Espiritualidad vicenciana: Alegría

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Antonino Orcajo, C.M. · Año publicación original: 1995.
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1. Etopeya de Vicente de Paúl

No parece que las explosiones de alegría fue­ran corrientes en la vida de Vicente de Paúl; sin embargo, sus exhortaciones a vivir la nota ale­gre de la caridad, siguiendo el ejemplo de Jesu­cristo, acompañaban de ordinario su palabra oral y escrita. Sensiblemente preocupado por el su­frimiento humano, por la ignorancia del pueblo, por el hambre y las guerras que se extendían a todas las gentes, su semblante no ofrecía una estampa risueña cargada de risa. Los cuadros que nos han llegado de él apenas si dibujan un rostro sonriente, a no ser el pintado por Angéli­ca Labory, sobre el que comenta el abate Degert: «Su fisonomía sonriente se ilumina con un refle­jo de inteligencia, de bondad consciente y de dis­tinción, que ningún otro retrato presenta en el mismo grado»1. En todo caso, la sonrisa de Vicente de Paúl -mitad bonhomía, mitad ironía-, no traspasa los límites de una contenida gravedad. A buen seguro que sus ocupaciones ordinarias no le permitieron nunca desternillarse de risa ni perderse en altas y pro­fundas carcajadas.

De joven, «se dejaba llevar de un tempera­mento bilioso y melancólico», lo que le obligó a dirigirse a Dios y suplicarle insistentemente le cambiara ese humor seco y repelente por un es­píritu dulce y benigno2. El mismo Abelly de quien procede esta noticia, añade: «Su mirada era tierna, su vista penetrante, su oído su­til, su porte grave y su gravedad benigna, su com­postura sencilla e ingenua, su trato muy afable y su carácter sumamente bueno y amable. Era de un temperamento bilioso y sanguíneo»3. Este sustrato lo conservó hasta la se­pultura, bien domado por la caridad, no obstante ser víctima, en ocasiones, de un humor negro e incisivo que le apenaba y ponía a prueba su hu­mildad. Pero en ningún caso cayó en los defec­tos de la insociabilidad y del hastío.

Lo sabemos gracias a él mismo. El 28 de mar­zo de 1659, año y medio antes de morir, se con­fesaba pública y humildemente delante de la co­munidad: «Me enfado, cambio de humor, me quejo, murmuro… Otras veces trato con aspere­za a la gente, hablo en voz alta y con sequedad… Algunos, como yo, hosco de mí, siempre se pre­sentan de mal talante y con cara de pocos ami­gos»4. Para más humillación, añade que es «seco como un espino»5. Así se veía el viejo Vicente de Paúl, mendigando oraciones a la comunidad, porque «como un viejo es difícil que se corrija de sus malos hábitos, os rue­go que tengáis paciencia conmigo y que no de­jéis de pedirle a nuestro Señor que me cambie y me perdone»6.

Si no conociéramos al santo más que por es­tas palabras suyas, nos imaginaríamos un Vicen­te de Paúl cariacontecido y sombrío, incapaz de conseguir la alegría que predicaba a los demás con ejemplos de vida, con modales sonrientes y di­chos llenos de humor. Aún más, ignoraríamos los móviles que le inducían a conquistarla, dejándo­se llevar por la Providencia de Dios. Su alegría consistía en el cumplimiento de la ley del Señor, en el seguimiento de Jesús evangelizador de los pobres y en la confianza de que su nombre estuviera escrito en los cielos7. De ahí nace y crece su espíritu de alegría como ex­presión de la caridad, que, al decir de san Pablo, «es servicial y se alegra en la verdad»8.

2. Sentido del humor y de fina ironía

De lo que no cabe la menor duda es acerca del humor con que acompañaba los gestos y las palabras. Basta asomarse a las conferencias y a las cartas para asegurarse de su talante humorista. Le brotaba espontáneamente cierto gracejo pro­veniente de su origen campesino y del trato con la gente, conducta que derivaba a veces en iro­nía burlesca. Su genio gascón, propenso a exa­gerar las cosas, llenándolas de imaginación y de gracia, hacía agradable la conversación, señal de que no era tan seco como él decía, sino que sa­bía conjugar la seriedad con la hilaridad, lo agra­dable con lo útil. Sobre todo hablando a las Hijas de la Caridad, su lenguaje se tornaba, al hilo del discurso, chispeante e ingenioso con el fin de im­presionar a aquellas sencillas aldeanas. También dirigiéndose a los misioneros, gesticulaba, le­vantaba o bajaba la voz según los imperativos de su oratoria popular. Los unos y las otras celebra­ban poder escuchar a su fundador, tan rico en doctrina como chispeante de humor.

