Exigencias sociales de la participación y adoración de la Eucaristía

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Juana Elizondo, H.C. · Year of first publication: 1993 · Source: XX Semana de Estudios Vicencianos.
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Introducción

Comienzo por solicitar su benevolencia y excusa por haber acep­tado ocuparme de este tema digno de ser tratado por personas más competentes. Quizá me llevó a ello, inconscientemente, mi condición de Hija de la Caridad, sierva de los pobres, testigo directo de la inmensa miseria e injusticia de que es objeto hoy una gran parte de la huma­nidad.

Efectivamente, la geografía de la pobreza adquiere, cada vez más, espacios y proporciones inconmensurables, de Norte a Sur, a lo largo y ancho de nuestro cada vez más deteriorado planeta tierra.

Junto a las grandes avenidas y rascacielos de ciudades opulentas, se encuentran inmensos ghettos de gente marginada, excluida y mal­tratada por una sociedad egoísta e insolidaria, anclada en el bienestar, el confort y el despilfarro, insensible ante tantos rostros ensombrecidos y angustiados… sin un presente halagüeño y sin la esperanza de al­canzar un futuro mejor.

En las desoladas y resecas tierras del Sur, la miseria aparece bajo diversas formas y en dimensiones espectaculares.

Como nos lo recordó el Santo Padre, Juan Pablo II, en el discurso inaugural de la Conferencia de Obispos en Santo Domingo (n.° 15):

«El mundo no puede sentirse tranquilo y satisfecho ante la situación caótica y desconcertante que se presenta ante nuestros ojos: naciones, sectores de población, familias e individuos cada vez más ricos y pri­vilegiados frente a pueblos, familias y multitud de personas sumidas en la pobreza, víctimas del hambre y las enfermedades, carentes de vivienda digna, de servicios sanitarios, de acceso a la cultura. Todo ello es testimonio elocuente de un desorden real y de una injusticia institucio­nalizada, a lo cual se suman a veces el retraso en tomar medidas ne­cesarias, la pasividad y la imprudencia, cuando no la transgresión de los principios éticos en el ejercicio de las funciones administrativas, como es el caso de la corrupción».

Nunca la humanidad ha contado con tantos recursos y nunca tantas personas se han visto tan escandalosamente privadas de lo estricta­mente necesario para poder subsistir.

Mientras en la mesa de los ricos sobran, se malgastan y se destruyen toneladas de alimentos, a la mesa de la mayoría no llegan ni las migajas…

Podemos «ver» con indiferencia y «pasar de largo» ante la des­corazonadora realidad de multitud de personas que «son tratadas como bestias», en expresión de San Vicente de Paúl, profeta de los Pobres.

Podemos «oír» el clamor de tantos pobres, contemplar como es­pectadores insensibles, en crónicas periodísticas o reportajes televi­sivos, escenas escalofriantes de tantos seres humanos desplazados de sus tierras, expatriados, itinerantes, sin hogar, perseguidos a muerte.

¿Podemos habituamos a convivir con la injusticia sin sentirnos responsables de eliminarla? Y ¿cómo celebrar en estas condiciones la Santa Eucaristía, misterio de comunión con Dios y con los hermanos, sacramento de fraternidad, fuente de amor, cauce de solidaridad y reconciliación?

El sacramento de la Eucaristía nos compromete a construir un mundo que refleje la bondad del Creador. Dios ha creado el mundo para el hombre. Todos los hombres tienen derecho a los bienes de la tierra.

Estamos llamados a ser un pueblo de hermanos, sin fronteras que impidan una distribución equitativa de lo necesario para todos. «Es­tamos llamados a aliviar la miseria de los que sufren, cerca o lejos, no sólo con lo superfluo, sino también con lo necesario»1.

Aceptar y consentir, sin poner remedio, las situaciones de injusticia y desigualdad entre los hombres, es un verdadero escándalo que hace poco creíbles a los seguidores de Jesús y que invalida la celebración de la Eucaristía sacramento y signo de fraternidad.

El divorcio entre fe, culto y vida, escándalo para la evangelización.

La incoherencia entre fe, culto y vida es uno de los grandes pro­blemas con los que se enfrenta desde muy antiguo la relación entre el hombre y Dios su Creador.

¿Basta con creer en Dios, con tributarle un culto en relación di­recta? o ¿debe el hombre tener en cuenta a sus semejantes? Dios mismos se ha encargado de manifestamos su Voluntad a este respecto tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. El Creador no admite que el hombre ignore a su hermano, sobre todo cuando éste se encuentra en necesidad.

En el Antiguo Testamento nos encontramos, ante todo, con los Profetas, grandes contestadores, que se hacen la «voz de los pobres» de su época y denuncian las situaciones injustas de los que se consi­deran mejores que los demás y se conforman con creer y ser fieles a las prácticas prescritas de culto y holocaustos. Entre estos profetas sobresalen:

Amós, el gran defensor de los pobres, de los oprimidos. Conocedor del sistema económico de su tiempo y de los grandes abusos existentes —puesto que las riquezas se acumulaban a base de explotar a los pobres— denuncia y grita sin temor. No admite el culto sin justicia. No tiene sentido el culto vacío, estéril, el culto que no va acompañado de obras. El creyente, a las prácticas habituales debe añadir la práctica de la justicia y de la misericordia:

«Odio, desprecio vuestras fiestas, me disgustan vuestras solemnidades. Me presentáis holocaustos y ofrendas pero yo no los acepto, ni me complazco en mirar vuestros sacrificios de novillos cebados. Apartad de mí el ruido de vuestros cánticos, no quiero oír más el son de vuestras arpas. Haced que el derecho fluya como agua y la justicia como río inagotable»2.

