Francisco Régis Clet, biografía (11)

Francisco Javier Fernández ChentoFrancisco Régis CletLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Andrés Sylvestre, C.M. · Año publicación original: 2000 · Fuente: Ceme.
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11. La prueba suprema

Se dice que para los condenados a muerte la incertidumbre del día de su ejecución y el período de espera son una prueba tan cruel como la muerte misma. Este no parece haber sido el caso para Francisco Regis. Estaba casi seguro de la imperial condena a muerte, pero no la temía, la deseaba: «No me queda otra cosa que prepararme a morir, y lo deseo más que vivir… heme aquí, según espero, u poca distancia del puerto».

Después que compareció ante el tribunal el 1 de enero, y al cabo de otra sesión más solemne pasados algunos días, se envió un correo a la autoridad suprema, al emperador en Pekín, para ponerle al corriente y pura que decidiera él mismo de la suerte que se reservaba al misione­ro, que se había puesto fuera de las leyes oficiales del imperio.

Mientras ]legaba la respuesta de Pekín, el 25 de enero, fiesta de la Conversión de san Pablo, y aniversario también de la fundación de la Congregación de la Misión, el Padre Clet y los cristianos presos pudie­ron comulgar de la mano del Padre Tchang y, gracias a la generosidad del Padre Lamiot, tuvieron hasta una pequeña fiesta. Eran nueve los participantes en este festín, tres sacerdotes y seis seglares, de los que cuatro vinieron de fuera. En el espíritu del Padre Clet, era una comida de adiós. El Padre Lamiot, en carta a su hermano, confirma el hecho: A la espera de la ejecución, que sólo podía tener lugar después de la confirmación del emperador, el Padre Clet reunió en su prisión a ocho grandes Jefes de cristiandades y les dio sus últimos consejos, en una comida frugal que recordaba los ágapes de los primeros tiempos…».

Durante estos escasos días que le separaban del día fatal, la con­ciencia del Padre Clet era presa de vivos remordimientos. Se repro­chaba constantemente la imprudencia en sus escritos, que habían lle­vado a arrestar, así lo creía él, al Padre Lamiot, como también la de sus declaraciones al tribunal, que habían sido causa, pensaba, de la deten­ción y pruebas de los cristianos.

De igual forma se sentía entristecido, al constatar que cierto núme­ro de cristianos se había acobardado y renegado de su fe. «Ochenta acusados, entre cristianos y paganos, figuraban en este número -escri­be el Padre Lamiot-. Veintitrés cristianos, por haberse negado a abju­rar, fueron condenados al exilio perpetuo, los otros fueron puestos en libertad. El Padre Clet fue condenado a muerte por haber perturbado a mucha gente… «.

El día fatal

El correo que había sido enviado a Pekín, se presentó al caer de la noche el 17 de febrero en el puerto de Hankow y tomó el barco que, atra­vesando el Yang-Tse-Kiang, cruzaba y recruzaba hasta U-Tchang-Fu, situada en la orilla sur del río. Se dirigió sin demora al palacio del virrey para entregar el correo que venía de la Corte de Pekín. Un escri­to firmado con tinta roja, de la mano misma del emperador, condena­ba a muerte al viejo Liéu. Las respuestas del emperador iban todas fir­madas con tinta roja.

Ésta decía: «Chang-Yan-Hang, (el presidente del tribunal de U­-Tchang-Fu) me informa que ha dictado sentencia contra Liéu Francis­co, que predicaba y profesaba la religión cristiana. Habiendo entrado en secreto este europeo en el interior del imperio, y cambiándose de nombre y sobrenombre, predicaba y enseñaba su doctrina, engañaba a mucha gente y por ello había razón para mandarle estrangular…». Trata luego el caso del Padre Lamiot, a quien destierra a Cantón, y de allí a Macao, para hacerle regresar a Europa. Pero al mismo tiempo le condecora con el título de mandarín.

La orden llegada de Pekín debía llevarse a cabo con el menor retra­so, sin esperar siquiera al día siguiente. Esa era la costumbre.

