El señor Vicente, evolución de un santo (IV)

Francisco Javier Fernández ChentoVicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Shri Juva · Translator: Máximo Agustín. · Year of first publication: 1939.
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corazón4. EL AVENTURERO
1. Piratería en el Mediterráneo.- 2. Las cartas del señor Vicente sobre Túnez.- 3. Donaciones.- 4. Supuesta esclavitud.- 5. La liberación; el vice-legado Montorio; magia de la época.- 6. Necesidad de la constancia de ordenación para el señor Vicente.- 7. Crítica del señor Grandchamp a las cartas sobre Túnez.- 8. Sucesos misteriosos.- 9. El ataque de los bandoleros.- 10. «Témat»; elogios.- 11. Guillermo Gautier, ministro.- 12. Silencio público.- 13. Desigual humildad.- 14. Consulados e idealismo.- 15. «Esta miserable carta».- 16. Pistas.- 17. La novela picaresca; la ciudad de Guzmán.- 18. Lazarillo y sus sucesores.- 19. Aventuras españolas.- 20. Un vagabundo serio.- 21. Tranquilidad de conciencia.- 22. Penitencia supererogatoria: la intención belicosa.- idea marcial.- 23. El sueño de Cervantes.- 24. El hueso duro de roer; el caballero Paul de Saumur.- 25. Vicente activo.- 26. Inquietudes y resultado mezquino.- 27. La solución dada por la historia.
No obstante, a la petición del santo la suya propia: las cartas originales debían ser confiadas a los miembros de la congregación del señor Vicente, en secreto, con el fin de que el superior no pueda hacerlas desaparecer también. Así se hizo. He aquí, brevemente, el contenido de las cartas, aventuras más que problemáticas, aceptadas, a pesar de todo, con reservas o sin ellas, por la casi totalidad de los biógrafos, hasta Coste.
Donaciones. Una señora anciana de Toulouse había hecho un legado a favor de Vicente, cuyos asuntos estaban completamente embarullados. El beneficio consistía en algunas tierras y algunos muebles adjudicados a la difunta por los tres o cuatro cientos escudos, que le debía un deudor. Para recuperar su beneficio, el señor Vicente debería encontrar y meter preso a «ese mal bicho», como él mismo dice. Éste se había escapado a Marsella y Vicente lo persiguió en un caballo de alquiler. Por necesidad de dinero vendió el caballo, esperando pagarlo más adelante. El asunto de Marsella se solucionó para satisfacción de Vicente –parece que le traiciona el inconsciente cuando escribe «content» (contento o satisfacción) en lugar de «comptant» (dinero contante o líquido).
Supuesta esclavitud. Para la vuelta tomó una barca con destino a Narbona. Fue atacada por corsarios; Vicente y otros viajeros fueron vendidos como esclavos en Túnez. Tuvo diversos amos, entre otros un anciano médico y alquimista «muy humano y sociable». Vicente cuenta, con alegre candidez, que había visto a su amo frecuentemente fundir la misma cantidad de oro y de plata juntos, vaciarlos en pequeñas láminas, y a continuación mezclar un litro de cierto polvo, después otro de láminas y así indefinidamente, colocar todo en un crisol que ponía al fuego durante veinticuatro horas; después lo abría y encontraba la plata convertida en oro. O bien convertía el mercurio en plata fina, que vendía para dárselo a los pobres. Él mismo, escribe Vicente, se ocupaba de avivar el fuego en una docena de hornos. Para no tomar como verdad lo que nos cuenta aquí, él debe haber visto, o escuchado contar las bribonadas en boga de los charlatanes.
El alquimista tunecino de Vicente se servía también, cuenta él, de un muelle para hacer hablar a una calavera para engañar al público. Tales trucos gustaban mucho en esta época. Tres años después de que Vicente escribiera su carta, Cervantes, en la segunda parte de Don Quijote, actuaba por medio de una cabeza de bronce: de la boca de ésta, un tubo llegaba a la habitación inferior, de suerte que un simpático espíritu de estudiante pudiera responder a las pregunta que le hacían.
La liberación; el vice-legado Montorio; magia de la época. Vicente consiguió convertir a su último amo, un renegado que se fugó a Francia, llevándose a su esclavo. En Aviñón, el renegado se reconcilió con la Iglesia en las manos del vice-legado Montorio. Vicente siguió a éste a Roma. Montorio se divertía con «las curiosidades geométricas» –secretos algebráicos de los árabes- que Vicente había aprendido con su anciano turco, y se complacía en mostrárselos a Su Santidad (Paulo V) y a los cardenales. Algunos biógrafos pretenden que es casi cierto, que Vicente fue presentado al Papa por su protector, pero por su modestia nos lo ha ocultado.
