Historia general de la C.M., hasta el año 1720 (38. Cuidados de la CM para alejar el quietismo)

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Claude Joseph Lacour, C.M. · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1731.

Fue escrita por el Sr. Claude Joseph Lacour quien murió siendo Superior de la casa de la Congregación de la Misión de Sens el 29 de junio de 1731 en el priorato de San Georges de Marolles, donde fue enterrado. El manuscrito de l’Histoire générale de la Congrégation de la Mission de Claude-Joseph LACOUR cm, (Notice, Annales CM. t. 62, p. 137), se conserva en los Archivos de la Congregación de París. Ha sido publicado por el Señor Alfred MILON en los Annales de la CM., tomos 62 a 67. El texto ha sido recuperado y numerado por John RYBOLT cm. y un equipo, 1999- 2001. Algunos pasajes delicados habían sido omitidos en la edición de los Anales. Se han vuelto a introducir en conformidad con el original.


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San Vicente de Paúl
San Vicente de Paúl

XXXVIII. Cuidados de la CM para alejar el quietismo

Envió algún tiempo después una carta circular a las casas para prevenirlas contra los quietistas que confundían por entonces a la Iglesia, introduciendo una nueva manera de hacer la oración mental; esta carta tiene fecha del 18 de octubre de 1684. Se dice que habiéndose enterado por algunos Misioneros de que algunos particulares se aficionaban a este método de oración que no está conforme en nada con el que enseñó el sr. Vicente, y que incluso se opone a algunos de nuestros ejercicios, como a la repetición de oración; a lo que se añade otros inconvenientes más. Habiéndome sorprendido y reconocido la verdad de este hecho, que varias personas, entre otras los jóvenes, se han dedicado a él, sin tener las disposiciones necesarias, y deliberado con los asistentes, se había resuelto dar los avisos siguientes a toda la CM: a saber que aunque se ha de reconocer con los santos y los maestros de la vida espiritual una oración sublime, buena, y un gran don de Dios cuando viene de él, con todo puede resultar a mucha gente una causa de ilusión, una vez que se quiere uno introducir por su cuenta, sin haberse ejercitado anteriormente en la mortificación de sus pasiones y de su propia voluntad. Los santos dicen comúnmente que es engañarse si se quiere poder llegar a esta oración sublime por sus propias fuerzas y su industria. Ecclesia (dice san Bernardo) non est scrutatrix majestatis, sed voluntatis, et si aliquando per excessum rapi in illam contingit, digitus Dei est dignantis lavare hominem, non temeritas hominis insolentis Dei alta pervadens; cum enim Apostolus raptum se conmemoret, ut ausum excusat, quisnam alter praesumat huic se et divinae majestatis horrendo scrutinio propriis intricare conatibus ( La Iglesia, dice san Bernardo, no escruta la majestad, sino la voluntad, y si alguna vez por esxceso le sucede ser arrebatada hacia aquélla, es el dedo de Dios el que tiene a bien elevar al hombre, no la temeridad del hombre la que invade al Dios altísimo; pues si el Apóstol al recordar haber sido arrebatado, se excusa del atrevimiento, ¿qué otro presumiría de haberse visto implicado por sus propias fuerzas en éste y en el terrible escrutinio de la divina majestad?)

No es pues una oración en la que haya que ingerirse uno mismo, y sobre la cual sea fácil darse reglas. Habiéndose Dios reservado comunicársela a quien bien le parezca y ser el maestro de aquellos que él conduce por esta vía, éstos, según los santos, son en muy escaso número, y la experiencia nos hace ver, como nos dijo tantas veces nuestro venerable Padre hablando de la oración, que varios habían sido seducidos aspirando por sí mismos a esta oración sublime y se encontraban desprovistos de las virtudes cristianas que es, después de todo, lo que debemos buscar y para lo que la oración nos debe servir. Es buena en cuanto que nos hace vivir en la práctica de la humildad, de la obediencia y de las demás virtudes, algo bien explicado en la Vida del sr. Vicente, en el capítulo de su oración.

