El espíritu y la práctica de la pobreza según las enseñanzas de san Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Author: Fernando Quintano, C.M. · Year of first publication: 1998 · Source: Ecos 1998.
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Introducción

Se me ha pedido que ilumine, desde la doctrina y la práctica de san Vicente sobre la pobreza, algunos aspectos concretos que requieren una clarificación sobre cómo vivir la pobreza, hoy, en la Compañía.

Les confieso que el tratamiento de este tema me produce un sentimiento de desasosiego y ciertas dudas que no siempre logro disipar.

Cuando conocemos la dramática situación de millones de hombres, mujeres, niños… víctimas del egoísmo y la insolidaridad de sistemas económicos, políticos y sociales injustos por una parte; y por otra, nuestras afirmaciones de que ‘<vivimos como los pobres», que hacemos voto de pobreza, que «los pobres son nuestros amos y señores», que nuestro estilo de vida tiene que ser como el de los pobres, etc., son inevitables una serie de interrogantes. He aquí algunos: ¿Son veraces estas afirmaciones? ¿No nos estamos engañando a nosotros mismos? ¿De verdad queremos ser consecuentes con lo que decimos? ¿Es deseable y posible vivir como los pobres?

Supongo que también en muchas de ustedes surgen parecidos sentimientos y dudas al contemplar la realidad de los pobres y determinadas afirmaciones sobre nuestro deseo de vivir la pobreza. Alguien que compartía estos sentimientos ha afirmado que la pobreza a la que aspiramos los consagrados «es la nostalgia de algo imposible» (Chenu).

consumo te consumePara los vicencianos, los dos puntos de referencia a la hora de enfocar el tema de la pobreza son Cristo y san Vicente. Y aún reconociendo que las actuales circunstancias históricas son muy distintas de las que ellos vivieron, y que las circunstancias, las económicas en concreto, condicionan los comportamientos, tiene que haber un modo de comprender y vivir la pobreza hoy, coherente con las enseñanzas y la práctica de Jesús y de san Vicente. Un modo que no consista en acomodaciones tranquilizadoras de nuestra conciencia, sino en la encarnación actualizada del espíritu evangélico y vicenciano sobre la pobreza.

Con la intención de llegar a descubrirlo trataré, en la primera parte de esta conferencia, sobre cómo se situaron Jesús y san Vicente ante los bienes materia­les, cuáles fueron sus convicciones, sus actitudes, sus enseñanzas y comporta­mientos.

La pobreza de la Compañía se concreta en un modo específico de comportar­se ante los bienes materiales. Las Constituciones, Estatutos y otros documentos de la Compañía lo precisan con más detalle. Para que esas normas concretas sobre la pobreza no se perciban como ataduras, o algo superado por la cultura actual, es necesario que dichas normas se comprendan como concreción de unas con­vicciones, de una opción de vida libremente asumida al entrar en la Compañía. Ciertamente hay otros modos evangélicos de comprender y vivir la pobreza en la Iglesia. Pero el modo evangélico vicenciano de comprenderla y vivirla hoy le viene dado a la Compañía por esos documentos propios.

En ellos me apoyaré para tratar de iluminar, en la segunda parte de esta conferencia, algunas situaciones concretas que se dan con más frecuencia hoy hoy en la Compañía en relación con la pobreza.

Y una última precisión introductoria referida a las Ecónomas. Cuando escuchen el resto de la conferencia, probablemente me dirán que estos contenidos y su aplicación en cada Provincia sobrepasan los límites y competencias de su oficio  de Ecónomas. Así es, ciertamente. Corresponde principalmente a la Visitadora con su Consejo, al P. Director y a las formadoras, formar, guardar e impulsar la fide­lidad al espíritu de la Compañía en cada Provincia, en cada comunidad y en cada Hermana, en concreto en lo referente a la pobreza. Ya tendrán la oportunidad de leerlo también ellos, pues se publicará en Ecos de la Compañía.

Pero también saben ustedes que por su oficio de Ecónomas les compete no sólo la administración de los bienes. El Estatuto 48 les confía también la misión de «orientar a las Hermanas Sirvientes y a las Ecónomas locales en la administración de los bienes de la Compañía y de los pobres, y dar cuenta a la Visitadora y su Consejo de la gestión de las comunidades locales. Y a petición de las interesadas, pueden ayudar a las Hermanas en la administración de sus bienes personales». El mismo Estatuto dice que «si la Ecónoma no es Consejera, debe llamársela al Consejo, con voz deliberativa, para todos los asuntos económicos y financieros, así como para los asuntos legales que tengan una incidencia económica».

