El amor de Jesús para con su Padre y con los hombres

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Author: Antonino Orcajo .
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Tornamos de nuevo a Jesús de Nazaret, centro, razón y vida de los cristianos. Las explicaciones sobre el espíritu de Jesús proceden de la visión particular que tiene Vicente de Paúl de Cristo, el Mesías, del enviado para evangelizar a los pobres, del Hijo que guarda relaciones profundamente filiales con su Padre y encarna la perfección del amor de un Dios, Padre universal, «rico en misericordia» (Ef 2,4).

El «Padre de misericordia» (2 Cor 1,3) es «el Dios de todas las virtudes» —Deus virtutum—, fuente infinita de santidad. Jesús personifica ese amor y santidad del Padre, de suerte que quien le ve a él ve al Padre, y nadie va al Padre sino por él (cf. Jn 14,510); en él «reside la plenitud de la gracia» (Jn 1,16). Mediante la participación de este don, el creyente se configura con Jesucristo, que posee «las dos grandes virtudes, a saber, la religión para con su Padre y la caridad con los hombres». Ambas virtudes comprenden las íntimas disposiciones del alma de Jesús, su sicología más característica, su experiencia más profunda de Dios Padre y de los hombres.

El cristiano ha de revestirse de esta doble dimensión de la caridad si quiere ser seguidor fiel de un Jesús de Nazaret que compendió toda la Ley y los Profetas en el cumplimiento del amor a Dios y al prójimo (cf. Mt 22,40). Este amor único e indivisible,

«[…] tiene tanta fuerza y primacía que el que lo posee cumple todas las leyes de Dios, ya que todas se refieren a este amor, que es el que nos empuja a hacer todo lo que Dios pide de nosotros».

I. «La religión para con el Padre»

Vicente de Paúl contempla a Jesús de Nazaret en continua y estrecha relación con su Padre, de quien procede y a quien tiene que volver (cf. Jn 7,29-33); interpreta a san Juan a la luz de las enseñanzas de Bérulle, pero sitúa a Jesús en la aventura del amor, encarnado y muerto por la salvación de los hombres, no en los «estados» abstractos en que le coloca el Fundador del Oratorio de París, al menos durante el primer estadio de su majestuosa espiritualidad. Jesús permanece unido al Padre desde su entrada en el mundo hasta la muerte en cruz para llevar a cabo la obra encomendada de la salvación universal. Su íntima unión con el Padre se designa «religión». La religión practicada por Jesús está por encima de la Ley y del templo: es una expresión de la «justicia y santidad» divina.

Las actitudes fundamentales de adoración y reverencia, de conocimiento y amor, de obediencia y respeto, de aceptación y docilidad al plan divino de salvar al mundo, constituyen la norma del Nazareno. Todas juntas y cada una de ellas revelan la experiencia profunda de Jesús, que «abolió en su vida mortal la Ley de los minuciosos preceptos y creó en sí mismo una humanidad nueva» (Mt 12,6-7).

Jesús se declara «adorador del Padre en espíritu y verdad» (Jn 4,23-24). El culto inaugurado es un culto espiritual de ofrecimiento de sí mismo para hacer la voluntad del que le ha enviado.

Por eso al entrar en el mundo: “Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron… ¡He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad” (Heb 10, 6-7). Y más tarde dirá: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me ha enviado” (Jn 7,16; cf. 4.34). Se trata de un culto superior a la Ley y a los sacrificios rituales, contrapuesto a las antiguas u endurecidas normas, no ubicado en lugares ni en construcciones materiales, sino en el corazón, sede del conocimiento y dl amor. Envuelto en este contexto bíblico, Vicente se pregunta:

«¿Qué es el espíritu de nuestro Señor? Es un espíritu de perfecta caridad, lleno de una estima maravillosa a la divinidad y un deseo infinito de honrarla dignamente, un conocimiento de las grandezas de su Padre, para admirarlas y ensalzarlas incesantemente».

El Dios de Jesús, distinto de él pero cercano a él, es un Dios Amor, “un abismo de ternura”, en quien el Hijo pone toda su confianza sin que sea jamás defraudado. Llama a su Dios “Padre” –Abba- en los momentos más angustiosos de la vida (cf. Lc 12,27-28; 23-46), y enseña a sus discípulos a que se dirijan a Dios como Padre, que se revela como tal sobre todo a los sencillos y humildes (cf.Lc.10,21; 11,20). A María Magdalena le ordena poco antes de subir a los cielos: “Vete donde los hermanos y diles: “Subo a mi Padre y vuestro Padre, a Dios y vuestro Dios” (Jn. 20,17).

a) El conocimiento y amor de Jesús para con su Padre

El conocimiento que Jesús tiene del Padre es fuente de amor, y el amor le lleva, a su vez, a conocer más íntimamente la voluntad del que le envió. Todas las operaciones interiores y exteriores de Jesús proceden del acto indivisible de amor:

«Sus humillaciones no eran más que amor; su trabajo era amor, sus sufrimientos amor, sus oraciones amor… Su amor le dio un gran desprecio del mundo, desprecio del espíritu del mundo, desprecio de los bienes, desprecio de los placeres y desprecio de los honores».

