El encuentro con Jesús

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Author: Antonino Orcajo, C.M. .
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Quizá alguno haya quedado impresionado por la «fe y experiencia» del viejo Vicente de Paúl. De joven no obró ni habló así como lo hemos presentado. Desde 1600, año de su ordenación sacerdotal, hasta 1623, fecha en que rompe con los apegos familiares, se vio sometido a frecuentes purificaciones. Entre los veinte y los cuarenta y tres arios de edad experimentó una evolución insospechada.

Es completamente cierto que, antes de hablar con autoridad sobre el seguimiento de Jesús, hubo de convertirse al Evangelio. El encuentro con Dios por Jesús, en comunión del Espíritu, supuso en el joven Vicente un doble movimiento: de ruptura con las seguridades humanas y de revestimiento del espíritu de Jesús. No es que estuviera antes totalmente apartado de la amistad de Dios en franca rebeldía contra la Iglesia, no; pero vivía en la mediocridad, poco sensibilizado por el mensaje y vida de Jesús y por el sufrimiento del prójimo. Más seducido por las comodidades del mundo que por las riquezas del cielo, centraba su interés en la posesión de bienes temporales.

I. Pecados de juventud

Si el joven Vicente necesitó encontrarse con Jesús (entrar en comunión de vida con él), se debió a que había olvidado temporalmente las exigencias del bautismo. La vida cristiana y sacerdotal que llevaba urgía nueva reorientación hacia el Padre, revelado en y por el Hijo. La vuelta a los primeros compromisos no tuvo nada de espectacular, pero su retención en sendas poco evangélicas le mantuvo esclavo de sus propias ambiciones.

Según la definición tradicional de pecado, éste implica un alejamiento de Dios y un apego a las criaturas: aversio a Deo et conversio ad creaturas. El proceso de enmienda impone otro movimiento contrario, es decir, de vuelta a Dios y de despego de las realidades creadas. En sentido bíblico, el retorno al verdadero camino está significado por los verbos: epistrephein, corregir los propios extravíos, y metanoein, cambiar de modo de pensar y de querer. La liberación de toda esta clase de ataduras permitió al joven Vicente avanzar con entera libertad «al paso de la Providencia».

Antes de terminar los estudios teológicos, franqueó las puertas del sacerdocio sin verdadera pureza de intención contra de las disposiciones de Trento, que había ordenado no un recibir el sacerdocio antes de los veinticuatro años; él sólo te nía veinte. La irregularidad en que cayó pesaba sobre él como una losa, aunque fuera, por entonces, una costumbre muy generalizada; pero ello no quitaba importancia a la desobediencia cometida. Como otros muchos, escaló las gradas del altar con más fuertes ideales de ascender en la sociedad que de servir a los hombres. La ordenación sacerdotal de Vicente, en edad temprana, sólo es índice de otras desviaciones fomentadas por su egoísmo.

Las culpas del joven tienen muchos nombres; no conocemos todas y cada una, aunque él se acuse en público de sus «muchos y abominables pecados». Sin duda que en dicha confesión se mezcla una de las formas más llamativas de su humildad, pero también nos descubre alguna de sus limitaciones. A los vicios personales los llama sin tapujos: vanidad, curiosidad, ambición y hosquedad de carácter. A tales pecados opondrá más tarde las virtudes contrarias, las que definen el espíritu del seguidor de Jesús. A buen seguro que, al proponer el ejemplo y doctrina de Jesús sencillo, pobre y caritativo, algún  mecanismo interior le impulsaba a corregir de raíz sus propios fallos.

a) La vanidad

De esta pasión, aparentemente inocente e infantil, no escapa nadie, ni hombres, ni mujeres, ni laicos, ni religiosos; en algunas personas puede causar estragos. No sabemos a qué extremos llegó en el joven Vicente. Nos consta que, siendo estudiante en Dax (1594-1596), sentía repugnancia y vergüenza de tratar con su padre mal trajeado y un poco cojo. Rehusaba pasar delante de sus compañeros de colegio como el hijo de un pobre aldeano. Fuera de este caso notorio, muy frecuente por otra parte entre adolescentes, no conocemos más anécdotas que le califiquen de         vanidoso. Pero aquel pecado cometido de joven se le grabó tan hondo en la conciencia que lo estará recordando hasta el final de su vida:

«Me acuerdo de que, siendo muchacho, cuando mi padre me llevaba con él a la ciudad, como estaba mal trajeado y era poco cojo, me daba vergüenza de ir con él y de reconocerle como padre».

