Capítulo I: Primeros años
Los antepasados. La familia. El colegio. La crisis de la duda.
1813-1829
Federico Ozanam nació el 23 de abril de 1813, en Milán, entonces ciudad francesa, de padres franceses, de vieja cepa, y cristianos de antigua fe.
Su padre, Juan Antonio Francisco Ozanam, nacido en Chala-mont, cerca de Trévoux, era todo un carácter. Se mostraba en esto digno hijo de Benito Ozanam, uno de los doce castellanos de Dombes y de Isabel Baudin, descendiente de la familia de La Condamine y de la antigua casa de Saillans, cuyo último vástago pereció, en 1792, a la cabeza de veinte mil hombres, en el movimiento monarquista del campamento de Jalès.
Después de serios estudios clásicos en el colegio de los oratorianos de Lyon, a los veinte años de edad, en 1793, Juan Antonio se alistó en el regimiento de los húsares llamados de Berchiny, en que se hizo notar, bajo el mando del general Bonaparte, en las batallas de Millesimos, Mondovi, Pavía, Lodi, Castiglione, Arcole y Rivoli, de las cuales volvió con cinco heridas y el diploma de capitán, a la edad de veinticinco años. Se cita de él una misión afortunada y hábil de parlamentario ante el general Suvaroff ; la captura que hizo de un general napolitano, el príncipe de la. Cattolica, que llevó prisionero a Bolonia, y la toma del estandarte de los hulanes de Kraskinski, que presentó a Bonaparte de quien logró atraer sobre él una mirada de estimación y de confianza y a quien permaneció fiel.
Ese soldado era un hijo de una intrépida abnegación. En los días del Terror, iba una vez con su regimiento desde Bourg, su guarnición en Viena, provincia del Delfinado, cuando, en la etapa de Meximieux, habiéndose apartádo un poco para ir a abrazar a su madre en Chalamont, la encontró consternada y anegada en lágrimas. Acababan de denunciar a su marido, quien había sido aprehendido y encerrado en la cárcel de Ambronay, cerca de Ambérieu, para ser enviado desde allí probablemente al cadalso. Llevando con él dos húsares bien armados, Juan Antonio sube a caballo, corre a Bourg donde sabía que el Comité de vigilancia celebraba una sesión, penetra por la fuerza en la sala, y, pistola en mano, ordena a la mesa directiva que firme una orden de liberación que se lleva. Luego, a todo escape huye a caballo para escapar a la persecución de los gendarmes que el comité, recobrándose de su sorpresa, había lanzado tras él. Sólo tuvo tiempo de correr a consolar de paso a su madre, para volver inmediatamente a ingresar en el regimiento donde, por extraño que parezca, nadie había advertido su ausencia.
Joven, rico, apuesto, amable, ingenioso, amigo de la sociedad y de una inalterable alegría, ese oficial de porvenir abandonó el servicio cuando se fundó el Imperio, para casarse en Lyon con María Nantas, hija de un rico negociante, con quien vino a establecer el mismo comercio en París. Allí prosperaba, cuando una imprudencia demasiado caballerosa lo hizo comprometer su firma en favor de un pariente insolvente que lo arrastró en su ruina. No había más remedio que volver a tomar la espada. Tenía en París antiguos compañeros de armas que hablaron de él al vencedor de Arcola que se había convertido en emperador de los franceses: se ofreció un diploma de capitán en la guardia imperial al antiguo y brillante oficial de los húsares. Juan Antonio, que no era partidario del imperio, dio las gracias; pero rehusó, prefiriendo a ese alto favor y a esa brillante perspectiva el honor de la fidelidad a sus convicciones.