También el profeta Isaías deja escuchar su impresionante discurso:

«¿De qué me sirven todos vuestros sacrificios? —dice el Señor—: Estoy harto de holocaustos de carneros y de grasa de becerros; detesto la sangre de novillos, corderos y machos cabríos. Nadie os pide que vengáis ante mí, a pisar los atrios de mi templo, trayendo ofrendas vacías, cuya humareda me resulta insoportable. ¡Dejad de convocar asambleas, no­vilunios y sábados! No aguanto fiestas mezcladas con delitos. Aborrezco con toda el alma vuestros novilunios y celebraciones, se me han vuelto una carga inaguantable. Cuando extendéis las manos para orar, aparto mi vista; aunque hagáis muchas oraciones, no las escucho, pues tenéis las manos manchadas de sangre.. Lavaos, purificaos: apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda. Luego venid, discutamos —dice el Señor—. Aun­que vuestros pecados sean como escarlata, blanquearán como la nieve: aunque sean rojos como púrpura, quedarán como la lana»3.

Isaías denuncia el culto y las celebraciones como algo detestable si pretenden ser una «tapadera» de las injusticias. Dios no los puede aceptar si con ellos se esconden delitos. La misericordia y el perdón de Dios piden un cambio de actitudes: buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda. Luego venid, discutamos. Vuestros pecados aunque sean como escarlata, blanquea­rán como la nieve4.

Este cambio de actitud supone, sobre todo, una nueva relación con los pobres, con los más indefensos y abandonados.

Otros textos podrían citarse en el Antiguo Testamento, que mues­tran la voluntad de Dios con el mismo vigor.

Inútil poner la esperanza en falaces ceremonias. Dios las detesta. Dios quiere justicia, quiere una vida coherente. Dios quiere una vida que esté de acuerdo con la fe que se proclama.

Dura denuncia del culto sacrificial si, con practicarlo, se pretende quedar dispensado de los deberes más elementales de justicia, en especial de los que conciernen a los débiles. Se impone una radical conversión para que nuestra vida traduzca nuestras creencias, para que sea respuesta a nuestra fe. Lo contrario sería la más pura de las hi­pocresías, sería vivir en un engaño personal porque al prójimo no se le engaña, el prójimo se escandaliza viendo nuestra incoherencia.

En el Nuevo Testamento Dios nos revela su identificación con el hombre y quiere ser reconocido en él, sobre todo en el que sufre.

En el misterio de la Encarnación se hace del todo semejante al género humano, adoptando todas las características de éste menos el pecado. Su aproximación al hombre es total. Se hace uno de nosotros, nos eleva a la categoría de «hijos de Dios»5 y considera hecho a Sí mismo cuanto se hace al más pequeño de los suyos. Amar a Dios no es de orden teórico, ni únicamente cultual, supone el amor al prójimo expresado en obras. San Mateo pone de relieve las acciones que deben realizar los discípulos de Jesús en orden a construir el Reino:

«Id y proclamad que el Reino de Dios está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis»6.

Esto es lo que Dios espera de la fe del cristiano: que se preocupe efectivamente del hermano necesitado. Y de este amor seremos exa­minados al final de nuestras vidas. Nos lo expresa de forma gráfica también San Mateo:

«Entonces el rey dirá a los de un lado: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me alojasteis; en la cárcel y fuisteis a verme». Entonces responderán los justos: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos; sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te alojamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?» Y el rey les responderá: «Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis». Después dirá a los del otro lado:

«Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber…»»7.

De nuevo vemos que Dios recibe como hecho a Sí mismo cuanto se hace con el prójimo, y como ofensa suya cualquier omisión con el más pequeño de los suyos.

También Santiago es explícito en exigir coherencia entre fe y vida. Aborda con claridad el tema de la relación entre creencia y obras:

«¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y faltos de alimento cotidiano y uno de vosotros le dice: «Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les da lo necesario para su cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe si no tiene obras, está muerta en sí misma. También se puede decir: «tú tienes fe, yo tengo obras; mués­trame tu fe sin las obras, que yo por las obras te haré ver mi fe». Tú crees que hay un solo Dios pero también los demonios creen y se estremecen. ¿Por qué no te enteras de una vez que la fe sin obras es estéril? ¿Acaso no alcanzó Abrahán, nuestro antepasado, el favor de Dios por sus obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y por las obras se hizo perfecta su fe. Así se cumplió la Escritura que dice: «Creyó Abraham a Dios, y ello le fue tenido en cuenta para alcanzar la salvación», y fue llamado amigo de Dios. Ved cómo por las obras alcanza el hombre la salvación y no sólo por la fe. Igualmente Rajab, la prostituta, ¿no alcanzó acaso el favor de Dios por sus obras, al acoger a los mensajeros y hacerlos salir por otro camino? Como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta»8.

Los santos comprendieron bien la incompatibilidad de separar el amor de Dios del amor del prójimo y tradujeron esta doctrina con sus vidas entregadas por entero a los demás.

Permítanme algunas alusiones a mi Fundador, San Vicente de Paúl, quien supo presentar con sencillez las bases teológicas sólidas del ejercicio de la Caridad, a las humildes campesinas que constituyeron las primeras Comunidades de la Compañía naciente, cuyo fin sería servir a Cristo en los Pobres:

«Al servir a los pobres se sirve a Jesucristo. Hijas mías, ¡cuánta verdad es esto! Servís a Jesucristo en la persona de los pobres. Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios… Id a ver a los pobres condenados a galeras, y en ellos encontraréis a Dios; servid a esos niños y en ellos encontraréis a Dios. ¡Hijas mías, a cuánta gratitud nos obliga esto! Vais a unas casas muy pobres, pero allí encontráis a Dios. Hijas mías, una vez más, ¡a cuánta gratitud nos obliga esto! Sí, Dios acoge con agrado el servicio que hacéis a esos enfermos y lo acoge como hecho a Sí mismo»9.