El conocimiento y amor de Jesús hacia «las grandezas de su Padre», bondad infinita, poder ilimitado y sabiduría increada, se comunican a los discípulos, pues «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado» (Rm 5,5).

«El conocimiento que de Él tenemos, y que está por encima de todo conocimiento, debe bastarnos para apreciarlo infinitamente. Y este aprecio tiene que hacernos anonadar en su presencia y hacernos hablar de su suprema majestad con un gran sentimiento de humildad, de reverencia y de sumisión; y a medida que lo vayamos apreciando, lo amaremos más; y ese aprecio y amor darán un deseo continuo de cumplir siempre su santa voluntad».

Si el conocimiento es vía para crecer en el amor, la caridad es el cauce necesario para conocer al Padre. Testigos son los sencillos, que, amando mucho, conocen más a Dios que los sabios de este mundo.

b) La novedad del amor revelado en Cristo

El hombre sabe poco de Dios, pero sí le consta que «Dios es amor» (I Jn 4,8). «Hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia es en la conciencia de Cristo mismo la prueba fundamental de su misión de Mesías; lo corroboran las palabras pronunciadas por El mismo en la sinagoga de Nazaret y más tarde ante sus discípulos y ante los enviados de Juan Bautista». La revelación de este amor es novedosa y revolucionaria si la comparamos con los celos de los dioses del Olimpo y con el dios mismo de los judíos. Los dioses paganos caen en continuas aberraciones morales, y el dios de los judíos es justiciero, vengativo y legalista.

El amor de Dios Padre, revelado en Cristo, adquiere las notas de ternura y gracia, de misericordia y fidelidad en la historia de la salvación. Por medio de los Profetas, Dios se abre a una Alianza de amor, a pesar de las infidelidades, traiciones y pecados del Pueblo elegido. El amor compasivo y misericordioso del Dios predicado por Jesús alcanza las cotas más altas del perdón y de la ternura; es comparado, ya en el Antiguo Testamento, al amor de un padre y al de una madre que no se olvida del hijo de sus entrañas (cf. Is 49,15). Este Dios Amor «es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que abarca todos los bienes».

Pero es en la Nueva Alianza donde el Padre se revela como amor infinito y universal. Las Parábolas de la Misericordia expresan esa ternura y bien inabarcable que es Dios, autorrevelado en Jesús (cf. Lc 15). Las muchas curaciones y «signos» del Señor en la tierra confirman la Buena Noticia del Reino, abierto a todos, pero de manera particular a los pobres y marginados de la sociedad.

c) La experiencia del Espíritu en el amor

Amar es la razón de existir del hombre, «hecho a imagen y semejanza» de Dios Amor. Es cierto que el pecado desvió al hombre de su amor primero, pero Jesús restauró esa semejanza y la elevó, al revestirse de nuestra naturaleza y al darnos ejemplo de caridad hasta el extremo de morir en cruz por nosotros:

«Dios, al crearnos con el plan de exigir de nosotros esa agradable ocupación de amarle…, ha querido poner en nosotros el germen del amor, que es la semejanza, para que no nos excusásemos diciendo que no podríamos pagarle jamás».

La deuda del amor a Dios proviene de aquella primera «imagen y semejanza» con que el Creador ennobleció nuestra naturaleza y porque envió a su Hijo para que nos redimiera: «Por esto existe el amor; no porque amáramos nosotros a Dios, sino porque El nos amó primero a nosotros y envió a su hijo para que expiase nuestros pecados» (1 Jn 4,10). La consideración del amor con que el Padre nos previno proyecta esta reflexión de alcance apostólico:

«No se le cree a un hombre porque sea muy sabio, sino porque lo juzgamos bueno y lo apreciamos… Fue preciso que nuestro Señor previniese con su amor a los que quiso que creyeran en él. Hagamos lo que hagamos, nunca creerán en nosotros si no mostramos amor y compasión hacia los que queremos que crean en nosotros».

Por esta razón es necesario pedir al Padre que nos fortalezca interiormente con su Espíritu; así seremos capaces de atraer a los demás al conocimiento y amor del Evangelio y comprenderemos nosotros mismos lo que es anchura y largura, altura y profundidad, y lo que supera todo conocimiento, el amor de Cristo, llenándonos de la plenitud total, que es Dios (cf. Ef 3,14-19).