Como no quería deber nada sino a su trabajo, se trasladó a Milán, llevó allí a su joven familia, y, a la par que daba clases, emprendió y terminó el estudio de la medicina, por la cual sentía vocación. Relataba cómo iba pobremente a pie cada trimestre de Milán a París para sus exámenes. Le bastaron dos años para pasarlos todos con distinción y merecer el diploma de doctor, que no tardó, por lo demás, en justificar de sobra mediante un trabajo en italiano que lo puso en relación científica con los maestros de entonces, el conde Moscati, Locatelli, Scarpa, que sintieron por él particular estimación1.
Lo encontramos ejerciendo valiente y generosamente su arte en 1813, con el título de médico del hospital militar de Milán, espantosamente asolado por una epidemia de tifo. Habiendo sucumbido los dos primeros médicos a esa plaga, Ozanam, su colega, permaneció solo en el puesto del peligro para substituirlos en la cabecera de los enfermos que se sucedían à centenares. Era día de • batalla. El Mayor permaneció sobre la brecha hasta que el terrible enemigo se batió en retirada. Napoleón, soberano de Lombardía, le envió la condecoración de la Corona de Hierro.
El Cielo le concedió una recompensa más alta. Ese mismo año de 1813 nació su hijo Antonio Federico, el quinto vástago de una familia que había de contar catorce.
Un día veremos a ese hijo escribir lo siguiente : «Al pasar por las revoluciones, por los campamentos, por las adversidades, mi padre había conservado una ardiente fe, un noble carácter, un gran sentimiento de la justicia, una incansable caridad para los pobres. Amaba las ciencias, las artes, el trabajo. Nos inspiraba el gusto de lo grande y de lo bello».
Tal es, en unas cuantas frases, la herencia intelectual, moral y religiosa que Ozanam había recibido de su padre. Es un grandísimo adelanto en el camino de la virtud encontrar en él la huella de aquellos de la misma sangre y del mismo nombre que han pasado por él antes de nosotros, como exploradores o promotores.
No es menor la herencia de ejemplos y recuerdos que le transmitió su madre.
Nacida el 18 de julio de 1781, María Nantas tenía recuerdos de infancia que la llevaban a los horrores del sitio de Lyon, en 1793, durante el cual ella y sus hermànas habían vivido refugiadas en sótanos. Había visto a su padre, un notable de la ciudad, negociante en seda, administrador del Hôtel-Dieu, nombrado alférez de su barrio, dedicar sus días y sus noches a la defensa de la muralla fortificada. Cuando tomaron la ciudad, había visto a su hermano Juan Bautista, que contaba apenas dieciocho años de edad, ametrallado en Brotteaux, con la flor de la juventud lionesa. Su padre y su madre sólo huyendo escaparon al cadalso. Encontraron un refugio para ellos y sus hijos en Suiza, en el cantón de Vaud, en Echallens, entre los dos hermosos lagos de Ginebra y de Neufchatel, a donde los acompañó un tío viejo, que había sido prior de la cartuja de Premol. María recordaba que allí, en una pobre iglesia compartida por católicos y protestantes, había hecho su inolvidable primera comunión. Habiendo regresado a Lyon con la paz y la seguridad, la familia no recuperó sus bienes, pero sí su rango en la ciudad; y el señor Nantas fue de los que, en 1798, acogieron al general Bonaparte que desde allí iba a tomar, en Tolón, el mando de la expedición de Egipto.
Madurada en esa ruda escuela, la de la mujer fuerte, la joven señora Ozanam, después de los desastres de su marido, no había cejado un solo instante ante la faz austera de los agobios domésticos, ni del trabajo manual que le imponía el fardo de la creciente familia y el ejemplo del hombre valiente que, en ese milanés remoto, hacía frente a todas las labores para iniciar, a los treinta y seis años de edad, una nueva carrera. En 1815, después de la entrada de los austriacos en Milán, el orgulloso francés, no queriendo vivir ni educar a sus hijos bajo una dominaèión extranjera, volvió con su familia a Lyon. Mas allí también, la lucha por la existencia fue dura para el médico improvisado e ignorado; más dura aún para la madre de catorce hijos, de los cuales once murieron jóvenes o en temprana edad, ante sus ojos.