Necesidad para el señor Vicente de la constancia de su ordenación. El señor Montorio tenía interés en conseguirle a su protegido algún cargo eclesiástico, y ésta es la razón por la que pide al señor Comet el acta de su ordenación. El protector estaba tan celoso, cuenta Vicente, que no quería que se acercase nadie, por miedo a que les enseñara sus conocimientos del espejo de Arquímedes. El amo quería posee, sólo él, la fama de conocer tales cosas.
Crítica del señor Grandchamp a las cartas sobre Túnez. Sin embargo, serias razones nos obligan a considerar las exageradas cartas del señor Vicente sobre su esclavitud, y las que siguieron, como un producto de pura fantasía. Hasta Abelly, aunque reprodujo las cartas, se vio obligado a omitir algunos pasajes de las mismas, difíciles de explicar.
Sucesos misteriosos. El señor Grandchamp tampoco cree en la veracidad de los sucesos que ocurrieron antes y después de la supuesta cautividad. Uno se puede preguntar si las considerables donaciones que el señor Vicente había recibido antes de abandonar Toulouse, eran ciertamente una realidad. Al menos uno se sorprende de que se marchara a Marsella, para conseguir su provecho, no pudiendo «el gallardo», atrapar las tierras adjudicadas a la donante difunta. Más bien, Vicente da la impresión de haberse alejado, con este pretexto, lejos del alcance de sus acreedores.
El ataque de los bandoleros. La historia, hace constar el señor Grandchamp, no ha podido encontrar el menor indicio del pretendido ataque de los bergantines turcos contada por Vicente. Ahora, añadamos un hecho: durante el ataque de los corsarios, Vicente recibió un flechazo que, dice él, le servirá de reloj todo el resto de su vida. Ahora bien, haciendo la autopsia los cirujanos después de la muerte del santo, sabiendo lo de la cicatriz, la debieron encontrar. El acta de la autopsia se perdió. Encontramos en Abelly lo que se ha llamado «un muy breve resumen». Contiene bastantes hechos (20), pero nada sobre la tal cicatriz».

«Témat»; elogios. El último amo de Vicente, el renegado, era aparcero de un «témat» del gran sultán, al cual le pertenecía todo el país. Pero hacía tiempo que en Túnez la tierra ya no pertenecía al sultán. Además, «témat» no significa nada, según Grandchamp, pero «timar» es un vocablo turco que significa feudo militar. Sin embargo, no existían tales feudos en Túnez. El señor Grandchamp supone, que Vicente entendió mal la pronunciación de la palabra. Pero, aún aceptando la pronunciación de una «r» francesa, esta equivocación parece poco verosímil. Es más probable que Vicente hubiera leído alguna carta llegada de un esclavo de Turquía: escrita a mano, la letra «i» se confunde fácilmente con una «é» y la «r», con una «t», es escritura gótica (Ver el facsímil de la primera carta sobre Túnez, St. Vinc. I I). Podríamos asombrarnos más aún de que sea a base de cantar alabanzas a Dios, como nuestro cautivo conquistó a su ama turca: el señor Vicente dirá más tarde, que é no sabe cantar, o sea no podía ser ése su mérito. Ya párroco, tuvo experiencias que contará a sus sacerdotes: «… no sabía qué hacer; escuchaba con admiración a los campesinos que entonaban los salmos…Me decía a mí mismo: «Tú, que eres padre espiritual, desconoces esto; y me angustiaba».
Guillermo Gautier, ministro. Lo que hay de mayor interés en esto, son los documentos conservados en la Biblioteca municipal de Aviñón. Grandchamp nos hace saber, -citando uno de ellos sin fecha- que Vicente de Paúl hizo abjurar, encomendándose al vice-legado Montorio, en la iglesia de San Pedro de Aviñón, a un ministro llamado Guillermo Gautier, el cual había sido sacerdote religioso franciscano. Ahora bien: de renegado nada. Las actas de las decisiones del cabildo de San Pedro en el siglo XVII no existían; las del siglo siguiente mencionan accidentalmente, con fecha de 29 de junio de 1773, la abjuración de fecha 29 de junio de 1607. Por lo tanto, la abjuración del ministro Gautier del 29 de junio de 1607 –he ahí la jugada de Vicente de Paúl, que juzgó digna de figurar en una novela de aventuras. Y he ahí el supuesto esclavo de Túnez definitivamente descubierto; así lo creemos.
