Francisco Régis Clet, biografía (08)

Francisco Javier Fernández ChentoFrancisco Régis CletLeave a Comment

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Author: Andrés Sylvestre, C.M. · Year of first publication: 2000 · Source: Ceme.
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8. El Superior y sus Hermanos de Comunidad

El Padre Clet es secundado en la misión por varios hermanos de comunidad chinos, sobre todo los Padres Ho, Tchen, Tchang, Ngai de los que ya hemos hablado brevemente, y sobre todo el Padre Pablo Song. A partir de 1810 tendrá también a su lado al Padre Dumazel, cuyo celo y endeble salud le darán más de un quebradero de cabeza.

Las relaciones de trabajo con el Padre Song

Pero con quien más se ha relacionado ha sido con Pablo Son-. Las 37 cartas del Padre Clet al Padre Song, conservadas piadosamente por éste, nos permiten reconstruir lo que era la vida de nuestros misioneros.

Este hermano chino llegó a casa del Padre Clet en 1804 a la edad de 30 años. Tenía al Padre Clet en tal veneración que conservó la mayor parte de sus cartas. Nos ha dejado 37. Leyéndolas podemos dar­nos una idea de las preocupaciones ordinarias de los misioneros, ya que Pablo Song consulta al Padre Clet en todo: asuntos materiales, casos de conciencia, problemas de derecho canónico o de liturgia. Y cada vez el Padre Clet le da con paciencia una respuesta clara, o le pide que juzgue por sí mismo.

La primera carta dirigida al Pablo Song es del 10 de junio de 18041. Sabe que el Padre Song está en camino y debería llegar próximamen­te. Le da consejos de paciencia y prudencia y le transmite los poderes que él mismo recibe del administrador apostólico.

El Padre Song ha comenzado a misionar en la región montañosa a la que ha llegado. Pero al Padre Clet le parece que se retrasa mucho, pues hace ya ocho meses que está de camino. Le apremia pues a que venga sin buscar pretextos para atrasarse más, aunque los cristianos quieran retenerle por más tiempo. Ha escrito esta carta y la siguiente en latín, porque como dice él, el sentido de esta lengua es más preci­so. El Padre Son- ha debido llegar a donde el Padre Clet en la segun­da mitad del año 1804, no sabemos la fecha exacta. Se repartieron entonces el trabajo de las visitas a las distintas cristiandades. El Padre Song se puso en camino para ir a la parte montañosa de Honán en 1805. En noviembre no había vuelto todavía, e incluso llega a pedir al Padre Clet que vaya a su encuentro, a compartir su trabajo en la mon­taña. Pero el Padre Clet, cuya paciencia se ve puesta a prueba, va a visitar otra cristiandad en donde le esperan. Le hace ver que un retra­so de ocho meses le parece muy suficiente para oír 400 confesiones. Le da consejos prácticos y le recomienda moderar sus exigencias de cara a los cristianos: «Es preciso exhortar a los cristianos a que apren­dan el catecismo titulado Catecismo de los Sacramentos, pero con cui­dado también de no obligarles y forzarles a aprenderlo. Sólo se debe exigir de nuestros cristianos saber lo que es estrictamente necesario para la recepción de los sacramentos…».

En la carta de septiembre de 1806, el Padre Clet se inquieta por la salud de su hermano: «Me dicen que su salud se altera; se obs­tina en negarlo, pero no se lo cree nadie. Habría querido verle yo en casa para juzgar por mí mismo«.

En Pascua del año siguiente 1807 continúa su inquietud: «No sé cómo va de salud, temo que la dedicación demasiado seria y continua al trabajo se la altere; esté en guardia al respecto; en cuanto a mí, estoy bien».