Los últimos momentos en la prisión

Nada más llegar el correo imperial, el virrey, una vez enterado de la decisión del emperador, envió a una cuadrilla de soldados a la prisión entrada ya la noche. Al verlos, el Padre Clet comprendió de qué se tra­taba. El jefe del grupo ordenó que le siguiera. El Padre Clet le pregun­tó entonces: «¿Me volverá a traer aquí?» Desconcertado ante tanta resignación y dulzura, el militar no sabía qué decir. El Padre Chen le sacó del apuro, diciéndole que no debía temer anunciar sin ambages al Padre Clet que venía a buscarle para conducirle a la muerte, porque los cristianos, y sobre todo los sacerdotes, no temían a la muerte. El ofi­cial dijo entonces con esfuerzo lo que tenía que decir. El Padre Clet le escuchó con calma, luego pidió a los soldados que le concedieran unos instantes. Se arrodilló y pidió al Padre Chen que le diera una última absolución, el Padre Chen lo hizo con los ojos llenos de lágrimas. Quiso luego que se pusiera ropa nueva, que el Padre Lamiot había enviado para que la llevara en el momento solemne en que iba a pre­sentarse ante Dios. Pero él rehusó ponérsela, diciendo que su vieja ropa bastaba para alguien que iba a la muerte como un penitente. Quería practicar hasta el final la pobreza que había acompañado su vida de misionero. Los cristianos se habían agrupado en torno a los dos sacerdotes y todos lloraban.

El Padre Clet les dirigió unas palabras para reconfortarlos. Les dijo que no se afligieran sino, al contrario, que se alegraran ya que tenía la suerte de morir por Jesucristo. Les hizo esta recomendación: «Sed siempre fervientes seguidores de Dios y no abandonéis nunca la fe».

Luego los bendijo por última vez. Conmovidos también, los solda­dos esperaban en silencio.

La ejecución

Después el Padre Clet se entregó a los soldados, y la comitiva se puso en marcha. No había nadie por las calles, pues era noche cerrada. Salieron de la ciudad por la puerta Tcha-Hu-Men, que da a una cima llamada la Montaña Roja, por el color de la tierra, arcilla roja, y que se encontraba al oeste de `la ciudad, el lugar reservado a las ejecuciones tales. Hacía un frío bastante intenso y un poco de nieve cubría el suelo. La noche era oscura y la marcha del pequeño grupo se ilumina­ba con las linternas de papel aceitado que llevaban los guardias. Cuan­do las ejecuciones tienen lugar durante el día, no faltan mirones para acompañar al cortejo y asistir al espectáculo, pero era de noche y hacía frío, por eso no había casi nadie.

Se detuvieron junto a un poste de unos dos metros de altura planta­do en el suelo. En la parte superior llevaba un travesaño que le daba casi el aspecto de una cruz. El Padre Clet pidió a los mandarines que habían venido a presidir la ejecución, permiso para decir una oración antes de morir. Ellos se lo permitieron sin dificultad. Se puso entonces de rodillas sobre el barro y oró por sus cristianos, por sus hermanos de congregación, por la iglesia de China y por sus verdugos. Levantándo­se dijo a los soldados: «¡Atadme!» Ellos le amarraron al poste, con las manos por detrás del travesaño de la cruz y atadas a la espalda. Le ata­ron los pies, uno contra otro y ambos al palo de la cruz, pero recogidos de manera que no tocaban el suelo. Uno de los verdugos le pasó por el cuello una soga que formaba un gran collar anudado a un bastón. Girando con rapidez este bastón, el verdugo estrangulaba al condena­do, pero al primer intento, demasiado brutal, la soga se rompió, y la víctima pudo recuperar la respiración. Se necesitó otra soga. Según la costumbre la soga se apretó tres veces, dejando en cada descanso a la víctima recuperar la respiración. A la tercera, el verdugo apretó más fuerte, hasta que la víctima exhaló su último aliento. La lengua le salió de la boca, y vertió una pequeña ola de sangre, que inundó sus viejas vestiduras, mientras su cabeza se inclinaba dulcemente. Las pruebas del Padre Clet habían terminado, todo sucedía la noche del 17 al 18 de febrero de 1820, tenía 72 años, de los que había pasado 28 en China. De esta manera terminaba gloriosamente una larga vida de apóstol que, a ejemplo del Maestro, quedaba refrendada por el testimonio y por el Sacrificio supremo.

