«(…) vuestros padres fueron probados para ver si en verdad temían (…) a Dios. Abraham (…) a través de la prueba llegó a ser amigo de Dios.
(…) y todos aquellos que fueron gratos a Dios fueron probados con muchas tribulaciones y se mantuvieron fieles» (Jdt 8,26).
Introducción
El 30 de julio la Iglesia celebra la memoria litúrgica del dies natalis de San Justino de Jacobis, más conocido como abba Yaqob Mar-yam (1800-1860),1 que se identificó con el reservado y orgulloso pueblo abisinio, hasta el punto de asumir su herencia cultural y de vivirla desde dentro, personalizando las geniales intuiciones y las sabias adaptaciones que han hecho de este pueblo hoy, una de las comunidades cristianas más originales y mejor inculturadas de África.
Este singular hijo adoptivo de Abisinia2 abrazó y acogió todo lo que de válido y bueno se encuentra en la prestigiosa tradición de la Iglesia Ortodoxa, hermana-gemela de la Iglesia de Roma, que tiene «la preocupación por todas las Iglesias» (2 Cor 11,28), las cuales a su vez la miran como a «la que preside en la caridad».3 Desde el inicio de su apasionada diakonía misionera Justino de Jacobis adoptó el rito ge’ez y compartió la vida sencilla pero auténtica del pueblo abisinio. Organizó residencias en diálogo atento con los notables del lugar y en respetuosa sintonía con el ambiente sociocultural que le había acogido. Fundó escuelas abiertas a todos en las que, además de las materias de cultura general, se aprendían las antiguas disciplinas de la casi bimilenaria tradición cristiana abisinia. Teniendo que trasladarse de continuo, debido a su peculiar ministerio apostólico, Justino de Jacobis organizó un «seminario itinerante» que lo seguía y en el que enseñaba a campo abierto nociones de pastoral práctica,4 impregnada de una inagotable capacidad de escucha y de cercanía a la gente pobre y sin prestigio. Los seminaristas no disponían para el estudio de páginas ilustradas, sino de pobres papeles mudos y deshilachados tomados de los antiguos códices en ge’ez, ni de las silenciosas y austeras aulas escolásticas, sino del ejemplo concreto de Justino de Jacobis, convertido en libro viviente y en ejemplo de coherencia evangélica para el amado pueblo abisinio.
En 21 años de intensa vida misionera Justino de Jacobis, con su corazón libre de prejuicios, deseoso de establecer relaciones fraternas y amistosas, recibió a hombres y mujeres provenientes de todas las clases sociales, pero sobre todo a los monjes y sacerdotes autóctonos: «Muchos sacerdotes y monjes me visitan cada día».5 En el grupo de estos últimos, acogido como un don anticipado de comunión entre dos tradiciones, la de oriente y la de occidente, por la vida íntegra, la validez de la doctrina6 y la búsqueda jamás satisfecha de la verdad, emerge nítida la figura de Ghebra Miguel,7 hijo auténtico de esta tierra y uno de los representantes más ilustres de la tradición ortodoxa abisinia.
Perfil biográfico8
Ghebra Miguel (siervo de Miguel) nació en 1791 en Dibo Didana Mehrat, en la región de Gogam, situada al este del Nilo azul. Su padre fue un tal Ato Akilo, mientras que el nombre de su madre nos es todavía desconocido. Muy perspicaz desde niño, manifestó una fuerte inclinación natural hacia el estudio. Tras una grave enfermedad de los ojos, siendo todavía adolescente, perdió el ojo izquierdo. A los 25 años, siendo ya un hombre maduro, ingresó en el monasterio de Martula Maryam, donde hizo la profesión monástica. Durante cerca de un año vivió como eremita retirado, siguiendo la más rígida observancia de la tradición monástica abisinia. No satisfecho con la verdad encontrada, se fue al monasterio de Dabra Mosa (la montaña de Moisés) para dedicarse al estudio del «Mashafa Manakosat» (el libro de los monjes). De aquí se trasladó a Gondar, no lejos del lago Tana en la región de Beghemeder, uno de los mejores centros culturales de Abisinia, donde vivió durante once años. Aquí no solo se dedicó al estudio del «Mashafa Manakosat», sino también del «Mashafo buruk zadarasa Abu Saker» (el libro santo compuesto por Abu Sakir).9
La maravillosa y comprometida peregrinación terrena de Ghebra Miguel se llevará a cabo al calor de una fatigosa pero interesante búsqueda de la verdad. Un camino caracterizado por la búsqueda siempre inacabada, por la alegría íntima del hallazgo de la verdad, por el avance de su encarnación en lo humano concreto y por su heroico testimonio de Cristo.