San Vicente no concibe que un cristiano se muestre indiferente ante el sufrimiento del prójimo:

«¡Ser cristiano y ver afligido a un hermano, sin llorar con él, sin sentirse enfermo con él! Eso es no tener caridad; es ser cristiano en pintura; es carecer de humanidad; es ser peor que las bestias»10.

En muchas ocasiones equipara el amor a Dios con el servicio al hermano:

«Amemos a Dios, hermanos, amemos a Dios, pero que sea con el esfuerzo de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente»11.

No vacila en recomendar a las Hermanas que, en caso de necesidad, prefieran el servicio del pobre a la oración, porque entonces se trataría de «dejar a Dios por Dios»12.

La teología contemporánea habla de los pobres como de «lugar teológico». Si Dios es el Dios de los pobres, los pobres son lugar teológico. Lo son por ser el lugar donde Dios se manifiesta de modo especial, ya que el Padre así lo ha querido13.

Dios quiere ser reconocido en este lugar teológico, en Jesús, Dios se nos muestra de manera inequívoca como el Dios de los pobres. Dios se hace presente en los pobres. Los pobres son sacramento de Dios.

Y aquí nos encontramos ante el gran misterio de la presencia de Dios en los pobres. Presencia misteriosa, que convive con la injusticia de que son víctimas incluso por parte de los creyentes. Presencia de Dios imperceptible, al mismo tiempo que liberadora y salvífica. Pre­sencia desconcertante de Dios en los pobres: sufre con ellos y se muestra como el que no puede poner fin a tales males. «O para ser más precisos, como aquel que no interviene en la historia manipulán­dola desde fuera con intervenciones «categoriales» o el envío de legiones de ángeles, sino asumiéndola en toda su conflictividad y carga de sufrimiento «desde dentro» combatiendo el mal con la única fuerza del amor solidario. Como dice González Faus: «el silencio de Dios no quiere decir que Dios no interviene en el mundo, sino que interviene con la llamada y la oferta del amor y la interpelación de su amor»»14.

¿No querrá Dios nuestra intervención en ese lugar teológico donde se halla dolorosamente presente? ¿Utilizamos todas nuestras capaci­dades para disminuir el dolor de los que sufren?

Según nos dice Evely: «Dios sólo cuenta con nuestras manos para remediar los males del mundo».

Pero en los pobres no sólo hay dolor y crucifixión. Dios está presente en ellos, en su pasión, y también en ciertos gérmenes de resurrección visibles y perceptibles en su fe, ánimo, paciencia en el sufrimiento, esperanza y confianza en un futuro mejor.

¿No querrá Dios también que sepamos descubrir, alentar y pro­mover, con nuestra actuación, estos gérmenes, utilizando las posibi­lidades que ha colocado en nuestras manos?

Todo ello requiere, por nuestra parte, una atención esmerada para descubrir a los pobres desde la fe y optar por ellos con un amor preferencial. Será el primer paso para lanzarse después a una respuesta valiente, que nos encarne en esa realidad, que nos lleve a compartir con ellos lo que somos y tenemos; a denunciar las injusticias y sus causas y a transformar las estructuras generadoras de pobrezas injustas. Nuestra propia liberación de la riqueza nos dará la fuerza para de­nunciar las injusticias y proclamar el Evangelio. Sólo a partir de una coherencia entre la fe que confesamos y las obras que la acompañan, nos haremos creíbles. El mejor argumento apologético de un cristiano sigue siendo su propia vida, la correlación entre su fe y sus obras.

No sin dolor escuchamos el reproche que, con razón o sin ella, nos hacen sobre todo los jóvenes: «Creemos en Dios pero no en la Iglesia ni en vosotros porque no hacéis lo que decís».

Ciertos aspectos negativos de nuestra vida pueden llegar a ser una objeción para los que buscan la verdad y quieren convertirse.

No podemos ignorar las llamadas repetidas de la Iglesia en la persona del Santo Padre. En la Encíclica Centesimus Annus leemos:

«Para la Iglesia el mensaje social del Evangelio no debe considerarse como una teoría, sino, por encima de todo, un fundamento y un estímulo para la acción. Impulsados por este mensaje, algunos de los primeros cristianos distribuían sus bienes a los pobres, dando testimonio de que, no obstante las diversas procedencias sociales, era posible una convi­vencia pacífica y solidaria. Con la fuerza del Evangelio, en el curso de los siglos, los monjes cultivaron las tierras; los religiosos y las religiosas fundaron asilos y hospitales para los pobres; las cofradías, así como hombres y mujeres de todas las clases sociales, se comprometieron en favor de los necesitados y marginados, convencidos de que las palabras de Cristo: «Cuantas veces hagáis estas cosas a uno de mis hermanos más pequeños, lo habéis hecho a mí» (Mt 25, 40) no deben quedarse en un piadoso deseo, sino convertirse en compromiso concreto de vida. Hoy más que nunca, la Iglesia es consciente de que su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna. De esta conciencia deriva también su opción preferen­cial por los pobres, la cual nunca es exclusiva ni discriminatoria de otros grupos»15.

El cristiano, comunidad cristiana, transformación social.

