Espiritualidad vicenciana: Presos

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Rafael Villarroya, C.M. · Año publicación original: 1995.

I- Las prisiones de Francia en el siglo XVII.- II. Vicente y los prisioneros: 1. Las fuerzas de su Evangelización o el amor afectivo a los presos.- 2. Los hechos de su evangeliza­ción o el amor efectivo a los presos: París. Marsella, Rerberla.


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Las prisiones de Francia en el siglo XVII

Para comprender y valorar la evangelización vicenciana de los prisioneros, conviene conocer antes algo del estado de los prisiones en aquel tiempo.

En la Francia del siglo XVII, las prisiones no se consideraban como lugares de cumplimiento de penas y mucho menos de rehabilitación. Esta concepción vendrá con el siguiente siglo.

En las prisiones, sólo estaban los presuntos reos o los que, una vez condenados, esperaban la ejecución de la sentencia, éste es el caso de los galeotes. En general, «sentenciado el reo, se procedía inmediatamente a la ejecución de la pe­na. Las penas de reclusión se aplicaban sola­mente a las mujeres y entonces éstas pasaban a las casas de «force», preparadas para ellas».

Al existir múltiples justicias: señoriales, reli­giosas, locales estatales…, existían múltiples pri­siones.

En París, el responsable teórico del orden de la ciudad era el Preboste de París, pero en la prác­tica eran su Lugarteniente Civil y más tarde el Lugarteniente Criminal, quienes se ocupaban de los reos.

El tribunal ordinario residía en el Grand Chá­telet donde existía una prisión con un anexo en el Petit Chátelet. Las causas importantes y las que tenían derecho a una apelación superior pa­saban al Parlamento, cuya prisión era la Con­ciergérie.

En todas las prisiones pero más en las co­munes del Chátelet y la Conciergérie, reinaban la injusticia, la desigualdad, el soborno y toda clase de irregularidades, dada su organización. Estas prisiones funcionaban bajo el principio de la «fer­me», lo que convertía al carcelero-director y a sus secuaces en verdaderos explotadores que cedían a toda clase de chantajes e injusticias siempre que terminaran en dinero. Las prisiones eran todo un verdadero e injusto negocio.

Quienes no habían podido o sabido sobornar a la «guet» (ronda, vela) o a los arqueros y com­pañías del Preboste, ingresaban en prisión, donde encontraban una tarifa de precios previa­mente establecidos según la categoría del reo, las estancias que iban a ocupar y los servicios que iban a recibir. Los que no podían pagar contaban con la exigua aportación que hacía el tesoro pú­blico, en nombre del rey. Para éstos, sin duda, estaban reservadas las peores estancias y los mínimos servicios.

Existían verdaderos pozos, como lo Chausse d’Ypocroas y la Fin d’Aise, donde verdaderamente se pudrían, con los pies entre el fango y el agua, un poco de paja, rodeados de ratas y otras ali­mañas, sin luz, y con un trozo de pan por toda co­mida.

Ciertamente que existían leyes más huma­nas, pero no se cumplían. En las seis inspeccio­nes anuales que hacía el Parlamento, raramente se constatan quejas y protestas; unas veces, por­que los inspectores ni siquiera bajaban de sus carrozas y otras, porque las represalias de los guardianes eran una amenaza, y la venta del si­lencio pasaba a ser más rentable que la protesta.

No son las pinturas de Abraham Bosse las que nos dan la verdadera realidad de los hechos. Lo que nos acerca a la verdad son las palabras de Vicente cuando dice: «Yo he visto a esa pobre gen­te, tratada como bestias, abandonadas entre las manos de unas personas que no tenían ninguna piedad con ellas» (IX, 749).

a) Las fuerzas de su evangelización o el amor afectivo a los presos

Cuando el 12 de febrero de 1619, Vicente ju­raba el cargo de Capellán General de las Galeras, ya había visitado y conocido a sus futuros súbdi­tos, que residían temporalmente en la Con­ciergérie, en espera de salir para Marsella, mezclados con los otros presos comunes, pen­dientes de condena. Ellos ya habían recibido la sentencia, pena de galeras, para unos perpetua, para otros temporal. Si exceptuamos la pena de muerte, la pena de galeras era la más dura que los jueces imponían y que muchas veces no obe­decían a delitos graves sino a la necesidad de brazos para el remo de las galeras.

A estos reos, la sentencia, de momento, no les había traído más que un nuevo jefe provisio­nal, el Procurador General, y un nuevo nombre, el de galeotes, grabado a fuego en su piel con la letra «G». Los carceleros, el trato y el calabozo seguían siendo los mismos. Y… ¡esto todavía no era la pena!; les esperaban las galeras en Marsella después de un mes de camino cargados de ca­denas.