Qué suciedió con el cuerpo

El cuerpo del mártir quedó en el patíbulo toda la noche. Pero por la mariana temprano, el verdugo volvió con los soldados al lugar de la ejecución, desataron el cuerpo y se lo llevaron para sepultarlo en el cementerio de los condenados a muerte, que estaba muy cerca. Pero un grupo de cristianos, conducidos por el catequista Francisco Fong obtuvo, ofreciendo dinero a los soldados, el poder de recuperar como preciosas reliquias del mártir sus ropas manchadas de sangre, las cade­nas que llevó, la soga que le estranguló, el bambú del mandarín que le había golpeado. Muchas de estas reliquias fueron remitidas a la Casa­Madre en París por el Padre Lamiot. La túnica ensangrentada, se la mostró el Padre Perboyre a los seminaristas, futuros misioneros, mien­tras les dirigía estas palabras: «¡Este es el hábito de un mártir, mirad las ropas del Padre Clet y la soga con que le estrangularon! -Qué feli­cidad la nuestra, si tuviéramos un día la misma suerte!». El propio Juan Gabriel realizará literalmente lo que deseaba.

Pero los cristianos no podían consentir que el cuerpo de su venera­do Padre permaneciera enterrado con los cuerpos de los criminales. Sobornaron otra vez a los soldados para conseguir su silencio, y por la noche fueron a exhumar el cuerpo, con el fin de asegurarle una sepul­tura más decente, en el cementerio cristiano de la Montaña Roja, donde ya habían sido enterrados otros misioneros, entre ellos varios Jesuitas.

En 1840 se enterrará también en una tumba del cementerio de la Montaña Roja a Juan Gabriel Perboyre, que había seguido fielmente, hasta en la muerte, las huellas de aquél a quien consideraba como su modelo, Francisco Régis Clet. El cuerpo, revestido de ropas nuevas, fue puesto en un ataúd forrado en guata, que se depositó en una tumba sin mampostería.

Sobre ella se colocó una estela con esta hermosa inscripción en latín y en chino, grabada en letras rojas:

Aquí yacen los restos del venerable Siervo de Dios,
Francisco CLET de la Congregación de la Misión,
Padre lleno de méritos de la Iglesia de Hupé,
que realizó múltiples trabajos en la viña del Señor,
y ya en su ancianidad se ganó la corona del martirio
el año del Señor 1820, 14 de las calendas de marzo.

Sobrevenido un tiempo de trastornos, se apoderó de la ciudad de U-Tchang-Fu una tropa de rebeldes, los cuales levantaron apresurada­mente una muralla alrededor de la ciudad, utilizando las piedras de un cierto tamaño, en particular las piedras sepulcrales del cementerio. Esta, que los rebeldes rompieron, fue empleada cm otras para la construcción de la muralla. Afortunadamente quedaba un fragmento un fragmento sobre la tumba.

La veneración hacia el mártir

Rodeaba al Padre Clet tal reputación de santidad, que su tumba se convirtió en meta de una verdadera peregrinación. Cristianos y paga­nos iban, con total confianza, a pedir al santo mártir la liberación de sus males. Llegaban hasta arrancar las flores y hierbas que habían bro­tado en su tumba y preparar remedios con ellas.

Hechos de carácter sobrenatural se produjeron y llegaron a encender las imaginaciones. Así, en el momento de la muerte del mártir, densas tinieblas envolvieron la ciudad de Pekín y sus contornos durante tres días, aducen el dato siete testigos en la instrucción del proceso de beatificación. Hubo varias curaciones milagrosas, atribuidas por los forecidos a la intercesión del mártir.

