El discípulo que escucha

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana1 Comment

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Autor: Robert Maloney, C.M. · Año publicación original: 1992 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1992.
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«El Señor Yahvé… cada mañana despierta mis oídos para que oiga como discípulo:

El Señor Yahvé me ha abierto los oídos…» (Is. 50, 4-5).

En esta fiesta de la Asunción, quisiera hablar con ustedes de María. Nuestra Fe nos hace afirmar hoy que María está con su Hijo en la Gloria, que ha pasado por la experiencia de la resurrección de la carne y que toda su persona humana —cuerpo y alma— goza de la vida que todos deseamos alcanzar.

Las Escrituras presentan a María como la creyente ideal. Muchas cosas podrían decirse de Ella, tal y como la presentan los Evangelios. Podría hablarse de su fe, de su maternidad, de su virginidad, de su humildad, de su caridad activa.

Pero permítanme que hoy les hable de una sola cosa: la cosa «necesaria» según el Evangelio de San Lucas, el secreto de la santidad de María: María escucha la palabra de Dios, María oye lo que Dios dice y lo pone en práctica.

Voy a ofrecerles brevemente estas reflexiones en tres partes:

I – La escucha, en el Evangelio de San Lucas.

II – Algunos ecos de este tema en la espiritualidad de San Vicente y de Santa Luisa. III – Algunas aplicaciones para hoy.

 

I – LA ESCUCHA EN EL EVANGELIO DE SAN LUCAS

Según Lucas, como según todo el Nuevo Testamento, Dios toma la iniciativa por su Palabra que hace irrupción en el mundo como Buena Noticia. La escucha es la base indispensable de toda respuesta humana a esa Palabra.

 

1. María, en los relatos de la Infancia, es el modelo del que escucha

Al igual que en todos los temas importantes de la teología de Lucas, en los relatos de la Infancia aparece la escucha. Estos relatos de la Infancia, en forma de prólogo o introducción, presentan un resumen de la teología que Lucas desarrolla a lo largo de su Evangelio. El tema de la escucha se halla entre los más importantes de los motivos propuestos por el tercer evangelista: María, mujer judía, es la figura ideal de «aquel que escucha».

En los capítulos introductorios de Lucas, María aparece como «evangelizada». Ella es la primera a quien se comunica la Buena Noticia. Es el discípulo ideal, el modelo de todos los creyentes. En los relatos de la Infancia, María escucha y medita las palabras de:

Gabriel, que le anuncia la Buena Nueva de la Presencia de Dios, le habla del Hijo extraordinario que ha de dar a luz (1, 26 y ss.);

Isabel, que la proclama bendita entre todas las mujeres porque ha creído que la Palabra de Dios se cumpliría en ella (1, 39 y ss.);

Los Pastores, que le transmiten, a ella como a los demás, el mensaje que les ha sido revelado acerca del Niño, la Buena Noticia de que ha nacido un Salvador

(2, 16 y ss.);

Simeón, que profiere un cántico y un oráculo: un cántico de alabanza por la salvación dada a todas las naciones; un oráculo o profecía temible que anuncia el escándalo de la Cruz (2, 25 y ss.);

Ana, que alaba a Dios en presencia de María y no cesa de hablar a todos aquellos que están prestos a escucharla (2, 36 y ss.);

Jesús mismo, que le habla de su relación con su Padre Celestial, relación que ha de pasar por encima de cualquier otra cosa (2, 41 y ss.)

 

2. La actitud de María, discípulo ideal, es la de la atención

Cuando la Palabra de Dios hace irrupción en la vida de María, Ella escucha atentamente. Según un esquema que le es habitual, Lucas describe a María como la que escucha la Palabra con admiración, interrogando para comprender bien su sentido, decidiéndose a ponerla en práctica y meditando después en las misteriosas vías de Dios:

María escucha la Palabra: «El ángel Gabriel… presentándose a Ella, le dijo: «Salve, llena de gracia, el Señor es contigo»… » (1,28).

