Capítulo IV: El clero parroquia antes de la Reforma
Sean lo que hayan sido el celo y la actividad pastoral de los obispos, su eficacia ha sido por necesidad tributaria de los párrocos. Éstos han ejercido en la antigua Francia un papel esencial. Ellos han asumido una función espiritual: ordenar la liturgia, distribuir los sacramentos, dar la instrucción religiosa por el catecismo y la predicación… Pero son también los maestros de pensar en una sociedad en que el pueblo agrupa la gran mayoría de la población. Por razón de la rareza de las visitas episcopales, el párroco se beneficia de una autonomía casi absoluta; de él saca la parroquia lo esencial de su capacidad intelectual y su vigor espiritual. Es decir que si el obispo da el impulso, el párroco es el artesanado esencial de la pastoral.
I. -Las condiciones materiales de vida
En los primeros decenios del siglo el reino cuenta 18 millones de habitantes y 100.000 sacerdotes seculares algunos de los cuales son regentes de colegios, preceptores o miembros de compañías sacerdotales, pero cuya mayor parte está relacionada con un ministerio parroquial. La densidad clerical es variable: es como media de un sacerdote para 200 católicos, pero en ciertas diócesis –La Rochelle por ejemplo- esta proporción desciende a uno para 400. Las personalidades más representativas de este clero son los párrocos, no sólo porque son, en lo espiritual y hasta en lo temporal, los guías de sus fieles, sino porque de ellos dependen las condiciones de vida de todo el pequeño personal eclesiástico.
1 –Párrocos beneficiarios y congruistas
Desde el punto de vista del origen de las rentas, existen dos clases de párrocos: el beneficiario, el de porción congrua. El primero es aquél cuyas rentas provienen de los bienes fondos que constituyen los beneficios de su parroquia y de los diezmos que la acompañan: los antiguos patronos no conservan entonces más que el derecho eminente sobre estas rentas y el derecho de nombramiento para el curato, estando el disfrute de los beneficios, en principio, reservado al párroco. El párroco a porción congrua –o vicario perpetuo es aquél cuyos patronos primitivos de la parroquia han mantenido en su uso el derecho total de propiedad sobre las rentas y los diezmos. En cambio, pagan al servidor una retribución fija en dinero, llamada porción congrua, lo que literalmente significa la parte conveniente… congruentem portionem… pero, por antifrase, se ha convertido en sinónimo de salario insuficiente. En el origen, este sistema ha sido aquél en el que el patrono primitivo era un monasterio o una comunidad religiosa capaz de asegurar la permanencia en el mantenimiento de los bienes – y aquí se ve una de las razones del conflicto entre párrocos y monjes- pero se ha extendido rápidamente a los beneficios seculares.
Las dos condiciones implicaban estilos de vida bastantes diferentes. El párroco beneficiario como un pequeño propietario terrateniente, es decir que cultivaba su tierra él mismo y vigilaba la recogida de los diezmos, o aseguraba el conjunto, tierra y diezmos. Semejante régimen imponía pesadas servidumbres; su mantenimiento directo obligaba en efecto al párroco a emplear a gente al día o a criados a sueldo, a tener ganado y material agrícola, a ejecutar como todo explotador ciertas faenas como el mantenimiento de los caminos o el desecación de pantanos, a ocuparse de la venta de los productos agrícolas, por último a vigilar de cerca la recogida de diezmos y para ello debía examinar al detalle la producción de todas las explotaciones de la parroquia. Tales obligaciones tenían por consecuencia apartar al párroco de sus tareas espirituales –en particular en ciertas épocas del año, en el momento de la siega y de la cosecha, sumergirle en lo temporal y, hasta el límite, hacer de él un campesino como los demás. El alquiler de las tierras a un granjero era una posibilidad teórica, perro irrealizable en la mayor parte de los casos por razón de la insignificancia del beneficio.
