Sabemos que hay mucha gente que vive haciendo el bien, y sin embargo no comulga. Al decir esto no sólo hacemos referencia a los no creyentes, o a los creyentes de religiones no cristianas, ni tan sólo a los miembros de iglesias cristianas que no creen en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Más bien, tengo presente a muchos católicos, los cuales sabiendo relativamente el valor de la Eucaristía, no ven que sea necesaria su recepción frecuente para llevar adelante los valores del Reino… ¿Qué decir ante esta situación? En el presente artículo intentaremos demostrar brevemente que la Eucaristía es una fuente legítima y necesaria para llevar adelante la misión. Asimismo, haremos referencia a qué aspectos debemos modificar en nuestra práctica religiosa para que la Eucaristía sea una fuente de evangelización y no mero rito vacío y atemporal. Finalmente, como vicentinos, no podemos separar la Eucaristía de un aspecto esencial de la evangelización: trabajar por la dignificación de todos los hombres.
Ante todo señalemos que como vicentinos la Eucaristía constituye la fuente, la meta y la síntesis de nuestra misión y de nuestra espiritualidad. Bien sabemos las enormes y variadas riquezas de la Eucaristía para la vida cristiana, y cómo es parte de nuestra pastoral desarrollarlas ante el pueblo, revelándole sus ricas significaciones para la vida de la comunidad. La Eucaristía es al mismo tiempo fiesta y celebración común; es creadora y restauradora de comunión y de fraternidad al compartir muchos del mismo Pan; es el sacramento del amor y de la vida de Cristo en nosotros como semilla de resurrección; es la fuente de toda santidad; es la raíz y el fin de todo apostolado… En su quintaesencia, es el sacramento que actualiza para nosotros la Pascua salvadora del Señor poniéndonos en contacto con el que resucitó para siempre, con el cuerpo del viviente. Nuestro Padre Fundador celebraba siempre dignamente la Eucaristía, ya que en buena medida, un sacerdote es su misa. La Eucaristía es la oración de las oraciones, y la mejor manera de hacer que el Pueblo de Dios rece, es rezando junto a ellos.
En este contexto del valor misionero de la Eucaristía, señalemos que el propósito de Juan Pablo II en este Año Eucarístico es reafirmar la importancia de este sacramento para la vida y la misión de la Iglesia. A nosotros, como miembros de la Congregación de la Misión, la Eucaristía nos debe ayudar a ser contemplativos en la acción; a ser místicos de ojos abiertos; y a conjugar la paz sapiencial con la efervescencia profética. El aspecto misionero de la Eucaristía, el Papa lo desarrolla en el capítulo IV de la carta apostólica Mane nobiscum domine. Como ya es frecuente en varios documentos de Juan Pablo II, toma algún pasaje evangélico que luego va desarrollando en forma espiralada. Para éste ha elegido el texto de los discípulos de Emaús (Lc. 24,13-35). Nosotros, como otros discípulos de Emaús, después de comulgar el cuerpo del resucitado debemos alegremente evangelizar testimoniando el Reino. Cada Eucaristía debe reavivar en nosotros el proyecto cristiano: vivir dando gracias a Dios continuando su proyecto en el mundo. Esto nos lleva a no temer dar testimonio del Dios cristiano, en un mundo que presenta dos errores con respecto a lo religioso: 1. Por un lado, se constata una cultura secularizada prescindente de Dios. Pensando que la religión es un antivalor del cual hay que liberarse, o al menos reducir su influencia; 2. Por otro lado (como su extremo opuesto), se captan los estragos del fanatismo religioso. Ante esto se señala que:
Se equivoca quien cree que la referencia pública a la fe menoscaba la justa autonomía del Estado y de las instituciones civiles, o que puede incluso fomentar actitudes de intolerancia. Si bien no han faltado en la historia errores, inclusive entre los creyentes, como reconocí con ocasión del Jubileo, esto no se debe a las «raíces cristianas», sino a la incoherencia de los cristianos con sus propias raíces. Quien aprende a decir «gracias» como lo hizo Cristo en la cruz, podrá ser un mártir, pero nunca será un torturador.1
San Vicente quería que la vida de sus hijos e hijas estuviera íntimamente vinculada a la Eucaristía. Así al llegar a un nuevo destino, lo primero que se deberá hacer es visitar al Santísimo y colocar en sus manos la misión que se iba a realizar2 Quiere que se celebre con toda devoción las misas. Asimismo, vela por las correctas procesiones del Corpus Christi. Interviniendo cuando ellas se deformaban en actos casi carnavalescos.3 Una de las preocupaciones de la Congregación era que los seminaristas que formaba supieran no sólo la ciencia eclesiástica sino que tuvieran pericia sacramental, entre ella, claro está, decir dignamente la Misa.4 Cuestión sumamente necesaria, ya que en muchos seminarios, con frecuencia se ven candidatos a punto de ordenarse con un asombroso desconocimiento de liturgia y sacramentos. Ahora bien, más allá de saber liturgia ¿Se vive en nuestras comunidades el proyecto Eucarístico?
