De entrada, confieso mi rubor y mi atrevimiento. Porque soy consciente de que puedo caer en la sempiterna tentación del típico clérigo que, desde las alambradas del dogmatismo, se permite adoctrinar a los «pobrecitos» laicos, como si ellos no fueran mayores de edad y protagonistas de su compromiso vital. Sin embargo, líbreme Dios y el sentido común de caer en semejante tentación. Tampoco pretendo hacer un estudio sobre la teología del laicado en los documentos del Concilio Vaticano II o en documentos magisteriales posteriores. Ni es el momento ni soy yo el más experto e indicado. Mi intención es mucho más modesta: una sencilla reflexión para colaborar al impulso y a la revitalización del laicado vicenciano y, más concretamente, de la AIC, en un momento necesario y oportuno. Y enmarcar esta reflexión en el acontecimiento eclesial más importante del siglo anterior y del presente: el Concilio Vaticano II, del cual estamos conmemorando su 50 aniversario.
Una anotación previa
En el título de esta conferencia hay dos palabras que tienen todo el protagonismo: laicado y vicenciano. Esto quiere decir que la conferencia va a estar basculando constantemente en torno a estos dos vocablos. Por una parte, vamos a reflexionar sobre el laicado y su ser y su misión. Pero, a la vez, no vamos a perder de vista que estamos hablando de un laicado específico que llamamos «vicenciano». Un laicado que tiene muchas características comunes con todos los laicados, pero que también tiene sus propias peculiaridades y su misión propia.
Además, dentro de ese «laicado vicenciano» nos centramos en el que funda, estructura y organiza el mismo Vicente de Paúl, ayudado por Luisa de Marillac. Me refiero, por supuesto, a la primera Institución vicenciana tanto en la cronología como en su importancia y significatividad. Me refiero a las antiguas Cofradías de la Caridad, que, precisamente a partir del Concilio Vaticano II, se rebautizaron con el nombre actual de «Asociación Internacional de Caridades de San Vicente de Paúl» (AIC).
Por eso, es bueno no perder de vista que nos movemos entre estas dos columnas del edificio laical: laico y vícenciano.
Punto de partida universal
Hace más de sesenta años, el Papa Pío XII lanzó una especie de grito programático: «¡Los laicos son también Iglesia!». En realidad, nadie había dicho lo contrario, pero alguna duda existiría cuando los Papas esperaron casi veinte siglos para confirmarlo oficialmente. Se podría decir que este balbuceo papal fue la primera semilla sembrada en el campo de la conciencia eclesial respecto del laicado.
Sin embargo, unos años más tarde, el Concilio Vaticano II se encargó de multiplicar esa pequeña semilla y de dar un giro de 180 grados a la doctrina oficial sobre el laicado. Lo más sorprendente fue que la mentalidad de la mayoría de los Padres Conciliares no hacía presagiar ni esperar un cambio de tal magnitud. Por eso, pienso que el gran protagonista de este cambio fue, sin duda, el Espíritu empeñado en devolver a los laicos la parte que les corresponde en la vida y en la misión de la Iglesia.
Pero no se trata de una acción fulminante y directa del Espíritu ni de un cambio improvisado. El Concilio Vaticano II, en este campo como en otros, recogió el trabajo de pensadores y teólogos que -paradojas del destino- fueron vetados y prohibidos por la autoridad competente unos años antes del Vaticano II. En este tema del laicado es necesario citar a un teólogo dominico y a un laico, ambos franceses: Ives Marie Congar y Jacques Maritain.
El libro de Ives Marie Congar, «Jalones para una teología del laicado», del año 1953, sigue conservando su audacia y su frescura aún hoy. La reflexión de Maritain, como intelectual católico, influyó en muchos intelectuales de su tiempo y le convirtieron en el más grande maestro del laicado de los tiempos modernos. Es proverbial su afirmación de que la «laicidad es una nota esencial de la Iglesia».
Para situar mejor este punto de partida que es el Concilio Vaticano II, será bueno recordar, aunque sea muy sucintamente, los documentos donde el Concilio habla, subraya, profundiza e impulsa la conciencia, el ser y el quehacer de los laicos. Son cuatro documentos:
- La Constitución sobre la Iglesia («Lumen Gentium») en su capítulo 4º, números 30-38, describe el ser y la misión del laico en la Iglesia. En el capítulo 2º habla del Pueblo de Dios; y en el capítulo 5º habla de la vocación de todos a la santidad.
