2. Sacerdote de la Misión y formador de sacerdotes
Los años de Annecy
Los felices días que Francisco Regis pasó en Valfleury duraron un momento. Regresó a la casa de Lyon, donde debía llegarle una carta del superior general, en la que le daba un destino: le enviaba como profesor al Seminario Mayor de Annecy. Es justo pensar que antes de partir para Annecy, Francisco Regis pudo tomarse el tiempo de ir a CJrenoble, abrazar a sus padres, ver de nuevo a sus familiares y celebrar para ellos siquiera una misa en la parroquia San Luis, y otra en el Carmelo donde estaban como religiosas su hermana Ana y su tía materna.
Annecy y Saboya
Wnecy no estaba lejos de Grenoble, a unos 120 kilómetros. Pero Saboya era tierra extranjera. Formaba parte de un Estado que constaba del reino de Piamonte-Saboya, luego incrementado por el tratado de Utrecht, en 1713, con una parte del Milanesado y con Sicilia, que se canjeó en 1720 por Cerdeña. El conjunto constituía los Estados Sardos, que tenían Turín como capital. Chambéry era tan sólo la capital honoraria. Saboya era francófona, como el valle de Aosta. Pero la gente del campo se expresaba en habla franco-provenzal. Otras regiones de aquellos Estados empleaban dialectos italianos: el sardo el piamontés, el genovés. La ciudad de Annecy no era todavía más que una pequeña población de 4.000 ó 5.000 habitantes, convertida en ciudad residencial del obispo de Ginebra. La ciudad de Ginebra se había pasado entera al protestantismo: rechazando la autoridad de su soberano, el duque de Saboya, había caído bajo la dictadura teocrática del ayatola literal que fue Calvino, y tras él bajo la de sus sucesores. El duque de Saboya había intentado reconquistar Ginebra a los protestantes en la famosa noche de la escalada: la operación fue un fiasco, que todavía celebran hoy los Ginebrinos.
Origen y desarrollo del Seminario
En 1638 el obispo de Ginebra, Justo Guérin, consiguió de san Vicente abrir en Annecy, la ciudad de su residencia, una casa de misiones. Esta fundación fue facilitada por la generosidad de un amigo de san Vicente, el Comendador Brúlart de Sillery. San Vicente envió a cuatro sacerdotes, informando de ello a la Madre Juana de Chantal, superiora de la Visitación de Annecy, con el ruego de que velara por esta fundación. Fue ella quien, para comenzar, puso una casa a disposición de los misioneros. Y suministra a san Vicente el consejo para la buena marcha de la pequeña comunidad. Los Padres Paúles daban misiones en la diócesis. Pero, desde 1641, el obispo impuso a los que se preparaban para el sacerdocio pasar por lo menos el tiempo de unos ejercicios en la casa de los Sacerdotes de la Misión: eran los Ejercicios de los Ordenandos.
A partir de entonces, el superior, Padre Codoing, organizó un seminario propiamente dicho, que fue oficialmente fundado en 1642. Los candidatos al sacerdocio pasaban allí alrededor de un año. Durante ese año eran iniciados en la liturgia, en la administración de los sacramentos y en la práctica de la pastoral: se les ejercitaba en la enseñanza del catecismo y en la predicación, y tornaban parte activa en las misiones. El número de seminaristas era muy modesto en los primeros años: solamente ocho en 1647. Se suponía que habían hecho ya los estudios de teología. El tiempo que pasaban en el seminario se elevó poco a poco hasta los tres años: era la duración normal por la época en que fue allí destinado el Padre Clet.
La vida en el Seminario
En el seminario, alumnos y profesores constituían una comunidad. Comenzaban el día levantándose a las cuatro. Iban luego a la capilla para la oración de la mañana, seguida de media hora de meditación y de la misa. Los seminaristas comulgaban una vez por semana, pues así se entendía la comunión frecuente. Se confesaban también cada semana.
Los seminaristas se iniciaban en la vida espiritual leyendo a los grandes autores, a los Padres de la Iglesia, el Tratado de perfección virtudes cristianas, de Rodríguez, los escritos de santa Teresa, los de Olier sobre el sacerdocio, y desde luego en Saboya, los escritos de san Francisco de Sales, la Introducción a la vida devota y el Tratado del amor de Dios.
