De las misiones a la misión

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CREDITS
Author: José Antonio Ubillús Lamadrid, C.M. · Year of first publication: 2007 · Source: Vincentiana, Septiembre-Octubre 2007.
Estimated Reading Time:
A lo largo de los siglos la misión de la Iglesia ha ido adquiriendo figuras o configuraciones diversas, por lo que hay que saber distin­guir el elemento permanente y la diversidad de sus manifestaciones históricas. El ejercicio de la misión es, por ello, íntimamente diná­mico. Es lo que mantiene la vitalidad y la permanente juventud de la Iglesia: es lo que de modo más directo la enraíza en la historia de los hombres y a la vez lo que en mayor medida muestra su capacidad de ser fiel al designio de Dios sobre la historia. La misión, por ello, es siempre una instancia profética e interpeladora en el seno de las diversas comunidades eclesiales, como exigencia permanente de fide­lidad a la tarea para la que han sido llamadas a la existencia.

I. La época de las misiones extranjeras

Como contrapunto y punto de partida para comprender el sen­tido de nuestra reflexión ha de servirnos la «figura» de las misiones extranjeras. Es importante fijarse en el significado y en la novedad de las dos palabras, pues es la que subyace a la comprensión de una gran mayoría de cristianos.

El término «misión» o «misiones» en el sentido que lo usamos es un fenómeno relativamente reciente (inicios del siglo XVI). Hasta ese momento, para designar la expansión de la Iglesia y el anuncio del evangelio, se hablaba de propagación de la fe, conversión de los gen­tiles, promulgación del evangelio… Los jesuitas introdujeron el «voto de misiones» para expresar la disposición a aceptar cualquier destino (misión) que el Papa les encomendara. Podía designar también al tra­bajo entre herejes o cismáticos. Por eso se fue aplicando también a una actividad que en aquellos momentos estaba adquiriendo gran importancia: la acción evangelizadora entre los no cristianos que se encuentran en tierras lejanas y distantes.

Efectivamente en aquellos años se estaba realizando la gran ampliación geográfica, a raíz de los viajes de españoles y portugue­ses. Era una encrucijada de la historia humana. La Iglesia, a través de los cristianos, supo estar presente en la dinámica dominante en aquella circunstancia. Por eso esa «misión evangelizadora» va a que­dar marcada por la lejanía, la distancia, el exotismo, el riesgo, la aventura.

En la teología subyacente se pueden destacar los siguientes aspectos fundamentales: a) el cristianismo, como única religión ver­dadera, es el único camino de salvación: hay una visión muy negativa de las posibilidades de salvación de los miembros de otras religiones, y por ello resultaba tan urgente el bautismo; b) se identifica Iglesia y Reino de Dios, de modo que las misiones adquieren un tono fuerte­mente eclesiocéntrico; c) la responsabilidad última de la misión recaía sobre el Papa y la jerarquía, por lo que sus protagonistas eran ante todo religiosos y sacerdotes.

Este modelo ha sido objeto de críticas: por su vinculación con el colonialismo y por su tendencia a transponer el estilo occidental en aquellas tierras lejanas. Hay que reconocer sin embargo que gracias a aquellos esfuerzos el evangelio fue anunciado y acogido en numero­sos países y razas y culturas, ofreció el testimonio intachable de millares de misioneros, permitió desarrollar nuevos métodos evange­lizadores… Especialmente hemos de destacar que a largo plazo dio origen a multitud de nuevas iglesias, cuya pujante presencia enri­quece la catolicidad de la Iglesia y abre nuevas posibilidades a la evangelización universal que requiere nuestra época histórica.

Paulatinamente se irían abriendo nuevos horizontes: una anima­ción misionera permanente que implicaría a todo el Pueblo de Dios, la incorporación de laicos y sacerdotes diocesanos, la sensibilidad espiritual y la generosidad económica, una más intensa defensa de la dignidad humana, la encarnación en las culturas nativas, la emergen­cia de las iglesias locales, una mayor profundización teológica…

II. Hacia un nuevo paradigma

Ya en el siglo XX se va a ir cruzando el umbral hacia una con­sideración nueva — más profunda y realista — de la acción misio­nera de la Iglesia: en virtud de una más directa reflexión de los datos de la revelación, de una mayor atención a la amplitud de las misio­nes, de la toma de conciencia de las nuevas circunstancias históricas. Por eso se irá desarrollando la misionología, se publicarán diversas encíclicas papales sobre las misiones, se irán asumiendo nuevos ele­mentos que dinamizarán la reflexión misionológica.