Sé muy bien quiénes tienen la función de gobierno en la Provincia. Lo que quiero decirles es que el oficio de Ecónoma implica también ofrecer los datos y las reflexiones oportunas a la Visitadora y Consejo para el discernimiento y el impulso de la vivencia de la pobreza en la Provincia. Las «Directivas para la Visitadora y Consejo» dicen: La Ecónoma Provincial «cuidará de hacer un análisis de la situación económica, ateniéndose a los imperativos de una buena adminis­tración, y facilitará así al consejo el poder tomar decisiones siempre encaminadas al servicio de los pobres, las necesidades de las Hermanas y la ayuda a los más desfavorecidos»’. Bien comprendido, y sin inmiscuirse en el gobierno de la Pro­vincia, el oficio de la Ecónoma tiene una dimensión formativa sobre la pobreza en la Provincia. Las mismas «Directivas para la Visitadora» se lo reconocen: La Ecó­noma «participa en la formacón de las Hermanas Sirvientes y de las Ecónomas locales…»

Confío, pues, en que ustedes serán un canal de transmisión de todo lo que en esta sesión van a escuchar y aprender, para que todas las Hermanas comprendan y vivan aún mejor la pobreza, hoy, en fidelidad al espíritu y a la práctica de la Compañía heredados de san Vicente.

1. Jesucristo y la pobreza

Cuando san Vicente hablaba de la pobreza a las primeras Hermanas, les ponía el ejemplo de Jesucristo. El tiene que ser la primera norma de nuestra pobreza.

Para descubrir la actitud global de Jesús ante los bienes materiales, no hay que citar solamente algunas frases de los Evangelios, seleccionadas desde opcio­nes personales tomadas previamente. Encontraríamos citas y comportamientos no fácilmente armonizables.

Porque, efectivamente, Jesús nació y vivió en una humilde familia de traba­jadores. En su vida pública anunció el Reino de Dios preferentemente a los po­bres. A quienes querían seguirle les pedía que abandonasen todo. Les prevenía que El no tenía donde reclinar su cabeza. Anatematizaba a los ricos y declaraba bienaventurados a los pobres. «No se puede servir a dos señores», decía. Exhortaba a la confianza en el Padre que cuida de los pájaros y las flores y que nos dará lo necesario para vivir si ponemos el Reino de Dios como prio­ridad.

Y al mismo tiempo Jesús trató con personajes y amigos ricos; a alguno de ellos los llamó a la comunidad de los doce; aceptó la ayuda de un grupo de mujeres benefactoras. Con sus discípulos tenía una bolsa común para proveer las nece­sidades de cada día y para dar limosnas o comprar alimentos para las multitudes hambrientas.

Pero había algo en Jesús que armonizaba y unificaba esa aparente contradic­ción entre sus dichos y hechos sobre la pobreza. Era la obediencia al plan de Dios y a la misión que el Padre le había confiado. Esto es lo que inspiraba e impulsaba toda su vida. Vivió entregado incondicionalmente a anunciar el Reino de Dios, libre de todo aquello que pudiese impedírselo: familia, apego a los bienes materiales, poder… Todo era «añadidura» y relativo ante lo absoluto de la misión.

La pobreza de Jesús es, ante todo, dependencia del Padre, obediencia a su plan de salvación. Por eso, «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo como hombre, humillándose y obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz».

Tal fue la radical pobreza de Jesús: darse a sí mismo, orientar su persona, los bienes, la familia, todo al servicio del Reino de Dios del que los pobres son los primeros destinatarios. Por esta prioridad absoluta dio incluso su vida. Es la po­breza más radical al servicio de la causa a la que libremente se había entregado. Y, consecuente con tal causa, usó los pocos bienes de que disponía, asumió una vida humilde, aceptó las carencias y privaciones, trató con todos, aunque su medio ambiente fueron los pobres.

Pobreza de Jesús: despojo de sí mismo para aceptar y cumplir el plan salvador de Dios hasta la muerte; y desde ahí, corazón y manos libres de todo para la misión de servicio a la humanidad.

A este Cristo pobre miran las Hijas de la Caridad como ejemplo de pobreza espiritual y material para continuar la misma misión entre los pobres que a ellas se les ha confiado.

2. San Vicente y la pobreza

Cuando leemos los textos de san Vicente referentes a la pobreza llegamos a la conclusión que para él, más que de una virtud, se trata de un conjunto de virtudes. Por eso, al hablar de ella, introduce reflexiones sobre la humildad, la sencillez, la caridad, la justicia, la solidaridad, la mortificación, la corresponsabi­lidad en el uso de los bienes de la comunidad, el cuidado y la transparencia en la administración de los bienes de los pobres… Podríamos afirmar que para san Vicente la pobreza es una actitud evangélica y un modo de comprender y de comportarse ante los bienes materiales que implica el ejercicio de muchas vir­tudes.