Para Vicente, eran estos galeotes, seguían siendo, «los tratados como bestias por hombres sin piedad». Pero este hombre «de buenas cos­tumbres, piedad e integridad de vida», como se lo definía en el nombramiento real, tenía la luz de la fe para verlos de otra manera

Vicente comenzó por leerse el Evangelio, pa­ra moldear su mente y su corazón y saber mover luego sus pies y sus brazos en clave evangélica: Estos prisioneros pertenecían al «lote de los Po­bres» (XI, 387), los que el Señor le acaba de dar en 1617 y además estaban entre los primeros: Vo­cación extraordinaria, dirá, difícil tarea ésta de ser­vir a los prisioneros.

Meditará la Pasión de Jesucristo y sus reso­luciones personales tratará de comunicarlas a los suyos:

«es una gracia tan preciosa (la de servir a los forzados) que no creo que haya otra mayor en la tierra… es una vocación, una vocación extraordi­naria» (III, 444).

«No dejan de ser los miembros de quien se hizo esclavo, para rescatamos a todos de la ser­vidumbre del demonio». (Reglas de las HH. CC. . de los Galeotes (ver Ibáñez, Vicente de Paúl y los pobres…346)

«Servir a Jesucristo en la persona de los po­bres, esto es tan verdadero como que estamos aquí… Id a ver a los forzados, allí encontraréis a Dios» (IX, 24).

«amad a los pobres forzados» (IX, 1071) «La caridad con esos pobres forzados es de un mé­rito incomparable delante de Dios» (I, 222) «¡Qué felicidad servir a esos pobres forzados!» (IX. 240).

Vicente no se contenta con hacer este cua­dro evangélico en el que él y sus seguidores deben colocar a los forzados: sabe que es una ta­rea difícil que requiere una vocación extraordina­ria, no es suficiente contemplar a Jesucristo en ellos. El rostro de Cristo está tan deteriorado en ellos y en todo lo que les rodea, que es fácil con­fundir nuestros deseos, nuestras buenas razo­nes, en visiones inútiles. Estas criaturas viven en las mazmorras del odio, se mueven en el límite con las bestias, por eso, Vicente tratará de crear también la visión evangélica de los medios.

Las cartas al P. Dufour (III, 444 ) y al P. Feli­pe Le Vacher (IV, 497), los Reglamentos a los Mi­sioneros (X, 376) y a los Hermanos (Ibáñez, o. c., 344) son extraordinarios modelos de la mística de los medios para realizar esta obra con los prisio­neros: Paciencia, compasión, cordialidad, silen­cio, buena cara, alabanza y ser más paciente que agente.

  • Hay que dejar muchas cosas, buenas y eficaces en otros servicios, a la puerta de la cár­cel de la Tournelle, en las escalerillas de las Ga­leras y en las rejas de los «baños» de Berbería, y entrar a servir con la bandeja del amor de Dios y, aunque te la tiren al suelo, seguir ofreciendo.
  • Hay que esperar que la blasfemia se con­vierta en oración y el odio en amor, sin prisas y a la manera de la Providencia de Dios.
  • Hay que tener previsto que «Nuestro Se­ñor bajó del cielo a la tierra para redimir a los hombres y fue hecho prisionero por ellos» (IV, 81).
  • Hay que alegrarse finalmente cuando se recibe esta posdata de Vicente (al Hno. Barreau, que ilusionado por servir a los esclavos de Ber­bería acabó en la cárcel): «/Qué dichoso (Her­mano) es el encontrarse en ese estado de bie­naventuranza que proclama dichosos a los que sufren persecución por la justicia! En adelante, os veré bienaventurado en este mundo» (IV, 83).

b) Los hechos de su evangelización o el amor efectivo a los presos

Contemplar el rostro de Dios en los prisione­ros, lo llevó a Vicente a modelar su mente y su corazón, pero a esta contemplación hace falta po­nerle pies y manos, para que sea real y eficaz. La palabra y el corazón de Dios, sabe Vicente, que un día tomó nuestra carne en Jesucristo y co­menzaron a actuar. Vicente, el contemplativo en la acción, sabe también que el ver a Dios en los prisioneros es lo previo, pues esta contempla­ción tiene que acabar en hacer a estos prisione­ros partícipes de la bondad de Dios. Descubrir al Jesucristo de los pies y de los brazos de Dios, el trabajo de Jesucristo, es la tarea de evangeliza­dor, la vocación de Vicente: Convertir el amor afectivo en efectivo (XI, 733).