El Sr. Vicente hace un diagnóstico de la vanidad partiendo de la observación propia y ajena. Erradicar del corazón este vicio su pone una tarea larga y constante, pues se trata de un «espíritu oculto y orgulloso» que anida en lo más recóndito del hombre, y del que no siempre se tiene conciencia. Pero, ¿hasta cuándo obró movido por esta pasión oculta? No lo sabemos. Desde 1617 la combatió ascéticamente como a uno de los peligros que acechan de continuo la vida espiritual. A la edad de treinta y siete años no soportaba los discursos acicalados ni de artificio, que sólo sirven para llenar al predicador de «humo y vanidad». Recomendaba hablar con sencillez, decir las cosas como se tienen en el corazón, sin artimañas ni ostentación. Aconsejaba simplicidad de formas y de vestidos, para no provocar la ira y humillación de los pobres. La conquista progresiva de la sencillez y de la humildad fue una señal clara de su adhesión a Jesús, contrario a los hipócritas y fariseos.

b) La curiosidad

Las cartas de la cautividad (1605-1607) responden a un tiempo de especial curiosidad vicenciana, de querer saberlo todo, de verlo todo, de dar rienda suelta a los sentidos interiores y exteriores. Aquellas «bellas cosas curiosas» que aprendió del viejo turco nos descubre a un Vicente aventurero, hambriento de novedades, abierto de par en par al gran espectáculo de la magia y de la ciencia (2).Fiándonos de su palabra, sabemos que se «sentía tentado por esta pasión», «peste de la vida espiritual». El recuerdo de la juventud le producía amargos sabores. En las Reglas deja estampada esta cita de san Zenón: «La curiosidad le hace a uno reo, no experto» (3). Por eso, recomienda la mortificación de los sentidos. De no aplicar esta medicina,

«[…] pensaremos en la juventud que hemos tenido, en las cosas que quisimos con cariño o en los disgustos que hemos recibido. En definitiva, hay que renunciar al recuerdo de todo eso, ya que nada suscita tanto el apetito de las cosas prohibidas como el pensamiento de sus falsas dulzuras. Hemos de olvidarnos de todos esos malos pasos para renunciar debidamente a los peligros incentivos de la pobre juventud».

La fina observación de la naturaleza caracteriza la sensibilidad vicenciana. Pero esta dote no puede catalogarse como vicio, sino como cualidad que le ayudó a elevarse a Dios y a acercarse a los hombres. ¿Abusó de esta gracia natural? Por los documentos de que disponemos no podemos aventurar, sin más, que traspasara los límites del justo saber. Sin embargo, aconsejado por la propia experiencia, condena «la vana curiosidad» de la ciencia que no busca la gloria de Dios y el bienestar de los pobres.

c) La ambición

Topamos con el pecado más grave del joven Vicente: el deseo insaciable de bienes terrenos, de dignidades y de beneficios eclesiásticos. Por todos los medios legales trataba de conseguirse un «honesto retiro» junto a sus familiares. A la edad de treinta años, y despreocupado de las necesidades ajenas, sólo pensaba en descansar y ayudar a sus deudos con las rentas de los bienes adquiridos. Con tal fin emprendió «negocios desastrosos». El hambre de dinero devoraba su actividad, disminuyéndole para las obras de Dios. Al año de volver de Roma, escribe a su madre el 17 de febrero de 1610:

«La estancia que aún me queda en esta ciudad para recuperar la ocasión de ascenso (que me han arrebatado mis desastres) me resulta penosa por impedirme marchar a devolverle los servicios que le debo; pero espero de la gracia de Dios que él bendecirá mis trabajos y me concederá pronto el medio de obtener un honesto retiro, para emplear el resto de mis días junto a usted».

