El mensaje de Rue du Bac (Introducción)

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: J. Delgado, C.M. · Año publicación original: 1968.
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Es difícil precisar el significado y mensaje de las apariciones de la Virgen María a Santa Catalina Labouré. Aunque fueron las primeras de todas las mariofanías modernas no han tenido aún ni un historiador ni un teólogo que las haya estudiado en profun­didad.

Cierto que las biografías de la vidente y los comentarios a la Medalla aumentan regularmente las estanterías; pero todos estos escritos pertenecen más bien a la literatura de edificación y de­voción.

René Laurentin ha restituido los hechos de Lourdes a su ver­dad primera; el canónigo Poulain ha despojado de su folklore religioso el misterio de Pontmain, y los teólogos han acumulado sus estudios sobre los acontecimientos de La Salette. Las apari­ciones de París aún siguen sin explorar, y, dado el bosque de cosas que se acumulan diariamente en torno a ellas, la investiga­ción se hace cada vez más difícil, aunque interesante y retadora.

Esta laguna respecto a las apariciones de París se explica por dos hechos: El primero es el secreto absoluto en que se realizó el mensaje: La vidente, beatificada por Pío XI como La Santa del Silencio, permaneció los cuarenta y seis años restantes de su vida en secreto; y su confesor, el padre Aladel, no dio a cono­cer más que las cosas útiles a la difusión de la Medalla. El se­gundo hecho es el silencio conventual de las Hijas de la Cari­dad, que guardaron los documentos y lugares del mensaje al abri­go del público y de las investigaciones históricas y teológicas. Si a este triple resguardo, de la vidente, del confesor y de la Comu­nidad, se añade la pobreza teológica de los seis primeros dece­nios del siglo XIX, se tendrá una explicación de, esa laguna respecto a las apariciones de la Medalla, a pesar de hallarse ésta tan difundida.

Lo que no se podría explicar es que en esta época de revisión de todo lo religioso la laguna continuara ensanchándose. Los archivos y lugares están abiertos al investigador. Pero conviene tener presentes las siguientes advertencias:

La historia de la Medalla no es un hecho histórico con unas consecuencias que ya se acabaron y que ahora se cuentan lo mis­mo que se cuentan los resultados de la batalla de Waterloo. La historia de la Medalla no es solamente el punto, o momento es­tático, en que se realizó la aparición, sino más bien la serie de hechos que desde ese primer acontecimiento se viene realizando en la historia de la Iglesia. El punto dinámico inicial se ha con­tinuado hasta nosotros en linea progresiva; y esta línea contie­ne muchos otros puntos, tan interesantes y más que el de la aparición misma. La conversión de Alfonso Ratisbona y la histo­ria de la Legión de María son ejemplos de esta verdad.

La manifestación de la Medalla a Santa Catalina fue tan im­portante para su vida que de ella dependió, en gran parte, su santidad: fue uno de esos giros que orientan un alma hacia el cumplimiento de una misión. No es que la vidente fuera santa por haber recibido el mensaje, sino que su fidelidad en cum­plirlo le ayudó a serlo. Sin embargo, la manifestación de la Me­dalla al mundo puede considerarse como más importante. Pode­mos adelantar que el mensaje, siendo privado, no por eso era particular, sino social: iba dirigido al mundo entero. Si la ma­nifestación inicial de la Virgen hizo tanto bien a la vidente, la manifestación posterior de la Medalla al mundo hizo mucho más a las almas. Sólo estudiando esta manifestación al mundo, con sus resultados, se puede dar profundidad a la manifestación hecha a la vidente. En la medida en que el mensaje se cumple, en esa misma medida adquiere relieve. Hoy la Virgen sigue hablan­do a sus hijos en la Iglesia.

Es, pues, de suma importancia para el historiador saber que la historia de la Medalla, lejos de haberse acabado, está adqui­riendo relieve, en la extensión en que se va manifesfando al mundo y en la profundidad en que el mundo comprende su significado. De aquí brota el mérito que puede tener un escritor al poner al alcance de todos la verdad auténtica del mensaje: puede ser como el descubridor de un terreno insospechado, virgen, a quien haya que dar las gracias.

La segunda advertencia se refiere al sentido evolutivo doctri­nal del mensaje. El lenguaje utilizado son los símbolos: unos que aluden a textos bíblicos y. otros que plastifican doctrinas teológi­cas. Ahora bien, las interpretaciones de los distintos pasajes de la Biblia y las explicaciones de la teología han evolucionado tan­to que resultaría ridículo y mortal pretender dejar fijo, anquilo­sado, el mensaje de Rue du Bac: éste debe progresar en la mis­ma proporción en que avanzan la exégesis bíblica y el desenvol­vimiento doctrinal de la teología. La Medalla, en definitiva, no es más que un medio de recordarnos a la Madre del Mesías, cuyos rasgos fundamentales se describen en las Escrituras, y cuyo ofi­cio en la historia humana nos explican los teólogos.

Este proceso evolutivo se observa más en la piedad. A fina-: les del siglo pasado y principios de éste eran muchísimos los cristianos que se contentaban con dar su nombre a una «unión piadosa», teniendo, por toda diligencia, llevar la Medalla y la cinta reglamentarias, con los milímetros de longitud y anchura, con el color y el diseño exactos. Como puede leerse en la biblio­grafía de este libro, los folletos de novenas y las colecciones de prodigios eran antes best-sellers. Hoy difícilmente se acude a las novenas. Las novenas eran, o debían ser, cursillos de mariología. Tuvieron su finalidad, dieron sus frutos a su tiempo. ¿Pero será prudente mantener ese sistema de devoción y de piedad sin evo­lucionar hacia otras formas? El historiador del Mensaje de Rue du Bac comprobará cómo muchas asociaciones de la Medalla, en otro tiempo muy pujantes, han muerto para dar paso a otras. ¿Cuá­les son las que deben perdurar o surgir? Las interpretaciones doc­trinales evolucionan, también las expresiones de la piedad.

Un tercer punto a considerar es la temporeidad del mensaje. En 1830 ya no sirven las historietas de la Edad Media, los Mila­gros de Nuestra Señora de Berceo: ha pasado el Concilio de Trento, hay un espíritu racionalista y se necesita un estudio apo­logético de los prodigios. Ahora se trata de curaciones, conver­siones y favores, de hechos maravillosos que llenan los libros de las apariciones. La firma de un médico, testimoniando la impo­tencia de las fuerzas naturales para tales resultados es la garan­tía eficaz, aunque luego resulte que su declaración es errónea, como en el caso de Sor Eduarda, que trataremos en este libro. Aun hoy existe una gran dosis de afición por el maravillosismo. La conversión de Ratisbona es, por otra parte, un milagro de­mostrado.

Esta misma temporeidad del mensaje de Rue du Bac hizo que las asociaciones de la Medalla dieran más importancia a lo pia­doso que a lo apostólico, y a lo mariano en sí mismo más que a lo mariano en dirección cristocéntrica. Los manuales hablan de la consagración de María, pero hasta época bien reciente en ellos no se ponía a Cristo por término final, como puede comprobarse. Existían un misticismo y un misterio tales en torno al mensaje que parecía que siempre había que descubrir en él algo insólito. Resulta curiosa la anécdota de aquel predicador de la Medalla que no publicó sus sermones hasta que no los hubo predicado en todas las ciudades del Reino: disfrutaba él de unos conocimien­tos arcanos. Hoy las cosas son más sencillas. ¿Qué sentido tiene hoy el mensaje? ¿Es compatible con el lenguaje conciliar? ¿Tiene sentido y eficacia instrumental para la santificación, o ya no sirve?

La temporeidad nos lleva a otra reflexión: el localismo. El anuncio de esta mariofanía fue en Francia; París era como el púl­pito del mensaje. De ahí surgió, contra la voluntad de la vidente, el que la imagen de la Medalla fuera una copia más parecida a la Inmaculada del artista Bouchardon que a la Inmaculada de las visiones. Si el P. Aladel hubiera tenido su domicilio en Madrid, por ejemplo, habría intentado hacer coincidir la imagen de la Medalla con la Inmaculada de Murillo o la de Zurbarán. Es curio­so, pero el jesuita Razaven declaró en el proceso de Roma a Ra­tisbona: «Llevaba la Medalla Milagrosa de la Inmaculada de Francia.»

Si la vidente hubiera sido italiana, en vez de ver caer las gra­cias más abundantemente sobre un punto llamado Francia, las habría orientado hacia otro nombre: Italia. Es decir, que tanto en la recepción del Mensaje como en su transmisión hay cantidad de localismos, de los cuales conviene despojar el mensaje si que­remos darle un significado extraespacial y extratemporal, y, en consecuencia, más trascendente.

Hay más: cuando el mensaje traspuso fronteras, los nuevos recipiendarios, con ojos diferentes, contemplaron otros perfiles. Mons. Angel Hiral, Vicario en el Canal de Suez, vio en la Virgen del Globo a la Reina de las Misiones. ¿Cuáles son, pues, las mi­sivas fundamentales que, aun siendo interpretadas de diversa ma­nera, fueron y son universales? ¿Cuáles son los localismos sin relieve? Hay agrupaciones, como la Visita Domiciliaria, que ni ahora ni nunca hubieran sido recibidas en los países anglosajo­nes, y, en cambio, en los países hispanos tiene una historia inte­resante. ¿Qué localismos tienen valor?

Al estudiar el mensaje de Rue du Bac hay que prescindir del maravillosismo, lo novelesco. Por eso hemos casi ignorado la vi­sión del 18 al 19 de julio, que algunos escritores modernos llaman visión preparatoria. Hemos prescindido de ella, lo mismo que al hacer sus estatuas los escultores prescinden de esas luces de ver­benería que intentan reproducir los rayos de luz que brotaban de las manos de la Virgen. Eso puede ser deslumbrante, pero es accesorio, y hasta peligroso, para ver lo esencial.

La verdad auténtica es sencilla y fascinante; pero hay que acu­dir a las fuentes primarias y estudiar si su manantial es limpio, sin mezclas, o si, por el contrario, es turbio, y necesitamos tiempo y reposo para discernir. Resulta interesante ver cómo algunos di­vulgadores del mensaje se atribuyeron a sí mismos lo que no era suyo, y cómo otros se creyeron críticos porque citaron a varios autores anteriores a ellos, pero tan superficiales como ellos. Vein­te o cien autores, repitiendo un mismo error, no hacen una ver­dad. La crítica es una labor dura, no siempre reconocida y re­compensada. Hay muchas personas a quienes les gustaría seguir escuchando toda la vida las mismas falsas maravillas del mensaje antes de encontrarse con la verdad escueta. Veamos, pues, de com­placer al lector honrado, aunque para ello haya que prescindir de preferencias personales, congregacionales o nacionales.

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