Capítulo VI: Orientación
Señora, eres tan grande y tanto vales que quien quiera merced y a Ti no acude, quiere su deseo volar sin alas.
Dante (Paraíso, c. 33, 13)
1.— Viaje a Italia
Durante las vacaciones de 1833, hizo Ozanam un viaje a Italia, en compañía de su familia, viaje que contribuyó a afianzar en su espíritu la inclinación hacia la literatura y la historia del catolicismo, muy especialmente la de la Edad Media. Poco habla Ozanam en sus cartas sobre ese viaje, y lo que de él sabemos es debido únicamente a lo que nos cuenta su hermano, el sacerdote, en la biografía que de él hizo.
Sabemos que Ozanam visitó Milán en compañía de su padre y de su hermano Alfonso, que estuvo en la calle de San Pietro a l’Orto, donde él vino al mundo, y que luego visitó la iglesia de Santa María dei Servi y, renovando en las fuentes bautismales de ese templo las promesas que otros allí hicieron por él, dio gracias a Dios por haberlo aceptado por hijo.
Sabemos que en Roma fueron recibidos nuestros viajeros, con especial bondad, por Gregorio XVI.
Todos deseaban ir pronto a Florencia, pero sobre todo Ozanam, quien se sentía arrastrado hacia aquel lugar por un atractivo especial que habría de subyugar al futuro escritor, que encontraba por todas partes la figura de Dante, venerada con un culto que rayaba en apoteosis. Sin duda, fue Florencia la que despertó en su corazón aquella pasión y en su inteligencia aquella luz que había de resplandecer sobre su filosofía, sobre su enseñanza y sobre su vida entera. Y, aun después de su vida, sobre su nombre de escritor y de doctor.
2.— Regreso a París
Al regresar Ozanam a París, emprende con ardor sus estudios que debían coronarse con aquel título de abogado, tan deseado por sus padres… El estudio y la caridad son el anhelo de su vida. Se instala en la calle des Gres, donde vive con Le Taillandier desde que tuvo que devolver su habitación a Jean Jacques Ampère, que había regresado a Francia, sin que por eso se hubiera debilitado el lazo de filial veneración y de profundo agradecimiento que lo unía al gran sabio.
3.— Estudio y caridad
Para Ozanam y Le Taillandier, los dos altos señores, por habitar en un sexto piso, y hermanos en el ideal que perseguían, quedó señalado el año 1834-1835 por el rápido desenvolvimiento de la Obra en París. Ya para 1834, empezaba a derramarse hacia afuera el perfume de caridad que de ella se escapaba.
Por este tiempo, pidió uno de los administradores de la Caja de Beneficiencia del Distrito XII el concurso le la Sociedad para la visita a domicilio de los indigentes, concurso que le fue otorgado con plena generosidad. El 1 de febrero de 1834 tomó posesión la Sociedad de ese servicio, que continuó practicando durante los años siguientes.
4-5. — San Vicente de Paul, Patrono de la Obra de caridad. La Santísima Virgen propuesta por Ozanam para Patrona especial de la Sociedad
También en esos días, el 4 de febrero de 1834, se empezó a agregar después de la oración acostumbrada en cada sesión, la invocación: «San Vicente de Paúl, ruega por nosotros». En esta misma sesión, se declaró a este santo Patrono de la Obra, y se fijó como fiesta principal de la misma la fiesta del 19 de julio. Todo esto se hizo a propuesta de le Prevost. Ozanam, a su vez, propuso y obtuvo ese mismo día que fuese declarada la Santísima Virgen Patrona especial de la Sociedad y por eso, desde entonces, se agregó el Avemaría a las preces habituales de las reuniones. Se decidió también, por indicación de Ozanam, que las Conferencias celebrarían todos los años, con gran devoción, alguna fiesta de la Santísima Virgen.