Después de esta carta, el Padre Song volvió a la residencia central, pero el Padre Clet salió de gira misionera. Del lugar en que se encuen­tra, le escribe en junio para darle noticias de su propia salud: «A mi regreso de Ta-tcho-pa, donde pasé un mes exacto, me sentí atacado de dolores en los riñones, el vientre y los muslos, con inflamación de las piernas… de noche sube la inflamación, siento entonces una especie de opresión en el pecho, y aumenta el dolor de riñones y vientre, dismi­nuyendo en las piernas durante el día: he experimentado esta vicisitud durante siete u ocho días, o sea hasta hoy. Por lo demás no se inquiete por ello, los remedios que tomo han aminorado el mal y me anuncian una próxima curación. He suspendido todo trabajo, para acelerar mi perfecto restablecimiento. Me siento más preocupado en cuanto a usted, porque conozco la debilidad de su complexión… Presumo por lo demás que ya ha vuelto a casa; pero si todavía anda de visita, espero que recibida mi carta regrese a la residencia, ante mi ruego insistente, no digo orden que le doy, y que suspenda el trabajo al menos hasta pasada la fiesta de la Asunción y aun tnás, si los calores siguen siendo tan fuertes como ahora… «.

Da su parecer sobre una serie de casos de conciencia: esponsales rotos, préstamo usurero, líos entre vecinos, muerte de niños de pecho en la cama de sus padres…

En el mes de julio de 1807 agradece al Padre Song el envío de remedios y le anuncia que se siente completamente repuesto.

En sus diferencias los cristianos se dirigen al misionero que es con­ciliador. Así el Padre Clet se ha interpuesto para la compra de un terre­no por cierta viuda Sin, pero el asunto está erizado de dificultades, tanto por parte de dicha viuda y de su familia, como por parte de los  vendedores potenciales. Confía el asunto al Padre Song «a fin de que con su prudencia impida… ofendan a Dios…».

El tono de las cartas del Padre Clet a su joven hermano refleja un afecto sincero y profundo. En noviembre de 1807 le escribe: «Estoy suspirando por el instante de reunirme con usted y disfrutar del placer Jo su presencia, de la que me veo privado hace diez meses. Desearía mucho que su salud fuera tan buena como la mía; me entero con pesar de que la multitud de Extremas Unciones le ha fatigado no poco. En efecto, caminar de noche bajo la lluvia, pasar las noches sin dormir…, nada de eso es tan nimio, que no altere una salud delicada como la de usted: le ruego con insistencia que la cuide para gloria de Dios y el bien de nuestras ovejas…».

El Padre Song debe de ser muy hábil con las manos, porque nues­tro viejo misionero le había enviado el reloj para repararlo, y se mues­tra contento de haberlo recibido en buen estado. Le pide «gratifique con un poco del tabaco que le trajeron de Cantón, me complacería, por­que cualquier otro me produce estornudos agotadores«. Los misione­ros utilizaban pues rapé. En la carta siguiente dice que ha recibido una pipa que le mandó su hermano de comunidad, el P. Tchang.

En la carta del 19 de noviembre de 1807, el Padre Clet mani­fiesta a su compañero, que está ahora en la residencia central, su per­plejidad. Teme enviar un correo para buscar dinero a Pekín, «por estar los caminos de China más infestados de ladrones y salteadores cuando son finales del año: lo que me hace temer que los portadores de nues­tro dinero se vean despojados y así vuelvan a casa con las manos vací­as, y tal vez el cuerpo molido a golpes. Una vez más, a ver qué piensa usted… Sabe que me gusta no hacer nada importante sin el parecer de mis hermanos de comunidad, estando yo en situación de consultar­

El Padre Song debe de ser un poco escrupuloso, se cree en la obli­gación de volver a empezar la recitación de su breviario si se ha dis­traído. El Padre Clet le tranquiliza: «la intención y la atención actuales no son de precepto más que al comienzo de una acción cualquiera, que tenga a Dios por objeto. Esta atención actual, teniendo en cuenta la debilidad humana, es moralmente imposible…. Pretender hacer un acto de cierta duración sin distracción, es, creo yo, más bien un efecto de nuestro orgullo que una consecuencia de un deseo verdadero de agra­dar a Dios. Por consiguiente le ordeno que recite el breviario y otras oraciones todo seguido y sin repetir, después de prepararse a estas acciones por un instante de recogimiento en la presencia de Dios… «.

Después de darle buenas razones para barrer sus escrúpulo, el Padre Clet se sirve del argumento de autoridad, porque es así como se debe proceder con los escrupulosos. Por fin sobre las dudas de enviar un correo a Pekín, consulta al Padre Song diciéndole: «así pues, haga acopio de prudencia e indíque­me qué piensa usted… «..