Los distintos fundadores de congregaciones que ha habido durante la historia de la Iglesia, han intentado todos seguir a Cristo con radicalidad y prolongar su misión. Pero el modo de descubrir y seguir a Cristo y el modo de concretarlo ha sido distinto. Unos se han sentido interpelados y atraídos por la obediencia de Jesús; y otros por su vida de oración, por su pobreza, por su condición de evangelizador, sanador de enfermos, etc. De ahí los distintos carismas existentes y la diversidad de obras en favor de los pobres (para niños, jóvenes, ancianos, enfermos, marginados…).

El modo de comprender y encarnar la pobreza de Jesús también ha sido diverso. Pensemos en el desprendimiento y renuncia total a los bienes que hizo san Francisco de Asís, diferente al comportamiento de otros fundadores de Socie­dades de Vida Apostólica que ponen el acento en la misión y utilizan los bienes al servicio de la misma. Tal es el caso de san Vicente.

Si comparamos los textos de san Vicente sobre la pobreza con el comporta­miento que él tuvo ante los bienes materiales, percibimos cierta contradicción, similar a la que hemos apuntado antes cuando leemos los evangelios. En sus conferencias, san Vicente nos insistió en el abandono de los bienes, en la no preocupación por los negocios de este mundo, en la confianza en la Providencia, en vivir como los pobres contentándonos con lo necesario para comer y vestir, en que «tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a nuestros herma­nos (los pobres) de la miseria»5, etc. Pero, de hecho, él y las Compañías que fundó tenían bienes, administraron empresas y grandes propiedades, aceptaron beneficios y donaciones. Y aseguró la subsistencia de los misioneros y de las Hermanas firmando contratos con benefactores o dueños de los hospitales, por ejemplo. El voto de pobreza que introdujo en la Compañía permitía tener bienes comunitarios y personales, etc. Con razón el P. Maloney afirma que en san Vicente «la práctica modifica la teoría».

¿Cómo se armonizan las enseñanzas tan exigentes de nuestro Fundador sobre la pobreza con su manera de comportarse en la práctica?

Para san Vicente, a semejanza de Cristo, tener bienes no es malo, pero deben estar al servicio de la misión, orientados al servicio corporal y espiritual de los pobres. San Vicente no se desposa con «la dama pobreza», sino con los pobres. Lo mismo la Compañía. Esta necesita tener bienes para mantener las obras, las personas, la formación de sus miembros, etc. Es una pobreza funcional, es decir, al servicio de la misión.

La Iglesia ha declarado santo a Vicente de Paúl. Esto significa el reconocimien­to de la heroicidad de sus virtudes, la validez de su manera evangélica de seguir a Cristo pobre también.

Los elementos constitutivos de la pobreza vicenciana y, por lo tanto, de la Compañía, son: la imitación de Cristo evangelizador y servidor de los pobres; el considerarse administradoras diligentes y cuidadosas de los bienes que pertene­cen al servicio de los pobres; la comunidad de bienes y su recto uso, tanto de los comunitarios como de los personales (dependencia y permisos); vivir del trabajo; llevar un estilo de vida sobrio y sencillo, contentándose con lo necesario y acep­tando de buen grado incluso experimentar la mordedura de la pobreza. En este modo de comprender y practicar la pobreza al servicio de la misión en favor de los pobres conjugaba san Vicente la exigencia evangélica y su realismo ante los bienes materiales.

3. La Compañía y la pobreza

Aunque la realidad económica y social de hoy sea muy distinta de la que vivió san Vicente, sus enseñanzas sobre la pobreza siguen siendo la inspiración y la referencia necesarias para la Compañía. La actualización de esas enseñanzas es una tarea que han hecho las Constituciones y Estatutos, la Instrucción sobre los Votos, las Directivas de la Visitadora y de la Hermana Sirviente y otros documentos de las Asambleas.

Las Constituciones han sido aprobadas por la Iglesia. Dicha aprobación garan­tiza que ellas son fieles al espíritu de los Fundadores y han tenido en cuenta la realidad actual. Fueron los dos criterios señalados por el concilio Vaticano II para todas las Congregaciones a la hora de renovar sus Constituciones.

En la presentación de la Instrucción sobre los Votos de las Hijas de la Caridad que hizo el Padre McCullen, como Superior General, dice: «Esta Instrucción, en sus proposiciones, es fiel a nuestros Fundadores y a la tradición de la Compañía y, al mismo tiempo, está de acuerdo con la letra y espíritu de las Constituciones y Estatutos de hoy.