Silencio público. De gran importancia es el hecho que el señor Comet, conociendo su Gascón, ocultó dignamente, en su medio, toda la famosa aventura del antiguo protegido de la familia y la dejó correr. En efecto, podemos comprobar que, en lugar de propagarse en su región la historia de Túnez, queda completamente ignorada. Parece que, escribiendo a su madre, etc., al mismo tiempo que al señor Comet, Vicente no mencionó su aventura. No había más que una persona, según la causa de beatificación, que le hubiera escuchado al señor Vicente hablar sobre su cautividad. Esta gasconada (o fanfarronada) hubiera sido imposible entre sus familiares, quienes conocían su vida. El secretario del rey, que había tenido una parte de las cartas del santo sobre Túnez, declaró jurídicamente que, en muchas ocasiones, y con toda intención, había hablado a san Vicente sobre los esclavos de Túnez; jamás pudo sacarle una palabra que hiciera sospechar de que este país le era conocido.
Desigual humildad. Los biógrafos hacen valer la gran humildad del santo acerca de este secreto tan bien guardado después. Pero nuestra opinión tiene valor al resaltar, que la esclavitud no es un título de gloria. También es interesante constatar que el señor Vicente convirtió a otros herejes, confesándolo con franqueza: «Plugo a Dios servirse de este miserable para la conversión de tres personas, desde que me fui», escribe en una carta de 1628.
Consulados e idealismo. Grandchamp presenta, además, la consideración de que quien, como san Vicente, hacía comprar los consulados de Argelia y de Túnez para su misión en Berbería no desconocía en absoluto la mentalidad de los mahometanos. –Es cierto que estos consulados, lejos de ser una perita en dulce, aportaban muy poco y fueron más bien una cruz para la Misión. El cónsul de Argel se encuentra, en varias ocasiones, preso y torturado a causa de deudas y errores ajenos; el de Túnez también se encontraba encadenado y el rey de Francia sobrellevaba pacientemente tales ofensas. Pero se trataba de valores religiosos, que no podían ser compensados.
«Esta miserable carta». Un exceso de testimonios nos convencen de que las cartas sobre la cautividad de Vicente no son más que el fruto de su imaginación. Señalemos el tono desgarrador con el que, en vísperas de su muerte, ruega al señor de Saint-Martin, que le devuelva «esa miserable carta»: Yo le imploro, en nombre de todos los favores que Dios le ha concedido, que usted me haga el de enviarme esa miserable carta, que hace mención de Turquía… Se lo ruego una vez más, por las entrañas de Jesucristo, Nuestro Señor, de concederme lo más rápido posible el favor que le pido». Nosotros sabemos que fue a otra persona a quien la carta había sido enviada hacía dos años. Todavía en esta última carta, el subconsciente le traiciona a Vicente dictándole a la pluma, descuidadamente, la palabra Turquía, en lugar de Túnez, que dependía del Gran Turco desde 1525. Evidentemente, el origen de la carta debía mucho más a Turquía que a Túnez. –En cuanto a los alardes que se permiten algunos sobre este mismo asunto, San Vicente, entones ya anciano, seguiré siendo como hombre de experiencia, líndamente incrédulo: «lo que le ha dicho este caballero, referente a la vuelta de dos o tres renegados de Argelia», escribe en una carta dirigida a Marsella, «no es creíble. Apruebo su discreción al no darle credibilidad». La mano micrográfica con que escribió la carta sobre Túnez, difiere mucho de la escritura normal del señor Vicente- señal clara de que esconde algo. Los trazos que se alargan por debajo de la línea, siempre muy marcados en este hombre práctico, se prolongan desmesuradamente en la primera letra, por dos y hasta tres líneas por debajo, revelando un materialismo, con cierto matiz patológico. –La mentira no tenía otro propósito que el de justificar, ante los amigos, el largo silencio de Vicente.