Existían, de hecho, entre las rentas de los beneficiarios diferencias considerables y a veces enormes que aparecían en del nordeste de París, con los resultados de una encuesta llevada a cabo 1639, con el propósito de «amortiguar» los bienes funcionales y renovada en 1692: hay «párrocos pobres» y «párrocos ricos». El examen preciso de la situación de 35 de entre ellos revela que seis dispones de grandes beneficios (de una renta bruta anual superior a 2.200 libras: se trata de importantes parroquias de los valles del Sena y del Marne o de las llanuras de Francia); 14 tienen recursos mediocres (de 200 a 900 libras; 15 conocen una condición media (de 900 a 2.200 libras), situándose la honesta honradez en 800 libras ) ; pero esta tasa, valedera para la región parisina es susceptible en países menos favorecidos como la Solgne o el Macizo central de descender mucho más abajo. Tales contrastes actúan por vía de consecuencia sobre la repartición clerical; con mucha frecuencia el número de los sacerdotes se determina, no por las necesidades de los parroquianos, sino por los recursos de la parroquia.
En cuanto a la porción congrua, hacía, en principio al menos, del párroco una especie de pensionado recibiendo periódicamente una suma fija. La ventaja del sistema residía en la mayor libertad dejada al párroco; su inconveniente en la modestia de la suma abandonada por el patrón. Para evitar los abusos, el gobierno real optó por la costumbre de de establecer él mismo su tasa, más o menos adaptada al nivel de los precios; la ordenanza de 1629 la fijó en 300 libras, la declaración de 1632 la mantuvo en 300 libras para las regiones al norte del Loira pero la rebajó a 200 para loas regiones del Sur; otra declaración del 18 de setiembre de 1634 la uniformó en 200 libras, decisión que fue confirmada por Luis XIV el 30 de marzo de 1666. Sin embargo el aumento del coste de la vida provocando la decadencia de las condiciones de vida del clero y a veces el abandono de las parroquias, se volvió, en 1686, al montante de 300 libras, aplicable a todo el reino, y que fue mantenido en el siglo XVIII hasta 1768. Cada vicario debía recibir al menos 150 libras invertidas por el párroco de la parroquia. Es difícil saber la proporción de las parroquias con beneficio y de las de porción congrua: su número se modifica a la vez por en el espacio y en el tiempo. La variación se observa de una diócesis a la otra: en Autun por ejemplo, las parroquias de proporción congrua representaban al principio del siglo un poco más de una décima parte; en Clermont, la casi totalidad. De una manera general, los párrocos congruistas parecen haber sido siempre los menos numerosos, pero su proporción se ha incrementado durante el siglo XVII. La declaración real de 1686, al fijar la tasa en 300 libras, tuvo en particular por efecto inmediato aumentar considerablemente el número de los congruistas: en el arcedianato de Autun hace más que doblarse.
2 –Las rentas anexas a la parroquia
Estos datos generales no pueden sin embargo bastar para conocer con exactitud las rentas de un párroco del siglo XVII, se trate de un beneficiario o de un congruista, ya que otros elementos entran en juego, no sólo el beneficio varía mucho en importancia, sino el diezmo mismo está muy lejos de ser uniforme. En principio representa una décima parte de las rentas de la tierra; en efecto su tasa va determinada por la costumbre local y no es idéntica para todos los productos: el trigo paga más que la sal, a veces la viña está excluida de toda tasa. El párroco tenía derecho a los «menudos y verdes diezmos» y a las «primicias» percibidas de las tierras recientemente roturadas; a veces disponía de una parte de los «grandes diezmos» –los de las tierras cerealíferas- pero estaban por lo general reservados a al «patrón», es decir al «párroco primitivo» o «gran diezmador». El diezmo no sobrepasa, en realidad, una fracción que se sitúa entre un vigésimo y un cuadragésimo de las ventas verdaderas de la tierra. Iba unido también a las oscilaciones, a veces enormes en esta época, de los precios agrícolas y a las de la cosecha misma: hubo así caídas considerables en la percepción efectiva del diezmo; en muchas regiones disminuirá hasta la mitad durante la guerra de la Sucesión de España, entre 1709 y 1711.