Refraternizar la vida cristiana
No hay duda que el verdadero culto es aquél que nos hace mejores personas. Y ser mejores personas es igual a decir: crecer en la capacidad de amar. Entonces… porqué tantas veces nuestras parroquias están pobladas de gente que no evoluciona, o involuciona, que está llena de miedos, o resentimientos, luchando por espacios de poder, indiferente al dolor ajeno, o provocándolo. Esto debemos solucionarlo con particular urgencia. Además, sabemos que uno de los objetivos de nuestras misiones y de nuestras parroquias misioneras, es acercar a la gente a la Iglesia, y revitalizar la vida parroquial… ¿Vale la pena acercar a las personas a comunidades tan deficientes? ¿Qué hacer para que las comunidades tengan capacidad de recepción y de proyección?
Partamos de un dato existencial: desde hace unos años se está dando este fenómeno en numerosas parroquias, los católicos han
decidido que van a ir a misa (o a recibir los demás sacramentos), donde encuentren una recepción cordial, unas caras amables, una liturgia viviente y una predicación sensible a sus necesidades. Sin pensar en la jurisdicción, van a la comunidad parroquial donde se sienten efectiva y afectivamente pertenecientes. Este arraigarse pasa primeramente por la cara más visible de la Iglesia: lo entusiastas que sean las Eucaristías. Incluso, hay multitud de cristianos católicos cuya vinculación a la Iglesia no pasa por el culto dominical, y ante ellos de poco vale recalcar las sanciones del incumplimiento de los preceptos.5
Pareciera que los católicos no darán marcha atrás en este estilo que han iniciado. Lo cual no fue un proceso orquestado o programando, sino un cambio de sensibilidad que surgió más o menos espontáneamente desde diversos sectores. Quizás, a través de «estas desobediencias» Dios mismo nos esté llamando a una mayor autenticidad, a dejar una práctica «farisea» y entrar en un culto más auténtico. Creo que como misioneros debemos sentarnos más a conversar con la gente, bajando del trono clerical, para entender lo que está sucediendo. Al mismo tiempo, si efectivamente queremos acercar a la gente a la Iglesia del Señor, debemos convertir las Eucaristías en reuniones de alabanza comunitaria llenas de fervor, entusiasmo, interés y atención. Para que la motivación de la participación en el «Día del Señor» no sea el miedo a pecar, sino que brote de la necesidad interior de los cristianos de encontrarse con Dios y la comunidad. En este aspecto, considero peligroso el camino de ciertos sectores restauracionistas (frecuentes dentro de la actual Iglesia), donde la única salida consiste en ser fieles al pasado.
Ser misioneros hoy, implica salir al encuentro de las necesidades de la gente. Más importante que ver donde deben ir los floreros, es comprender las esperanzas, miedos, luchas y necesidades de la gente. Pueblo dolido y golpeado que necesita una palabra que les ayude a entender y encauzar esta conflictiva vida. Sabemos que la Eucaristía siempre va precedida de la palabra. En este contexto, qué valor tiene una homilía aburrida, no preparada, que no sabe empezar ni terminar, que se alarga inútilmente, que no brinda nada para la vida diaria; una homilía no compartida con nadie, diciendo cosas que ni se sienten ni se viven. Si a esto le sumamos cantos insufribles, el sistema sonoro defectuoso, el lugar no preparado y menos la gente… También sucede, que hay parroquias donde las celebraciones son «correctas» pero que no responden a la necesidad espiritual de la gente. Es decir, la Eucaristía celebrada debe ser una experiencia de la riqueza del misterio cristiano, por tanto, evangelizar es personalizar. No podemos mantener a nuestros fieles, y a nosotros mismos, en un infantilismo. No podemos fomentar un culto que mantenga a la gente en el aislamiento, la depresión y el dolorismo.
Otra necesidad es la de la participación. De poco vale que el misionero acerque a la gente la Iglesia, para que luego ellos lleven una vida de meros espectadores. Ciertamente que la participación en la vida cristina no pasa solamente por tener actividades litúrgicas, pero aún así, hay que prestar mucha atención a todo lo que promueva la participación. Recordando que el Pueblo de Dios es el primer responsable de la acción litúrgica. Si esto es así, el resultado es que la vida espiritual de la parroquia o comunidad será profundamente transformada por la celebración de los sacramentos, especialmente por la Eucaristía. En la liturgia todo debe ser transformador. Si la liturgia está bien rezada será, como señala Anselm Grün «transformadora».6
Los ritos que celebramos en la Liturgia son de transformación ya el rito mismo es un camino que nos lleva a la transformación. Cada vez que celebramos un rito, nos encaminamos hacia una transformación interior. El rito central de la transformación es la Eucaristía. En ella celebramos la transformación del pan y vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo. Productos de la Creación son transformados en dones divinos. Además, en la misa, festejamos (o deberíamos festejar) nuestra propia transformación. Nuestra vida diaria, nuestro trabajo, nuestros sentimientos y alegrías son transformados en alegría y vida divina. Todos los sacramentos son, en última instancia, caminos de transformación.
