Espiritualidad vicenciana: Seguimiento de Jesús

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Antonino Orcajo, C.M. · Año publicación original: 1995.

1 Jesús de Nazaret, centro de vida. 2. Vocación universal a seguir a Jesús. Clases de seguidores. 3. EI segui­miento de Jesús evangelizador de los pobres. Seguimiento y evangelización, tarea unitaria. 4 . Renuncias del seguimiento se­gún el Evangelio. 5. Espíritu del seguimiento. 6. Seguimiento y Providencia.


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1. Jesús de Nazaret, centro de vida

La persona de Jesús y su seguimiento son te­mas nucleares y envolventes de la narración evan­gélica. Lo son también de la vida, obra y ense­ñanzas de Vicente de Paul, quien afirma de sí mismo: «Nada me agrada que no sea en Jesu­cristo» (Abelly, L. La vie du vénérable serviteur de Dieu…, 1. 1, p. 78). Toda la actividad interior y ex­terior del Santo responde a la llamada que le di­rigiera Jesús como evangelizador de los pobres. En él cifra su «fe y experiencia». Tanto la pala­bra como el trabajo apostólico por él desarrolla­dos atestiguan que nada hay comparable a la vocación cristiana, que consiste en ir tras las hue­llas de Jesús, haciendo el bien con los senti­mientos y afectos del mismo Salvador. Vicente de Paúl reinterpreta, sin reduccionismos, el mensa­je evangélico para integrarlo en la propia vida y en la de sus compañeros de comunidad. Para él y pa­ra su comunidad «Jesucristo es nuestro padre, nuestra madre y nuestro todo» (V, 511). La fór­mula que mejor condensa su moral y adhesión a Cristo está dictada en estos términos: «Jesucristo es la regla de la Misión» (XI, 429). La tradición vi­cenciana ha ratificado siempre su espiritualidad eminentemente cristocéntrica, espiritualidad acen­tuada en el s. XVII, aunque el retorno a Jesús co­mo principio y fin de la vida cristiana ha sido una constante vital de la Iglesia en momentos de reforma o de novación.

Como recuerda el C. Vaticano II, «ya desde los comienzos de la Iglesia hubo hombres y mu­jeres que se propusieron seguir a Cristo con más libertad e imitarlo más de cerca, y, cada uno a su manera, llevaron una vida consagrada a Dios» (PC 1). No han faltado a lo largo de los siglos ejem­plos maravillosos de adhesión incondicional a Je­sús. Una nota común une a todas las vocaciones específicas: el ideal de seguir a Cristo, según los dones recibidos. Desde la conocida «vida apos­tólica» de los primeros tiempos de la Iglesia has­ta la última expresión del compromiso cristiano, todas las formas de seguimiento buscan la «con­figuración con Cristo». Pero la vocación parti­cular de cada creyente hace que el seguimiento de Jesús adquiera distintas expresiones en la his­toria y que se diferencien unas de otras en el mo­do de plasmar el ideal evangélico. La orientación dada por la Escuela francesa de espiritualidad contribuyó a centrar a muchos cristianos en la persona del Verbo encarnado. El mismo san Vi­cente lo reconoce; sin embargo, el Jesús que él descubre en el evangelio difiere del presentado por Pedro de Bérulle, máximo representante de esa Escuela. Bérulle tiene el mérito de haber da­do a la espiritualidad sobre todo sacerdotal un gi­ro «copernicano» del que se aprovecharon mu­chos clérigos y comunidades.

Jesús de Nazaret, el Enviado del Padre, el mi­sionero por antonomasia, el evangelizador de los pobres -encarnación de la caridad compasiva y misericordiosa del Padre, es el Jesús que sedu­ce a san Vicente. Él no se cuestiona plantea­mientos sobre la recuperación del Jesús históri­co tal y como la exégesis los formula actualmente: cree y enseña, sin rigorismo académico, que Jesús es «Señor y Cristo» (Hch 2, 26), usa indis­tintamente los títulos majestuosos con que la comunidad cristiana confiesa la divinidad y hu­manidad de Jesús, a quien llama «Mesías», «Sal­vador», «Hijo de Dios», «Hijo de hombre» y «En­viado del Padre» para salvar-liberar a los hombres del pecado y concederles la eterna bienaventu­ranza. La insistencia en presentar a Jesús como evangelizador, por pueblos y aldeas, manifiesta su pasión por la persona de Jesús descrita en los Evangelios sinópticos. Ello no le priva de la re­flexión teológica que hacen san Juan y san Pablo sobre el señorío de Cristo, por el contrario le sirve de base para formular sus compromisos apostólico-espirituales. Para san Vicente, el Je­sús histórico es el mismo Cristo de la fe, sin des­vinculación con el acontecimiento salvífico. Su entrega se basa en la historia de Jesús Nazare­no, que nació, murió y resucitó «dejándonos ejem­plo para que sigamos sus huellas» (IP 2, 21).

