Germain de Montevit, nacido en Camberron, cereca de Coutances; recibido en la Congregación de la Misión, en París, el 19 de abril de 1638, ya ordenado sacerdote.
El 26 de febrero de 1640, san Vicente escribía al Sr. Lebreton, superior en Roma:
«Dios ha dispuesto de nuestro buen Sr. Montevit, que habéis conocido en el Seminario. Su muerte ha ocurrido en Bar-le-Duc, con reputación de santo, en el colegio de los Jesuitas, que nos han hecho la caridad de acogerle en su casa con otro padre, mientras trabajaba en la alimentación corporal y espiritual de quinientos o seiscientos, que le han acompañado todos de dos en dos, con un cirio en la mano, llorándole a como a su propio padre muerto. El R. P. rector me escribe sobre ello cosas notables».
Veamos, en efecto, la carta dirigida por el P. Roussel, rector del colegio de Bar-le-Duc a san Vicente:
«Ya os habréis enterado de la muerte del Sr. de Montevit que habíais enviado aquí. Ha sufrido mucho en su enfermedad, que ha sido larga, y yo puedo decir, sin mentir, que no he visto una paciencia más fuerte y más resignada que la suya: nunca le hemos oído decir una palabra que fuera una señal de la menor impaciencia; todas eran de una piedad nada común. El médico nos ha contado que nunca había visto a un enfermo más obediente y más sencillo. Ha comulgado con frecuencia en su enfermedad, aparte de dos veces que lo ha hecho por viático. Su delirio de ocho horas enteras no le impidió recibir con todos los sentidos la Extremaunción; le dejó cuando recibió este sacramento, y le volvió inmediatamente después de dárselo. Por fin, falleció como yo lo deseo, y como pido a Dios que lo haga yo.
Los dos capítulos de Bar honraron su comitiva, como también los Padres agustinos, pero lo que más honró su entierro fueron seiscientos o setecientos que acompañaron su cuerpo, todos con cirios en las manos y que lloraban como si estuviesen en la comitiva de sus padres. Los pobres le debían este agradecimiento, se había contagiado curando sus males y aliviando su pobreza; estaba siempre con ellos y no respiraba más que su aire contaminado. Oía su confesión con tanta asiduidad, por la mañana y por la tarde, y nunca logré de él que se tomara una sola vez el descanso de un paseo. Le hemos enterrado junto al confesionario donde se ha contagiado de la enfermedad y donde ha hecho la cosecha de méritos de los que goza ahora en el cielo.
«Dos días antes de que muriera su compañero cayó enfermo de una fiebre continua que le ha tenido en peligro de muerte durante ocho días; ya está bien. Su enfermedad ha sido el efecto de un trabajo demasiado duro, de una asiduidad demasiado grande entre los pobres. La víspera de Navidad pasó veinticuatro horas sin comer y sin dormir, no dejó el confesionario más que para decir la misa. Vuestros señores son muy tratables y dóciles en todo, aunque no en los consejos que se les da de tomarse un poco de descanso. Creen que sus cuerpos no son de carneo que su vida no debe durar más que un año.
«En cuanto al Hermano, es un joven extremadamente piadoso; ha servido a estos dos sacerdotes con toda la paciencia y asiduidad que los enfermos más difíciles hubieran podido desear». Ver COLET, Vida de san Vicente de Paúl, l. IV; t. I, p. 298.