Atraer a la gente a la Eucaristía es hacerles descubrir la fuerza transformadora del culto. En primer lugar por la anamnesis o recuerdo. Al participar del hecho pasado salvífico, los que toman parte en el culto son sacados de su existencia rutinaria y desgarrada, para ser llenados por la fuerza de un acontecimiento sobrepersonal y divino. Además, uno se transforma por participar de la liturgia del Cielo. El hombre es elevado por encima de sus estrecheces y monotonías, para ser depositario de poderes superiores y divinos que lo transformarán en un nuevo ser. Finalmente, la transformación en el culto tiene lugar también por la anticipación. Lo futuro se abre paso en el presente y lo transforma. En este sentido, el mismo año litúrgico, rezado atentamente, nos proporciona múltiples símbolos de transformación. Incluso, C. Jung decía que la liturgia cristiana, con la riqueza de sus signos, gestos y palabras, era, aun sin buscarlo concientemente, un verdadero sistema terapéutico.
La cuestión es ¿Vivimos transformadoramente la Eucaristía? A veces constatamos dolorosamente que el momento de la acción corporal, de los signos, de lo propiamente celebrativo se ha relegado. Como pastores sería nuestra tarea configurar la liturgia de modo tal que tenga nuevamente una fuerza transformadora. Esto no abarca sólo las formas externas, sino todo lo que se realiza. La gente debería vivenciar que algo sucede si uno, día a día, se dirige a la iglesia y vive la liturgia. Esto, ciertamente, se dará por gracia de Dios y porque los ritos no se hagan con superficialidad. Es más, ¿Cuánto transforma la liturgia dominical, a toda una familia que se relaciona con Dios durante una hora? ¿Cuánto transforman la misa diaria a quien descubre a Cristo? Naturalmente, no quedan siempre visibles las transformaciones. Pero, con cuanta mayor conciencia lo hagamos tendrá lugar una lenta transformación, a veces imperceptible, pero real transformación. También es cierto que al Pueblo de Dios le ayudará si nosotros, los clérigos, rezamos, y celebramos la Eucaristía, en la que siempre colocamos sobre el altar nuestra vida, con sus conflictos interiores y exteriores. Nuestra vida transformada lentamente por Dios, nos hará a todos vivir en mayor comunión.
Otro elemento a mejorar es reforzar la hospitalidad de nuestras comunidades. Por ejemplo: Los obispos de los EE. UU. en un mensaje a los jóvenes decían: «Reconocernos el dolor de muchos de ustedes que se sienten no bienvenidos y solos, extraños en la casa de Dios».7 Sabemos que esta realidad se repite en muchos lugares y con otros sectores sociales.
Los ministros ordenados debemos tomar conciencia de que Cristo está presente en la persona ministerial, pero que no somos el centro de la atención del pueblo de Dios. Es por eso que la humildad debe acompañar de manera imprescindible el servicio litúrgico. Presidir no quiere decir hacer todo, ni mandar de mala manera. Implica enseñar, delegar, consensuar, esperar, modificar… actitudes que requieren la práctica de la virtud de la humildad. La oración, como toda actividad de amor implica una gran donación. El que usa la liturgia para promocionarse, para el propio lucimiento, para predicarse a sí mismo, en definitiva, para buscarse a sí mismo, todavía debe crecer mucho en el amor. Nuevo motivo para ir en búsqueda de la humildad, para que ella nos enseñe a amar a ejemplo de Cristo en la Eucaristía.
Buscando unas Eucaristías más participativas, debemos reflexionar, por raro que parezca, en el juego y la fiesta. Veamos el juego,8 el cual, entendido en su sentido amplio, está presente en la participación de ritos, tradiciones, y liturgias. El juego es a la vez: 1. Serio (porque tiene reglas que hay que cumplir); 2. Absorbente (porque cada uno se esfuerza, está atento, y se divierte); 3. Humilde (Lo más importante no es uno, sino algo distinto de él, por ejemplo una pelota). La liturgia también es un juego de orden religioso. Por eso, no estaría mal acercarse a ella con el ánimo de jugar en vez de vivirla tan solemnemente. Repetimos, juego en el sentido no tanto fisiológico, sino como actitud cultural de distensión y entretenimiento.