Por lo tanto, las Hijas de la Caridad pueden estar seguras de que viviendo la pobreza de acuerdo con las normas de la Compañía están siguiendo al Cristo pobre según lo descubrieron y siguieron los Fundadores. Por ese camino pueden ser santas.

Pero antes de comprometerse con el proyecto de vida de la Compañía, quie­nes decidan seguir a Cristo por este camino deberían saber a qué se comprome­ten, en concreto en relación con la pobreza. Y, una vez asumido, tratar de vivirlo sin añorar otros modos posibles, pero que no son los de la Compañía. Por ejem­plo: el no tener bienes y renunciar a todos, vivir de limosna o en las mismas condiciones de los pobres (lo cual materialmente sólo es posible en cierto grado).

Cada Hija de la Caridad puede aspirar a vivir la pobreza con mayor rigor, pues eso es lo que deseaban los Fundadores al decirles que estuvieran en actitud de convertirse cada vez más a la pobreza evangélica. La virtud de la pobreza que asumen las Hijas de la Caridad al entrar en la Compañía está abierta a respuestas más o menos exigentes, si bien el voto precisa aspectos concretos a los que se comprometen todas.

San Vicente habló a las primeras Hermanas de la virtud de la pobreza más veces que del voto, lo cual es lógico, pues había Hermanas con votos y sin ellos. A unas y a otras les recordaba que al entrar en la Compañía habían asumido el compromiso de imitar a Cristo pobre, evangelizador y servidor de los pobres. Porque solamente imitando la pobreza del que siendo rico se hizo pobre podrán las Hijas de la Caridad continuar la misión que Dios les ha confiado. Al pronunciar los votos —el de pobreza en concreto— no hacen sino renovar y ratificar el compromiso de vivir la pobreza asumido al entrar en la Compañía. Con el voto refuerzan y consolidan el compromiso adquirido previamente, a la vez que resaltan un modo de vivirlo: en la dependencia en el uso de los bienes comunitarios y/o personales.

Los Fundadores daban tanta importancia a la pobreza, a la virtud y al voto, que su cumplimiento o descuido lo vinculaban con la pervivencia o destrucción de la Compañía. «Hijas mías, lo escogisteis (a Jesucristo) cuando entrasteis en la Com­pañía; le habéis dado vuestra palabra. Si El llevó una vida pobre, tenéis que imitarle en eso… ¿Y no querrá sujetarse una Hermana a hacer lo que el Hijo de Dios nos ha enseñado con su ejemplo? ¿Creerá que no está obligada a ello por no haber hecho los votos? Que no se os ocurra pensar así… Acordaos bien de esto, hijas mías. Todas las que estáis en la Compañía y las que no han hecho votos tendréis que guardar la pobreza… Hijas mías, manteneos firmes y estad seguras de que no observar esta regla de la santa pobreza es ponerse en peligro, no solamente de abandonar la vocación, sino de destruir a toda la Compañía y de veros a vosotras mismas abandonadas de Dios, ya que es la base y el fundamento que la sostiene, y si se llega a fallar, todo el edificio se vendrá abajo.

Las Hijas de la Caridad por la entrega que hacen a Dios de sus vidas, ponen en manos de El su persona, sus bienes, sus talentos, su tiempo… para servir a Cristo en los pobres. En esta manera de dar la vida, de descentrarse y vaciarse de sí mismas para ponerse totalmente en manos de Dios sirviéndole en los pobres imitan la pobreza radical y la dependencia de Jesucristo. Es la pobreza interior, la pobreza de un corazón que reconoce su pequeñez y todo lo espera de Dios; es la pobreza del «ser». A estos pobres de espíritu los llamó Cristo bienaventu­rados. Tal pobreza es el mejor antídoto contra el egoísmo e individualismo innatos en nosotros, contra el sentido de independencia tan característicos de la cultura de hoy y de siempre.

La fórmula concreta del voto dice: «…se comprometen a una total dependencia en el uso y disposición de los bienes de la Compañía, así como en el uso de los bienes personales»’. Estrictamente hablando, este voto está señalando el mínimo jurídico al que las Hijas de la Caridad se comprometen en materia de pobreza. Pero el cumplimiento del voto es insuficiente. La pobreza de la Compañía va más allá, es más exigente. Al hacer los votos y en concreto el de pobreza— ratifican también el compromiso de seguir a Cristo pobre y su entrega total al servicio del Reino, anunciado preferentemente a los pobres.