San Vicente hace destacar los hechos histó­ricos de Jesús, que «primero practicó y luego enseñó». Podría haber hecho suya la siguiente for­mulación de fe en Jesús, hombre perfecto, del Va- ticano II: «El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Tra­bajó con manos de hombre, pensó con inteli­gencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con voluntad de hombre. Nacido de la Vir­gen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excep­to en el pecado» (GS 22). Jesús revela sobre to­do la compasión misericordiosa de Dios Padre con los hombres acosados por el pecado y por la pobreza material. Sus dos grandes virtudes: «la religión para con el Padre y la caridad con los hombres» N1, 370) indican su actitud íntima, su psi­cología más profunda y su experiencia más en­trañable. De este «manantial de caridad» fluyen corrientes de caridad infinita desde su encarna­ción en el seno de María hasta el suplicio de la cruz. Exclama Vicente, seducido por el amor de Cristo: «Miremos al Hijo de Dios. ¡Qué corazón tan caritativo! ¡Qué llama de amor!… ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un supli­cio infame!… Sólo nuestro Señor ha podido de­jarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre, para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Pa­ra establecer entre nosotros, por su ejemplo y su palabra, la caridad con el prójimo. Este amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admi­rable de nuestra redención» (XI, 555). La encar­nación y la redención son los dos grandes mis­terios que encierran de «forma supereminente» el amor de Jesús, imagen visible de la caridad compasiva y misericordiosa del Padre. Precisa­mente, demuestra su mesianidad practicando la caridad con los oprimidos: da vista a los ciegos, oído a los sordos, salud a los leprosos…, y anun­cia a los pobres la buena noticia (cf. Le 7, 22). El evangelio de la misericordia es sin duda el pre­ferido de Vicente de Paúl, porque encarna el ros­tro del Hijo de Dios que le ha llamado a continuar su obra de salvación en el mundo.

Por esto, el papa Juan Pablo II, al presentar a san Vicente como «heraldo de la misericordia y de la ternura de Dios», afirma: «A través de las generaciones, san Vicente habla no sólo a su si­glo, sino a toda la época moderna, inscribiendo de nuevo en ésta, con toda la radicalidad del evan­gelio, las palabras del sermón de la montaña: «Bienaventurados los misericordiosos, porque al­canzarán misericordia». Él está al comienzo de una larga fila de personas que, siguiendo sus huellas, realizaron en su vida las palabras del salmista: «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas» (Sal 25, 4)… Todos los hijos e hijas de san Vicente han aprendido de Cristo, con su ayu­da, a recorrer la senda evangélica que pasa a tra­vés del sermón de la montaña: «Bienaventurados los misericordiosos»» (Juan Pablo II, homilía pro­nunciada el 27 de septiembre de 1987, en el 200 aniversario de la canonización de san Vicente).

Consecuentemente, el seguimiento lo conci­be como vida centrada en el Mesías lleno de ca­ridad, no como teoría desvinculada de su misión salvadora, como imitación del Hombre nuevo que es exaltado por el Padre después de sufrir el ano­nadamiento de la cruz. Siendo esto así: «Vivimos en Jesucristo por la muerte de Jesucristo, y nues­tra vida tiene que estar oculta en Jesucristo y lle­na de Jesucristo, y para morir como Jesucristo hay que vivir como Jesucristo» (1, 320). Tal consejo inspirado en la doctrina joánica-paulina señala bien a las claras el puesto central que ocupa Jesús en la vida de sus seguidores. La muerte y la vida ra­dicalmente centradas en Cristo Jesús explican la autenticidad de la vocación cristiana.

Temas tan fundamentales en el evangelio co­mo el Reino de Dios, la conversión, la evange­lización de los pobres, la oración, la docilidad a la Providencia, la tolerancia intracomunitaria y la alegría en el servicio están íntimamente co­nexionados con Jesús y su seguimiento. Por otra parte, no encontramos exhortaciones vicencianas que no inviten a seguir a Jesús si no es con los medios antedichos: anunciando el Reino de Dios, practicando la oración y permaneciendo en actitud constante de conversión a los valores del Evan­gelio, primera y última norma del seguidor de Jesús.

2. Vocación universal a seguir a Jesús

Jesús llama a todos los hombres para que le sigan si quieren caminar a «la luz de la vida» (Jn 8, 12), lejos de las tinieblas. Nadie está excluido de la invitación del divino Maestro; a todos al­canza su voz: «a hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación» (Ap 5, 9). Cualesquiera que se­an su condición y estado, a todos dirige el Señor la llamada: «Ven y sígueme» (Mt 19, 21; Mc 10, 21; Lc 18, 22). En ningún caso Jesús coacciona la vo­luntad de los invitados; pero tampoco llama for­mulísticamente, sino con amor preferencial hacia aquellos a quienes dirige la invitación. Éstos han de dar una respuesta firme y confiada, descan­sando en los cuidados de la providencia. Al de­clararse Jesús «el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6), está concentrando en sí mismo las aspira­ciones totales y más altas de los hombres.

Después de Pentecostés, los discípulos se llamaron por primera vez «cristianos», es decir seguidores de Cristo (Hch II, 26). De muchas ma­neras testimoniaban su fe y amor al Mesías. En­tre ellos, los había hombres y mujeres, niños y an­cianos, ricos y pobres, casados y solteros, gente de cultura y de escasa formación. Todos forma­ban un grupo unido, una comunidad compacta por la fe y la caridad, aunque se dieran algunas excepciones. Mediante el sacramento del agua y del Espíritu, los nuevos cristianos ingresaban en la comunidad. Los Hechos de los Apóstoles dan cuenta de cómo cundía por todas partes la Pala­bra de Dios y cómo «los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres» (Hch 5, 14).

