XI. Memorias importantes dirigidas por orden de la asamblea.
Entre las otras memorias, una de las más hermosas es la que contiene los medios propuestos en la asamblea para conservar el espíritu primitivo del Instituto. Son excelentes tanto en relación con el bien particular de los misioneros como para utilidad de la CM en general. Estos medios son la oración, en la que se pide a Dios que ha dado este espíritu que le conserve, diciendo para ello la misa una vez al mes, comulgando y recitando algunas oraciones vocales, entre otras la oración de la octava de San Lorenzo , cambiándole el nombre por el del servidor de Dios, Vicente de Paúl; la estima y observancia de las reglas en las que está encerrado este espíritu, y principalmente de las que se refieren a los votos, la oración mental de la mañana, la práctica de la mortificación, la comunicación de su interior cada tres meses, los ejercicios todos los años, y la observancia de los buenos consejos que se han dado para bien desempeñar las funciones, en lo que deben vigilar los oficiales superiores de la casa; la lectura de la Vida del sr. Vicente de vez en cuando en el refectorio y en particular para descubrir si se aleja uno de sus máximas y de sus ejemplos: este digno fundador estando lleno de este espíritu que no se comunicó sino por su mediación a la CM; las conferencias espirituales tan útiles hasta el presente, aun entre los externos; asignar de vez en cuando por tema durante el año la importancia de conservar este espíritu y de practicar las virtudes que lo componen, como la sencillez, la humildad, el desprendimiento que tanto le han hecho estimar a los externos, sin olvidarse de tratar de las notas que deben hacer juzgar si se conserva este espíritu o hemos decaído; hacer buen uso de las visitas que sirven de maravilla para conservarlo, y atraen de ordinario muchas bendiciones a las casas, cuando se las recibe con respeto y con el deseo de aprovecharse de ellas, una buena voluntad de guardar sus ordenanzas y de ser fieles a los consejos que en ellas se nos dan para dentro y para fuera.
A estos primeros medios se añaden los siguientes: comunicarse los bienes que se realizan en las casas para la gloria de Dios y de la salvación de las almas; escuchar con agrado los relatos de las vidas y obras de los Misioneros difuntos, siendo costumbre de comunicárselo a toda la Co; velar bien por los seminaristas antes de admitirlos a los votos para conocer bien la inclinación y la aptitud para el Instituto y para sus funciones; y para ello no alejarlos del seminario a menos de que sea para enviarlos a misión, y darles así a conocer primero por experiencia, estimar y amar esta principal función, que si se encuentra alguien en las casas particulares, los superiores deben tener un gran cuidado, ejercitarlos en la virtud y obligarles a no desdeñar las prácticas del seminario; vigilar también a los estudiantes, cuyos rectores conviene que estén llenos de este mismo espíritu para conducir a los escolares a la humildad, a la mortificación, a la oración y a la observancia de todas las costumbres de la Co, para que los estudios aunque santos y emprendidos por un buen fin no sean una ocasión de relajarse en la piedad y por ahí una disposición a perder el espíritu de su estado para tomar otro contrario, al hacer nuevas fundaciones, tener buen cuidado de que todos contribuyan a un buen comienzo y dar a estas nuevas casas la marcha y la forma más parecida a la de San Lázaro, teniendo en cuenta que es más fácil continuar lo que se ha comenzado bien que enderezar lo que en un principio se hizo mal, y se ha de construir y trazar un edificio ya hecho, y tomar antes los consejos del general o del visitador, porque la regularidad de un edificio en la justa disposición de las salas y apartamentos sirve mucho para mantener el espíritu y alejar la disipación. Tomar todas las precauciones contra la relajación y la falta de recogimiento que se introduce con facilidad en las pequeñas comunidades donde hay poca gente y a veces muchas funciones que desempeñar, especialmente en las parroquias, donde los superiores deben mantener cuidadosamente el orden y el modo de los ejercicios con la observancia de las reglas; hacer algunos días de retiro acabadas las misiones sobre todo las que duran algún tiempo, ya que para entonces se pierde de ordinario el gusto y el afecto de la forma de la comunidad, practicar pro fin la regla que ordena servirse de toda clase de precauciones imaginables para guardar la pureza, no hablando a las personas del sexo más que por necesidad, y entonces con gran circunspección, y hasta en las funciones más santas; alejarse tanto como se pueda de todo trato con la gente cuyo espíritu es del todo opuesto al de la Co; lo que obliga a cortar por lo sano las visitas activas y pasivas no necesarias, las cartas superfluas, la búsqueda de negocios, la dirección de gentes del mundo.