María se admira: «Ella se turbó al oír estas palabras y discurría qué podría significar aquella salutación» (1, 29).

María interroga: «?Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?» (1,34).

María pasa a la acción (mediante la aceptación y la obediencia): «Hágase en mí según tu palabra» (1, 38).

María conserva la palabra oída y la medita: «María guardaba todo esto y lo me­ditaba en su corazón» (2, 19 – 2, 51).

 

3. El Evangelio de Lucas presenta el mismo tema en otros pasajes, mediante unos breves relatos-clave

Lucas se sirve de tres breves relatos para ilustrar este tema central del verdadero discípulo. O dicho de otro modo: los verdaderos discípulos de Jesús son aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica.

«Vino su madre con sus hermanos y no lograron acercarse a El a causa de la muchedumbre. Y le comunicaron: «tu madre y tus hermanos están ahí fuera y desean verte». El contestó diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son éstos, los que oyen la palabra de Dios y la ponen por obra»» (Lc. 8, 19-21).

En este relato, Lucas cambia radicalmente el acento puesto por Marcos (cf. Mc. 3, 31-35). Mientras éste deprecia el cometido de la madre y de los parientes de Jesús, Lucas lo valora, haciendo eco a Lc. 1, 38-2, 19-2, 51: la madre de Jesús es el discípulo ideal que escucha la Palabra y la pone en práctica. ¡Dichoso quien así lo haga!

«Yendo de camino, entró en una aldea, y una mujer llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ésta una hermana llamada María, la cual, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta andaba afanada en los muchos cuidados del servicio, y, acercándose dijo: «Señor, ¿no te preocupa que mi hermana me deje a mí sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude». Respondió el Señor y le dijo: «Marta, Marta, tu te inquietas y te turbas por muchas cosas; pero pocas son necesarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada «». (Lc. 10, 38-42).

Aunque la declaración de Jesús sobre la única cosa necesaria haya estado sometida a innumerables interpretaciones, no hay duda con relación al punto central de este relato, dentro del contexto del Evangelio de Lucas… María ha escogido la mejor parte, porque está sentada a los pies de Jesús y escucha sus palabras, como ha de hacerlo todo verdadero discípulo. A pesar de que hay muchos más temas en este relato (como, por ejemplo, una vez más, el papel o cometido de las mujeres, el cometido, también, de la Iglesia doméstica en la cristiandad primitiva, que queda reforzado con una adición de Lucas) el evangelista subraya aquí de nuevo lo que, en definitiva, fundamenta el seguimiento de Jesús: la escucha de la Palabra de Dios. Esa es la mejor parte (cf. 8, 4-21).

«Mientras decía estas cosas, levantó la voz una mujer de entre la muchedumbre y dijo: «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que mamaste». Pero El dijo: «Más bien dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan «». (Lc. 11, 27-28).

Este pasaje interrumpe, curiosamente, una serie de controversias en las que estaba implicado Jesús durante su viaje a Jerusalén. Pero Lucas lo inserta aquí como una ocasión que se le ofrece a Jesús para clarificar, una vez más, el verdadero sentido de la actitud del discípulo: la dicha real no consiste en la proximidad física de Jesús, ni en el parentesco según la sangre con El, sino en la escucha de la Palabra de Dios y su puesta en práctica.

 

II. ALGUNOS ECOS DE ESTE TEMA EN LA TRADICION VICENCIANA

El lugar central que corresponde a la escucha en el contexto de la espiritualidad, no lo encontramos explícito en las conferencias y escritos de San Vicente ni en los de Santa Luisa. Pero la espiritualidad que ellos proponen conlleva varios temas-clave en los que resalta de modo evidente la importancia de la escucha.

 

1. La humildad como fundamento de la perfección evangélica

Vicente llama a la humildad «fundamento de toda la perfección evangélica y el nudo de toda la vida espiritual» .