Lo podríamos probar con multitud de anéc­dotas de aquél que se reía de su sombra, que se fiaba poco de los discursos acicalados o que se chanceaba, discretamente, de la ingenuidad de los incautos y sin experiencia y de los que alardea­ban de oración, pero sin llegar a compromisos de caridad. Por citar alguna de esas anécdotas, val­gan cuatro de ejemplo.

A un sacerdote de la Misión que había pedido salir de la comunidad para ayudar a su anciano padre, el sr. Vicente le contesta: «… No es ése el caso de su padre, ya que sólo tiene 40 ó 45 años, todo lo más y está bien de salud, puede trabajar y efectivamente trabaja; si no, no hubiera vuelto a casarse, como lo ha hecho hace poco con una joven de 18 años, de las más guapas de la ciudad; él mismo me lo ha dicho…»9. Y a un religioso que deseaba el episcopado le contesta: «…Mi reverendo padre, ¡cuánto daño haría usted a su santa Orden, privándola de una de sus principales columnas, que lo sostiene y acredita con su doctrina y sus ejemplos!… Todavía tiene que rendir muchos servicios a Dios y a su religión, que es una de las más san­tas y edificantes que hay en la Iglesia de Jesu­cristo»10. El 11 de septiembre de 1654 contesta, en tono festivo, a Carlos Ozenne, su­perior de la casa de Varsovia, tranquilizándole a él y a sus compañeros de comunidad ante los te­mores provocados por los eclipses: «Me parece que los sabios entendidos en astronomía no muestran ninguna preocupación, y mucho menos aquellos que están instruidos en la escuela de Je­sucristo y que saben que el hombre inteligente dominabitur astris»11. En otra ocasión, un sacerdote acude a la habitación del superior para comunicarle su decisión irrevocable de sa­lirse de la Congregación cuanto antes. «El sr. Vi­cente, sonriendo y mirándole con dulzura, le dice: ¿Cuándo piensa marchar, padre? ¿Quiere ha­cer el viaje a pie o a caballo?». Comenta Abelly que ante pregunta tan inesperada del superior, el clérigo obsesionado por la tentación salió de­sarmado y decidido a seguir en la Compañía12. Y como éstas, otras muchas. ¿Quién no se imagina en estas ocasio­nes a un sr. Vicente bromista que aprovecha la buena fe de sus corresponsales o interlocutores para sonreír de sus espontaneidades?

Del sentido del humor al uso de la ironía, só­lo había un paso. Con frecuencia se confundían. La ironía vicenciana adquiría variadas formas ver­bales y gesticulares. P. Renaudin afirma de Vi­cente de Paúl que «si la caridad no le hubiera re­tenido, habría sido fácilmente un satírico»13. Es asombrosa su inclinación a ridiculizar situaciones y com­portamientos que no proceden de la sencillez evangélica, aunque nunca llega a ser sádica ni sar­cástica. No pretende herir a nadie, pero sí poner al ridículo conductas vanidosas y libertinas.

Son proverbiales sus inflexiones de voz, en to­no burlesco, cuando imita a los perezosos y va­gos, o sus movimientos de brazos cuando cari­caturiza a los libertinos «que sólo piensan en di­vertirse, en comer y beber bien». Lo hace notar el amanuense de la conferencia a los misioneros, del 6 de diciembre de 1658: «Al decir esto, hacía ciertos gestos con las manos y con la cabeza, con cierta inflexión de voz un tanto despreciati­va, de manera que con esos movimientos ex­presaba mejor que con sus palabras lo que que­ría decir»14. En él, era habitual ese medio oratorio que le permitía mantener atento al público, provocando unas veces la risa, otras la compunción. Ya nos lo había advertido el hermano Du­courneau: «Todos están muy atentos cuando ha­bla y como arrebatados de oírle, mientras que los ausentes preguntan muchas veces por lo que ha dicho y se sienten muy apenados de no haber po­dido asistir»15. Verdaderamente era una fiesta poder participar en una sesión comunitaria en la que el sr. Vicente tomaba la palabra llena de encanto, de sabiduría práctica y de autoridad.