Pasemos ahora a la fiesta.9 Tenemos conciencia de cómo la gente se siente atraído por las fiestas; y también sabemos que muchos cristianos no viven la liturgia como una fiesta. En parte porque los clérigos tampoco la vivimos festivamente. Sabemos que desde lo antropológico la fiesta es una ruptura con la vida cotidiana, es un paréntesis frente a las tensiones diarias. Ella implica un clima de gratuidad y alegría. Es la actitud vital opuesta al utilitarismo (por lo cual, no siempre las «fiestas» del mundo son fiestas). Es la capacidad de contemplación admirativa, de saber «perder el tiempo», aceptando la vida como don y gracia, en un clima de estética y juego. La alegría es connatural a la fiesta, con sus mil manifestaciones de vestidos, comida, bebida, canto, danza… hasta de un cierto despilfarro y abundancia. Además, toda fiesta supone la presencia de la comunidad: o sea, una dimensión social de reunión y encuentro entre los miembros de un grupo, con gran capacidad de apertura, de deseos de conocer y de ser conocido. Es así que la fiesta rompe barreras, y contribuye a la regeneración de la propia identidad del grupo que celebra. Además, la fiesta tiene un cierto ritualismo, que permite captar los pasos que tiene. Ella posee unas estructuras más ó menos fijas, heredadas o inventadas. También la fiesta está en íntima relación con el tiempo. Es celebración en un tiempo determinado (hoy); con una memoria viva del pasado (aniversario, cumpleaños, etc.); y una proyección esperanzada hacia el futuro. ¡Ojalá que nuestras liturgias manifiesten la fiesta divina! Como dice la plegaria Eucarística IV: «Tú solo eres bueno y fuente de vida, hiciste todas las cosas para colmarlas de tus bendiciones y alegrar su multitud con la claridad de tu gloria». El Dios bíblico es libre y feliz… El primero que «hace fiesta» es el mismo Dios. La cuestión es ¿Vivimos la Eucaristía como un juego y una fiesta religiosa?
Para ello el Pueblo de Dios, todo, debe recuperar la voz. Rezar de modo que se escuchen sus oraciones, sus aclamaciones, sus respuestas. Proclamar la Palabra, pasándola por la propia vida. La música y los cantos permiten incorporar varios y diversos estilos en las celebraciones, de modo que la gente encuentre en el arte un camino que le acerque a Dios. No podemos convertir nuestras iglesias en museos donde sólo tiene cabida la música del pasado, corno si la Iglesia fuera la custodia de lo antiguo. Pero el Evangelio nos enseña a sacar lo viejo y lo nuevo de nuestro tesoro (Mt 3,52). Es menester que haya mejores cantores, no para que la gente escuche cantar, sino para que toda la comunidad cante. Además, no hay que cansarse de enseñar las respuestas y demás textos musicalizados al pueblo de Dios. También el pueblo es protagonista cuando comparte sus reflexiones (al menos cada tanto). Asimismo se debe completar el valor de la palabra con el valor de los silencios litúrgicos. Es decir, que las Eucaristías recuperen y acrecienten su forma interactiva. Siendo así, la gente se sentirá, real y afectivamente, contenta de haberse acercado a la Casa de Dios. Como todo lo anterior, esta es una tarea que exige constancia, preparación y ganas.
Cerrando este punto, recordemos que San Vicente nos enseña que una expresión magnífica de caridad es la participación de la misa.10 La Eucaristía es una hermosa expresión de que el amor es infinitamente inventivo.11 Este es el sacramento por excelencia de la caridad, y que lleva a practicar la caridad. Vicente de Paúl cree profundamente en el poder de la Eucaristía para crecer en la caridad; por eso cuando le comentaban que algunas personas estaban desunidas, invitaba a comulgar con la intención de pedir por la unión de esas personas.12 Es, decir, vincula la Eucaristía no sólo con el amor a Dios sino con el amor a los hermanos. Ahora bien, para participar con provecho de ella, se debe ir en una actitud de caridad.13 San Vicente señala que para comulgar correctamente hay que disponer el corazón abriéndolo al amor de Dios y de los hermanos. Dios pide solamente que le demos el corazón;14 y esta entrega exige un arrepentimiento de las faltas pasadas, un abandono de las vanidades del mundo, y un propósito de no ofenderlo más.15
Como vimos, la Congregación de la Misión, desde sus orígenes tuvo una acentuada preocupación por la liturgia. Pero entendida no como puro rubricismo, ni como cumplimiento fanático de reglas. La liturgia debe estar profundamente emparentada con la pastoral para que ella sea un camino que contacte al hombre con las realidades divinas, y opere la trasformación liberadora de las realidades humanas.