Existe además de los derechos curiales –o casual- de carácter variable, accidental o fortuito. El Dictionnaire de Trévous define el casual como la «renta de los párrocos que no consiste ni en fondos ni en diezmos». Se trata de los honorarios percibidos por actos litúrgicos: bautismos, matrimonios, entierros, bendición de los campos, y sobre todo misas celebradas regularmente por los difuntos gracias a fundaciones constituidas por una renta; a ello se añaden las oblaciones compartidas entre la fábrica y el servidor. El casual era pues el acto de gratitud por un beneficio y debía contribuir a asegurar la sustancia del bienhechor; pero como dependía de la importancia de la población y de su espíritu más o menos religioso, variaba mucho de una parroquia a otra, también, para evitar desigualdades demasiado grandes, los obispos reformadores le sometieron a reglas. En Burdeos por ejemplo, el cardenal François de Sourdis promulgó la tarifa urbana desde 1611; lo sucesores precisaron sus modalidades de aplicación estableciendo una tasa regresiva según la condición social; así en la ciudad de Burdeos el importe de la ceremonia de los funerales estaba fijado en 4 libras para las familias ricas, en dos libras para la clase media, en una para los pobres. En los pueblos el casual escapaba a la reglamentación y quedaba a la generosidad de los fieles. A estas rentas anexas se añadían las ofrendas en especie, tan importantes a veces que en ciertas parroquias rurales el párroco era alimentado totalmente por sus ovejas.
La condición de los párrocos está pues lejos de ser uniforme, pero, en conjunto, es aceptable; según los estudios más recientes, los párrocos estuvieron cómodos en el siglo XVII más que en el XVIII, porque el siglo XVII fue un periodo de depresión favorable a las rentas fijas disminuyendo menos deprisa que el coste de la vida. El XVIII al contrario verá una expansión perjudicial a tales rentas, la porción congrua por ejemplo seguirá lentamente y con retraso la subida general de los precios. Algunas cifras referentes a las parroquias rurales de la diócesis de Paris en 1666 dan una idea de la situación real de los párrocos: sobre 386 parroquias, 12 están por debajo de las 3oo libras, 259 se sitúan entre 300 y 1.000 libras, 101 de 1.000 a l.500 libras, sobrepasando 14 las 1.500 libras de renta. Estas cifras se han de interpretar como mínimo ya que los párrocos disponen a menudo de recursos personales a los que se añaden las diversas ofrendas. Pueden por lo tanto llevar un nivel de vida conveniente, a veces elevado; están en condiciones de entregar a las obras, ayudar a los pobres y a las necesidades de una parte de su familia.
3 –El personal menor parroquial
Siendo la parroquia un beneficio, hacía inamovible a su titular; pero otra cosa era con los demás sacerdotes de la parroquia: vicarios, capellanes o sacerdotes habituados.
El párroco nombra y revoca a su vicario; le mantiene total o parcialmente, a veces incluso comparte con él la casa. Algunos vicarios cobran un sueldo regular cuando las fábricas se lo asignan.
Las capellanías son pequeños beneficios que procuran a los capellanes rentas variables pero generalmente modestas.
Ciertos sacerdotes por último no tienen ni beneficios ni sueldo; son simplemente «habituados» en una parroquia y no tienen pues ninguna ganancia asegurada. Es verdad que, para ser ordenado, había que poseer un «título clerical», es decir una renta mínima, pero ésta representaba apenas el importe de los gajes de una mano de obra. Así los sacerdotes habituados habrían vivido en necesidad, si no hubieran dispuesto de de otras fuentes de ingresos: eran por ejemplo las pequeñas retribuciones que les eran pagadas cuando eran catequistas, maestros de escuela, organistas, y sobre todo la parte de casual que les entregaba el párroco.
II. El estilo de vida
El estilo de vida del párroco varía igualmente con los recursos de las parroquias. En las más pobres, se aloja en un pequeño local preparado a veces en la propia iglesia. Pero esta situación es excepcional; habitualmente el alojamiento curial es comparable al de un campesino acomodado, comprende a menudo: dos habitaciones bajas, dos habitaciones altas, un granero, una bodega y, en los países de viñedo, un lagar. La casa está rodeada de un huerto o huerta, posee dependencias: Una cuadra y una granja para guardar los productos del diezmo y del beneficio; cuando no hay granero, el párroco amontona gavillas en la iglesia y allí saca su grano. A veces el presbiterio está rodeado de una pared y protegido como una casita fuerte.
