Las prisiones de Francia en el siglo XVII
Para comprender y valorar la evangelización vicenciana de los prisioneros, conviene conocer antes algo del estado de los prisiones en aquel tiempo.
En la Francia del siglo XVII, las prisiones no se consideraban como lugares de cumplimiento de penas y mucho menos de rehabilitación. Esta concepción vendrá con el siguiente siglo.
En las prisiones, sólo estaban los presuntos reos o los que, una vez condenados, esperaban la ejecución de la sentencia, éste es el caso de los galeotes. En general, «sentenciado el reo, se procedía inmediatamente a la ejecución de la pena. Las penas de reclusión se aplicaban solamente a las mujeres y entonces éstas pasaban a las casas de «force», preparadas para ellas».
Al existir múltiples justicias: señoriales, religiosas, locales estatales…, existían múltiples prisiones.
En París, el responsable teórico del orden de la ciudad era el Preboste de París, pero en la práctica eran su Lugarteniente Civil y más tarde el Lugarteniente Criminal, quienes se ocupaban de los reos.
El tribunal ordinario residía en el Grand Chátelet donde existía una prisión con un anexo en el Petit Chátelet. Las causas importantes y las que tenían derecho a una apelación superior pasaban al Parlamento, cuya prisión era la Conciergérie.
En todas las prisiones pero más en las comunes del Chátelet y la Conciergérie, reinaban la injusticia, la desigualdad, el soborno y toda clase de irregularidades, dada su organización. Estas prisiones funcionaban bajo el principio de la «ferme», lo que convertía al carcelero-director y a sus secuaces en verdaderos explotadores que cedían a toda clase de chantajes e injusticias siempre que terminaran en dinero. Las prisiones eran todo un verdadero e injusto negocio.
Quienes no habían podido o sabido sobornar a la «guet» (ronda, vela) o a los arqueros y compañías del Preboste, ingresaban en prisión, donde encontraban una tarifa de precios previamente establecidos según la categoría del reo, las estancias que iban a ocupar y los servicios que iban a recibir. Los que no podían pagar contaban con la exigua aportación que hacía el tesoro público, en nombre del rey. Para éstos, sin duda, estaban reservadas las peores estancias y los mínimos servicios.
Existían verdaderos pozos, como lo Chausse d’Ypocroas y la Fin d’Aise, donde verdaderamente se pudrían, con los pies entre el fango y el agua, un poco de paja, rodeados de ratas y otras alimañas, sin luz, y con un trozo de pan por toda comida.
Ciertamente que existían leyes más humanas, pero no se cumplían. En las seis inspecciones anuales que hacía el Parlamento, raramente se constatan quejas y protestas; unas veces, porque los inspectores ni siquiera bajaban de sus carrozas y otras, porque las represalias de los guardianes eran una amenaza, y la venta del silencio pasaba a ser más rentable que la protesta.
No son las pinturas de Abraham Bosse las que nos dan la verdadera realidad de los hechos. Lo que nos acerca a la verdad son las palabras de Vicente cuando dice: «Yo he visto a esa pobre gente, tratada como bestias, abandonadas entre las manos de unas personas que no tenían ninguna piedad con ellas» (IX, 749).
a) Las fuerzas de su evangelización o el amor afectivo a los presos
Cuando el 12 de febrero de 1619, Vicente juraba el cargo de Capellán General de las Galeras, ya había visitado y conocido a sus futuros súbditos, que residían temporalmente en la Conciergérie, en espera de salir para Marsella, mezclados con los otros presos comunes, pendientes de condena. Ellos ya habían recibido la sentencia, pena de galeras, para unos perpetua, para otros temporal. Si exceptuamos la pena de muerte, la pena de galeras era la más dura que los jueces imponían y que muchas veces no obedecían a delitos graves sino a la necesidad de brazos para el remo de las galeras.
A estos reos, la sentencia, de momento, no les había traído más que un nuevo jefe provisional, el Procurador General, y un nuevo nombre, el de galeotes, grabado a fuego en su piel con la letra «G». Los carceleros, el trato y el calabozo seguían siendo los mismos. Y… ¡esto todavía no era la pena!; les esperaban las galeras en Marsella después de un mes de camino cargados de cadenas.
Para Vicente, eran estos galeotes, seguían siendo, «los tratados como bestias por hombres sin piedad». Pero este hombre «de buenas costumbres, piedad e integridad de vida», como se lo definía en el nombramiento real, tenía la luz de la fe para verlos de otra manera
Vicente comenzó por leerse el Evangelio, para moldear su mente y su corazón y saber mover luego sus pies y sus brazos en clave evangélica: Estos prisioneros pertenecían al «lote de los Pobres» (XI, 387), los que el Señor le acaba de dar en 1617 y además estaban entre los primeros: Vocación extraordinaria, dirá, difícil tarea ésta de servir a los prisioneros.