Escuelas cristológicas
La disputa que más agitó y condicionó a la Iglesia Ortodoxa abisinia fue la vetusta y compleja cuestión cristológica.10 Las escuelas cristológicas abisinias eran tres: Karra, Qebat y Yesegga Lig; todas admitían la deificación de la naturaleza humana del Verbo, pero no estaban de acuerdo entre ellas en cuanto al modo. Para los Karra y los Yessegga Lig la deificación de la naturaleza humana del Verbo se produjo por la unión de la naturaleza divina con la humana, mientras que para los Qebat la deificación de la naturaleza humana se produjo por la unción del espíritu Santo. Para los Karra y los Quebat las funciones y características peculiares de la naturaleza humana del Verbo fueron anuladas por la unión de las dos naturalezas. Para los Yessega Lig, por el contrario, la naturaleza humana del Verbo permanece distinta y por lo tanto separada de la divina. Las tres escuelas cristológicas admitían la filiación natural y no adoptiva, como lógica consecuencia de la deificación de la naturaleza humana del Verbo.
Para la escuela cristológica del Karra la deificación se produjo mediante la unión de las dos naturalezas. Esta escuela afirmaba que el Verbo es quien unge, el ungido y la unción (el término técnico en ge’ez es Wald qeb’e), uniendo de esta manera en sí la naturaleza humana de su persona distinta, deificándola en sentido propio. Para los adeptos a la escuela cristológica del Qebat, la deificación de la naturaleza humana del Verbo se produjo mediante la unción del Espíritu Santo. En el ámbito de la Trinidad del Padre es quien unge, la naturaleza humana es ungida y el Espíritu Santo es la unción, esta última entendida como la inhabitación del Espíritu Santo en el Verbo. Por el contrario, para los seguidores de la escuela del Yesegga Lig, en el ámbito trinitario el Espíritu Santo es la vida del Verbo, mientras que en orden de la naturaleza humana es don. Los Mamberan de esta escuela teológica afirman que el Padre es quien unge, la naturaleza humana es ungida y el Espíritu Santo es el ungüento.
Otro argumento muy discutido se refería al número de nacimientos de Cristo. Los adeptos al Karra y al Qebat atribuían a Cristo dos nacimientos: el nacimiento del Padre desde toda la eternidad y el nacimiento de María en Nazaret en el tiempo y la historia. Los seguidores de la escuela Yessegga Lig, por el contrario, sostenían tres nacimientos: del Padre, de la Virgen María y del Espíritu Santo, mediante la unción recibida por la naturaleza humana, por la que Cristo pasó a ser el primogénito de todas las criaturas (cf. Rom 8,29; Col 1,15-18). Ghebra Miguel se había adherido serenamente a esta última escuela teológica, aunque no estaba de acuerdo con todos y cada uno de sus puntos de vista. Muy exigente consigo mismo, más que con los demás,11 se entregó de lleno al estudio del Haymanota Abaw12 (Fides Patrum), aunque esto no dio respuesta a sus interrogantes más íntimos. Se adentró en una profunda crisis personal, que lo condujo a una situación de dolorosa soledad interior, debida a su insaciable sed de Dios: «Hazme conocer a Aquel que ama mi alma; pues estoy herido de tu amor» (cf. Ct 3,2-4; 4,9; 5,8.16; 6,3; 7,11). Se trata de aquella «interminable aridez interior» que afecta sólo a las almas más elevadas y que en esta tierra jamás podrán encontrar una satisfacción completa: «A ti extiendo mis manos, estoy delante de ti como tierra reseca» (Sal 143,6). Estas almas buscarán siempre la fuente y, una vez hallada, beberán con avidez, y aun bebiendo siempre tendrán sed. Saciando la sed, anhelarán con ardor inextinguible a Aquel del que siempre tendrán mayor sed, aunque beban sin interrupción: «Tú nos has creado para Ti, oh Dios, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti».13
En la vida del hombre a la visión contemplativa del bien sigue siempre la lacerante dificultad del cómo concretamente alcanzarlo; este es el desajuste entre el exaltante momento intuitivo que ve con lucidez y el atormentado momento discursivo que obra con lentitud y fatiga. Debido a su inquietud intelectual, Ghebra Miguel decidió no participar más en ninguna de las susodichas escuelas cristológicas, sino limitarse a aceptar exclusivamente la verdad rigurosa contenida en la sola Escritura.