1 –Párrocos y campesinos
El párroco tenía pues un tren de vida bastante análogo al de un campesino acomodado, ya que no de un burgués. Salía por lo demás del la parte media del tercer estado urbano o rural; muchos sacerdotes eran hijos de oficiales (jueces de las cortes presidiales, notarios, procuradores…), de boticarios, de artesanos y sobre todo de labradores. Muy pocos aspirantes al sacerdocio son hijos de manos de obra: el hecho se debe a la duración de los estudios, a su precio, al hecho de que se exige de los candidatos al sacerdocio una renta anual mínima, variable según las regiones –por lo general 50 a 100 libras, pero a veces 200- de suerte que se evite la constitución de un proletariado clerical. Las clases medias consideraban además el acceso de un hijo a las órdenes a la vez como un favor espiritual, un honor y una promoción social. Los párrocos eran así, en su mayor parte, cercanos al pueblo pero sin formar parte de él. todos participaban del trabajo de la tierra, ganadería, venta de granos; era la condición ordinaria del párroco beneficiario, pero tampoco era desconocida del congruista. Era raro en efecto que éste percibiera en dinero la totalidad de su renta; muchas veces el gran diezmero le entregaba algunos de sus bienes raíces o alguna «porción de diezmo». Conocía entonces los inconvenientes de una explotación. Cultivo, recolección, venta de productos. Todo párroco vivía pues, pero en grados diferentes, la vida del campesino, pero al mismo tiempo era el guía de la comunidad aldeana; conocía a todas las familias, había bautizado a los hijos y conducido su instrucción, era el oficial del estado civil, ayudaba en un reparto equitativo de la talla, aconsejaba a los campesinos en sus procesos –numerosos en esta sociedad pleitista- o en sus dificultades administrativas, los defendía a veces contra las instancias seculares. Este papel tutelar era devuelto en forma privilegiada al beneficiario, y más especialmente al gran beneficiario; su acción era tanto más eficaz cuanto más tiempo duraba en su parroquia: veinte o treinta años, a veces toda su vida, ya que sus condiciones de existencia iban unidas a un beneficio el que tenía interés en conocer con el fin de que resultara más productivo. Disponiendo de una comodidad tan buena, de una amplia independencia y seguridad, era capaz de enfrentarse al señor o al elegido en nombre de la comunidad entera. El párroco «rico» es además con frecuencia instruido pues los graduados obtienen los mejores beneficios; puede pues practicar un pequeño mecenazgo: ayudar a un sobrino a entrar en las órdenes, embellecer su iglesia, sostener la escuela, remunerar a un vicario o a un capellán. Al contrario, un párroco «pobre» se ve paralizado por lo material: privado a la vez de vicarios y de criado, vive como un campesino pequeño y busca, por todos los medios, abandonar su parroquia. La irradiación y eficacia pastoral de un párroco vienen dadas por en gran parte de su base económicas.
Había así en la vida del párroco una mezcla íntima de tareas profanas y de tareas espirituales lo que podía ser una causa de debilidad –si las primeras prevalecían, el sacerdote era un simple explotador agrícola- pero que, con mayor frecuencia se convertía en una fuerza, ya que los campesinos aceptaban al párroco como guía y se llegaba a formar entre el párroco y sus parroquianos una solidaridad profunda: esto aparecerá de manera clara a finales del siglo XVIII en la alianza de los párrocos del campo y de los campesinos contra el alto clero y contra los monjes. Es posible que, en ciertas regiones, estas alianzas se demuestren más temprano:» desde finales del siglo XVII se diría que las opciones revolucionarias se anuncian débilmente».
2- El universo mental
Toda generalización es , en esto también, difícil ya que el universo mental o espiritual varía de un sacerdote a otro, en particular según se haya beneficiado o no de una formación universitaria; varía también con las diócesis y las épocas, marcándose el gran giro con la fundación de los seminarios.
