Guebra Miguel (mártir abisinio) (Parte I)

Francisco Javier Fernández ChentoGhebra MiguelLeave a Comment

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Author: Pedro Coste · Year of first publication: 1927.
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I-. En busca de la Verdad

Escribiendo Monseñor Justino de Jacobis, vicario apostólico de Abisinia, al P. Etienne, Superior gene­ral de la Congregación de la Misión, el 29 de Junio de 1858, rogándole tuviera a bien aceptar un retrato del mártir Abba Guebra Miguel, decía : «A este re­trato… he añadido un epitafio en latín, en el que le llamo seminarista de la Misión. En realidad no era más que postulante; puesto que su tiempo de voca­ción no podía contarse más que desde el momento en que hubiera podido empezar su seminario interno. Ahora bien, en este preciso momento se encontraba ya en la cárcel. De todos modos ya pertenecía de corazón a la Congregación de la Misión«.

Había sido hecha la petición de admisión y se le había aceptado; únicamente circunstancias indepen­dientes de la voluntad retrasaron las formalidades ordinarias de la recepción. Siendo esto así ¿no puede llamarse a Guebra Miguel, por lo menos en un sen­tido amplio, sacerdote de la Misión?

El célebre Abisinio nació en la península godjámi­ca, no se sabe si en Mertulé-Mariam o en el lugar vecino, Dibo-Kidané-Meheret, en 1788, según unos; en 1791, según otros que siguen Monseñor de Jacobis, autoridad en la materia. Niño toda­vía, fue víctima de una grave enfermedad que le pri­vó del uso de un ojo.

Reunía las cualidades intelectuales necesarias pa­ra llegar a ser un verdadero sabio: inteligencia viva y penetrante, pasión por la verdad, gusto extraordi­nario por el estudio y por las investigaciones, todo ello completado por una aptitud para la controver­sia.

Con tales disposiciones de espíritu, ninguna vida le cuadraba mejor que la monástica. Entró, pues, en un monasterio a la edad de veinticinco años, no tardando mucho en emitir los votos de pobreza y castidad.

Los bienes y los placeres del mundo tenían para él poco atractivo; una sola cosa le interesaba: la verdad. Cuanto más estudiaba, más negros nubarro­nes se aglomeraban en su espíritu.

La cismática Abisinia estaba por entonces dividida en tres sectas, que reconocían la autoridad del pa­triarca copto del Cairo: los Kevats, los Tseggalidjs y los Ueldé-Kebs. La divergencia de opiniones versa­ba principalmente sobre la unión de la naturaleza divina y de la naturaleza humana en la persona de Cristo. Las sutilezas y las argucias aducidas en las discusiones recordaban las controversias teológicas del Imperio Bizantino. Se acaloraban por meras pa­labras o fórmulas cuyo sentido no entendían per­fectamente. Las sectas religiosas se confundían con los partidos políticos y las querellas sobre las ideas se trasformaban con frecuencia en luchas sobre los campos de batalla. Guebra Miguel, que pertenecía a la secta de los Kevats por tradición de familia, era demasiado inte­ligente para adherirse a la doctrina de una secta sin otro motivo que el del parentesco.

Una vez aprendido todo cuanto en el monasterio en que había entrado se le podía enseñar, le dijo su superior: Vaya V. al monasterio de Debré-Motsá, estudie V. allí el libro de los Monjes, y después vuelva aquí para instruirnos y sernos útil.

Habiendo buscado, en vano, Guebra Miguel, en Debré-Motsá un monje capaz de explicarle el di­rectorio monástico, se dirigió a la Escuela de Gon­dar, que era la que gozaba por entonces en Abisi­nia de mayor celebridad, pues enseñaban allí dos sabios profesores, Halika Ueldé Sellasié y Azadj Lamién. Del primero aprendió el libro de los mon­jes, el cómputo eclesiástico, la Biblia y la astrono­mía; y, bajo la dirección del segundo, interpretó di­versas obras.