Expresión de la nueva conciencia y del nuevo papel de las misio­nes es también la frecuente publicación de encíclicas misionales. Tra­tan de orientar la actividad misionera, responden a nuevas necesida­des, buscan la colaboración de todos los bautizados y la consolida­ción de las misiones como iglesias.

Benedicto XV en la Maximum Illud (1919) pone el acento en el clero nativo, en la colaboración entre las instituciones misioneras, en la formación y espiritualidad de los misioneros, en la ayuda por parte de las iglesias locales, en la prioridad de las Obras Misionales Pontificias.

Pio XI en la Rerum Ecclesiae (1926) pretende estimular la res­ponsabilidad de los obispos y reafirma la importancia del clero nativo. Pio XII en Evangelii Praecones (1951) continúa el intento de despertar la conciencia misionera de todas las diócesis (sobre todo por medio de las O.M.P.), y recuerda la necesidad del clero nativo y de la especialización de la acción de los misioneros. Destaca más que los anteriores la adaptación a las diversas culturas, la partici­pación de los seglares y la importancia de las cuestiones sociales y económicas. En Fidei Donum (1957) el mismo Papa focaliza su interpelación desde las necesidades de África, como consecuencia del rápido proceso de descolonización (que requería por ello un esfuerzo evangelizador suplementario). Por ello, insiste en el envío de sacerdotes diocesanos para un servicio (que se admite que sea temporal). Juan XXIII en Princeps pastorum (1959) intenta un equi­librio entre tendencias que deben ser tenidas en cuenta: la conversión y la plantación de la Iglesia, la evangelización y el progreso humano, la consolidación de la Iglesia que debe integrarse en las nuevas estructuras de los pueblos jóvenes, la importancia de los laicos y del clero nativo…

Durante los decenios que anteceden y preparan el Vaticano II se van, por consiguiente, produciendo algunas líneas de reflexión que sientan las bases para un modelo nuevo de comprender teológica­mente y de realizar prácticamente la misión.

Anteriormente las misiones quedaban reducidas a unas acciones que se desarrollaban en ámbitos geográficos lejanos, que eran consi­deradas de modo unidireccional (las iglesias de vieja cristiandad eran las que misionaban y ayudaban a las misiones, necesitadas de todo apoyo). Estaban sometidas a una concepción jurídica y disciplinar: eran las regiones dependientes de Propaganda Fide. De este modo las misiones quedaban lejos, casi en la periferia, mientras que la misión de la Iglesia podría cumplirse, aún sin ellas, en los países de vieja cristiandad.

Esta visión dejaba algunas cuestiones abiertas: ¿qué tienen que ver esas acciones con la misión fundamental y radical de la iglesia?, ¿en qué medida son las misiones expresión de la misión radical de la Iglesia?, ¿podría existir ésta sin aquellas?, ¿son algo de lo que — al menos como hipótesis — se podría prescindir sin que por ello que­dara afectada la realidad misma de la iglesia?

Estas preguntas aleteaban en las vísperas del Vaticano II, y de hecho existían fuertes requerimientos para que las misiones no quedaran en la periferia de la vida eclesial. Y de hecho el Concilio asumió esta reclamación. Las misiones quedan situadas en el corazón de la Iglesia, como expresión de su dinamismo más profundo.

Algunas líneas teológicas abren una nueva perspectiva: hay que pasar del eclesio-centrismo al misio-centrismo. Es la misión la que está en el centro, no la Iglesia. Lo prioritario es la misión de Dios, y a su servicio se encuentra la Iglesia. La misión, por tanto, no sólo no está en la periferia, sino que es el aliento más profundo de la Iglesia.

III. El magisterio reciente

Hemos indicado las primeras intervenciones papales acerca la acción misionera en el período reciente, y hemos señalado las cues­tiones y perspectivas que se iban abriendo durante el siglo XX. Sobre este trasfondo han ido surgiendo diversos documentos referidos al tema misionero que trataban de ofrecer criterios ante los debates del momento. Vamos ahora a señalar las intervenciones más rele­vantes, sin perdernos en detalles, para captar el significado de cada una de ellas.

Concilio Vaticano II (1963-1965)

Pretende reflexionar sobre la Iglesia en el actual momento histó­rico (el mundo moderno) para identificar el testimonio que debe des­plegar y realizar un discernimiento sobre los valores del momento presente.