Ser cristiano es seguir a Cristo, pertenecerle, «ser suyo», ser como El, seguir sus enseñanzas, hacer lo que hizo El.

Vivir la vocación cristiana conlleva un proceso de adhesión, de pertenencia, de identificación con Cristo que se inicia en el Bautismo, se consolida en la confirmación y culmina en la Eucaristía.

Jesús, en su anuncio de la Buena Noticia, quiere contar con las sencillas gentes de su tierra. A algunos de entre ellos los llama de forma específica: los doce apóstoles y los setenta y dos discípulos, pero son multitudes las que le siguen para escuchar sus palabras y ser testigos de sus obras, según nos narran los Evangelistas.

A nosotros también nos ha elegido, somos cristianos; ha querido contar con nosotros.

El cristiano consecuente con su fe, vive como:

  • Un hombre nuevo: «nacido del agua y del Espíritu»16.
  • Un testigo de Cristo que ha optado por vivir los valores del reino, el espíritu de las Bienaventuranzas, que son fermento de renovación, de transformación personal y social.
  • una persona de comunión: que vive en el amor a Dios y a los hermanos y lo expresa con todo su existir y actuar.

En efecto, el cristiano comienza a vivir en el bautismo una vida nueva; Cristo le comunica su Espíritu y le transforma:

«habéis sido lavados; habéis sido santificados; habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios»17.

Vivir la condición de cristiano, hombre nuevo, conlleva no sólo la adhesión al mensaje evangélico, sino una conversión radical, una donación entera a Cristo que cambia toda su vida; es despojarse del hombre viejo para revestirse del nuevo; supone morir al pecado y vivir para Dios en Cristo Jesús:

No reine, pues, el pecado en vosotros, ni hagáis de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado, sino más bien poneos a disposición de Dios, como muertos retomados a la vida, y vuestros miembros como armas de justicia al servicio de Dios»18.

De una persona nueva, testigo de Cristo, cabe esperar un modo de ser diferente, al estilo de Cristo; un modo de vivir y de actuar en conformidad con el espíritu de las bienaventuranzas, unas actitudes, gestos, acciones que se irradian como amor, verdad, paz, justicia, perdón… un estilo de relación con los otros que se caracteriza por la sencillez y la gratuidad, desde la mirada compasiva y el talante humilde y misericordioso:

«Con nadie tengáis otra deuda que la del amor, pues el que ama al prójimo ha cumplido la ley»19.

En realidad, las verdaderas revoluciones, las que duran porque están fundadas en el amor, han sido iniciadas por cristianos coherentes con su condición de tales. Pensemos en un Vicente de Paúl, Luisa de Marillac, Ignacio de Loyola, Francisco Javier, Federico Ozanam (a sus 20 años).

Sólo a partir de una toma de conciencia de lo que comporta ser cristiano en la realidad de la vida, lograremos la civilización del amor tan deseada por todos.

El cristiano tiene que reproducir a Cristo, actualizarlo. Tiene que ser el signo histórico visible de la presencia de Cristo en el mundo.

El cristiano, así renovado por el Espíritu y revestido de su fuerza y de su gracia, es capaz de ser testigo de Dios ante los hombres y de actuar como fermento de transformación social.

«La transformación del mundo se inicia ya en el cristiano convertido que rehace sus actitudes profundas y sus relaciones con las demás per­sonas y con las cosas, movido por un espíritu nuevo que le induce a vivir como hijo de Dios en este mundo»20.

Comunidad cristiana

¿Se puede ser cristiano solo?

La respuesta es no, a partir de la tradición de la Iglesia. Y hoy más que nunca, a los cristianos les agrada emplear la palabra comunidad. Se habla de pequeñas comunidades, comunidades de base, neocatecumenales, carismáticas, comunidades de oración, et­cétera, etcétera.

Vivir la comunidad cristiana supone vivir en ella según las ense­ñanzas de Cristo. Ser cristiano, es ser persona de comunión. Y vivir en comunión es hacer posible la fraternidad desde la aceptación de los demás, la estima, el compartir solidario y el amor hecho entrega y servicio.

Aunque vivimos en una época de rápidas comunicaciones, de me­dios técnicos sofisticados para la información, bastantes personas se sienten perdidas en el anonimato, solas en medio de multitudes, lo que no deja de ser causa de gran sufrimiento, uno de los grandes males actuales, porque la persona humana está hecha para la comunión con los demás seres y a través de ellos con el Creador.

Dios mismo, en su ser más íntimo es misterio de comunión; re­lación permanente de las tres Divinas personas que hace de El un Ser solidario y comunitario.

El Hijo de Dios que está en el seno del Padre nos ha revelado a Dios como comunión trinitaria. En su vida, muerte y resurrección desvela a Dios como Padre de quien es Hijo y la Persona del Espíritu Santo que El nos da de parte del Padre como fuente de vida, de amor y de comunión filial con el Padre y fraterna con Cristo y con todos los hombres.

Es sobre todo en la Cruz donde Dios se revela como Trinidad de Personas en la unidad de su amor que se entrega y es entre­gado.

El misterio del Ser Divino revelado en Jesús es un misterio de amor, de comunión, de relación de personas. En Dios existe una COMUNIDAD, la Comunidad primera, fuente y modelo de toda comu­nidad.