La conclusión a que le condujeron sus estudios fue que la enseñanza de los libros no concordaba con la de los doctores de las tres escuelas. Estos mismos libros que él había leído y profundizado pa­ra saber a qué secta había de dar la preferencia, le demostraron que todos los cismáticos vivían en el error. ¿Qué hacer? Buscar todavía, preguntar, ir de monasterio en monasterio, pasar de Abisinia a Palestina, tan pronto como la ocasión se presentara, llegar hasta Jerusalén, donde las tradiciones sobre Cristo eran, a su juicio, más arraigadas y frescas que en cualquiera otra parte.

Guebra Miguel viajó mucho. Si, hallándole por los caminos, bastón en mano y las alforjas sobre los hombros, alguien le hubiera preguntado: ¿qué busca V.? Hubiera respondido: la verdad. La ver­dad: tal era, en efecto, su única preocupación.

La buscaba para sí mismo; la buscaba también para los otros; porque se sentía feliz en comunicar a los demás todo lo que sabía. Sentía en sí la voca­ción a la enseñanza. Donde principalmente se dedicó a enseñar fue en Gondar. Numerosos e ilustres a­lumnos acudieron a él, atraídos por su reputación, entre otros el hijo del emperador Teklé GQrghis, quien más tarde llegó a ser el emperador Johannes. Se le reputó entre los más famosos maestros de A­bisinia; y aún algunos llegaban a decir que sobre­pujaba a todos. Era apodado «el hombre de los cuatro ojos» queriendo decir con esto que nada le pasaba por alto.

Un hombre compartía las perplejidades de Guebra Miguel: este hombre era Ueldé-Sellasié. Los dos se obligaron con juramento a no afiliarse a ninguna de las tres sectas, y a enseñar siempre la doble ge­neración de Jesucristo y el descendimiento del Es­píritu Santo sobre Él.

«Ésta fue la doctrina de nuestros padres, decían ellos; nuestro deber es seguirla«. Hicieron un pacto mutuo, en virtud del cual quedaban obligados a no abrazar otra doctrina sin haberse pedido consejo, y a seguir fielmente el consejo recibido.

Pronto circunstancias providenciales iban a unir a Guebra Miguel con el Padre Justino de Jacobis, sa­cerdote de la Misión, que, en su residencia de Aduá trabajaba en implantar el catolicismo en esta tierra de Abisinia de la que las devastaciones de la herejía habían conseguido arrancarlo de raíz.

II. Viaje al Cairo, a Roma y a Jerusalén

La muerte del Abuna Kyrillos había dejado a la Iglesia de Etiopía sin jefe. Era costumbre, antes de nombrar al nuevo Obispo, establecer un impuesto especial, llamado cuota tasa del rescate del Abuna. Cada fiel daba anualmente cuatro o cinco dineros, lo que se iba haciendo hasta que la suma era juzga­da suficiente para satisfacer la avaricia del patriarca copto del Cairo, quien disfrutaba del derecho de nombrar al nuevo Obispo.

Para ello se formaba una delegación compuesta de treinta diputados, escogidos de entre los perso­najes más eminentes, en las tres provincias del im­perio, y puestos bajo la dirección de un príncipe de sangre real. Estos embajadores se dirigían al Cairo, acompañados de monjes, de secretarios y de cria­dos, para presentar su súplica al patriarca y ofrecerle sus presentes para que la acogiera con agrado.

Cuando la suma de los impuestos alcanzó diez mil talarís, fue juzgada suficiente. Apta Salassia, pa­riente del rey de Choa y primer ministro del rey U­bié, fue puesto a la cabeza de la delegación, de la cual formaba también parte Abba Guebra Miguel. Ubié, buscando un guía para dirigir, y, si fuese ne­cesario, proteger a sus embajadores, puso los ojos en el P. de Jacobis.