La investigación emprendida con miras a la beatificación del mártir ­llevaba consigo la exhumación y reconocimiento de sus restos mor­tales. Se llevó a cabo en 1858 bajo la presidencia de Monseñor Dela­place vicario apostólico de Tche-Kiang, y de Monseñor Spelta, vicario apostólico de Hupé. Pese a la declaración de una cristiana, cuyos padres habían trasladado el cuerpo, del cementerio de los criminales al cementerio de la Montaña Roja, había aún dudas sobre la identidad de la tumba. En efecto, existían dos tumbas con los nombres de dos Padres Liéu: el nuestro (pues tal era el nombre chino del Padre Clet), y a misionero con el mismo nombre, Liéu, que era Jesuita. A la vista del fragmento que se halló sobre la tumba, Monseñor Delaplace recordó que los rebeldes se habían llevado las losas para construir la mura­lla de la ciudad. Alertó a los cristianos, mandándoles que buscasen, en la superficie de la muralla, la famosa lápida. La encontraron, y la ins­cripción que llevaba completaba las pocas letras que se podían descifrar en el fragmento. Grabadas en rojo, las primeras palabras de la inscripción en chino eran: «Francisco Liéu de la Sociedad de San Vicente…».

Ya no cabía duda alguna. Pidieron al viejo enterrador pagano que abriese la tumba. Él dijo: ¿Quieren decir ése? Sí. Qué le pasa. Llegó de noche, yo era entonces un muchacho de quince a die­ciséis años, mi padre me mandó cavar aquí… -Y ¿por qué lo trajeron de noche? No lo sé, parece que era un criminal (un fan Yen) y que tuvo que ver con el tribunal…». El mismo Monseñor Delaplace refie­re este diálogo. Él se llevó los preciosos restos y los hizo poner en lugar seguro. Tenía intención de trasladarlos a París, según se había hecho ya con los restos de Juan Gabriel Perboyre. Pero los cristianos se opusieron. Monseñor SpeIta, en una carta a Monseñor Delaplace. expresa lo que sentían: «Varios misioneros y un buen número de cris­tianos desean que el venerable mártir Clet se quede aquí para protegerlos. Quieren edificar una iglesia donde le levantarían un monumen­to. En una palabra, se oponen a su partida, y quieren poner todos los medios para retenerle consigo». Y Monseñor Delaplace añade: «Este ardor de los cristianos de Hupé no me sorprende en absoluto: ¡amaban, veneraban tanto al Padre Clet! iSi supiera cómo destaca su figura entre la de todos los misioneros que han venido a China! iQué respetuoso recuerdo ha dejado! He encontrado a muchos cristianos que estuvieron en otro tiempo bajo su dirección, nunca se cansan de hablar del viejo Padre Liéu!».

En épocas turbulentas, los restos del Padre Clet se habían guardado en la capilla del seminario de Hankow. En 1868, a petición del Supe­rior General de la Congregación de la Misión, Padre Etienne, Monse­ñor Delaplace llegó a un acuerdo con Monseñor Zanoli, sucesor de Monseñor Spelta, y logró llevarse estas preciosas reliquias a Francia. Exhumadas de nuevo en 1868, fueron transportadas a París por Mon­señor Delaplace. Escribe, impresionado por los sentimientos de los cristianos: «Estos pobres cristianos de Hupé, ¡qué tristes se quedan! Por más de treinta años, el Padre Clet fue su padre. Le querían, le vene­raban, le tenían por santo, lleno del espíritu de los profetas y tauma­turgos. Esperaban conservarlo… Los consolé, a misioneros y cristia­nos, prometiéndoles rogar a nuestro Muy Reverendo Padre que, de cada uno de nuestros mártires, Padres Clet y Perboyre, cuando sean canonizados, regale a Hupé una reliquia insigne».