Jean Danielou explica la comunión trinitaria de la siguiente manera:

«He aquí uno de los puntos donde el misterio de la Santísima Trinidad es el más esclarecedor para la vida humana. Nos enseña que el fondo mismo de la existencia, el fondo de lo real, lo que constituye la forma de todo lo demás es el amor en el sentido de la comunidad de personas… El fondo mismo de la revelación cristiana lo constituye el hecho de que ocupen el primer lugar absoluto las personas y la recíproca adhesión y comunicación entre ellas y que esta misma comunicación de las per­sonas, es el fondo mismo, el arquetipo de toda realidad, al que, por lo tanto, todo deba configurarse. Comprendemos por qué la comunión humana depende de la comunión trinitaria. Toda realidad se resume en que «todos sean uno, como nosotros somos uno»»21.

Pero Dios quiso entrar también en comunión de amor con el hom­bre, a través de la manifestación de los designios de su amor, en la revelación divina y quiso habitar en medio de un pueblo, para que el hombre pudiera encontrarse con El, en la comunión y desde la co­munión:

«Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos. Habitaréis la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios»22.

Dios creó al hombre para vivir en comunión con los demás, «hom­bre y mujer los creó»23 para que encontrase el sentido y el camino de su vida en la comunidad y la solidaridad.

Jesús escogió también para sí el camino de la comunidad, llamando a los apóstoles a compartir con El un estilo evangélico de vida, for­mando con ellos la comunidad apostólica:

«Llamó a los que El quiso, para estuvieran con El y para enviarlos a predicar»24.

Asimismo los primeros cristianos se constituyen en comunidad. Los Hechos de los Apóstoles nos relatan la vida sorprendente de la primera comunidad cristiana de Jerusalén. En ella existe la verdadera KOINONIA, la comunidad unida con Cristo muerto y resucitado, y en El con el Padre y con los hermanos mediante la acción del Espíritu santo.

«Los seguidores de Jesús acudían asiduamente a las enseñanzas de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones»25.

Entre ellos existía la comunidad de bienes: «todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común»26; «nadie llamaba suyos a los bienes»27; «vendían sus posesiones y hacienda y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno»28; «no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que tenían hacienda o casa la vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según su necesidad»29.

Pero en la Comunidad de Jerusalén no sólo existe «comunicación de bienes» sino «comunicación de almas y corazones». Cuando San Lucas habla de «un solo corazón y una sola alma» hace referencia, sin duda, a la variedad de personas que constituían estas comunidades. Personas muy diversas por su procedencia, edad, formación, activi­dades, etc. A pesar de ello viven un amor tan profundo que todos se consideran «uno», unidos en comunión de vida con Dios Padre de quien todos son hijos; unidos con. Dios Hijo de quien son hermanos y con el Espíritu Santo que es Espíritu de Amor.

La Iglesia es también esencialmente misterio de comunión y sa­cramento de unidad, comunidad de creyentes, nuevo pueblo de Dios,

«que va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios»30.

La comunidad cristiana se edifica en la Eucaristía. Es el Espíritu Santo quien realiza esta unión de todos en Cristo. La Eucaristía une al creyente con el Cristo total; a través de ella el cristiano vive con Cristo y con los hermanos. Aceptar el cuerpo de Cristo, decir «Amén» a Cristo es también aceptar a los hermanos, decir «Amén» a la Iglesia y a la Comunidad.

«Si vosotros sois el cuerpo de Cristo y los miembros de Cristo, lo que está sobre la santa mesa es un símbolo de vosotros mismos. Vosotros mismos lo refrendáis así al responder: Amén. Se os dice: «cuerpo de Cristo», y vosotros contestáis: Amén, así es. Sed, pues, miembros de Cristo para responder con verdad lo que sois»31.

La comunidad cristiana que vive y celebra la Eucaristía debe hacer que Cristo viva y crezca en ella: que cada vez más desaparezca todo lo que no es comunión, amor, fraternidad…

La comunidad cristiana es un acontecimiento de la gracia de Cristo en los hombres, que a imitación de la primera comunidad deben ser:

  • Una comunidad de creyentes, que oran juntos, celebran y comparten la fe, se alimentan del pan de la Eucaristía32.
  • Una comunidad de hermanos, unidos en un mismo pensar, sentir y actuar, que se aman y se ayudan. Hermanos que viven la solidaridad y la justicia, que ponen en común todo lo que tienen, para que entre ellos no haya pobreza ni desigualdad33.
  • Una comunidad de testigos, enviada al mundo para ser sal, luz, levadura en la masa, anuncio del Evangelio de Cristo34.

La historia es testigo de la importancia que la Iglesia ha concedido siempre a la formación de comunidades cristianas. Entre ellas destacan por su radicalidad las constituidas por los Institutos de vida consagrada que, a través de los siglos y cada uno con su carisma, han sido y son fermento, no sólo de evangelización, sino también de transformación y progreso social, mediante la promoción de la cultura, de la justicia y del ejercicio de la caridad según las exigencias de tiempo y lugar.

Tampoco han faltado en la sociedad intentos, por parte de ciertas ideologías, de crear comunidades a imitación de las cristianas, cons­cientes de los valores de éstas, pero al prescindir en ellas de Cristo y de la fuerza del Espíritu han ido terminando en el fracaso.

El documento de Puebla nos presenta esta constatación después de describir las características de una comunidad cristiana:

«Cada comunidad eclesial… debería esforzarse por constituir… un ejem­plo de un modo de convivencia donde logren aunarse libertad y soli­daridad. Donde la autoridad se ejerza con el espíritu del Buen Pastor. Donde se viva una actitud diferente frente a la riqueza. Donde se ensayen formas de organización y estructuras de participación, capaces de abrir camino hacia un tipo más humano de sociedad. Y, sobre todo, donde inequívocamente se manifieste que, sin una radical comunión con Dios en Jesucristo, cualquier otra forma de comunión puramente humana resulta a la postre incapaz de sustentarse y termina fatalmente volvién­dose contra el mismo hombre»35.

