Historia abierta de la C.M. en España (1704-2000). La C.M. en la España bajo el Régimen Liberal (1835-1875). Capítulo 2

Mitxel OlabuénagaHistoria de la Congregación de la Misión en EspañaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Mítxel Olabuénaga, C.M. .
Tiempo de lectura estimado:

2.- La C.M. bajo la Revolución Liberal (1835-1875)

2.1. Liquidación de las bases tradicionales (1835-1851)

En 1834 la Provincia de España se componía de 8 casas, 96 Clérigos y 33 Hermanos. Las casas eran las de Madrid (calle del Barquillo) donde vivía el Visitador, P. Juan Roca (misiones, ejercicios, formación, atención a las Hijas de la Caridad); la de Barcelona, cuyo superior era el P. Juan Vilera y se dedicaba a todo tipo de ministerios propios; la de Palma de Mallorca (misiones y ejercicios) con el P. Juan Viver de superior; la de Guisona (Lérida) (misiones y ejercicios) donde estaba de superior el P. Alejos Davíu; la casa de Barbastro (Huesca) (misiones, ejercicios y seminario) cuyo superior era el P. Gaspar Torres; Reus (misiones e Hijas de la Caridad), casa en la que era superior el P. Ignacio Santasusana; Valencia (centro misional y de ejercicios) donde estaba de superior el P. Jaime Vehill y Badajoz (misiones y seminario) cuyo superior era el P. Miguel Gros.1

De la larga serie de medidas legales dictadas por los sucesivos gabinetes liberales de la época (p.e. 11 de octubre de 1835: supresión de la mayoría de los monasterios; 19 febrero 1836: venta pública de los bienes de las comunidades suprimidos …) sólo la más amplia y universal de ellas, la del 8 de marzo de 1836, decía aplicación directa a la C.M.. Era el decreto por el que se suprimían todos los monasterios, conventos, congregaciones y demás casas de comunidad o institutos religiosos y se aplicaban a la Real Caja de Amortización todos los bienes raíces, muebles y semovientes, rentas, derechos y acciones de todas las casas de comunidad de ambos sexos así suprimidas como subsistentes. Se le aplicó también, por supuesto, la ley general de desamortización, promulgada bajo el gobierno Calatrava el 29 de Julio de 1837, que refundía disposiciones anteriores. En aplicación de los Decretos, el Estado se fue apoderando poco a poco de la mayor parte de las casas:2 Reus (22 Julio 1835), Barcelona (26 Julio 1835), Valencia (Julio 1835), Guisona (Julio 1835), Barbastro (Marzo 1836), Madrid (8 Marzo 1836) y Badajoz (1839). El caso de la casa de Palma es un tanto peculiar.3 Oficialmente fue suprimida y expropiada el 3 de mayo de 1836. Poco antes había acogido, huyendo de la supresión de otras comunidades, a tres Seminaristas (Ginart, subdiácono, Cerdá y Ramis), al Hermano Jaime Canellas y al P. Alejos Davíu. Va a ser precisamente este último quien, en medio de múltiples peripecias, mantenga la casa de alguna manera ligada a la Congregación cuando sea convertida primero en «Casa de venerables» (o sea, Hospicio de exclaustrados viejos achacosos) y, posteriormente, en Refugio de Eclesiásticos religiosos y seculares. Murió el 22 de enero de 1848 al poco de llegar un sucesor enviado por el Superior General que se hizo cargo de la casa: el P. José Marimón. La casa volverá a manos de la Congregación el 1 de mayo de 1851.

Las razones de todas estas determinaciones no obedecen sino a principios programáticos de la mentalidad liberal al margen de la postura ideológico-política de la Congregación o de los misioneros. Parece claro, no obstante, que éstos, en general, se inclinarían por aquellas posiciones más moderadas que no atentasen gravemente contra las bases de su vida comunitaria y de su apostolado.4

La casa de Reus fue incendiada algunos días después de haber sido abandonada por la comunidad el 22 de julio de 1835 ante la actitud violenta de las turbas que en esta jornada incendiaron la mayoría de los conventos de la ciudad y causaron numerosas víctimas. El Ayuntamiento se apoderó de ella el 17 de Abril de 1836 y la destinó a casa de caridad.5

La casa de Barcelona también sufrió un feroz ataque la noche del 25 de julio de 1835 y se salvó de la quema por la defensa que de ella hicieron los propios misioneros comandados por los PP. Juan Bautista Figuerola y Juan Aguilar, exsargento de la primera guerra carlista, que no dudó en usar dos fusiles y todo tipo de materiales. Por la mañana fueron sacados todos sus miembros por las «fuerzas del orden» y trasladados a Montjuich y la casa asaltada y saqueada.6 Nunca volvieron a ella. Formaban la comunidad entonces cuarenta y seis miembros, entre Sacerdotes, Estudiantes, Hermanos y Novicios.7 El P. Buenaventura Marsal, que pertenecía entonces a la comunidad, en una carta dirigida al P. Etienne (Superior General), fechada el 10 de diciembre de 1861, dice:

«En 1835, en la casa de Barcelona, todos los jóvenes estábamos en la mayor ignorancia de la marcha de las cosas políticas y religiosas y de las catástrofes ya acaecidas a otras comunidades en varios puntos de España, y por eso nadie estaba pre­venido para la gran catástrofe que de improviso nos sorprendió en la noche del 25 de julio del mismo año; y los Sres. Superiores estaban tan mal confiados de nuestra salvedad (sic), que antes apenas, o casi no dieron disposición alguna para salvar a la comunidad y sus intereses, y sólo Dios nos salvó la vida con el valor e intrepidez que manifestamos algunos jóvenes, con que intimidamos a los asesinos, para que no en­traran a la casa, para asesinarnos a todos con el pu­ñal o el fuego; pero no obstante uno falleció de un tiro de bala, yo fui públicamente acometido en las calles de la ciudad, insultado, saqueado, abofeteado, apedreado, y por milagro Dios me salvó otra vez la vida en medio de millares de revolucionarios, que me acechaban por todos lados y por más de dos meses que me dolí de las heridas y golpes y me costó mu­cho el restablecerme de ellos y del espanto recibido un mi corazón, y otros individuas también pasaron sus respectivos trabajos y peligros.

 

Conducidos al castillo de Montjuich, como corde­ritos, estuvimos allí quince días mal comidos y dor­mir en el duro suelo, sin más ropa que la de las es­paldas, pasando días de amargura y de agonía de muerte, por estar aún allí expuestos a ser víctimas de los revolucionarios. Después que salí de Mont­juich anduve a pie tres días por caminos excusados y casi intransitables, con el calor excesivo de agosto, valiéndome de extraños para enseñarme los caminos y aun con gravísimo riesgo de caer en manos de los revolucionarios, por los que otros religiosos fueron asesinados o puestos en las cárceles públicas; pude al fin llegar a mi casa paterna, donde tuve mi refugio en todo el tiempo de la guerra civil, y estuve hasta que logré el beneficio».8

La casa de Valencia quedó clausurada en julio de 1835, antes, pues, de la desamortización, por lo que cabe suponer que la dispersión de la comunidad obedeciera a una ocupación violenta. Barbastro continuó en funcionamiento hasta marzo de 1836 y Guisona fue la última en clausurarse y no lo hizo sino después de haber servido de refugio a misioneros procedentes de otras residencias.9 Así lo hicieron, entre otros, los PP. Juan Amat, Buenaventura Armengol, Pablo Pi, Juan Domingo, Francisco Soler, José Marimón, Mauricio Sampere, José Cerdá, Antonio Morera, Gabriel Ángel y el Hermano Juan Cahue.10 La casa-seminario de Guissona fue desvalijada al poco de abandonarla los misioneros y desmantelada en el transcurso de la primera guerra carlista (1833-1840).

El conjunto de los misioneros pudieron sortear, mejor de lo presumible, los asaltos y saqueos. Sabemos que el destino inmediato de los componentes de la provincia en 1835 fue como sigue:

«Sesenta y uno, entre los que hay que contar a prácticamente todos los estudiantes y novicios, logró pasar al extranjero -es decir, Francia, salvo unos pocos que se dirigieron directamente a Italia- e instalarse en casas de la Congregación: Montolieu, Carcasona, Toulouse, Cahors, Valfleury, Chalons sur Marne, París, Sarzana, Piacenza, Tívoli, Monte Citorio…

Treinta y siete, permanecieron en España. Pero a éstos es preciso clasificarlos en dos grandes grupos: dieciséis siguieron más o menos vinculados a casas -es el caso de Palma de Mallorca- u obras de la Congregación, especialmente la dirección de las Hijas de la Caridad, como el grupo de cinco padres y hermanos de Madrid, capitaneados por el P. Codina. Y otros veintiuno o bien regresaron a sus domicilios familiares o se incorporaron a diversas diócesis, en las que obtu­vieron curatos o beneficios.

De veinte ignoramos por completo el paradero. Y dos, el hermano Campmolt y el P. Obiols murieron como resultado de los sucesos de Barcelona».11

Sin embargo, previendo todo esto, en el mes de julio de 1834 habían sido sacados de Madrid los estudiantes y seminaristas y trasladados primero a Guisona y, posteriormente, a Montolieu -Francia­- (20 Julio de 1835). En aquel momento formaban la comunidad ocho sacerdotes (PP. Juan Roca, Buenaventura Codina, José Morera, José Escarrá, Ramón Sanz, Antonio Borja, José Cerdá y Pedro Castán), unos quince estudiantes, seis seminaristas (Miguel Doménech, Francisco Amaya, Román Pascual, Juan Arrom, Mariano Maller y Mateo Cerdá) y ocho Hermanos coadjutores. Pocos días después, seguirán el mismo camino los estudiantes. En Madrid, por tanto, sólo quedaron los Sacerdotes y Hermanos que, en vista de la situación, optaron por dispersarse.