Después de algunos titubeos, el misionero aceptó, pero con dos condiciones: que se asegurara la liber­tad del culto católico en todo el país y que sus com­pañeros de viaje pudieran ir a Roma, una vez termi­nada su misión. Si bien no se forjaba ilusiones a­cerca de las dificultades que se le esperaban por parte de unos hombres llenos de prejuicios contra la Iglesia Romana, no obstante, confiaba que poco a poco la vista de las realidades, en la Ciudad Eterna sobre todo, disiparía sus absurdos prejuicios.

El 21 de Enero de 1841, cerca de Aduá, se puso en contacto por primera vez el P. de Jacobis con los em­bajadores, prestos a partir para el Cairo. Lo que tuvo que sufrir a causa de la grosería, desconfianza y odio de los diputados excedió sus previsiones. «El P. de Jacobis, leemos en la relación de un monje cismáti­co, testigo de los hechos no solamente se mos­traba valiente en las palabras, sino que también verdaderamente heroico en sus acciones. Durante la travesía, hizo por esta tropa de insolentes, que tenía cargo de conducir, lo que la más tierna de las madres hubiera podido hacer por sus amadísimos hijos. Proveer a su alimentación, llevarles agua, la­varles los pies, hacerles la cama, levantarse de no­che cuando alguien se quejaba de la menor indispo­sición, entenderse con los marineros para que fuéra­mos bien tratados y se nos reservaran los mejores puestos, responder a todas nuestras preguntas por fútiles que fueran, tal era su ocupación diaria que no le dejaba momento de reposo. Y nosotros todavía nos imaginábamos y lo repetíamos con frecuencia que él no obraba así sino por miedo o por miras in­teresadas.

Nadie podría decir las injurias que vomitábamos contra él. ¡Desgraciado de él, sobre todo si veíamos que se entretenía en particular con algún musulmán! Varios de nosotros intervenían al momento y con el tono más grosero, le preguntaban de qué se trataba, y si acaso no trataba con su interlocutor de recibir dinero para entregarnos en sus manos. A estas ve­jaciones y a muchas otras, no respondía más que con el silencio o con una sonrisa que hubiera podi­do hacer pensar que tomaba nuestros insultos por bromas agradables«.

Tanta virtud acabó por convencer los corazones. En Suez a donde llegaron después de dos semanas de navegación, los dos tercios de los diputados prometían al misionero seguirle hasta Roma. Des­pués de otros cinco días de marcha al través de las arenas del desierto, expuestos a los ataques de los Beduinos, contra los que debieron una noche ha­cer uso de sus armas, llegaron, por fin, al término de su largo viaje.

A pesar de las dificultades que ponían los propie­tarios para dar asilo a los extranjeros, a causa de la peste que desolaba entonces al Cairo, el P. de Jacobis pudo encontrar una casa suficientemente grande para albergar a todos los miembros de la de­legación.

El patriarca Abba Pietros los recibió acompañado de dos obispos, lo que era una señal de honor. Se mostró familiar, ofreció pipas, según el uso oriental, preguntó sobre los incidentes del viaje y se informó del albergue que habían tomado. Cuando supo que un sacerdote católico había venido con ellos, frun­ció el entrecejo. «Venid a hospedaros en mi palacio, les dijo; los diputados abisinios tienen la costumbre de hospedarse en casa del patriarca. — Ubié nos ha confiado a los cuidados del señor Jacobis, le fue res­pondido; no podemos separarnos de él así como así.«

El patriarca tenía sus razones para substraer a los diputados de la influencia del misionero. Cuatro días después durante el curso de una nueva entre­vista, llegó hasta amenazarles. «Vuestros aposentos, les dijo, están prestos en casa; si los rehusáis, quedan rotas todas nuestras relaciones, y yo os excomulgo«. Los embajadores cedieron dominados por el miedo.