En la carta del 7 de diciembre de 1807, la eventual partida de un correo para Pekín sigue siendo un problema, puesto que los pobres Padres tienen verdaderamente necesidad de dinero. El Padre Clet se plantea vender el excedente de la cosecha de maíz. El Padre Song res­ponde unos días más tarde para tranquilizarle. Prepara la salida de los correos y no será necesario vender grano para ello. Le da algunas explicaciones sobre la decisión que ha tenido que tomar. Es la única carta que tenemos del Padre Song a su superior. Por ella sabemos que los misioneros son propietarios de arrozales y de un terreno que explotan un granjero no muy responsable. En carta de ese mismo mes diciembre, el Padre Clet da su consentimiento para la venta de grano, pero confirma su desconfianza en dicho granjero.

En carta escrita de Lao-Ho-Keú,  el Padre Clet expresa su dolor ante la idea de que el Padre Song vaya a ser llamado a Pekín.  Contaba con él para descargarle de una buena parte del ministerio y del oficio de superior. Él mismo se contentaría con formar a seminaristas, hágase la voluntad de Dios. Ha llegado un correo de Pekín trayendo diversos objetos. El Padre Song ha enviado al Padre Clet ungüento pero no es gran cosa, sólo vale para los callos de los pies.

La carta del 3 de enero de 1808 está escrita a las 11 h. de la noche a la luz de la vela. El Padre Clet tranquiliza a su corresponsal: el contenido de una carta que juzgaba severamente a un joven a quien se había tenido que despedir por su pereza; el Padre Song había creído que se trataba de él: bueno, la cosa no pasó de ahí.

Después de un vacío de 10 meses, se reanuda la correspondencia en noviembre de 1808. En otra carta el Padre Clet le dice: «Deme pronto noticias de usted, de las que me siento ávido», y añade: «Con­sérvese siempre en la piedad; pero siempre recuerde que la verdadera piedad no es escrupulosa…».

Le anuncia la llegada de Pekín de dos hermanos de comunidad, Padres Chen y Ho, y de un hombre de 40 años que ha recibido las órde­nes mayores y cuya formación se encarga de proseguir al viejo misione­ro. Pero ninguna noticia de nuestro caballo europeo; y es que esperan al P. Dumazel, cuyo nombre chino es Ma, que quiere decir caballo.

Al día siguiente de Navidad, 26 de diciembre de 1808, el Padre Clett desconfía de los escrúpulos del Padre Song y le dice: «Sospecho que escrupuliza algo con los cristianos. Tal vez debiera andar un poco más buenamente y francamente en el tribunal de la penitencia). No logrará ciertamente hacer de los chinos cristianos perfectos, trabaje en hacerlos pasablemente buenos, y con los que no pueda lograr hacerlos tales, no se tome demasiadas molestias por su resistencia…».

Se encuentra muy escaso de dinero. Lo poco que tiene servirá para enviar al Padre Chen a misionar al llano, «en 13 días no quedará una sapeca en casa. No veo a nadie que pueda prestarnos, o a quien pueda pedir prestado; los ricos me desagradan demasiado para tener deudas con ellos…».

En esta carta como en las otras, el Padre Clet da su parecer a propósito de matrimonios de cristianos cuyo comportamiento produce escándalos: una mujer, cuando el marido está ausente, recibe en su casa a paganos que cohabitan con ella; ya sería hora de que el marido, que está al servicio del Padre Song, vuelva para poner orden en su casa. Interviene también para dar su parecer a propósito de proyectos de matrimonios que presentan algunas dificultades. Él conoce bien a sus cristianos y sabe con quién se puede contar o no.

La carta n. 38 está escrita en latín, porque se da cuenta de que su compañero no ha comprendido bien su carta en francés. Lejos de repro­charle su negligencia u ociosidad, le recomienda por el contrario mode­rar sus actividades para no alterar su salud. «Nunca me he quejado de que mis colaboradores se dejaban llevar de la ociosidad, sino más bien de que trabajaban demasiado».

Trata a continuación de varios casos de préstamo con interés, de alquiler, de venta de grano, de préstamo gratuito y de esponsales. Sus consejos llevan la marca del buen sentido, pero también de la larga práctica de la enseñanza de la teología moral. Por fin va a usar de su autoridad para obligar a su compañero a tomar descanso. «Le ruego que obedezca al médico, ya que quizá no me ha obedecido a mí. Ahora haga penitencia por el exceso de trabajo: porque el que vive de médi­cos, vive de miseria. No emprenda ningún trabajo hasta que haya reco­brado las fuerzas».