Meditará la Pasión de Jesucristo y sus resoluciones personales tratará de comunicarlas a los suyos:
«es una gracia tan preciosa (la de servir a los forzados) que no creo que haya otra mayor en la tierra… es una vocación, una vocación extraordinaria» (III, 444).
«No dejan de ser los miembros de quien se hizo esclavo, para rescatamos a todos de la servidumbre del demonio». (Reglas de las HH. CC. . de los Galeotes (ver Ibáñez, Vicente de Paúl y los pobres…346)
«Servir a Jesucristo en la persona de los pobres, esto es tan verdadero como que estamos aquí… Id a ver a los forzados, allí encontraréis a Dios» (IX, 24).
«amad a los pobres forzados» (IX, 1071) «La caridad con esos pobres forzados es de un mérito incomparable delante de Dios» (I, 222) «¡Qué felicidad servir a esos pobres forzados!» (IX. 240).
Vicente no se contenta con hacer este cuadro evangélico en el que él y sus seguidores deben colocar a los forzados: sabe que es una tarea difícil que requiere una vocación extraordinaria, no es suficiente contemplar a Jesucristo en ellos. El rostro de Cristo está tan deteriorado en ellos y en todo lo que les rodea, que es fácil confundir nuestros deseos, nuestras buenas razones, en visiones inútiles. Estas criaturas viven en las mazmorras del odio, se mueven en el límite con las bestias, por eso, Vicente tratará de crear también la visión evangélica de los medios.
Las cartas al P. Dufour (III, 444 ) y al P. Felipe Le Vacher (IV, 497), los Reglamentos a los Misioneros (X, 376) y a los Hermanos (Ibáñez, o. c., 344) son extraordinarios modelos de la mística de los medios para realizar esta obra con los prisioneros: Paciencia, compasión, cordialidad, silencio, buena cara, alabanza y ser más paciente que agente.
- Hay que dejar muchas cosas, buenas y eficaces en otros servicios, a la puerta de la cárcel de la Tournelle, en las escalerillas de las Galeras y en las rejas de los «baños» de Berbería, y entrar a servir con la bandeja del amor de Dios y, aunque te la tiren al suelo, seguir ofreciendo.
- Hay que esperar que la blasfemia se convierta en oración y el odio en amor, sin prisas y a la manera de la Providencia de Dios.
- Hay que tener previsto que «Nuestro Señor bajó del cielo a la tierra para redimir a los hombres y fue hecho prisionero por ellos» (IV, 81).
- Hay que alegrarse finalmente cuando se recibe esta posdata de Vicente (al Hno. Barreau, que ilusionado por servir a los esclavos de Berbería acabó en la cárcel): «/Qué dichoso (Hermano) es el encontrarse en ese estado de bienaventuranza que proclama dichosos a los que sufren persecución por la justicia! En adelante, os veré bienaventurado en este mundo» (IV, 83).
b) Los hechos de su evangelización o el amor efectivo a los presos
Contemplar el rostro de Dios en los prisioneros, lo llevó a Vicente a modelar su mente y su corazón, pero a esta contemplación hace falta ponerle pies y manos, para que sea real y eficaz. La palabra y el corazón de Dios, sabe Vicente, que un día tomó nuestra carne en Jesucristo y comenzaron a actuar. Vicente, el contemplativo en la acción, sabe también que el ver a Dios en los prisioneros es lo previo, pues esta contemplación tiene que acabar en hacer a estos prisioneros partícipes de la bondad de Dios. Descubrir al Jesucristo de los pies y de los brazos de Dios, el trabajo de Jesucristo, es la tarea de evangelizador, la vocación de Vicente: Convertir el amor afectivo en efectivo (XI, 733).
París
Vicente comenzó esta tarea con los prisioneros en París en el año 1618. Al recordar los principios de esta obra, dirá a la Hermanas: «La bondad de Dios se hizo compasión y lástima y lo llevó a hacer dos cosas en su favor: primero hizo que compraran una casa para ellos; segundo, quiso disponer las cosas de tal modo que fueran servidos por sus propias hijas, puesto que decir «una Hija de la Caridad es decir una hija de Dios» (IX, 749). Entre este primero y segundo, sin embargo, y lo que vino después, hay otras muchas cosas más. Llevar la bondad de Dios a estos prisioneros y más en aquellos tiempos, suponía atravesar muchas puertas cerradas y hacer nuevas entradas por donde había barreras. Él será el primer implicado en esta tarea, pero también implicará a todos los que lo rodean. Necesita personas que sean cauce de esa bondad, y, en este asunto tan complicado, todo puede facilitar el camino: dinero, influencias, títulos, permisos…, todo se necesita para abrir camino al consuelo y a la sopa de Dios.