Dado el carácter de un concilio, con numerosos documentos, de­bemos atender a la visión general de los textos conciliares y no sólo a uno de ellos, aunque se refiera a la actividad misionera (Ad gentes). De todos modos hay que destacar la importancia de este documento porque fue el último aprobado por los Padres conciliares y recoge todas las aportaciones y profundizaciones que se habían realizado en los diversos temas y aspectos.

La constitución sobre la Iglesia se denomina significativamente lumen gentium, para poner de relieve que la Iglesia es «luz de las gentes» en el seno del designio salvífico de Dios; su catolicidad la hace esencialmente misionera, y por ello todos los miembros de la Iglesia son responsables de su misión. Los decretos sobre los laicos (AA), sacerdotes (PO) y religiosos (PC) muestran la obligación misio­nera de cada uno de los estados en la Iglesia.

Las declaraciones sobre la libertad religiosa (DH) y sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (NAe) afrontan los temas candentes acerca de la salvación de los no cristianos y del sentido y relación con las otras religiones. La Constitución pastoral sobre la iglesia en el mundo contemporáneo (GS) se refiere al mundo moderno y a sus dimensiones constitutivas. Aunque no sean de ca­rácter directamente misionero, marcarán notablemente los desarro­llos postconciliares, como hemos indicado. AG (7.12.1965) es el momento cumbre del itinerario conciliar, recibiendo el mayor número de votos favorables de todos los documentos conciliares. Aunque sus planteamientos recibirán desarrollos posteriores, esta­blece coordenadas fundamentales y señala criterios de equilibrio y de mediación entre posturas diversas: abre un horizonte trinitario e histórico-salvífico de la acción misionera, articula la relación entre misión y misiones, conjuga la conversión y la implantación de la Igle­sia, da gran relieve a las iglesias jóvenes y a su proceso de eclesiogé­nesis, deja espacio a la adaptación misionera, explicita la responsa­bilidad de cada uno de los miembros del Pueblo de Dios…

Evangelii Nuntiandi (1975)

Es considerada como el documento más importante de Pablo VI y uno de los más relevantes del período postconciliar. Es fruto del sínodo de los obispos de 1974 dedicado a la evangelización del mundo. Conviene destacar un cambio terminológico. Evita la termi­nología misionera para optar por evangelización. Este concepto en­globa la actividad global de la Iglesia: ésta existe para evangelizar, evangelizar es su dicha más profunda y radical… Ello no significa descuidar la dimensión universal o diluir el valor de una vocación misionera específica.

Es interesante observar que esta universalidad se trasluce en un aspecto importante: el protagonismo de las conferencias episcopales de todo el mundo, pues las conferencias no occidentales son ya casi las dos terceras partes. Por eso el planteamiento inicial (preocupa­ción fundamental por la increencia y el ateísmo) se ve ampliado y enriquecido: hay otros aspectos igualmente importantes para la evan­gelización del mundo entero: la pluralidad de ministerios en las comunidades, el desarrollo de las iglesias locales, la liberación y la defensa de la justicia…

Por ello se explica la evangelización como una realidad global, compleja y dinámica. Global, porque todo en la Iglesia debe ser con­templado desde la perspectiva evangelizadora. Compleja, porque ha de incluir una diversidad de elementos que no relegue el anuncio explícito de Jesús ni descuide las preocupaciones y necesidades con­cretas de los hombres y de los pueblos. Dinámica, porque ha de implicar a todos los miembros de la Iglesia para llevar la buena nueva a todos los ambientes de la humanidad, a fin de renovar a toda la humanidad (sus criterios de juicio y sus valores principales, pues la disociación entre fe y cultura constituye el drama principal de nuestro tiempo).

Redemptoris missio (1990)

Publicada a los 25 años de AG, pretende reafirmar la validez per­manente del mandato misionero, frente a algunas tendencias que cuestionan el sentido y la urgencia de la obligación misionera. Es significativo que retoma con fuerza la terminología misionera (habla normalmente de la misión ad gentes).

Dada su radicalidad, su fuerza y su amplitud de perspectivas puede ser considerada como el documento más relevante del magis­terio del Papa Juan Pablo II (que se prolongará en la lógica de fondo de los documentos referidos al gran jubileo del 2000).