Servir a los pobres y transformar las estructuras16
La Eucaristía coherentemente rezada debe ser proyecto de solidaridad para toda la humanidad. Como vicentinos debemos ser promotores de comunión, paz y solidaridad con todos, especialmente con los más pobres. Jesucristo estuvo en la Ultima Cena con una jofaina llena de agua sucia y una toalla usada, y era la Eucaristía solemne ¿De que servirían liturgias tan minuciosas sin acercarse a quienes sufren más que nosotros y tienen necesidades que nosotros ya hemos satisfecho? Ser misioneros implica dar la bienvenida a la iglesia a quienes la sociedad discrimina, los discapacitados, las personas con necesidades especiales, los ancianos, los económicamente marginales, los socialmente despreciados por cualquier motivo: así fueron los seguidores de Jesús. Es urgente recordar que la Eucaristía es la comida compartida entre todos. ¡Más que ′recibir′ la Comunión, nosotros «compartimos» la Comunión!
No es el propósito de este artículo desarrollar un análisis pormenorizado de la actual situación sociopolítica. Simplemente señalamos que nos alegra que las dictaduras militares prácticamente se hayan extinguido. Otro hecho positivo ha sido la caída del comunismo en su versión soviética, con todas las violaciones a los derechos humanos que ella implicaba. Pero persisten y se acentúan estos hechos negativos: un cierto tipo de neocapitalismo que ha fomentado la exclusión, ha aumentado los índices mundiales de pobreza, y mantiene la pretensión de ser el único modelo que rija la vida humana. La superpotencia reinante, sumerge al mundo en la violencia, y no tiene más ley que sus propias apetencias. Sumando a esto el terrorismo, la corrupción política, y la mayor actividad criminal de la población.
Ante esta situación, ¿nuestra misas que repercusión tienen? Es muy importante que nuestras comunidades ayuden a los pobres… pero la tarea sería incompleta si ayudáramos a los marginados, dejando intactos las estructuras que siguen creando miseria y exclusión. Sería incompleta la acción cristiana si por ejemplo cada año implantamos más comedores infantiles y no trabajamos por erradicar los males profundos que producen que en la casa de los humildes no haya alimento necesario para que sus niños coman en ellas. La misión vicentina se continúa en el compromiso activo en favor de una sociedad más equitativa y fraterna. Dice Juan Pablo II:
«Nuestro Dios ha manifestado en la Eucaristía la forma suprema del amor, trastocando todos los criterios de dominio, que rigen con demasiada frecuencia las relaciones humanas, y afirmando de modo radical el criterio del servicio: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,35). No es casual que en el Evangelio de Juan no se encuentre el relato de la institución Eucarística, pero sí el «lavatorio de los pies» (cf. Jn 13,1-20)… No podemos hacernos ilusiones: por el amor mutuo y, en particular, por la atención a los necesitados se nos reconocerá como verdaderos discípulos de Cristo (cf. Jn 13,35; Mt 25,31-46). En base a este criterio se comprobará la autenticidad de nuestras celebraciones Eucarísticas».17
Señalo lo siguiente, siempre que hago un retiro espiritual descubro que rezo poco, y entre los compromisos me digo «tengo que rezar más». Supongo que este compromiso mío será bastante compartido por muchos de los que lean este artículo. Parece que uno no logra equilibrarse. Es decir, siempre tenemos mala conciencia frente a la oración. Eso en parte es bueno. Pero afirmado esto, con honestidad también señalo lo siguiente: me gusta recordar que San Vicente repite la centralidad de la caridad de modo que subordina la piedad a la actividad evangelizadora. Esto lo expresa en cosas concretas y «extrañas» para una mentalidad ritualista, como el dejar una misa de precepto para atender al pobre: «Tiene usted razón en no tener escrúpulos de perder la misa por asistir a los pobres, ya que Dios quiere más la misericordia que el sacrificio».18 Señala a las hermanas que se debe hacer lo posible por participar de la misa diaria, pero ella, a pesar de lo sublime que es, se puede omitir por el servicio del necesitado.19 Esto es así ya que el verdadero amor a Dios se confirma en el amor al prójimo. Entiende que la caridad es la norma absoluta y su cumplimiento está por encima de toda otra obligación cultual. Extrae todas las enseñanzas del gran mandamiento explicado por Jesús del amor a Dios y al prójimo (cf. Lc. 10,25-42), que se abre en el díptico del buen samaritano, y de Marta y de María. En situaciones de urgencia Dios mismo «deja su lugar» para que se atienda al hermano:
«Hay algunas ocasiones en las que no es posible guardar el orden de la distribución del día; por ejemplo, llamarán a la puerta mientras hacéis oración, para que una hermana vaya a ver a un pobre enfermo que la necesita con urgencia; ¿qué hay que hacer? Será conveniente que vaya cuanto antes y que deje la oración, o mejor dicho que la continúe, ya que es Dios el que se lo manda. Porque, mirad, la caridad está por encima de todas las reglas y es preciso que todas lo tengáis en cuenta. La caridad es una gran dama; hay que hacer todo lo que ordena. Por tanto, en ese caso, dejar a Dios por Dios. Dios os llama a hacer oración y al mismo tiempo os llama a atender a aquel pobre enfermo. Eso es llama dejar a Dios por Dios».20
Este texto nos recuerda que la virtud fundamental de la vida cristiana es la caridad. Claro esta, que sin oración, la caridad se seca.