No los lloró como los que no tienen esperanza. A cada separación, sus ojos. arrasados en lágrimas se alzaban al ciclo. Federico lo recordará más tarde y escribirá: «¡Cuántas veces vi llorar entonces a mi padre y a mi madre, pues, de catorce hijos, el cielo sólo les dejó tres! Pero ¡. cuántas veces también esos tres supervivientes, en sus penas, en sus peligros, contaron con los hermanos y hermanas que tenían entre los ángeles! ¡ Ah! también éstos son de la familia; nos recuerdan su existencia, ya sea por medio de iluminaciones o de auxilios inesperados. ¡ Dichosas las casas que tienen así la mitad de sus miembros en las alturas del cielo para formar una cadena y extender la mano a quienes viven en la tierra!»
Mencionemos sin tardanza, al lado de la señora de Ozanam, a una admirable sirvienta, Guigui (María Cruziat) , que entró casi niña al servicio de los abuelos, de una probidad a toda prueba, de una economía fabulosa; buen caletre y corazón de una generosa abnegación, que, en aquellos años difíciles, insistía en añadir su óbolo a los modestos ingresos de sus queridos amos.
Llegaron, en fin, mejores días. El doctor se había dado ya a conocer por sus Memorias y sus publicaciones médicas, cuando, habiéndose abierto un concurso para el puesto muy codiciado de médico del Hôtel-Dieu, ganó en él el primer lugar. La Academia Real de Ciencias de Lyon coronó sus trabajos y después le abrió sus puertas. Vemos que, después de 1830, envía artículos a la Revue des Deux-Mondes, en tanto que el cuerpo médico por entero se honraba con su nombre.
Por lo demás, no era la primera vez que ese nombre de Ozanam se pronunciaba en la alta región de las sociedades sabias de esa ciudad. Lyon colocaba precisamente entre sus ilustraciones científicas del siglo XVII a un tal Jacques Ozanam que, llegado a la ciudad a los veinte años de edad, allá por los años de 1650, había enseñado las matemáticas con un brillo tal, que 10 años después, un hombre como d’Aguesseau lo llamó a París para que participara en los trabajos de la Academia de Ciencias y ocupara una cátedra de matemáticas superiores en la Universidad. Voló muy alto y muy lejos en su enseñanza y en sus libros. Fontenelle pronunció el Elogio del «célebre matemático». Sobre todo, ese tío bisabuelo de Federico fue eminentemente un sabio cristiano : «Quiero —había escrito— que mi física sea una física cristiana y que conduzca a Dios». Más cristiano aún en su vida que en sus libros, bueno, sencillo, desinteresado, caritativo, padre dé doce hijos tan religiosos como él, inviolablemente apegado a su fe, respondía ingeniosamente a los jansenistas y más tarde a los enciclopedistas que lo rodeaban: «Corresponde a los doctores de la Sorbona discutir, al Papa juzgar y a los matemáticos ir al Paraíso por la perpendicular».
En fin, si hay que creer ciertas tradiciones y ciertos documentos familiares, habría que colocar más lejos aún esa herencia de fe. En ellos cuentan que, a principios del siglo VII, el Arzobispo de Viena, San Didier, huyendo de la persecución de la reina Brunehaut, encontró asilo en casa de un rico judío de Dombes, Samuel Hosannam, en el burgo de Boulignieux, del cual era Señor. Didier aprovechó la ocasión para predicarle el Evangelio. Lo hizo tan bien que tuvo la suerte de convertirlo, junto con su numerosa familia. Poco después el Obispo fue martirizado, no lejos de allí. Pero el sello del bautismo permaneció indeleble en la frente de la larga estirpe de su neófito, su antepasado en la fe.