Por otro lado, prosigue el sr. Jolly, nuestras reglas nos prescriben que guardemos en todas las cosas la uniformidad, sobre todo en la forma de dirigir, enseñar, gobernar y en lo tocante a las prácticas espirituales, evitar la singularidad como la raíz de la envidia y de la división. No conviene introducir en la CM una nueva manera de oración, sino mantenerse en la que enseñó el sr. Vicente, por la que se santificó él y realizó por la gracia de Dios los grandes bienes que se admiran todavía. La aprendió de los santos y del Santo de los santos, Nuestro Señor, con quien tuvo siempre tantas comunicaciones; es segura, fuera de todo temor, y de ilusión. Es conforme a nuestros usos, nos lleva a la práctica de las verdaderas virtudes y pondrá a los que la practiquen con fidelidad en estado de ser levados más alto cuando sea del agrado de Dios. Creo que haremos bien, a ejemplo del mismo sr. Vicente, sentarnos, aquí como en todas partes, en el último lugar, esperando que el que ha invitado diga él mismo: Subid más alto. No se quiere reprobar la contemplación, sino solamente recomendar que se evite ingerirse por sí mismo allí donde se debe ser llamado por Dios inmediatamente y que no se introduzca en la CM (16º cuaderno) una singularidad que podría serle perjudicial.

El sr. Jolly ordena que se lea esta carta a todos los sacerdotes y clérigos de las casas para que sepan cuál es en esto la intención de la Co, la que no desea que ninguno de sus súbditos enseñe otro método de oración que el que en ella se practica, y que le ha sido empleado por su venerable Fundador, conforme a la sencillez y uniformidad de que hace profesión; y si alguno piensa que Dios le llama a una oración más sublime, que continúe hablándolo con su director en la comunicación.

Esta carta es hermosa y muy sólida y es la primera carta dogmática que los Generales han escrito a la CM. Era el nuevo libro del sr. Malaval, famoso ciego y contemplativo de Marsella quien había dado lugar a este método de oración. El general no quiere que se permita a los jóvenes sacerdotes y menos aún a los clérigos leerlo.

Dos o tres años después, un sacerdote español, llamado Miguel Molinos, que pasaba por un muy hombre de bien, hizo todavía más ruido en Roma. Mons. cardenal Cibo, prefecto de la Inquisición general, escribió sobre ello desde principios del año 1687 a todos los obispos de Italia, como consecuencia de los consejos que había recibido de todas las partes la Congregación del Santo Oficio, de que se erigían ciertas asambleas, bien de hombres, bien de mujeres, bajo el nombre de escuela de compañía de confraternidad, por las cuales quizás incluso por malicia, so pretexto de elevar a las almas a una oración de quietud, ciertos directores espirituales insinúan insensiblemente en el espíritu de los sencillos errores perniciosos, o al menos por falta de experiencia, de la verdadera vía espiritual abierta por los santos. Aunque parezcan al principio vender máximas de alta perfección, pero por ciertos principios mal entendidos o aplicados peor todavía, dichos errores acaban luego en herejías manifiestas, o en crímenes vergonzosos. Por ello los cardenales del Santo Oficio habían juzgado necesario encargar a los obispos que vigilaran las asambleas nuevas, las suprimieran por completo si encontraban algunas así, recomendaran a los directores caminar por la vía común de la perfección cristiana, sin afectar ninguna singularidad, e impidieran a quien quiera que fuere, sospechoso de estas novedades, que se inmiscuya entre religiosas.

El Santo Oficio, mediante un decreto dado a conocer en la presencia de Nuestro Santo Padre el Papa, Inocencio XI, el jueves 28 de agosto de 1687, en el que se llamó a Molinos hijo de perdición, condenó, con el fin de salir al paso de estos peligrosos errores, 68 proposiciones de este autor, todas tendentes a un ser puramente pasivo, sin preocuparse de actos de virtud y de obediencia a la ley, de resistencia a la codicia; así por lo demás. Molinos abjuró en público de todos estos errores, el 3 de septiembre de 1687, donde dice: Esto nos enseña cuán importante es guardarnos de toda novedad, aunque se presente bajo bellas apariencias, si no ha sido examinada de antemano con cuidado y aprobada por los que Dios ha puesto para que no se presente a los fieles ninguna doctrina que no sea pura y del todo conforme al parecer y uso de la Iglesia. Se han traducido al francés estas proposiciones con el fin de que todos las puedan comprender y guardarse del error, del escándalo y de la temeridad que contienen, como lo dice el decreto, y que se evite creerlas, enseñarlas y ponerlas en práctica, lo que se prohíbe expresamente bajo pena de excomunión. Estos errores, aunque graves y tan justamente censurados por la Santa Sede, no dejaron de renovarse después en Francia, por medio del P. Lacombe y de Madame Guyon, defendidas incluso por Mons. Arzobispo de Cambrai. Y el papa Inocencio XII preparó un segundo decreto contra estos errores del que hablaremos en su lugar.

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