Algunos autores han querido afirmar la existencia en Francia, a principios del siglo XVII, de un clero culto: el abate Brémond lo prueba por la frecuentación de la Sorbona y sobretodo por el gran número de libros religiosos impresos o reimpresos para uso de los clérigos. Pero si los graduados son casi siempre sacerdotes cultivados, no representan en la masa del clero más que una minoría; su número apenas sobrepasa la escasa proporción de las parroquias provistas en virtud de la expectativa. El rasgo sociológico más sobresaliente en este terreno reside en los contrastes entre clérigos sabios y clérigos ignorantes; el conjunto demuestra sin embargo una cultura débil o superficial. Raros son los párrocos que tienen una biblioteca. Algunos no tienen ningún libro o tienen tres lo más o cuatro: se trata de manuales de moral práctica, catecismos (generalmente el del concilio de Trento), de sermonarios y algunos tratados de controversia, es decir de obras inmediatamente utilitarias. Muchos no han recibido verdadera formación intelectual: se han iniciado en las ciencias eclesiásticas con un párroco de parroquia que aceptaba cobijarlos; antes de ordenarlos el obispo les hacía pasar un examen muy sencillo, limitado a algunos rudimentos de latín y a conocimientos sumarios sobre la religión. En ciertas diócesis este examen no era tan siquiera exigido. Por eso son numerosos los testimonios sobre la ignorancia de los sacerdotes. Un arcediano de Bourges constata en 1643: «hay sacerdotes que no entienden ni una palabra de latín y otros que apenas saben leer.» Los visitadores canónicos de la región de Autun emplean frecuentemente calificativos sabios respecto de los párrocos: «absolutamente incapaz», «ignorante, sin instrucción», «de capacidad y de ciencia mediocres»…
3 –La formación pastoral
Tales insuficiencias no se limitaban a la cultura profana: los conocimientos pastorales y espirituales eran también muy ligeros y superficiales, por razón de la insuficiencia de la formación sacerdotal. Sobre este punto los testimonios son de igual modo numerosos. Algunos sacerdotes son incapaces de leer conveniente mente el misal. En 1631, en una parroquia vecina de Marsella, un vicario responde a los reproches de su obispo confesando «que no entendía el latín, «que no entendía nada sobre la administración de los sacramentos» y «que no se acordaba lo suficiente para poder nombrarlo todos». Algunos sacerdotes ignoraban hasta los principales misterios de la religión. El arcediano de Bourges citado anteriormente anota en 1643: «Los hay que no pueden decir lo que hacen cuando dicen la Misa, quienes por consiguiente no tienen ningún respeto al santo misterio y ponen en el Tabernáculo cabos de vela, bujías, dinero y papeles con las santas Hostias.» El mismo constata: «Los sacerdotes están en una ignorancia espantosa; de cuarenta confesores, no hay seis que sepan cuándo es pecado la mentira mortal o venial. Remiten al Penitenciario por las faltas ligeras, pensando que son casos reservados o que hay censuras. Se ha visto a uno… párroco durante veinte años, que no sabía la forma de la absolución ni qué parte del cuerpo había que ungir en la Extremaunción.» Otros confunden los mandamientos de Dios con la oración dominical.
La liturgia da lugar a las peores fantasías: algunos párrocos trastornan el orden de la misa, introducen en el oficio cantos franceses o cánticos. Lo que contribuyó a difundir esta anarquía es que al final del siglo XVI y principios del XVII, la mayor parte de las diócesis adoptaron la liturgia romana reformada por Pío V en 1568, según el deseo del concilio de Trento. Esta liturgia unificada reemplazaba a las antiguas liturgias galicanas muy diferentes de una diócesis a otra: en adelante las oraciones esenciales de la Iglesia debían ser idénticas en todas partes; sólo podían variar, según las regiones el propio de los santos y algunas secuencias. La asamblea del clero de 1605-1606 animó a esta unificación litúrgica y decidió hacer distribuir a las parroquias que no poseían aún, los libros romanos. Estos cambios se juntaban a la ignorancia de una gran parte del clero provocaron una confusión generalizada, muchos de los párrocos de edad pretendiendo ser files a los usos antiguos. San Vicente de Paúl nota evocando sus recuerdos de 1619: «Ah si hubierais visto la diversidad de las ceremonias de la misa hace cuarenta años!… Me parece que no había nada más feo en el mundo que las diversas maneras de celebrarla; algunos comenzaban la misa por el Pater Noster; otros tomaban la casulla en las manos y decían el Introibo, y luego se colocaban esta casulla. Yo estaba una vez en Sanit-Germain-en-Laye, donde vi a siete u ocho sacerdotes que dijeron todos una misa diferente.» Estas insuficiencias intelectuales se acompañan a menudo de graves desórdenes morales.