Mendigo de la Verdad
La amarga desilusión debida a la enseñanza recibida de sus antiguos mamheran, divididos entre ellos y formados en posiciones contrapuestas, y la intensa sequedad interior lo llevaron a declararse mendigo de la Verdad:14 el amor es sed que busca con anhelo, es herida interior que cicatriza lentamente: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua» (Sal 63,1-2). Permaneció en los monasterios de Debre Barbare, Gundagudè, Debre Bigen, etc… sin dejar de consultar sus bibliotecas, explorando con avidez las páginas de cada libro y sondeando en profundidad la presencia discreta de Alguien que, silenciosamente, lo inhabitaba y que solo Él daba significado a la sabiduría contenida en aquellas palabras humanas. Ghebra Miguel comprendió que debía ponerse a escuchar religiosamente, a educarse en el discernimiento de la Palabra, a escoger entre las tradiciones subjetivas y objetivas, a decidirse por la acogida responsable de la Verdad y someterse a la obediencia purificadora. Con el correr del tiempo, el monje, transformado por el Espíritu en un auténtico cooperador de la Verdad, comprendió que los libros eran útiles, pero que solos no bastaban. Por eso decidió recorrer los lugares en los que Jesús había vivido y había muerto;15 se hacía necesario remontar hasta las fuentes de la Verdad.16 Así pues, se puso en camino hacia el puerto de Massawa, a donde llegó en noviembre de 1840. Aquí, después de esperar en vano durante cincuenta días a que una nave lo llevara a Tierra Santa,17 le llegó una orden terminante del dagiyat (general, gobernador de una provincia) Webe. Ghebra Miguel debía formar parte de una importante delegación, encabezada por Justino de Jacobis, con dirección al Cairo para obtener del Patriarca de la Iglesia Copta ortodoxa un Abun para Abisinia, del que estaba desprovista hacía ya 13 años. El 17 de febrero de 1841 la nave que transportaba la delegación zarpó de Massawa hacia el Cairo. Durante la travesía, en diversas ocasiones, Justino de Jacobis logró que Ghebra Miguel se fuera desembarazando de sus dudas y búsquedas continuas. Justino le habló de la centralidad y de la importancia de la conciencia, que es apertura sin reservas a la Verdad, que tiene una relación intrínseca con la Verdad y que es escucha ininterrumpida de la Verdad. También llegó a insinuarle que la conversión personal jamás termina del todo, porque jamás termina el sí que el cristiano da al Dios de Jesucristo.
Llegados al Cairo en mayo de 1841, se dirigieron al anciano Patriarca Copto Abuna Petros quien, después de algunos días de reflexión, designó a abba Andreas, monje egipcio con poco más de veinte años de edad,18 nuevo Abun de Abisinia. El 24 de mayo siguiente fue consagrado obispo tomando el nombre de Salama (pacífico), tercer Abun con este nombre, que era todo un programa, difícil de llevar adelante, vista la situación real en la que se encontraba Abisinia.
Justino con anterioridad había convenido con Webe que la delegación, una vez llevada a cabo su misión en Egipto, proseguiría su viaje a Roma y después marcharía en peregrinación a Tierra Santa, todo esto antes del retorno definitivo a Abisinia. Una vez recibidas las autorizaciones, el 17 de julio de 1841 los delegados abisinios zarparon de Alejandría de Egipto con dirección a Roma, a donde llegaron en la noche del 12 de agosto. El 15 siguiente, solemnidad de la Asunción, la delegación de notables abisinios fue invitada a participar en el solemne pontifical celebrado en la patriarcal basílica de Santa María la Mayor en presencia de Gregorio XVI. El 17 de agosto el Papa recibió cordialmente a los miembros de la delegación en su residencia de verano de Monte Cavallo (hoy Quirinal). Gregorio XVI, que había sido Prefecto de Propaganda Fide, dialogó con ellos sobre las misiones, mostrando vivo interés por sus informaciones. En esta ocasión le fue presentada una carta del dagiyat Webe. En la segunda audiencia papal, tenida en el Quirinal el 29 de agosto siguiente, Gregorio XVI entregó a los representantes oficiales de la delegación abisinia19 la respuesta a la carta de Webe, acompañándola con generosos regalos a él destinados.
Los abisinios dejaron Roma el 12 de setiembre de 1841 y, después de hacer una breve visita a la comunidad de Vergini, en Nápoles, donde Justino anteriormente había sido estudiante, después formador y finalmente en 1838 superior: «La diputación de los grandes de Abisinia»20 fue recibida en audiencia por el Rey Fernando II (1810- 1859). El 5 de octubre embarcaron en Nápoles con dirección a Egipto, desde donde proseguirían el viaje a los santos lugares. Durante todo el tiempo de su estancia en la patria de Cristo fueron huéspedes de la «(…) caridad de los muy encomiables Padres de Tierra Santa»;21 «la gratitud me obliga a hacerle saber que los PP. de Tierra Santa lo mismo en Jerusalén que en Alejandría nos han tratado con suma consideración y deferencia».22 En las basílicas constantinianas de Jerusalén y de Belén Justino de Jacobis celebró la eucaristía en la que participaron todos los peregrinos: «A gusto hubieran permanecido en Jerusalén durante un año, si prudentemente su guía (…) no les hubiera solicitado la vuelta a su patria».23
El 15 de diciembre de 1841 los peregrinos dieron el adiós definitivo a Tierra santa y, aunque muy a su pesar, emprendieron el camino de retorno. Estas dos peregrinaciones a Roma y Palestina, resultaron en verdad más eficaces que un curso de teología. El 12 de enero de 1842 llegaron al Cairo, en donde hicieron una visita de cortesía al Patriarca Petros. En esta ocasión Ghebra Miguel obtuvo de él un documento oficial en el que le autorizaba para enseñar la doble generación de Cristo, eterna y temporal, y su unción por obra del Espíritu Santo. En la capital egipcia supieron que abuna Salama, contrariamente a la promesa hecha de esperarles para viajar juntos de vuelta a Abisinia, había partido ocho meses antes, en junio de 1841.