Según la costumbre el patriarca presentaba tres candidatos. Se inscribían sus nombres en otros tan­tos billetes que eran colocados sobre el altar, y el elegido era aquel que era designado por la suerte. Abba Pietros prefirió modificar la costumbre. Hizo venir dos sacerdotes coptos sin instrucción y él mismo los presentó a los delegados, diciendo: «pre­guntadles, y vosotros mismos veréis cuál de los dos os conviene mejor.«

Los candidatos embarazados por las preguntas que se les dirigía, demostraron con sus respuestas, que no estaban preparados para instruir a los demás. Era el resultado esperado por el patriarca. Había propuesto, en efecto, estos dos sacerdotes a los em­bajadores, no por olio motivo que para halagar su a­mor propio, haciéndoles creer que ellos eran algo en la elección. Su verdadero candidato era un joven de veinte años, antiguo discípulo del colegio metodista del Cairo, que había pasado del protestantismo al cisma copto, y que por entonces era simple novicio en el convento jacobíta de San Antonio, donde no hacía más que escandalizar a los monjes con sus i­deas avanzadas y la relajación de sus costumbres.

Apenas hubo comparecido semejante hombre ante el grupo de delegados abisinios, cuando el estupor se apoderó de todos ellos; y este estupor llegó al colmo al saber cuán poco merecía la dignidad epis­copal el predilecto del patriarca. Abba Pietros, con el fin de obtener su adhesión, puso en juego todos los recursos de su diplomacia. Sus amenazas, sus promesas y sus dádivas dieron pronto razón de casi todas las resistencias. Abba Guebra Miguel, que había quedado inflexible en su oposición, rehusó a­sistir el 3 de, Mayo de 1841, a la consagración del nuevo obispo de Etiopía, que tomó el nombre de Abuna Salamá, nuestro padre el pacifico.

Hemos visto más arriba que la Iglesia de Etiopía estaba dividida en tres sectas. Muchos eran los que deploraban en el país esta división, deseando la uni­dad doctrinal. Pensaron los embajadores que el pa­triarca podría, con el prestigio inherente a su digni­dad, conseguir la fusión de las escuelas rivales. A su iniciativa se debió poder reunir una asamblea bajo su presidencia y en presencia del Abuna Sala­má. La primera pregunta ya desconcertó al presi­dente.»Aquí tenéis a vuestro obispo, les dijo, seña­lándoles al recién elegido, disputad con él«, y se re­tiró.

Guebra Miguel estaba presente, y se apresUró a aprovechar la ocasión que se le ofrecía para confun­dir al Abuna. «¿Tendrá V. la bondad, le preguntó, de explicarnos estas palabras de Jesucristo: Yo subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios? Nadie es capaz de explicaras este texto, respondió el obispo, sino es el mismo patriarca; preguntádselo a él. ¡Cómo! replicó Guebra Miguel, cuando estemos en Abisinia y tengamos necesidad de pedir alguna aclaración ¿también nos enviará V. al patriarca? Nos veremos en la necesidad de volver al Cairo cada vez que alguna duda se apodere de nuestro espíritu?

La réplica hizo su efecto. De los labios del joven obispo, trémulos de cólera, cayeron estas palabras: ¡Mal viejo tuerto!» La injuria era grosera, y ade­más imprudente; pues el Abuna a su vez no tenía más que un ojo en buen estado. Cuando Guebra Mi­guel le hizo notar que ese defecto era común a los dos y le hizo observar que los ojos del espíritu son más útiles, sobre todo en un obispo, que los del cuerpo, el irascible obispillo comprendió que me­jor le hubiera sido callarse. La situación se hacía comprometedora, y el patriarca creyó prudente a­presurar la partida de los delegados. Al abandonar su país natal, habían proyectado pasar desde el Cairo a Jerusalén, la ciudad santa por excelencia, que ejercía sobre sus espíritus verdadera fascina­ción. Abba Pietros que había logrado separarlos del P. de Jacobis, y temía que, durante su peregrina­ción a Jerusalén, se hiciera sentir de nuevo la in­fluencia del sacerdote católico, les forzó a empren­der sin tardanza el camino de Abisinia.