III. Las diferencias morales y disciplinares
Sobre los desórdenes morales de los párrocos abundan los testimonios: la mayor parte no son de inspiración antirreligiosa, se encuentran en los cuadernos de reclamaciones como preludio a los Estados generales de 1614, en los procesos verbales de visitas canónicas hechas por los arcedianos, o en las ordenanzas sinodales promulgadas por los obispos que denuncian los males y, al mismo tiempo, proponen remedios. Conviene, es verdad, tratar con prudencia y circunspección este género de documentos que ponen de buena gana a luz el rasgo excepcional o reprehensible y pasan en silencio el desarrollo de una actividad normal; se trata de un informe de encuesta más que de un análisis moral o psicológico: la mención laudatoria más habitual es «nada que reformar». El cuadro de conjunto de la moralidad del clero comporta una multitud de matices y de contrastes regionales. Nos contentaremos con resaltar aquí las insuficiencias o los vicios señalados con mayor frecuencia.
a) La incorrección del vestuario es evocada con frecuencia en las ordenanzas sinodales o en los demás documentos episcopales. Muchos párrocos se visten como campesinos, se niegan a llevar la sotana o llevan una sotana muy corta –la sotanela- que llega hasta las rodillas; otros dan importancia a que da demasiado calor y molesta para jugar a los bolos. Y esto es bastante general de manera que Luis XIII, en 1623, tropezando en la región de Garches con un personaje»en sotana y abrigo largo, con pelo muy corto», no se diera cuenta que se trataba de un sacerdote secular.
Muchos reformadores de la primera mitad de siglo lucharon por la observancia de las reglas de vestuario como por la abolición de las pelucas rizadas que bajaban hasta los hombros adoptadas por ciertos sacerdotes. El que más destacó en este combate fue un amigo de san Vicente de Paúl, el Señor Bourdoise, llamado muchas veces por entonces «Señor sotana». Estas exigencias de vestuario no era por otro lado simplemente formales: se trataba de saber si el sacerdote debía fundirse en el mundo o apartarse de él. Toda la espiritualidad del siglo XVII, uniéndose además a la tradición católica, optaba por la segunda solución, es decir por un estado sacerdotal netamente diferenciado del estado laico.
b) La caza. Muchos sacerdotes practicaban la caza con pasión. Algunos llegaban hasta transformar en conejar el cementerio que rodeaba a la iglesia; se dieron cazadores furtivos entre ellos.
c) El comercio. Algunos se entregan a ocupaciones seculares: se ven obligados a ello por la pobreza de su parroquia o por los estragos de las guerras. Otros, especializados en el comercio de los caballos o del ganado, frecuentan de ordinario ferias y mercados, o también fabrican y venden escapularios; otros incluso llevan un bar.