En 1618, Vicente comenzó por dar a estos prisioneros lo primero que necesitaban, aire para respirar. Los sacó de la prisión de la Conciergérie y los llevó a una casa, en el barrio de San Honoré, con la ayuda de la diócesis y del obispo. Contrató a cuatro vigilantes para convencer a la autoridad de la seguridad de sus presos. Enroló a dos de sus amigos, al joven sacerdote Portad y al Sr. Belin, para la asistencia espiritual y, más tarde, a la Compañía del Santo Sacramento, para que corriera con todos los servicios del nuevo penal.
Al año siguiente, el mismo Vicente recibirá el título de Capellán General de las Galeras que le obliga a proseguir esta tarea en el verdadero penal del galeote: la galera. Ha visto en Marsella que «los motores de las galeras del rey» se estropean con facilidad y hace con su jefe Felipe Manuel de Gondi los primeros proyectos: un hospital para los forzados y una misión, que dará en 1623 en Burdeos, cuando las galeras acaban de anclar en este puerto, al volver de la guerra contra los protestantes de la Rochela.
En 1632, Vicente consigue una nueva casa para sus galeotes, el palacete real de San Bernardo, junto al puente de la Tournelle, en la parroquia de San Nicolás de Chardonnet. Quedan implicados los curas de esta parroquia, para la tarea espiritual y la feligresa Luisa de Marillac llevará a la prisión a la Cofradía de la Caridad que ella preside, para los servicios materiales. También, los curas de la Conferencia de las Martes, antes de que la «cadena» parta para Marsella, darán una misión a los viajeros. En 1633, nacen las Hijas de la Caridad en esta parroquia, entre las ollas de los galeotes que hay en la casa. También, las nuevas Damas del Hótel-Dieu, fundadas en 1634, empiezan pronto a ver, desde el hospital donde sirven, las puertas de la prisión de la Tournelle, al otro lado del río. Vicente, en 1639, les lleva la noticia del legado que el Sr. Cornuel ha dejado para los galeotes; empieza por darles y… ellas en 1640 se harán cargo de los servicios materiales del penal. Esta determinación llevará también a las Hijas de la Caridad a la Tournelle. La primera será Sor Bárbara Angiboust, rayo de luz en un muladar humano; pero en este penal, en el escaso metro que hay entre las vigas-bancos, sembrados cada medio metro de cortas cadenas que terminan en el cuello de unos hombres, (que, como dice Luisa de Marillac, «ya sabe Ud. lo que pueden decir y hacer») circula el cazo, la olla y la buena cara, todos los días. Y al final de la semana, ropa limpia para «unos presos que tienen piojos como habas y el espinazo medio roído por chinches y otras alimañas».
Estos galeotes, a los seis meses, saldrán para Marsella, cargados de cadenas, con la muerte y los látigos de sus transportistas como compañeros de viaje, pero los acompañará también un hato con ropa limpia, que el dinero de unas damas y el trabajo de unas muchachas les han preparado con amor de Dios. Para ellos, sin duda, pobre bagaje de la bondad de Dios, en esta cárcel de París, reducido a aire, pan y ropa, el mínimo para poder seguir viviendo, pero es el principio de la Buena Noticia para ellos. Para Vicente y sus implicados, será la participación en el Evangelio del sufrimiento de Jesucristo, que los lleva a formular y comprender el principio vicenciano de que la pasión es la mejor acción. «Sea usted (dirá Vicente al P. Felipe Le Vacher), más bien paciente que agente, así es como Dios hará por medio de usted solo, lo que todos los hombres juntos no podrían hacer sin Él» (IV, 499).
Marsella
Desde 1635, el cardenal Richelieu es General de las Galeras, ha acaparado todos los cargos de la Marina. Pretende crear una gran flota que dé a Francia un poderío naval que no tiene. Le interesan sólo los barcos; a Vicente, los hombres de los barcos, esos galeotes de Marsella, a quienes su situación les ha quitado todos los derechos civiles y sociales y que han venido a ser los esclavos del rey, su único señor. Pero al planear la flota, vienen a la mente los servidores de la flota, los hombres de Vicente.
El rey, antes de su muerte en 1643, hará una donación de más de 9, 000 libras de renta, para que Vicente lleve el cuidado de Dios a tantos esclavos cristianos, que sirven en las flotas de los piratas de Berbería. También en 1643, los herederos de Richelieu, en especial su sobrina la duquesa de Aiguillon y el resobrino Armando Vignerot de Pont-de-Courlay, el nuevo General de las Galeras, quedan implicados en los planes de Vicente a los que en esta fecha se une el nuevo obispo de Marsella, el oratoriano J. Bautista Gault.