Los seminaristas, finalizados sus estudios de Filosofía en Montolieu bajo la dirección del P. Buenaventura Armengol (llamado desde el primer momento de Barcelona para acompañarles), fueron a París (octubre de 1836) para estudiar allí Teología. Una vez ordenados de sacerdotes se repartieron por distintas casas de la Congregación, especialmente por Italia y Estados Unidos.12

Al igual que los seminaristas, un buen número de misioneros optó por el exilio. El resto se quedó viviendo por su cuenta13 o sirviendo en las parroquias o a las Hijas de la Caridad14 (por ejemplo, en Madrid, se quedan a vivir en una casita contigua a las Hermanas, calle de San Agustín, figurando como sus capellanes) y una minoría se fue con familiares y nunca volvió a la Congregación. Para poder ser acogidos en Francia, el P. Etienne, procurador general de la Congregación, pidió al Gobierno francés que permitiese morar en Francia a los Paúles españoles. El 6 de octubre de 1835 recibió el siguiente comunicado: «Acaba de concederse lo que usted pidió. Se permite a los Paúles españoles residir en el Departamento de Aude, parte de ellos en el Seminario de Carcasona y otros en el Colegio de Montolieu. Hoy mismo se en­viaron instrucciones en este sentido al Prefecto de aquel Departamento. Os ruego recomendéis a di­chos religiosos que se abstengan de toda intriga po­lítica y que no se mezclen en las contiendas que traen divididos a los partidos políticos de su país. Con esta condición encontrarán en Francia la segu­ridad que desean. Si faltan en esto, la administración superior se verá en la precisión de echarlos del De­partamento de Aude, y quizá les obligará a salir del reino. Usted usará, sin duda, de toda su influencia para obligarlos a ser muy circunspectos en su con­ducta» .15

Aunque distaba mucho de ser en 1835-6 una potencia económica,16 todos estos acontecimientos supusieron el aniquilamiento completo y la total ruina de la Congregación, el derrumbamiento de la organización y la paralización inmediata de todas sus actividades apostólicas tradicionales salvo la dirección de las Hijas de la Caridad. Los esfuerzos de los «Visitadores», trabajando en otras Provincias o al servicio de las Hijas de la Caridad, irán encaminados a lograr la restauración de la Congregación. Ocupan estos años los PP. Juan Roca (1829-1844), Buenaventura Codina (1844-1848) e Ignacio Santasusana (1848-1853). Este último será nombrado Visitador en 1852, una vez reestablecida la Congregación.

El grupo que se fue al exilio acabó en Italia (PP. Juan Vilera, Ramón Sanz, Juan Costa, Juan Bautista Figuerola, Francisco Soley, Mauricio Sampere, Mariano Igués y Melchor Igués), Francia (PP. José Escarrá, Buenaventura Codina, José Cerdá, Julián González, Benito Cardona, José Puig, Manuel Fábregas, Francisco Soley, Pablo Planas, Carlos Roca y Miguel Gros), Estados Unidos (a donde fueron a parar, una vez ordenados de sacerdotes en Francia, los PP. Jerónimo Cercós, Juan Masnou (futuro Visitador), Eudaldo Estany, Miguel Calvo, Juan Llevaría, Joaquín Alabau, Tadeo Amat (primer obispo de Los Ángeles y segundo de Monterrey), Miguel Doménech (segundo obispo de Pittsburgo), Román Pascual y Joaquín Maller junto con otros veteranos y algunos Hermanos), México (PP. Buenaventura Armengol y Ramón Sanz),17 Cuba (PP. Francisco Bosch y Ramón Vila) y otros lugares más dispersos (PP. Ramón Vives y Juan Domingo a Argel; P. Arnaldo Senpau a China; PP. Francisco Amaya y Jose Mª. Boxó a Oriente).

El grupo que permaneció en España, pasados los primeros momentos de la dispersión, trató, dentro de lo posible, de reemprender la vida de comunidad y su actividad como Institución tropezando, hasta 1844, con notorias dificultades. Hasta este año la vida de la «provincia» es inexistente (de hecho el mismo Visitador, P. Juan Roca, permanece en Francia desde agosto de 1835 (en que fue a la Asamblea General) hasta finales de 1839, permaneciendo los misioneros o bien en sus casas o con una mínima actividad para con las Hijas de la Caridad18 tal como se refleja en la correspondencia entre el Visitador y el Superior General.19 Por ejemplo, el 28 de mayo de 1842, el P. Roca, ya desde Madrid, escribe al Vicario general, P. Poussou, diciéndole que no le es posible convocar la Asamblea provincial «porque no hay ninguna casa de misioneros». Igualmente significativa es la carta del 7 de septiembre (dirigida al nuevo Superior general, P. Etienne) en la que expresa que los misioneros «unos viven con sus familias y otros sirviendo en las parroquias; él, junto con otros cuatro sacerdotes y dos Hermanos viven en una casa de las Hijas de la Caridad».

El comienzo de la década moderada (1844) permite la llegada a España del P. Buenaventura Codina con el objetivo de lograr la restauración de la Congregación. De entonces datan algunas actividades comunitarias (bien que como sacerdotes seculares) que les llevan a estar empleados en los Seminarios de Lérida (1845, P. Juan Costa), Tarragona (1847, PP. Gabriel Ángel, Juan Domingo, Francisco Carnicer y Juan Costa) y Toledo (1847, PP. Tomás Mata, José Puig y Pablo Planas) y ser solicitados en los de Tarazona y Solsona.20 Así lo muestra la carta que el 27 de octubre de 1844 dirige el P. Codina al Superior general diciéndole que «todos los misioneros que moramos en Madrid vivimos en paz y en perfecta armonía. El P. Roca permanece aquí, se lo he suplicado, porque lo creo necesario. El P. Borja (José Antonio) es el mismo de siempre. No estoy descontento del P. Mata (Tomás)[…]. Los demás misioneros dispersos trabajan mucho y bien en sus ministerios y su labor no es estéril. El P. Costa (Juan Bautista) llegó felizmente a Lérida».21 Sin embargo, poco después (22 marzo de 1845) el mismo P. Codina no se atreve a «poner la mano en el fuego» por los «misioneros dispersos» y respondiendo a una petición del Superior general, escribe: «Para realizar dichas fundaciones (se refiere a Méjico y Puebla de los Ángeles) necesita seis o siete Misioneros españoles; y yo os confieso, muy Rdo. Padre, que actualmente no le puedo ofrecer ni uno sólo. Nuestros hermanos, que después de la destrucción de nuestras casas en Espa­ña se encuentran esparcidos aquí y allá, salvo alguna pequeña defección, en general se portan muy bien en sus respectivos puestos. Pero respirando el aire del mundo, han olvidado las pequeñas prácticas (de nin­gún modo las esenciales), para formar una comunidad bien ordenada: en el siglo se han habituado, sin darse cuenta, a muchas libertades peligrosas; aunque yo no sé nada en particular contra dichos señores. Hay en­tre ellos muchos a quienes no conozco; pero tengo el consuelo de saber que cumplen a las mil maravillas los ministerios eclesiásticos. En tanto que no los pueda observar reunidos en comunidad, no me atrevo a designar tales o cuales para tomar nuevas funda­ciones en países tan lejanos.[…] Repito, que por lo que mira a los Misioneros esparcidos por España, no puedo salir fiador sin haberlos observado algún tiempo en comunidad.».

 

Quizá no fue sino una estrategia del P. Codina para no desprenderse de ninguno de los misioneros a la vista de una inmediata restauración de la Congregación. De ahí que se atreva a recordarle al mismisimo P. Etienne «Acuérdese usted, Rdo. Padre, de lo que muchas veces me dijo cuando yo estaba en París: Que tan pronto como la Congregación se restableciera en España, pondría a mi disposición todos los Paúles españoles que están en las misiones extranjeras, si yo los necesitaba, y en particular todos los que están en los Estados Unidos de América, porque (éstas fue­ron sus palabras) ellos han sido prestados, de ningún modo dados o enajenados de España. Todos estos queridos hermanos han perseverado siempre siguien­do con edificación la vida regular de la comunidad; han prestado servicios importantes a la Religión, como por ejemplo el mismo Sr. Armengol; ellos están acostumbrados al clima de América. Puede usted disponer de todos estos Misioneros sin ningún peli­gro y le obedecerán sin la menor resistencia».22

De hecho, se multiplican los intentos de restablecer la Congregación23 aprovechando, sobre todo, la protección que dispensan los diversos Gobiernos a las Hijas de la Caridad.24 Los misioneros son muy conscientes de esta situación y hacen esfuerzos porque no se deteriore. Con motivo, por ejemplo, del «capricho» de la Reina Isabel II porque el P. Ramón Sanz fuese su «profesor de lengua italiana» y no llegar el día de dar satisfacción a su Majestad, escribe el P. Codina al Superior general el 22 de marzo de 1845: «Vengamos al asunto del Sr. Sanz. Acordaos, Rdo. Padre, de las críticas cir­cunstancias en que nos encontrábamos en el instante mismo de partir los Sres. Armengol y Sanz y cuando ya habían salido de Madrid las Hermanas. La Reina pide al Sr. Sanz para ser su profesor de lengua italiana; nuestras reiteradas excusas no son admitidas; está tomada la determinación y no podemos nosotros revocarla. Oponerse tenazmente a tal resolución, se­ría provocar a S. M. a que nos rehúse los pasaportes, nos trate como ingratos y desobedientes y, en con­secuencia, exponernos a perder la fundación de México y la protección que dispensa el Gobierno a nuestras Hermanas y a sus Directores«.25

En 1845, aprovechando el «interés» del moderado Martínez de la Rosa, Ministro de Estado, las posibilidades de «restauración» de la Congregación parecen grandes y los gestos positivos del principal negociador, P. Codina, son evidentes. El 30 de diciembre de 1844 escribe «las cosas van por buen camino… si conseguimos, aunque no sea más que una casa, es bastante para empezar«; el 6 de Diciembre de 1845 visitó al ministro y éste «se mostró favorable«; el 28 de enero de 1846 aprovechando una petición de Hermanas para México indica que «el Ministerio se ocupa de este asunto…».