En otra carta, el Padre Clet señala al Padre Song la llegada del Hermano Wang quien será prácticamente el ecónomo de la residencia.

Por el correo Yuen, le envía un poco de dinero y un bote de rapé. Le comunica la curación milagrosa del Padre Dumazel con fecha del 27 de septiembre de 1808. Espera verle llegar pronto.

En junio de 1809,  vuelve a poner en claro el estado de extrema pobreza de la casa: «Aquí somos muy pobres. Hemos recibi­do poco dinero de Pekín; tenemos que construir una casa; tenemos que hacer de continuo un envío de dos hombres a gran distancia…; el gasto de la residencia es grande, los pobres son sin número…: juzgue por ahí nuestro estado de indigencia…».

Le pide también, y eso en repetidas ocasiones, que le envíe cera. Tenemos gran necesidad de velas; como me he enterado, no sé por quién, de que a usted no le faltan, le ruego me mande las que pueda…». Le vuelve a hablar de ello en la carta siguiente.

Las cartas de septiembre y octubre de 1809 piden al Padre que redacte un informe un poco preciso de sus actividades apos­tólicas, como deben hacerlo todos los misioneros, para enviárselo al Vicario Apostólico «según se practica en todos los vicariatos apostóli­cos de China».

Se trata de enviar a dos correos a Setchuen para ir a buscar al Padre Dumazel, y de acoger a un nuevo hermano de comunidad enviado de Pekín. Un joven que piensa consagrarse a Dios es confiado al catequista Quon para que le instruya, pero éste se encuentra muy enfermo.

En noviembre, los correos para Setchuen ya han salido y se espera al Padre Dumazel para marzo de 1810. Se queja de haber edificado, empujado por los cristianos, una casa cuya construc­ción no era necesaria, habría bastado con una cocina, pero ya está construida y el Padre Song se aprovechará de ella. El Padre Clet se siente preocupado por una tierra que está en venta en medio de las tierras de los cristianos, hay que evitar que sea comprada por paganos, que haya que pagar un precio superior a su valor.

En otra carta, el Padre Clet cree que su compañero se ha gasta­do una gruesa suma en el entierro de Lorenzo Yuen, hombre de con­fianza y cuyo hijo sirve a veces de correo a los misioneros. 14.000 denarios es mucho siendo así que 12.000 han sido suficientes para los funerales de 3 misioneros.

El Padre hace luego largas consideraciones sobre la venta de los granos y su justo precio, teniendo en cuenta los gastos de transporte y conservación.

En otra carta trata de un matrimonio secreto, que el Padre Songdeberá hacer público organizando una ceremonia de bendición nupcial.

En la extensa carta del 3 de julio de 1810, el Padre Clet cuenta a su compañero que ha estado a punto de «morir de una fiebre tifoidea que en pocos días me llevó a tal estado, que los médicos desesperaron de mi vida, pero un sudor muy abundante vino tan afortunadamente en su ayuda, que el Padre Ho, a quien yo había enviado a buscar para que me administrara los últimos sacramentos, me encontró al llegar fuera de peligro… «Sólo me queda de esta enfermedad una debilidad y una inflamación de piernas, que no me permite largas caminatas a pie; por ahora sólo puedo hacer 20 0 30 Ly… . Por fin el Padre Dumazel… llegó a nuestro castillo de paja el 3 de la tercera luna de marzo, como esta­ba previsto)… Me parece de una salud muy delicada, y que necesita muchos cuidados. Sin embargo es muy ardiente, y requiere más la brida que las espuelas. Él querría andar siempre a galope tendido; si es detenido en su marcha, se entristece y cae fácilmente en la melancolía. Se lo he advertido…. Sin embargo, pronto se hará con la lengua, ya que habla mucho, y no son los libros los que forman en esta lengua que no tiene gramática…».

Ya se siente muy reconfortado el Padre Clet con la llegada del Padre Dumazel cuyo ardor apostólico no deja de admirarle.