El 12 de abril de ese mismo año 1834, se reunieron los miembros de la Sociedad en la capilla de los Lazaristas, rue de Sèvres, para venerar las reliquias de San Vicente de Paúl, reliquias que acababan de ser reintegradas a dicha capilla, después de haber pasado cuatro años escondidas en el colegio de Roye, en Picardía, donde estuvieron ocultas desde la revolución de julio.
El culto al «padre de la Patria», como lo apellidó su siglo, crecía cada día más en aquellos corazones juveniles. Así, el 19 de julio de ese año, decidieron algunos jóvenes, con Ozanam a la cabeza, celebrar la fiesta del Santo en la modesta parroquia de Clichy, la cual había sido atendida por el Padre Vincent el año 1612. Los celosos cultivadores de la caridad no se consideraban ya solamente como feligreses espirituales del Santo, no. Se sentían sus herederos, sus hijos. Y con ese título reclamaron el honor de llevar sobre sus hombros, durante la procesión del día de la fiesta, las reliquias del Santo.
«Creedlo bien —escribió Ozanam poco después—, no fue San Vicente de Paúl de los que construyeron sobre la arena. Ni tampoco para dos días. Las grandes almas que se acercan a Dios adquieren en esa compañía una mirada que se adelanta a su tiempo. No dudemos, por lo tanto, de que San Vicente de Paúl tuviese una visión anticipada de los males y de las necesidades de nuestros días. El no cesa de proveer a esas necesidades y, como todos los grandes fundadores, cuenta con su posteridad espiritual, siempre viva y siempre activa en medio de las ruinas del pasado.»
Resumiendo, al fin, su pensamiento en cuatro palabras, declara Ozanam que un patrono es un ideal que es preciso proponerse, un tipo superior que es preciso realizar, una vida que es preciso continuar, un modelo para la tierra y un protector para el Cielo.
Sin embargo, no creamos que, en medio de esas alturas donde habitaba su pensamiento y donde estaba colocado su corazón, faltaban a Ozanam sus horas de desaliento. Horas que no debemos callar, ya que nos proponemos estudiar la historia de su alma.
Veamos cómo desahoga su pena en el corazón de su madre, en carta del 16 de mayo de 1834:
6.— Ansiedad y sacrificio
«A medida que avanzamos en edad y que vemos el mundo más de cerca, vamos descubriendo, a cada paso, una amarga hostilidad que obstaculiza toda idea y que se empeña en destrozar los ideales que nos son más queridos. Al tratar con mayor intimidad a los hombres, quedamos tristemente convencidos de que sólo reina entre ellos el orgullo y el egoísmo. Sí, se encuentra tan sólo orgullo en los sabios, fatuidad en los mundanos y vicio en el pueblo. Ante semejante espectáculo, mil veces más doloroso para aquél que tuvo la dicha de crecer en medio de una familia generosa y pura, el corazón se oprime por el asco y se rebela por la indignación. Entonces quisiéramos tan sólo murmurar y maldecir. Pero el Evangelio nos prohíbe esto y, por el contrario, por él tenemos que consagrarnos con abnegación al servicio de una sociedad que nos rechaza y desprecia.»
Sí; abnegación y acción en vez de murmuración y maldición. Tal fue, en realidad, la resolución de aquella vida. Al escribir esa carta, acababa Ozanam de alcanzar su mayor edad ante la Iglesia y ante el Estado. Ya no es un muchacho. Ya es un hombre y, como tal, reconoce todos sus deberes, y desea cumplirlos. «Ya tengo veintiún años —dice en la misma carta a su madre—, y por lo tanto empieza para mí la obligación de ayunar. Mañana mismo tendré que cumplir con el precepto que me manda la Iglesia. Pero, ¿no tendré ahora también mayor obligación de sufrir con Ella y de combatir por Ella?»