La caída del Ministerio en febrero de 1846 paraliza los avances cuando mayores eran las posibilidades. «El importante negocio de nuestra restauración se prolonga a causa de los frecuentes cambios de Ministerio. Es imposible avanzar, dado el estado en que se encuentra la nación. Aprovecho todas las circunstancias pero en vano«; en enero de 1847 la situación no se aclara: «el momento de la restauración se retarda pero no es por culpa nuestra. La ambición de los partidos todo lo embrolla y amenaza con la ruina universal«.

El año 1847 se muestra de nuevo favorable. La llegada a Madrid del Delegado del Papa (partidario de la restauración) y al acceso al Gobierno, de nuevo, de Narváez devuelven el optimismo al P. Codina. «El cambio de Ministerio, decía el 20 de octubre, nos es muy favorable y nuestra restauración va por buen camino«; ocho días más tarde, afirmaba «todo está bien dispuesto y creo que ahora saldremos adelante«. Hasta tal punto se muestra positivo el P. Codina que escribe al P. Etienne recordándole, una vez más, su compromiso en «devolverle » los misioneros españoles en el exilio: «Monseñor Brunelli, que ha tomado a pecho nues­tro restablecimiento, me ha pedido, caso que éste se verifique, el número de individuos con que podemos contar. Le indiqué los que moran en España; pero éstos no son suficientes para el establecimiento de las casas: necesitamos la ayuda de los nuestros que están en misiones extranjeras. Ruego a usted me diga categóricamente si podemos contar con ellos; porque de otro modo, no se pueden arreglar las cosas, como se debe. Recuerde la promesa que me hizo, antes de mi regreso a España, de devolvérnoslos; porque no fueron dados, sino prestados ‘ad tempus’: éstas fue­ron sus expresiones. Mantenga, pues, la palabra em­peñada. Nosotros, en consecuencia, obraremos con la esperanza de que ellos vuelven«.26 Los trámites del P. Codina finalizarán a finales de año porque fue elevado, tras varios meses de «tira y afloja», a la dignidad de Obispo de Canarias a donde llegó el 14 de marzo de 1848. Allí realizó una muy meritoria labor pastoral hasta su muerte en 1857.

Previendo el «vacío» de autoridad en un momento importante para la Congregación, el mismo P. Codina sugiere al Superior General la conveniencia de nombrar sucesor. Entre los nombres que sugiere se encuentran los de los PP. Juan Roca, Mariano Igüés, Jaime Vehil… Ante la posición del P. Etienne de «que no haya Visitador por ahora para los misioneros, ni Director para las Hermanas» escribirá el P. Codina: «os ruego que mudéis de parecer, dejando las cosas como hasta el presente, que haya un representante del Superior General para gobernar las dos familias«. Por esta insistencia u otras razones, el Superior General nombrará Visitador, a comienzos de Noviembre de 1847, al P. Ignacio Santasusana.

Dos son las preocupaciones fundamentales del nuevo Visitador: la dirección de las Hijas de la Caridad (de las que es Director General) y el reconocimiento de la Congregación. Escribe, en este sentido, el 19 de noviembre de 1848: «Las cuestiones eclesiásticas que han de servir de base para el Concordato entre nuestro Gobierno y la Santa Sede, tocan ya a su término, de modo que la Junta o Comisión que se nombró a este efecto, va a terminar sus trabajos esta semana. Entre los puntos que se han sometido a su discusión, hay uno que nos toca muy de cerca, y es el restablecimiento de la Congregación de San Vicente de Paúl. El Gobierno, conformándose con el dictamen de la Comisión eclesiástica, ha accedido a nuestro restablecimiento; pero ha manifestado terminantemente que las leyes de España prohíben que ninguna Corporación dependa inmediatamente de ningún extranjero; y las circunstancias políticas de los tiempos que atravesamos, en que todos los Gobie­rnos de Europa claman por su independencia, hace todavía más delicado este asunto».

 

La problemática de la posible «restauración» saca a flote dos conflictos: la necesidad de «retornar» los misioneros del exilio y la «dependencia» del Superior General. Del primero de ellos (ya trabajado por el P. Codina) expone con claridad que «si puede contar con ellos porque si no contamos más que con los que están en el continente, como somos tan pocos, tema sea un impedimento para nuestro restablecimiento; y no sólo ésto, sino que sería excitar el mal humor del Gobierno español y darle margen a que exija la entera independencia de la Congregación en España«. El segundo de los problemas (común a la política regalista y liberal que corre por toda Europa) ya fue indicado por el P. Roca al P. Etienne en 1844. Ahora, es el P. Santasusana quien lo repite señalando «el peligro que corre la Congregación de España de verse separada de la autoridad de V.R., si de antemano no se prepara el terreno«. Lo cierto es que la cuestión «dividirá» a los misioneros, aunque la mayoría era partidaria de mantener la obediencia al Superior General por encima de todo estando dispuestos, incluso, a irse a Francia. Mantienen esta opinión los PP. Juan Roca, Ignacio Santasusana, Melchor Igüés, José Antonio Borja, Felipe Barragán, José Marimón, Joaquín Serrato, Eudaldo Estany, Juan Costa, Gabriel Ángel, Juan Domingo, Pedro Castán y Francisco Bosch.

2.2. La Restauración frustrada (1852-1868)

La primera luz que se ve para el reconocimiento de la C.M. la encontramos en el Concordato entre el Estado Español y la Santa Sede firmado el 16 de Marzo de 1851. Este tratado regulará las relaciones futuras entre la Iglesia y el Estado.27 Tres de sus artículos hacen referencia expresa a la Congregación de la Misión:

 

Art. 29: «A fin de que en toda la Península haya el número suficiente de ministros y operarios evangélicos, de quienes puedan valerse los Prelados para hacer misiones en los pueblos de su diócesis, auxiliar a los párrocos, asistir a los enfermos y para obras de caridad y utilidad pública, el Gobierno de Su Majestad, que se propone mejorar oportunamente los Colegios de misiones de Ultramar, tomará desde luego las disposiciones convenientes para que se establezcan donde sea necesario, oyendo previamente a los Prelados diocesanos, casas y congregaciones religiosas de San Vicente de Paúl, San Felipe Neri y otra orden de las aprobadas por la Santa Sede, las cuales servirán al propio tiempo de lugares de retiro para los eclesiásticos, para hacer ejercicios espirituales, y para otros usos.

Art. 30: Para que haya también casas religiosas de mujeres en las cuales puedan seguir su vocación las que sean llamadas a la vida contemplativa y a la activa de la asistencia de los enfermos, enseñanza de niñas, y otras obras y ocupaciones tan piadosas como útiles a los pueblos, se conservará el Instituto de las Hijas de la Caridad bajo la dirección de los clérigos de San Vicente de Paúl, procurando el Gobierno su fomento.

Art. 35: El Gobierno de Su Majestad proveerá por los medios más conducentes a la subsistencia de las casas y Congregaciones religiosas de que habla el artículo 29″.

Además de una coyuntura favorable, dos elementos influyeron en la inclusión de la C.M. en el Concordato: los buenos oficios del P. Buenaventura Codina ante los diversos ministerios y la secularidad de la Institución en una época en que los frailes no eran bien vistos.28 No obstante, el reconocimiento de la C.M. sólo se verificó el 23 de Julio de 1852, fecha en la que un Real Decreto declaraba, a través de sus trece artículos, no sólo restablecida la Institución sino que regulaba las condiciones económicas y de personal por las que debía regirse.29

A partir de este momento se inicia un lento proceso de recuperación del personal y de habilitación de nuevas casas. Por Real Orden del 18 de Agosto de 1852 se autoriza al P. Santasusana, Visitador, a reunir en Madrid a los misioneros dispersos «en el edificio que fue palacio de los Duques de Osuna» (cosa que se hizo, no sin dificultades, el 23 de septiembre no siendo la menor el que el edificio apenas tenía las paredes) y abrir el noviciado (cuyo inicial miembro fue Gregorio Velasco).30 La casa, de tres pisos, estaba situada entre la calle de Leganitos, de donde tomo su nombre entre los misioneros, Princesa y Duque de Osuna, donde tenía su magnífica entrada.31 La primera comunidad la formaron los PP. Ignacio Santasusana, José Escarrá, Juan Roca, José Antonio Borja, Melchor Igüés, y los Hermanos Mariano Dargallo, Mariano Bauliri, Segundo Cámara y Miguel Trens. El 28 de Noviembre decía el P. Escarrá al Superior General: «Esta pequeña comunidad se compone de once sacerdotes; pronto seremos trece, porque los PP. Barragán y Ángel vendrán dentro de quince días. También hay seis Hermanos coadjutores y tres postulantes. Algunos Sacerdotes y Estudiantes están terminando de arreglar sus asuntos para venir a empezar el noviciado«. Al mismo tiempo iniciaron sus trabajos apostólicos: tandas a Ordenandos (8 de diciembre de 1852), Ejercicios a todo tipo de personas (15 de enero de 1853 a D. Fermín Cruz) y misiones populares (6 de noviembre de 1853 en Galapagar).