Estos son los medios que por entonces se creyeron útiles para conservar el espíritu primitivo de la institución. Se reconoce bien que los que los proponían estaban ellos mismos llenos de él y en condiciones de transmitirlos a los otros; dichosos serán los Misioneros que no decaen, ni en esto ni en otras cosas, de la devoción y del fervor de sus predecesores. Se elaboró también una memoria de los consejos dados en la asamblea para la perfección de las funciones de la CM comenzando por las Misiones, se dijo que debe haber al menos tres sacerdotes para una mayor exactitud en la observancia del reglamento, que se debe leer incluso en presencia de los sacerdotes externos, si los hay, pero no los consejos particulares para el director y los demás. Se necesitan cada día dos sermones, uno en forma de gran catecismo, según lo que ha estado en uso desde el principio y entonces después de algunas preguntas a los niños durante medio cuarto de hora sobre cuanto se ha dicho en el pequeño catecismo, se explica un precepto del decálogo o la substancia y las circunstancias de un misterio si se trata de ello, y luego los frutos que se han de sacar en la práctica de un solo sermón puede ser suficiente para todos en los lugares pequeños cuando hay pocos predicadores, los principiantes serán asignados a los catecismos menores antes de mandarles predicar, luego ocupados según sus talentos y disposiciones a estrenarse en grandes catecismos y en actos de movimiento; se sirve del catecismo de la misión a menos que los obispos y los párrocos deseen que se adopte el de la diócesis, y para entonces convendría acomodarse en los temas que se eligen a las preguntas y respuestas que se contienen, conviene dar un tiempo a los sordos y a los niños para confesarlos, no seguir en el tribunal las opiniones relajadas y sobre todo las que los últimos Papas condenaron; acogerse siempre a los sentimientos más defendidos del Evangelio, de los concilios y de los Papas; no encargarse nunca de las restituciones si no es por necesidad, y entonces ponerlas en las manos de los superiores(sic) o director quien retirará de aquel a quien se entrega un billete para devolvérselo al otro de quien se ha recibido y si se trata de devoluciones inseguras, seguir el consejo de algunos sabios sobre todo del párroco para emplearlo en obras de piedad, además no mostrarse fácil para recibir el dinero que ofrezcan penitentes para las limosnas; y en caso de recibirlo, es al director y no a nadie más a quien compete distribuirlo al final de la misión, y no encargarse de distribuir pagas o géneros que debe dar el penitente mismo o mandar hacer por quien quiera, no es de los confesores dar rosarios, estampas, etc, a los que escuchan, sino al director o al catequista a quien corresponde enviarlos cuando los piden.
No se obliga a hacer más que una comunión general y tomarse el día anterior para llevar la comunión a los enfermos y otras personas necesarias para guardar la casa solamente, no se ha de imitar la práctica de otras comunidades, o misioneros en las misiones de dar todas las tardes la bendición del Santísimo Sacramento, ni comulgar a gente por la tarde sin gran razón; harán bien los misioneros en dejar el confesionario el día del Corpus durante la procesión para asistir a ella; cuando tengan necesidad de reconciliarse, se debe hacer en la sacristía, o en la iglesia, y no en casa sin necesidad, tener cuidado en establecer no sólo la cofradía de la Caridad, sino también de procurar que siga y de visitarla después a cargo de la casa, comprometiendo a los párrocos o en su defecto a algún otro eclesiástico para que se cuiden de ellas; obtener en su favor indulgencias de Roma. La CM las ha conseguido generales para todas las misiones bajo el pontificado de Inocencio XII; llevar a las hermanas para que hagan las colectas en las iglesias las fiestas y domingos, y otras en el campo en tiempo de misiones y de vendimias, colocar buzones en las hostelerías, introducir la práctica de dar algo a estas cofradías en los testamentos.