En el transcurso de la historia han ido apare­ciendo expresiones distintas del seguimiento de Jesús, según las culturas y necesidades de cada época. Hombres evangélicos, dotados de caris­mas particulares, encarnaron el ideal de Cristo, arrastrando en pos de sí a otros muchos simpa­tizantes que se entregaban a la soledad o a la predicación de la Palabra. Todos se consideraron seguidores de Jesús, aunque la misión específi­ca de cada uno, en la Iglesia y en el mundo, fue­ra distinta. Todos aspiraban a ser «sal de la tierra y luz del mundo» (Mt 5, 13-16).

Clases de seguidores

Según el esquema tradicional, Vicente de Paúl distingue tres clases de seguidores de Jesús den­tro de la común vocación cristiana. Los apósto­les, los discípulos y la masa del pueblo repre­sentan a la multitud de creyentes que ponen su ideal en Cristo Jesús (cf. X, 957). A semejanza de su grupo representativo, los misioneros, las Hi­jas de la Caridad y los demás laicos comprome­tidos en la Iglesia han de responder a las exi­gencias de su vocación particular y a la misión que se les ha encomendado dentro de la gran familia humana y eclesial. Seguir a Jesús no significa despreocuparse de las tareas humanas, sino re­alizarlas con la mayor responsabilidad, sabiendo que «todos los fieles, de cualquier estado y con­dición, están llamados a la plenitud de la vida cris­tiana y a la perfección de la caridad, y que esta santidad suscita un nivel de vida más humano in­cluso en la sociedad terrena» (LG n° 40).

Los apóstoles fueron los primeros llamados y escogidos por Jesús para formar comunidad con él y para ser enviados a predicar (Mc 3, 13). El Se­ñor escogió a los que él quiso, sin que nadie fue­ra agregado al grupo de los «Doce» sino por lla­mamiento y elección particular: «No me habéis elegido vosotros a mf, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado a que vayáis y deis fruto, y un fruto que permanezca» (Jn 15, 16). Mientras estuvo al lado de sus apóstoles, Jesús instruía a todos y a cada uno, preparándoles pa­ra la misión que les iba a encomendar de «ir por el mundo entero y de predicar la Buena Noticia a toda la creación» (Mc 16, 15). Los apóstoles, efec­tivamente, después de Pentecostés, se repar­tieron por el mundo como enviados de Jesús, dando testimonio de la vida, muerte y resurrec­ción del Mesías. El envío es inseparable del se­guimiento. Por eso, quien no está dispuesto, como los apóstoles, a ser enviado, se niega asi­mismo a ser auténtico seguidor del Resucitado.

San Vicente deduce de la lectura del Evan­gelio que se requiere llamamiento de Dios para entrar en una comunidad misionera que tiende a reproducir la «comunidad apostólica» formada por Jesús. Añade, además, que nadie debe abra­zar el «estado eclesiástico» sin una pura intención de agradar a Dios en el desempeño de los mi­nisterios sacerdotales. El misionero que ha deja­do familia, padre y madre, hijos y hacienda, pa­tria y pueblo, vive disponible para «ir y venir» de un sitio a otro, predicando la Buena y Alegre No­ticia de la salvación «en el nombre del Señor». De esta forma, el «ven y sígueme» lo completa y re­aliza con el «id y predicad a todas las gentes». Concluye diciendo: «El estado de los misioneros es un estado conforme con las máximas evan­gélicas, que consiste en dejarlo todo y abandonarlo todo, como los apóstoles, para seguir a Jesu­cristo y para hacer lo que conviene, a imitación suya» (XI, 697). El grupo de los «Doce» resulta siempre paradigmático para cualquiera de los se­guidores de Jesús y es punto de referencia cons­tante.

La segunda clase de seguidores, compuesta por los discípulos, comprende una sección más amplia que la de los apóstoles. Estos escuchaban a diario las enseñanzas del Maestro; aquéllos, más distanciadamente (cf. Mc 6, 1). El Evangelio narra la misión de los Setenta y dos discípulos, cuya tarea principal consistía en recorrer los pue­blos por donde había de pasar más tarde Jesús de Nazaret (cf. Lc 10, 1). Iban por las aldeas co­mo enviados del Maestro, y, en su nombre, lo mis­mo que los apóstoles, realizaban signos y cura­ciones. Entre los discípulos, no todos acataron con la misma generosidad la invitación divina a for­mar parte del grupo de Jesús. El joven rico, por ejemplo, no aceptó las condiciones del segui­miento «porque tenía muchas riquezas» (Mt 19, 22). Otros, en cambio, desearon sumarse a la compañía de Jesús, pero fueron disuadidos por el mismo Señor (cf. Lc 8, 38-39).