José Mª Román a partir de datos aportados por Benito Paradela, Buenaventura Codina, Buenaventura Armengol y otros señala que «de los ciento quince sacerdotes, hermanos, estudiantes y novicios, cuarenta murieron antes de la restauración de 1852; treinta y ocho volvieron a incorporarse a la provincia española antes o después de esa fecha …; trece permanecieron hasta su muerte en otras provincias de la C.M.; ocho abandonaron definitivamente la Congregación, y de dieciséis no me ha sido posible encontrar indicaciones precisas sobre su suerte …».32

De las ocho residencias que tenía la C.M. antes de 1836 solamente recuperó dos: Badajoz y Palma. A la primera llegan los misioneros (PP. Joaquín Serrató, Pedro Güin y el Hermano Matías Ortega) el día 15 de noviembre de 1858. Se hospedan en el Seminario (cuya atención tienen encomendada) porque hasta el 5 de febrero de 1860 el Gobierno no les permite ocupar la Casa de Ordenandos (de la que había desaparecido la mitad de los 2000 libros que poseía cuando la exclaustración de 1835). A partir del 3 de septiembre de 1863, tras la firma del contrato, se dedicarán a las Misiones.33 No obstante, según testimonio del P. Felipe Barragán al Superior General del 10 de diciembre de 1855, él nunca dejó de darlas por los pueblos porque siempre permaneció por allí34 «desde el año 1839, cuando se quitó nuestra casa […] hallándome muy falto de salud no me fui a Francia con el (P. José Mª) Boxó; y Dios me dio un poco de salud; he andado por los pueblos de Extremadura confesando día y noche, porque había mucha necesidad, hasta que mi carísimo hermano y amigo el P. Escarrá me llamó en el año 1852 a esta casa de Madrid».35 Lo mismo hizo el P. Faustino Díez que, desaparecido en estos años, «resucitó» por Galicia dando misiones con un gran éxito. Sus actividades y «correrías» las dejó inmortalizadas en un peculiar «Libro de Misiones».36

La casa de Palma se recupera en 1853, aunque ésta, como ya se indicó, siempre tuvo a su frente algún misionero. En un principio se quedó allí el P. Alejos Davíu (protegido por el Sr. Salvá, futuro Obispo de la diócesis). Poco antes de morir se le juntó el P. José Marimón (1848) y posteriormente los PP. Eudaldo Estany y Ramón Vives. Una Real Orden de 16 de julio de 1857 señala, «para el sostenimiento de la Congregación, establecida en Mallorca, la cantidad de 20.000 reales anuales, empezándose a cobrar desde enero del año siguiente«.37 Tal cantidad, destinada a mantener la casa, la Iglesia y las misiones, se percibió hasta 1868; luego fue suprimida por la «septembrina» y, tras la restauración alfonsina, volvió a recibirse aunque con una progresiva disminución. En todo el período no dejaron desde esta casa de Mallorca de darse misiones (recogidas en su imprescindible Libro de Misiones) tanto por el P. Alejos Davíu en los años cuarenta como, posteriormente, por los PP. José Mª Ríu, Buenaventura Bayó, Lorenzo Roura, Ramón Vives y otros. Los Ejercicios a ordenandos también se reanudaron inmediatamente dándose hasta 1894 (excepto el año 1856) año en el que el Sr. Obispo dispuso que en adelante los ordenandos hicieran los Ejercicios en el Seminario.

El resto de las casas lo perdió definitivamente, en unos casos por haber sido vendidas junto con sus propiedades y en otros casos destruidas.38 Por ello, una de las tareas urgentes fue construir, en la medida en que los Obispos lo solicitaban, nuevas residencias. El 26 de Septiembre de 1852 toman posesión de su «nueva» casa de Madrid, Calle Duque de Osuna-5,39 levantando el Acta correspondiente,40 a la que se van reintegrando los misioneros41 que no tardaron mucho en recuperar sus actividades tradicionales (los Ejercicios a Ordenandos se inician el 8 de Diciembre de 1852; los Ejercicios Espirituales el 15 de Enero de 1853 y las Misiones el 6 de Noviembre del mismo año. Comienzan la «ruta» por Galapagar y componen el «equipo» los PP. Melchor Igüés, Joaquín Serrató, Antonio Morera y Velasco). En Barcelona se establecerán los misioneros en la antigua Colegiata de Santa Ana hacia el año 1854 y el 67 ó 68 adquirieron en el Ensanche una casa en la que habían estado las Hermanitas de los Pobres, desbaratando la «septembrina» los proyectos de edificar casa e iglesia junto al edificio ocupado.42 Desde esta fecha a 1878 es difícil precisar dónde vivieron los misioneros. En 1879 están establecidos en una casa de la Rambla de Cataluña, 127 y en 1880 en la Riera de San Juan, 2 cuidando de la iglesia de Santa María.43 Esta situación de inestabilidad se prolongará hasta 1884 año en el que se pondrá la primera piedra de la nueva casa de la calle Provenza.

Singular importancia tendrá la llegada a España el 3 de julio de 1853 del P. Buenaventura Armengol como Visitador de la Provincia y Director de las Hijas de la Caridad. Hombre de talento y experiencia en el que todos depositaron sus más fundadas esperanzas. «Estamos en vísperas de restablecer, escribe al P. General el 2 de octubre, nuestras residencias de Valencia, Reus, Barcelona, y de fundar en La Habana, Zaragoza, Salamanca y Burgos«. ¡Demasiado optimismo del P. Armengol! que, un año después escribía: «nada se ha decidido acerca de las de Valencia, Tarragona y Barcelona. Para las dos primeras está designado el edificio, pero no la renta… En Barcelona el Sr. Obispo sólo pide local y se compromete a dar él la renta; pero el Gobierno no hace nada«.

Sin embargo, bajo la protección del Gobierno se abrieron, a partir de este momento, nuevas perspectivas no sólo en las colonias (Seminarios Conciliares en Filipinas y Cuba además de la Dirección de las Hijas de la Caridad) sino también en la metrópoli.44 El 12 de Julio de 1854 se firma, tras la aprobación por el Sr. Obispo de Calahorra-La Calzada y la Reina, el convenio de fundación del Seminario Eclesiástico Alavés de Aguirre (Vitoria) entre el fundador del mismo y el P. Armengol, Visitador. La única obligación será la de atender el seminario. A cambio, según la cláusula 12, «todos los individuos que el Visitador destine para el servicio del Seminario, en lo temporal serán asistidos por el mismo, así sa­nos como enfermos, esto es, se les suministrará aposento amueblado, mesa como está en uso en la Casa Madre de Madrid, luz, lumbre para calentarse en tiempo frío, lavado; los Sacerdotes tendrán libre la intención de misa; el Superior tendrá la asignación anual de doscientos duros, con el entendido que des­empeñará una cátedra; los sacerdotes el de cien du­ros y los Coadjutores el de treinta duros anuales, que se pagarán por trimestres anticipados, y de este fon­do se vestirán en un todo los individuos de la Comu­nidad, del cual darán cuenta tan solamente al Sr. Vi­sitador. El Seminario les suministrará la ropa de cama, de mesa, y toalla para enjugarse, y también jabón para lavarse; tinta, plumas y papel para escri­bir cartas».45

A pesar de su corta estancia en él, el prestigio alcanzado fue tal que se les ofreció el nuevo Instituto de Vitoria y el antiguo Colegio-Universidad de Oñate (Guipúzcoa),46 aunque ninguno de los dos proyectos llegó a buen término.47 A este buen nombre no fueron ajenos, además de la calidad intelectual del P. Julián González de Soto,48 la nueva perspectiva introducida por los Paúles en la formación de los Seminarios (adquirida en Francia en los años del exilio) y la llegada de los Estudiantes Seminaristas de Madrid.

Con la llegada al poder de Espartero y los progresistas (1854), los miembros de la comunidad de Madrid se desparramaron por distintos puntos y allí «no quedaron mas que el Visitador y algunos ancianos para custodiar los muebles y el edificio» .49 Los catorce seminaristas, junto con su Director, P. Melchor Igües, fueron enviados a Vitoria, todos ellos vestidos de paisano, donde continuaron sus estudios y, en la medida de sus posibilidades, ayudaron al funcionamiento del Seminario. Pasado el «susto», y tras dejar una muy buena impresión en Vitoria, volvieron a Madrid a primeros de enero de 1855, porque aquí la vida resultaba más barata. Este hecho y algunos conflictos con el fundador del Seminario arruinaron la fundación que se abandonó (a pesar de las reticencias muy bien fundadas del P. González de Soto) al curso siguiente.

Un conflicto interno50 vino a enturbiar el progreso de la Institución. El P. Buenaventura Armengol, Visitador, con el acuerdo de algunos de sus Consejeros, solicita del Superior General, dadas las circunstancias políticas, poderes extraordinarios para gobernar la Provincia. Así en carta de últimos de Febrero de 1854 escribe: «Permitidme una palabra sobre nuestra separación de la unidad de la Congregación. Usted sabe las circunstancias en que nos encontramos por parte del Gobierno. A pesar de todo, que se vea nuestra conducta y ella será la mejor apología de los misioneros españoles acerca de este punto. Conozco las bellas disposiciones en que todos ellos se encuentran. Por eso me parece que sería bien conceder al Visitador la amplitud de poderes que las circunstancias reclaman».51

El P. Étienne, Superior General, bien por entenderlo así o por el influjo de algunos misioneros españoles (Ignacio Santasusana, José Escarrá, Melchor Igüés y otros),52 interpreta dicha petición como un intento claro de limitar, en provecho propio, la autoridad del Superior General.53 La falta de acuerdo lleva el caso a la Santa Sede donde será examinado por una comisión cardenalicia que determina «que nada se innove y que quede íntegra y se mantenga la autoridad del Superior General sobre toda la Congregación, por lo tanto sobre España …» .54 La consecuencia más inmediata de esta decisión será la disolución de la Provincia de España, el cierre de su noviciado y la destitución, como Visitador y Director General de la Hijas de la C., del Sr. Buenaventura Armengol (posteriormente expulsado de la C.M., junto con algunos otros misioneros de gran valía, entre los que se encuentra el P. Julián González de Soto). Hasta la llegada del nuevo Visitador, P. Juan Masnou (31 de enero de 1857), rigió los destinos de la C.M. el P. Melchor Igüés y el de las Hijas de la Caridad el P. Ignacio Santasusana.55

A pesar de estos acontecimientos, la implantación de la Congregación es continua aunque lenta. El motivo principal de esta situación no es tanto la demanda sino la escasez de personal. «Todo va muy bien en la casa, expresa el P. Juan Masnou el 24 de enero de 1858. Si quisiéramos, podríamos aceptar algunas fundaciones; pero creo que es mejor esperar a que terminen la carrera algunos de nuestros estudiantes. Y, por eso, hay que aguardar, unos dieciocho meses». En el ínterin, el P. Masnou es nombrado Visitador de México y le sustituyen en el cargo los PP. Ramón Sanz (1862-1866) y Joaquín Mariano Maller (1866-1892).