El día de la partida de París, para instalarse en el pueblo natal, no llegó nunca. Ignoraba por entonces que sus pensamientos y caminos no eran los pensamientos y caminos de Dios (cf. Is 55,8). La Providencia velaba sobre él para atraerle a la senda del Evangelio. ¡De qué distinta manera hablará, pocos años más tarde, cuando tome contacto con los pobres y escuche sus llamadas!

d) La hosquedad de carácter

Vicente padecía además un mal enquistado en su propia naturaleza: la iracundia y dureza de carácter. Cambiaba de humor fácilmente, se enfadaba y guardaba silencios preocupantes. La Sra. de Gondi, mientras le tuvo de capellán, andaba desconcertada por el modo de ser del joven sacerdote, asaltado por frecuentes arrebatos de humor. Si hemos de dar crédito al informe grafológico sobre el Sr. Vicente, a éste, «de carácter susceptible, le resultaba difícil sustraerse a las explosiones de genio, así como a las actuaciones de su carácter impetuoso, aunque procurase controlarlas en la medida de lo posible. Ello podía llevarle hacia estados de malestar interno…». El conocía este fallo y trataba de corregir su inestabilidad emocional, causa de sufrimientos para los que trabajaban con él. La conquista de la mansedumbre le ocupó toda la vida. El 28 de marzo de 1659, un año antes de morir, se lamentaba:

«Hace tanto tiempo que estudio esta lección y todavía no me la he aprendido. Me enfado, cambio de humor, me quejo, murmuro… Otras veces trato con aspereza a la gente, hablo en voz alta y con sequedad; todavía no he aprendido a ser manso».

Con razón podía decir con san Agustín, salvadas algunas diferencias: «Yo soy para mí el gran problema» —ego sum mihi magna quaestio—. La meditación sobre el sentido de la vida, de las relaciones con Dios y con los hombres, del conocimiento y dominio de sí mismo fue objeto de frecuentes retiros espirituales. Pronto aprendió que él no era «la medida de todas las cosas», sino un invadido por el Totalmente Otro. A fuerza de uncirse al yugo suave de Jesús consiguió dominar la pasión de la ira y de la aspereza, que le llevaba instintivamente a ironizar la conducta de otros compañeros. No faltan observadores del Santo que opinan que su mayor pecado fue la dureza con que humillaba públicamente a los infractores de una ley comunitaria.

El combate ascético contra los cuatro vicios capitales mencionados condujo al joven Vicente a encontrarse con el Dios vivo de Jesucristo, obligándole a entrar en «crisis», a cambiar su ideología por el mensaje de Jesús de Nazaret, a emprender nuevos derroteros en su vida sacerdotal, a comprometerse en la salvación del pobre. El camino de la esclavitud lo tornó por otro de libertad bajo el perdón de Dios y el amor a los hombres. La ruta emprendida del pecado, y que parecía irreversible, se trastocó en sendero luminoso por la acción caritativa.

II. Cadena de pruebas

Si los pecados de juventud retrasaron la marcha ascensional de Vicente hacia Dios, las pruebas a las que vio sometido durante el mismo periodo de tiempo (1600-1623) acrisolaron su fe y experiencia y le ayudaron a redescubrir el camino de la santidad. Tres tentaciones, principalmente, robustecieron su misión específica de evangelizador de los pobres.

a) La calumnia de robo

La primera prueba le llega en 1609, al poco tiempo de instalarse en el barrio de Saint Germain, de París. Compartía el albergue con un compatriota suyo, el juez de Sore, cuando cayó imprevistamente enfermo. El muchacho que le trajo las medicinas de la farmacia aprovechó para llevarse a escondidas cuatrocientos escudos guardados en un armario. Apenas regresó el juez a casa, cella en falta sus dineros. Monta inmediatamente en cólera contra Vicente, le grita, le acusa de falsario y de ladrón, y le despide de casa. Hace luego publicar un «monitorio» por el que se le declara ladrón. La noticia corre como un reguero de pólvora entre amigos y conocidos de la parroquia. Mientras tanto, él se niega a defenderse. Pero dejémosle que nos lo cuente él mismo, en tercera persona, después de cuarenta y siete años de lo sucedido:

«Hay una persona en la Compañía que, habiendo sido acusado de robar a un compañero y habiendo sido tratado de ladrón en toda la casa, aunque no era verdad, no quiso sin embargo justificarse, sino que pensó dentro de sí, al verse falsamente acusado: «le justificarás tú? […] ¡No!, se dijo elevándose hasta Dios; es preciso que lo sufra con paciencia». Y así lo hizo».

Su honradez quedó esclarecida a los seis meses de haber sido calumniado de hurto. Aunque ambicioso de bienes y dignidades, Vicente no lo era de injusticias ni de mentiras. Algunos autores, como P. Debognie, consideran la acusación de robo como el acontecimiento que propició la conversión de Vicente a Dios.

b) La tentación contra la fe

No habían transcurrido tres arios desde la primera prueba purificadora cuando le sobrevino otra más borrascosa contra la fe  (1612-1615). Servía, por entonces, como capellán-limosnero en el palacio de la exreina Margarita de Valois. Aquí conoció a un docto magistral, que, por vivir en la ociosidad, fue atacado contra las verdades de la religión católica. Vicente se llenó de compasión por el sabio sacerdote y, sin saber cómo, la prueba que atravesaba éste se transfirió a él. Durante tres o cuatro años Vicente quedó sumido en una cerrada «noche oscura».