París

Vicente comenzó esta tarea con los prisione­ros en París en el año 1618. Al recordar los prin­cipios de esta obra, dirá a la Hermanas: «La bon­dad de Dios se hizo compasión y lástima y lo llevó a hacer dos cosas en su favor: primero hi­zo que compraran una casa para ellos; segundo, quiso disponer las cosas de tal modo que fueran servidos por sus propias hijas, puesto que decir «una Hija de la Caridad es decir una hija de Dios» (IX, 749). Entre este primero y segundo, sin em­bargo, y lo que vino después, hay otras muchas cosas más. Llevar la bondad de Dios a estos pri­sioneros y más en aquellos tiempos, suponía atra­vesar muchas puertas cerradas y hacer nuevas en­tradas por donde había barreras. Él será el primer implicado en esta tarea, pero también implicará a todos los que lo rodean. Necesita personas que sean cauce de esa bondad, y, en este asunto tan complicado, todo puede facilitar el camino: dine­ro, influencias, títulos, permisos…, todo se ne­cesita para abrir camino al consuelo y a la sopa de Dios.

En 1618, Vicente comenzó por dar a estos prisioneros lo primero que necesitaban, aire pa­ra respirar. Los sacó de la prisión de la Con­ciergérie y los llevó a una casa, en el barrio de San Honoré, con la ayuda de la diócesis y del obispo. Contrató a cuatro vigilantes para convencer a la autoridad de la seguridad de sus presos. Enroló a dos de sus amigos, al joven sacerdote Portad y al Sr. Belin, para la asistencia espiritual y, más tar­de, a la Compañía del Santo Sacramento, para que corriera con todos los servicios del nuevo penal.

Al año siguiente, el mismo Vicente recibirá el título de Capellán General de las Galeras que le obliga a proseguir esta tarea en el verdadero pe­nal del galeote: la galera. Ha visto en Marsella que «los motores de las galeras del rey» se es­tropean con facilidad y hace con su jefe Felipe Ma­nuel de Gondi los primeros proyectos: un hospi­tal para los forzados y una misión, que dará en 1623 en Burdeos, cuando las galeras acaban de anclar en este puerto, al volver de la guerra con­tra los protestantes de la Rochela.

En 1632, Vicente consigue una nueva casa para sus galeotes, el palacete real de San Ber­nardo, junto al puente de la Tournelle, en la pa­rroquia de San Nicolás de Chardonnet. Quedan im­plicados los curas de esta parroquia, para la tarea espiritual y la feligresa Luisa de Marillac llevará a la prisión a la Cofradía de la Caridad que ella preside, para los servicios materiales. También, los curas de la Conferencia de las Martes, antes de que la «cadena» parta para Marsella, darán una misión a los viajeros. En 1633, nacen las Hi­jas de la Caridad en esta parroquia, entre las ollas de los galeotes que hay en la casa. También, las nuevas Damas del Hótel-Dieu, fundadas en 1634, empiezan pronto a ver, desde el hospital donde sirven, las puertas de la prisión de la Tour­nelle, al otro lado del río. Vicente, en 1639, les lle­va la noticia del legado que el Sr. Cornuel ha de­jado para los galeotes; empieza por darles y… ellas en 1640 se harán cargo de los servicios ma­teriales del penal. Esta determinación llevará tam­bién a las Hijas de la Caridad a la Tournelle. La pri­mera será Sor Bárbara Angiboust, rayo de luz en un muladar humano; pero en este penal, en el es­caso metro que hay entre las vigas-bancos, sem­brados cada medio metro de cortas cadenas que terminan en el cuello de unos hombres, (que, co­mo dice Luisa de Marillac, «ya sabe Ud. lo que pueden decir y hacer») circula el cazo, la olla y la buena cara, todos los días. Y al final de la sema­na, ropa limpia para «unos presos que tienen pio­jos como habas y el espinazo medio roído por chinches y otras alimañas».

Estos galeotes, a los seis meses, saldrán pa­ra Marsella, cargados de cadenas, con la muerte y los látigos de sus transportistas como compa­ñeros de viaje, pero los acompañará también un hato con ropa limpia, que el dinero de unas da­mas y el trabajo de unas muchachas les han pre­parado con amor de Dios. Para ellos, sin duda, po­bre bagaje de la bondad de Dios, en esta cárcel de París, reducido a aire, pan y ropa, el mínimo para poder seguir viviendo, pero es el principio de la Buena Noticia para ellos. Para Vicente y sus im­plicados, será la participación en el Evangelio del sufrimiento de Jesucristo, que los lleva a formu­lar y comprender el principio vicenciano de que la pasión es la mejor acción. «Sea usted (dirá Vi­cente al P. Felipe Le Vacher), más bien paciente que agente, así es como Dios hará por medio de usted solo, lo que todos los hombres juntos no podrían hacer sin Él» (IV, 499).