Rendirse sólo ante la evidencia
Para promover la unidad del la fe entre sus correligionarios, consciente del grave peligro al que se exponía, Ghebra Miguel marchó a Godar para entregar a abuna Salama el documento acreditado del Patriarca Petros, en el que le autorizaba enseñar, como credo oficial de la Iglesia abisinia, la definición doctrinal sobre la verdadera naturaleza del Verbo: «Nosotros creemos que Cristo ha recibido la unción del Espíritu Santo». Para salvarlo de la cólera del Abun tuvo que intervenir personalmente la emperatriz Menen Leben Amede (1840- 1853). El clamoroso fracaso de su plan y la amarga desilusión que le siguió llevaron al monje a dar el paso crucial que andaba madurando y en el que ya había pensado tiempo atrás.
El amor y la búsqueda de la verdad en Ghebra Miguel caminaron al unísono con el amor y la búsqueda de la verdadera Iglesia de Jesucristo. Rodeado de silencio, permaneció a la escucha y fue así como su actitud interior le posibilitó reconocer la Verdad. Cuando comprendió con toda claridad que el catolicismo era el resultado natural y el complemento legítimo de la doctrina cristiana vigente en la antigua Iglesia de los orígenes, Ghebra Miguel decidió entrar en la Iglesia Católica.
En setiembre de 1843 Ghebra Miguel se trasladó a Adwa, donde, después de cinco meses de profunda reflexión, en febrebro de 1844 Justino de Jacobis, radiante de gloria, lo recibió en la pequeña comunidad de católicos de aquella misión. El viejo mamher fue acogido en el humilde redil de Cristo, atestiguando sin lugar a duda que la conciencia abierta inevitablemente le condujo a dicha situación. Desde aquel preciso instante su existencia quedó indisolublemente ligada a Justino de Jacobis, padre previsor y seguro guía espiritual.
Colaborador capaz y leal
En mayo de 1844 Justino de Jacobis, acompañado por el hermano Abbatini y asistido por sus colaboradores abba Ghebra Miguel y abba Melkisedeck, inició un giro de reconocimiento del Tegray para fundar una nueva misión. Después de muchas indagaciones, finalmente el 10 de diciembre de 1844 en Gwada, la región de Agomè, Justino adquirió un terreno propiedad de los Iros Bocnéito24 para erigir la misión. Para la adquisición de aquel terreno resultó ser decisiva la mediación de sus sacerdotes autóctonos: «Lo que jamás hubieran concedido a de Jacobis, lo ofrecían gratis a los hijos de su tierra».25 Aquí en junio de 1845 Justino de Jacobis inauguró el Colegio de la Inmaculada Concepción que servía de seminario y de escuela para los jóvenes de la zona. A Ghebra Miguel le fue confiada la tarea de enseñar a los seminaristas, tarea por la que sentía muy fuerte inclinación: «El Señor le llenó del espíritu de Dios para tener sabiduría, inteligencia y ciencia en toda clase de actividades, para concebir proyectos y llevarlos a cabo (…) y para realizar toda clase de trabajos ingeniosos. Le puso en el corazón el don de la docencia (…)» (Ex 35,31-34). Las palabras de buen auspicio del Apóstol Pablo a su predilecto discípulo Timoteo se pueden sin duda aplicar a Ghebra Miguel como si éstas vinieran del corazón mismo de Justino de Jacobis: «Vela por ti mismo y por tu enseñanza; sé perseverante: obrando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen» 1 Tm 4,16). La Verdad, Luz de la mente, pide al corazón seguirla y así llega a ser una fuerza secreta; de esta manera la conquista fatigosa de la Verdad se traduce en práctica coherente de la Caridad. Ghebra Miguel comprendió que el hombre no se siente satisfecho sólo con los conocimientos, pues necesita amar, es decir, comunicarse positivamente y proponer cuanto conoce: por este camino se torna sabio, logrando una síntesis vital entre la verdad y la virtud y contribuyendo de esta manera a la renovación real de la sociedad en la que uno vive.
Gwala, debido a su feliz ubicación y al seminario diocesano, con el paso del tiempo llegaría a ser el centro de irradiación de la actividad apostólica de Justino de Jacobis y de los misioneros vicencianos. Después de la fundación de Gwala le tocó la vez a Alitiena, en la parte oriental de Aganè.
Primera detención
Abba Ghebra Miguel tomó la decisión de amar a Dios sobre toda otra cosa y de seguirlo sin reserva, asumiendo por lo mismo la responsabilidad misionera de su fe y entregándose al ministerio apostólico, sin dejar de preguntarse de continuo sobre el misterio de la salvación; además de esto reconoció que el dogma era imprescindible, rechazando con decisión la reducción de la fe cristiana a un simple sentimiento religioso.