Ante su negativa y en vista de su terquedad, se enfadó, amenazó, y aun habló de excomulgar, pero como las resistencias continuaban, les dijo con tono malhumorado: «¡Bueno pues! Id a Jerusalén, si tanto os empeñáis; pero a vuestras expensas y bajo vuestra responsabilidad; yo no os daré a na­die que os acompañe. Por lo demás, como que ya tenéis al Sr. de Jacobis, procurad que él os proteja«.

El P. de Jacobis no deseaba otra cosa; pero en sus planes Roma era antes que Jerusalén. Veinte y tres diputados consintieron acompañarle. Pertene­cían a este número Apta Salassiá y Guebra Miguel. Abandonaron, pues, el Cairo a mediados de Junio y se embarcaron en el puerto de Alejandría. «El viaje a Roma, escribía el P. de Jacobis, cambiará las ideas de mis pobres Abisinios; para ellos será el me­jor curso de teología; el Señor, que tanto ha hecho por nosotros, continuará protegiéndonos.«

No se engañaba. Hasta entonces, los viajeros ha­bían creído que Abisinia era muy superior a los paí­ses occidentales, tanto por la belleza de monumen­tos como por la pureza de su fe y la piedad de los fieles. ¡Cuál no fue su asombro ante los magníficos edificios, sagrados y profanos, que hermoseaban la ciudad de Roma, ante las maravillas artísticas de que estaba repleta, ante las muchedumbres que se apiñaban en los templos y la pompa de las ceremo­nias que se ejecutaban con toda majestad, entre to­rrentes de armonía que arrojaban por las tribunas, los órganos y los coros!

Regía los destinos de la Iglesia romana el Papa Gregorio XVI, el cual recibió en audiencia a los Abisi­nios el 17 de Agosto. «Se habían dispuesto tres esca­beles, escribe un biógrafo de Mons. de Jacobis, al pie del trono del Papa, sobre los que debían colocarse el príncipe Apta Salassiá, el monje Guebra Miguel y un sacerdote, jacobita, Abba Resedebra, jefe de una igle­sia y señor de un país, quien con los dos primeros ha­bía sido encargado especialmente por Ubié de pre­sentar, de parte suya, a Su Santidad la carta que le había escrito. Estos tres personajes fueron introduci­dos los primeros y a solas. Después de prosternarse ante él y besar su sandalia, Gregorio XVI les hizo la señal de sentarse. Pronto se entabló la conversación con un tono de sencillez conmovedora y con el más cordial abandono; el P. de Jacobis y el cardenal Mezzofante, presente a la entrevista, desempeñaban a su vez el oficio de intérpretes. Al cabo de algunos minutos, el Padre Santo dio orden de hacer entrar a todos los miembros de la embajada, siéndole pre­sentados todos; a todos se les permitió besar el pie, desde los más distinguidos sacerdotes y monjes hasta el último de los criados. La carta del dedjaz fue entonces entregada al Papa, quien con su propia mano rompió el triple sello y la hizo leer en alta voz por uno de los diputados. Este hacía una pausa después de cada frase para dar a uno de los dos in­térpretes el tiempo necesario para traducirla. Aca­bada la lectura, los principales delegados se aproxi­maron al trono y excusándose de que, a causa de su pobreza, no pudieran ofrecer al Padre Santo presen­tes de más valor, depositaron a sus pies incienso y aromas de Etiopía con algunos de los más raros pá­jaros de su país«.

La benévola acogida del Soberano Pontífice, la magnificencia desplegada en su recepción, impresio­naron vivamente a los Abisinios, los cuales nunca ha­bían presenciado cosa semejante. «Volved aquí an­tes que os vayáis, les dijo Gregorio XVI, pues quiero daros mi adiós de despedida«.