La relación seguimiento-discipulado ha dado origen a discusiones entre exegetas. Según és­tos, Jesús no es un «rabbi» más entre los mu­chos doctores de la ley, sino un maestro nuevo y único, lleno de autoridad, como lo demuestran las palabras y el poder con que actúa (cf. Mc 1, 22. 24. 27; Lc II, 32;10, 23;16, 16). Él es más que un profeta del Antiguo Testamento: más que Sa­lomón y que Jonás (cf. Lc II, 31-32). La cláusula «pero yo os digo…» descubre la personalidad his­tórica de Jesús, superior en gracia y poder a to­dos los maestros anteriores y contemporáneos su­yos. San Vicente no se detiene a estudiar, ex­presamente, la enseñanza de un Jesús que sien­ta cátedra ante sus discípulos, si bien acepta, de todo corazón, la doctrina de su divino Maestro: «Quien dice doctrina de Jesucristo, dice roca in­quebrantable, dice verdades eternas que son se­guidas infaliblemente de sus efectos, de modo que el cielo se derrumbaría antes de que fallase la doctrina de Jesucristo» (XI, 417). Por decirlo con la misma sentencia de Jesús, sus palabras «son espíritu y vida» (Jn 6, 63).

Atendida la evolución del «discipulado», san Vicente incluye dentro de este grupo a todos los laicos comprometidos en la acción caritativo so­cial. Las Hijas de la Caridad, los hombres y mu­jeres de las Cofradías de la Caridad han recibido la gracia particular de seguir a Jesús en la prácti­ca de la caridad y de la justicia. A todos exhorta y anima a vivir con ahínco su vocación y misión cristiana. A las Hijas de la Caridad les dice: «La Providencia os ha reunido aquí, al parecer, con el designio de que honréis su vida humana en la tierra» (IX, 21). El término «honrar» tiene, entre otras acepciones, el significado de «seguir». En este caso, «honrar su vida humana» equivale a se­guir o imitar a Jesús, que, mientras estuvo en la tierra, sirvió corporal y espiritualmente a los po­bres. Y a las Damas de la Caridad, conocidas hoy comúnmente con el nombre de Voluntarias: «En­tre los que se mantuvieron firmes en seguir a nuestro Señor, había tanto hombres como muje­res, que le siguieron hasta la cruz. Ellas no eran apóstoles, pero componían un estado medio, cu­yo oficio consistió luego en administrar a los após­toles los medios de vida y en contribuir a su san­to ministerio… No hay ninguna condición en el mundo que se acerque tanto a ese estado como la vuestra. Ellas iban de un lugar a otro para aten­der a las necesidades no solamente de los obre­ros del Evangelio, sino a los fieles necesitados» (X, 957).

Finalmente, la masa del pueblo fiel forma la parte más numerosa de los seguidores de Jesús. Existe gran variedad entre los creyentes anóni­mos, muchos de ellos pacientes de profundas lacras espirituales y materiales, pero también ejemplos vivos de fe y de trabajo; con su esfuerzo diario se convierten en «maestros» de sumisión a la Providencia. En tiempo de Jesús, una gran multitud de gente acudía ocasionalmente «para oírle y ser curados de sus enfermedades, no por­que han visto señales, sino porque han comido de los panes y se han saciado» (Jn 6, 17-18. 26). No obstante sus egoísmos y su falta de fe ver­dadera, ellos son los destinatarios principales de la Buena Noticia, a ellos se dirige el Reino de Dios, ellos encarnan la presencia viva de Cristo doliente. Aunque hijos del Padre común de los cie­los, andan extraviados y «como un rebaño sin pastor» (Mc 6, 34). Pese a las limitaciones reales del «pobre pueblo», san Vicente descubre en él ejemplos que imitar: «Es entre ellos, es entre esa pobre gente donde se conserva la verdadera re­ligión, la fe viva; creen sencillamente, sin hurgar; sumisión a las órdenes, paciencia en las miserias que hay que sufrir mientras Dios quiera» (X1, 120). Siguen a Jesús a su manera, a la medida de su escasa o nula formación humana y espiritual. Por lo demás, la evangelización o servicio al pobre es la prueba del seguimiento de Jesús y el testi­monio más convincente de que el Espíritu Santo conduce a su Iglesia (cf. X1, 730). El servicio a los pobres, en efecto, garantiza si nuestra fe está viva o muerta, si el seguimiento es auténtico o, por el contrario, se pierde en bellas teorías. Sólo Jesús tiene poder para llamar y derecho a ser servido por sus seguidores. Sin embargo, ha que­rido identificarse con los necesitados. Por eso cualquier cosa que se haga con uno de esos her­manos suyos más pequeños, con él se hace (cf. Mt 25, 40). En resumen, seguimiento y caridad caminan juntos.

3. Seguimiento de Jesús evangelizador de los pobres

Aunque la llamada de Jesús presenta en la his­toria de la Iglesia un abanico variopinto por la ri­queza de formas con que aparece en la vida de los hombres, san Vicente concibe el seguimien­to como una continuación de la obra emprendi­da en la tierra por el Ungido del Espíritu para evan­gelizar a los pobres. Indiscutiblemente, el Cristo de Vicente de Paúl, como ya hemos indicado más arriba, es Jesús de Nazaret, que recorre ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, procla­mando la Buena Noticia del Reino y sanando to­da enfermedad y toda dolencia (cf. Mt 9, 35-36; Lc 4, 16-21). Si es cierto que ningún cristiano ago­ta todas las formas de vivir el misterio de Cristo, no es menos seguro que los evangelizadores de los pobres siguen al Señor más acordes con lo que él «hizo y enseñó» (Hch 1, 1). Por eso, aunque todos los cristianos tengan que esforzarse en practicar los consejos evangélicos, ninguno se asemeja tanto al Enviado del Padre como el que prolonga en la tierra la misión salvadora del Hijo de Dios: «Cada bautizado tiene que tender a ase­mejarse a nuestro Señor, a apartarse de las má­ximas del mundo, a seguir con afecto y en la prác­tica los ejemplos del Hijo de Dios, que se hizo hombre como nosotros, para que nosotros no só­lo fuéramos salvados, sino también salvadores como él; a saber, cooperando con él en la salva­ción de las almas» (XI, 414-415). Dicho de otra manera, con palabras del C. Vaticano II: «En el lo­gro de la perfección empeñen los fieles las fuer­zas recibidas según la medida de la donación de Cristo, a fin de que, siguiendo sus huellas y he­chos conformes a su imagen, obedeciendo en todo a la voluntad del Padre, se entreguen con to­da su alma a la gloria de Dios y al servicio del pró­jimo» (LG 40).

Seguimiento y evangelización, tarea unitaria

El problema planteado por algunos teólogos actuales sobre el uso acertado o no de los tér­minos «seguimiento» o «imitación» de Jesús no tiene incidencia capital en las enseñanzas vicen­cienes. El Santo usa indistintamente un vocablo u otro sin entrar en polémica verbal ni doctrinal. En todo caso, si predomina uno de los dos tér­minos en el lenguaje vicenciano, es sin duda el de seguimiento. Así lo demuestran el conjunto de sus palabras y, sobre todo, el contexto de su vi­da inspirada en la misión de Jesús en la tierra. Si hubiera que componer una cristología a base de las enseñanzas vicencianas, el seguimiento tal como lo describen los Sinópticos daría unidad a todo el tratado. No sólo no ignora san Vicente el término «seguimiento», sino que contribuye a darle el verdadero sentido que tiene en el Evan­gelio.

Las imágenes que aplica a Jesús: «regla», «modelo», «maestro», «ejemplo», «espejo», «cuadro» y «escuela», sugieren una espiritualidad de imitación, según las perspectivas espirituales de la época. Pero, frente a este modo de hablar, se impone este otro más iterativo e incisivo de «evangelización», «disponibilidad», «misión», «ca­mino», «movimiento», «acción», «trabajo», «ser­vicio» y «seguimiento». Aún más, la imitación de Cristo a la que se refiere san Vicente no signifi­ca jamás algo estático, repetitivo y mimético, sino, por el contrario, algo creativo, dinámico y nuevo. El Santo parte de las lecturas evangélicas para presentarnos a Jesús en movimiento conti­nuo de caridad para con su Padre y con los hom­bres. Nada tiene de extraño que, según esta visión, el seguimiento sea entendido como pro­longación de la obra salvadora. El heraldo del Evangelio ha de estar dispuesto a continuar la misión de Cristo, «misión que se vive sobre to­do evangelizando a los pobres, llenándose de los sentimientos y afectos de Cristo, más aún, ha de llenarse de su mismo espíritu y seguir fielmente sus huellas» (Prol. Reg. o Const. C.M.).

Seguir fielmente las huellas de Jesús supone participar en la obra evangelizadora o de servicio a los pobres, pues para esto vino, precisamente, el Enviado del Padre. Con todos los respetos ha­cia la vida monástica, cuya función en la Iglesia será siempre muy estimable, san Vicente escri­be a un misionero: «Lo que necesita la iglesia es tener hombres evangélicos, que se esfuercen en purgarla, en iluminarla y en unirla a su Esposo» (III, 181). Y poco más tarde añade: «Existe una gran diferencia entre la vida apostólica y la sole­dad de los cartujos. Ésta es muy santa, cierta­mente, pero no conviene a los que Dios ha lla­mado a la primera, que es en sí más excelente. Si no lo fuera, san Juan Bautista y Jesucristo no la hubiesen preferido a la otra, como así lo hicieron al dejar el desierto para predicar a las gentes» (III, 320).

Entendido así el seguimiento, éste espera una cercanía y experiencia cada vez más plena de la misión de Jesús, que escogió «como principal quehacer el de asistir y cuidar a los pobres… Si se le pregunta a nuestro Señor: ¿Qué es lo que has venido a hacer en la tierra? – A asistir a los pobres.- ¿A algo más? – A asistir a los pobres… Y si se le preguntase a un misionero, ¿no sería un honor para él decir como nuestro Señor: mi­sit me evangelizare pauperibus?» (XI, 33-34).

En resumen, seguimiento, evangelización y misión son conceptos y compromisos que se exi­gen y complementan en la experiencia vicencia­na. Las obras de caridad corporales y espirituales en favor del pobre autentican, por una parte, la vocación cristiana y, por otra, garantizan la fideli­dad al llamamiento recibido.

Pero el seguidor de Jesús no será capaz de mantenerse fiel si abandona la oración. Tanto la evangelización como el seguimiento mismo, en lo que tienen de sacrificio, someten al creyente a grandes pruebas, de las que no saldrá airoso si no media una intimidad con Jesús por medio de la oración. La experiencia enseña que «no hay nada tan conforme con el Evangelio como reunir, por un lado, luz y fuerzas para el alma en la ora­ción. . . y, por otro, ir luego a hacer partícipes a los hombres de este alimento espiritual» (XI, 734).

4. Renuncias del seguimiento

La llamada de Jesús a seguirle comporta mu­chas y radicales renuncias. Todas tienden a de­sinstalar al cristiano de su proyecto egoísta, para situarlo en el cumplimiento de la voluntad de Dios y en la comunión del designio de amor con Cris­to. La invitación evangélica no puede ser más exi­gente, pero tampoco menos liberadora, pues ter­mina en la configuración con Jesús, el hombre más libre para hacer siempre la voluntad del que le ha enviado. Jesús proclama abiertamente a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue cada día con su cruz y me siga; porque si uno quiere sal­var su vida, la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí, la salvará» (Lc 9, 23-24). En ningún caso, las renuncias han de entenderse como algo negativo que destruye a la persona, sino co­mo medios liberadores que aseguran el segui­miento. Existe una relación íntima entre la propuesta de Jesús y la negación de sí mismo has­ta participar en el destino del Salvador del mun­do, que murió en cruz para darnos la vida. Su pasión es coronada con la resurrección. Así tam­bién, el cristiano muere cada día en Cristo cruci­ficado para resucitar con él «viviendo una vida nueva» (Rm 6, 5). El sentido positivo de las re­ nuncias evangélicas viene dado por los bienes que ellas producen: la libertad de los hijos de Dios, la disponibilidad en el servicio y el gozo en el Señor.

San Vicente interpreta la invitación de Jesús con la máxima radicalidad, sin otorgar a la natu­raleza fáciles concesiones. A todo el conjunto de sacrificios impuestos por el seguimiento los lla­ma lisa y llanamente «mortificación», como se decía en su tiempo, y hoy prefiere llamarse as­cesis. «Se trata, dice él, de un consejo que les da nuestro Señor a quienes desean seguirle, a quienes se presentan a él para eso: ¿Queréis ve­nir en pos de mí? – Muy bien.- ¿Queréis confor­mar vuestra vida a la mía? – Perfectamente.- Pe­ro ¿sabéis que hay que comenzar por renunciar a vosotros mismos y seguir llevando vuestra cruz?» (XI, 512). Y poco más abajo añade: «Con la hoz de la mortificación hemos de cortar conti­nuamente todas las malas hierbas de nuestra na­turaleza envenenada…, para que no impidan que Jesucristo nos haga fructificar abundantemente en la práctica de las virtudes. . . La señal para co­nocer si uno sigue a nuestro Señor es ver si se mortifica continuamente» (XI, 522-523).

La renuncia primera y más difícil se llama «ne­garse a sí mismo». Cada uno conoce los propios fallos y debilidades que le dificultan la marcha en pos de las huellas de Jesús. Los deseos de co­modidad, de abundancia en bienes materiales, de dominio sobre las personas y las cosas, son obstáculos reales que impiden avanzar por el ca­mino del Evangelio. Tales aspiraciones se con­vierten en tiranía y esclavitud para todo hombre, pero, en particular, para el seguidor de Jesús su­ponen un estancamiento en la carrera. Como re­pite machaconamente san Vicente, «ésos no tie­nen libertad para seguir a Jesucristo» (X1, 521). La persona particular encuentra dentro de sí mis­ma el mayor impedimento para obrar libre de to­da atadura esclavizante.

La negación de sí mismo facilita el ejercicio de otras renuncias exigidas por el Reino, como de­jar a los seres queridos. Jesús, en efecto, exclu­ye del número de sus discípulos a los que pre­fieren «a su padre, a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismos más que a él» (Lc 14, 26). La tentación de conseguir un «honesto retiro» junto a sus fa­miliares, con peligro de abandonar la misión, cons­tituyó una seria amenaza para el joven Vicente de Paúl; le costó copiosas lágrimas el desprendi­miento real de sus parientes, pero tal sacrificio en nombre del Evangelio operó en él la conversión, liberándole de las ataduras que le oprimían y le encerraban en sí mismo anulándole para la evan­gelización de los pobres. A partir de aquella de­cisión tajante de dejar lo más querido que tenía en la tierra, un camino expedito se le abrió para seguir a Jesús ejerciendo la caridad.

Sin embargo, añade él mismo: «Hemos de amar a nuestros parientes en nuestro Señor…, por­que se despegan de nosotros para que seamos mejores siguiendo a nuestro común Salvador» (X1, 513). Recuerda también cómo, en algunas ocasiones, la decisión a seguir a Jesús puede sembrar desconcierto y división entre los mis­mos familiares, de acuerdo con lo que dice el Evangelio (cf. Mt 10, 34-37; Lc 12, 51-53). En to­do caso, los que permanecen fieles a la llamada del Señor, ésos son aptos para el Reino de Dios. En cambio, «el que echa la mano al arado y si­gue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios» (Lc 9, 62).

Sigue comentando el Santo a propósito de la mortificación de las «pasiones», que las renuncias a toda ambición personal sumergen al discípulo de Jesús en la muerte misma del Redentor. Si la conversión al Evangelio exige romper con mu­chas inclinaciones pecaminosas, ayuda, por otro lado, a vivir la mística del bautismo, según la cual el cristiano ha de morir con Cristo al mundo, pa­ra resucitar con él a una «vida nueva». De esta forma, situamos en nosotros a Jesucristo y po­demos decir con san Pablo: «Ya no vivo yo, vive en mí Cristo» (Gal 2, 20). Con otros términos igual­mente paulinos, es preciso «despojarse del hom­bre viejo para revestirse del nuevo» (Col 3, 10). Sin esta disposición de lucha consigo mismo y con las concupiscencias del mundo (cf. 1 Jn 2, 16) no cabe esperar la debida fidelidad al don de la lla­mada. El seguimiento de Jesús y la entrada en el Reino son fórmulas equivalentes que no admi­ten divorcio real, sino únicamente distición ra­cional basada en el lenguaje evangélico.

La ruptura con el mundo se entiende en el mis­mo sentido con que san Pablo exhorta a los cris­tianos: «no os amoldéis a este mundo» (Rm 12, 2). No critica el Apóstol la solidaridad con los hom­bres que buscan angustiosos la solución a sus pro­blemas, sino el espíritu del mundo contrario al de Dios. Tampoco san Vicente se despreocupa de los ambientes socio-políticos, culturales y reli­giosos de su tiempo que trata de mejorar; pero reprocha las ambiciones del mundo, su propósi- t, o de independencia de Dios y su ansia de poder. El no quiso salir de la compañía de los hombres, pero constata las dificultades que conlleva la pre­sencia en medio del mundo, sin ser del mundo (cf. Jn 17, 9-18). La actitud de Jesús frente a los poderes abusivos del mundo comunica a sus se­guidores la misma libertad para obrar como Él an­te los ataques y persecuciones que vengan de los enemigos del Reino.

«Cargar cada día con la cruz» es otra condi­ción impuesta por el Señor. El auténtico seguidor no tiene otra alternativa que abrazarse con la cruz del Redentor: «El que no coge su cruz y me si­gue, no es digno de mí» (Mt 10, 38). Cargar con la cruz significa aceptar toda clase de adversida­ des que provienen de la enfermedad, del traba­jo, de la convivencia humana y del hecho mismo de acercarse al Dios abrasador que no soporta el pecado en sus hijos. Como siempre, el medio para superar esas pruebas es la práctica de la mortificación cristiana, activa o pasiva, que de no entenderla rectamente, se ignora el sentido de la vocación cristiana y, en definitiva, del seguimiento: «No podríamos vivir sin ella; lo repito, no podría­mos vivir unos con otros. Y no sólo es necesaria entre nosotros, sino también con el pueblo, con el que hay tanto que sufrir. Cuando vamos a una misión, no sabemos dónde nos alojaremos, ni qué es lo que haremos; nos encontramos con cosas muy distintas de las que esperábamos, y la Providencia echa por tierra todos nuestros pla­nes» (Xl, 590). La cruz presenta muchas caras, al­gunas muy toscas y pesadas. Entre ellas hay que destacar la persecución, aunque vaya acompa­ñada de recompensa: «Dichosos vosotros cuan­do os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, que Dios os va a dar una gran re­compensa» (Mt 5, 11).

Las renuncias hechas en nombre del Evange­lio conducen al cristiano a la comunión e identifi­cación con Cristo. El seguidor se pregunta mu­chas veces qué haría, qué pensaría o cómo hablaría Jesús en tal o cual circunstancia. La conclusión a que llega es la de adherirse más firmemente a la persona de Jesús que mantuvo relaciones filiales con el Padre y de entrega amistosa con los hom­bres.

5. Espíritu del seguimiento

La comunión con Jesús no es sólo participa­ción en su cruz, lo es también en su gloria, a la que se llega viviendo los consejos evangélicos. Cristo Jesús encarna el espíritu de las bienaven­turanzas -corazón del Evangelio- proclamadas en el Sermón del monte. El espíritu que recogen es el propio y distintivo de los apóstoles o enviados del Señor. Se trata de un «espíritu nuevo», con­trario al orden social establecido, enemigo de Dios, que obra siempre con altanería, doblez y am­bición. Por el contrario, el espíritu de las biena­venturanzas ofrece armas contrarias al espíritu del mundo y facilita la extensión del Reino. Sus nombres son: pobreza de espíritu, mansedum­bre, hambre y sed de justicia, misericordia, lim­pieza de corazón, construcción de la paz, perse­cución a causa de la justicia (cf. Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-23).

San Vicente afirma que «sin estas virtudes no seremos más que misioneros en pintura» (XI, 602). Aún más: «Entre las máximas evangéli­cas, ya que son muchas en número, he escogi­do especialmente las que son más propias del misionero. ¿Cuáles son? Siempre he creído y pen­sado que eran la sencillez, la humildad, la man­sedumbre, la mortificación y el celo» (X1, 586). No es raro que san Vicente llame a estas virtudes «bienaventuranzas» por el estado en que sitúan al seguidor de Jesús y por las obras que se deri­van de su práctica. El humanismo vicenciano alcanza su madurez en el ejercicio de las biena­venturanzas, autorretrato del Señor «manso y hu­milde de corazón» (Mt II, 29).

Según la teología tradicional, las bienaven­turanzas son «actos» que proceden de las vir­tudes y de los dones del Espíritu Santo. Se di­ferencian de las unas y de los otros. Contienen una recompensa eterna, cuyo anticipo en la tie­rra está asegurado por la promesa del Señor. En el lenguaje vicenciano, cada virtud tiene su bie­naventuranza correspondiente, con la que se confunde frecuentemente: la sencillez es pro­pia de «los limpios de corazón»; la humildad se encuentra en «los pobres de espíritu»; la mansedumbre en «los no violentos»; la mor­tificación en «los que tienen hambre y sed de justicia»; el celo en «los constructores de la paz». Esta correspondencia entre virtudes y bie­naventuranzas no es tan simple como aparece. Con frecuencia, una misma virtud implica va­rias bienaventuranzas. La mortificación, por ejemplo, engloba, además del «hambre y sed de justicia», «el llanto» y «la persecución por causa de la justicia». La caridad, que es virtud propia del espíritu de las Hijas de la Caridad y de los laicos vicencianos, está repartida en to­das las bienaventuranzas sobre todo en la «mi­sericordia».

Aunque sea el Señor quien se encargue de de­rramar su espíritu sobre los discípulos, éstos han de esmerarse en el revestimiento de los senti­mientos y afectos de quien les ha llamado para continuar su obra. Sin la participación de este es­píritu no es posible agradar a Dios ni extender su Reino de amor y de misericordia, de justicia y de paz. Otro talante distinto del propuesto por el Ser­món del monte no identifica al seguidor de Jesús. Por el contrario, vivir en dependencia del Evan­gelizador de Nazaret asegura su configuración en la tierra. A fuerza de preguntarse el imitador de Cristo: «Señor, si tú estuvieras en mi lugar, ¿qué harías en esta ocasión? ¿cómo instruirías a este pueblo? ¿cómo consolarías a este enfermo de espíritu o de cuerpo?» (XI, 240), termina adqui­riendo el espíritu mismo que contienen las bie­naventuranzas.

Si las formas de seguir a Jesús son variadas en la historia de la Iglesia, los estilos que expre­san el espíritu evangélico son igualmente abun­dantes. La familia vicenciana tiene el suyo propio, dado por Dios para el fiel cumplimiento de la mi­sión encomendada, lo mismo que las demás fa­milias religiosas recibieron el suyo específico en orden al desempeño de la obra para la cual na­cieron en la Iglesia y en el mundo. Es tan impor­tante el cultivo del espíritu evangélico que de él depende la vida o la muerte de la comunidad cris­tiana en general y de la vicenciana en particular. San Pablo asegura que «el que no tiene el Espí­ritu de Cristo, no le pertenece» (Rm 8, 9). El Espíritu Santo conduce al seguidor de Jesús, im­primiendo en él la semejanza con el Maestro man­so y humilde.

6. Seguimiento y Providencia

San Vicente descubre una estrecha relación entre el seguimiento de Jesús y la docilidad a la Providencia, entre «seguir los pasos de la ado­rable Providencia» y «seguir fielmente las huellas de Jesucristo». La pura necesidad, los signos de los tiempos y la obediencia a las órdenes de la jerarquía son otras muestras de la voluntad divi­na, manifestada de forma paulatina y esclarece­dora (cf. XI, 396). Tales manifestaciones del be­neplácito divino cuajan en obras o compromisos de caridad con los necesitados, a imitación del Hi­jo de Dios que hizo de la voluntad del Padre su alimento cotidiano (cf. Jn 4, 34).

El paso del tiempo se encarga de hacer ma­nifiesto el designio divino sobre Vicente de Paúl, que dice: «Siento una devoción especial en ir si­guiendo paso a paso la adorable Providencia de Dios» (II, 176). La conexión que establece entre seguimiento y Providencia queda regulada al po­co tiempo de su conversión o encuentro con Je­sús evangelizador de los pobres. Enseguida des­cubre que «la Providencia tiene grandes tesoros ocultos, y los que la siguen y no se adelantan a ella honran maravillosamente a nuestro Señor» (1, 131).

El empleo indistinto del verbo «seguir», para designar los dos consejos evangélicos, la docili­dad a la Providencia y el seguimiento de Jesús, denota ya una misma actitud frente a la vocación misionera. La referencia a los «tesoros ocultos» patentiza la confianza en el poder de Dios, que cui­da más de sus hijos que de las aves del cielo y de los lirios del campo (cf. Mt 6, 25-34). En esta confianza cifra su ilusión misionera: «No pode­mos asegurar mejor nuestra felicidad eterna que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renun­cia actual a nosotros mismos, para seguir a Je­sús» (III, 359).

Tal vez ninguna enseñanza como la recién leí­da condense mejor la «fe y experiencia» de Vi­cente de Paúl acerca de su confianza en Dios. En ella encontramos los elementos básicos que componen su vocación y misión cristiana. Este apóstol de la caridad no se detiene en proyec­tos personales, ajenos al seguimiento de Jesús y al designio divino. Todo le parece poco con tal de asegurarse en el gobierno de Dios, que rige los destinos de la historia. En la misma línea de docilidad a la Providencia concluye: «Nada sor­prende al indiferente: aguarda, camina, sufre, trabaja día y noche, dispuesto a seguir las ór­denes de Dios más extrañas y más inespera­das» (Xl, 534).

En resumen, el seguimiento de Jesús según san Vicente representa una interpretación válida entre otras muchas que se han dado en la histo­ria del cristianismo. Su originalidad consiste en se­guir las huellas de Jesús, el Enviado del Padre, que vino al mundo para evangelizar a los pobres con palabras y obras. Nada hay, por consiguien­te, comparable a la vocación del cristiano que se esfuerza en continuar la tarea salvadora del Hijo de Dios en la tierra.

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