A ese patrimonio de servicios y méritos, el doctor Ozanam añadía la aportación cristianísima de su gran caridad para los desgraciados. Lyon todavía lo recuerda : «A la instrucción más sólida —declara un lionés— el médico unía la más admirable abnegación. Visitaba gratuitamente cuando menos a una tercera parte de su clientela. Su profesión era un verdadero ministerio de beneficencia. A los pobres que visitaba no sólo les daba la limosna de sus servicios, sino también de su corazón, esforzándose por consolarlos de sus males. Tenía para ellos algo más que compasión, una verdadera religión, considerando en ellos la persona de su Dios. Se le ha visto aun arrodillarse al pie de la cama de un desgraciado, e invocar con él la asistencia del Médico Divino». Le estaba reservado, como lo diremos más tarde, morir en el ejercicio de un ministerio tan cristianamente comprendido.
En tales condiciones del más honorable desprendimiento, el ejercicio de la medicina no enriquece a quien la practica. Sin embargo, le procuró una situación de mediana holgura que su hijo habrá de declarar más sana, más libre, más conforme y favorable a la vida de dignidad y de virtud, de la cual dice : «¡ Doy gracias a Dios de haberme hecho nacer en una de esas posiciones medias, en los linderos de la pobreza y de la holgura, que acostumbran a las privaciones, sin dejar ignorar totalmente los placeres permitidos; en que no puede uno adormecerse en las satisfacciones de todos sus deseos, pero en que no está uno constantemente distraído por los apremios de la necesidad».
Luego esta humilde reflexión sobre sí mismo, y esta acción de gracias : «i Dios sabe, con la debilidad natural de mi carácter, qué peligros hubieran tenido para mí la molicie de las clases ricas o la abyección de las clases menesterosas!»
Federico había nacido enclenque. A los seis años de edad, por poco muere de una fiebre tifoidea : «Mis buenos padres —recuerda— no se apartaron de mi cabecera durante quince días y quince noches. Todo el mundo creyó que había salido del trance por un milagro». Ese milagro, lo atribuían a San Francisco Re-gis, Apóstol del Vivarais, a quien dirigían ardientes oraciones en esas veladas y cuyo monumento veneraban en la iglesia de San Policarpio, en Lyon.
En una carta a un compañero de colegio, el señor Materne, del 5 de abril de 1830, Ozanam traza de sí mismo niño el siguiente retrato, poco halagador : «Nunca fui más malvado que a la edad de ocho años. Me había vuelto terco, irascible, desobediente. Si me castigaban, me rebelaba contra el castigo. Escribía cartas a mi madre para quejarme; era perezoso, en sumo grado. No hay travesuras que no se me hayan ocurrido. Y sin embargo un buenísimo padre, una buenísima madre y una dulcísima hermana eran los encargados de mi educación». Simétricamente a ese retrato, casi en contraste con él, tenemos éste, de la mano de su hermano mayor, el Padre Alfonso Ozanam que fue su biógrafo:
«Federico era un niño irritable, es cierto, de voluntad tenaz, de suma sensibilidad e impresionabilidad; pero tierno con los pequeños, compasivo para todo sufrimiento, de una pureza angelical que se espantaba de una sombra, impecablemente sincero, intratable para todo mal, entusiasta para todo bien». Y cita varios rasgos de ello.
Federico no tardó en entrar en contacto con los pobres, los de su padre y los de su madre. La señora Ozanam dirigió casi toda su vida una asociación de obreras, La Veladora, formada para ir por turno a velar en la cabecera de enfermos menesterosos. Hacia el fin de su vida, los dos esposos ya viejos se comprometieron entre sí a no subir arriba del cuarto piso en sus duras ascensiones de caridad. Mas poco después, ocurrió que uno y otro se sorprendieron en flagrante delito de contravención en el umbral de una pobre buhardilla, bajo los techos. Un día, había de costarle la vida al valiente doctor. Durante veinte años, Federico tuvo esos ejemplos ante los ojos.