II. La caridad con los hombres

La caridad horizontal de Jesús se extiende a todos los hombres sin excepción, pero su misión traduce una opción preferencial por los marginados de la sociedad: publicanos, prostitutas, leprosos, enfermos, ignorantes… Con la palabra y las obras predica el amor, base de la nueva religión. Los atributos divinos, distintos del amor y de la misericordia, pasan a segundo plano en la experiencia de Jesús. De ahí que se dirija preferentemente a los humildes y pecadores. Su sicología está transida de amor compasivo y servicial:

«[…] sus sentimientos más íntimos han sido preocuparse de los pobres para curarlos, consolarlos, socorrerlos y recomendarlos; en ellos es en quienes ponía todo su afecto. Y él mismo quiso nacer pobre, recibir en su compañía a los pobres, servir a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el mal o el bien que les hacemos los considera como hechos a su divina persona. ¿Podía acaso demostrarles un amor más tierno a los pobres?».

La conducta de Jesús con los pobres seduce a todos los comprometidos con el mensaje evangélico. Ante una mirada de fe a Jesús sufriente es fácil explicarse la incomparable misión caritativa del misionero:

«Los misioneros deben estar llenos del espíritu de compasión, ya que están obligados por su estado y vocación a servir a los más miserables, a los más abandonados y a los más hundidos en miserias corporales y espirituales».

La miseria entraña el misterio de Cristo y del hombre, no es reducible a simples datos sociológicos, sino que contiene signos teológicos. El alivio de la miseria humana exige la misma disposición caritativa de Jesús, que vino al mundo para que tuviéramos vida (cf. 1 Jn 4, 9). «Hemos comprendido lo que es el amor porque aquél se desprendió de su vida por nosotros; ahora también nosotros debemos desprendernos de la vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16). El ejemplo de amor de Jesús al Padre es la razón primera y última del amor al prójimo. Vicente se lo recuerda a las Señoras de la Caridad:

“[…] Lo más importante es no tener corazón más que para Dios, ni más voluntad que la de amarle, ni más tiempo que para servirle. Si una se complace en su marido, es por Dios; si se preocupa de sus hijos, es por Dios; si se dedica a sus negocios, es por Dios”.

a) Los «estados» de la Misión y de la Caridad

Se ha repetido hasta la saciedad que san Vicente refleja el amor compasivo y misericordioso de Jesús con los marginados; al menos, ésa fue su intención como «padre de los pobres». Quiso, además, que su familia espiritual se distinguiera en la Iglesia por ese mismo espíritu de amor. En no pocas ocasiones manifestó su gozo, al comprobar que los llamados a la Misión y a la Caridad vivían en «estado» permanente de caridad con el prójimo. Por encima del significado jurídico que implicaba el término «estado», el Fundador advertía:

«La señal de amor a Jesús, el efecto o sello de este amor es lo que dice nuestro Señor, que los que le aman cumplirán su palabra. Pues bien, la palabra de Dios consiste en sus enseñanzas y en sus consejos… Según esto, el estado de la Misión es un estado de amor, ya que de suyo se refiere a la doctrina y a los consejos de Jesucristo; y no sólo esto, sino que hace profesión de llevar al mundo a la estima y al amor, de nuestro Señor».

El nombre de «Hijas de la Caridad» con que el pueblo ha bautizado a la Compañía significa que ellas pertenecen a la familia de Dios y obran con el mismo espíritu de Jesucristo, del que son un vivo reflejo en la tierra:

«¿Qué creéis que significa este hermoso nombre: Hijas de la Caridad? Nada más que hijas del buen Dios, ya que el que está en la caridad, está en Dios, y Dios en él» (15). «Sois hijas suyas y él es vuestro Padre; os ha engendrado y os ha dado su espíritu. El que viese la vida de Jesucristo vería sin comparación algo semejante en la vida de una Hija de la Caridad».

Algo parecido cabe afirmar de todo el resto de la familia vicenciana, que no tiene otro fin que practicar la caridad con los necesitados, tratando de ser imagen de Cristo misericordioso en la tierra.

b) Caridad y perfección cristiana

San Vicente no se permitió jamás una palabra de desprestigio contra la vida religiosa; todo lo contrario, la apoyó con todas sus fuerzas, incluso la aconsejó a aquellos que se sentían llamados a ese estilo de vida. Precisa, no obstante, que una cosa es pertenecer al llamado «estado de perfección», y otra muy distinta vivir según las reglas del Evangelio. Muchos obispos y religiosos había en su tiempo que, a pesar de su condición jurídica, andaban muy lejos del ideal de Jesús. Permanecer, en cambio, en continuo «estado de caridad» equivalía a seguir de cerca las huellas del Señor, modelo acabado de santidad. El ejercicio práctico de la caridad es la expresión más clara de la perfección cristiana. Una vida de entrega al servicio de los pobres es más conforme con la vida de Jesús. De no ser así,

«[…] Juan Bautista y Jesucristo no la hubieran preferido a la otra (de soledad y contemplación), como hicieron, dejando el desierto para ir a predicar a los pueblos; además, la vida apostólica no excluye la contemplación, sino que la abraza y se sirve de ella para conocer mejor las verdades eternas que tiene que anunciar; por otra parte, es más útil para el prójimo, al que tenemos obligación de amar como a nosotros mismos, ayudándole de una manera distinta de como lo hacen los solitarios».