Se ha de cuidar de manera especial en las Misiones la conservación de la castidad que sin duda correría peligro en estas funciones y para eso disponer los lugares de confesores de tal manera que no estén ocultos, sino a la vista, los unos de los otros, no confesar de noche a menos que haya una luz que ilumine delante del confesionario, no servirse de la manga del roquete para (correr) cubrir la del penitente, tener a falta de confesionarios ordinarios otros pequeños portátiles de hierro de los que se sirven en Italia para oír a las personas del otro sexo, es asunto del superior o director vigilar todo esto, visitando de vez en cuando a los confesores, y nadie debe quedarse solo en la iglesia después de la hora señalada en los reglamentos bajo el pretexto que sea, ni recibir allí visita alguna por necesaria que sea en la parroquia ni ninguna de las aldeas sin el permiso del director, que debe asignar a un compañero, aunque sea un externo, etc, se será siempre fieles al artículo del reglamento que excluye siempre toda clase de mujeres jóvenes de la habitación de los misioneros, en cuanto a los hermanos se ha de tener cuidado de que no hablen a estas personas en lugares sospechosos o a horas indebidas, que estén ocupados todo el día, y que cuando la necesidad exija ir a alguna casa a comprar provisiones se queden en la puerta, o si entran que la dejen abierta, que no tengan ninguna relación con las jóvenes que sirven en las casas donde se hospedan, ni en otras partes sin avisar al director, quien debe salir de vez en cuando de la iglesia para ver lo que pasa por la casa, por fin el hermano debe llevar una vida ejemplar y edificante sin mezclarse en catequizar o dar consejos de dirección, si el director observa que él o algún otro falta a alguno de los artículos susodichos se les ha de advertir, y en caso de que no haya remedio, informar inmediatamente al superior o visitador; estas son la reglas sabias que esta asamblea creyó su deber prescribir para garantizar a los Misioneros de la relajación en las Misiones y hacer que esta función sea útil al pueblo.
Tomó asimismo medidas para los seminarios y no se contentó con enviar a todas las casas donde se educa a jóvenes eclesiásticos para disponerse a las sagradas órdenes reglamentos bien para el orden del día bien para la práctica de las virtudes y los usos a los que se les debe acostumbrar para el buen orden donde se mandó conservarlos en un libro expreso, con el fin de que los directores y los superiores pudieran acudir a él en caso de necesidad, y los seminaristas pudieran leerlos siempre que fuera conveniente como también los ejercitantes que tienen sus ejercicios en las casas, y para los ordenandos, cuando se solía hacerlos en algunas partes según la práctica de San Lázaro. Están actualmente abolidos en todas las partes de Francia, cada obispo o tiene seminarios en su ciudad episcopal o envía a otra parte a sus eclesiásticos para pasar allí cierto tiempo; se tomaron luego diversas resoluciones que fueron enviadas a las casas por medio del general, según se ve a continuación.
Se ha de insistir en todo lugar para mayor uniformidad en el breviario romano a no ser que el obispo mande recitar el diocesano, y enseñar siempre las rúbricas del breviario romano, tomar autores para capacitar a los seminaristas mientras se encuentren en el seminario, sus facultades a proveerse de todo, y la voluntad del Obispo, y si los jóvenes tienen costumbre de ser un poco más sabios, adoptar algunos autores más profundos que los que se hallan en uso; obligar a los seminaristas a repetir las lecciones en latín, pero en la explicación mezclar un poco de francés para aliviar un poco a quienes no tienen tanta práctica del latín, estar una hora y media en clase para repetir, la primera media hora la lección, la media hora siguiente oír las dificultades propuestas por los escolares y hacer la explicación la última, pero bien preparada para que resulte más cómoda de repetir y hacer hablar mucho a los seminaristas, se les hace repetir cada semana lo que se ha dicho, a no ser que haya habido pocas clases por razón de las fiestas y domingos o demás circunstancias que ocurren en algunas semanas y del mismo modo al final de cada tratado siempre a manera de examen; es de desear que al menos una vez al año se hagan los ejercicios de ordenación tanto por la mañana como por la tarde según el modelo de las conferencias de piedad y de doctrina enviadas para ello de San Lázaro, y que se tienen todavía en varias casas. Eran buenas y metódicas; pero según se ha dicho no están ya en uso; y se tiene por suficiente actualmente antes de las ordenaciones hacer ejercicios en lo que no caben más que conferencias de piedad y repeticiones de oración.