Durante el día se reanudaban las clases de teología, bien dictadas por un profesor, bien con ayuda de un manual. Los manuales en uso eran la Suma teológica, o también el Manual de teología pastoral, de Binsfeld; luego los manuales de teología de Tournely, y de Collet, miembro de la Congregación de la Misión. Algunos días se celebraban conferencias con debates sobre casos de conciencia. La Sagrada Escritura se enseñaba en conferencias dictadas el domingo. Los seminaristas acompañados de sus directores participaban los domingos y fiestas en los oficios de la catedral.
Durante las comidas se escuchaba una lectura edificante, o tal vez un ejercicio de predicación. El desayuno era parco: un poco de sopa y pan; las comidas principales, a las 11 y a las 18 horas, eran muy sólidas, con un caldo, pan, carne en cantidad sorprendente (hasta una libra), legumbres secas, ensalada, queso y una fruta. Cada cual tenía delante un cuartillo de vino.
El café había aparecido en el transcurso del siglo, pero su consumo era todavía excepcional. Los locales se calentaban con parsimonia. (yo he llegado a conocer esa calefacción mínima, en el Seminario de Montauban hace 50 años cuando, por ejemplo, no se calentaba el refectorio más que con el calor de los platos); y se alumbraba uno con velas.
El educador de los futuros sacerdotes
Llegado al Seminario de Annecy, le fue encomendada a Francisco Regis la enseñanza de la teología moral. En breves años adquirió tal competencia y tal seguridad de juicio doctrinal, que entre el clero de la diócesis era lo ordinario designarle por el mote afectuoso de «biblioteca viviente». Sabía responder con claridad y prontitud a las dificultades teológicas, o casos de conciencia, que le eran propuestos.
El Padre Clet hubo de reaccionar ante la noticia del escándalo dado al otro extremo de la diócesis de Ginebra por el patriarca de Ferney, el viejo Voltaire, que hizo alarde de acercarse a comulgar el día de Pascua de 1768. Había declarado impúdicamente: «Si tuviera 100.000 hombres, ya sé lo que haría; pero como no los tengo, cumplo con Pascua y edificio a mi pueblo». Otro suceso que causó gran estruendo en los seminarios de Saboya, como también en Francia, fueron las medidas que tomaron los gobiernos europeos de los Borbones contra la Compañía de Jesús, y la supresión de ésta por el papa Clemente XIV en 1773.
La instrucción espiritual impartida por Francisco Regis a sus alumnos no necesitaba en modo alguno de aquella triste comedia, como el viejo patriarca de Ferney la representaba al otro extremo de la diócesis. La diócesis de Ginebra-Annecy podía afortunadamente presentar verdaderos modelos de santidad.
Con sólo seguir las enseñanzas de san Vicente, el Padre Clet podía honrar como él «a nuestro bienaventurado padre. Monseñor de Ginebra». San Vicente recomendaba a los suyos inspirarse en sus ejemplos y en su doctrina. Y es lo que hizo Francisco Regis en esta ciudad, donde era fielmente custodiado por el convento de la Visitación el recuerdo del santo obispo, no menos que el de la fundadora, Madre de Chantal.
Para mejor impregnarse de las enseñanzas de san Francisco de Sales, podemos figurarnos al Padre Clet recorriendo, como lo hemos hecho también nosotros, los sitios mismos en que vivió el santo obispo, los lugares de su infancia y de su juventud estudiosa: Thorens-leCháteau y la iglesia del bautismo; la Roche-sur-Foron, donde efectuó parte de sus estudios; las áreas de su apostolado en Cháblais; el castillo de los Allingesx, al cual se recogía entre dos correrías apostólicas; Thonon y la iglesia de San Hipólito, donde tantas veces predicó y convirtió a tantos protestantes; y por fin las casas que habitó como obispo de Annccy.
Como el santo obispo, nuestro misionero meditaría seguramente a orillas del tranquilo lago de Annecy. Al final de sus días soñaba el buen obispo con retirarse a la ermita de san Germán en las escarpaduras al este del lago, desde donde se contempla Talloires, el lago y su entorno montañoso. Francisco Regis como numerosos habitantes de Annecy y yo mismo, llegó a esta ermita con motivo de la peregrinación tradicional el lunes de Pentecostés.