Entendemos que la misión de la Iglesia se sitúa allí donde se anudan indisolublemente la celebración de la cena del Señor y la creación de la fraternidad humana. Así, la primera tarea de la Iglesia es celebrar con alegría el don de la acción salvífica de Dios en la humanidad, realizada a través de la muerte y la resurrección de Cristo. Eso es la Eucaristía: memorial y acción de gracias. Y por eso es realmente una fiesta. Celebración de una alegría que se desea y se busca compartir. La Eucaristía es hecha en la Iglesia y, simultáneamente, la Iglesia es construida por la Eucaristía. En la Iglesia celebramos aquello que se realiza fuera del edificio de la Iglesia, en la historia humana. Esta obra, creadora de una profunda fraternidad humana, da su razón de ser a la Iglesia.
En la Eucaristía celebramos el misterio de la fraternidad humana que implica también la dignificación de todos y cada uno de los seres humanos. Recordemos que la última cena se presenta teniendo como telón de fondo la pascua judía que celebraba la liberación de Egipto y la alianza del Sinaí. Acción de Dios en favor de un pueblo que vivía una situación económica y política intolerable. La obra del Yahvé implicó, por tanto, una salvación que incluyó lo económico y lo político.
Sabemos que la obra de Jesucristo, vivida con tanta fuerza en la Eucaristía, combate el pecado. Pero, con frecuencia nos olvidamos que las situaciones políticas y económicas injustas también son parte de ese pecado del que Jesucristo vino a redimir. ¡Cuántas Eucaristías bellamente celebradas son absolutamente indiferentes a las situaciones sociales injustas y conflictivas! La «violencia institucionalizada» que denunciaba Medellín suele ir frecuentemente acompañada de la hipocresía institucionalizada. Esto se ha convertido en un verdadero escándalo para quienes buscan en la Iglesia a la defensora de los hombres, como la quiso Jesucristo. Es llamativo, como los sectores conservadores han agigantado algunos temas morales, minimizando los temas vinculados a la ética social. Celebrando misas donde tranquilamente comulgaron mandatarios que son opresores del pueblo. Es cierto que esto se daba más antes que ahora; pero no podemos decir que estas prácticas se hayan desterrado o que no se vuelvan a intensificar.21
En situaciones conflictivas una Eucaristía que no conlleve un compromiso real contra el despojo y a favor de los marginados, es un culto vacío, contrario a las enseñanzas de Cristo, quien a pesar de nuestras incongruencias, sigue viniendo en el pan consagrado. Es decir, Eucaristía y justicia social están más unidas de lo que suele vivirse en muchas parroquias. Todavía es fuerte el peso ideológico que lleva a un culto individualista, o cerrado a la cuestión social, o peor aún, celebrado triunfalistamente por quienes detentan el poder. «Hacer memoria» de Cristo en la misa es más que realizar un acto cultual: es aceptar el sentido de una vida que llegó hasta la muerte, en mano de los grandes de este mundo, por amor a los demás.
Este año Eucarístico debe comprometernos como familia vicentina a tomar una clara posición de denuncia hacia la actual situación de injusticia social, y colaborar con un proceso que busca un orden más humano. El cual se dará, en buena medida, aplicando las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia. Cada Eucaristía debería ser una manifestación litúrgica, de una realidad vivida permanentemente: la actitud solidaria a favor de los oprimidos y despojados. Debemos mantener una esperanza activa, confada y que nos de alas para construir la Civilización del Amor cada vez con mayor empeño. Como rectores de la acción litúrgica, debemos ser profetas que unamos Palabra, Eucaristía y dignifcación del otro.22 Hay veces que esta postura eucarísticamente profética puede llevar a los cristianos a la soledad, a la marginación, e incluso el martirio. Por eso, cada misa nos enseña, como nuestro Maestro, a estar dispuesto a derramar la sangre por el amor.