En el texto de las Constituciones sobre la pobreza (C. 2.7) se entrelazan las exigencias de la virtud y las del voto. Quizá esto sea lo más conveniente, pues la sola formulación escueta de lo que implica el voto (C. 2.7, las cuatro últimas líneas del párrafo primero) daría la impresión que lo que prometen por voto rebaja las exigencias de la virtud evangélica y vicenciana de la pobreza. Y no es así, ya que, para san Vicente y para otros Fundadores, asumir algo por voto entraña una nueva exigencia y un mayor compromiso ante aquello que se promete.

Tienen razón algunas Hermanas cuando dicen que es más importante vivir la pobreza que pedir permisos. Pero no deben olvidar que, si bien los permisos no legitiman todo, el vivir en esa dependencia es un modo concreto y específico de ser fieles a lo que se promete por el voto y una forma visible de vivir la pobreza en la Compañía. Es también un modo de asemejarse a los pobres que viven dependiendo de otros y, por lo mismo, no pueden actuar como propietarios.

Por otra parte, antes de pedir los permisos para el uso de los bienes perso­nales, las Hermanas deben reflexionar si lo que van a pedir está de acuerdo con las exigencias de la virtud y del voto de pobreza. No deben, pues, descuidar o menospreciar la práctica de pedir los permisos correspondientes, sea a la Visita­dora o a la Hermana Sirviente para los bienes de la comunidad, sea al Director Provincial en lo referente a los bienes personales. Esta práctica, además, ofrece la oportunidad de un discernimiento o aclaraciones sobre su recto uso en favor de los pobres. En la práctica, los permisos referentes a los bienes personales tienen que renovarse anualmente o bien en cada caso concreto, especialmente cuando se trata de una cantidad importante. Para cantidades menos importantes, estable­cidas en cada Provincia de acuerdo con el Padre Director, basta el permiso de la Hermana Sirviente.

4. Algunas situaciones que piden aclaración

El espíritu y la práctica de la pobreza evangélica y vicenciana los viven las Hijas de la Caridad en situaciones concretas. Voy a detenerme, en esta parte de la conferencia, en aquéllas que hoy se plantean más frecuentemente en la vida diaria, pues esto es lo que me sugirió la comisión preparatoria de este Encuentro al asignarme el tema.

Las situaciones que se presentan son muchas y muy diversas, dependiendo de las diferentes culturas y la realidad de cada Provincia o comunidad. Los restantes conferenciantes iluminarán otras que yo no tocaré y que se refieren más directa­ mente al oficio de las Ecónomas. Me detendré en aquéllas (algunas no tan impor­tantes) sobre la que algunas Hermanas o Padres Directores me han pedido acla­raciones. Las Constituciones y la Instrucción sobre los votos aclaran muchas de las situaciones que se presentan. A ellas habrá que acudir, por ejemplo, para saber qué son bienes de la comunidad o personales. Y, en caso de duda, las Hermanas tienen a los Superiores y al Director para que se lo aclare.

a) Sobre el estilo de vida

La pobreza de la Compañía —la del corazón y la material— tiene su expresión principal en lo que se llama el estilo de vida. Las expresiones tan exigentes de los fundadores sobre cómo vivir la pobreza en la Compañía casi todas guardan re­lación con el estilo de vida. En torno a este tema giraban también muchas de las inquietudes expuestas en la última Asamblea General. Por eso mismo, el primer compromiso asumido en Un fuego nuevo se refiere al estilo de vida: «Asumir, con una mayor exigencia, un estilo de vida sobrio y sencillo, viviendo en cercanía a los pobres y siendo un signo evangélico frente al consumismo». Este compromiso no es sino otra manera de expresar lo que dicen las Constituciones: «Las Herma­nas llevan una vida sencilla, con gran confianza en la Providencia, y se contentan con los gastos necesarios para sus actividades apostólicas y de su vida de sier­vas; optan especialmente por las habitaciones de estilo modesto». La expresión «su vida de siervas» significa que el estilo de vida sea la expresión visible de la humildad, la sencillez y la caridad, es decir, la encarnación del espíritu de la Compañía. Si el compromiso añade «asumir con una mayor exigencia», sin duda lo hace porque hoy, ante la influencia del consumismo que invade las sociedades más desarrolladas, se corre el peligro de pasar fácilmente de lo necesario a lo conveniente, y de lo conveniente a lo superfluo.