Al Padre Song, que muestra ciertas dotes para la relojería, le dice que ha mandado traer de Cantón un reloj que, a juzgar por el aspecto. le parece bueno, «el mío no contiene las ganas de ir a todo galope, hasta adelantarse al sol dos horas al día …».

Le habla de la necesidad de abrir un colegio en la provincia pues dentro de poco será demasiado tarde: pone al Padre Lamiot en el pro­yecto. Espera verse por fin exonerado del cargo de superior de la misión, pero este deseo no se verá satisfecho.

Reitera por fin su afecto por el Padre Song: «No dejo de pensar todos los días en usted y en su familia…».

El 11 de junio de 1810, el Padre Clet se felicita de ver muy pronto a toda la comunidad de los misioneros reunida. «El Padre Durmazel le saluda con todo el afecto, a la espera impaciente de que tengamos el placer de verle en nuestra residencia, donde nos proponí­amos vernos todos reunidos para pasar el tiempo de los grandes calo­res. El Padre Chen está de vuelta: el Padre Ho llegará de Fang-hien dentro de diez días lo más tarde; yo me recogeré una vez acabada la visita de Chang-pe-yu-keú. ¡Cuánto no aumentaría usted nuestro gozo, si pudiese ser el quinto en nuestra comunidad!… Sí, me he enterado de que estuvo usted indispuesto, pero ignoraba que su enfermedad fuera peligrosa y de larga duración… Me limito a rogarle que vuelva, cuando pueda hacerlo sin daño de su salud«.

El 25 de julio de 1810, dice al Padre Song: «Desde hace algunos días estamos 4 misioneros en la casa, todos los cuales le saludan con gran afecto y suspiran por su regreso, y les apena que su débil salud sea obstáculo a un pronto retorno«.

El Padre Clet pide a su hermano de comunidad que traiga a la resi­dencia central el maletín de misa de que se sirve. «Si vuelve aquí, sin el maletín de misa, se hallará sin este artículo indispensable de un misionero…».

Era un maletín que contenía todo lo necesario para celebrar la misa: los misioneros se sirven todavía hoy de este maletín, análogo al que utilizaban los capellanes militares, durante la guerra. El 7 de septiembre de 1810, el Padre Clet se extraña de que su hermano no haya vuelto aun: «Como no me habla de su salud, presu­mo que está restablecida y de ello me alegro. Habría sido mi deseo pudiese venir a la residencia antes del fin de la 8ª luna, porque si su regreso se atrasa hasta esa fecha, ello va a ser causa de que no encuentre en casa más que al Padre Dumazel… Le diré en voz baja que todo el mundo aquí se extraña mucho de su prolongada ausencia y yo le disculpo por la debilidad de su salud… me imagino que habrá hecho lo que ha podido y debido, pues conozco la delicadeza de su conciencia…».

Casi seis meses más tarde, el Padre Song no ha vuelto todavía a la  residencia central. El Padre Clet le escribe el 12 de febrero de 1811 poniendo como dirección: «Para el enfermo señor Song». Va a poner­le al corriente y a animarle: «Comienzo esta carta a las 11 de la noche, antes de salir mañana para Ma-kia-lu en una hermosa carroza arrastra­da por dos bueyes. Así mientras su salud descansa, la mía se pasea y recorre las vastas planicies de Ho-nan. Y usted, trabaje para recobrar la salud, y someterse en todo a la voluntad de Dios… Desee la salud, pero con moderación y sin impaciencia… Nada mejor que lo que Dios quiere… Se encuentra en Hoang-chan-ya. Deseo que la proximidad de los médicos acelere su mejoría. Yo soy de diferente sentir, cuando estoy enfermo prefiero estar en mi casa que en la de otros. Y si su mal empeora le aconsejo que vaya a nuestra residencia donde encontrará auxilios espirituales que no tendrá ahí».