d) La borrachera es el mal más generalizado. Muchos párrocos son asiduos a la taberna: allí se dan al juego y a la bebida; en las regiones de vides algunos tienen una bodega bien surtida. Este vicio, muy destacado en las visitas canónicas, es por lo general el fruto de la ociosidad en una sociedad en la que los sacerdotes son numerosos y muy poco formados para ser absorbidos por las únicas tareas intelectuales o espirituales. A veces el mal es sencillamente endémico, otras va acompañado de escándalos. En 1673, en Gonesse, en la región parisina, se cuenta que un religioso «estando borracho en la parroquia ha corrido detrás de las jóvenes y ha perdido la cogolla (esclavina con capuchón), que al encontrársela unos campesinos, la han voceado en público en el mercado, causando un gran escándalo». Sucede que los oficios mismos se vean perturbados. En 1664, el párroco de Lagny está «tan tomado de vino como para no poder casi acabar su servicio, sin poder decir el oremus después del Magnificat, haciendo cosas raras, dando incienso a los apóstoles; lo que causaba un dolor público a todos los parroquianos y tal que el vicario se vio obligado a quitarse «la chappe» y marcharse, no pudiendo soportar un tal desorden». La embriaguez lleva consigo por supuesto la grosería en el hablar, la brutalidad y la violencia: no sorprende que se llegue a las manos y se suelten injurias incluso en la iglesia.
e) El concubinato y la licencia sexual.. Las costumbres de los párrocos no son siempre irreprochables: algunos mantienen en sus casas a concubinas o criadas demasiado jóvenes de quienes tienen hijos que se crían en el presbiterio. Los oficiales del rey, los arciprestes y los obispos mismos se quejan de ello. El obispo de Autun, Louis Doni d’Attichi (1652-1664), nota al principio de su episcopado:
«Es con verdadero dolor como nos hemos visto obligados a decir que la diócesis ha estado descuidada en extremo desde hace mucho tiempo en lo que se refiere a costumbres y excesos de los sacerdotes que han vivido en una licencia y libertinaje extraordinario, sin que se vea que desde hace diez años y más se haya hecho ninguna corrección. Esta impunidad tan larga ha autorizado de tal manera el vicio que se ha convertido en costumbre… El concubinato es muy frecuente y los sacerdotes no temen tener en casa a mujeres impúdicas con los hijos que han tenido de ellas, a los que alimentan y crían dichos niños, los hacen servir de clérigos en el altar, los casan y les establecen dote públicamente como si fueran hijos legítimos, y los habitantes de las parroquias de los juzgados lo tienen ya tan visto que algunos de ellos interrogados sobre las costumbres y libertinajes de sus párrocos que mantenían así a mujeres impúdicas, han respondido que los susodichos párrocos vivían bien y sobre cuanto se les ha echado en cara que dichos párrocos tenían concubinas con hijos, han contestado que dichas concubinas y los hijos vivían pacíficamente sin ruidos y no hacían ningún mal, estando tan habituados a ver a sus sacerdotes vivir con concubinas que creen que se les está permitido tener…»
A veces los desórdenes de los párrocos eran tales que corrompían el espíritu de los parroquianos. San Jean Eudes escribe, a comienzos de siglo, a propósito de una parroquia de la diócesis de Coutances:…»la ignorancia de las cosas de la salvación y los más horribles vicios se daban allí en grado sumo. La castidad estaba tan desacreditada que se había persuadido al pueblo sencillo de que había suplicios preparados en el otro mundo para las jóvenes que no se casaban y que era mejor… tener hijos de la manera que fuese que no tenerlos». En este terreno sin embargo se ha de proscribir toda generalización sistemática: allá donde la autoridad episcopal ha sido firme y continua, los desvíos de conducta son raros. En el arcedianato de Dunois, en la diócesis de Chratres, por ejemplo, las denuncias relativas a las infracciones de la regla del celibato son inferiores en número a las acusaciones de intemperancia: no sobrepasan nuca el ocho por ciento del efectivo total de los eclesiásticos por año de visita. Por lo demás las quejas son rara: son alguna vez el medio de vengarse de de criadas juzgadas abusivamente autoritarias.