Los misioneros deben servir a veces en otra mesa y hasta el superior en las fiestas solemnes, pero no conviene que sea durante toda la semana como los seminaristas por lo menos de tres meses a no ser el obispo lo quiera, y en ese caso convendría hacerle ver los inconvenientes a los que un periodo más corto está sujeto como de igual manera con los obispos de los casos en los que se ha de despedir a los seminaristas por dormir afuera etc, y buscar siempre el consentimiento del prelado en su despido o el de su primer vicario, comenzar siempre el seminario, sobre todo cuando sólo existe una entrada, por los ejercicios dos o tres días después de la llegada de los alumnos; hacerlos en común y siguiendo en ellos la costumbre de la repetición antes y después de la partida, y hacia el final explicar el reglamento y todos los ejercicios de la comunidad: el examen particular, confesión, lectura, frecuencia de los sacramentos, etc.; cuidar mucho que los seminaristas sean interiores por los ejercicios espirituales y para ello aprender el método de la oración mental, de la que deben hacer cada día media hora por la mañana sin incluir la lectura del asunto; adoptar un autor que entre en el detalle de las cosas que les son propias; apenas se puede hallar otro que a Beuvelet; comenzar por las meditaciones de la vida purgativa sobre el pecado y los juicios de Dios, luego las de la vida iluminativa sobre las virtudes cristianas, la humildad y la mortificación, etc, y eclesiásticas, siendo importante trabajar en hacer de ellos buenos cristianos antes que pensar en hacerlos buenos sacerdotes; mandar repetir la oración en fiestas y domingos sucesivamente a los seminaristas, cada semana una conferencia espiritual insistiendo en un tema propuesto de antemano para que se preparen, comprometerles a confesarse fiestas y domingos, aunque para la comunión habrá que referirse al consejo del confesor y el superior no debe confesar por diversas razones, a menos que algunos se lo rueguen expresamente, atraerlos también a la comunicación interior y sobre todo a aquellos en quienes se observan las mejores disposiciones para sacar provecho de ella.
En cuanto a los regentes se cuidarán de enseñar de manera que se eviten la disipación por el brillo y la vanidad; asimismo formarlos en las funciones del ministerio como en catequizar, predicar, administrar los sacramentos, las ceremonias, rúbricas, etc., nadie debería salir del seminario sin estar razonablemente instruido en todas estas cosas, y en estado de desempeñarlas regularmente; ejercitarlos incluso en el catecismo en los hospitales y las parroquias, con consentimiento de los párrocos, para hacerles más decididos, pero sin peligro de disipación; inculcarles la modestia en el vestir, la observancia de los santos cánones para la tonsura y el pelo corto, vigilar sus recreos y alguien de la casa ha de encontrase por allí pero no dos por el mismo lado, lo que da pie a más de un inconveniente; por lo que se refiere a eclesiásticos de mala fama o censurados que los obispos envían a veces al seminario, se los recibe con bondad en los ejercicios; pero si es por más tiempo se ha de informar al prelado o al vicario mayor de las consecuencias fastidiosas de una larga estancia de esa gente en el seminario siempre perjudicial a los jóvenes alumnos, para disuadirles de que los envíen en lo futuro; pero recibir a los que sin tener mala fama del todo llegan con buenas intenciones, y para provecho no eximir de la clase a cualquiera que sea de los que vienen para disponerse a las órdenes, de ellas se podría dispensar a algunos jóvenes sacerdotes que van al seminario y de igual modo admitir a las conferencias eclesiásticas a algunos eclesiásticos prudentes y virtuosos; en la imposibilidad en que se está de negar absolutamente (6º cuaderno) certificados a quienes los piden, de mostrarse por el contrario difíciles a concedérselos a los que son indignos de ellos para obviar muchos inconvenientes, estos eclesiásticos se sirven con frecuencia de ellos para obtener beneficios; es inútil dar certificados a aquellos de la diócesis donde se da testimonio de viva voz al pealado, y se puede en lugar de certificado escribir a los superiores; estos reglamentos son muy prudentes, y cuando se los observa, no pueden sino contribuir a cumplir, como es debido, con esta función tan útil al estado eclesiástico.