Durante los quince años pasados en el Seminario de Annecy, el Padre Clet tuvo holgura bastante para impregnarse de las enseñanzas de san Francisco de Sales y poder hablar de ellas a sus seminaristas. Pero hablaba más con el ejemplo que daba. Obsérvese en efecto cómo van a emerger en la vida del futuro misionero. Padre Clet, aquellas virtudes que ya habían señalado en particular la vida de san Francisco de Sales. Es preciso mencionar ante todo la dulzura y la paciencia, que tanto el uno como el otro llevaron hasta la heroicidad. En cuanto a Francisco Regis, causó impresión aún a los propios jueces y guardianes.
La autoridad moral y la doctrina del joven profesor se imponían de año en año, a tal punto que el obispo lo pidió como superior del seminario. Cuando este obispo, Monseñor Biord, muera en 1785, los vicarios generales se dirigirán al Padre Clet para rogarle que pronuncie su elogio fúnebre, con ocasión de unos ejercicios de sacerdotes en el seminario. El nuevo obispo, Monseñor Paget, demostró hacia el superior del seminario la misma confianza que su predecesor, Monseñor Biord.
Papel del Padre Clet en la Congregación
Delegado en la Asamblea General de los Sacerdotes de la Misión
El Padre Jacquier, superior general de los Sacerdotes de la Misión, fallecía en 1788. Debía procederse a la elección de un sucesor, y así se convocó una Asamblea General, que se reuniría ese año mismo, a finales de mayo. A su vez, cada provincia de la Congregación tenía que reunirse, bajo la presidencia del Visitador, acudiendo todos los superiores, más un delegado por cada casa. Era la Asamblea Provincial, que debía formular propuestas y peticiones, para ser llevadas a la Asamblea General por el Visitador, acompañado de un delegado en representación de la provincia. La casa de Annecy pertenecía a la provincia de Lyon, y aunque el Padre Clet no había ido como delegado a su Asamblea Provincial, fue sin embargo elegido por ella para representar a aquella provincia en la Asamblea General de París. Tal era su reputación y la confianza unánime que en él depositaban sus hermanos de la Provincia.
La Asamblea General: 30 de mayo – 15 de junio, 1788
Como los demás delegados, el Padre Clet fue para estar en París el mes de mayo de 1788. La asamblea se abrió el día 30 de ese mes. El Padre Clet, con cuarenta años justos, resultó ser el delegado más joven. Desde un principio, las votaciones para elegir un nuevo superior general se inclinaron hacia un oriundo de Rouergue (hoy Aveyron), el Padre Cayla de la Garde, que era desde hacía poco asistente del Superior General. Antes, en 1774, había sido profesor en el Seminario Mayor de Montauban; luego en Cahors, Rodez y Toulouse. La asamblea celebró su sesión de clausura el 18 de junio de 1788.
Ya se preparaba el Padre Clet a partir para Annecy, cuando es retenido por el nuevo Superior General, que ha advertido su valía. E1 Superior General consulta al Consejo, y nombra al Padre Clet director de Seminario Interno. Todos le habían juzgado digno de formar con su ejemplo y lecciones a los candidatos a la Misión. No regresó, pues, a Annecy, sino que se aprestó al desempeño del nuevo cargo.
En tiempos turbulentos
Los momentos eran confusos, se presentía que iba a estallar alguna conmoción social. El rey Luis XV había querido emprender reformas y con ello limitar los poderes de los parlamentos. Sucedía en 1771, pero el rey murió en 1774 y, ante la oposición encrespada de los parlamentarios y del clero, que hacían valer sus privilegios, Luis XVI anuló las medidas de su abuelo. Sin embargo, eran necesarias medidas en materia de finanzas. El ministro Loménie de Brienne quiso imponer, el 8 de mayo de 1788, la desmembración de los parlamentos, para reducir sus poderes. Hubo una protesta general por parte de los privilegiados, que en Rennes y en Grenoble derivó en revuelta. En esa segunda ciudad tuvo lugar el Día de las tejas, las que sobre los soldados lanzaban los amotinados. Los notables de Grenoble convocaron para el 21 de julio de 1788, en el castillo de Vizille, a los representantes de los tres órdenes (clero, nobleza y clase media) en una asamblea improvisada, que se levantó con fuerza contra el despotismo y la supresión del parlamento, y pidió la convocación de los Estados Generales de la nación.