Volvieron el 29 de Agosto y fueron introduci­dos en el salón del Trono, donde el Papa, rodeado de prelados y oficiales de la Corte pontificia, les le­yó la carta que dirigía al rey Ubié, los bendijo uno por uno, les distribuyó medallas de oro o de plata, se­gún su dignidad, y les entregó presentes para el rey.

Al día siguiente, el principé Apta Salassiá, Gue­bra Miguel y sus compañeros recibían la última bendición del Vicario de Jesucristo en la plaza del Pueblo, al instante de salir de la ciudad para dirigir­se a Loreto. Los prejuicios que habían alimentado hasta entonces contra la Iglesia romana se iban di­sipando al contacto de la realidad. Un día, durante la misa del Soberano Pontífice, Guebra Miguel y Amarié Kenfú, su íntimo amigo, se decían uno a otro viendo la devoción de los fieles a la sagrada Euca­ristía: «Ya ves la fe viva de los hijos del papa León, objeto de nuestra execración«.

Si ambos no se convirtieron en Roma, no estuvie­ron muy lejos de hacerlo. En tres monjes jóvenes el efecto de la gracia fue más completo. Renunciaron a sus errores y entraron en el seminario de la Propa­ganda, del que salieron más tarde, revestidos del ca­rácter sacerdotal, para ir a llevar la antorcha de la fe a sus compatriotas.

El P. de Jacobis deseó ver de nuevo a Nápoles, cuna de su vocación religiosa; sus compañeros de viaje le siguieron dos veces a esta ciudad, en la que pasaron varias semanas.

Por fin, fue necesario partir, y los Abisinios se em­barcaron para Alejandría el 5 de Octubre de 1841. En las cercanías de Jaffa, uno de ellos, Amarié Kenfú cayó gravemente enfermo. El temor de la muerte o quizá todavía más el pensamiento de su eterna sal­vación turbaba su alma; el tiempo urgía; era preciso determinarse. Perplejo, consultó a Guebra Miguel. «Haz lo que mejor te parezca«, le respondió éste. El enfermo abjuró, comulgó piadosamente y hubiera recibido los últimos sacramentos a no haber recuperado las fuerzas. Perseveró y fue en el estado laico uno de los auxiliares más abnegados del P. de Ja­cobis en la obra de la evangelización de Abisinia.

Los grandes consuelos que los embajadores etió­picos habían hallado en Roma no les habían hecho perder de vista el viaje proyectado a los lugares en que Jesucristo pasó su vida terrestre. En Jerusalén, su primera visita fue para el Santo Sepulcro. Sus lá­grimas se mezclaron con sus alegrías al considerar los sufrimientos y muerte del divino Crucificado.

Belén no les pasó por alto; el 28 de Noviembre ya se encontraban allí. «Yo me dirigía, escribía el P. de Jacobis, escoltado de mis compañeros de via­je al altar consagrado al Verbo Encarnado. En medio de las lágrimas de todos los asistentes y en particu­lar de los Abisinios empecé, continué y acabé el santo sacrificio de la Misa. Aún no había termina­do, cuando un niño, hijo de una cristiana que estaba en oración al pie del altar, rompió a llorar. Estos vagidos conmovieron visiblemente todos los cora­zones, en los que se despertó al momento el recuerdo de aquellos divinos vagidos que rompieron nuestras cadenas. Si no se llora en semejantes circunstancias ¿cuándo y por qué causa se habrá de llorar?«

La noticia del viaje de los veintitrés Abisinios a Roma ya había corrido por Palestina; era comentada en los monasterios y en otras partes desde su salida de Alejandría. Como ordinariamente sucede los hechos habían sido falsificados. Había quien pretendía que los peregrinos habían renunciado a su reli­gión para unirse a los católicos, seguir los mismos dogmas y obedecer a los mismos jefes.