El contacto con Cristo-Eucaristía nos debe llevar a un mayor contacto bíblico, para separar el culto de las ideologías marxista y capitalista, en sus formas puras y duras. Pero también debemos separarnos de los fanatismos religiosos (que también sacuden al catolicismo en sus versiones neoconservadoras), así como de perder el sentido misionero, pensando que no tenemos nada que anunciar. Todo es cuestión de equilibrio. No podemos volver a una pretendida «pureza » evangélica que lleva a alejarse de las realidades humanas, entre ellas los conflictos sociales. Tampoco queremos reducir la riqueza cristiana al trabajo social. Sino que debemos, desde la Eucaristía, promover una reflexión, espiritualidad, y ética que nos lleve al encuentro con Dios a través de los otros. Sin duda estas son las bases de la espiritualidad y la ética vicentina. La fe cristiana no puede olvidarse de la escatología, pero la escatología no puede ser una excusa para desentenderse de las cosas humanas.
Es necesario encarar debidamente este reto, el cual supone que miremos la realidad y tengamos la decisión de transformarla. Nuestras Eucaristías no pueden servir para despreocuparnos del sufrimiento ajeno. Esto no es aceptable ni humana ni cristianamente. El conflicto social, agudizado en la actualidad por algunas escuelas neoliberales, es una penosa realidad histórica. Por difícil y riesgosa que sea la tarea, debemos ver esa situación a la luz de la fe y de las exigencias del Reino. El problema está ahí, la cuestión es cómo la caridad, inspirada por la fe, puede actuar buscando salidas creativas. Uno de las propuestas esenciales desde el amor Eucarístico, es lograr la exclusión del odio, el desinterés, y de la mutua instrumentalización de los diversos grupos sociales. Participar evangélicamente al lado de la justicia y de los excluidos, implica compromisos, toma de posiciones, oponerse a ciertas prácticas, defender como «no negociables» los derechos humanos, etc. Todo esto hecho desde el amor, y sofocando la violencia social (que siempre es ausencia de amor). Por ejemplo, Juan Pablo II valora a los cristianos que participan en los movimientos de solidaridad en el mundo del trabajo: «La Iglesia está vivamente comprometida en esta causa, porque la considera como su misión, su servicio, como verificación de su fidelidad a Cristo para poder ser verdaderamente la Iglesia de los pobres»23
La universalidad del amor cristiano es incompatible con la exclusión de personas. Por el contrario, la caridad cristiana permite la preferencia por los más pobres y oprimidos, ya que estas fueron las preferencias de nuestro Maestro, que amó más a quienes más precisan ser ayudados. Por tanto, evangelizar implica afirmar que el amor de Dios se dirige a todos sin excepción, comenzando por los que más sufren. Nadie está excluido de nuestro amor, ya que incluso el evangelio nos manda amar a nuestros enemigos. Esto no quita que uno debe enfrentarse con aquellos que crean hambre y miseria. No para rechazarlos u odiarlos, puesto que ellas son amadas por Dios, sino para llamarlos permanentemente a la conversión. Evangelizar es no cansarse de llamar a la conversión.
Ahora bien, frente a los numerosos conflictos sociales, muchas veces en nuestras comunidades, nos cuesta tomar una postura en común. Pareciera que cada uno tiende a responder desde sus ideologías, posturas partidarias, mantenimiento de privilegios o respondiendo de acuerdo a criterios mundanos (neo maquiavelismo), o manteniendo una «piadosa neutralidad» que en el fondo contradice el mandato evangélico. Por el contrario, tenemos como paradigma la Eucaristía que nos invita a la unidad, aunque para ello se deban «desmenuzar» los diversos granos. La iglesia, celebrando la Eucaristía, quiere ser signo de comunión en la historia (LG 1). Por tanto, ella debe contribuir a la unidad del mundo, sabiendo que la concordia de los hombres es posible sólo por la justicia efectiva para todos. En medio de un siglo XXI que ha comenzado con una espectacular violencia y exclusión, la primera misión de quienes comulgamos es mostrar que creemos en la paz y la igualdad. Así, ella se constituirá en un auténtico y eficaz signo de unidad en el amor universal de Dios.