Brienne, con el consentimiento del rey, convocó los Estados Generales para el primero de mayo de 1789: la Revolución estaba en marcha. En cuanto al clima, el año era desastroso, con incesantes lluvias y tormentas: el precio del trigo subió en picado. Cundían la penuria y el hambre, y se temieron motines, por el caldeamiento de los espíritus.
El Padre Clet Director del Seminario
Fue en medio de esta atmósfera pre-revolucionaria cuando Francisco Regis tomó a su cargo el Seminario Interno de los Sacerdotes de la Misión. Cumplirá con su papel, poco menos que tranquilamente, hasta mediados del año 1789.
Como director del Seminario Interno sucedía al Padre Ferrant, que salió elegido como asistente general. Ejerció la función de maestro espiritual, familiarizando con san Vicente a los jóvenes que le estaban confiados, iniciándoles en las prácticas y costumbres de la Congregación, ayudándoles en su andadura, haciéndoles entrar en contacto con los grandes autores espirituales, en particular san Francisco de Sales. Este oficio, en el que descollaba, no lo desempeñaría por mucho tiempo, pues la tormenta amenazaba y pronto iba a descargar.
Por la época de su destino en el seminario de Annecy, se daba a los seminaristas una formación intelectual y espiritual, como también pastoral, con la participación en las misiones y la colaboración en las parroquias vecinas, a las que eran enviados para ayudar en la catequesis o asistir a los pobres.
Nombrado director del Seminario Interno en París, Francisco Regis aplico una formación idéntica, espiritual, intelectual y pastoral, a los jóvenes que le habían encomendado.
Desde su estancia en Annecy, sabía cómo todos los años partían camino de París jóvenes saboyanos, en busca de algún empleo, así el de deshollinador, criado, recadero, etc. Vivían por centenares, con apenas lo necesario para subsistir». Al objeto de ayudarles fue creada una obra, de la que se ocupó el abate Fenelón, sobrino del arzobispo de Cambrai, el cual organizó una especie de catecumenado, con ejercicios espirituales durante la Cuaresma y el Adviento. Iba también a los muelles del Sena e invitaba a los obreros del transporte fluvial de la madera a reunirse en la parroquia de Saint-Pierre-du-Gros-Caillou. Logró preparar a muchos para la primera comunión. Con él colaboraban los clérigos del alumnado de Misiones Extranjeras de París y los del Espíritu Santo. El Padre Clet, que había dejado algo de su corazón en Saboya, se sintió feliz al saber, por Navidad de 1788, que 119 de estos jóvenes, de edades entre los 14 y los 19 años, debidamente preparados por un catecumenado trienal, iban a hacer la primera comunión el 2 de enero de 1789.
El desastre del 13 de julio de 1789
Generalmente se hace comenzar la Revolución el 14 de julio, día simbólico en el que es tomada la Bastilla. De hecho comenzó la víspera, con el saqueo de San Lázaro. El 12 de julio de 1789 el rey despedía a su ministro, el banquero suizo Necker, lo que provoca la cólera popular. Los depósitos de armas son objeto de pillaje, es asaltado el ayuntamiento, el amotinamiento se adueña de París, aquí y allí se declaran incendios.
La casa de San Lázaro está situada al norte de París. Tiene reservados víveres para mantener a unas 300 personas. Podrá socorrer a 800 pobres, de diciembre a Pascua, y a 200 desde Pascua hasta julio. Ya ha entregado hasta 900 sextarios de trigo a los servicios de aprovisionamiento de París. En la noche del 12 al 13 de julio, hacia las dos y media de la mañana, unos doscientos facinerosos, ayudados por algunos guardias nacionales, arremeten contra la puerta de entrada en San Lázaro, la cual acaba por ceder. Liberan a los pobres locos que cuida la casa, luego van al refectorio, se hacen servir de comer y beber. A ellos se unen unas 4.000 personas del pueblo, que lo invaden todo, se entregan al pillaje, cogen lo que encuentran. Cosas que no pueden llevarse, las parten, desmenuzan o rasgan, y aun rompen o arrancan ventanas y puertas. Arrojan al exterior los 40.000 volúmenes de la biblioteca. Algunos se envenenan con las drogas de la farmacia. Otros invaden la bodega, destrozan las cubas, beben hasta embriagarse, y se ahogan en el vino vertido unos cien de estos desgraciados.