A la señalada vuelta a Badajoz (el contrato se firma el 9 de octubre de 1858 entre el Visitador y el Sr. Obispo, Fr. García Gil y los primeros enviados serán los PP. Joaquín Serrató y Pedro Guíu junto con cuatro Hermanos coadjutores) se añade la de Barcelona, esta vez en la Calle Provenza (1867). Compraron una casa que había sido de las Hermanitas de los Pobres pero que estaba desocupada y allí se instaló la comunidad, formada por los PP. Ramón Sanz, Manuel Fábregas, Joaquín Alabau, Benito Ribas y Santiago Lladó. Adquirieron un terreno próximo para levantar una nueva casa e iglesia pero la septembrina de 1868 echó por tierra los planes.

Junto a estos «retornos», dos nuevas fundaciones vienen a ampliar el espacio de sus actividades: el 28 de agosto de 1862 se firma la escritura entre el Obispo de Ávila (Fr. Fernando Blanco Lorenzo) y el Visitador por la que se concede a la Congregación el que fuera Convento de San Pedro de Alcántara en Arenas de San Pedro (Ávila)56 con el fin de dedicarse al culto y a misiones por los pueblos. Posteriormente añadieron un Seminario menor que no tuvo mucha vida porque, apenas abierto, fue dejada la fundación. La instalación oficial de la comunidad se hará el 1 de septiembre del mismo año. En los pocos años que duró la fundación (1862-1867) atendieron con gran satisfacción de todos a las obligaciones fundacionales. Referente a las Misiones consta en el Libro correspondiente que se misionaron en torno a doscientos pueblos comenzando el 15 de mayo de 1862, tres meses antes de establecerse, en la misma villa de Arenas. La Comunidad tomó posesión del mismo el 31 de agosto de 1862 y quedó constituida por los PP. Miguel Peregrí, Aquilino Valdivielso, Laureano Esteban, Inocencio Gómez, Pedro Sáinz y los Hermanos Martín Díez, Nicolás Grados, Vicente Moreno y Manuel Deogracias. Por diferentes causas tuvo como Superiores, por este orden, a los PP. Miguel Peregrí, Melchor Igués, Ignacio Gómez, José Guíu y Joaquín Serrató. Con motivo de la revolución de 1868 tuvieron que abandonar, impelidos por el Alcalde, el santuario. La Comunidad recogió los enseres y los envió a Dax y el Berceau quedándose ella en el palacio que en Arenas había construido el infante D. Luis de Borbón. En él establecieron un colegio de segunda enseñanza que escasamente duró un curso porque la comunidad fue obligada a salir del pueblo y de España.

En 1867, por último, se establecen en Teruel, en el antiguo convento de «Capuchinos»57 llamado así por ser estos sus últimos moradores antes de la desamortización de 1835.58 El edificio, levantado para seminario, data de 1720 y, hasta el momento de ser ocupado, había servido de fábrica de hilados. Los misioneros hubieron de rehabilitarlo. El llamamiento vino del Sr. Obispo, D. Francisco de Paula Jiménez, aunque ya el anterior obispo lo intentó. El contrato correspondiente se firmó el 19 de octubre,59 instalándose la comunidad en la casa el 3 de noviembre.60 Formaron esta primera comunidad los PP. Francisco Bosch, Nemesio Cardellac, Luis Chozas, Valentín Matamala, Antonio Cladera y Félix Latorre junto con los Hermanos Coadjutores Domingo Noain, Antonio Peinado y Eladio González. Las obligaciones que adquieren son dar misiones en los pueblos (la primera se tiene en Concud en enero de 1868) y ejercicios espirituales al clero (la primera tanda se da a diez sacerdotes el 12 de diciembre de 1867). Poco después de haberse establecido (once escasos meses) debieron abandonar la casa (revolución de septiembre) y, con ello, quedaron suspendidas las misiones y demás ministerios de la Congregación. Se reanudarán el 7 de febrero de 1877 con los Padres Inocencio Gómez, Fausto García y Léon Burgos junto con el Hermano Eladio González. En 1890 se establece en ella una Escuela Apostólica. Este recinto lo ocuparon hasta 1936. Al término de la guerra civil pasaron a regentar la Iglesia de San Miguel y la Merced, trasladándose al Ensanche en 1947.

Mayor significación tiene, en este sentido, su proyección exterior. La atención a las Hijas de la Caridad será el motivo que impulse los nuevos establecimientos de México (1844),61 Cuba (1847)62 y Filipinas (1862)63 aunque, una vez allí, se encargarán de la atención de los Seminarios y del ejercicio de las Misiones. El proyecto de instalarse en Fernando Póo no pudo llevarse a cabo por los trastornos políticos que pronto sobrevinieron.64

A Ciudad de México llegan los primeros Paúles el 15 de noviembre de 1844.65 Son los PP. Buenaventura Armengol y Ramón Sanz, acompañantes y Directores de las Hijas de la Caridad que van allí a establecerse a petición de algunas personas de la recién creada República. Vivirán en una de las casas de la señora de Cortina. Poco después arribará el Hermano Fortún. El 10 de septiembre de 1845 es admitida incondicional y definitivamente en la República.66 Con ello, pronto llegarán nuevos misioneros españoles dispersos por diferentes países. La erección canónica en el país es el 18 de noviembre de 1851.

Al no concretarse su ubicación en la «Iglesia y edificio de Belén» en Puebla de los Ángeles y morir la condesa de Cortina abandonaron la casa y se fueron a una próxima al Hospital de San Juan de Dios (15 de febrero de 1846). En el Consejo General de la Congregación de 14 de abril de 1846 se nombra al P. Buenaventura Armengol primer Visitador de la Provincia aunque el Consejo Provincial no se pudo constituir formalmente hasta 1850. El 10 de agosto de 1847 se trasladaron a «Las Bonitas» (Ciudad de México) a un departamento enteramente separado de las Hermanas. «Se construyeron varias habitaciones para los sacerdotes en el piso bajo; un salón para refectorio, otro para recibidor y otro para seminario interno; dos capillas: una para la comunidad y otra para el seminario, ésta con un gran cuadro de San José en la puerta y un imagen de Nuestra de Begoña en el altar«.67 Aquí se traslado el Seminario interno (iniciado en Puebla) en 1848, en la que el 3 de junio de 1853 se inauguró la magnífica iglesia de San Vicente de Paúl. Pocos años antes, 22 de abril de 1847, se hicieron cargo del Seminario de Nuestra Señora de la Luz (León de los Aldamas).

Al poco de lograr licencia canónica para establecerse debieron abandonar la casa de Las Bonitas, a instancias del gobierno, y establecerse en el convento del Espiritusanto (5 julio de 1854). Aquí se dedicaban a la atención del templo, a dar clase a los estudiantes novicios y teólogos, a dirigir el retiro mensual a los sacerdotes y Conferencias de San Vicente, a dar ejercicios de diez días a los ordenandos, a salir a las haciendas «a modo de misión» y, sobre todo, a las misiones populares. Este mismo año abrieron un Seminario menor, impulsado por el Obispo de Michoacán, en Pátzcuaro y en 1857 se encargaron del Seminario Clerical de Morelia. La atención a los Seminarios será durante muchos años la función más importante de la Provincia, cortada por la revolución mexicana (dieciséis seminarios y cinco colegios).

La convulsa vida política que vivió aquellos años la República mexicana incidió profundamente en el desarrollo de estas comunidades,68 hasta el punto de quedar desmantelada (el 22 de octubre de 1861 el Congreso decreta la supresión de la Congregación) y mantenerse los misioneros de su trabajo como capellanes de las Hijas de la Caridad. La distribución de los misioneros en la capital en agosto de 1863 era la siguiente: «cuatro de nuestros sacerdotes con tres Hermanos viven en la casa del Capellán de San Juan de Dios, sin más renta que la insignificante de la capellanía; dos sacerdotes, un joven y dos Hermanos en un entresuelo de la Casa Central de las Hijas de la Caridad, y otro sacerdote con dos Hermanos en la Casa de las Locas. Las limosnas de las misas cubrían la mayor parte de sus necesidades. Un año después se hallaban distribuidos más o menos del mismo modo».69

Hacia Cuba se embarcan los PP. Francisco Bosch y Ramón Vila el 4 de diciembre de 1846 acompañando a la primera expedición de cuatro Hijas de la Caridad. Llegan a La Habana el 21 de enero del año siguiente. El 28 de diciembre de 1850, muerto el P. Vila, llega el P. Pablo Planas, junto con el Arzobispo Claret y dieciocho Hermanas.

Por Real Cédula de 26 de noviembre de 1852 se dispone que «considerando los servicios que desde su fundación han prestado a la Iglesia los clérigos de San Vicente de Paúl y la obligación que están por su regla no sólo de consagrarse a la enseñanza religiosa de los que se destinan al sagrado ministerio, sino el de ocuparse en las Misiones y otros cargos que tengan por conveniente confiarles los Prelados de las diócesis en que se hallen establecidos, he dispuesto que se erijan dos casas de esta Orden, una en la Ciudad de Santiago de Cuba y otra en esa de La Habana, en alguno de los conventos suprimidos …, siendo obligación de los Misioneros que en ellas se establezcan, encargarse de la enseñanza, régimen y disciplina de los Seminarios Conciliares» .70 Sin embargo, no se establecieron en La Habana hasta finales de 1862 una vez que el Superior general aprobó que esta «fundación» formase parte de la Provincia de España.