En cualquier contexto económico y cultural donde esté presente la Compañía, el criterio debe ser <lo necesario». Habiendo tantos pobres que carecen de ali­mento, vestido, vivienda… y teniendo en cuenta que los bienes tienen un destino universal, sería injusto y contra la pobreza pasar los límites de un estilo de vida sobrio y sencillo. San Vicente lo afirmaba rotundamente: «No tenéis derecho más que para vivir y vestiros, el resto pertenece al servicio de los pobres». Durante toda la conferencia habló a las Hermanas de la sobriedad y la sencillez en la comida, en el vestido y en la vivienda, del no desear tener bienes, de la confianza en la Providencia. (Seguramente que hoy habría hecho alguna observación sobre el recto uso de los medios de comunicación, edificios, viajes, vehículos, regalos, etc.) Las Hermanas que le escuchaban, convencidas de que no podían ser bue­nas Hijas de la Caridad sin ese estilo de vida que les acercaría a los pobres, prometieron vivir de tal manera. San Vicente terminó bendiciendo a Dios por esos buenos deseos y añadió: «Sabed, hijas mías, que si alguna vez os he dicho algo importante y verdadero, es lo que acabáis de oír».

En países y contextos diferentes caben, ciertamente, estilos de vida diversos. Pero en todos, el criterio será lo sobrio y lo sencillo. Este es el modo de compor­tarse ante la tentación del consumismo a la que nos expone la sociedad actual, especialmente en países desarrollados o donde la Compañía dispone de más bienes materiales.

El progreso y el desarrollo económico y social es bueno e inevitable. La manera de asumirlo las Hijas de la Caridad deberá estar inspirada por la sencillez y la sobriedad. Para ello están también las reflexiones y revisiones comunitarias, el presupuesto económico que elabora cada comunidad de acuerdo con los Estatu­tos (cf. Est. 1), y siempre, la mayor o menor exigencia, tanto la personal como la comunitaria. Del trato directo con los pobres recibirán la inspiración y el impulso para un estilo de vida más cercano al de ellos.

(Debo confesar que, por lo que yo conozco, en general las Hermanas llevan un estilo de vida sobrio y sencillo, según el entorno económico y social tan diverso en el que están insertas. Pero nunca llegarán a vivir como los pobres. A veces percibo que en su modo de vida en relación con el de los pobres, hay tanta o más diferencia en las Hermanas del tercer o cuarto mundo que en las de los países desarrollados, sin duda, porque también la situación de los pobres es distinta. A todas se dirige el compromiso de una mayor exigencia asumido por la Asamblea.)

b) Sobre los bienes personales

El voto de pobreza que los fundadores quisieron para la Compañía permite que ésta, las Provincias, las comunidades y las Hermanas puedan tener bienes propios. En lo que ellos insistieron fue en no dejarse dominar por el deseo de acumulación, en la buena y justa administración, en la dependencia en su utilización y, especial­mente, en su orientación al servicio de la misión. «La Compañía de las Hijas de la Caridad, que tiene como fin el servicio de Cristo en los pobres, usa de los bienes materiales con miras a la misión. Con un espíritu evangélico de desprendimiento, las Hermanas no obran como propietarias y evitan «toda especie de lujo, de lucro inmoderado y de acumulación de bienes» así como «toda superfluidad»».

Es en torno a los bienes personales donde conviene aclarar algunas cuestio­nes. Hay muchas Hermanas que no los tienen, pero el modo de utilizarlos quienes sí los tienen puede tener repercusiones en la vida comunitaria. Por eso me deten­go más en este punto’.

La última Asamblea General aprobó un postulado que introduce una modifica­ción en el texto de las Constituciones 2.7, § 2 de la página 37. Las Constituciones dicen: «Las Hijas de la Caridad conservan sus derechos naturales a las herencias, sucesiones legales o testamentarias, así como a la propiedad y administración de sus bienes personales; pero los emplean, lo mismo que las rentas que produ­cen, y previa autorización de los Superiores, en lo que se ha convenido llamar «obras pías»». La modificación que introduce el postulado aprobado es que lo que las Hermanas tienen que emplear en «obras pías» son las rentas que produ­cen esos bienes personales (sea por alquiler, inmuebles, por intereses banca­rios…), pero no necesariamente los mismos bienes. Pero para donarlos, utilizar­los en beneficio propio o ajeno, o renunciar a las herencias que les corresponde, necesitan el permiso del Director Provincial. La Instrucción sobre los Votos recuer­da que «ya en tiempos de san Vicente, se recomendaba a las Hermanas que no renunciasen a su capital, por lo menos en su totalidad»». «Pueden, sin permiso especial, hacer los gastos necesarios para la conservación de dichos bienes y disponer de ellos en testamento».