Ni siquiera respetaron la habitación de san Vicente. Quebraron una estatua del santo, le quitaron la cabeza, clavaron ésta en una pica, y con ella izada recorrieron la ciudad. En cambio, transportaron con respeto a la iglesia de San Lorenzo en aquel barrio, un relicario de san Vicente.
San Lázaro incluía un gran cercado, cuya huerta quedó también amasada: los árboles fueron desmochados, degolladas las ovejas, incendiados los establos. Por la tarde, hacia las cinco y media, llegó una milicia burguesa para poner fin a la tormenta y hacer evacuar los lugares. Los moradores de la casa, padres, clérigos y hermanos, tuvieron que huir a escape, sin otra cosa que lo puesto. Uno solo de entre ellos sufrió daños graves. Se refugiaron en casas de sacerdotes amigos o en comunidades. El Superior General buscó asilo, primero, en el Seminario de San Fermín, para más tarde cruzar la frontera y establecerse en Mannheim. El 24 de julio dirigió a toda la Congregación una carta circular por la que informaba de la catástrofe.
Los seminaristas habían tenido que dispersarse, y muchos estaban refugiados en San Fermín, pero apenas les fue posible, e incluso al día siguiente, volvieron en su mayoría a San Lázaro junto a su director, el Padre Clet. Lo mejor que pudieron, procuraron remediar el desastre y reorganizar la vida de seminario. Su director hizo que reflexionaran sobre los acontecimientos, como lo había hecho san Vicente en la pérdida enorme sufrida por la Congregación con motivo de la propiedad de Orsigny..
Pronto regresaba de Mannheim el Padre Cayla y, junto con algunos hermanos de comunidad, intentaba hacer habitable aquel cúmulo de ruinas.
Los sucesos políticos
La vida de la casa de San Lázaro se reorganizó a pesar de las ruinas. Pero los sucesos que agitaban la ciudad de París tuvieron repercusiones dentro de la Congregación. El Padre Cayla fue elegido diputado del clero en la Asamblea Nacional. Había miembros de la Congregación de la Misión con ideas nuevas, uno de los cuales se distinguió: el Padre Lamourette, profesor en el Seminario de Metz y diputado por el clero. En la famosa noche del 4 de agosto de 1789, fue él quien en medio del entusiasmo comunicativo de los diputados, que acababan de votar la abolición de los privilegios, dio la señal de un abrazo general, al que se llamó beso Lamourette. La Congregación de. la Misión debía atravesar todavía muchas pruebas. Sus casas de Francia fueron todas suprimidas. Unos veinte miembros suyos fueron guillotinados o fusilados, o bien murieron en la cárcel, o en las gabarras de Rochefort. Tres de ellos han sido beatificados, Luis José François y Juan Enrique Gruyer, masacrados en el Seminario de San Fermín el 3 de setiembre de 1792, y Pedro Renato Rogue guillotinado en Vannes el 3 de marzo de 1796.
También en Saboya tuvieron consecuencias los sucesos de París. Saboya formaba parte de aquel Estado compuesto cuya designación era Estados Sardos. Los saboyanos, entusiasmados con las noticias que llegaban de París y los ideales de Libertad y de Igualdad, manifestaron deseos de no depender más de Turín. Las tropas francesas penetraron pacíficamente en Saboya, y los delegados de sus 655 comunas pidieron la reintegración a Francia, en una asamblea reunida en Chambéry. Esta unión de Saboya a la República fue aceptada por la Convención el 22 de septiembre de 1792. Pero la política antirreligiosa que hacía estragos en Francia se aplicó también en Saboya. El Seminario de Annecy hubo de arrostrar la dispersión. Sus locales se declararon bienes nacionales y fueron vendidos.