Según Abelly, de quien procede la noticia, Vicente tomó entonces la resolución firme de entregarse totalmente a Dios para servir a Jesucristo en la persona de los pobres. Mientras persistió la tentación, él seguía visitando el Hospital de la Caridad de los Hermanos de san Juan de Dios. Prestando este servicio a los enfermos, «se le desvanecieron las sugestiones del maligno; su corazón, oprimido tanto tiempo, se encontró sumergido en una dulce libertad, y su alma se llenó de una luz radiante que le permitió contemplar con plena claridad las verdades todas contra la fe».

Este acontecimiento biográfico va a iluminar el itinerario espiritual y apostólico del Santo. La autodonación a Dios y servicio de los pobres completan la experiencia vicenciana y proyectan su misión en la Iglesia. Hay que reconocer que los pobres del Hospital de san Juan de Dios, no los ambientes sofisticados del palacio de Margot, fueron los que sanaron la mente tenebrosa del capellán-limosnero. Los pobres centraron el lugar desde el que vivió la experiencia de Dios.

c) La tentación de ayudar a la familia

Pese a los grandes progresos realizados desde 1617 a 1623, un hilo sutil retrasaba la carrera evangélica de nuestro seguidor de Jesús, cuya llamada se había propuesto obedecer, libre de toda atadura. La visita que hizo a sus parientes, con motivo de una misión en Burdeos, le demostró que permanecía aún amarrado a la suerte económica familiar. El mismo nos cuenta, después de treinta y seis años, la escena enternecedora de la despedida, cómo un peso continuo agobiaba su espíritu, cuántas lágrimas derramó hasta que Dios quiso librarle de aquella tentación de querer «mejorar la suerte de sus hemanos y hermanas». Tanto se lo pidió al Señor que, al fin, añade emocionado,

«[…] me quitó esos cariños por mis parientes; aunque andaban pidiendo limosna, y todavía andan lo mismo, me ha concedido la gracia de confiarlos a su providencia y de tenerlos por más felices que si hubieran estado en buen acomodo».

Fue aquélla una renuncia desgarradora, hecha en nombre del Evangelio. A partir de esa fecha (1623), alcanzó la libertad ansiada y la disponibilidad total para evangelizar a los pobres. Nuevas experiencias contribuirán a fijarle en el camino de Jesús; pero ya tenemos al joven Vicente seducido por la misión y caridad de Jesucristo.

III. Amigos y directores

Durante el largo proceso de maduración d la fe, Vicente no anduvo solo. Le acompañaron algunas providencias humanas.

Fueron éstas sus amigos más entrañables, en quienes descargó su conciencia y depositó su confianza. Ellas le ayudaron a «estar en Cristo» y a discernir el plan de Dios sobre su futura vida sacerdotal.

a) Pedro de Bérulle (1575-1629)

El Fundador del Oratorio de París es el primer director que orienta los pasos desconcertados del joven Vicente. Cuando éste pasaba la prueba de la acusación de robo, Bérulle le acoge, le escucha, le anima y le dirige. Bajo sus órdenes marcha a Clichy (1612); luego se encamina a Chátillon (1617), para volver a los pocos meses a la familia Gondi (diciembre de 1617). Bérulle es, indiscutiblemente, quien le ayuda a recobrar el sentido y la dignidad del sacerdocio, aunque no participe de la espiritualidad aristocrática de su primer maestro.

b) Andrés Duval (1564-1638)

Por el mismo tiempo en que Vicente acude al sabio y sencillo profesor de la Sorbona, Andrés Duval (año de 1617), se va alejando de Bérulle. A Duval le comunica sus inquietudes misioneras. «El buen Sr. Duval» disipa las dudas y temores de su dirigido. En cierta ocasión, el prudente director le recordó esta sentencia del Evangelio: «El siervo que conoce la voluntad de Dios y no la cumple recibirá muchos azotes» (Lc 12,47). Con tal respuesta, el misionero quedó iluminado acerca de su llamamiento para la evangelización de los pobres campesinos. Duval asesorará, hasta el final de su vida, al Fundador de la Misión en cuestiones jurídicas, y el Sr. Vicente le recordará siempre como a su mejor director y consejero.