El Papa pretende llamar a toda la Iglesia a la madurez y a la responsabilidad en un momento histórico decisivo, de modo que hay que tomar nota de que la misión de la Iglesia se encuentra todavía en sus comienzos. Esta novedad adquiere relieve desde una doble pers­pectiva: desde el punto de vista cuantitativo el número de cristianos sigue siendo una minoría, situación que resulta más clamorosa si se constata la situación en África y en Asia; desde el punto de vista cua­litativo resulta especialmente decisivo darse cuenta de que se está gestando una nueva civilización en cuyos gérmenes y en cuyas infra­estructuras no están presentes los valores del evangelio.

Afrontar ese doble desafío se hace más difícil cuando se ha debi­litado el fervor misionero y cuando se han introducido cuestiona­mientos que afectan al sentido y a la necesidad de la acción misio­nera. Por ello hay que recuperar el aliento misionero que brota del núcleo más profundo de la identidad cristiana (por lo que hay que reafirmar la centralidad de Jesucristo, la novedad y peculiaridad de la fe, la importancia del bautismo y el valor de la pertenencia a la Iglesia).

Ello no obsta para que haya que reconocer el trastocamiento de situaciones y por ello la importancia de las nuevas situaciones misio­neras. Hay que valorar como ámbitos misioneros los fenómenos sociales nuevos y las nuevas áreas culturales. Por eso los distintos protagonistas eclesiales deben salir de su provincianismo o de su resignación para vivir su responsabilidad misionera a la altura de nuestra época histórica. Estos cambios sin embargo no deben oscu­recer el carácter específico de la misión ad gentes.

IV. El carácter específico de la Misión Ad Gentes

Hemos intentado mostrar que las misiones (o la actividad misio­nera) deben reintegrarse en la misión única de la Iglesia. Pero ello plantea una cuestión importante: si todo es misión ¿queda espacio para la actividad misionera? Si se puede afirmar que la misión tam­bién «está aquí» ¿tiene algun sentido la misión ad gentes, en la leja­nía?, ¿se puede dar un valor especial a la salida y al envío?

Este problema ha sido tratado de modo directo por parte del Magisterio de la Iglesia precisamente cuando estaban cambiando los paradigmas de la misión, con la intención de que no quedara desdi­bujada o minusvalorada la actividad misionera. Vamos a fijarnos en las indicaciones de los documentos ya mencionados.

AG 6 afirma que la tarea de la Iglesia es única e idéntica en todas partes y bajo cualquier condición, si bien no se ejerce del mismo modo según las circunstancias. En la misión de la Iglesia por tanto hay diferencias, si bien tales diferencias no proceden de la naturaleza íntima de su misión, sino de las condiciones en las que ésta se ejerce.

Como la misión se desarrolla en la historia y por una Iglesia que existe en el tiempo, ha de adaptarse a las diversas situaciones. Esto es lo que genera la diversificación, que se produce desde un doble punto de vista: a) por parte de la Iglesia, cuando no puede estar pre­sente y actuar con todos los medios de que podría disponer, por lo que su presencia debe adaptarse a ritmos y procesos más humildes y sencillos; b) por parte de los destinatarios, pues hay también grados diversos respecto al alejamiento de Cristo o al desconocimiento del evangelio (junto al criterio geográfico se debe por tanto tener en cuenta el antropológico y el soteriológico). Por estas dos razones han de surgir iniciativas particulares que se designan «misiones» o «acti­vidad misionera».

Evangelii Nuntiandi, que privilegia la terminología en torno a la evangelización, no esconde lo que entendemos como actividad misio­nera. El horizonte de la evangelización tiene una universalidad sin fronteras, que ha de llegar hasta las regiones más remotas. Advierte por ello contra la tentación de los mismos evangelizadores de limitar, bajo distintos pretextos, su campo de acción misionera. La Iglesia tiene como inspiración más profunda la palabra del Maestro: ¡a todo el mundo!, ¡a toda criatura!, ¡hasta los confines de la tierra!

Esta «salida» no debe entenderse solamente en sentido geográfico sino también cultural: evangelizar es llevar la Buena Noticia a todos los ambientes de la humanidad, para transformar desde dentro a la humanidad, para hacer nuevas todas las cosas.

Esta misma dialéctica viene profundizada en RM. Reivindica, como hemos dicho, la identidad de la misión ad gentes. Ha llegado el momento de dedicar todas las fuerzas eclesiales a la nueva evangeli­zación y a la misión ad gentes. Reafirma la unidad de la misión, pero muestra también las circunstancias que obligan a hablar de la misión ad gentes como acción específica. Afirmar que toda la Iglesia es misionera, no excluye que haya una específica misión ad gentes. El número de los que no conocen a Cristo aumenta constantemente, y por ello hay que dirigirse al Sur y al Este, y a la vez hay que acudir a los centros donde está naciendo una humanidad nueva.