En la correspondencia que hemos recorrido hasta febrero de 1811, no hemos hallado nada de persecuciones o molestias administrativas, pero en el curso de este año de 1811, el Padre Clet parece temer que sus cartas son interceptadas, por eso usa de medias palabras escribien­do al Padre Son- en diciembre 19 sobre las distintas misiones. Habla de la misión en general como de una empresa comercial. «El mandarín no ha publicado, por ahora, el decreto imperial contra los pastores y sus ovejas. Así que entre nosotros todo sigue su curso ordinario. Sin embargo tenemos nuestros temores; el negocio de Babilonia (se trata de la Misión de Pekín) está que se tambalea. La tienda Occidental (La Iglesia de Sitang) se ha cerrado, los fabricantes (los misioneros) han vendido todo y se han retirado por su propia iniciativa. La tienda Oriental (iglesia de Tongtang) y la Meridional (Iglesia de Nantang) han vendido también todos sus efectivos y los fabricantes están prestos a partir a la primera señal. La tienda Septentrional (Iglesia de Petang) sigue su curso ordinario; sólo ha despedido a uno de sus alumnos por razones de salud, incluso ha enviado algo de dinero para sostener su comercio interior (es decir, la misiones del interior), que sin auxilios apenas habría podido subsistir. Yo le enviaría un pequeño subsidio para sostener su comercio, pero el hambre que reina por aquí hace que los caminos no sean seguros… El comercio de dicho señor Ho no marcha: su tienda cerró hace dos meses. Acabo de escribirle para que si su comercio continúa cerrado, se vuelva a ayudarnos a hacer el nuestro que tampoco anda muy boyante…«.

Desaconseja formalmente al Padre Son- que se exponga a ser dete­nido: «No está obligado a ir a presentarse ante el mandarín inútilmen­te, para fortalecer en la fe a algunos cristianos débiles…. pues apenas habría pronunciado una o dos palabras, cuando sería detenido con gran detrimento del mayor número de sus ovejas privadas con ello de su pastor. Antes bien escóndase, para volver a aparecer en tiempo después…».

El Padre Clet ha sido víctima de habladurías ante el superior de las misiones, el Padre Ghislain en Pekín: le han acusado «de que yo impongo a mis hermanos de comunidad un trabajo por encima de sus fuer­zas, capaz de arruinar la salud más robusta y que no les concedía des­canso alguno…. Pero examino mi conciencia y mee parece que no he tenido nunca la intención de arruinar la salud de mis hermanos con tra­bajos superiores a sus fuerzas. Le ruego pues que cuide de su salud… en China, sobre todo, donde los sacerdotes son raros, es mejor vivir que morir por la gloria de Dios…».

Estos consejos llenos de sabiduría, el P. Clet los aplicará a sí mismo durante la persecución que más tarde le conducirá a su arresto y muerte.

El 6 de septiembre de 1812, el Padre Clet informa su compañero de los comienzos de persecución acontecidos en la región. Ciertos rumores acusaban a los cristianos de querer organizar una revuelta el 15 de agosto. Una intervención ante el mandarín, de un representante de los cristianos y de dos catequistas, demostró que era pura calumnia. Pero el representante de los cristianos recibió sin embargo 50 bofetadas porque no quería renunciar a su fe.

En esta misma carta el Padre Clet dice: «Ya comprende bien que en la crisis en que estamos, todos nos hemos escondido y los efectos de la casa están en lugar seguro… Nosotros estamos bastante bien todos, pienso yo. Durante la cuarta luna tuve una terrible hemorragia que me hizo perder por la nariz al menos cinco libras de sangre. Ya me he repuesto….».

El Padre Clet da consejos prácticos al Padre Song para hacer vino, una cosecha de uva, porque el vino que llega de Europa está casi agotado. «Sin noticias de la Babilonia. Pienso que, si hacia el fin de la… luna no recibimos, habrá que enviarles las nuestras y a la vez cono­cer las suyas y pedirles alguna ayuda de dinero, porque el hambre que se hace sentir por aquí durante 5 ó 6 meses nos ha empobrecido mucho…».

La carta de finales del 1812, cuenta al Padre Song un hecho dramático distinto. Un muchacho falto de honradez, Francisco Lo, estaba al servicio del Padre Chen quien, engañado en un principio, acabó por despedirle. Se presenta al Padre Ho, luego viene a la resi­dencia central. Pronto acaba por quererse hacer dueño de todo, hasta llega a pegar fuego a la casa. El Padre Clet le da 40 taéls para que se marche. El va y se gasta ese dinero con prostitutas en Lao-He-Ku. Entonces, reducido a la mendicidad, vuelve con un compañero de juer­gas, y pretende de nuevo meterse en todo. Amenaza con denunciar a los cristianos. Varios de ellos, 6 ó 7, consiguen apresar al energúmeno y lo llevan maniatado al tribunal de la ciudad. Él continúa con sus ame­nazas, de suerte que, por la noche, según caminan, sus guardianes lo estrangulan y lo entierran. Algunos acusaron al Hermano Wang de esta desaparición, pero es pura calumnia. Además, el percance no trajo con­secuencias, ya que «siendo el occiso de un país muy apartado, nadie se interesa por él y no son de temer consecuencias…».