Según él, la persona humilde en un nivel de profundidad, ve todas las cosas como un don. Los humildes reconocen cómo quiere Dios entrar en su vida para poder hablarles. Por eso, están alerta, escuchan la Palabra de Dios, están deseosos de recibir el amor salvífico de Dios. Los humildes saben que la verdad que les hace libres viene de fuera de ellos: a través de la Palabra de Dios, a través de los gritos de los Pobres, a través de la Iglesia y de la Comunidad en que viven.

Probablemente no hay otro tema en el que San Vicente haya insistido más.

Ha descrito la humildad como el origen de todo el bien que hacemos. Así se expresaba con las Hijas de la Caridad: «Si así lo hacéis, ¿qué ocurrirá? Que haréis de esta Compañía un paraíso y que se podrá decir con toda razón que es una sociedad de almas bienaventuradas en la tierra…».

La humildad y la escucha van estrechamente unidas por el hecho de que la escucha es la actitud fundamental de los que saben que la plenitud de la vida, la salvación, la sabiduría, la verdad, el amor nos vienen de fuera de nosotros. El Hermano Robineau, secretario de San Vicente, cuyas reflexiones sobre el Santo acaban de ser publicadas, apunta que esta actitud era especialmente evidente en la manera que Vicente tenía de dirigirse a los Pobres. Solía sentarse con ellos y establecer una conversación amistosa e impregnada de humildad

San Vicente gustaba de llamar a los Pobres los verdaderos «amos y señores» en la Iglesia. Es a ellos a quienes se debe, de manera especial, escuchar y obedecer. En el Reino de Dios —el mundo de la Fe—, son los reyes y las reinas: nosotros somos los servidores. En cuanto a la Hija de la Caridad, su punto de escucha por excelencia es la persona del Pobre. Ahí es donde encuentra a Cristo; ahí es donde El le habla

 

2. Reflexión y meditación

San Vicente y Santa Luisa estaban ambos profundamente convencidos de que Dios nos habla en la oración cotidiana. A sus discípulos les pedían que reservasen todos los días un espacio de tiempo adecuado para una sosegada oración mental y les invitaban a que la hicieran juntos, con el fin de apoyarse mutuamente. Los dos santos creían también que los Evangelios desempeñan un papel-clave como base de la oración. Las lecciones del Evangelio son como «una casa construida sobre roca firme»6. Sabemos por el orden del día que seguía en sus Ejercicios espirituales, que Santa Luisa solía meditar sobre el Evangelio que había leído en la Misa del día. Fundamentalmente, los dos Santos aspiraban a escuchar la Palabra de Dios y a apoyar en ella todo lo que hacían.

Abelly señala, en un párrafo lleno de colorido, el fervor con que San Vicente escuchaba la Palabra de Dios: «Parecía como si succionara el sentido de los pasajes de la Escritura, al modo de un niño con la leche de su madre, y extraía de ellos la médula y la sustancia para alimento de su alma. Lo que hacía que en todas sus acciones y palabras, apareciera totalmente lleno del Espíritu de Jesucristo».

En una conferencia sobre las «Máximas evangélicas», que dio el 14 de febrero de 1659, Vicente puso de relieve de qué modo María sabía escuchar la Palabra de Dios: «…la Santísima Virgen, mejor que ningún otro, penetró en su sentido y lapracticó…».

Obedecer a quienquiera que sea

La palabra «obediencia» (ob + audire: escuchar plenamente) va, pues, unida etimológicamente a la palabra «escuchar»: audire. Está completamente claro que, en el concepto de San Vicente, la obediencia tiene un cometido primordial en la comunidad. Pero S. Vicente entendía la obediencia más allá del significado que habitualmente suele dársele, es decir, obedecer a las órdenes legítimas de los superiores. Partiendo de una noción más amplia de la obediencia, animaba a sus discípulos para que obedecieran a quienquiera que fuera, de tal manera que así les fuera fácil oír con mayor plenitud lo que Dios quisiera decirles y llevarlo a la práctica:

«Nuestra obediencia no debe limitarse solamente a los que tienen el derecho de mandarnos, sino que tiene que pasar más adelante…

Consideremos a todos los demás como superiores, y para ello pongá­monos por debajo de ellos, incluso por debajo de los más pequeños, y adelantémonos a mostrarles deferencia, condescendencia, haciéndo­les toda clase de servicios…»

Además, la obediencia no es únicamente deber de los súbditos, sino también de los superiores. De hecho, los superiores tendrían que ser los primeros en obedecer, poniéndose a la escucha de los miembros y pidiéndoles consejo:

«No habría nada tan hermoso en el mundo, hija mía, como la Compañía de las Hijas de la Caridad, …si en todas partes donde estuviese establecida, la obediencia se mantuviese en vigor, si la sirviente fuese la primera en obedecer, en pedir consejo y en someterse…

 

III. ALGUNAS APLICACIONES PARA HOY

En su libro magnífico sobre la Comunidad», Dietrich Bonhoeffer escribía:

«El primer servicio que debemos prestar a los demás miembros de la Comunidad es el de escucharlos. Del mismo modo que nuestro amor a Dios comienza por escuchar su Palabra, así el principio del amor al prójimo consiste en aprender a escucharle. Precisamente porque Dios nos ama, no se contenta con darnos su Palabra, sino que también pone a nuestra disposición su oído. De tal modo que aprender a escuchar a nuestro hermano es hacer por él lo que Dios hace por nosotros. Algunos Cristianos —sobre todo los predicadores— se creen siempre obligados a «dar algo» cuando se encuentran en compañía de otros; piensan que ése es el servicio que tienen que prestar. Pero olvidan que escuchar puede ser un servicio más importante que el de hablar. Hay muchas personas que están en busca de un oído que quiera escucharlas y no lo encuentran entre los Cristianos, porque esos Cristianos se ponen a hablar cuando deberían estar escuchando. Ahora bien, el que no puede escuchar a su hermano, acaba por no poder escuchar tampoco a Dios, a fuerza de querer hablarle siempre. Con ello, introduce un germen de muerte en su vida espiritual».

Si la escucha es tan crucial para una sana espiritualidad, ¿cómo podremos hacer progresos en ella?

A partir de una reflexión sobre la amplia tradición espiritual de la Iglesia se podría ir espigando cierto número de cualidades que caracterizan a los buenos «oyentes». Voy a evocar brevemente cuatro entre esas cualidades, por parecerme de la mayor importancia si se quiere adelantar en el arte de la escucha:

 

1. La humildad

La cualidad indispensable para una buena escucha es la humildad. «Es el fun­damento de la perfección evangélica y el nudo de toda la vida espiritual», como hemos visto que decía San Vicente. La persona humilde posee el sentimiento de su insuficiencia, de la necesidad que tiene de Dios y de los demás hombres. Por eso escucha.

La humildad reconoce que todo es un don. Ve con toda claridad que todo bien procede de Dios. San Vicente escribía a un Sacerdote de la Misión (probablemente a Roberto de Sergis o a Lamberto aux Couteaux):

«… Y como reconocemos que esta abundante gracia viene de Dios y que El no se la concede sino a los humildes que reconocen que todo el bien hecho por ellos procede de Dios, a El ruego con todo mi corazón le conceda a usted cada vez más el espíritu de humildad… «.

Pero el reconocimiento de la propia insuficiencia tiene una dimensión más amplia. No es solamente, por así decir, «vertical», sino también «horizontal»; no dependemos sólo de Dios, directamente, sino también de la creación de Dios que nos rodea. La verdad procede, por lo tanto, de la escucha no solamente de Dios mismo, sino también de las personas humanas, a través de las cuales se nos transmiten la presencia y las palabras de Dios.