Su educación cristiana fue principalmente la obra de su excelente e inteligente madre. Dirá de ella, ante Dios: «En su regazo aprendí a terneros, Señor, y en su mirada, a amaros». Preparada por las pruebas a todos los sacrificios, estaba a la altura de todos sus deberes de familia y de sociedad, rodeada del prestigio de su suave autoridad, que hacía de ella «la mejor obedecida como la más adorada de las madres», y por el de una inteligencia distinguida y cultivada que la elevaba por encima del común de las mujeres de su rango. Hablaba y escribía bien, dibujaba agradablemente, era aficionada a las letras y a la poesía y hacía en ellas sus ensayos en pequeñas piezas de circunstancia, bonitamente escritas y recitadas aún mejor. No había buena fiesta de familia sin una alegre canción de esa amable madre.
Federico quiere que, en la obra de su educación, al lado de su madre se conceda un lugar a su joven hermana Elisa, la primogénita de la familia, de quien dieciocho años después escribía conmovido a un amigo: «Tenía una hermana, muy querida, que me instruía junto con mi madre; y sus lecciones eran tan dulces, tan bien presentadas, tan adecuadas a mi inteligencia infantil que en ellas encontraba yo un verdadero placer». —»He aquí como se ha dicho —explica— que siendo niño era yo muy suave y muy dócil; y se atribuía esto a la debilidad de mi temperamento; pero la influencia de mi hermana es otra causa mejor. Tenía yo siete años de edad cuando mi hermana, mi buena hermana, murió. Tenía ella diecinueve. ¡ Qué pena fue para mí!»
Más tarde aún, casi al final de su brevísima carrera, en una de sus clases en la Sorbona, un día Ozanam evocará el recuerdo transfigurado de esa madre y de esa hermana; y con una voz debilitada ya por el sufrimiento dirá melancólicamente: «Señores, por amplio que sea este mundo, resulta demasiado pequeño para nosotros. Es demasiado pequeño para nuestros deseos y nuestras esperanzas, sobre todo si pronto no nos dará más que seis pies de tierra. Es demasiado reducido para nuestros recuerdos también, sobre todo si tuvimos una madre que amó a los pobres, que nos amó, que se desvivió con su ternura para hacer de nosotros hombres de bien; si tuvimos una hermana que abandonó la tierra antes de haber conocido otro amor que el amor de Dios. Entonces ¿no debemos colocar a esas personas amadas en un mundo mejor que éste? ¿No debemos creer que nos asisten, cuando una feliz inspiración viene a visitarnos? ¿Y si tratamos de recordar esas queridas imágenes, acaso no realzamos con nuevas bellezas esas facciones encantadoras y amadas, para no ver en ellas nada que no sea perfecto e inmortal, añadiendo en tal forma nosotros mismos un nuevo capítulo a la historia de los santos?»
A los nueve años de edad, Federico, preparado por su padre, estaba lo bastante instruído para ingresar en quinto año en el colegio real de Lyon que dirigía entonces un sacerdote: «Allí —refiere él mismo— poco a poco fui mejorando. La emulación triunfó de mi pereza. Quería mucho a mis maestros: estudié ‘con ardor. Obtuve éxitos que me alentaron y confieso que me inspiraron cierto orgullo. Pero había cambiado mucho desde mi ingreso al colegio. Sin embargo, me enfermé; y tuve entonces que ir a pasar un mes en el campo. Trabajé un poco menos,en el sexto año; pero en el siguiente recobré mi ánimo: fue el año de mi primera comunión».
Ozanam lo saluda con esta exclamación: «¡ Oh día dichoso! ¡ Que mi lengua se ponga rígida en mi paladar, si algún día te olvido! Observaron mi cambio. Me había vuelto modesto, dócil; pero seguía siendo orgulloso e irritable».