En consecuencia, nada hay comparable al llamamiento de la caridad. La perfección cristiana se realiza en el ejercicio del amor con los necesitados. Nuestro defensor de los pobres afirma, apoyándose en la autoridad de santo Tomás, que nada hay más meritorio que amar al prójimo por amor de Dios. Las obras de caridad, (no tanto ese saborear la fuente infinita de dulzura que es Dios), demuestran el amor verdadero y la santidad auténtica. Por eso, «hemos de entregarnos a Dios para imprimir esta verdad en nuestras almas, para dirigir nuestra vida según este espíritu y para hacer las obras de este amor».

Así se llega a ser perfectos, como es perfecto el Padre celestial (cf. Mt 5,48). Ahora bien, la santidad de Dios Padre la conocemos por el amor con que nos distinguió a lo largo de la historia de la salvación, desde que «nos eligió en la persona de su Hijo antes de crear el mundo, para que estuviésemos consagrados y sin defecto a sus ojos por el amor; destinándonos ya entonces a ser adoptados por hijos suyos por medio de Jesús» (Ef 1,4-5). No cabe ya la menor duda: el amor, sólo el amor, prepara y expresa la santidad.

III.  Los dos grandes misterios de la vida de Jesús

Vicente de Paúl fundamenta y explica la caridad de Jesús a través de los dos grandes misterios de la Encarnación y de la Redención. Ambos misterios revelan solemnemente el amor para con su Padre y con los hombres, a la vez que enseñan al cristiano el modo de configurarse con Cristo y de ir tras sus huellas.

a) El misterio de la Encarnación del Hijo de Dios

La reflexión sobre este misterio insondable se centra en el texto paulino: «Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos. Así, presentándose como simple hombre, se abajó, obedeciendo hasta la muerte y muerte en cruz» (Flp 2,6-8).

Jesús escoge el camino de la obediencia al Padre como forma del amor irrenunciable que le tiene. El anonadamiento asumido en la Encarnación, llega a su culmen en la humillación afrentosa de la cruz. El despojo o vacío de sí mismo se traduce en «amor humillado y anonadado»:

«¿Quién podía amar de una forma tan supereminente? Sólo nuestro Señor ha podido dejarse arrastrar por el amor a las criaturas hasta dejar el trono de su Padre, para venir a tomar un cuerpo sujeto a las debilidades. ¿Y para qué? Para establecer entre nosotros, por el ejemplo y la palabra, la caridad con el prójimo».

Del misterio de la Encarnación se derivan otras preciosas enel seguimiento de Jesús, como el espíritu de obediencia y humildad, de compromiso y solidaridad con los pobres… El Hijo de Dios se encarna en nuestra naturaleza, para que el hombre reciba la filiación adoptiva; se hace pobre, siendo rico, para que el hombre se enriquezca con su pobreza (cf. Gal 4,4; 2 Cor 8,9). En este intercambio admirable estriban la caridad de Cristo y la dignidad de la persona humana.

b) El misterio de la Redención

Jesús no pudo dar mayor muestra de amor al Padre y a los hombres que muriendo como murió en la cruz libre y entregad mente. Fue condenado como un malhechor, pero su muerte  nos dio la vida. El había declarado a sus discípulos antes de morir: «Por eso me ama mi Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente» (Jn 10,17-18). «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos…» (Jn 15,13-14).

La redención se consuma en un acto indivisible de obediencia y de amor: «el amor fue el que lo crucificó y el que hizo esta obra admirable de nuestra salvación». Por ella quedamos también convertidos en salvadores de nuestros hermanos. Así que, desterrando toda clase de egoísmos, hemos de entregarnos hasta la muerte para dar la vida a los pobres.

El amor humillado de Jesús se mantiene aún vivo en el crucifijo, «monumento inmortal de las humillaciones del Salvador». El cristiano actualiza en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo, asociándose a los padecimientos del Hijo de Dios en la cruz. Enternecido por la mirada de Jesús exánime, clavado en el madero, exclama san Vicente:

«¡Oh Salvador! ¡Fuente de amor humillado hasta nosotros y hasta un suplicio infame! ¿Quién ha amado en esto al prójimo más que tú? Viniste a exponerte a todas nuestras miserias, a tomar la forma de pecador, a llevar una vida de sufrimiento y a padecer por nosotros una muerte ignominiosa: ¿hay amor semejante?».

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