Esto no hubiera sido posible si no le animara por dentro el gozo del Espíritu, sumado a sus do­tes naturales de humorista, rayano en socarrón. No es la suya una alegría bullanguera y desme­surada, ni la propia de un comediante que sabe hacer reír a los espectadores, aunque él llore en el alma. Tampoco es la suya la alegría frívola o pue­ril, forzada por las circunstancias, sino la propia de un cristiano maduro en la fe y en la caridad, la del que sabe rebosar de gozo incluso cuando com­parte los padecimientos de Cristo16. El dejó impreso algo que bien pudiera definir su conducta respecto a la alegría exterior: «En los re­creos y en la conversación ordinaria uniremos de tal manera la modestia con el buen humor (hila­ritate) que siempre mezclemos en lo posible lo útil con lo agradable, y así daremos buen ejemplo»17. (Nótese que el término latino hi­lentas significa precisamente «regocijo», «alegría» y «buen humor»).

3. «Honre la santa alegría de nuestro Señor y la de su santa Madre».

Así aconsejaba Vicente de Paúl a su más dis­tinguida dirigida Luisa de Marillac cuando ésta era acometida por sentimientos de tristeza sus­citados por situaciones personales y familiares. Tras serios y continuos intentos por devolverle la paz, el experimentado director la orienta hacia la confianza y amor a Dios, «que quiere que vaya­mos a Él por la vía del amor»18. Cuanto más acometida era por la tentación, tanto más el di­rector redoblaba el consabido consejo: «Consér­vese alegre», «sea alegre», «honre la alegría de nuestro Señor y la de su santa Madre»19.

El Señor Jesús y su madre María son los mo­delos consumados de alegría, según los datos de la Escritura en los que se inspira Vicente de Pa­úl; por eso los pone como ejemplo de gozo en el Espíritu. El seguimiento de Jesús ofrece los motivos más convincentes para vivir esperanza­dos en la felicidad temporal y eterna, supuesta siempre la ascesis aneja al mismo seguimien­to. María, la primera cristiana y la discípula más aventajada de Jesús, nos da ejemplo de auténti­co gozo cuando dice: «Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador»20.

Sobre la palabra y la vida de Jesús basa san Pablo sus exhortaciones a la alegría: «Estad siem­pre alegres en el Señor; os lo repito, estad ale­gres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo»21. Este consejo paulino contiene la razón de la alegría cristiana anhelada por nues­tro santo, que además parle de la misión de Cristo en la tierra para garantizarnos la dicha total: «No podemos asegurar mejor nuestra felicidad eter­na que viviendo y muriendo en el servicio de los pobres, en los brazos de la Providencia y en una renuncia actual a nosotros mismos, para seguir a Jesús»22, escribía a un misionero. Y a las Hijas de la Caridad les declaraba entusiasmado: «No he visto jamás una Compañía que dé más gloria a Dios que la vuestra. Ha sido instituida pa­ra honrar la gran caridad de nuestro Señor. ¡Qué felicidad, mis queridas hermanas! Ése sí que es un fin noble. ¡Estar fundadas para honrar la gran caridad de nuestro Señor, tenerlo a Él por mo­delo y ejemplo, junto con la santísima Virgen Ma­ría, en todo lo que hacéis! ¡Dios mío, qué felici­dad! ¡Qué dichosas son las madres que llevan a sus hijos a que hagan este ejercicio, que debe ser la continuación de aquel que hicieron en la tierra nuestro Señor y su santísima Madre!23.

Obviamente, tanta felicidad tiene su precio, que sólo pueden pagar los que, sin poner condi­ciones a la llamada del Señor, aceptan los com­promisos evangélicos para vividos en comuni­dad y con el espíritu propio de la comunidad que los recibe. Ello requiere mucha gracia de Dios y gran capacidad de sacrificio, en aras del amor a Jesús, para seguirle. «El que quiere vivir en comunidad tiene que decidirse a vivir como un peregrino en la tierra, a hacerse un loco por Jesu­cristo, a cambiar de costumbres, a mortificar todas sus pasiones, a buscar puramente a Dios, a servir a todos los demás, como el más peque­ño de todos; debe estar convencido de que ha ve­nido a servir y no a gobernar, a sufrir y a trabajar y no a vivir entre placeres y en la ociosidad. Tie­ne que saber que allí se le prueba a uno como el oro en el crisol, que es imposible perseverar si uno no quiere humillarse por Dios; y tiene que estar seguro de que, si obra de ese modo, sentirá una verdadera alegría en este mundo y tendrá la vida eterna en el otro»24.