A los trece años, en la cuaresma de 1826, las conferencias sustentadas en el colegio por un célebre misionero parecen haber impresionado profundamente a esa joven conciencia. Sus apuntes sobre la misión llevan en la última página la siguiente frase que es para él su culminación: «Jóvenes, al prepararon aquí a ser toda la vida buenos cristianos, estaréis dispuestos para ser un día buenos ciudadanos, y para desempeñar con honor la carrera en que habréis de servir a Dios y a vuestro país». Así le apareció el deber integral. Ese misionero de Lyon no era otro que el futuro cardenal Donnet, arzobispo de Burdeos.
El pequeño colegial sorprendía a sus maestros. Ardía en él el fuego sagrado de lo bello y de lo bueno. De él brotaban a raudales chispas de poesía y . de elocuencia, inesperadas en tan temprana edad. Eran, desde los trece años, composiciones, ya fueran francesas o con mayor frecuencia latinas, en prosa o en verso de todo metro que los profesores se enseñaban entre sí o mostraban a sus discípulos como pequeñas maravillas. Los temas eran episodios de ..la historia nacional o sagrada. A veces actualidades, como el embarque de los filhelenos franceses para los combates de la independencia de Grecia. Casi siempre eran los misterios de la vida de Jesús y las alabanzas a la Virgen María. A veces también escenas hogareñas pintadas a lo vivo y encantadoras de ingenuidad y de gracia. Antes de haber cumplido los quince años, Federico podía formar ya un pequeño volumen de sus obras de poesía que ofreció para el día de año nuevo a. su padre y a su madre, con una doble dedicatoria, latina para su padre, francesa para su madre, sin que pueda yo decir en cuál de esas dos lenguas habla con una ternura más fina y respetuosa2.
Sin embargo, en esa vida serena de estudios y de piedad, al llegar a la edad de quince años, Ozanam vio el cielo de su fe cubrirse de nubarrones y su corazón se debatió en el espanto de la duda. Hasta entonces, había creído como un niño, pero comó un niño reflexivo, y pagaba hoy con la duda el despertar precoz y la inquieta actividad de su vida intelectual. El mismo hará una .confidencia saludable de esto a la juventud de las escuelas cuando, al dedicarle sus primeras lecciones de la Sorbona, sobre La Civilización cristiana en el siglo V, hablará en la siguiente forma en el prefacio de su libro, escrito el viernes santo de 1851, dos años antes de su muerte :
«En medio de un siglo de escepticismo, Dios me ha concedido la gracia de nacer en la fe. Siendo niño, me puso en las rodillas de un padre cristiano, y de una santa madre. Me dio como primera institutriz una hermana inteligente, piadosa como los ángeles con quienes fue a unirse. Más tarde, los ruidos de un mundo que no creía llegaron hasta mí. Conocí todo el horror de esas dudas que roen el corazón durante el día y que encuentra uno por la noche en una cabecera empapada de lágrimas. La incertidumbre de mi eterno destina no me dejaba punto de descanso. Me apegaba desesperadamente a los dogmas sagrados; y me parecía que se me rompían en la mano. Fue entonces cuando me salvó la enseñanza de un sacerdote filósofo. Puso en mis pensamientos orden y luz; creí en lo sucesivo con una fe más segura; y conmovido por tan raro beneficio, prometí a Dios dedicar mi vida al servicio de la verdad que me proporcionaba la paz».
La carta confidencial de enero de 1830 a su camarada Materne, casi a raíz de esa crisis, nos coloca mejor aún en lb hondo de esa lucha interior que lo estremece todavía : «Es preciso, querido amigo —escribe— que describa con cierto detenimiento un períodó penoso de mi vida que empezó cuando cursaba yo Retórica y que terminó el año pasado. A fuerza de oír hablar de incrédulos y de incredulidad, me pregunté por qué creía. Dudaba y sin embargo quería creer. Rechazaba la duda. Leía todos los libros en que se demostraba la religión, y ninguno me satisfacía plenamente. Durante uno o dos meses, creía basándome en la autoridad de determinado razonamiento : luego sobrevenía en mi espíritu alguna objeción, y seguía dudando. ¡ Oh, cómo sufría! pues yo quería ser religioso… Mi fe no era sólida ; y sin embargo pref çria creer sin razón en vez de entregarme a la duda que ‘ me atormen. taba demasiado. Ingresé en la çlase de filosofía. La tesis de la certidumbre me desesperó; Por un instante me pareció que iba a dudar hasta de mi existencia».