c) Francisco de Sales (1567-1622)

Hacia 1618 Vicente conoce y trata personalmente a Francisco de Sales. El rostro sereno y amable del «bienaventurado obispo de Ginebra» encarna la mansedumbre. Su trato afable suaviza la aspereza del campesino gascón, que no disimula la simpatía y canino que siente por el santo Obispo, autor de obras tan inspiradas como Introducción a la vida devota y Tratado del amor de Dios. Cuando muera el Fundador de la Visitación (1622), encargará a Vicente de Paúl la dirección de sus religiosas en París.

IV. Escenarios de experiencias indelebles

El método de exposición que hemos llevado nos ha obligado a adelantar acontecimientos ligados a la conversión continua del  ¡oven Vicente. Su vuelta al Evangelio está concatenada con ricas experiencias espirituales y apostólicas, adquiridas en el mismo tiempo de las pruebas, o poco después. Estos son los principales lugares y fechas que las originaron.

a) Gannes-Folleville (enero de 1617)

Pequeñas aldeas, a dos leguas de distancia la una de la otra, Gannes y Folleville ofrecen al gran misionero en cierne la ocasión de ejercitar su ministerio sacerdotal. En dos episodios de una misma secuencia descubre la pobreza espiritual del pueblo. Junto al lecho de un moribundo escucha, en Gannes, la confesión de un anciano tenido por todos como hombre de bien, pero que arrastraba desde la juventud muchos sacrilegios por no recibir los sacramentos con las debidas disposiciones. A los pocos días del hecho, Vicente predica en la iglesia de Folleville un sermón sobre la confesión general. Los efectos que se siguieron a la predicación de aquel veinticinco de enero de 1617 fueron maravillosos:

«[…] Dios bendijo mis palabras, y todas aquellas gentes se vieron tan tocadas de Dios que acudieron a hacer su confesión general… Fuimos luego a las otras aldeas que pertenecían a la señora (de Gondi) por aquellos contornos y nos sucedió como en la primera. Se reunían grandes multitudes y Dios nos concedió su bendición por todas partes. Aquel fue el primer sermón de la Misión y el éxito que Dios le dio el día de la conversión de san Pablo. Dios hizo esto no sin sus designios en tal día».

Conocemos ya el primer dato de la experiencia misionera vicenciana. El acontecimiento de Gannes-Folleville obró el nacimiento de la Congregación de la Misión (1625).

b) Chátillon-les-Dombes (agosto de 1617)

La experiencia recién obtenida se completa con otra similar en Chátillon. Al descubrimiento de la ignorancia religiosa se añade ahora el de la pobreza material. Dos caras de una misma moneda. Vicente nos cuenta, con deliciosos detalles, lo ocurrido en aquel caluroso domingo de agosto de 1617: «Como me estuviese preparando para decir la misa, vinieron a decirme que en una casa separada de las demás… esta ba todo el mundo enfermo… y en una necesidad que es imposible expresar. Esto me tocó sensiblemente el corazón; no dejé de decirlo en el sermón con gran sentimiento, y Dios, tocando el corazón de los que me escuchaban, hizo qué se sintieran todos movidos de compasión por aquellos pobres afligidos… Fue aquel el primer lugar en donde se estableció la Caridad».

En efecto, allí nació la primera Cofradía de la Caridad, cuya floración fue la Compañía de las Hijas de la Caridad (1633). Misión y Caridad, he aquí las dos expresiones del único compromiso evangélico de Vicente de Paúl, claro manifiesto del seguimiento de Jesús.

c) Montmirail (año de 1620)

La experiencia de Montmirail está ligada a amplios contextos eclesiológicos y sociales. Un hereje trataba de convencer a nuestro misionero popular que el Espíritu Santo no guiaba a la Iglesia de Roma porque los sacerdotes y religiosos abandonaban los pueblos para instalarse en las ciudades. Vicente se esforzaba en ganar a su contrario más que con discursos apologéticos con el ejemplo de una entrega gratuita a las misiones. Después de un año, aquel hereje decidió volver al catolicismo, movido por el compromiso sacerdotal de Vicente: «Ahora es, confiesa, cuando he visto que el Espíritu Santo guía a su Iglesia, ya que se preocupa de la instrucción y la salvación de estos pobres aldeanos».