¿Cuál es la proporción de los sacerdotes implicados en estos diferentes delitos? Es difícil precisar porque varía mucho según las regiones; oscila, al parecer, entre el diez y el veinte por ciento, pero en estas cifras figuran muchas infracciones menores: el juego, la caza, incorrección en vestuario…
Tales abusos disminuyen en gran parte con la extensión de la reforma eclesiástica y, muy en particular, con la creación de los seminarios. Sin embargo no desaparecieron del todo nunca, ni siquiera después de la reforma. Seguían existiendo por una serie de causas, entre las que conviene invocar en primer término el ambiente de desorden y de violencia propios del siglo y que no perdonaba a los clérigos. Una constatación así no deja de asombrar, tan dominado parece estar el siglo XVII, edad del clasicismo, por el triunfo sin reserva del orden y de la armonía. De hecho, en el ritmo de la existencia cotidiana, fue una época de violencia, a menudo de vulgaridad de lenguaje y de costumbres licenciosas. Si el clasicismo tuvo un auditorio tan unánime, es precisamente porque aparecía como remedio a los males del siglo, estando el ideal, aquí como en otras partes, a la inversa de la realidad. ¿A qué causas se deben estos desórdenes y estas y estas violencias? Esencialmente a un estado de hostilidades cuasi permanente; apenas repuesta de los males de las guerras de religión, Francia entró en la guerra de los Treinta años, luego en los conflictos de fin de siglo; de los setenta y dos años de reinado de Luis XIV, de 1643 a 1715, hubo cuarenta y seis de guerra, a lo que se añade la Fronda, insurrección organizada que no perdonó a ninguna región. El paso y la presencia de las tropas multiplicaban los robos, los pillajes, la tolerancia de todo género; favorecían los arreglos de toda naturaleza, a veces la indelicadeza: tal párroco de campo que escandaliza por su propensión al robo no hace, con frecuencia, más que ceder a las necesidades del momento, sin tener plenamente conciencia de faltar a la honestidad. Las mismas razones explican la frecuencia de la embriaguez; si el Languedoc y la Provenza, países de viñedos conocen una extensión del alcoholismo es porque estas provincias constituían zonas de etapas para las tropas que iban a combatir en España o regresaban de allí. Se constata asimismo un ascenso inquietante de la prostitución, sobre todo en las ciudades y más especialmente en los puertos: a finales de siglo XVII, Marsella, poblada de 50.000 habitantes, conocía de continuo, en sus instancias contenciosas, unos 3.000 asuntos de costumbres referentes a personas de los dos sexos. Uno de los objetivos de la Compañía del Santísimo Sacramento de Marsella fue luchar contra las mujeres públicas que corrompían a los sacerdotes, a los clérigos jóvenes o a los religiosos. Este desorden moral es, aquí también, favorecido e incrementados por un factor de orden institucional. En la Iglesia de Francia, todo descansaba sobre el beneficio que arriesgaba siempre salirse con la suya sobre el servicio; la ingerencia del poder secular más preocupado por un interés profano que por el ideal espiritual, era suficiente para comprometer todo el mecanismo eclesiástico; las intervenciones de Mazarino lo ilustran con abundancia. Así por profunda que haya podido se la reforma aplicada por los obispos, no es suficiente nunca para extirpar en su totalidad las carencias o los vicios del clero parroquial.
Por estos rasgos sociológicos y psicológicos del clero parroquial, en la primera mitad del siglo XVII –y a veces mucho más allá- sigue próximo a los laicos. No es raro que el sacerdote, formado de forma permanente pragmática por un párroco del pueblo no haya abandonado nunca la parroquia y tenga otro horizonte intelectual que el de los fieles. Si es beneficiario –caso frecuente- vive como su rebaño al ritmo de las estaciones y de los trabajos de la tierra; su influencia y su irradiación son ampliamente tributarias de su condición económica. Lo espiritual, en este dominio como en otros, permanece extrañamente imbricado en lo temporal.
No obstante los primeros decenios del siglo marcan el comienzo del renacimiento: es el momento de las grandes reformas monásticas; una extraordinaria floración de casas religiosas –abadía renovadas colegios, prioratos o modestos conventos- se extiende por todo el reino; gracias a la asamblea del clero de 1615, los decretos conciliares impregnan la pastoral. Pero es sobre todo después de 1650, con la multiplicación de los seminarios, con la difusión de las grandes obras teológicas o espirituales –las de Bérulle, de Condren, del Sr. Olier- cuando el sacerdote se distinguirá de la masa de los laicos y adquirirá sus rasgos específicos en el espíritu tridentino.