En el nuevo seminario de Gwala, a causa de las continuas discordia internas, no se encontró a gusto, por eso pidió y obtuvo el permiso para ir a Gondar a fin de emprender una intensa y sistemática obra de apostolado, asistido en esto por abba Teklé Ghiorghis y por el laico Amariè Kenfir. Abuna Salama, informado en secreto sobre el paso de los tres misioneros por Adwa, los hizo arrestar y llevar a prisión, en la que permanecieron setenta días. Las condiciones de la detención fueron particularmente ásperas para Ghebra Miguel, quien contrajo una dolorosa enfermedad de la que nunca se repuso. Justino de Jacobis se sintió fuertemente afectado por la noticia del encarcelamiento de sus fieles colaboradores, pero al mismo tiempo prosiguió con orgullo sus tareas precisamente porque los suyos habían soportado con éxito la prueba por amor a Jesucristo. Los detenidos hubieran ciertamente muerto si el dagiyat Webie no hubiera intervenido para liberarlos. Una vez en libertad, volvieron a Alitena donde la pequeña comunidad de católicos, guiados por Justino, los acogió como a intrépidos confesores de la fe.
Ordenación sacerdotal
La dura prisión de Ghebra Miguel, la brutal devastación de la misión de Gwala y la creciente inseguridad en la que se hallaba la comunidad católica, hicieron que Justino (entre tanto ordenado Obispo por Mons. Gugliemo, O.F.M.Cap., el 7 de agosto de 1847 en Massawa) promoviera al presbiterado al anciano mamber que tenía 51 años. El 1 de enero de 1851, en la iglesia de Alitiena, «a título de pobreza religiosa de la orden de San Antonio Abad»26 Ghebra Miguel recibía las órdenes mayores y el sacerdocio: `(…) me atrevo ingenuamente a confesar que yo estoy orgulloso de esta ordenación, aunque no sabría decir con precisión con qué clase de orgullo (…) hoy me siento contentísimo de haberlo ordenado y de que haya sido el primero de los ordenados por mí».27 Mientras tanto la situación continuaba deteriorándose, especialmente en la región de Agamè, por eso Justino decidió trasladarse más al norte, hacia Akkalaguzay, que parecía garantizar mayor seguridad y libertad de acción. Como base fue escogida Halay, situada en un vasto y bello altiplano. En efecto, Halay, que se encuentra entre Saganeiti y Addi Caieh, ofrecía la posibilidad de expansión misionera, cosa que el angosto y árido valle de Alitiena no podía hacerlo.
En la organización de la misión y en la distribución del personal misionero que la gravedad del momento imponía, se decidió que el P. Biancheri, Ghebra Miguel y abba Tekle Haymanot, de Adwa28 fueran a la tan necesaria y difícil avanzadilla misionera en Gondar. Aquí Ghebra Miguel reanudó su ministerio, ya desempeñado en el pasado, aunque con resultados más modestos. Sin embargo, tuvo la alegría de acoger en la Iglesia Católica a su antiguo discípulo el Negus Johannes III, secundado poco después por tres monjes.
Los escrúpulos de Justino de Jacobis y la humildad de Ghebra Miguel
Teniendo serias y fundadas dudas sobre la validez del bautismo de Ghebra Miguel, Justino había decidido administrarle todos los sacramentos bajo condición. Para el obispo se trataba de un gran peso que quitaba de su conciencia, pero para el anciano «pseudo-presbítero» un gran gesto de humildad y de obediencia. Dejado Halay el 17 de febrero, Justino de Jacobis llegó a Gondar el 4 del mes siguiente.29 Al salir de Halay tuvo el presentimiento de caminar al encuentro de peligros jamás afrontados anteriormente y de estar ya cerca de la prueba suprema de su fidelidad a Cristo y a la Iglesia (cf. Mt 10,39; 16,25; Mc 8,35; Lc 8,35; Jn 12,25; 15,13). Para que nadie se percatara de su presencia en la ciudad, Justino entró a Gondar cerrada la noche, acompañado por su fidelísimo discípulo Teklè Haymanot, de Gwada. Después de administrar el bautismo y la ordenación sacerdotal a Ghebra Miguel,30 Justino decidió quedarse en Gondar a la espera de que se decantase la situación y que los ánimos un tanto exaltados se calmaran.
La rendición de cuentas
El acceso al poder de Kassa Haylú, futuro emperador Tewodres II (1855-1868), fue rápido y sus conquistas militares múltiples y fulminantes. En Abisinia no era posible la conquista del poder político sin el apoyo de la autoridad religiosa. De tal manera que Kassa y abuna Salama se necesitaban mutuamente. La hora de la venganza tan esperada por el Abun había por fin llegado. Años atrás, echado del poder debido a cálculos políticos y al oportunismo religioso, volvía ahora triunfal, llamado por el poderoso y muy temido Negus Neghest (el Rey de los Reyes).