Una tarea importante y urgente de nuestra Congregación de la Misión es consolidar hoy la paz y la unidad. Sabiendo que la unidad es ante todo un don del Señor, que se debe pedir en la oración; pero es también tarea nuestra, conquista histórica. Vocación a la unidad que nos lleva, desde nuestra identidad Eucarística, a trabajar con los demás cristianos no católicos, así como los hombres y mujeres de otras religiones, e incluso ninguna, para construir un mundo que dignifique a los más pobres. Les invito a concluir este artículo con un texto de San Vicente que hace referencia a la grandeza de la Eucaristía. Recibirlo con la devoción que se merece y hacer que los otros lo reciban. Compara la comunión con un nuevo nacimiento del Señor:
«Los ángeles hicieron resonar los aires con sus cánticos y alabanzas, cuando vino a este mundo. San Juan le rindió homenaje, cuando estaba todavía en el seno de su madre. Los magos, que representan a la ciencia humana, contribuyeron también por su parte a su homenaje. Los pastores, símbolo de la sencillez, le mostraron también su reverencia. ¡Y qué diremos incluso de los animales irracionales! Tampoco ellos quisieron faltar a esta adoración. Y lo que es más extraño todavía, hasta las cosas inanimadas, que carecen de inteligencia, hicieron un esfuerzo en la naturaleza para alcanzarla y poder contribuir de este modo a su fe y acatamiento. Si Dios Padre, Hijo y Espíritu santo, si los ángeles, los niños, los hombres ilustres en dignidad y egregios en sabiduría, si los sencillos, los animales irracionales y las cosas inanimadas contribuyeron unos a prever, otros a preparar, otros a realizar, cada uno en la medida de sus posibilidades, el nacimiento del Hijo de Dios, ¿con cuánta más razón deberá el hombre prever, esforzarse y disponerse a la recepción de este mismo creador?».24.
- Mane nobiscum domine, 26.
- Cf. ES I, 509.
- Cf. ES II, 448-449.
- San Vicente atribuye esta idea al padre Bourdoise: «Antes de él, nadie sabía lo que era eso; no había ningún lugar especial donde se enseñasen; un joven, después de estudiar filosofía y teología a continuación de los estudios menores, con un poco de latín, se marchaba a una parroquia y administraba allí los sacramentos a su modo; éste era el motivo de la gran diversidad que había» ES XI, 576.
- No ha cambiado la ley eclesiástica en la cuestión de la asistencia dominical a misa y muchas otras cuestiones, pero los católicos han asumido que ellos, por su cuenta, podían cambiar la ley. Incluso hoy es frecuente que actualmente casi todos los que están en las iglesias, se acerquen a comulgar. Hasta hace pocos años, un grupo numeroso no se acercaba, aunque sólo fuera por haber faltado a Misa el domingo anterior. Hoy en día, muchos adultos y jóvenes se acercan a comulgar, aunque son conscientes de que sus vidas no siempre están de acuerdo con las leyes eclesiásticas. Cf. ANDREW GREELEY, «The children of the Council», en America 7 (2004) 8-11.
- Cf. ANSELM GRÜN, Transformación, Buenos Aires 1997, Lumen, 73-82.
- United States Conference of Catholic Bishops, Message to young adults, 1995.
- Cf. JOHANN HUIZINGA, Homo Ludens, Buenos Aires 1972, Emece, 11-42; HANS GADAMER, Truth and Method, New York 2003, Continuum, 101-113.
- JOSÉ ALDAZÁBAL, «Fiesta», en Cuadernos Phase 27 (1991) 3-13.
- Cf. ES IX, 1, 58.
- Cf. ES XI, 3, 65.
- Cf. ES I, 556.
- Cf. ES XI, 4, 646.
- ES X, 44.
- Cf. ES X, 39-45.
- Cf. GUSTAVO GUTIERREZ, Teología de la liberación, Salamanca 199014, Sígueme, 300-320, SEGUNDO GALILEA, Espiritualidad sacerdotal, Santiago de Chile 1991, Ed. del Seminario Pontificio Mayor, 5-46, 67-72; JEAN-MARIE AUBERT, Compendio de la Moral Católica, Valencia 1991, Edicep, 228-234.
- Mane nobiscum domine, 28.
- ES VII, 50.
- Cf. ES IX, 57.
- ES IX, 1125.
- Debemos reconocer que una parte de los cristianos católicos, incluso muchos que se han formado en ámbitos educativos confesionales, frecuentemente se hallaban vinculados a sistemas sociales que promovieron la exclusión social. Hemos contribuido en muchos lugares a crear un «orden cristiano», dando un cierto aval sagrado a situaciones injustas, especialmente las de los poderosos contra los débiles. A veces lo cristiano ha terminado siendo una pieza del sistema dominante; o se ha acomodado el mensaje evangélico para justificar dictaduras militares, capitalismo salvaje, violencia guerrillera, fanatismos religiosos, etc. En esta situación, todo posición a-política suele expresa: 1. Cobardía; 2. Desinterés social disimulado; 3. Subterfugio para seguir permitiendo que los poderosos expolien a los demás; 4. Falta de sentido crítico; 5. Camuflaje de pactos políticos preexistentes.
- Aquí queremos afrmar que optar por el Dios cristiano es optar por la justicia, con la complejidad que dichas cuestiones encierran. Para mejor dilucidarlas es conveniente dejar de lado: 1. Las simplifcaciones ambiguas y empobrecedoras; 2. La demonización de algunos sectores sociales y la idealización de otros.
- Laborem exercens, 8.
- ES X, 43-44