El patriarca armenio, a quien se dirigieron para reclamar, en favor de sus compatriotas, ciertos de­rechos caídos desde mucho tiempo en desuso, les respondió de mal talante: «¿No es cierto que os habéis unido a los católicos? ¿Y creéis que no ha­béis cometido con esto un gran pecado? ¡Estos católicos!» … No pudo seguir más, porque Apta Salassiá le interrumpió: «No diga V. mal de los ca­tólicos, porque mentiría. No son los Latines los ma­los, el malo es V.«

En Gaza, habiéndose permitido el cura de la igle­sia griega cismática hacer alusión al viaje de Roma mientras conversaba con los delegados, éstos le despidieron echándolo a la calle.

De paso por el Cairo, creyeron que debían hacer una visita de cumplimiento al patriarca copto. Éste había ordenado al Abuna Salamá, con amenaza de entredicho, que enseñara que El Hijo es unción. Puesto que se presentaba buena ocasión de discutir con él este punto de doctrina, Guebra Migüel no la dejó escapar. Demostró con algunos textos que la tal doctrina estaba en pugna con los Sagrados Li­bros. «Y sin embargo, replicó el patriarca, es lo que enseñan todas las Iglesias orientales, tanto las de Levante como las armenias, las griegas y hasta los Protestantes creen lo mismo. Por lo demás si quie­res cerciorarte de lo dicho, fácil te es informarte mientras permaneces en esta ciudad».

Guebra Miguel no se hizo rogar. Visitó varios personajes de religión diferente, se informó de sus doctrinas y comprobó que el patriarca había alterado la verdad. De vuelta, le puso al corriente del resulta­do de sus indagaciones: «He visto Armenios, Grie­gos y Protestantes, y todos creen como yo, que Je­sucristo en cuanto hombre, es ungido por el Espíritu Santo y, por consiguiente, no es su propia unción.

«Exactamente, respondió el patriarca, yo mismo pienso de la misma manera. Si be prescrito ense­ñar entre vosotros que el Hijo es unción, fue por u­na carta venida de vuestro país cuando fue nombra­do el predecesor de Salamá. Esa carta firmada por tres compatriotas tuyos, hela aquí, y dice así: En vista de que hay nueve partidos, si V. manda, bajo pe­na de entredicho, confesar que el Hijo es unción, to­dos volverán a la unidad. Es, pues, para restablecer la unidad de doctrina, entre vosotros, que he pres­crito al Abuna difunto y a su sucesor enseñar seme­jante cosa.

«V. mismo confiesa, pues, que es una doctrina fal­sa. V. dice que busca la unión de los partidos. Pues es en la verdad y no en el error donde hay que bus­carla«.

A causa de estas instancias, el patriarca escribió al Abuna Salamá una carta en la que se afirmaba que Jesucristo es ungido por el Espíritu Santo. El sabio monje aceptó llevarla él mismo ya que ningu­no de los delegados se atrevió a encargarse de esta comisión.

Después de las inolvidables jornadas de Roma, el espectáculo lamentable de todo un patriarca min­tiendo descaradamente en presencia de unos hombres que venían de lejos para consultarle y ordenan­do enseñar lo que él mismo no creía, acabó por des­concertar a los Abisinios, hasta la fecha tan tenaces en su fe. Los viajeros no estaban lejos del reino de Dios. Algún tiempo después escribían dos franceses desde el Cairo: «El viaje del P. de Jacobis produce ya sus frutos. Los Abisinios que le han acompañado son católicos convencidos …. Profesan hacia el Padre Santo la mayor veneración y pretenden que vieron en él algo sobrehumano. Antes, pensaban los Abisinios que no había verdaderos cristianos más que en Abisinia; pero los que ahora han visto Roma han abandonado completamente su error. El Alaca Aptesellassi nos dice al despedirnos: el sol brilla en vuestro país, pero Abisinia duerme aún en las tinie­blas; esperemos en Dios«.

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