El espíritu de oración y de reflexión

Hasta que no se pondera y evalúa lo que se escucha, no se nos revela plenamen­te su sentido. La búsqueda de la verdad implica por lo tanto espíritu de oración y de reflexión. Aunque a veces sea posible escuchar la voz de Dios en medio del ruido de una multitud, lo más frecuente es que sólo en el silencio se oigan sus palabras más profundas, sólo en el silencio se pueda penetrar en su íntimo significado. El salmista nos exhorta: «Cesad y reconoced que yo soy Dios…». (S. 46, 10).

Los Evangelios, especialmente el de Lucas, atestiguan que Jesús se volvía sin cesar, en la oración, hacia su Padre para escucharle y conocer su voluntad. La oración es, pues, sin ningún género de duda, uno de los mejores medios de escuchar que pueden tener los discípulos de Jesús.

Además, puesto que la oración es un encuentro con Dios mismo, lo que nosotros podamos decir tiene mucha menos importancia que lo que Dios nos dice. Cuando insistimos demasiado en lo que decimos o hacemos nosotros durante la oración, ésta puede llegar a convertirse en «un buen trabajo», una «realización», un «discurso», más que en una «gracia», un «don», una «palabra gratuita de Dios». Sin duda, la oración, como toda actividad humana, conlleva unas estructuras, una disciplina personal, un esfuerzo perseverante. Pero la principal insistencia ha de ponerse siempre en la presencia del Dios personal, cuya Palabra hemos de escuchar atentamente cuando nos comunica la Buena Noticia de su Amor por nosotros y por los demás.

Además, nuestra oración ha de estar siempre confirmada por la vida. El que escucha lo que «Dios le dice» en la oración, pero no presta atención a lo que le dicen los demás en la vida diaria, es un tanto sospechoso. La oración tiene que estar en unión constante con las personas y los acontecimientos, ya que Dios nos habla no sólo en el silencio de nuestro corazón sino también (y con más frecuencia) a través de las personas que nos rodean.

3. Respeto hacia las palabras humanas

Hoy, quizá más que nunca, se insiste en la necesidad de escuchar a las personas que están a nuestro alrededor.

Muchos documentos contemporáneos hacen hincapié en la dignidad de la persona humana y en la importancia que tiene el escuchar los gritos que proceden de su corazón. «Gaudium et Spes»y «Redemptor Hominis» consideran la per­sona humana como el centro de la creación (G.S., 9, 12, 22 – R. H. passim). En un contexto ligeramente diferente, «Centesimus Annus» lo afirma con toda claridad: La doctrina social de la Iglesia, especialmente hoy día, mira al hombre…»

El respeto a la persona humana es un reconocimiento de que Dios está presente en el otro y se nos revela a través de él —o de ella—; es reconocer que las palabras de vida nos vienen por los pequeños tanto como por los poderosos. De hecho, San Vicente fue adquiriendo gradualmente la convicción de que «la verda­dera religión se encuentra entre los pobres», y de que tenemos que dejarnos evangelizar por ellos.

Numerosos textos del Hermano Luis Robineau, publicados recientemente, dan testimonio del profundo respeto que San Vicente tenía a toda suerte de personas. Robineau señala cómo sabía escuchar, a pobres y ricos, a seglares y clérigos, a campesinos y personas reales.

Pero una escucha tan respetuosa no siempre es tan fácil como pudiera parecerlo. En una época como la nuestra de tanto ruido, en la que, si queremos, los medios de comunicación nos hablan sin interrupción todo el día, a veces de manera ensordecedora, en esta época, cabe preguntarse: «¿Somos capaces de distinguir la voz de Dios en medio de la multiplicidad de voces que se dirigen a nosotros? ¿Tiene capacidad la Palabra de Dios para decirnos ‘cosas nuevas’? ¿Hay todavía lugar en nosotros para la admiración?».

