba en palabras o de otra forma de hacer poco caso de los consejos y ordenanzas del visitador, y de las órdenes del general que no hacen observar ni observan ellos mismos, de donde se puede instalar entre nosotros la destrucción de la dependencia, y subordinación tan necesaria para mantener el instituto. Así también ha habido quejas del poco respeto que los inferiores demuestran a sus superiores y visitadores, tratándolos mal o de iguales en las cartas que les escriben, sin servirse de los términos de respeto usado entre nosotros.
2º Algunos de los nuestros hablan y conversan a menudo por largo tiempo sin necesidad con las personas del otro sexo, sea del mundo sea consagradas a Dios, y tales conversaciones han disminuido en algún modo el buen olor de la compañía que les debe ser tan querida. La asamblea ruega pues a cada uno mediante mi ministerio que seamos muy reservados en esto, y a los superiores que den buen ejemplo a sus inferiores con su prudencia y mesura, haciendo uso de toda clase de medios para prevenir y recortar la libertad que se han dado algunos de los nuestros fuera de la casa, en los lugares donde estamos establecidos, con compañías donde se encuentran personas de otro sexo, lo que sucede sobre todo en donde tenemos parroquias. La asamblea recomienda a los superiores no permitir que se deje hablar en nuestros locutorios a esta clase de personas, ni que se les deje pasar a nuestros jardines o que intervengan en nuestras casas, lo que no se podía hacer sin dar al mundo ocasión de hablar en perjuicio de los particulares, y esto recaería de alguna manera sobre todo el cuerpo.
3º Otros no han prestado le debida atención a la observancia del voto de pobreza, tan necesario para el sostenimiento de la CM. Se presta, se da, fuera de sus rentas o de lo que pertenece a la casa. Se llevan consigo diversas cosas cuando se va a otra. Todo sin saberlo el superior y hasta contra su voluntad. Muchos sin exceptuar a los oficiales no observan las reglas de la frugalidad, se tratan (¿o?) de los externos, dentro o fuera de la casa, invitándolos con demasiada frecuencia a comer y los gastos notables que con ellos hacen incomodan no poco a las casas en lo temporal. Y producen gran relajación espiritual en los particulares. Algunos hacen viajes de varios días sin ninguna necesidad, a pesar de las prohibiciones de los visitadores, llevan dinero encima para dárselo a quien bien les venga, se compran con él curiosidades u otras cosas, o para hacer regalos a los demás. La asamblea para impedir tales desórdenes ha preparado un decreto de la pobreza que cada uno deberá sin duda tener cuidado de observar, y guardar con fidelidad.
4º Se ha advertido que entre nosotros se habla con toda libertad de los defectos de los demás, que se declaran incluso a los externos, que se les comunican los secretos de la casa, que se trata de poner mal al superior o a sus cohermanos en la mente de los prelados, y de otras personas de distinción, cosas no solamente contrarias a la caridad y a la unión que debe reinar entre nosotros, pero además contra todo deber de justicia al que no se puede faltar sin pecar ante los hombres. Hay quejas de que se introduce la disipación en la compañía, y que parece por las inmodestias que se cometen, por las palabras que se profieren que suenan a juramento, las maneras del mundo que se adoptan en sus gestos, por hábitos, el pelo, la barba, etc, usando tabaco almizclado delante de los nuestros o los externos, cosas totalmente opuestas al espíritu de sencillez, honestidad, mortificación que ven y se ve con toda edificación en los antiguos misioneros. La asamblea, a fin de conservar el espíritu de su antiguo vigor, me ha encargado que recomiende a los directores de los seminarios internos que los formen bien en el espíritu del instituto, que los reafirmen bien sólidamente en la práctica de las virtudes que le componen, y a los que llevan la dirección de los estudiantes que los mantengan en la piedad al mismo tiempo que se dedican a adquirir la ciencia propia de nuestro estado sin descuidarse en oír la comunicación de su interior y darles de vez en cuando conferencias sobre el reglamento. Ha deseado asimismo que recuerde a la CM el decreto de la de 1668 sobre la brevedad de los sermones en misión y el uso de la campanilla para recordar a los predicadores que terminen cuando no prestan atención a su duración que daña considerablemente a la salud, y no hace más que aburrir a los oyentes, lejos de aprovecharles. También que en misiones se practica el uso de los confesonarios portátiles, cuando no se encuentran fijos en las iglesias, y que no se haga que confiesen tan pronto los jóvenes sacerdotes, sobre todo donde tenemos parroquias.
Estas son, añade el sr. Pierrin, al concluir su carta, las cosas principales que la asamblea recomienda a la CM. Ruego a Dios, autor de todo bien, que nos haga corresponder al plan que ha sido de su agrado inspirar, el cual sólo tiende a reparar los daños aparecidos en ciertas casas. Amemos la práctica de las virtudes que componen nuestro espíritu; seamos fieles en observar nuestras reglas; cifremos nuestro gozo en someternos y obedecer a los superiores; seamos prudentes y discretos con toda clase de personas, evitando las peligrosas que nos podrían aportar alguna sospecha, aunque mal fundada; vivamos en la frugalidad y la pobreza propias de obreros evangélicos que deben haberlo dejado todo, hasta el cuidado del cuerpo, para seguir a nuestro Señor. Conservémonos en el espíritu de piedad y de devoción en medio de nuestros trabajos y nuestras numerosas ocupaciones, a fin de cumplirlas con fervor a la vista de Dios que continuará dándonos sus bendiciones. Y esta es una hermosa recapitulación de todo lo que se había recomendado en esta carta, y que expresa muy bien, en todas sus partes, el cuidado de los primeros Misioneros en evitar la relajación; pero al propio tiempo da a conocer que se han introducido en la CM faltas hasta ahora casi desconocidas, ya que no se oye hablar en términos tan claros en las actas referidas ahora. A esta carta el sr. Pierron juntó otra más corta, en la que habla de la primera que escribió conjuntamente con los decretos de la asamblea, acabada recientemente. En ella dice que los diputados para hacer elección de las cosas propuestas, habían observado que en las casas no se leían suficientemente los decretos, resoluciones y cartas escritas después de las asambleas precedentes; luego que se formulaban diversas propuestas que estaban ya claramente decididas, que por eso convenía ser más cuidadosos en mandar leer estas piezas. Acusó también de que se había visto en algunos escribir cartas sin permiso, a espaldas de los superiores, lo que tiene efectos perniciosos y conduce a menudo a la pérdida de la vocación. Otros conservan el sello de las armas de su familia, o señalados con su monograma, se encierran para sellar las cartas, uso contrario a la sencillez que huele al espíritu del mundo. Encarga a los superiores que vigilen sobre esto y que se lo adviertan a los que escriban así sin saberlo él, y contra la regla.