La comunidad cristiana tiene una gran importancia como motivo de credibilidad en la sociedad moderna. En la nueva evangelización, a la que el Santo Padre nos urge con insistencia es imprescindible el testimonio comunitario de una fe responsable y transformadora de la realidad.

«Los hombres de nuestro tiempo, y de manera especial los jóvenes, tienen necesidad de ver en la comunidad cristiana el signo de una co­munidad reconciliada, justa, alegre, algo nuevo y diferente que les ayude a crecer en Dios y a buscar en El la autenticidad y la plenitud de sus vidas»36.

La Comunidad cristiana será más creíble y contribuirá a la trans­formación social presentando con toda su fuerza y vigor:

  • un «estilo» de vida, alternativo a la sociedad de consumo, donde prevalece el «tener» sobre el «ser»;
  • un estilo de vida sencillo, austero, que sabe aceptar las cosas en su justa medida, subordinadas a los valores fundamentales. Preferir ser mejor a tener más; dar en vez de recibir… compartir todo lo que se tenga… es una hermosa aportación humaniza-dora, en una sociedad en que todo se contabiliza en monedas, beneficios o utilidad.

Asimismo la comunidad cristiana será más creíble y contribuirá de un modo muy eficaz al cambio social, con su constante preocu­pación y atención preferencial hacia los pobres y necesitados, desde unas actitudes y gestos de entrega, servicio y solidaridad.

«Es preciso aumentar los esfuerzos para estar con ellos y compartir sus condiciones de vida, sentimos llamados por Dios desde las necesidades de nuestros hermanos, hacer que la sociedad entera cambie para hacerse más justa y más acogedora en favor de los más pobres»37.

La comunidad cristiana ha de esforzarse por:

  • construir una sociedad nueva, que elimine injusticias y opre­siones, miedos y temores…
  • ponerse al servicio de los demás en un don continuo,
  • transformar la anticultura de la muerte en cultura de vida… Ha de hacer lo imposible para que el hombre pueda vivir con dignidad y se sienta reconocido como hijo de Dios. Ha de llenar vacíos y oquedades en el hombre sin rumbo… ofrecer razones que ayuden a vivir y a esperar.

Ojalá llegáramos a comprender la energía transformadora que en­cierra la comunidad cristiana que se esfuerza por vivir el Evangelio.

¿Utopía? ¿Excesivo radicalismo? Quien vino a mostrarnos el ca­mino a seguir con el testimonio de su propia vida, no pudo proponernos nada imposible.

La Eucaristía participada y adorada, fuente de gracia para la misión y el testimonio.

Cristo, al subir al Padre, no nos deja solos en la tarea de continuar su misión. Tarea confiada a la comunidad entera de la Iglesia y a cada cristiano para que, según el propio carisma, vocación o ministerio, continúe Su Obra en la salvación del mundo.

La Eucaristía, presencia viva de Cristo en el corazón de la Iglesia, es el centro de la misión que ésta ha recibido. Como nos dice el Concilio Vaticano II: «La Eucaristía es fuente y cumbre de toda la vida cristiana»38.

En la Eucaristía encuentra el cristiano toda la fuerza que necesita para vivir su vida de bautizado con la coherencia que requiere su condición. La Eucaristía participada y adorada es fuente de gracia para la misión y el testimonio.

El cristiano no puede salir de la participación eucarística como quien ha contemplado un espectáculo a través del don de la fe. Su participación en la Eucaristía no debe limitarse al cumplimiento de un precepto.

La Eucaristía condiciona y compromete al cristiano a vivir el Evan­gelio en todas las manifestaciones de su vida.

El primer fruto de la participación en la Eucaristía es la transfor­mación del participante:

Los ritos penitenciales solicitan la purificación de cuanto pueda interferir en la vida del cristiano su identificación con Cristo.

El ofrecimiento del pan y del vino «frutos de la tierra y del tra­bajo del hombre» que se convertirán en el cuerpo y la sangre de Cristo mediante las palabras: «este es mi cuerpo que será entregado», «…mi sangre que será derramada», así como la invitación de Jesús: «Haced esto en conmemoración mía», son una llamada del Señor a convertirnos en el cuerpo y la sangre de Cristo, para no vivir ya sino de su vida y entregarnos e inmolamos como El en el servicio de nuestros hermanos, lo que nos impulsa a una constante actitud de entrega de todo nuestro ser.

La comunión o participación en el banquete eucarístico — «tomad y comed», «tomad y bebed» — nos identifica con Cristo. Es el caso de decir: «Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí»39.

El cristiano así identificado con Cristo es el mejor agente de trans­formación social porque hace de su vida una prolongación de la Eu­caristía. Todo lo celebrado y contemplado en ella se convierte en un programa de vida, en auténticos compromisos: amor-caridad; justicia-solidaridad; igualdad-unidad… Y esto, siguiendo el ejemplo de Cristo, a base de sacrificio, de inmolación, de entrega generosa y gratuita en favor de todos los hombres y preferentemente de los más pobres y necesitados.

Todo en la Eucaristía, las oraciones, lecturas, plegarias eucarís­ticas… exige una respuesta coherente.

La plegaria universal u oración de los fieles nos introduce en las grandes intenciones universales: la paz, las desgracias colectivas, las catástrofes, los sufrimientos diversos que afectan a nuestros hermanos los hombres, sobre todo a los pobres, enfermos, oprimidos… Esas intenciones no pueden después estar ausentes de nuestro comporta­miento en la vida diaria, que ha de recibir el impacto de ellas para proceder adecuadamente cada uno según le corresponde.