Según esto, se experimenta la bienaventu­ranza completa en la aceptación generosa de la cruz y en la negación a sí mismo, como ya había predicho el Señor25. La cruz recibe muchos nombres, entre otros: enfermedad, per­secución y cárceles. En este caso, también Jesús habla advertido a sus discípulos: «Alegraos y re­gocijaos, porque vuestra recompensa será gran­de en los cielos»26. Existe, pues, un vin­culo estrecho entre la alegría y el padecimiento en nombre del Señor. Rehuir este último supone renunciar al gozo de ser verdadero discípulo de Jesús. Los Apóstoles iban alegres y contentos después de haber padecido algo por el nombre de Jesús27. Tal conducta explica la mentalidad y experiencia de san Vicente respec­to de la alegría que conlleva la evangelización.

4. «El servicio de los pobres emprendido con alegría».

Nuestro apóstol de la caridad descubrió, al co­mienzo de su tarea misionera, que la alegría es una nota que ha de acompañar siempre el ser­vicio de los pobres. En el primer Reglamento de la Cofradía de la Caridad, de Chátillon-les-­Dombes, año 1617. deja ya estampado este sa­bio consejo: «… La encargada de cada día pre­parará la comida a los pobres…; les saludará con alegría y caridad cuando llegue…»28. El mismo consejo lo repetirá en posteriores Re­glamentos. No podía ser de otra manera, ya que los pobres esperan de sus servidores un acceso fácil y alegre que reavive en ellos la esperanza y el consuelo. El saludo primero, dirigido con rostro risueño, dispone al pobre a aceptar con agrado las demás atenciones que luego reciba.

La recomendación sálmica, «servid al Señor con alegría»29, pesaba mucho en la ex­periencia de Vicente de Paúl, quien supo des­cubrir a Jesús en los pobres y a los pobres en Jesús. Como miembros distinguidos del cuerpo de Cristo, ellos son acreedores de un trato jo­vial y alegre. Por el contrario, un comportamiento duro y sombrío los aleja del amor, a parte la de­nigración que ello acarrearía a la caridad. Si el ser­vicio gozoso acerca al pobre con el que el Se­ñor ha querido identificarse30, ¿no es un contrasentido querer servirle a Él con alegría, y servir luego malhumorado a los nece­sitados? Pues bien, «no hay ninguna diferencia entre amar a Dios y amar a los pobres, entre ser­vir bien a los pobres y servirle a Él»31. Por eso precisamente, «hay que pasar del amor afec­tivo (sentido en la oración) al amor efectivo, que consiste en el ejercicio de obras de caridad, en el servicio de los pobres, emprendido con ale­gría, entusiasmo, constancia y amor»32. Está tan convencido de ello el sr. Vicente, que lo contrario a este espíritu evangélico echaría a perder el servicio y desmentiría, en la práctica, el sentido original de la evangelización, que es por naturaleza, «noticia alegre» de salvación pa­ra el pobre.

BIBLIOGRAFÍA:

J. MORIR, Les origines er l’enfance de M. Vincent, en Vincentana 4,5,6 (1984) 407-418.- Les pre­mié res années de M. Vincent. Un regard qui se forme, un regard qui se cherche. 1581­-1600, en Vincentiana 4,5,6 (1987) 520-530.- A. ORCAJO, Vicente de Paúl a través de su pala­bra, La Milagrosa, Madrid 1988, 30-36.

Por: Antonino Orcajo, C. M.
Tomado de: Diccionario de Espiritualidad Vicenciana, Editorial CEME, 1995

  1. citado por COSTE, El gran santo del gran siglo, CEME, Salamanca 1992, III, 270
  2. Abelly, III, 177
  3. Abelly, I, 73-74
  4. XI, 475-477
  5. XI, 752
  6. XI, 481
  7. cf. Lc 10, 20
  8. 1 Cor 13, 6
  9. II, 476-477
  10. IV, 23s
  11. V, 167s
  12. Abelly, o.c. III, c. 11, p. 164
  13. Saint Vincent de Paul, Marseille 1929, 25
  14. XI, 398
  15. XI, 835
  16. cf. 1P 4, 13
  17. RC CM, VIII, 7
  18. I, 149
  19. I, 346; cf. I, 108. 140. 201, etc.
  20. Lc 1, 47
  21. Flp 4, 41
  22. III, 359
  23. IX, 739s
  24. X, 184
  25. cf. Mt 16, 24
  26. Mt 5, 12
  27. cf. Hch 5, 41
  28. X, 578
  29. Sal 99, 2
  30. cf. Mt 25, 31-46
  31. X, 955
  32. IX, 534

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