Pistas. Contando la muerte del viejo alquimista tunecino, Vicente había escrito que murió «por los caminos» hacia Constantinopla. «¿Por qué caminos? –Curiosa expresión en alguien a quien el buen francés le es familiar», dice Grandchamp. Después San Vicente se sirve de esta expresión en varias ocasiones: parece haber tenido en mente más bien la distancia de Francia a Constantinopla, que a Túnez. –El viejo de Vicente, destinado a ser enviado a Constantinopla y muriendo «de pesar por los caminos», reacciona exactamente como el personaje de Cervantes, del cual dice: «…que de pesar –tristeza’ murió en el camino de Constantinopla».Igualmente las mejores aventuras de la novelística española de la época trancurren con frecuencia «por el camino» (en español en el original).
La novela picaresca; la ciudad de Guzman. Efectivamente, el autor de las cartas de Túnez debió ser un buen lector de novelas picarescas, entonces de moda, El Lazarillo, Guzmán, etc. En Roma Vicente se dedicó al italiano, que no lo olvidará durante treinta y tres años: le permite a uno de los suyos, residente en Roma, que le escriba en italiano. En consecuencia, este espíritu emprendedor no habría tenido dificultades insuperables para leer el español, sabiendo que el dialecto de su región, no estaba más lejano que del francés. Dispuso, además, muy pronto de traducciones francesas de las novelas españolas, -la del Lazarillo data del año 1561, y la de Guzmán, de 1600- también en latín.
Más aún, no excluimos que Vicente pudo conocer en Roma a compañeros españoles.- i¿De dónde nace ese rumor sobre su estancia en la universidad de Zaragoza? Suponemos que, en compañía divertida, este gascón imbuido de recientes lecturas picarescas, recitando sus aventuras de viaje imaginarios. Zaragoza era la ciudad del Guzmán.
Lazarillo y sus sucesores. La historia que encontramos en Vicente, es la andadura de las aventuras de El Lazarillo de Tormes en persona, publicada a mediados del siglo XVI. Es el lado pícaro el que busca, acumulando aventuras y personajes: mareos, el pescador, el sobrino, no parecen tener otro objetivo en la carta de Vicente. Aventuras y vida de guzmán de Alfarache (en español en el original) fue publicado entre 1599 y 1605. He ahí, se puede decir, los padrinos intelectuales del Vicente novelista, así como la influencia de la novela picaresca española debió sentirse en Francia hasta el siglo XVIII.
Aventuras españolas. Guzmán-padre debe hacer un viaje de Génova a Sevilla. El navío es capturado por corsarios y Guzmán es llevado como esclavo a Argel (48). Guzmán-hijo va a Roma y, con su ocupación de guasón al lado de un cardenal, le sugiere el verdadero modelo al joven Vicente, que se muestra como una especie de bufón junto a Montorio, amigo de cardenales.
Un vagabundo serio. Vicente había tentado la suerte en el mundo para librarse de una carrera, que no era su vocación. No tuvo éxito. Es solamente entonces cuando se pone a reclamar su constancia de ordenación sacerdotal. Llegado a superior de la congregación, un día hablará también de los «horrores» de su vida pasada, generalizando y sin precisar en qué tiempo. Pero este campesino sano no se perdió corriendo tras la aventura: es su espíritu y no la carne quien estuvo sediento de mundo. En su carta Vicente se llama siempre «hombre de bien»; él se interesó en pescar almas.
Tranquilidad de conciencia. Las cartas sobre Túnez no son más que una fanfarronada, ¿por qué el hombre humilde, que fue San Vicente a continuación, nunca confesó esta mentira de su juventud? Dirá más tarde: «…Es necesario que nos esforcemos siempre en amar la abyección, la confusión que nos causan nuestras culpas». Y en otra ocasión: Deberíamos ser felices si todo el mundo conociese nuestras faltas». Entre los sacerdotes de la comunidad del señor Vicente existía «la loable práctica» de acusarse públicamente de sus faltas. Pero esta antigua costumbre de la Iglesia, habiendo dado motivo de tentaciones, se llegó a limitarla. En cuanto a esta clase de pecado del que habla en sus cartas de juventud, no había motivo de tentación. No obstante, hay que tener en cuenta otras restricciones, y el señor Vicente dirá, que es un buen ejercicio el detallar las cosas que nos humillan, «cuando la prudencia aconseja, que se haga en voz alta». La historia de Túnez parecía ya olvidada y no perjudicaba a nadie. Sin duda quien veía la salvación en una confesión general, había confesado su falta y pensaría que la prudencia no aconsejaba la declaración pública en el caso de un superior general. Después llegó la paz de conciencia: «Dios no nos echa en cara jamás las faltas que ya nos ha perdonado», escribe en una carta. Estas palabras, con fecha de 1659, entre los años de 1658 y 1660, lapso en que se escribe la correspondencia sobre las «miserables» cartas, parecen reflejar la esperanza en que Dios no permitirá la revelación de un secreto, cuyas consecuencias serían mucho más graves que la falta en sí. El señor Vicente se contenta con acusaciones generales, siempre meritorias, sin perdonarse: las siente profundamente. «Este pobre miserable es el más grande pecador», dice. Continuamente confiesa «el número infinito de abominaciones, «los innumerables pecados» de su vida pasada.