La colecta permite a los fieles cumplir con su deber de solidaridad social y comunicación de bienes, mediante la aportación concreta no sólo de lo superfluo, sino de lo necesario. Bien motivada, ayuda al cristiano a tomar conciencia de su dimensión social y de los vínculos de fraternidad que debe construir con todos los hombres aun a costa de sacrificios que afecten a su propio estilo de vida.

La conciencia de su deber de solidaridad supone una exigencia grande, que las Plegarias Eucarísticas toman en cuenta para pedir al Dador de todo bien la gracia de la unidad y de la fraternidad…

«Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo»40.

«…reconoce en ella la Víctima por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad, para que, fortalecidos con el Cuerpo y Sangre de tu Hijo y llenos de. su Espíritu Santo, formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu41.

«Y porque no vivamos ya para nosotros mismos, sino para El… «42. Se entiende que quien vive para El, vive para el hermano.

Más explícita todavía es la Plegaria V/b:

«Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana, inspíranos el gesto y la palabra oportuna frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quien se siente explotado y deprimido. Que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando».

De la participación del cristiano en la Eucaristía esperan los demás, cristianos o no, que su comportamiento no traicione el acto que acaba de realizar. Con razón nos reprochan duramente cuando sucede lo contrario.

Nuestras teorías y actos, por sublimes que sean, como lo es la participación en la Eucaristía, pierden su valor si no son traducidos a la vida mediante el ejercicio de la justicia y de la caridad, especialmente con los más necesitados.

Y es que, en palabras de San Juan Crisóstomo, el altar de la Eucaristía lo encontramos también en el altar del pobre: «Tú, que honras el altar sobre el que se pone el Cuerpo de Cristo, ultrajas y desprecias en su indigencia al que es el mismo cuerpo de Cristo. Este altar lo puedes encontrar por todas partes, en todas las calles, en todas las plazas, y puedes en todo momento ofrecer sobre el mismo un verdadero sacrificio»43.

La Eucaristía no se agota con la celebración eucarística. Después de ésta, Cristo queda presente en las hostias consagradas en el Sagrario. La Iglesia no ha cesado de rendir culto de adoración a Cristo presente en las especies sacramentales.

«La adoración es la prolongación de la Eucaristía en la vida… es un gesto de solidaridad con las necesidades y necesitados del mundo entero, en cuanto que se tienen presentes en la oración y desde esta petición solidaria se incrementan la justicia y la fraternidad»44.

A medida que la Iglesia, en su meditación milenaria, ha ido des­cubriendo las riquezas del don eucarístico, se ha intensificado la pie­dad, manifestada, ya en la visita y adoración silenciosa, ya en la expresión comunitaria, con la exposición y bendición del Santísimo, las procesiones… etc. Cualquiera que sea la forma de nuestra devoción, siempre se trata de unirnos a Cristo Crucificado y Resucitado, presente y operante en medio de nosotrós. Lo que la Eucaristía reclama de nosotros, es el Amén de nuestra Fe y de nuestro Amor hacia la obra que Cristo lleva a cabo en su Iglesia, obra de la que la Eucaristía es la cumbre.

Nuestro Santo Padre Juan Pablo II, en la encíclica Sollicitudo Rei Socialis, nos recuerda el «después» de la Eucaristía. Este después supone un envío misionero para transformar el mundo:

«Así el Señor, mediante la Eucaristía, sacramento y sacrificio, nos une consigo y nos une entre nosotros con un vínculo más perfecto que toda unión natural; y unidos nos envía al mundo entero para dar testimonio, con la fe y con las obras, del amor de Dios, preparando la venida de su reino y anticipándolo en las sombras del momento presente. Quienes participamos en la Eucaristía estamos llamados a descubrir mediante este sacramento, el sentido profundo de nuestra acción en el mundo en favor del desarrollo y de la paz; y a recibir de él las energías para empeñarnos en ello cada vez más generosamente, a ejemplo de Cristo, que en este sacramento da la vida por sus amigos (cf. Jn 15, 13). Como la de Cristo y en cuanto unida a ella, nuestra entrega personal no será inútil, sino fecunda»45.

En la realidad, no siempre este programa se concretizará en grandes cosas, sino en lo cotidiano de la vida, impregnado de justicia, de caridad y de fraternidad. Así se expresa el Concilio en G. S.:

«… (Cristo) es quien nos revela que Dios es Amor (1 Jn 4, 8), a la vez que nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y, por tanto, de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina les da la certeza de que abrir a todos los hombres los caminos del amor y esforzarse por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles. Al mismo tiempo advierte que esta caridad no hay que buscarla únicamente en los acon­tecimientos importantes, sino, ante todo, en la vida ordinaria…», cada uno según su propia vocación: «… a unos llama a dar testimonio ma­nifiesto del anhelo de la morada celestial… a otros… para que se en­treguen al servicio temporal de los hombres… El Señor dejó a los suyos como prenda de esperanza y alimento para el camino aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el Cuerpo y Sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la degustación del banquete celestial»46.

En esta línea, permítanme que cite de nuevo a San Vicente de Paúl, el gran defensor de la comunión frecuente frente a la doctrina de los jansenistas. El 18 de agosto de 1647, en una conferencia a las Hijas de la Caridad, decía:

«La persona que ha comulgado bien, lo hace todo bien… No hará ya ciertamente sus acciones, sino que hará las acciones de Jesucristo… tendrá en su conversación la mansedumbre de Jesucristo; tendrá en sus contradicciones la paciencia de Jesucristo. En una palabra, todas sus acciones no serán ya acciones de una mera criatura; serán acciones de Jesucristo»47.