La revolución de México de 1862 atrajo a Cuba a los PP. Jerónimo Viladás, Joaquín Alabau, Joaquín Piñol, Ignacio Rocha y Eduardo Montaño. Habitaron la casa número 338 en la Calzada de San Lázaro. Posteriormente pasaron a las habitaciones de los capellanes de la Beneficencia y de San Lázaro, cuyas capellanías atendían. A comienzos del año 1963 llegaron los PP. Juan Masnou (de México) y Fco. Javier Saquemet (de Estados Unidos). El 10 de junio de 1863 el P. Jerónimo Viladás, como Superior, tomó posesión del convento de La Merced donde los misioneros se instalaron el 19 de julio.71 Al mismo tiempo, no sin ciertas reticencias, abren el Seminario. El 18 de noviembre de 1863 llegaron de España los PP. Faustino Marcos, Ramón Güel y Juan Urrez, con el Hermano Vicente Moreno en tanto que algunos de los fundadores de La Merced volvieron a México en 1864. Pronto iniciaron sus principales trabajos: el servicio a la Iglesia, las misiones populares y la atención a las Hijas de la Caridad. Relacionado con éstas se desarrolla un curioso conflicto en los años 1857-1863 por cuanto su Director, P. Francisco Bosch, las transformó en provincia francesa. La intervención del P. Jerónimo Viladás, nombrado nuevo Director, hizo que las Hermanas francesas salieran hacia Guatemala y Veracruz y una llegada masiva de españolas (cuarenta y ocho en 1864). Poco antes, en 1863, obtienen la erección canónica.

El establecimiento de Filipinas nace de una Real Cédula del 19 de octubre de 1852. En ella, entre otras cosas, se dice: «a este fin, formación del clero, he dispuesto que se erija en esa ciudad de Manila una casa de Padres de San Vicente de Paúl que, además de la dirección de las Hijas de la Caridad … se hagan cargo de la enseñanza y régimen de los Seminarios Conciliares».72

Tras no pocos problemas, fue nombrado Superior de la nueva misión el P. Gregorio Velasco que junto al P. Ildefonso del Moral, los Hermanos Coadjutores Pla y López y quince Hijas de la Caridad partió de Cádiz el 5 de abril de 1862. Llegaron a Manila el 21 de julio.73 El 2 de agosto el sr. Obispo determinó confiar el Seminario de San Carlos de Manila (en cuyo recinto vivirían) a los misioneros que «a pesar de ser únicamente dos los sacerdotes, se vieron obligados a aceptar tan pesada carga… si bien accedió (el Obispo) a que éstos sólo se encargasen de las asignaturas propiamente eclesiásticas» .74 El 7 de mayo de 1865 tomaban posesión del Seminario de Nuevo Cáceres los PP. Ildefonso del Moral, Antonio Santoja, Santiago Serrallonga y el Hermano Antonio del Río. A mediados de enero de 1867 llegaron los PP. José Casarramona y Gabino López para hacerse cargo del Seminario de San Carlos de Cebú. En 1869, los PP. Del Moral, Aniceto González, Juan Miralda, Joaquín Jaume y un Hermano Coadjutor lo hacen del Seminario de Jaro…

2.3. Segunda disolución y dispersión (1868-1875)

Según el Catálogo General de la Congregación de 1868 disponía la Provincia de diez casas (de ellas, una en Cuba y tres en Filipinas). En España eran: Madrid (doce Sacerdotes, quince Estudiantes, veintiséis Seminaristas y dieciocho Hermanos Coadjutores), Badajoz (6 Sacerdotes, y cuatro Hermanos), Arenas de San Pedro (7 Sacerdotes y 6 Hermanos), Barcelona (seis Sacerdotes y tres Hermanos), Palma de Mallorca (siete Sacerdotes y cinco Hermanos) y Teruel (seis sacerdotes y tres Hermanos). Fuera de España: en La Habana-Cuba (8 Sacerdotes y 2 Hermanos), en Manila-Filipinas (3 Sacerdotes y 2 Hermanos), en Nueva Cáceres-Filipinas (4 Sacerdotes y 2 Hermanos) y en Cebú-Filipinas (3 Sacerdotes). La restauración, por tanto, iba por buen camino y las perspectivas de futuro eran, igualmente, halagüeñas.75

Todo este resurgimiento se vino abajo, sin embargo, con la Revolución de Septiembre de 1868. Por Decreto del 22 de Octubre fueron disueltas las Órdenes Religiosas (incluidas las de San Felipe Neri y San Vicente de Paúl, beneficiadas por el Concordato de 1851) y suspendido el pago concordado para los Seminarios. De esta situación quedó a flote la casa de Palma de Mallorca; la de Arenas de San Pedro pudo mantenerse un año (hasta el 11 de agosto de 1869, día en el que se presentó personalmente el gobernador de Ávila con veintidós guardias civiles conminando al Superior y comunidad a abandonar la casa en el plazo de veinticuatro horas) y nunca más se recuperó por trasladarse la fundación a Ávila tras la Restauración, aunque los PP. Joaquín Serrató y Pedro Herreros se camuflaron en Haro. Los misioneros de la casa de Madrid (el Visitador es el P. Mariano Joaquín Maller) se vieron obligados a abandonar su segunda casa (nunca recuperada) convertida por algún tiempo en Hospital de Sangre de San Vicente de Paúl, aunque los PP. José Antonio Borja, Antonio Pla, Inocencio Gómez y Valentín Torre fueron tolerados como capellanes del Real Noviciado. Posteriormente la casa fue vendida por el Gobierno a un particular y éste a las Religiosas Adoratrices. Los de Badajoz (PP. Nicolás Arnáiz, Faustino Díez, Eustaquio Santamaría, Juan Casado, Gregorio Molina, Antonio Serra, y cuatro Hermanos Coadjutores) tuvieron que abandonar la casa y dirigirse a diferentes lugares.

El resto de casas se mantuvo como pudo aunque la Congregación estaba suprimida. Así lo expresa el Superior General en enero de 1869: «Nuestra Provincia de España, ha sufrido recientemente las violencias del viento de la Revolución… Obligados a abandonar la Casa central de Madrid, todos, sacerdotes, estudiantes, seminaristas y Hermanos, no tuvieron otro pensamiento que venir a Francia a pedir auxilio… Las otras Casas de la Provincia, a excepción de tres, están ocupadas todavía por los misioneros».76 En Valencia quedaron, posiblemente como capellanes del Hospital General, los PP. Laureano Esteban y Marcelino del Río; lo mismo ocurrió en Barcelona con los PP. Francisco Bosch, Joaquín Alabau y Benito Ribas (desconociéndose dónde vivían hasta 1879 en que en el Catalogo de este año se indica que su domicilio estaba en la «Rambla de Cataluña, 127» y en 1880 en la «Riera de San Juan, 2», cuidando de la iglesia de Santa María). En Granada, seguramente, también quedaron algunos. El resto se dispersó, quedando al servicio de las parroquias o de las Hijas de la Caridad o yendo a otras naciones.

Los estudiantes y novicios, junto con algunos sacerdotes y Hermanos Coadjutores, huyeron a Francia el día 19 de octubre y se establecieron, tras pasar por Dax, en el Berceau, que aun no estaba terminado. Los estudiantes y novicios se alojaron en un pabellón dedicado a Ejercicios Espirituales y los profesores en las habitaciones de la casita que forma parte, con el Asilo y Hospital, del complejo del Berceau. El P. Maller escribe, desde Dax, el 18 de noviembre: «Después de habernos dejado en duda por unos días si el decreto de supresión nos comprendía o no, por fin, el día 26 del pasado octubre nos sacaron de casa. Antes que llegara el caso y previendo lo que iba a pasar, habíamos hecho salir a casi todos los jóvenes, es decir, unos quince seminaristas y quince estudiantes. Ahora se hallan aquí, en Dax, veintidós seminaristas, quince estudiantes y no sé cuántos Hermanos. Yo he llegado ahora mismo de París, en donde resido hace más de quince días, y no sé cuándo volveré a Madrid. Aquí está también el Sr. Orriols, los catedráticos señores Arnáiz junto con el Sr. Valdivielso y señor Casado de Badajoz. Todo va como si estuviéramos en Madrid. De las Casas de la Península sólo nos quedan las de Arenas y Mallorca, y ésto no sabemos hasta cuándo, aunque esperamos tal vez nos las dejen del todo. Las Casas de Ultramar parece que no nos las quitarán…«.77 Posiblemente también estaba en el Berceau el P. José Lladó.

 

La guerra franco-prusiana (1870-1871) obligó a la comunidad de misioneros franceses de París a refugiarse también en esta casa y, como consecuencia, los españoles tuvieron que abandonarla. Los novicios y estudiantes más jóvenes volverían a España (algunos de ellos a sus casas) y los recién ordenados o próximos a ordenarse acabarían en Cuba y Filipinas.

El grupo de quienes traspasaron la frontera franco-española (con los PP. Eladio y Nicolás Arnáiz al frente) se dividió en dos subgrupos. El P. Eladio con los novicios se refugió en Murguía (Álava) en casa del Sr. Cura, D. Gregorio de la Fuente, en tanto su hermano su dirigió a Burgos con los estudiantes, disfrazados de profesores, en donde abrieron un Colegio, frente al convento de Santa Clara, que llegó a tener un centenar de alumnos. Muerto en el verano de 1871 el P. Nicolás Arnáiz,78 se trasladaron a Burgos los novicios junto con el P. Eladio. Sin embargo, en marzo de 1874 fue descubierto el refugio, sus miembros acusados de que reclutaban jóvenes para el carlismo y, en consecuencia, clausurado. Sus ocupantes debieron huir hacia el Norte. Se refugiaron en Elizondo (Navarra), donde se establecieron, merced a D. Dámaso Echevarría, en su Palacio de Datue. La Comunidad, en 1875, la componen los PP. Eladio Arnáiz, Luis Chozas, Cipriano Rojas, Santiago Lladó y Francisco Robles. Junto a ellos 15 Estudiantes, 9 Seminaristas y 6 Hermanos Coadjutores. Aquí permanecieron desde abril de 1874 hasta comienzos de 1876, momento en el que el P.Maller les hizo ir hacia Ávila y, de aquí, a Madrid.