Convencido de sus deberes, y con el Evangelio en la mano, que le señalaba el deber de buscar operarios para esas dos mieses inmensas que tenía ante los ojos: los jóvenes y los pobres, se apartaba Ozanam de la murmuración que todo lo esteriliza, para poner manos a la obra,
Contaba ahora la Sociedad de San Vicente con una nueva leva de reclutas, algunos de entre ellos muy notables, como Henry Wallon, quien fue, años más tarde, decano del Senado y fue también secretario perpetuo de la Academia de Inscripciones. Y también Theodore Henry Martin, que había de llegar a ser decano de la Facultad de Letras, en Rennes. Gracias a ese aumento de socios, pudieron nuestros heroicos campeones no interrumpir la visita a los pobres durante el verano, a pesar de la dispersión ocasionada por los fuertes calores. Ozanam observaba, con mucha precisión, que la pobreza nunca sale de vacaciones. El vacío de los que se ausentaban se vio suplido, desde entonces, por abnegados sustitutos, distinguiéndose entre todos, por su celo y caridad, L. Le Prevost.
7.— Conducta observada por Ozanam en el templo
A medida que la Sociedad crecía y adquiría mayor importancia, se aumentaba también en Ozanam la luz con que el Espíritu Santo parecía colmarlo para el feliz desarrollo de su plan. Pero es que Ozanam sabía invocar y recibir las luces de lo alto. Ya sabemos cómo, a pesar de sus fuertes estudios y de sus numerosas ocupaciones, encontró siempre tiempo largo para dedicarlo a la meditación. Ozanam fue hombre de oración. De verdadera oración que no necesita traducirse al exterior ni por espasmos ni por contorsiones, que no necesita exhibirse por todas las naves del templo, cayendo trágicamente de rodillas ante cada altar. No. Su oración era humilde y reposada, teniendo por único fin el levantar su espíritu de la tierra y unirlo íntimamente a Dios. El templo era para él la casa del Señor, donde se va a rendir gracias y a implorar misericordia. No era el teatro de mercaderes, donde se va a conseguir prerrogativas, utilizadas luego en menospreciar al prójimo.
Sí. Ozanam rogó mucho y Dios no le regateó sus dones. Resplandece en su Obra la luz del Espíritu divino que lo guía, como guió siempre a los fundadores de los Institutos religiosos de la Iglesia. Dirigido por esa luz divina, supo comprender Ozanam la necesidad de la Obra de beneficencia, cuya eficacia debía manifestarse no sólo en la miseria remediada, sino también en la santificación personal de los cofrades. Y no detenerse aquí. Preciso era que fuese el pan material el medio con que los miembros de las Conferencias, ya santificados, lograsen introducirse en el hogar del pobre para, sin descuidar las necesidades materiales, abrir paso a Jesucristo y a su ley, moralizando y cristianizando esos mismos hogares.
Y Ozanam no se cansa de repetirlo sin cesar: El quiere que entiendan bien todos sus compañeros que, si la Sociedad se ocupa y debe ocuparse de proveer a la asistencia del cuerpo, el fin primordial que se persigue es la asistencia espiritual, es la salvación del alma. La limosna ha de ser la llave que abra la puerta a la verdad y a la gracia.
Se solía valer con frecuencia de una parábola del Evangelio, la del buen Samaritano, para explicar la misión de ese apostolado seglar ejercido sobre las masas populares, sobre esos pobres seres heridos, despojados de todo bien y abandonados, casi agonizantes, por los ladrones y malhechores, ya que no son otra cosa los asesinos de sus almas… «Nos toca a nosotros — decía él—, profanos samaritanos, nos toca a nosotros la misión de acercamos a ese gran enfermo que es el pueblo. No titubeemos. Tal vez nosotros seremos recibidos con menos prejuicios. Tal vez nuestra presencia infundirá menos temor. Tratemos de vendar esas llagas y de derramar en ellas un poco de aceite. Susurremos en sus oídos palabras de consuelo y de paz y tal vez cuando nos hayan comprendido, podremos dejarles entre las manos de aquellos destinados por Dios para ser médicos y guías de las almas. De aquéllos que, al nutrir nuestro espíritu con la enseñanza divina, nos dan al mismo tiempo la esperanza de un mundo mejor.»