Y cómo no citar el artículo 2.12 de nuestras Constituciones:

En torno a la Eucaristía, centro de su vida y su misión, se realiza todos los días su principal asamblea. En ella, los cristianos son «instruidos por la Palabra de Dios, se fortalecen en la mesa del Cuerpo del Señor, dan gracias a Dios». Las Hermanas son conscientes de la importancia vital de la Eucaristía.

En la alabanza de Dios, la atención a su Palabra, la súplica, no obran sólo en su nombre propio, sino que son portadoras de los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de toda la humanidad. Se ofrecen a sí mismas con Jesucristo en el misterio de su sacrificio Pascual, para que finalmente Dios lo sea todo en todos»48.

Conclusión

La Iglesia, cada uno de los cristianos hemos sido asociados a la misión salvífica de Cristo.

Parte importante de esta misión — como hemos visto — es la transformación social del mundo en que le ha tocado vivir.

Como leemos en la Encíclica Sollicitudo Rei Socialis, la Iglesia no tiene soluciones técnicas que proponer a los enormes problemas de este mundo, ni sistemas o programas económicos y políticos, por el contrario acepta todos aquellos que respetan la dignidad humana. «Pero la Iglesia es «experta en humanidad» y esto la mueve a extender necesariamente su misión religiosa a los diversos campos en que los hombres y mujeres desarrollan sus actividades, en busca de la felicidad, aunque siempre relativa, que es posible en este mundo de acuerdo con su dignidad de personas»49.

La Eucaristía, expresión suprema del amor de Cristo a los hombres, coloca al cristiano en el corazón mismo de la Historia y le obliga a asumir la responsabilidad que le incumbe en la construcción de un mundo nuevo donde reine la civilización del amor. El cristiano no puede vivir en solitario sino constantemente vinculado al resto de los hombres, de manera que:

«las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los que sufren, son también las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo»50.

En la celebración y adoración eucarísticas encuentran los cristianos las grandes lecciones de Cristo que se convertirán en sus propias líneas de acción: amor, servicio, sacrificio, inmolación. En la vida corriente estamos acostumbrados a expresar la participación en la transformación de la sociedad con vocablos como: cooperación, solidaridad, justicia, que sólo resultan eficaces en la medida en que éstas van animadas por el amor de Cristo que conduce a un servicio al hermano, prestado con el sacrificio y que puede llegar hasta la inmolación.

La Eucaristía es para el discípulo de Cristo la fuente de donde puede sacar la fuerza necesaria para la sublime, pero ardua misión que ha recibido del Maestro.

En la Eucaristía, Cristo está al alcance de todos, de todas las culturas y niveles del saber. Lo importante es que sepamos acercarnos a El con fe, exponernos a su luz y calor, recoger la energía que nos transmite para poderla irradiar, como testigos suyos y enviados por El, en medio de todos nuestros hermanos.

Que María, asociada por Dios a la misión redentora de su Hijo, Madre de todos los hombres y, con ternura especial, de los más ne­cesitados, nos ayude a penetrar en el misterio de Amor de Cristo en la Eucaristía y a responder como Ella a lo que el Espíritu quiere realizar a través de nosotros en la Iglesia y en el mundo.

  1. Sollicitudo rei socialis, n. 31
  2. Amós, 5, 21-24.
  3. Is 1, 11-18.
  4. Cf. Is 1, 17-18.
  5. 1 Jn 3, 1.
  6. Mt 10, 7-9.
  7. Mt 25, 34-42.
  8. St 2, 14-26.
  9. Conferencia a las HH. C., S. V. P. Obras completas, Ed. Sígueme, Salamanca 1972; IX/l, p. 240.
  10. Conferencia a los Sacerdotes de la Misión — Id. IX/4, p. 571.
  11. Id., p. 733.
  12. Conferencia a las HH. C. — Id. IX/1, p. 297.
  13. Diccionario Teológico, El Dios Cristiano, Secretariado Trinitario, Salamanca, p. 1112.
  14. Id., p. 1113
  15. Centesimus annus, n. 57.
  16. Jn 3, 5.
  17. 1 Cor 6, 11.
  18. Rom. 6, 12-14.
  19. Rom 13, 8.
  20. Testigos del Dios vivo, p. 36.
  21. Jean Daniélou, «La Trinidad y el misterio de la existencia», Ed. Paulinas, Madrid 1967, p. 54ss.
  22. Ez 36, 27-28.
  23. Gén I, 27.
  24. Mc 3, 14.
  25. Hech 2, 42.
  26. Hech 2, 44.
  27. Hech 4, 32.
  28. Hech 2, 45.
  29. Hech 4, 34-35.
  30. San Agustín, De civ. Dei XVIII, 52, 2.
  31. San Agustín, sermón 272.
  32. Cf. Hech 2, 42.
  33. Cf. Hech 2, 44-45.
  34. Cf. Hech 1, 8.
  35. Doc. de Puebla, n. 273.
  36. Testigos del Dios vivo, p. 37.
  37. Testigos del Dios vivo, p. 37.
  38. L.G. 11.
  39. Gál 2, 20.
  40. Plegaria E. II.
  41. Plegaria E. III.
  42. Plegaria E. IV.
  43. In Ep. ad Cor Hom 20, 3.
  44. Doc. Christus Lumen Gentium, g, p. 40.
  45. S. R. S., n. 48.
  46. G. S., n. 38.
  47. S. V. P., Ed. Sígueme, IX/1, p. 309.
  48. C. 2. 12, párr. 2 y 3.
  49. S. R. S., n. 41.
  50. G. S., n. 1.

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