22. Penitencia supererogatoria: la intención belicosa. Pero este proceder quizá no satisfacía a su subconsciente, más sensible. Porque «el que se humilla será exaltado, y » quienes se hacen más pequeños, serán los más grandes» . En efecto, el señor Vicente todavía hace penitencia por su pecado. Ya superior de la congregación, no sólo es feliz de fundar una casa en Périgueux, teatro de su prematuro sacerdocio, sino que, además, tiene prisa por fundas la misión de Berbería, comenzando por Túnez en 1645.
Vio claro que la suerte de los esclavos cristianos que no se dejaban apaciguar era el martirio para los desdichados. Siendo ya un santo anciano, quiere insistir, de manera formal, sobre su idea subconsciente de penitente salvador. El señor Vicente –habiendo destruído recientemente la copia de las cartas sobre su supuesta cautividad en Túnez, así lo creemos apoyándonos en la fecha- pudo apropiarse de un sencillo proyecto en su grandeza: la conquista de la Berbería para Francia.
El sueño de Cervantes. Una idea tan atrevida tiene sus ancestros: Las reminiscencias de las lecturas que él hubiera hecho en su juventud, inspiradoras, entre otras cosas, de sus cartas picarescas de Túnez. Cervantes no toma la pluma más que para expresar un sueño incurable de la conquista de los estados berberiscos. Para Cervantes el drama está en la lucha del cristianismo y del islam, en la intolerancia de los mahometanos, en la miseria de los cautivos y el valor de los mártires. Aquí el autor nos dirá, por qué la marina española no puede combatir con los corsarios; en otro lugar nos hablará de su sueño de la conquista de África para Don Juan, y nos manifestará la esperanza de que Felipe II vendrá un día a tomar de nuevo este proyecto. Su teatro, su correspondencia, sus cuentos, no son otra cosa, a menudo, que la puesta en escena de esta gloriosa lucha contra los mahomentanos y viene a ell a menudo en Don Quijote (68). Esta es la idea, digna de un Cervantes.
El hueso duro de roer; el caballero Paul de Saumur. Argelia había sido considerada invencible desde los tiempos de Carlos V. Así fue en vano, que los caballeros de Malta llevaron a cabo represalias contra las tierras y los navíos musulmanes. El caballero Paul de Saumur vice almirante del Levante, nacido en la mar, hijo de una lavandera, se decía, había huído en el mar provenzal, después fue caballero de Malta, llegó a ser, por su valentía, capitán de navío de guerra, finalmente teniente general. Se dejó entusiasmar por el señor Vicente para efectuar un plan de ataque contra Argelia. Algunos biógrafos atribuyen al señor Vicente el honor de haber concebido la atrevida idea de alzar, él mismo, una flota contra Argel, porque comprendía que no había nada que esperar del rey. Añade, sin embargo, él mismo que la iniciativa de tal idea fue del caballero Paul, cuya agresividad, ciertamente, no se manifestaba de otra forma. «Doy gracias a Dios», escribe el señor Vicente en 1658, «por la propuesta que ha hecho el caballero Paul de ir a Argel, para hacer justicia a los turcos». El señor Vicente, incluso, no ha abordado el asunto con el antedicho caballero: «…Me considero feliz de llevar su nombre y de haberlo saludado en la casa del señor Cardenal» (Mazarino). Estas palabras atestiguan, que sólo hubo un encuentro rápido entre ellos. Existe la posibilidad psicológica de que, ¡no faltaba más!, la duquesa de Aiguillon, hija espiritual del señor Vicente, hubiera sido la inspiradora del caballero en este asunto. Pero no tenemos ningún dato que apoye esta idea. En todo caso es sobre todo la duquesa quien irá a defender el proyecto bélico después de la muerte de su director.
25. Vicente activo. El señor Vicente anima, lo mejor posible, al héroe del plan: «le ruego», escribe a uno de sus sacerdotes de Marsella sobre este asunto, «visitarlo de mi parte, felicitarlo por este propósito; que no le corresponde más que a él ejecutar tales proezas; que él ya ha llevado a cabo otras grandes; que su ánimo, con su buena conducta y sus bunas intenciones, da motivo para esperar un feliz término de esta empresa». Un post-scriptum invoca los insultos que Francia ha debido enjugar en la persona del cónsul de parte de los infieles. La carta termina con la observación de que el comendador «no sabría hacer otra obra más agradable a nuestro Señor». La contribución a la empresa del duque de Vendôme, hijo natural de Enrique IV, también estaba prevista. Si el comendador Paul no emprendía la ansiada expedición, había la intención de dirigirse al duque de Beaufort, hijo del duque de Vendôme.
¿Dónde encontrar el dinero para tal proyecto? El rey tenía otros problemas; en este momento la guerra con España llega a su fin. El señor Vicente se preocupa de enviar un barco, para tratar el problema con los misioneros lazaristas de Argel. Los perjudicados de los puertos franceses deben unirse a la causa. Otras ciudades marítimas del reino deben ser invitadas a contribuir en la misma. Para evitar las posibles represalias de parte del Gran Jefe turco, el rey había enviado una comunicación a su embajador en Constantinopla, con el fin de que el sultán conociera las justas denuncias sobre el trato a los franceses en Argel.
26. Inquietudes y resultado mezquino. El tiempo transcurre con estas esperanzas. Vicente ofrece una gran suma para apremiar al comendador Paul a decidirse con la expedición: tendrá sus veinte mil francos después de la liberación, no de algunos, sino de todos los cautivos franceses en Argel. Si no ocurre así, el caballero no recibirá nada.
Finalmente, en 1660, a la vuelta de una expedición, hecha para ayudar fuertemente a los venecianos en guerra contra los turcos, el comendador Paul tomó el camino de Argel con el fin de obligar al dey (jefe de la regencia en Argel) a entregar los esclavos franceses. Después de haber permanecido cinco días ante esta ciudad, con vientos tan violentos que les impedían acercarse, se alejó sin otro resultado que la liberación de cuarenta esclavos, quienes, viendo los barcos, se escaparon a nado.
Propagándose falsos rumores, el señor Vicente está en suspenso esperando los resultados. Uno recuerda cuántas veces el señor Vicente exclamaba, que sus pecados lo han hecho indigno de servir a Dios. ¿Acaso su subconsciente le ha reprochado, en este crítico momento, una antigua carta mentirosa, cuyo secreto él guardaba? Queriendo hacer una penitencia respetable ¿había olvidado que él había hablado en otras ocasiones sobre la necesidad de dominarse «a sí mismo ante la repugnancia que se siente en descubrir y manifestar aquello que la soberbia quisiera tener oculto»…, de obligarse «a revelar sus miserias y sus faltas»…que «ocasionan confusión»? Ensalza a San Pablo y a San Agustín, que publicaron sus pecados «para que toda la tierra» los conozca «hasta el final de los tiempos». La Iglesia, persiguiendo sus fines, concede el perdón, y San Vicente quiere descansar en su regazo como el niño en brazos de su madre, que le ha perdonado sonriente una mentira. Pero su subconsciente no se deja embaucar. Al superior de la casa de Marsella, diez días antes de su muerte, le escribe, inquieto, tanto por la suerte de los desdichados cristianos, como por la tranquilidad de su propia conciencia: «Me encuentro con un desasosiego que me causa una pena indecible. Corre por aquí el rumor de que el comendador Paul ha asediado Argel; pero se desconoce el resultado; y usted me pide que inicie el viaje hacia Argel, sin comunicarme nada de nuestros pobres cohermanos; en el nombre de Dios, díganos cómo se encuentran».
27. La solución dada por la historia. Es una vez más el celo del señor Vicente, habiendo sido el director de la duquesa de Aiguillon, que debemos ver tras la expedición a Argel, emprendida por el señor de Beaufort, pocos años después de la muerte de Vicente de Paúl, siempre en vano. No será hasta 1830 cuando las desgracias de los esclavos terminarían y el plan del señor Vicente tendría éxito: el dey había reclamado el pago de un suministro de trigo hecho a Francia bajo el directorio; furioso por no obtener satisfacción, habiendo sido él removido, mientras que el rey de Francia regía desde el tiempo de San Vicente, golpeó al cónsul con su matamoscas. Esta afrenta determinó la guerra con Francia, llevándola a la victoria final.

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