El 4 de julio de 1854 Kassa y abuna Salama se encontraron en Gondar para abolir todas las escuelas cristológicas e imponer a todos la creencia en la sola naturaleza divina de Cristo. Un edicto imperial obligaba a los sacerdotes de todas las iglesias y a los monjes de todos los monasterios a presentarse ante el Abun para hacer en su presencia el juramento de adhesión a la posición oficial de la Iglesia. El 25 de julio fue el día fijado para la solemne ceremonia pública. Para el Abun esta era la ocasión ideal para reafirmar su autoridad, mientras que para Kassa esta era una buena oportunidad para deshacerse de una vez por todas de musulmanes y católicos. En la tarde del 25 de julio Justino de Jacobis y todos los que se encontraban junto a él fueron arrestados y encarcelados. Justino fue trasladado a una prisión aparte, mientras que los demás fueron encadenados de dos en dos y brutalmente torturados, para que admitieran el único credo. El 28 de julio a Ghebra Miguel le fue aplicado el ghend.31 Todas las tentativas de Justino para unirse a los prisioneros fallaron. Su separación había sido querida expresamente a fin de que el frenji no incitara a los demás a resistir. El cruel suplicio infligido a los prisioneros tuvo gran resonancia incluso en la opinión pública. Mons. Massaja, Vicario Apostólico de Galla, escribió en términos de admiración y de dolor al Papa Pío IX, quien a su vez envió un Breve pontificio a Justino, animando lo mismo a él que a los demás prisioneros a permanecer fieles en la fe.
El 27 de noviembre e 1854 Kassa y Salama decidieron expulsar del imperio a Justino. Para estar seguros de que se cumpliera la orden, una escolta armada lo acompañaría hasta la frontera del Sennar con Sudán, desde donde retornaría a Italia, su patria de origen.
La prueba suprema
Los enemigos de Tewodros, uno tras otro, habían cedido ante su fuerza irresistible. A este caudillo invencible le resistía un hombre diminuto y esquelético, desarmado del todo: Ghebra Miguel. Era necesario doblegarlo a toda costa y eliminarlo de una vez para siempre. El 14 de marzo de 1855 Tewodros había convocado una solemne asamblea de notables, de clero y pueblo, frente a la cual el monje debería finalmente rendirse. Tras el enésimo rechazo, el emperador ordenó que el monje entrado en años, arrogante y terco, fuera azotado con una jirate-kechine (cola de caballo), formada con crines cortantes como las hojas afiladísimas de las navajas de afeitar: «Un fuerte látigo con el que los abisinios hacen andar a los bueyes amarrados al arado».32 Los efectos de la flagelación pública, de un cuerpo frágil y duramente probado, fueron tan devastadores que se temió por su vida.
El castigo decidido por el emperador siguió su curso durante dos horas, pero no consiguió plegar la férrea voluntad del monje, sostenido por una fe inquebrantable. Esta hiriente derrota moral para Tewodros y para abuna Salama era más dolorosa que una derrota político-militar o un cisma. Dado que el emperador debía partir para una nueva y no última campaña militar, ordenó que Ghebra Miguel lo siguiese a pie y encadenado: «El corifeo de nuestros confesores, el esclarecido anciano Ghebra Miguel, en cadenas, es obligado a seguir al ejército».33 La marcha fue extenuante y dolorosísima para un cuerpo ya debilitado, pero en la lógica cristiana amar es darse siempre y darse es olvidarse de sí mismo.
El 29 de mayo de 1855 al lugar a donde había acampado Tewodros con su ejército llegó inesperadamente el nuevo cónsul inglés Walter C. Plowden. Después de un rápido cumplido de bienvenida, que disimulaba la contrariedad por la intrusión, Tewodros se vengó solicitando al cónsul que asistiera al interrogatorio de Ghebra Miguel, acabado físicamente pero moralmente victorioso. El emperador, tras rechazar el monje por enésima vez la aceptación el credo oficial, pidió a los jueces que emitieran una sentencia verdaderamente severa, que sirviese de aviso a todos los prisioneros. Los jueces acusaron al popular mamber de un crimen de lesa majestad, un delito que comportaba la pena capital. Esta sentencia iba más a allá de las previstas por el despótico Tewodros, que dio la orden a fin de que la sentencia fuera ejecutada de inmediato. El cónsul británico Plowden intervino a favor de Ghebra Miguel, pidiendo la conmutación de la pena capital por la cadena perpetua. Tewodros cedió de mala gana ante la petición, del todo inesperada, del cónsul. Plowden había conseguido su primer éxito diplomático y podía sentirse orgulloso, dado que jamás había sido derogada una orden perentoria del autoritario Tewodros.