He ahí al hombre empeñado todo él en esa lucha, con el espíritu, el corazón y la voluntad. El espíritu sufre la duda, el corazón protesta, la voluntad resiste. Es el gran sufrimiento humano; pero es también la gran prueba divina que provoca el testimonio del amor. Ozanam lo refiere en términos aún más enérgicos en una carta posterior en que dice: «Conmovido algún tiempo por la duda, abrazaba con todas mis fuerzas la columna del templo, aunque hubiera de aplastarme en su caída».
Pero Dios ha visto su llanto, ayudará a su hijo: el espíritu será iluminado, la fe, amada y querida a pesar de todo, triunfará, la tentación habrá de ceder, pues esta crisis no es más que eso. El mártir en su hoguera se declara fiel a Dios contra viento y marea: y Dios le será fiel.
Así pues, Ozanam se dirigirá a Dios. Uno de sus contemporáneos refiere «que en lo más fuerte de la prueba que se había convertido para él en una pena física, el joven estudiante pidió auxilio de su sufrimiento a la misericordia del Dios de luz y de paz. Al entrar a una iglesia, se arrojó de rodillas ante el Santísimo Sacramento, y allí, humillado, llorando, prometió al Señor, si se dignaba hacer que la verdad brillara a sus ojos, consagrar su vida entera a defenderlo». Se levantó aliviado; y como Pablo en el camino de Damasco, fue a buscar el Ananías que había de iluminarlo y preparar al apóstol.
«El sacerdote filósofo, cuya enseñanza lo salvó, como se expresa él, era el célebre Padre Noirot que, durante veinte años, enseñó filosofía en el colegio de Lyon, donde dejó su fuerte impronta en toda la joven y brillante generación de esa época. Su método —que no se puede juzgar de primera mano, puesto que no escribió nada— era menos, según parece, el método socrático que el método cartesiano del que exageraba más bien la duda metódica para preparar en la conciencia la reflexión del pensamiento sobre sí mismo. Sea lo que fuere, sus reconstrucciones eran espléndidas, y el cristianismo que era su coronamiento aparecía, en la escuela de ese pensador, deslumbrante de verdad y de belleza. «La influencia que ese verdadero maestro ejerció sobre el joven Ozanam —escribe J. J. Ampère— decidió toda la dirección de su pensamiento».
Esto no lo dice todo. El maestro sintió una afectuosa admiración por ese joven, el más joven de los ciento treinta oyentes de su curso de filosofía : «Era una alma elegida —atestiguaba ese venerable catedrático al final de su vida—. La naturaleza lo había dotado maravillosamente, tanto la inteligencia como el corazón. Afectuoso, simpático, ardiente, abnegado, modesto, a la vez animado y serio, sin odio para nadie, exceptuada la mentira, _nunca hubo alumno más popular que él entre sus compañeros. Formaban, según la expresión de uno de ellos, un cortejo de afecto y casi de respeto». Luego, lo representa trabajando con ahinco en sus estudios, a veces hasta ya bien entrada la noche. Así, a pesar de su juventud, se colocó desde el principio a la cabeza dé su clase y se mantuvo ahí hasta el final.