Lo que hay que evitar siempre es la diferencia en el estilo de vida entre las Hermanas que tienen bienes personales y las que no los tienen. Por eso, comen­tando las dos últimas líneas de la C. 2.7, leemos en la Instrucción de Votos: «Las Hijas de la Caridad no pueden hacer uso de sus bienes para satisfacer sus necesidades personales. Tampoco pueden emplearlos en provecho de la obra o del oficio en que trabajan, ya que esto les daría el sentimiento de ser más o menos propietarias de aquel oficio. Además, tanto un proceder como el otro producirían desigualdades entre las Hermanas».

Descendamos a casos más concretos en relación con los bienes personales y en respuesta a preguntas que se me han formulado.

  • Las Hermanas tienen que administrar bien sus bienes, tratando de que pro­duzcan en favor de los pobres. Para ello es aconsejable que confíen su administración a personas expertas y de confianza. Es frecuente que se los confíen a la Ecónoma Provincial (Est. 48). En ambos casos, las Hermanas deben recibir, al menos anualmente, los intereses que produzcan sus bienes, para poder emplearlos en las obras pías que ellas juzguen conveniente, con permiso del Director.
  • Hay Hermanas que, conscientes de que tienen que conservar el valor real de sus bienes, suman los intereses al capital en la misma cantidad en que ha podido devaluarse la moneda de su país. Tal proceder, si está inspirado por un deseo de acumular, no sería coherente con el espíritu de pobreza, y privaría a los pobres de algo que les pertenece. Pero si los intereses que produce el capital los está destinando la Hermana a pagar una beca, por ejemplo, y la devaluación le impediría seguir cumpliendo esta obligación, sería lícito acumular los intereses al capital porque es otro modo de emplear­los en obras pías.
  • La expresión <obras pías» en las que tienen que emplear los intereses, comprende la ayuda a obras e instituciones de caridad, promoción y desa­rrollo, misiones, personas sin trabajo, misas, pobres en las más variadas necesidades y situaciones, etc. Con frecuencia, son los propios familiares de las Hermanas quienes están necesitados. Es lógico que acudan en su ayuda, más por estar necesitados que por ser familiares. Y, frecuentemente, tal necesidad, si es ocasional, se soluciona prestándoles desinteresadamente la cantidad que necesitan. Así, la devolución del préstamo, permitirá a la Her­mana seguir remediando las necesidades de otros. (Una observación a tener en cuenta por todas las Hermanas: las posibles necesidades de los familia­res no deben tratar de solucionarlas con el salario u otras asignaciones que ellas perciban. Será la comunidad o la Provincia quienes juzguen cómo actuar ante esas situaciones).
  • En la distribución de los intereses de sus bienes personales es normal que las Hermanas tengan también en cuenta las necesidades de la Compañía o de su comunidad, las obras que éstas mantienen en favor de los pobres, etc. Pero nadie puede presionar a las Hermanas a que así lo hagan. Y si ellas lo hacen voluntariamente, que sea con total discreción, sin que sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, para no suscitar desigualdades ni buscar consideraciones especiales. Y siempre con el permiso del Director.
  • La Compañía atiende a las necesidades de las Hermanas. Por eso, quienes tienen bienes personales, no los deben emplear en adquirir cosas para uso personal (coche, aparatos electrónicos, vestidos…) ni comprarlos para otras Hermanas. También esto originaría desigualdades. Los Directores no están autorizados sino a dar permisos para obras pías.
  • La evolución de la sociedad y la sensibilidad de muchas Hermanas ha introducido, al menos en algunos países o comunidades, algunas prácticas que, con determinadas condiciones, no se oponen a la pobreza. Me refiero a entregar a las Hermanas una prudente cantidad de dinero mensual (para desplazamientos frecuentes, limosnas ocasionales…). Otras veces hay una caja común de donde las Hermanas toman lo necesario para esas necesida­des corrientes. Estas prácticas requieren sentido de responsabilidad, recta intención y dar cuenta o anotar los gastos que cada una hace.
  • En sus conferencias sobre la pobreza, san Vicente pedía a las Hermanas un cuidado especial en la administración de los bienes de los pobres. Esto requiere de parte de las Hermanas respetar la intención de los donantes, llevar la contabilidad según las exigencias de las leyes y dar cuenta a la Hermana Sirviente cuando llevan la gestión de una obra’. Y esto no hay que verlo como signo de desconfianza sino como expresión de esa dependencia que caracteriza el voto de pobreza de la Compañía. El no hacerlo sería señal de independencia y de estar obrando con sentido individualista y como propietarias, olvidando que en la Compañía todo oficio es misión común.
  • Dos observaciones directamente relacionadas con las Ecónomas:

ü Las «Directivas de la Visitadora» dicen cómo comportarse cuando se cierra una casa. Entre los trámites que en tales casos correspondan a la Ecónoma no es de su competencia, ni de la Hermana Sirviente, dis­tribuir las pertenencias de esas comunidades según sus criterios o gus­tos personales. Le compete a la Visitadora y su Consejo decidir el des­tino de esos bienes.