Mientras intentamos desarrollar un respeto creciente hacia toda persona humana, la evidencia nos hará aceptar el desafío de algunas preguntas: ¿Somos realmente capaces de oír los gritos de los pobres, de los más oprimidos? Entre ellos, mujeres y niños que, con frecuencia, son los miembros más pobres de la sociedad; los que padecen discriminación a causa de su raza, de su color, su nacionalidad, su religión; víctimas del sida, a las que excluyen sus propias familias y los sanos físicamente hablando; los que se hallan marginados en la vida: pequeños o ancianos indefensos, sin posibilidad de hablar por sí mismos… ¿Somos capaces de aceptar los consejos que nos vienen de los demás: de los directores espirituales, de los miembros de nuestras comunidades, de los documentos de la Iglesia y de la Congregación? ¿Estamos alerta, a la escucha de los «signos de los tiempos», como la distancia creciente entre ricos y pobres, la llamada reiterada a la justicia que la Iglesia nos lanza?

 

4. Atención

Una de las señales más importantes del respeto hacia la persona, es la atención.

Los documentos actuales de los Sacerdotes de la Congregación de la Misión, como igualmente los de las Hijas de la Caridad, insisten mucho en la necesidad de practicar esta atención. Las Constituciones de las Hijas de la Caridad consideran esta actitud como el primer paso para la realización de la finalidad apostólica de la Compañía: «Su primer paso (del servicio de Cristo en los Pobres) es la atención, base indispensable de toda evangelización» 19

Las Constituciones de los Sacerdotes de la Misión insisten en este punto dentro del contexto de la vida comunitaria: «… Con un espíritu humilde y fraternal, atentos a las ideas y a las necesidades de cada uno de los Cohermanos…

Asimismo, cuando se pide consejo, la atención es de la mayor importancia. El Hermano Robineau refiere que San Vicente solía pedir su parecer a otros sobre cuestiones que se estuvieran tratando, «aun al último de la casa». Afirma que con mucha frecuencia le ha oído decir: «cuatro ojos ven más que dos, y seis más que cuatro».

A este propósito, Robineau relata un incidente interesante:

«Un día me hizo el honor de decirme que había que tener como máxima, cuando se consultaba un asunto, el alegar todo lo que fuese favorable a la parte adversa, sin omitir nada, como si esa parte adversa fuera la que estuviera alegando sus razones y defendiéndose. Y que era así como había que proceder al tratarse de consultas»

Hoy tenemos delante de nosotros a María como el discípulo que escucha: María escucha la Palabra de Dios, en sus múltiples formas, y la pone en práctica.

Si como Ella, que es nuestra Madre, somos discípulos que escuchan, crecere­mos sin duda alguna, porque la escucha es el fundamento de toda espiritualidad. Al que escucha, se le conceden la verdad, la sabiduría, la seguridad de que es amado. A los que descuidan el escuchar, les acaece un aislamiento, una soledad, cada vez mayor.

Jesús, al igual que los profetas, sabía las exigencias que representa la escucha, por lo que no es infrecuente que fallemos en ella. Y lo lamentaba:

«Porque se ha endurecido el corazón de este pueblo, y se han hecho duros de oídos, y han cerrado sus ojos, para no ver con sus ojos, y no oír con sus oídos, y para no entender en su corazón y convertirse, que yo los curaría» (Mt., 13, 15). «Pero… ¡dichosos vuestros ojos, porque ven y vuestros oídos porque oyen!…» (Mr. 13, 16).

¿Existen para nosotros medios de escuchar mejor?

Hoy celebramos la fiesta de Madre ELIZONDO. Me uno a ustedes para pedir la plenitud de las bendiciones del Señor sobre su persona.

Madre, no puedo pedir para usted que, como María, sea introducida inmedia­tamente en ci Cielo… Pero sí pido que, como Ella, sea usted un modelo de escucha, que pueda oír los gritos de los pobres y esté atenta a las necesidades más profundas de las Hijas de la Caridad, a través del mundo.

Que María, la discípula que escucha, sea su luz y su fortaleza.

 

One Comment on “El discípulo que escucha”

  1. Me a llamado mucho la atención este espacio donde hay mucho para aprender gracias Dios les bendiga, adelante.

    RM

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