8.— El pobre, imagen visible de Jesucristo
Ozanam volaba aún más alto. Por encima de la consideración moral y eterna conseguida por la práctica de la caridad, por encima de la consideración de esa misma caridad ejercida eficazmente tanto en el alma como en el cuerpo del pobre menesteroso, por encima de todo eso, tenía él la visión sobrenatural de Jesucristo, hecho pobre por nuestro amor y viviendo entre nosotros en la persona del pobre. Esto es propiamente la virtud teologal de la caridad, dirigida a su objeto divino.
En esos días se encontraba en Italia el célebre pintor lionés Luis Janmot, compañero de infancia y de Primera Comunión de Ozanam. Leamos lo que a este amigo escribía Ozanam, refiriéndose a la ciudad de Asís: «Y nosotros, amigo mío, ¿no haremos nada para imitar a esos santos que tanto admiramos?… ¿Nos contentaremos con gemir sobre la esterilidad de nuestra hora presente, cuando en cada uno de nosotros late el germen de la santidad, germen que podría convertirse en realidad con sólo un esfuerzo de nuestra voluntad?… Si nosotros no sabemos amar a Dios como le amaron los santos es porque siendo nuestra fe tan débil, nos es dado ver a Dios tan sólo con los ojos de la fe. Pero los hombres, los pobres, los tenemos ante la vista y los podemos ver con nuestros ojos de carne. Con nuestras manos podemos tocar sus llagas; son visibles sobre sus frentes la corona de espinas. Aquí no hay lugar a dudas. No hay sitio para la incredulidad. Deberíamos caer de hinojos a sus pies y decirles: «Señor mío y Dios mío». Vosotros sois nuestros señores y nosotros somos vuestros esclavos. Vosotros sois la imagen visible de Dios que no podemos ver, pero a quien sí podemos probar nuestro amor, amándoos a vosotros.»
9.— Amar al pobre hasta el martirio
Mas, ¿hasta qué punto será preciso amar a Jesucristo en la persona del pobre?… Ozanam lo sabe y nos lo dice. Nos dice que debemos amar al pobre hasta el sacrificio. Amarlo hasta probar ese amor con aquel testimonio sublime del amor que él llama con su propio nombre cuando nos dice «que debemos amarlo hasta el martirio».
«La tierra se ha enfriado —decía él—. Nos toca a nosotros, los católicos, reanimar ese fuego vital que se apaga. Nos toca revivir la era de los mártires, ya que hay un martirio posible para todos los cristianos: ser mártir es dar la vida por Dios y por sus hermanos. Es dar su vida en sacrificio, sea un sacrificio rápido como el del holocausto, sea en un sacrificio lento que humee día y noche como humean los perfumes sobre el altar. Ser mártir es devolver al Cielo lo que del Cielo se recibió: su oro, su sangre, su alma entera. En las manos tenemos esa ofrenda. Es un sacrificio que nos es dado hacer. Nos toca tan sólo escoger el altar ante el cual habremos de colocar nuestro don. Escoger la divinidad a la cual habremos de consagrar nuestra juventud y los años que la sigan… ¿A qué templo dirigiremos nuestros pasos?… ¿Nos detendremos ante el dios del egoísmo?… ¿O caeremos ante el Santuario donde reposa el Dios de la humildad?» ¡Apóstol! ¡Mártir! Tal fue su sueño. Sueño que podemos llamar realidad, ya que él logró realizar plenamente todos esos desees dichos y escritos por él a la edad de veintiún años. Ya que él dio a su Dios y a sus pobres todo cuanto poseía: sus fuerzas, su salud, su sangre; ¡su vida, antes de haberla vivido!… ¿no le concederemos el título de mártir al que se inmoló así, a conciencia y voluntariamente, por la realización de su ideal sublime?… ¿Y nos asombraremos si, a medida que profundizamos más hondamente en el estudio de esta alma, obligados a subir cada vez más arriba, terminamos por encontrar en ella la revelación del alma de un santo?