- La Constitución sobre la Iglesia en el mundo actual («Gaudium et Spes») nos habla del diálogo de la Iglesia con el mundo. Y, lógicamente, abre a los laicos inmensos espacios de acción en todos los campos de la vida.
- El Decreto sobre el Apostolado de los Laicos («Apostolicam Actuositatem») está absolutamente dedicado a los laicos.
- El Decreto sobre la actividad misionera de la Iglesia («Ad Gentes») insiste en el compromiso ineludible que tienen los laicos en la evangelización tanto en la proclamación del mensaje como, sobre todo, en la promoción humana.
Para ser honestos, hay que admitir que algunos textos del Concilio sobre los laicos adolecen de ambigüedad y todavía conservan muchas reminiscencias del pensamiento y de la teología preconciliar.
Tal vez, nos haríamos una idea más exacta del cambio espectacular que inauguró el Concilio Vaticano II respecto del laicado, si repasáramos el panorama desolador que había antes del Concilio. Basten, como botón de muestra, dos frases: una del obispo de Rouen: «Los seglares no tienen la misión de ocuparse de los asuntos de la Iglesia; lo mejor que pueden hacer es rezar». Otra, la cuenta el cardenal Gasquet a propósito de la conversación de un misionero con un catecúmeno; el misionero dice que la misión del laico en la Iglesia es doble: «Ponerse de rodillas delante del altar y sentarse delante del púlpito»; el cardenal Gasquet añade: «Se le olvidaba una tercera: echar mano de la cartera».
Tres convicciones fundamentales
El Concilio Vaticano II subrayó con fuerza tres convicciones básicas y elementales sin las cuales no podemos dar un paso adelante. Es más, sin estas convicciones todo el edificio teórico y práctico del laicado -y, naturalmente, del laicado vicenciano- quedaría en el aire o en los paisajes de las buenas intenciones.
a) Toma de conciencia de la «vocación laical»
El Sínodo Episcopal de 1987 fue dedicado a «La vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo a los 20 años del Concilio Vaticano II». Este Sínodo profundizó y actualizó lo dicho en el Concilio sobre los laicos.
Y fruto de dicho Sínodo fue la exhortación apostólica «Christifideles laici» de Juan Pablo II, donde se pone en marcha el laicado «militante» y se clausura el viejo estereotipo de un laicado inoperante y meramente receptivo, consumidor de servicios religiosos y acomplejado en sus responsabilidades.
Urge, pues, una toma de conciencia verdadera, realista y práctica de que, evidentemente, los laicos son Iglesia, de que hay que descender de los papeles a la vida, de que no podemos estar citando constantemente documentos excelentes y actuando con clichés de otros tiempos y otras teologías. Aunque mucho me temo que no terminamos de creernos lo que proclaman los documentos oficiales y lo que nosotros mismos decimos.
b) Ni «agregados» ni de «segunda categoría»
Subsisten todavía dos maneras erróneas de contemplar y de vivir la «vocación» cristiana del laico. La primera sería aquélla en que los laicos, a pesar de ser-también-Iglesia, están en ella como «agregados». El laico se sabe miembro de la Iglesia, pero se encuentra en ella como un visitante, como un invitado. Lo sagrado tiende a reducirse a lo intraeclesial, a lo espiritual. Todo aquello que es realizado extra muros de la Iglesia tiende a considerarse como profano o, al menos, como no eclesial. Se «está» en la Iglesia y se siguen sus instrucciones, porque de ellas depende «nuestra» salvación eterna… Se es católico y se intenta ser «buena persona». Pero poco más. El Concilio Vaticano II ya denunció este nivel de pertenencia como «uno de los más graves errores de nuestra época».
La segunda es aquélla en que, aún entregado «de alma y cuerpo» a la Iglesia, el laico se percibe a sí mismo como cristiano de «segunda categoría». Piensa que vocación, en sentido estricto, únicamente la tienen los presbíteros y los consagrados. Y está convencido de que él es un «cristiano residual». Hace referencia no tanto al «estar» como al «ser» del cristiano. Se es eclesial, bautizado, pero de menos categoría. Porque lo eclesial tiende a confundirse con lo clerical. Esta posición no suele ser hoy tan frecuente como la anterior. Pero existe el peligro de que la recuperemos con algunas variables. Aún la viven personas de la tercera edad y comienza a surgir entre los jóvenes.
c) Convicción profunda de «laicos activos»
Ciertamente, las anteriores lagunas sólo pueden ser rellenadas desde aquello que ya subrayaba el Concilio Vaticano II: «Los laicos están llamados, particularmente, a hacer presente y operante a la Iglesia en los lugares y condiciones donde ella no puede ser sal de la tierra si no es a través de ellos». Y es que, como indicaba Pablo VI en su exhortación apostólica «Evangelii Nuntiandi», «su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial -esa es la función específica de los Pastores- sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas, escondidas pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización…».