ü Cuando algunas comunidades presentan un proyecto de construcción, reparación de un edificio o adquisición de ciertos bienes… acostumbran a añadir: «la comunidad tiene dinero para pagarlo», o bien, «pedimos ayuda a la Provincia». El criterio para conceder o rechazar la autoriza­ción de esos proyectos tiene que ser la necesidad o conveniencia de tal proyecto en favor de los pobres o de la comunidad y no el que la comunidad disponga o no de fondos para pagarlo. También esto daría ocasión a desigualdades.

  • A lo largo de la conferencia he resaltado repetidas veces la dependencia en el uso de los bienes, tanto los de la comunidad como los personales. Con relación a los de la comunidad, tal dependencia se expresa en la petición de permisos a la Hermana Sirviente. Algunas Hermanas me han preguntado si la Hermana Sirviente tiene que pedir permiso para utilizar los bienes de la comunidad.

La Constitución 2.7 dice: «Todas las Hermanas son corresponsables de la administración y utilización de esos bienes, bajo la dependencia de los Superiores y según el espíritu de la Compañía». Las «Directivas de la Visitadora», página 103 y la Constitución 3.55 hablan de las limitaciones a los gastos que pueden hacer la Visitadora y la Hermana Sirviente. Precisamente para fomentar la corresponsa­bilidad en las Hermanas, la Hermana Sirviente hará bien en presentar las cuentas a la comunidad, hacer con ellas el presupuesto económico anual y fomentar las revisiones comunitarias donde se reflexione sobre el uso que hacen todas las Hermanas de los bienes a la luz de la pobreza vicenciana.

Conclusión

Al encomendárseme el tema de esta conferencia se me pidió un enfoque práctico, es decir, que tratase de clarificar algunas situaciones que se dan en la vida cotidiana entre las Hermanas. Es lo que he intentado. Podríamos seguir enumerando otras muchas. El desarrollo del programa de este Encuentro contri­buirá a iluminar otras cuestiones.

Las situaciones enumeradas, y otras posibles, no deben interpretarse como normas que atan, sino como expresiones de una opción de vida que incluye un modo concreto de comprender y vivir la pobreza evangélica en la Compañía. Son más importantes las motivaciones y los criterios que nos mueven que las normas, pero también éstas son necesarias.

Ciertamente que sin la pobreza del corazón no tiene sentido la pobreza mate­rial. Y la pobreza del corazón, o del espíritu es, ante todo, reconocer nuestra pequeñez y, por lo mismo, la necesidad de Dios en quien ponemos nuestra con­fianza, la entrega de lo que somos y tenemos en total disponibilidad para la misión. Y todo ello, por la senda vicenciana, en seguimiento de Cristo evangeliza­dor y servidor de los pobres.

En una circular sobre la pobreza, Madre Guillemin les dejó esta advertencia: «En nuestros días, en que tanto se insiste en la pobreza de espíritu, se corre el riesgo de olvidar a veces un poco la pobreza efectiva». Sin la pobreza efectiva o material, la pobreza de espíritu no es creíble.

La pobreza material y efectiva se expresa hoy en un estilo de vida sobrio y sencillo, sin crearnos necesidades innecesarias influenciados por el consumismo y hedonismo reinantes; en el compartir nuestros bienes con los necesitados; en ser libres frente a todo lo que puede quitarnos la disponibilidad; en la cercanía a los pobres, porque ellos son los maestros de los que tendremos que aprender continuamente. Los pobres viven dependiendo de otros. Esta condición la viven las Hijas de la Caridad en la dependencia en el uso de los bienes, expresada en la petición de los permisos. Esto es la materia del voto de pobreza que asumen. Pero no deberán olvidar que la virtud de la pobreza inherente al proyecto de vida de la Compañía es más exigente. Sin ella no sería la pequeña Compañía que Dios suscitó en la Iglesia para el servicio de los pobres.

Las Hijas de la Caridad miran como maestra de vida espiritual a María. Como María, quieren hacer de su propia vida un culto a Dios, y de su culto un compro­miso de vida’. En relación con la pobreza, las Hijas de la Caridad contemplan a María como «la sierva fiel y humilde de los designios del Padre, modelo de cora­zones pobres.

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