El señor Cousin no vacilaba en dar al Padre Noirot el título de «primer profesor de filosofía de Francia», y decía : «Los otros profesores tienen alumnos; el Padre Noirot forma discípulos». Ozanam fue su discípulo favorito. Fuera de sus clases, el maestro solía tomarlo de compañero en sus paseos por los senderos solitarios y abruptos que circundan —o circundaban por aquel entonces—a Lyon por todas partes, y «que hacen tan grata esa ciudad para los espíritus embargados de un poco de melancolía meditativa». Generalmente se dirigían al sur de la ciudad,, a los Etroits, a La Quarantaine. Allí se agitaban entre el maestro y el discípulo aquellas cuestiones de la armonía de la ciencia y de la fe. en la cúspide de las cuales Noirot elevaba la antorcha de la Revelación. Allí también se formaban en la inteligencia apaciguada del joven, aquellas amplias síntesis históricas del cristianismo del que soñaba ya con hacer resplandecer la prueba experimental. Sus convicciones, debilitadas por un poco de pequeña filosofía, se afianzaban con la grande.
El mismo da fe de ello en una carta posterior dirigida a dos de sus amigos: «Desde hace algún tiempo —escribe— sentía en mí mismo la necesidad de algo sólido a que pudiera asirme y arraigarme, para resistir al torrente de la duda. Y he aquí que hoy, amigos míos, mi alma está llena de alegría y consuelo. De acuerdo con mi fe, mi razón ha vuelto a encontrar en la actualidad ese catolicismo que me fue enseñado por la boca de una excelente madre y que fue tan grato a mi infancia : ¡ el catolicismo con todas sus grandezas, con todas sus delicias!»
Esa fe, salida de la prueba más fuerte y afortunada, había salido a la par más compasiva para el error ajeno: «¡ Cuántas veces —refiere su hermano mayor— nuestro excelente hermano nos confesó las terribles angustias de que fue presa en aquella época! ¡ Ah! —añadía entonces— me acusan a veces de un exceso de indulgencia y mansedumbre hacia aquellos que tienen la desgracia de no creer. ¡ Cuando, como yo, se ha pasado por los tormentos de la duda, sería una crueldad y una ingratitud mostrarse severo con aquellos a quienes Dios no ha concedido aún ese don inestimable de la fe !» Así lo había formado y preparado Dios para convertirse un día en el guía autorizado e ilustrado de la juventud de su siglo. Esa crisis había sido para él a la vez una lección, una prueba y un aprendizaje.
Tal fue esa infancia y esa adolescencia. A los dieciséis años de edad, Federico Ozanam salía del colegio, cargado con todas las primeras coronas. Ahora va a abrirse la juventud, esa juventud tan santa, tan laboriosa, tan llena de obras viriles y tan poco parecida a la de los demás, que se ha podido escribir de ella : «Ozanam no tuvo juventud !»
A los dieciséis años, ese joven era ya un hombre. Lo que vamos a ver son los primeros años de un hombre en una acción defensiva del cristianismo muy superior en todo al número de los años. Todo se apresura en esa rara existencia, como si el cielo, que había de hacerla tan breve, se apresurara a hacerla tan llena.
- En 1809, se encuentra el nombre de Antonio Ozanam figurando en calidad de hombre de ciencia, con el título de Conservador de la biblioteca Ambrosiana. Entre sus obras se citan: lo. La última campaña del ejército franco italiano bajo las órdenes del príncipe Eugenio de Beauharnais en 1813 y 1814 (París, editorial D’entu, 1817, sin nombre de autor). 2o. Historia médica general de las enfermedades epidémicas en Europa, desde el siglo XIV hasta nuestros días. Obra en cinco tomos, 1823. Y numerosas Memorias presentadas a la Academia real de Ciencias de Lyon, de 1823 a 1832.
- Más tarde, una parte de estas Juvenilia se publicó en una Reseña biográfica escrita en 1854 por uno de sus maestros de Lyon sobre su alumno más brillante. Era el señor Legeay, a la sazón profesor honorario de la Facultad de Grenoble. Las había reunido y conservado como prendas del brillante porvenir de ese niño. Ahora sólo podía ir a depositarias sobre su tumba. Ese nuevo ejemplo de una fuerte cultura latina en la base de la formación del escritor francés ¿no parecerá un anacronismo a las generaciones actuales?