Justino, informado de la inamovible firmeza de su amado discípulo, se alegró de verdad aunque le hubiera gustado permanecer junto a él para participar de las humillaciones y sufrimientos, si bien la muerte del corazón es a veces más lacerante e insoportable que el más agudo de los dolores físicos. Ante la imposibilidad de trasladarse Justino le hizo llegar breves mensajes y pequeños y concretos gestos de solidaridad: «Saludos a mi amigo de siempre y nuevo sacerdote Ghebra Miguel».34
Nadie ha contado jamás los últimos momentos de Ghebra Miguel, por eso mismo tomamos prestado de los «gesta martyrum» del pasado un relato semejante y afín por su situación y dramaticidad: «Encadenado por Cristo Jesús, espero saludaros, si la voluntad de Dios me considera digno de alcanzar la meta. Pero temo que vuestro amor me sea perjudicial si habláis a la autoridad a mi favor. Para vosotros resulta fácil obtener lo que queréis, mas para mí sería difícil alcanzar a Dios, si no tenéis compasión. No quiero que vosotros agradéis a los hombres, sino sólo a Dios. De hecho, ya le sois gratos. Yo jamás tendré una oportunidad como esta para alcanzar a Dios; y vosotros aunque calláis jamás podréis suscribir una obra mejor. Si calláis yo llegaré a ser palabra de Dios, pero si tenéis piedad de mi carne, de nuevo no seré más que un sonido vacío. Permitidme esto: que yo sea inmolado a Dios, pues el altar está listo; sólo entonces, unidos en el amor, a una sola voz cantaréis himnos al Padre, en Cristo Jesús, porque Dios se ha dignado poner su mirada sobre este pobre monje de Abisinia, llamándolo de Oriente a Occidente. Es hermoso para mí pasar desapercibido, lejos del mundo, para renacer en Dios. Cuando el mundo no vea más mi cuerpo, entonces seré discípulo de Cristo. Ahora encadenado aprendo a no desear cosa alguna (…). Debido a los malos tratos de los soldados, paso siempre a ser mejor discípulo (…) ¡ Que el fuego, la cruz, las fieras, los tormentos, las heridas, los desgarros, las dislocaciones, las mutilaciones, la destrucción de todo el cuerpo y los más mortíferos tormentos del demonio, vengan sobre mí, para que yo encuentre a Jesucristo! (…) Busco a Cristo que murió por mí; quiero al que resucitó por nosotros. El momento en el que seré dado a luz es inminente».35
Ghebra Miguel no se tenía en pie debido a la debilidad causada por la larga detención y a los crueles suplicios. No lograba moverse ni muchos menos caminar. «El que todavía sigue condenado, nuestro incomparable veterano en años y valor, Ghebra Miguel, permanece en su heroísmo milagroso«.36
En Tchiretcha-Ghebala, frontera con el Vollo, el 28 de agosto de 1855, el heroico confesor de la fe concluía su larga e intensa vida. Tenía 64 años. Su martirio había durado 13 meses y 14 días, después de su segundo arresto. Fue inhumado en Berakit, cerca de una monumental piedra, queriendo de esta manera señalar sin pretenderlo el lugar de su reposo,37 a la espera de la resurrección final. Un gigantesco sicomoro abisinio extendía su sombra y sus ramas protectoras, para así perpetuar en el tiempo el amor paterno de Justino de Jacobis al mejor de sus discípulos y al fruto más preciosos y maduro de su apostolado en Abisinia., tierra santificada por los mártires y confesores de la fe: «Nuestros sacerdotes indígenas son perseguidos, encarcelados, llevados delante de Anás y Caifás (…). Nosotros moriremos con nuestros sacerdotes (…). Todos los que sufren aquí por la fe se encomiendan a sus oraciones«.38
En una extensa carta a su hermano Dom Giuseppe, monje profeso de la Real Cartuja de San Martín de Nápoles, Justino describe con acierto el martirio de Ghebra Miguel: «Nuestro admirable septuagenario Ghebra Miguel, que en 1841 fue conmigo a visitarte en nuestra cartuja; el primer sacerdote por mí ordenado en Abisinia; después de un año de durísimos castigos, sobrellevados por la fe; tras haber sido flagelado a muerte en los ojos e incluso en las partes más sensibles de su cuerpo, por cuatro hombres robustos, hasta el abatimiento de los verdugos, fatigados de tanto dar golpes; hasta la destrucción de los ojos del paciente y la recuperación milagrosa e instantánea, obligado a seguir a pie al tirano en la expedición, murió (…), encadenado (…). Recibida la palma del martirio por nuestro venerado sacerdote y consagrado protomártir de la fe restaurada en su país (…)».39
Al comunicar la noticia de la trágica muerte de Ghebra Miguel al Superior General de su Congregación el 29 de junio de 1858, a tres años de tan terribles sucesos, así se expresaba Justino de Jacobis: «A este retrato del mártir Ghebra Miguel,40 he añadido un epígrafe latino, en el que lo llamo seminarista de la Congregación. Él no era en realidad sino postulante, porque su tiempo de vocación no podía contarse sino desde el momento de comenzar su seminario interno; ahora bien, en aquel momento se encontraba ya en prisión; no obstante pertenecía ya de corazón a la Congregación».41 En otra carta se expresa en los términos siguientes: «(…) el mártir Ghebra Miguel, nuestro mártir».42