Marsella

Desde 1635, el cardenal Richelieu es Gene­ral de las Galeras, ha acaparado todos los cargos de la Marina. Pretende crear una gran flota que dé a Francia un poderío naval que no tiene. Le in­teresan sólo los barcos; a Vicente, los hombres de los barcos, esos galeotes de Marsella, a quie­nes su situación les ha quitado todos los derechos civiles y sociales y que han venido a ser los es­clavos del rey, su único señor. Pero al planear la flota, vienen a la mente los servidores de la flo­ta, los hombres de Vicente.

El rey, antes de su muerte en 1643, hará una donación de más de 9, 000 libras de renta, para que Vicente lleve el cuidado de Dios a tantos es­clavos cristianos, que sirven en las flotas de los piratas de Berbería. También en 1643, los here­deros de Richelieu, en especial su sobrina la du­quesa de Aiguillon y el resobrino Armando Vig­nerot de Pont-de-Courlay, el nuevo General de las Galeras, quedan implicados en los planes de Vicente a los que en esta fecha se une el nuevo obispo de Marsella, el oratoriano J. Bautista Gault.

Hacia mitad de marzo de 1643, eran misio­nadas todas las galeras. El éxito de la misión, a pesar de la muerte del obispo, abría nuevos cau­ces. El antiguo proyecto de un hospital para los galeotes enfermos era una realidad dos años después y era el «paraíso» a decir de los forzados. Además, el 25 de julio de este mismo año se fir­maba el contrato de una fundación de misione­ros en Marsella, gracias a la ayuda de la duque­sa de Aiguillon (X, 366). También el 16 de enero de 1644, el nuevo General de las Galeras pedía al rey un nuevo nombramiento de Capellán Ge­neral para Vicente y sus sucesores, con poder para delegar en el superior de la nueva fundación de Marsella Así, toda la Congregación de la Mi­sión quedaba implicada en esta obra con los ga­leotes (X, 375-378).

Berbería

El contrato de la fundación de Marsella decía «…dichos sacerdotes de la Misión envíen siem­pre y a perpetuidad, cuando lo juzguen conve­niente, algunos sacerdotes de dicha Congregación a Berbería, para consolar e instruir a los pobres cristianos cautivos, en la fe, el amor y temor de Dios, y tener con ellos misiones, catequesis…» (X, 367). Con esto, se abría la puerta del tercer cam­po de acción para con los privados de libertad, que cerraba el círculo: Las prisiones de París, las ga­leras de Marsella y las mazmorras de Berbería.

En 1645, se abría una casa en Túnez y en 1646, otra en Argel. La misma duquesa de Ai­guillon corría con los gastos y además facilitaba la acción con la compra de los dos consulados, a los que Vicente destinará Hermanos, que an­tes habían sido abogados o procuradores de jus­ticia en París.

Los misioneros de Berbería fueron, sin duda, los que lo tuvieron más difícil. Aquí, no sólo el te­rreno es hostil (galeotes, renegados. .) a la acción del sembrador, sino que se rechaza al mismo sembrador y a la semilla (un terreno que falta a la parábola: el de tierra extranjera). Hay que vol­ver al Evangelio y reducir la acción muchas ve­ces a la pasión de Cristo y como cuadro de vida la última Bienaventuranza, vivir en tierra de már­tires. Vicente conoce esta situación por expe­riencia y estuvo tentado de retirar a sus misio­neros, pero el «hágase su voluntad» de Getsemaní se lo impidió.

Vicente no sólo recurre a las autoridades de los tratados internacionales entre Francia y Tur­quía, aunque sabe que las leyes valen si se res­petan, sino que también construye esquifes de libertad. Confía en los banqueros Sres. Simmo­net de París y en los Hnos. Napollon de Marse­lla y monta en sus casas de París y Marsella verdaderas oficinas de recepción de dinero para comprar la libertad Al final de su vida, hasta in­tentará financiar una operación de fuerza con la flota del caballero Paúl (que lo ha conocido en ca­sa de Mazarino y que se gloría de que lleve su apellido), es un intento de imponer justicia y res­ catar los 50, 000 esclavos que sufren en Túnez y Argel (VII, 73).

Compadecer y llevar esperanza, socorrer con Caridad, que un día pueda ser derecho y justicia, y exigir la justicia de las estructuras vigentes, es sin duda la meta de su acción evangelizadora con los prisioneros, pero su caminar es realista. Co­noce estas palabras de S. Agustín: «Una cosa es lo que enseñamos y otra lo que soportamos; mientras vamos buscando la corrección más ade­cuada, tenemos que tolerar muchas cosas». Vi­cente es un hombre prudente, pero con pruden­cia que impide ser imprudente, no con prudencia para retirarse ante la dificultad y justificar como­didades.

La pregunta que queda en el aire es ¿Qué ha­ría hoy este, hombre, siempre acompañante del pobre y de la Providencia, en estos tiempos en que se reconocen más derechos humanos, li­bertad de expresión, poder denunciador, mani­festaciones y amnistía internacional…?

Bibliografía

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