De lo cual se deduce que el puesto de los laicos debe ser reconocido y promovido incansablemente, que la Iglesia entera debe propiciar la vitalidad y la actuación de los laicos sin clericalismos directos o soterrados, sin forcejeos de poder en un sentido o en otro, que el reconocimiento de la misión de los laicos obedece a razones de identidad eclesial, no a concesiones de la jerarquía, a motivos estratégicos o a disminución de los clérigos.
Dos claves eclesiológicas
El Concilio Vaticano II fue un Concilio fundamentalmente eclesiológico, es decir, respondió a aquella famosa frase que pronunció el Papa Juan XXIII cuando lanzó la idea de convocarlo: «Hay que abrir las puertas y ventanas de la Iglesia para que entre aire fresco». En todos sus Documentos, Decretos y Constituciones late una visión nueva y renovada de la Iglesia. Y, evidentemente, da un paso decisivo: pasa de una jerarcología (eclesiología de tipo «monárquico») a una verdadera eclesiología. Donde más se ve este paso es en todo lo referente al laicado.
Por eso, hay dos claves eclesiológicas que el Concilio Vaticano II subrayó con fuerza y que sostienen su eclesiología y sus consecuencias para una teología y una praxis del laicado. Hay que advertir que estas dos clave son inseparables:
La Iglesia es comunión
Es decir, comunidad, fraternidad de unos hombres y mujeres que han recibido el mismo bautismo y viven animados por el mismo Espíritu. Durante muchísimo tiempo, la Iglesia se asemejó a una «pirámide». En la cúspide estaba el Papa; bajo él, el cuerpo de los obispos; más abajo, el clero presbiteral, los religiosos y las religiosas; por último los laicos y, por fin, las laicas. Todo funcionaba como si la acción del Espíritu actuara en cascada. No todos serían de la misma dignidad. Unos pastores y un rebaño. Una jerarquía y un pueblo fiel, de laicos.
El Concilio Vaticano II transforma esa pirámide en una circunferencia, signo de comunión y de igual dignidad dada por el bautismo. San Agustín lo expresaba muy bien cuando decía a sus feligreses: «Con vosotros soy cristiano, para vosotros soy obispo». Además, el Concilio, para expresar todo el significado trascendental de esta Iglesia de comunión, llamó a la Iglesia «Pueblo de Dios», una expresión totalmente nueva. Pensad todo lo que significa la palabra «pueblo».
Y esta Iglesia-comunión nos lleva a la «corresponsabilidad», a la «colaboración», a la «participación», a la «igualdad del Espíritu», al convencimiento de que todos los miembros son necesarios.
La Iglesia es misión
O, lo que es lo mismo, que la Iglesia no es para sí misma, está llamada a abrirse a la misión, es urgida a ser fermento liberador y transformador de la vida en medio del mundo. Está al servicio del Reino de Dios. Pablo VI recoge perfectamente esta segunda clave eclesiológica en su exhortación apostólica «Evangelii Nuntiandi»: «Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar». Albert Schweizer decía que «una comunidad que no actúa en forma misionera, no es una comunidad dirigida por el Espíritu».
Y aquí es donde tenemos que subrayar las consecuencias laicales de que «la Iglesia es misión»: que la evangelización, la misión, es tarea de todo el Pueblo de Dios, no sólo de unos cuantos ordenados o consagrados; que la misión de la Iglesia ha de estar en medio de la sociedad y así debe ser una Iglesia «secular», y, por tanto, aquí está la actividad social, cultural, laboral, política, familiar… de los seglares; que el carácter secular es propio de los seglares y la construcción del Reino de Dios en el «siglo» es muy propio de ellos; que una evangelización sin los laicos no sería evangelización, sino propaganda clerical.
Pasos urgentes que debe dar el laico
Al hilo de todo lo dicho hasta ahora y como una deducción lógica de la doctrina conciliar sobre el laicado, me atrevo a proponer una serie de pasos, de tránsitos, de recorrido que debe llevar a cabo hoy y aquí el laico cristiano, tanto personal como colectivamente.
Y digo que debe llevar a cabo hoy porque todavía no lo ha hecho del todo, y muchos laicos y Asociaciones laicales ni siquiera han comenzado a dar esos pasos que subyacen en el espíritu del Concilio Vaticano II. Evidentemente, no puede haber un relanzamiento serio del laicado sin dar estos pasos.
No haría falta decir que también el laicado vicenciano tiene que dar urgentemente estos pasos. Porque aquella intuición revolucionaria y profética de Vicente de Paúl en 1617, en Chatillon-les-Dombes, puede caer en la rutina, en la mediocridad o en el olvido con el paso de los siglos por nuestra pereza y nuestra falta de audacia. Alguien ha dicho que es muy fácil ser revolucionario en tiempo de la revolución, pero que lo difícil y necesario es ser revolucionario una vez pasada la revolución.
1. Pasar de la «burbuja piadosa o devocional» al compromiso militante
La tentación constante es dormirnos en la comodidad piadosa. Siempre habrá buenas excusas para ello. Pero si el laicado se queda en lo simple devocional, está traicionando totalmente la letra y el espíritu de Concilio. Y, por supuesto, nunca será sal y luz de esta sociedad. Consciente o inconscientemente, estará enquistado en la prehistoria.
2. Pasar de la sacristía a los areópagos actuales
Muchos laicos -y muchas Asociaciones laicales- creen que se han puesto en línea con el Concilio Vaticano II porque, al menos, ya están en la sacristía, es decir, porque ya hacen algunas tareas de ayuda y colaboración cultual. Pero se olvidan de que el Concilio Vaticano II -e infinidad de Documentos pontificios y episcopales posteriores- señalan un lugar ineludible al laico cristiano: los actuales areópagos para la misión o la evangelización, es decir, las plazas públicas donde se juega el presente y el futuro de la persona (la política, la cultura, los medios de comunicación, la educación…).
3. Pasar de lo eclesiástico a lo eclesial
Uno de los peligros que ha tenido y continúa teniendo el laicado cristiano es la dependencia casi absoluta del eclesiástico o del clérigo de turno. Cuando una Asociación laical, por ejemplo, no sabe caminar sin las apoyaturas eclesiásticas o clericales, algo muy grave está ocurriendo en su seno. Todos conocemos cómo ha ido languideciendo algún grupo de la AIC al faltarle la apoyatura de la Hija de la Caridad o del sacerdote de la Misión. Esta dependencia de lo eclesiástico es un índice de la falta de madurez del laicado. Es, en definitiva, una negación de la Iglesia-comunión y de la Iglesia-misión que puso de relieve el Concilio Vaticano II.
4. Pasar de la mera suplencia a la misión compartida
En muchos ambientes clericales y congregacionales se suele ensalzar mucho a los laicos porque solucionan tareas, trabajos y faenas a las que no llegan los clérigos por ser mayores de edad, por escasez o por falta de vocaciones. Este es un planteamiento demagógico y equivocado. Es una «manipulación descarada» que se hace a los laicos de buena fe y de buena voluntad. El laico cristiano no es una fuerza de suplencia ni tiene vocación de «chico o chica de los recados». Hay que posibilitarle su entrada, con todo el derecho que le da el bautismo, en la misión de la Iglesia. Misión que comparte con el clérigo en términos totalmente alejados de superioridad o inferioridad. Llevar a cabo la misión compartida es un signo de que la comunidad eclesial vive de verdad como Pueblo de Dios.
Pedagogía del Concilio Vaticano II: relanzamiento desde las raíces
Cuando el Concilio Vaticano II habló de la renovación, de la puesta al día, del relanzamiento de las Congregaciones, Órdenes religiosas o grupos eclesiales, nos dejó un principio infalible que, a la vez, es un manual básico de pedagogía. Nos indicó que hay que afirmarse en las raíces para encarnarse más profundamente en el mundo de hoy. Es decir, volver a la inspiración originaria del Fundador y encarnar esa inspiración en la sociedad que nos toca vivir.
Por eso, no está de sobra que un laicado vicenciano o, concretamente, una Asociación como la AIC retorne, de vez en cuando, a sus raíces para revitalizarse en una dirección correcta. Pero no se trata de una vuelta a las raíces como mera y simple documentación histórica, sino como inspiración dinámica, profética y creativa.
Y esta pedagogía del Concilio Vaticano II tiene que estar en la base del relanzamiento del laicado vicenciano, del laicado de la AIC, en pleno siglo XXI, a través del «compromiso vicenciano», con la recuperación de una espiritualidad específica y con una serie de urgencias netamente vicencianas.
1) El compromiso específicamente vicenciano
La palabra que define la praxis y la misión de los laicos es el vocablo «compromiso». Esto vale para todos los laicos, para todos los bautizados. Sin embargo, es conveniente especificar el carácter y la naturaleza de dicho compromiso al referirlo al laicado vicenciano. No se trata de un compromiso genérico, no tiene nada que ver con un cajón de sastre donde todo cabe, no se puede identificar con una serie de tareas intraeclesiales.
Pienso que cualquiera que esté mínimamente en contacto con el carisma vicenciano, debe tener muy claro que el «compromiso vicenciano» se refiere, única y exclusivamente, a todo lo que tenga que ver con los pobres y marginados, a todo lo que afecte al amplio y terrible mundo de la pobreza y de la miseria, a todo lo que incida en la falta de dignidad humana en las varias y diversas dimensiones. Sería demasiado prolijo el traer a colación todo el catálogo de frases de Vicente de Paúl en este sentido, desde aquélla que tanto citamos «los pobres que no saben ni qué hacer ni a donde ir, que se multiplican y sufren cada día, constituyen mi peso y mi dolor»; pasando por aquélla otra de que «nuestra herencia son los pobres»; hasta alguna tan interpelante como «tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a los pobres de su miseria».
En definitiva, hablar de «compromiso vicenciano» es hablar de tres dimensiones conjuntas como son: el servicio a los pobres, la práctica de la solidaridad y la lucha por la justicia. Y las tres vertebradas por el «amor afectivo y efectivo».
2) La recuperación de una espiritualidad específica
En la Iglesia conviven diversas y distintas espiritualidades, como conviven distintos carismas. Es como un arcoíris con muchos y variados colores. De esa variedad de colores proviene la belleza del arcoíris. O sea, que la variedad de espiritualidades enriquecen y embellecen a la comunidad eclesial.
Esto quiere decir que cada grupo, en la Iglesia, debe vivir su propia y específica espiritualidad. Como afirmaba San Bernardo de Clara- val, «en materia de espiritualidad cada uno tiene que beber de su propio pozo». Y el pozo del laicado vicenciano es la espiritualidad vicenciana, no otra, aunque se haya puesto muy de moda.
Si los miembros de una Asociación vicenciana, como es la AIC, no recuperan la verdadera espiritualidad vicenciana -que el mismo Espíritu del Señor dio a Vicente de Paúl para llevar a cabo su misión y para infundirla a sus colaboradores y colaboradoras- estarán siendo infieles a su ser y a su quehacer, y estarán muy alejados de la pedagogía que indicó el Vaticano II. Y todos sabemos que los miembros de un grupo o Asociación, con el paso de los años, tienen, al menos, dos tentaciones en este campo: la primera es la búsqueda de espiritualidades de moda o de espiritualidades tranquilizantes; la segunda, tener una espiritualidad para una temporada y otra distinta para otra temporada, como el que tiene una ropa para el invierno, otra para la primavera y otra para el verano.
Recordemos que la espiritualidad específicamente vicenciana -y, por tanto, del laicado vicenciano- es una «espiritualidad de encarnación», una «espiritualidad kenótica», una «espiritualidad samaritana», una «espiritualidad del principio-misericordia», una «espiritualidad del misterio pascual». Esta es la espiritualidad que el laico vicenciano tiene que recuperar en fidelidad y coherencia a su origen y a su vocación.
3) Urgencias netamente vicencianas
Ciertamente, la lista de urgencias que podemos poner delante del laico vicenciano sería kilométrica. Voy a señalar solamente algunas, teniendo en cuenta las que más podemos deducir de la letra y el espíritu del Concilio Vaticano II. O sea, urgencias propias de la misión vicenciana y subrayadas por el Vaticano II. La caridad «reestructuradora de la realidad social»
Es obligado arrancar del Decreto conciliar «Apostolicam Actuositatem», el Decreto del Vaticano II especialmente dedicado al Apostolado seglar. Después de urgir al laico cristiano a «ordenar todo el universo hacia Cristo» (n2 2), a «restaurar todo el orden temporal» (nº 5) y a «perfeccionarlo sin cesar» (n2 7), el Concilio le exige una caridad de tipo «reestructurador». El siguiente párrafo es taxativo: «Cumplir antes que nada las exigencias de la justicia, para no dar como ayuda de caridad lo que ya se debe por razón de justicia; suprimir las causas, y no sólo los efectos, de los males, y organizar los auxilios de tal forma que quienes los reciben se vayan liberando progresivamente de la dependencia externa y se vayan bastando por sí mismos».
La «presencia» en la vida pública
La Constitución conciliar «Gaudium et Spes» está vertebrada por un principio: la Iglesia -por tanto, los cristianos- tiene que estar metida en el mundo, en el «seculum». Sin embargo, todavía hay infinidad de laicos cristianos muy remisos a sacar su voz y su presencia en la plaza pública. Prefieren lo «intraeclesial». La tercera ponencia del Congreso de «Evangelización y hombre de hoy», en septiembre de 1985, llamó la atención sobre el hecho de que el mayor movimiento seglar en España no es el del compromiso temporal, sino el de los catequistas (200.000). La ponencia, en su primera redacción, calificaba el hecho como «síntoma enfermizo». Más tarde, por el cedazo de la censura, lo suavizó con la expresión de «síntoma de una desproporción».
Nadie pone en duda que el Concilio Vaticano II pide a los laicos cristianos que su presencia sea más efectiva y no simplemente testimonial, que su fe sea realmente «confesante» por el compromiso sociopolítico, que participen en la vida asociativa, que asuman pública mente la responsabilidad en los diversos campos de la sociedad, haciendo hincapié en el compromiso a favor de la justicia, que ejerzan la «caridad política». Es fácil deducir las exigencias y consecuencias que esto conlleva para unos laicos cuyos «amos y maestros» son los pobres.
Sin compromiso con la justicia no hay santidad
No quisiera olvidarme de lo que dijeron los obispos en el mensaje final del Sínodo sobre los laicos, en 1987. Es una resonancia del Concilio Vaticano II: «El Espíritu nos lleva a descubrir más claramente que hoy la santidad no es posible sin un compromiso con la justicia, sin una solidaridad con los pobres y oprimidos. El modelo de santidad de los fieles laicos tiene que incorporar la dimensión social en la transformación del mundo según el plan de Dios».
¡Cuántas resonancias específicamente vicencianas contiene este breve y conciso texto! Quiero suponer que no habrá constituido ninguna sorpresa para el laico vicencíano. Y, por supuesto, a partir de este imperativo de santidad, ya no hay lugar para coartadas maniqueas.
Nuestro ser y nuestro actuar se juega en el mundo de los pobres Hay un documento de febrero de 1994 que nos recuerda algo fundamental y plenamente vicenciano: el «juicio de los pobres». El documento se titula «La Iglesia y los pobres», y fue trabajado, elaborado y redactado por la Comisión Episcopal de Pastoral Social. Todo el documento, además de resonancia conciliar, tiene un sabor inequívocamente vicenciano y, lógicamente, constituye para el laico vicenciano un examen de conciencia serio y un revulsivo vital.
El siguiente párrafo es absolutamente fundamental para discernir el compromiso de una Asociación que quiere respirar el carisma vicenciano: «La Iglesia sabe que ese encuentro con los pobres tiene para ella un valor de justificación o de condena, según nos hayamos comprometido o inhibido ante los pobres. Los pobres son sacramento de Cristo. Más aún: ese juicio y esa justificación no solamente debemos pasarlos algún día ante Dios, sino también ahora mismo ante los hombres. Sólo una Iglesia que se acerca a los pobres y a los oprimidos, se pone a su lado y de su lado, lucha y trabaja por su liberación, por su dignidad y por su bienestar, puede dar un testimonio coherente y convincente del mensaje evangélico. Bien puede afirmarse que el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento».
Para concluir
Se ha dicho que todavía un buen número de laicos, hombres y mujeres, constituyen, dentro de la comunidad eclesial, la «mayoría silenciosa». Sin embargo, también es cierto que cada vez hay más laicos y laicas, grupos y Asociaciones laicales, que viven su fe adulta y están convencidos de su vocación y de su misión en la comunidad eclesial y en la sociedad civil. Y, por supuesto, el Concilio Vaticano II ha marcado en este tema del laicado -como en otros temas fundamentales- un antes y un después. Es el primer Concilio que se ha ocupado de los laicos directa y explícitamente.
Vaya, desde aquí, mi felicitación, mi gratitud y mi homenaje al Concilio Vaticano II, en su cincuenta aniversario, y vaya también desde aquí mi sueño y mi esperanza en que el laicado vicenciano, concretamente la AIC, siga siendo, en su modestia y humildad, signo del amor y de la ternura del buen Dios para los que habitan las periferias de la vida.