Los cristianos dirigieron una súplica a Monseñor DeJaplace, rogán­dole que les dejara el cuerpo de su protector. Decían: «En nombre de todos los cristianos de Hu-Kuang, le dirigimos la presente súplica para que podamos conservar entre nosotros el cuerpo santo del Venerable Clet, en memoria eterna de su martirio y aumento del respeto religio­so que le profesamos… Hace unas decenas de años, la persecución hizo estragos en la provincia de Hu-Kuang: los Padres Liéu y Tong (Perboyre) fueron estrangulados por la fe. Cuando sus almas admira­bles estaban en el cielo, hubo milagros en la tierra… El obispo (Mon­señor Spelta) tuvo ocasión de acompañar, con el dolor a él debido, el cuerpo venerable del Padre Tong. Él pidió con insistencia que se deja­ran a la provincia de Hu-Kuang las reliquias del venerable Padre Liéu, v ordenó a los cristianos que se aprestara una iglesia para venerar más tarde estas preciosas reliquias. Todos habíamos aplaudido esta pro­puesta, pero los rebeldes nos dispersaron y redujeron a tal estado de miseria, que la iglesia proyectada no fue construida. Queremos, sin embargo, construirla, cierto es… Le dirigimos esta humilde súplica, implorándole que tenga consideración con el afecto de todo este reba­ño de fieles y les deje el cuerpo de su antiguo pastor. Todos contribui­remos a levantarle una iglesia en el mismo lugar de su martirio, y por ello nos veremos colmados de beneficios espirituales durante diez mil v cien mil años»

Pero Monseñor Delaplace se hallaba ya camino de Francia y París, ~ on su precioso depósito. Lo entregó a la Casa-Madre a principios de 1869. Mientras el proceso de beatificación recorría simultáneamente sus etapas en China y en Francia, las reliquias fueron canónicamente reconocidas por Monseñor Richard el 6 de septiembre de 1878. En espera de la beatificación, quedaron colocadas en un pequeño sepul­cro, del lado inferior izquierdo de la capilla de los Padres Paúles, con una placa y en ella esta inscripción: Aquí descansa el cuerpo del Venerable Francisco Régis Clet.

La beatificación en 1900

Introducida la causa de beatificación en 1843, concluye en 1900. El Santo Padre León XIII declaraba beatos, el domingo 27 de mayo, a 77 mártires de China. Tonkín, y Cochinchina, entre los que había algunos sacerdotes diocesanos, seglares, pero sobre todo miembros de la Socie­dad de Misiones Extranjeras de París; estaban además los 26 miembros de la familia dominicana, un Franciscano italiano (el Padre Triora), y por fin nuestro misionero Francisco Régis Clet.

El Breve pontificio habla del Padre Clet en estos términos: «La Congregación de la Misión de san Vicente de Paúl, que comprende todas las obras de caridad y que está extendida hasta el extremo del mundo, ha asociado a los mártires indicados más arriba, al Venerable siervo de Dios Francisco Clet: los trabajos apostólicos no le rindieron nunca; los peligros y las amenazas no le intimidaron; sufrió con la mayor constancia un largo y cruel martirio, la tortura de un duro cau­tiverio, la ignominia de los peores tratos, y por fin la muerte por el suplicio del estrangulamiento«.

Las estelas que señalaban el emplazamiento de las tumbas de los Padres Clet y Perboyre habían permanecido en su sitio. Las enterraron los cristianos al comienzo de la Revolución Cultural, por miedo a que fueran profanadas o rotas. Monseñor Dong, actual arzobispo de Han­kow-Wuhan, las mandó buscar y colocar con honor en la propiedad del Seminario Mayor regional de Wuhan, para que los futuros sacerdotes se acuerden de quienes fueron sus «padres en la fe» y se sientan ani­mados a seguir su ejemplo.

Desde la beatificación, figura un altar a nombre del mártir en la parte inferior izquierda de la capilla de la Congregación de la Misión (París, Casa-Madre), frente al de Juan Gabriel Perboyre. En la cere­monia de canonización de san Juan Gabriel Perboyre, el 2 de junio de 1997, el Santo Padre dijo, en su discurso final en la plaza de San Pedro, que esperaba poder canonizar pronto a otros mártires de China.

Es canonizado en Roma el 1 de octubre de 2000 por su Santidad Juan Pablo II.

Fin

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