El Padre da luego su parecer sobre asuntos de herencia, procesos y tasas abusivas en préstamos a interés. Desaconseja al Padre Song, el someterse a un examen que le valdrá un botón, es decir, un título de primer grado en educación. Los gastos serían demasiado elevados.

A pesar de la parsimonia recomendada por el Padre Clet para el uso de los Santos Oleos, la reserva se ha agotado: «No tengo Santos Oleos, a pesar de haberlos pedido tantas veces a los habitantes de Babilonia (Pekín) …».

La última carta dirigida al Padre Song fue escrita en diciembre de 1815, o sea más de dos años y medio después de la penúl­tima.

El Padre Clet envió al Padre Song Santos Oleos. Esta carta ofrece al Padre Clet la oportunidad de hablar de sus hermanos dispersos. El Padre Chen está en Kiang-si, el Padre Tchang en Kiarignan, el Padre Tchin en Honan, y el Padre Song en Chan-Tsing-Hien. Los Padres Ho y Dumazel parecen seguir en el mismo lugar con el Padre C’let. Dice a propósito de ellos: «El Padre Ho no goza de muy buena salud para arreglar el reloj. El Padre Dumazel y el Padre Chen se quejan también de la enfermedad de sus relojes: así que un poco de paciencia. Os enviamos dos botellas de vino, pañuelos, papel de aluminio. Mi plan para ir yo mismo la primavera próxima a casa de Tso-ling a visitarle, y después de algunos días de descanso volver a nuestra residencia. Pero el Padre Dumazel piensa que soy demasiado viejo y demasiado nece­sario aquí para emprender este viaje: es de parecer que le enviemos a nuestro recién llegado el Padre Chen. Nuestros hermanos de comuni­dad presentes, los Padres Dumaziel, Ho, Chen le saludan amigable­mente, y yo en particular, quien le felicita por la cruz que el buen Dios le ha enviado y porque para nuestro consuelo le ha librado de las garras del león que parecía le iba a devorar…».

Esta última frase parece hacer alusión a pruebas, de las que el Padre Song fue víctima, quizás pruebas, de salud, mas puede aludir también un período que le exponía a un comienzo de persecución.

Notas sobre esta correspondencia

El conjunto de estas cartas, conservadas por el Padre Song, cubre un período que va del 10 de junio de 1804 al 28 de diciembre de 1815, o sea algo más de once años.

Los, intervalos entre estas cartas varían desde algunos días a más de dos años. Con toda seguridad, algunas se han perdido, pero su frecuencia dependía también de oportunos correos, que hacían el trayecto de una misión a otra. Con frecuencia un correo traía una carta del Padre, Song, que planteaba a su superior una serie de casos de conciencia. y el mismo correo llevaba luego la respuesta del Padre Clet, manera de actuar nos hace pensar en Moseñor Camus. Joven obispo de Belley, quien mantenía a un criado para llevar hasta Annecy las cartas en las que pedía consejos prácticos al obispo vecino, Fran­cisco de Sales, a quien tenía en veneración. Dicho criado esperaba la respuesta del santo obispo de Ginebra, y se volvía con ella a su amo en Belley.

Aunque no tengamos las cartas del Padre Song, el conjunto de las cartas del Padre Clet nos describe, casi día a día, la vida de la misión con sus preocupaciones apostólicas, la solicitud por la salud de los misioneros, las amenazas de persecución, los casos prácticos en los que el misionero debía jugar el papel de cuasi juez de paz entre los cristianos, los casos de esponsales o de matrimonio en los que las vie­jas costumbres paganas se enfrentaban a las exigencias cristianas, a cuestiones testamentarias, de compras o de préstamos a interés excesi­vo. La larga experiencia teórica del antiguo profesor, y la práctica del viejo misionero, le ayudan a dar respuestas plenas de mesura y de prudencia.

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