Tomando prestadas las palabras que San Juan al Ángel de la Iglesia de Tiatira en la grandiosa visión que tuvo en la isla de Patmos, las podríamos aplicar a Ghebra Miguel, pues son un acertado balance de su existencia, fecunda en bienes y capaz de dar un testimonio supremo: «Conozco tus obras, la caridad, la fe, el servicio, la constancia y sé que tus últimas obras son mejores que las primeras» (Ap 2,19). En nombre de la Iglesia, madre y maestra de todas las gentes, el Papa Pío XI (1922-1939) reconoció las virtudes heroicas y el martirio ^in odiun fidei^ de Ghebra Miguel, beatificándolo el 3 de octubre de 1926. Este pronunciamiento autorizado del magisterio nos indica que «la Iglesia sigue a Cristo de manera especial en la persona de aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte».43 Se trata de la suerte común que han corrido los mártires de dos mil años a esta parte: «Aman a todos y por todos son perseguidos. Son entregados a la muerte, pero reciben la vida (…) Son despreciados, pero en el desprecio encuentran su alegría. Son perjudicados en su fama, mientras que dan testimonio de su justicia. Son injuriados y bendicen, son tratados ignominiosamente y corresponden con honor. Aun haciendo el bien, son castigados como malhechores; y cuando son castigado se alegran como si les dieran la vida (…). Pero cuantos les odian no saben explicar el motivo de su enemistad (…); los cristianos aman a quienes les odian (…), los cristianos llevados al suplicio, crecen en número cada día».44
Jesús afirmó con insistencia en diversas ocasiones: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,5); más aún: «Quien tiene al Hijo, tiene la vida; quien no tiene al Hijo de Dios, no posee la vida» (1 Jn 5,12). Estas afirmaciones son signo de una inaudita audacia y contradicción. Quien reconoce a Jesús llega a ser discípulo, pero quien lo desconoce se sitúa lejos del camino que lo conduce a la Verdad y, esto supuesto, a la Vida. Jesús murió en la cruz a fin de que esta búsqueda fuera coronada con éxito. Pero el drama no terminó con Jesús. Continúa todavía en sus discípulos: «El siervo no es más que su señor» (Jn 15,20); por eso «(…) os expulsarán de las sinagogas e incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios» (Jn 16,2). Se comprende la promesa del Defensor, que Cristo pedirá al Padre para los suyos (Jn 16,26). Su misión no consiste tanto en inspirar a sus discípulos el modo de defenderse ante los tribunales de los hombres (cf. Mt 10,20), sino de preservarlos cuando su fe sea puesta a prueba. Ante la hostilidad del mundo, los discípulos de Jesús serán motivo de escándalo, sentirán la tentación de disertar y experimentarán la duda y el desaliento. Será en este preciso momento cuando intervendrá el Espíritu de la Verdad. Él dará testimonio de Jesús en lo profundo del corazón de los discípulos, los confirmará en la fe y les invitará a permanecer fieles en la prueba. De este modo, también ellos «darán testimonio» de Jesús, justamente como supo hacerlo Ghebra Miguel, testigo fiel de Cristo en Abisinia. El rico intercambio de dones entre la Iglesia de Roma y la antigua Iglesia de Abisinia tuvo felizmente lugar con San Justino de Jacobis y el Beato Ghebra Miguel. Hoy la Iglesia de Abisinia respira ya con dos pulmones, simbolizados por la dos ricas tradiciones, la de oriente y la de occidente, encarnadas en estos dos autorizados testigos de la fe. A los vicencianos y a la Conferencia Episcopal de Eritrea, nosotros, cristianos de occidente, les pedimos que retomen con determinación el iter canónico en orden a conseguir la tan deseada canonización del Beato mártir Ghebra Miguel para que, así como fueron amigos cercanos en vida (..), como unidas están nuestras almas en una misma fe y en la caridad (…),45 así ayuden a las dos Iglesias hermanas-gemelas, de Roma y Abisinia, a ver una sola Iglesia en Cristo Jesús (cf. Jn 17,21 ss.). Este es también, y no podía ser de otra manera, el deseo de Justino de Jacobis: «Intentemos, pues, hacer cuanto podamos con la ayuda de Dios a fin de que, cerrada una herida referente a la fe autentica, no se abra otra (..), no menos pestífera y mortal que la primera».46 Para concluir «(..) sobre la necesidad de reunirse en un solo redil bajo la mirada de un solo Pastor (..)»,47 así comenta Justino: «¡Qué feliz día! ¡Cómo deseo verlo! Bienaventurados los ojos que lo verán ( ..)».48
El Padre santo, amado por todos los abisinios católicos y no católicos, para un día ver llegado el tiempo de la comunión tomará prestados nuestros ojos. Estos nuestros ojos, si queremos, podrán presenciar la provocadora, pero a la vez saludable, profecía del «Aetiopum semper servus».Una confirmación autorizada
Un deseo y una oración final
Ibid., 1116.