La objeción del hereje de Montmirail y su posterior testimonio de adhesión permanecerán vivos en la memoria de Vicente de Paúl. Pero, ¿son las misiones populares el camino por donde Dios quiere llevarle? Para discernir la voluntad de Dios, necesita retirarse periódicamente del bullicio cotidiano, orar mucho y consultar a  sus directores.

d) Soissons (años de 1621 y 1624)

Soissons es uno de los lugares preferidos de Vicente para hacer ejercicios espirituales, a fin de discernir el plan de Dios y de encontrarse consigo mismo. La primera vez que se retira a Soissons, en 1621, analiza despacio las raíces de sus pecados sobre todo de la sequedad y aspereza de carácter. «Me dirigí, dice, a nuestro Señor y le pedí que transformara mi carácter seco y repelente y me concediera un espíritu manso y benigno».

En 1624 hace dos retiros: uno en Valprofonde, donde le pide a Dios que le libre de las tentaciones contra la castidad mientras ejerce el ministerio; el segundo en Soissons, al que le trae una gran inquietud. ¿Querrá el Señor que funde una congregación misionera? Duval le da a entender que sí. El, sin embargo, nada teme tanto como dejarse engañar por «los mil asaltos de la naturaleza» o «del espíritu maligno». Las disposiciones con que entra en este último año lo conocemos por una comunicación suya: “Hice expresamente un retiro en Soissons para que Dios quisiera quitarme del espíritu el gusto y la emoción que sentía en este asunto (de fundar la Misión)».

Aunque tenga que discernir, al trote de los días, la voluntad de Dios, posee ya la experiencia fundante del amor y de la sensibilidad, experiencia exigida pop san Pablo para conocer lo que agrada al Señor: «Pido en mi oración que vuestro amor crezca más y más en penetración y en sensibilidad para todo, a fin de discernir lo mejor» (Flp 1,9-10). Para estas fechas, 1624, ha roto ya con las seguridades del pasado y se ha abierto a un futuro incierto pero esperanzador. Sabe que la esperanza cifrada en Jesús no le va a defraudar.

V. Experiencia religiosa y seguimiento de Jesús

La conversión vicenciana pone en juego el misterio de la llamada de Dios y de la respuesta del hombre. Los hechos vividos históricamente dentro de la Iglesia y de la sociedad civil jalonan su encuentro con Dios por Jesucristo, encarnado en los pobres. Su experiencia religiosa le permite ya hablar con autoridad.

Que el Sr. Vicente hablaba con autoridad responde a un testimonio unánime. A partir de su opción preferencial por lo pobres, no divorció la fe de la caridad. Podía decir con Jesús: «Aunque a mí no me creáis, creed por las obras que hago, y así sabréis y conoceréis que el Padre está en mí y yo en el Padre» (Jn 10,38). Las obras acreditaban la sinceridad con que seguía a Jesús.

Bremond asegura de Vicente de Paúl que «no es el amor a los hombres lo que le ha conducido a la santidad, sino que fue la santidad la que le ha convertido verdadera y eficazmente en hombre caritativo; no son los pobres los que le han entregado a Dios, sino Dios, por el contrario, quien le ha devuelto a los pobres. Quien le ve más filántropo que místico, quien no le ve ante todo místico, se imagina un Vicente de Paúl que no existió jamás».

Tiene razón Bremond cuando afirma de Vicente que no es un filántropo, como lo consideraron los filósofos de la Revolución,  pero simplifica los móviles de la santidad de Vicente. La mística de la caridad no separa el seguimiento de Jesús de la evangelización de los pobres. El encuentro con Jesús y con los pobres conduce a una misma experiencia. La explicación dada por G. Gutiérrez sobre la mística de la liberación en Latinoamérica ilumina la experiencia religiosa vicenciana: «Se comprendió a partir del texto (Mt 25,31-46) que el encuentro con el pobre a través de las obras concretas es paso obligado para el encuentro con Cristo mismo. Pero se fue entendiendo igualmente que el encuentro verdadero y pleno con el hermano requiere pasar por la experiencia de la gratuidad del amor de Dios… Si el prójimo es camino para llegar a Dios, la relación con Dios es la condición del encuentro, de verdadera comunión con el otro… La experiencia de la gratuidad del amor de Dios —dato primero de la fe cristiana— no sólo no se sitúa como en un paréntesis histórico, sino que da al devenir humano —y desde dentro— su total significación».

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