El segundo de los grupos se dirigió a Filipinas y lo compusieron los PP. Aquilino Valdivielso, Manuel Orriols, Miguel Pérez, Vicente Matamala, Juan Espelt, Fernando La Canal y Aniceto González; junto a ellos los aún estudiantes Rufino Martín, Manuel Casado, Juan Miralda y Nicolás Torres y el Hermano Francisco López. Poco después de su llegada, el P. Etienne convirtió el territorio en Provincia y puso como primer Visitador al P. Aquilino Valdivielso. Regían entonces los Seminarios de Manila, Nueva Cáceres, Jaro, Cebú y Vigan (se firman las bases el 2 de diciembre de 1871 y son los primeros en ir los PP. Ildefonso Moral, José Recoder, Valentín Matamala, Jorge Coll y el Hno. Miguel García. Una serie de problemas entre el Vicario Episcopal y el Rector -P.Recoder- hizo que este Seminario se entregase el 5 de mayo de 1875).79

El tercero de los grupos salió para Cuba y lo componían los PP. Pedro Sáinz, Francisco Robles, Eduardo Atienza, Leonardo Villanueva, Gabino López, Guillermo Vila, Juan Madrid, Cipriano Rojas, Juan Espinosa y Daniel Mejía (este último ordenado La Habana en 1873). A Puerto Rico pasarán desde Cuba los primeros misioneros en junio de 1873 y serán los PP. Félix García y Cipriano Rojas. Se instalarán en la pequeña Ermita de Santa Ana a la que atienden, así como la parroquia de San Francisco en el viejo San Juan, trasladándose poco después al Asilo de Beneficencia. Su función principal será la atención a las Hijas de la Caridad, aunque también se les confía la dirección espiritual del Seminario, los Ejercicios a los ordenandos y sacerdotes, las misiones y la predicación en la catedral y otros pueblos.80

Las penurias y avatares por las que pasaron todos ellos fueron abundantes aunque poco a poco fue normalizándose la situación tal como lo reflejan las distintas Circulares de los Superiores Generales. Así, en 1873, indica el P. Etienne:»Nuestra Provincia de España permanece aun bajo las estrecheces en que la ha colocado la revolución. Pero no ha sido ahogada en las ruinas; cuenta todavía ocho Casas, en las que desempeñan las funciones de nuestro Instituto».

Con una sencilla ceremonia al finalizar la predicación de la «novena», quedará establecida la Congregación en el Santuario de Los Milagros (Orense). Era el 1 de septiembre de 1869.81 Pocos años antes (1866) habían estado misionando por Orense y su zona próxima los PP. Inocencio Gómez, Nicolás Arnaiz y Faustino Díez. Eran, pues, conocidos los misioneros. En los inicios de 1869 aparece en Orense, vía Tuy, el P. Faustino Díez (huyendo de la septembrina) con el fin de atender a las Hijas de la Caridad. Su bien ganada fama y los deseos del Sr. Obispo, don José de la Cuesta y Maroto, por establecer una comunidad religiosa en Los Milagros, hicieron que éste se decantase por la Congregación. El oficio de la misma está firmado por el Sr. Obispo de la diócesis el 1 de septiembre a favor del P. Faustino Díez. En dicho contrato, no demasiado preciso por las dificultades políticas del momento, se dice:»Atendiendo a las cualidades que distinguen al Pbro. D. Faustino Díez, hemos tenido a bien nombrarle administrador y Capellán mayor del santuario de Nuestra Señora de los Milagros de esta nuestra Diócesis, el cual levantará las cargas, ejercerá las funciones y disfrutará de los emolumentos y dotación que han venido disfrutando sus antecesores en el cargo, sin perjuicio de hacer más adelante las reformas que nos parecieren más convenientes en bien del público y de los intereses del Santuario«.82 Además de atender el Santuario, adquirieron la obligación de la enseñanza del latín (Preceptoría) que les causó bastantes disgustos83 y que pasó por diversas alternativas. La primera comunidad quedó formada por los PP. Faustino Díez, Miguel Pérez y Faustino Marcos, con los Hermanos Jerónimo del Río, Vítores Carrillo y Claudio González. La visita «de oficio» del P. Maller (13 al 20 de octubre de 1871) consolidará la fundación. Años más tarde, 7 de septiembre de 1927, se pondrá la primera piedra del hotel-hospedería.

2.4. Síntesis del período 1835-1875

Las Leyes de 1835 y 1868, ésta en menor medida, deshacen la C.M. a todos los niveles (institucional, material, actividad pastoral…). La consiguiente dispersión del personal, sin embargo, introdujo varios elementos novedosos en la vida de los misioneros como son la dependencia de las Hijas de la Caridad para su existencia en España, la conexión en Francia con los nuevos modelos de educación en los Seminarios y, por último, la internacionalización de la acción de la Provincia de España (México, Cuba, Puerto Rico y Filipinas).

La inestabilidad del período hizo más previsores a los Superiores buscando las bases fundacionales en medios más seguros (dotación del Estado) que en épocas anteriores (tierras, inmuebles…). Estas dificultades, por otra parte, hicieron arraigar en los misioneros un sentimiento de pertenencia a la Congregación más fuerte, si cabe, que se manifiesta, sobre todo, en su general permanencia en la misma y en el afán de reconstruirla en cuanto las circunstancias lo permiten.

Los ministerios a los que se dedican son los mismos que en la fase anterior con ligeros matices: adquieren singular importancia la atención a los Seminarios y a las Hijas de la Caridad; menguan en la misma medida los Ejercicios Espirituales y a Ordenandos, mientras que las misiones populares, a pesar de los empeños, se ven entorpecidas notoriamente por las circunstancias sociopolíticas.

Con las sucesivas supresiones y aperturas de casas pierde su hegemonía Cataluña-Aragón (no se recuperan Guisona, Barbastro, Reus ni Valencia). El traslado de la casa central a Madrid modificará en lo sucesivo la orientación de la Provincia de España y la procedencia de los misioneros.

Durante todo este período se convocan Asambleas Provinciales por parte del P. Masnou en 1861 y del P. Maller los años 1863, 1867, 1873 y 1874.84

La evolución de las casas y miembros de la Congregación residentes en España en este período es la siguiente:85