Dentro de este planteamiento establece una clasificación precisa y necesaria a fin de no igualar ni confundir las circunstancias: la acción pastoral se dirige a la actividad en el seno de las comunidades eclesiales, la nueva evangelización se refiere a la acción entre los bau­tizados «post-cristianos» o a quienes en nuestro contexto se encuen­tran alejados del mensaje evangélico, la misión ad gentes afecta más directamente a los no cristianos. Esta última ha de ser el dinamismo y horizonte de todo lo demás, pero consideradas todas ellas en el mismo movimiento y dentro de la misma motivación.

Podemos por tanto concluir que se impone la necesidad de reco­nocer esta vocación y esta acción propia de la vida de la Iglesia. Hay una melodía de fondo que es la misión única, pero esa única melodía se despliega en variaciones diversas en función de las circunstancias y de las situaciones. La universalidad ha de acompañar toda la mirada cristiana, pero esta universalidad se hace concreta, y por ello hay que saltar fronteras y barreras de tipo muy diverso. Porque hay «distancia» ha de haber salida, éxodo, y por ello envío. El discerni­miento teológico y práctico debe ir identificando en cada momento esas orillas y fronteras que deben ser saltadas para ser fieles a la lógica profunda del proyecto universal de Dios.

V. El marco de la misión del futuro

Al final de nuestro recorrido hemos podido identificar el conte­nido central de la misión de la Iglesia en su concreción ad gentes. Ha de ser una misión holística, en cuanto que incluye todas las dimen­siones de la realidad e interpela a todos los miembros de la Iglesia. Para que realmente sea holística debe estar atenta a identificar las encrucijadas de la historia, las autopistas en las que hay que anun­ciar el evangelio del Reino y de la Pascua. En la actualidad el marco de la misión debe tener en cuenta cinco aspectos.

  1. La misión ha de llevarse adelante en el seno de la comunión de iglesias, con la mirada puesta en los seis continentes, desarro­llando la inculturación y el protagonismo de todos. La misión no debe sin embargo reducirse a la comunión entre las iglesias (no es solo intercambio mutuo de bienes, sino como servicio a la evangeli­zación del mundo) y debe superar la concepción unidireccional de la acción misionera.
  2. La misión ha de ser contextualizada, es decir, debe tener en cuenta los dinamismos sociales, económicos, políticos, que hacen concreta e histórica la vida de los hombres y de los pueblos. Un con­texto está siempre en cambio y exige respuestas novedosas. Por ello la atención al contexto fomenta la responsabilidad de todos pero a la vez debe evitar romper la comunión o absolutizar las diferencias.
  3. No puede haber misión cristiana que no se haga desde el sufri­miento y desde la pobreza, pues constituye una de las barreras más inhumanas y antidivinas que se han instalado en la historia humana. Esta opción debe evitar la violencia y el odio, pero no puede renun­ciar a recoger el clamor de los desfavorecidos y los pobres.
  4. La misión ha de realizarse en un contexto de pluralidad de religiones, por lo que no puede renunciar a la actitud de diálogo y de respeto, y por ello debe escuchar y acoger las riquezas religiosas de los hombres y mujeres de otras religiones, y buscar la cooperación con todas las religiones a favor de la humanidad amenazada. Pero ello no debe hacerse a costa de la peculiaridad de la confesión cris­tiana, y por respeto al diálogo debe manifestarse el testimonio de la propia fe y por ello el anuncio expreso de la acción salvífica de Jesús, en su identidad radical como Hijo eterno del Padre.
  5. La misión debe plantearse y vivirse con mirada global si bien toda actuación haya de ser local. La globalización genera injusticias si se plantea desde los presupuestos de un capitalismo brutal, pero a la vez ofrece espacios nuevos de comunicación y nuevos elementos culturales que deben ser valorados como espacios privilegiados para la evangelización.

La misionología y la praxis misionera, dadas sus características, suponen siempre vivir de la libertad y de la creatividad del Espíritu. Por ello será siempre interpelación profética, pero también fuente de alegría y de optimismo, y fundamentalmente ella podrá aportar espe­ranza y fuerza de rejuvenecimiento a la Iglesia y a todas las comuni­dades eclesiales.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *