La pérdida que tuvimos en esta casa de San Lázaro el 8 de julio de 1740, en la persona de nuestro hermano Jean-Baptiste de Laune, coadjutor, nos fue tanto más sensible porque las raras cualidades de este virtuoso sujeto la hacían realmente más grande para esta familia. Su nombre solo, para todos los que le han conocido, es un elogio cumplido. Estamos refiriéndonos con complacencia la idea de un hermano de la Misión de los más perfectos, de un hombre muy instruido en todos los deberes de cristiano y de misionero, y constantemente aplicado a cumplirlos con tal exactitud y una tan grande paz interior, que la dulce edificación que daba, inspiraba a todos los que le veían el respeto y el amor.
Nacido en el pueblo de Herblé, diócesis de París, el mes de diciembre de 1674, había sido recibido aquí en el seminario el 30 de mayo de 1697. El modo de responder a su vocación prueba a todas luces que venía de Dios.
Raramente conversaba con los hombres, hablándoles no obstante en la necesidad, y en las ocasiones en que la caridad y la honradez lo exigían; pero con tanta circunspección, bondad, cordialidad y edificación, que hasta aquellos que hubieran podido encontrar en su conducta la condena de la de ellos, no podían por menos que respetarle y quererle.
A su inviolable fidelidad a los ejercicios espirituales de su profesión unía, para servir más perfectamente al Señor, aspiraciones contínuas. En lo más duro del trabajo, se le veía ocupado en Dios. Su corazón, que rebosaba de amor, le ponía a menudo en la boca el nombre de su divino Salvador. Era, y está permitido decirlo, ya que la vida del [246] hombre en la tierra es una vida de combate, era su grito de guerra con el que llamaba a su alma y la fijaba a los ojos de su Señor. Si bien con este medio estuvo siempre en oración, sin embargo su alma, poco satisfecha cuando los trabajos del día no le habían dejado algún tiempo considerable para unirse más tranquilamente a Dios, estaba en ese pesar que dan el hambre y la sed de la justicia. Su fidelidad u su ardor por comulgar no iban solamente hasta no omitir hacerlo en los días prescritos, sino que le llevaban a unirse a Jesucristo por este sacramento, lo más a menudo posible. Un día de labor, haciendo la cocina en nuestra granja de Grigny, en el tiempo de la enfermedad del Sr. Bonnet, salió temprano por algunas provisiones, esperando regresar bastante pronto para oír alguna de las misas que se decían en la capilla doméstica y comulgar en ella; pero al encontrarlas todos dichas, se le vio ponerse en paz a su obra, y después de disponerlo todo, salir a las diez y media u once para oír la misa a una media legua de allí, y así recibir a su divino Salvador.
En la ciudad, en el campo, en sus viajes como en casa, siempre recogido en sí mismo, él oraba siempre. Sus delicias eran escaparse un momento, cuando podía, y entrar en las diferentes iglesias, para postrarse ante la Majestad divina y rendirle, mediante el anonadamiento de su espíritu y de su corazón, todo el honor de que era capaz.
De este espíritu de religión, de fe, y de unión con Dios, nacía en él la paz profunda y la interior que le ha hecho superior a todo lo que podía afligirle en esta vida y le ha unido inviolablemente a su estado. Aunque carnicero de profesión, este oficio no obstante era tan contrario a su dulzura natural que apenas podía decidirse a matar el menor animal. La cocina de esta casa de San Lázaro, por los grandes problemas que trae consigo, no le repugnaba menos ; a pesar de ello, ha ejercido uno y otro empleo durante más de cuarenta años, con todo el valor, toda la exactitud, la limpieza, el aguante, la paciencia, la piedad que se podía desear. Se admiraba su caridad con los jóvenes hermanos que se le confiaban: se entregaba a formarlos, los instruía, los edificaba, los llevaba a la virtud, no le repugnaban nunca las dificultades que tenía que sobrellevar de su parte, sino que lo sufría todo con dulzura y humildad. Así que los espíritus menos acomodados estaban obligados a rendirse. Su caridad por lo demás no era ciega, sino más bien luminosa. Sabía hacer justicia a quien le correspondía: decía muy bien que tal tema no era oportuno. No era, es verdad, más que a sus superiores con quienes se explicaba así ; pues nunca hombre alguno ha parecido más reservado para hablar de los demás, ni más apto para establecer la unión y la paz, y para mantenerlas.
Cabeza en los oficios que le estaban confiados, de todo se hacía responsable, y a veces lo hacía él todo. Era él quien estaba al cuidado de los olvidos o a la escasa actividad de los demás; con frecuencia pasaba una parte de las noches en adelantar la obra con el fin de aliviarlos y tener espacio para dedicarse más tranquilamente a los ejercicios espirituales de la comunidad al día siguiente. Su amor al trabajo era tan grande que se olvidaba y menospreciaba su salud, incluso cuando ésta parecía necesitar más alivio.¿ Que le enviaban al campo para procurarle con el descanso la curación de sus piernas una veces hinchadas de cansancio, otras veces quemadas por algún accidente del agua hirviendo o del fuego? Se apoderaba lo primero de la cocina de las granjas, y en lugar de recuperarse que es lo que se quería, se lo procuraba a los demás por el trabajo más asiduo. Pero, si era activo y trabajador, no era menos humilde, ni menos sumiso. Daba cuenta de todo buenamente y se adaptaba a la manera con que sus superiores y los que compartían las labores de la economía querían que se hiciesen las cosas. Bien lejos del espíritu de presunción, que lleva a las personas demasiado precavidas de sí mismas a comportarse en sus oficios con independencia, o solamente según sus ideas, el hermano Jean de Laune, más muerto a su propia voluntad, se encerraba en la de sus superiores para hacer la de Dios, y le gustaba mostrarles en todo una justa deferencia y mucha sumisión.
Obligado a frecuentes viajes, difundía por todas partes un olor tan dulce de prudencia y de virtud que los comerciantes con los que debía tratar le respetaban como a un santo. Muchos, persuadidos como estaban de su habilidad para la compra de mercancías, de su conocimiento en su valor, de su desinterés y de su justicia, le rogaban que se encargara de sus compras. Buscando con celo el bien de la casa, cuando los géneros no le parecían a un justo precio, no le importaba nada ir dos o tres veces al mercado el mismo día para tratar de hallar una buena ocasión. En estos encuentros le ha tocado sufrir lo suyo, burlas, injurias, afrentas, pero nada podía perturbar a un alma que lo veía todo con relación a Dios. Un día entre otros puso bien claro hasta qué punto llegaba su moderación y su humildad. El proveedor de una de las mayores casas de París, sintiéndose avisado por la vigilancia de nuestro querido hermano, se encolerizó violentamente contra él y dijo todo lo que la licencia y la cólera pueden inspirar de más odioso y más mortificante. El hermano respondió tan dulcemente que fue más que suficiente para desarmar a este proveedor; una confusión saludable sucedió a sus salidas de tono, y en lo sucesivo quiso y respetó de tal manera al hermano que era el primero en ayudarle en sus compras. Todas las veces que este virtuoso difunto iba a Poissy al mercado de los animales, iba y regresaba en ayunas. Para ello partía el verano a las dos de la mañana, y el invierno iba a dormir a nuestra granja de Orsigny. De manera que por muy agobiantes que fueran las invitaciones que los comerciantes le hacían de aceptar algún refresco, siempre se excusaba, y nunca ha faltado [249] a esta ley que se había impuesto, y que ha guardado inviolablemente, para gran edificación de los comerciantes que admiraban su templanza y su mortificación, y no podían por menos de alabarlas.
Se había consagrado inviolablemente al Señor en la Congregación, a la que se decía totalmente deudor. No se cansaba de alabar a Dios por haberle llamado, y su gratitud le hizo siempre cumplir sus deberes con la mayor exactitud, sin perdonarse nada nunca. Se le ha visto en misión, en medio del invierno, dormir sobre dos tablas, vestido. Se sabe que habitualmente tomaba muy poco sueño. No es posible decir lo que ha sufrido en todos sus viajes: calor, frío, granizo, nieve, lluvia, nada le detenía. Se le ha visto volver aquí una vez tan tieso de frío que habiéndose apeado del caballo apenas pudo doblar las piernas para pasar el paso de la puerta ; no dejó por ello escapar la menor queja, tan grande era su mortificación en todo. Su alimento era tan pobre, que sorprende cómo le sostenía: nada de potaje, raramente carne, pan con restos de ensalada, era todo lo que tomaba de ordinario.
Duro consigo mismo, ¿lo era con los demás? Sólo faltaba. En la casa, y principalmente en el campo, su atención igualaba a su habilidad en preparar lo mejor posible los alimentos más comunes ; se adelantaba a las necesidades y deseos de cada uno, daba de buen grado lo que creía deber hacer más placer, y sabía por una sabia y prudente economía aprovecharlo todo, sin dejar perderse nada.
Únicamente ocupado de sus deberes, no tenía otra inclinación que cumplirlos bien. Vivía en una completa separación del mundo, no hacía visitas, ni siquiera a sus padres que estaban en París y no recibía tampoco aunque tuviera que tratar con mucha gente, y sabía separar con tino todo lo que hubiera podido atraerle conversaciones inútiles. Su gran afabilidad y su gran reputación de santidad le hacía a pesar de todo buscar: no era casi posible verle sin quererle, y este amor, acompañado de estima y de respeto, hacía desear su conversación. Comerciantes de sus conocidos quisieron un día ir a verle a su cartuja, así llamaban a su habitación en una de nuestras granjas (en el Bourget), porque después de entregarse a sus asuntos exteriores, se encerraba en ella para ocuparse de Dios únicamente, íntimamente y a placer. Estos comerciantes, con propósito de edificarse con él, o de disfrutar del placer de verle, le asediaron de alguna manera. Él prefirió escabullirse antes que entrar en conversaciones inútiles e interrumpir su charla con Dios en esta casa.
Durante su enfermedad, ha confesado que, desde hacía cincuenta años, pedía continuamente a Dios la gracia de recibir todos los últimos sacramentos de la Iglesia con pleno conocimiento y de morir en su temor y su amor consuelo que su divino Salvador le ha concedido como una primera recompensa de su vida tan cristiana y tan virtuosa. La última cuenta que rindió, viéndose fuera de combate por sus debilidades y su falta de fuerza, deja ver bien cuál había sido siempre su desinterés y su amor a la pobreza. Termina diciendo: No he tenido nunca nada propio, nadie me debe nada, yo no debo nada a nadie; una suma tal se debe a la casa, he hecho lo posible por recobrarla.
Su rostro era tan alegre, su paz interior tan profunda, que no se ve nada más consolador en la muerte de los predestinados. Y en estas felices disposiciones este amable hijo de San Vicente de Paúl ha entregado pacíficamente su alma a su Creador. El recuerdo de su muerte renueva también nuestro dolor: le lloramos tanto más cuanto parecía más digno de vivir, que su presencia constituía la edificación y la alegría común, y era de esos hombres cuya pérdida parece irreparable . – Anciennes Relations, p. 299.