AÑO CASAS CLÉRIGOS HERMANOS SEMINARISTAS
1836 1 77 24
1851 1 12 2 14
1868 6 44 39 83
1870 2 25 9 34
1875 5 30 20 24
  1. Anales Madrid, 1975, p.8.
  2. Puede verse las circunstancias por las que pasó cada una de ellas en ROMAN, JM.: «La CM ante la Revolución…» o.c. pp.160-165.
  3. Para este período puede verse Anales Barcelona, 1939, pp. 428-430.
  4. José Mª Román en «Vicente de Paúl, pervivencia de un fundador» p.168 nos cita algunos casos de comportamientos concretos, un uno y otro sentido, de dudosa adscripción.
  5. Nicolás Más en «Fundación de las Hijas de la Caridad» pp.79-84 trata el tema de la casa junto al llamado «cisma de Reus» de las Hijas de la Caridad.
  6. El P. Herrera, en Anales Madrid, 1975 (p. 10), inserta una nota del P. Recoder en la que se describe con algún detenimiento los acontecimientos. Lo mismo puede verse en Anales Barcelona, 1971, pp. 118-123.
  7. En Anales Madrid 1931, p.440 se indica textualmente:»Integraban la Comunidad de esta Casa cuarenta y cinco (46) religiosos. Siguen los nombres de todos ellos» (se relacionan únicamente 44): 24 sacerdotes, 16 estudiantes y novicios y 4 Hermanos. Se adjunta un notorio relato de los avatares primeros de los miembros de la Comunidad de Barcelona.
  8. PARADELA, B.: «Resumen histórico…» pp.308-309.
  9. ROMÁN. J.M.: «La CM ante la revolución…» p.165.
  10. SANTAEULARIA, J.:»Documentos para la historia…» Anales Madrid, 1987,p. 566.
  11. ROMÁN. J.M.: «La CM ante la revolución…» p.167.
  12. «Recueil des principales Circulaires…» II, p.478.
  13. BARCELÓ, J. en «Pasos de nuestra casa primera», 2004, mecanografiado, p.50, cita que «el P. José Peramón está en Barcelona. El P. Santiago Canales, también permaneció en Barcelona y, según parece, vivió en un piso o casa particular con algunos otros individuos que habían pertenecido a la Congregación, logrando salvar algunos de los documentos pertenecientes a la Casa de Barcelona, que más tarde entregó religiosamente».
  14. PARADELA, B.: o.c. p.307.
  15. PARADELA, B.: «Resumen histórico…» p.310.
  16. ROMAN, JM.: «La CM ante la Revolución…» o.c. p.165.
  17. Anales Madrid, 1992, pp.165-205. También puede verse una pequeña recensión de los primeros momentos en PARADELA, B.: «Resumen histórico…» pp. 435-445
  18. Algunos incluso se quedaron en la ciudad donde vivían aunque no en la casa. P.e. en Badajoz, donde en el Libro de Misas se anotan varios sacerdotes celebrando a su intención entre los años 1836 y 1850.
  19. Cartas del Superior General del 1 Enero de 1838 «Recueil des principales Circulaires…» II, p.478; de 1839 ib. II, p.312; 1840 ib. II, p.522; 1 Enero 1844, ib. III, p.425. Cartas del Visitador del 7 de Septiembre de 1843 y del 27 Octubre de 1844, en B. Paradela, o.c. pp. 317 y 319.
  20. PARADELA, B.: o.c. pp.321 y 323. Cartas del Visitador y del Superior General sobre la situación de las comunidades y misioneros.
  21. PARADELA, B.: o.c. p. 319.
  22. PARADELA, B.: «Resumen histórico…» pp.322-323.
  23. Particularmente significativas de estos intentos son las cartas del P. Codina del 28 octubre de 1847 a los miembros de los Negociados de Gracia-Justicia y Ultramar (Paradela, o.c. pp.339-340);también la del P. Santasusana al Superior General del 19 noviembre de 1848 (Paradela, o.c.p.351). Tan halagüeñas son las perspectivas que, en la Asamblea General de 1849, es restaurada la Provincia de España («Collectio Completa Decretorum…» nº 234).
  24. Las cartas del P. Codina, Visitador, al Superior General se multiplican: 1845 [28 septiembre; 13 noviembre]; 1846 [28 enero; 19 septiembre]; 1847 [1 febrero; 8 julio; 22 julio; 4 septiembre; 20 y 28 octubre; 3 noviembre].
  25. PARADELA, B.: o.c. p. 325.
  26. PARADELA, B.: «Resumen histórico …» p.339.
  27. R. García Villoslada (Dir) en «Historia de la Iglesia en España» V pp.719-730 transcribe el «Concordato celebrado entre Su Santidad el Sumo Pontífice Pío IX y S.M. Dª Isabel II, Reina de las Españas (16 Marzo 1851)».
  28. PALLARES, T.: «Inclusión de la CM en el Concordato de 1851» en «Centenario de los PP. Paúles en Madrid», pp.439-446.
  29. PARADELA, B.: o.c. pp.375-377.
  30. HORCAJADA, M.: o.c. 1915, pp.445-446.
  31. Una breve descripción de la casa puede verse en Anales Madrid, 1901, pp. 258-261.
  32. ROMAN, JM.: «La CM ante la Revolución…» p.159; Anales Madrid, 1987, pp.43-45.
  33. Anales Madrid, 1984, pp. 342-347 inserta varios documentos correspondientes a este momento.
  34. El hecho queda constatado si se revisa el «Libro de Misas» del propio Archivo de la casa de Badajoz. El Libro únicamente se interrumpe en el período 1851-1858. Figuran celebrando misas a la intención de la casa los PP. Mata, Barragán, Borja, Planas, Igüés y Serrató.
  35. PARADELA, B.: «Resumen histórico…» p. 431
  36. Se conserva en el Archivo Provincial de la casa de Madrid, en la carpeta correspondiente a la Casa de Badajoz.
  37. PARADELA, B.: o.c.397.
  38. En una nota de Anales se dice que «la importante Biblioteca de la casa de Barbastro pasó al Colegio de las Hijas de la Caridad; éstas, entre 1876 y 1886 los distribuyeron entre la Biblioteca Episcopal y la Casa de los Misioneros del Corazón de María». Anales Madrid, 1906, p.320, nota 2.
  39. Una descripción detallada de la nueva casa puede verse en Anales Madrid, 1923, pp. 412ss.
  40. HORCAJADA, M.: o.c. 1915, pp.447-449.
  41. La Comunidad de la casa de Madrid fue aumentando poco a poco. El 28 de noviembre «se compone de once sacerdotes, seis hermanos coadjutores y tres postulantes» lo cual comunicará a toda la Congregación el Superior General el 1º de Enero de 1853 («Recueil…III, pp.199-200). El 3 de Julio de 1853 llega el Visitador y «con él eran 26 los individuos que componían la Comunidad» (B. Paradela, o.c., p.385); el 30 de Octubre de 1853 hay «en la Península 35 sacerdotes con votos y dos sacerdotes novicios» (B. Paradela, o.c. p.387); al finalizar el año «eran cuarenta y cinco los miembros de la comunidad: 16 sacerdotes, 10 clérigos y 19 hermanos coadjutores (Idem).
  42. ROCA, J.: «Bodas de oro de la Provincia de Barcelona», p.366.
  43. Anales Madrid, Nov-Dic 1974, p.22.
  44. HORCAJADA, M.: o.c. 1915, p.464.
  45. PARADELA, B.: o.c. p.399.
  46. Id. p.406. Pueden verse las negociaciones en PARADELA, B.: «Un pedagogo desconocido». También en «Resumen Histórico» pp. 406ss.
  47. Id.: p.407.
  48. PARADELA, B.: «Un pedagogo desconocido. Apuntes biográficos del P. Julián González de Soto (1803-1864)». En Anales Madrid, 1929, pp. 571ss y 700ss; 1930, pp.24ss, 89ss, 136ss, 203ss, 297ss y 344ss.
  49. Id.: p.401.
  50. Al mismo tiempo se desarrollan, repercutiéndose mutuamente, dos problemas en las Hijas de la Caridad españolas: la escisión de Reus y los intentos de hacer cambios en su hábito. El primero de ellos se inicia en 1839 y termina en 1882(Vide: N. Más, «Notas para la Historia de las Hijas de la Caridad en España» II, pp. 173-188, Salamanca 1988). El intento del Superior General de imponer el hábito gris a las Hermanas españolas motivó la intervención negativa de la Santa Sede y el envío, por parte de París, de Hermanas francesas coexistiendo, desde entonces y hasta el Vaticano II, ambas realidades (Vide: E. Jiménez, «Estudio Histórico-Jurídico sobre las Hijas de la Caridad en España», Recurso enviado a Roma en Junio de 1956, Separata Impresa).
  51. PARADELA, B.: o.c., p.389
  52. Pueden verse algunas cartas de los Srs. Escarrá, Santasusana, Amat e Igués en PARADELA, B.: «Resumen histórico de la Congregación», pp. 388-392.
  53. Una muy interesante e interesada visión de este asunto la expone el P. Recoder, con el seudónimo de José de Cerro, en su librito «Los sacerdotes de la Congregación de la Misión, conocidos en España con el nombre de Paúles», Madrid, 1863.
  54. MEYER, R.- HUERGA, L.: «Una institución singular: el Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad», pp. 173-174, Salamanca 1974.
  55. Una sucinta relación de estos hechos la podemos encontrar en ROMAN, J.Mª.: «Lecciones de Historia General de la Congregación de la Misión». Anales Madrid, 2005, pp.439-441.
  56. Anales Madrid, 1976, pp. 483-497, contiene un completo trabajo del P. Antonino Orcajo sobre esta fundación.
  57. En Anales Madrid, 1967, pp. 316ss se trascribe un relato del P. Nemesio Cardellac acerca de los primeros momentos de esta fundación.
  58. El edificio fue levantado en 1720 por D. Felipe Analso de Miranda, Obispo de Teruel para Seminario Conciliar. Veinte años después fue ocupado por los PP. Jesuitas. En 1796 fue habilitado para recoger expósitos, mendigos, dementes, etc… Al ser destruido, durante la Guerra de la Independencia, el Convento de los Capuchinos, éstos se trasladaron al edificio, que ocuparon hasta 1835.
  59. Anales Madrid, 1921, pp. 417ss.
  60. Una descripción detallada de la casa puede verse en Anales Madrid, 1921, pp. 584ss.
  61. PARADELA, B.: «Resumen histórico…», pp. 435-445
  62. Id: pp. 447-460
  63. Id: pp. 461-471
  64. Id: p. 472
  65. DE DIOS, V.: «Historia de la Familia Vicentina en México, 1844-1994». Una descripción muy detallada de los primeros momentos puede verse en las páginas 53-68 del volumen I.
  66. NIETO, P.: «Congregación de la Misión en México» p. 86 donde se incluye el correspondiente documento del Ministerio de Justicia.
  67. DE DIOS, V.: o.c. I, p.83.
  68. Los problemas en Morelia y Pátzcuaro se describen con detalle en Anales Madrid, 1919, pp. 92-100.
  69. NIETO, P.: o.c. p.334.
  70. PARADELA, B.: «Resumen histórico…», p. 448.
  71. Una detallada descripción de esta Iglesia puede verse en Anales Madrid, 1909, pp. 93-116.
  72. CHAURRONDO, H.: «Los Padres Paúles en Las Antillas», La Habana, 1925, p.23.
  73. Una detallada y muy interesante referencia del viaje puede verse en Anales Madrid, 1919, pp. 271-292. También en Anales Madrid, 2003, pp.121-144.
  74. ANONIMO: «Los Padres Paúles y las Hijas de la Caridad en Filipinas. Breve reseña histórica». Manila, 1912, p.40.
  75. Anales Madrid, 1907, pp. 488-490.
  76. «Recueil des principales Circulaires…» III pp.418-419; 438; 444; 455; 465; 506; 531; 561-562.
  77. Recogido en «Anales Madrid 1968, p. 482.
  78. En Anales Madrid, 1894, pp. 146-165, D. Isidro Bengoechea, discípulo del P.Arnáiz, escribe una breve biografía del mismo.
  79. DE LA GOZA, R. y CAVANNA, J.: «Vincentians in the Philippines. 1862-1982». Manila, 1985, p.117.
  80. VICARIO, F.: «Apuntes para la historia de la Congregación de la Misión en Puerto Rico», 1909, pp. 583-626; ANONIMO: «Los Padres Paúles en las Antillas», 1925; Anales Madrid, 1998, pp.411-416.
  81. Anales Madrid, 1918, p.191-214; «Centenario de los PP. Paules», 1928, pp. 164-170; Anales Madrid 1969, pp.341-343.
  82. CARBALLO, F.: «El Santuario del Monte Medo», Orense, 1962, p.70.
  83. Pueden verse algunas de ellas en Anales Madrid, 1918, pp. 210-211.
  84. Anales Madrid, 1974, p. 240.
  85. ROMAN, JM.: «Documentos», Mes Vicenciano 1990, Salamanca; también «Catalogus Provinciarum, domorum ac personarum. Congregatio Misionis».

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *