Espiritualidad vicenciana: Sacerdocio

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Luis Nuovo, C.M. · Año publicación original: 1995.
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Los dos protagonistas más importantes de la Reforma Protestante: Martín Lutero y Juan Calvi­no habían subrayado con vigor en sus escritos el «sacerdocio universal» de los fieles y también des­de otras perspectivas, rechazaban o consideraban carente de significado el sacerdocio ministerial.

Por su parte, el Concilio de Trento había rea­firmado junto con el sacerdocio universal la insti­tución de parte de Jesucristo del Sacramento del Orden en sus diferentes grados y el papel de la Sacra Jerarquía que desde los Apóstoles tenía la facultad de guiar a la Iglesia.

La doctrina tridentina, que entre otros aspec­tos había subrayado el cumplimiento del celiba­to, fue anunciada y difundida por algunos emi­nentes obispos y sacerdotes, y particularmente en Italia, por San Carlos Borromeo, San Felipe Neri, San Antonio María Zaccaría; en España por Pedro de Alcántara, Luis de Granada y Juan de Ávila, y en Saboya por San Francisco de Sales. En la Francia del siglo XVII podemos ver un floreci­miento espiritual muy significativo gracias a al­gunos importantes personajes.

Sacerdotes conscientes de la grandeza de la vocación a los que habían sido llamados fueron los representantes más importantes de la escuela denominada «Ecole Francaise»: el cardenal Pedro de Berulle, Juan Jaime Olier, Carlos de Condren, Adrián Bourdoise, Juan Eudes y Vicente de Paúl. Ellos empezaron con los escritos, con el ejemplo, con las obras a «dar un nuevo esplendor al sa­cerdocio… que había caído muy bajo».

El principal representante de este grupo de sa­cerdotes fue el cardenal Pedro de Berulle (1575- 1629) que recibió la influencia en su espiritualidad de los jesuitas, de Santa Teresa de Ávila, de los místicos renano-flamencos, de la teología de Pseu­do-Dionisio.

Desde el punto de vista teológico, el punto de referencia más importante era Pseudo-Dionisio que en Occidente había tenido una influencia no­table aunque algunas veces no fue comprendido. La imagen de esta visión teológica es piramidal porque coloca en varios niveles, mediadores di­ferentes: Cristo, Ángeles, Obispos, sacerdotes y en última instancia, los laicos. «El sacerdote es el religioso del Padre porque permite a los hom­bres recibir mediante algunas mediaciones la Gra­cia de Dios y transmitir a Dios la propia alaban­za». Es el doble movimiento de la encarnación y de la religión. La condición del sacerdote es la pro­longación de la Encarnación de Cristo y de su fun­ción mediadora.

La enseñanza de Berulle hizo escuela y se ba­saba principalmente sobre cuatro puntos impor­tantes:

  1. El Espíritu religioso hacia el Padre.
  2. La centralidad de Cristo.
  3. El sentido vivo de la realeza de la Madre de Dios.
  4. La exaltación de la condición sacerdotal.

Ahora bien, uno de los aspectos más signifi­cativos en común con la «Ecole francaise» de es­piritualidad es sin duda la referencia al sacerdo­cio, a los ideales y al estilo de vida sacerdotal. El sacerdote era considerado, sobre todo, el hom­bre del culto, tenía que ser santo para poder tra­tar las cosas santas. La visión de la vida sacerdotal ha tenido en Vicente de Paúl una progresiva evo­lución. En efecto, había pasado de una concep­ción ligada a la carrera del sacerdote a una total­mente espiritual y pastoral. Él mismo, sacerdote a los 19 años, había estado a la búsqueda, como muchos otros sacerdotes, de una «buena colo­cación», hasta que algunos episodios y el en­cuentro con algunas personas de sólida espiri­tualidad y con algunos escritos le hicieron tomar conciencia de la grandeza de su misión. Algunos años después, cuando escribió al canónigo de Saint Martin afirmaba que: «es éste el estado de vida más sublime que hay en la tierra y el mismo que nuestro Señor quiso asumir para practicar. Para mi, si hubiese sabido lo que era, cuando fui tan temerario en mi decisión de entrar, como lo he sabido después, habría preferido trabajar la tie­rra que comprometerse en una situación tan tre­menda» (V, 540-541). Por lo que se refiere a los malos sacerdotes ignorantes y ociosos, nuestro Santo tuvo las opiniones más severas y desoladas, pero nunca de desafío ni de resentimiento; siem­pre en la carta antes mencionada, él dice: «es de la mala vida de los sacerdotes que han venido to­dos los desórdenes que han desolado esta santa esposa del Salvador (la Iglesia) y desfigurado tan­to que apenas la podemos reconocer» (V, 541).

San Vicente tomó muchas cosas de las per­sonas que había amado o admirado, pero era «un gran independiente» por lo que reflexiona y ree­labora también su visión del sacerdocio.

Nuestro fundador, siguiendo las enseñanzas de San Agustín, consideraba al sacerdote un hom­bre para la misión a imagen de Cristo Señor, mi­sionero del Padre, enviado a evangelizar y servir a los pobres. Él afirmaba: «el carácter de los sa­cerdotes es la participación al sacerdocio del Hi­jo de Dios» (XI, 702). Como Cristo, el sacerdote tiene que ser un servidor en la Caridad y tiene ade­más que tener como pensamiento guía, la salva­ción y el bien de las almas y tiene que entregar­se para realizar esto. San Vicente, además decía: «No me es suficiente amar a Dios si mi prójimo no lo ama» (XI, 553). De la imitación de Jesús Nuestro Señor nace la necesidad de servir corporal y espiritualmente a los pobres y por ello enseña­ba con convicción a sus cofrades: «Cuando los sa­cerdotes se aplican en atender a los pobres, re­alizan el mismo oficio de nuestro Señor. ¿No son nuestros hermanos? Y si los sacerdotes los aban­donan, ¿quiénes los ayudarán? Por ello, si entre nosotros hubiese alguien que quisiera pertenecer a la Misión para evangelizar a los pobres y no pa­ra ayudarlos, para satisfacer sus necesidades es­pirituales y no temporales, yo respondo que te­nemos que darles asistencia y hacerles ayudar en todos los modos por nosotros y por otras perso­nas» (XI, 393). Una caridad pastoral simple y so­lícita, radiante y gratuita que tiene como fin prin­cipal la salvación de las almas.

El sacerdote que san Vicente desea no es só­lo el hombre del culto y de los sacramentos (que tiene que celebrar con decoro y dignidad), sino el hombre de Dios para los otros, con una fuerte mo­tivación interior y misionera, un hombre con una fe ardiente, que se entrega, que está entre sus hermanos «como el que sirve», imitador de Cris­to, Buen Pastor que da su vida. Vicente decía a este propósito: «Los sacerdotes están llamados al más santo ministerio que hay en la tierra, en el que ellos deben ejercer las dos grandes virtu­des de Jesucristo, es decir, la religión hacia el Padre Eterno y la caridad hacia los hombres» (VI, 379). En otro pasaje que testimonia su admiración por el sacerdocio dice: «No hay nada más gran­de que un sacerdote, al cual Dios concede poder en su cuerpo natural y místico» (XI, 406). La di­mensión del servicio de los sacerdotes es para Vi­cente, universal, es una especie de diligencia pa­ra toda la Iglesia, para «inflamar el corazón de los hombres y que hagan lo que el Hijo de Dios hi­zo» (XI, 554). Este modo de entender implica una forma nueva de sentirse «Ecclesia» animada por el amor, acogedora y solícita hacia todos, donde los pobres tengan un lugar y una dignidad.

Hay algunas virtudes que San Vicente consi­deraba particularmente importantes en los sacer­dotes, para que su apostolado fuese válido, eficaz, según el camino de Dios. Siempre mirando a Cris­to, Vicente ha subrayado estas virtudes: la humil­dad y la dulzura, la simplicidad y la prudencia, la diligencia y la discreción, la sobriedad y el deco­ro. Para seguir estas disposiciones, san Vicente in­dica la fidelidad a la oración y el espíritu de peni­tencia. El sacerdote y el misionero que practiquen estas virtudes serán hombres maduros y equili­brados, listos y templados para afrontar las fatigas apostólicas a las cuales han sido llamados para el Reino de Dios, pero sobre todo tendrán que ser capaces de pensar, hablar, actuar buscando de un modo transparente el Reino de Dios y el bien de los fieles y también de un modo particular el de los más pobres. En otros términos, el sacer­dote es una persona llamada a «hacer lo posible para revestirse del espíritu de Jesucristo», es más, la calidad de su apostolado dependerá en la me­dida que hará plasmar con docilidad la acción del Espíritu Santo; de modo que tendrá que ser ico­no de Cristo. San Vicente escribía: «En El encon­traréis todas las virtudes y si lo dejarais actuar, las ejercerá en vosotros y para vosotros» (VIII, 218). Hombre de espíritu práctico y concreto, Vicente «no se aventuró en hacer audaces especulaciones del sacerdocio, sino que trabajó para los sacer­dotes y con los sacerdotes.

La acción de San Vicente para la renovación y la formación del clero, además de fundar algunos seminarios, contribuyó a promover los Retiros pa­ra los ordenandos, los Ejercicios Espirituales pa­ra los sacerdotes, las Conferencias que reunían a los sacerdotes para tratar juntos la solución de los casos de conciencia o profundizar los temas de Teología moral. En París, entre los religiosos mejor dispuestos y deseosos de la renovación personal y de la Iglesia, Vicente reunió un cierto número en San Lázaro para conversar juntos de las virtudes, de la condición sacerdotal y de las ac­tividades apostólicas. Nacieron así las Conferen­cias de los Martes. La costumbre de reunir a los sacerdotes en Conferencia se difundió gracias a la obra de la Congregación de la Misión en mu­chas diócesis no sólo francesas sino también en diferentes países en los que la comunidad vicen­ciana se extendió convirtiéndose las Casas de la Misión en verdaderas casas del clero.

Vicente colaboró al renacimiento del obispado, sobre todo en su calidad de miembro del Conse­jo de Conciencia, tratando de hacer nombrar per­sonas dignas y a la altura de las tareas confiadas.

Estuvo en contacto con muchos obispos tam­bién a través de un buen intercambio epistolar tra­tando de ayudarlos a promover una serie de ac­ciones pastorales para asumir una firme posición contra el Jansenismo. San Vicente de Paúl y mu­chos de sus sucesores se comprometieron pro­fundamente a realizar por lo que se refiere a la formación de la vida sacerdotal, lo que disponían las reglas o constituciones de la Congregación de la Misión, aprobadas en 1658 que dicen lo si­guiente: «Evangelizar a los pobres, especialmente los que viven en el campo. Ayudar a los religio­sos a adquirir la ciencia y las virtudes necesarias para su condición».

Bibliografía

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