Hacia mitad de marzo de 1643, eran misionadas todas las galeras. El éxito de la misión, a pesar de la muerte del obispo, abría nuevos cauces. El antiguo proyecto de un hospital para los galeotes enfermos era una realidad dos años después y era el «paraíso» a decir de los forzados. Además, el 25 de julio de este mismo año se firmaba el contrato de una fundación de misioneros en Marsella, gracias a la ayuda de la duquesa de Aiguillon (X, 366). También el 16 de enero de 1644, el nuevo General de las Galeras pedía al rey un nuevo nombramiento de Capellán General para Vicente y sus sucesores, con poder para delegar en el superior de la nueva fundación de Marsella Así, toda la Congregación de la Misión quedaba implicada en esta obra con los galeotes (X, 375-378).
Berbería
El contrato de la fundación de Marsella decía «…dichos sacerdotes de la Misión envíen siempre y a perpetuidad, cuando lo juzguen conveniente, algunos sacerdotes de dicha Congregación a Berbería, para consolar e instruir a los pobres cristianos cautivos, en la fe, el amor y temor de Dios, y tener con ellos misiones, catequesis…» (X, 367). Con esto, se abría la puerta del tercer campo de acción para con los privados de libertad, que cerraba el círculo: Las prisiones de París, las galeras de Marsella y las mazmorras de Berbería.
En 1645, se abría una casa en Túnez y en 1646, otra en Argel. La misma duquesa de Aiguillon corría con los gastos y además facilitaba la acción con la compra de los dos consulados, a los que Vicente destinará Hermanos, que antes habían sido abogados o procuradores de justicia en París.
Los misioneros de Berbería fueron, sin duda, los que lo tuvieron más difícil. Aquí, no sólo el terreno es hostil (galeotes, renegados. .) a la acción del sembrador, sino que se rechaza al mismo sembrador y a la semilla (un terreno que falta a la parábola: el de tierra extranjera). Hay que volver al Evangelio y reducir la acción muchas veces a la pasión de Cristo y como cuadro de vida la última Bienaventuranza, vivir en tierra de mártires. Vicente conoce esta situación por experiencia y estuvo tentado de retirar a sus misioneros, pero el «hágase su voluntad» de Getsemaní se lo impidió.
Vicente no sólo recurre a las autoridades de los tratados internacionales entre Francia y Turquía, aunque sabe que las leyes valen si se respetan, sino que también construye esquifes de libertad. Confía en los banqueros Sres. Simmonet de París y en los Hnos. Napollon de Marsella y monta en sus casas de París y Marsella verdaderas oficinas de recepción de dinero para comprar la libertad Al final de su vida, hasta intentará financiar una operación de fuerza con la flota del caballero Paúl (que lo ha conocido en casa de Mazarino y que se gloría de que lleve su apellido), es un intento de imponer justicia y res catar los 50, 000 esclavos que sufren en Túnez y Argel (VII, 73).
Compadecer y llevar esperanza, socorrer con Caridad, que un día pueda ser derecho y justicia, y exigir la justicia de las estructuras vigentes, es sin duda la meta de su acción evangelizadora con los prisioneros, pero su caminar es realista. Conoce estas palabras de S. Agustín: «Una cosa es lo que enseñamos y otra lo que soportamos; mientras vamos buscando la corrección más adecuada, tenemos que tolerar muchas cosas». Vicente es un hombre prudente, pero con prudencia que impide ser imprudente, no con prudencia para retirarse ante la dificultad y justificar comodidades.
La pregunta que queda en el aire es ¿Qué haría hoy este, hombre, siempre acompañante del pobre y de la Providencia, en estos tiempos en que se reconocen más derechos humanos, libertad de expresión, poder denunciador, manifestaciones y amnistía internacional…?
Bibliografía
Animation Vincentienne. Cahier 14: Les prisonniers. Le Bouscal (Bordeaux); Annales 1930 p. 5-51; F. Blouche (ed.), Dictionnaire du Grand Siécle. Paris, Fayard 1990. Artículos: Galéres, Galériens, Justice, Officiers…des Galériens, Prison; A. Dodin, Monsieur Vincent et les prisonniers, en Mission et Chanté, 1964, p. 56- 63; M. Forget, Saint Vincent de Paul et les Galéres, en Vincent de Paul, en Vincent de Paul. Actes du d’Études Vincentiennes. Paris, 25-26 sept. 1981, Roma, C. L. V. Ediz. Vincenziane, 1983; H. Simard, Saint Vincent de Paul et ses oeuvres á Marseille, Lyon 1894; M. Vigie, Les galériens du roi, Paris, Fayard. 1985. ; A. Zysberg y R. Buriet, Gloria y miseria de las galeras, Aguilar, Madrid 1989.







